31 marzo 2009

LAGARTIJA NICK: CASO ABIERTO (II)

Continúa lloviendo. Alguien subido a un banco trata de imponerse al barullo de la discusión que se extiende en una pequeña plaza, y proclama, espoleado por el alcohol, que un proyecto como Lagartija Nick no podía terminar mediante una vulgar separación o cese de actividad. Sería muy complicado detener el flujo de energía, explica. Sólo podrían parar volatilizándose, desapareciendo de la faz de la tierra para esparcir toda esa energía por el Universo. “Sin fin”, apuntan desde el fondo.
La televisión repite la imagen del interior del libreto de su cd “Lagartija Nick” y, sobre todo, las de “Val del Omar”, tomadas como algo premonitorio, el mensaje previo a “una dulce espera que algún día tendría su culminación”, según una presentadora rubia.
La radio pincha canciones de “Lagartija Nick” a volumen imposible, subrayando la separación del repertorio en “Durante el lanzamiento”, “En el espacio” y “Regreso a la tierra”. Vuelven aquellas historias de los vecinos, que se empujan ante los micrófonos de los reporteros, sobre un enorme artilugio que atravesó el cielo en un instante; otros declaran haber visto al cantante del grupo pataleando mientras unos dedos gigantes se lo llevaban velozmente. En cada esquina se pueden observar bajo la lluvia pequeños grupos que señalan extraños movimientos de estrellas que nadie creerá en unas horas. Un programa de la tarde ha emitido repetidas veces un corte radiofónico antiguo donde Antonio Arias declara en una radio que La Alhambra es una nave espacial. El rumor es un fragor creciente. Adolescentes dicen oír canciones desconocidas del grupo dentro de sus cabezas.
El Teletipo de la Verdad suministra bajo la pantalla de la televisión noticias cortas sobre Lagartija Nick. (““Hipnosis” se grabó en 59 horas”), (“En la letra de “Newton” aparecen fragmentos inspirados por el astronauta español Pedro Duque”), (“”Omega” superó las cincuenta mil copias vendidas en su día”), (“El astrofísico José A. Caballero ayudó al grupo con la portada de “El Shock de Leia””), (“La discográfica Sony ni siquiera se dignó a hacerse cargo de las mezclas de “Val del Omar””)...


Supongo que la conocida inquietud de Morente y la pasión por el riesgo de Arias facilitaron la sucesión de acontecimientos que dieron lugar a la aparición de ese trabajo, fruto de dos proyectos paralelos que terminan confluyendo (el de Morente de adaptar temas de Leonard Cohen y uno de Lagartija Nick sobre Lorca, -Antonio Arias y su cerebro batiente-); que abrió y, dada su excelencia, cerró a la vez su propio camino creativo. No creo que sea la manera definitiva de mezclar flamenco y rock (eso aún tiene mucho margen de definición), pero sí una opción sonora completamente nueva. No reconcilia nada, no mezcla ni hace convivir, simplemente crea algo nuevo, a partir de la emoción e intensidad puestas en todo un proceso vivido en una burbuja creativa sin concesiones ni miedos. Una creación artística indeleble, ajena a la erosión del tiempo y con el magnetismo intacto, que casi siempre ha estado de gira, revitalizada en 2.008 con la compra de los derechos del disco por parte de Enrique Morente y su remasterización en Nueva York de la mano de Alan Silverman. Y con una segunda parte eternamente pendiente.


Omega” (El Europeo, 1.996), incluye revisiones del repertorio de Leonard Cohen y adaptaciones de “Poeta en Nueva York” de Federico García Lorca. Recuerdo que muchos medios comenzaron inopinadamente a referirse a Lagartija Nick como grupo de Thrash-metal, incluso en “Lo más Plus”, con Arias asintiendo e imagino que tomando nota para el futuro inmediato. El disco terminó consagrado como un hito de la World Music, qué le vamos a hacer. Lagartija Nick aceptaron una posición secundaria, pero su presencia es crucial y aporta la mayor parte de las cosas que hacen de éste un trabajo único. Aparecen en seis temas (menos de la mitad) y participan en la composición de cuatro. Inolvidables, como la construcción compleja y atrevida de "Omega”, creando un espacio sonoro denso y onírico; con la batería de Eric ejecutando una base percusiva a partir del ritmo procesional de la Semana Santa (esa misma batería que cuando comenzaba a sonar en las presentaciones conseguía que mucha gente abandonara sus localidades), para acompañar a Morente cantando saeta; y rompiendo en el último tercio en aceradas guitarras que flanquean la percusión única de las palmas. O “Vuelta de paseo”, en la que, tras un inicio plácido con la guitarra de Cañizares, irrumpe el telón eléctrico espoleado por la batería lanzando picotazos, envolviendo y apropiándose del tema con coros fantasmagóricos, compartiendo sus ráfagas con la guitarra flamenca. O “Ciudad sin sueño”, su participación más subrayable: dueños y señores de la instrumentación, crean una atmósfera tan sugerente como inquietante y oscura que, sosteniendo en un aire lóbrego la voz de morente, con la presión del bajo distorsionado y la batería y percusión se dirige a lo enervante y amenazante, con las guitarras tomando más cuerpo que nunca y los miembros del grupo colaborando al pandemónium del crescendo final recitando el poema de Lorca.


El Noticiario de la Verdad abre con esta noticia: “Expertos de todo el mundo diseccionan las letras de canciones como “Estratosfera” para desentrañar el enigma”. La información sale de la radio situada en el centro de cada habitación, ya que la televisión ofrece únicamente entretenimiento, venta e imágenes mudas. Sólo La Tertulia de la Verdad es retransmitida a la vez por ambos medios. En una habitación circular seis tertulianos moderados por una voz en off, dirigen la opinión. Uno de ellos, con barba y gafas colgando del cuello y golpeando sobre su vientre, sostiene que la carrera de Lagartija Nick no ha sido sino una preparación para el supremo momento de una abducción consentida y largamente esperada. ¡¡ Lo de la grabación de un vídeo ha sido sólo una excusa, una patraña!! Se excita por momentos y se balancea en el alto taburete donde está sentado, rozando casi el techo con la cabeza. Algunos papeles y recortes de prensa se le caen y rápidamente un asistente trepa por la patas del asiento para devolvérselos. El contertulio situado enfrente asiente sonriente elevando calmosamente la mano para pedir la palabra, una vez la posee, subraya pomposamente que tal como decía Uwe Lausen de los situacionistas, que no eran cosmopolitas, sino cosmonautas, Lagartija Nick han hecho ese recorrido abandonando definitivamente el espacio urbano por el exterior. Tal paralelismo sorprendió y arrancó los aplausos tanto del resto de los contertulios como de sus sufridos asistentes. Esta teoría tomará con toda seguridad las ondas en los días siguientes, hasta que el misterio vuelva a aplazarse. Un adivino, un astronauta retirado y una actriz en tanga dorado trazan en una pizarra palabras extraídas de letras del grupo que pueden darnos la clave: “Leia”, “Space”, “astro”, “órbita”, “Universo”, “estratosfera” o “Júpiter”; frases como “Eternamente en vuelo”, “En otro cosmos, sin luz ni sonido”, “He abierto tu puerta, saluda al intruso” o “Going to Mars”. El público aplaude puesto en pie el politono de “20 versiones”.


Jack Kerouac alude a la necesidad de “escribir con excitación, a toda prisa, hasta sentir calambres, de acuerdo con las leyes del orgasmo”, y también recomienda encarecidamente “escribid para vuestra felicidad personal”. Esa excitación de la espontaneidad, ese basar la creatividad en sus propias obsesiones o querencias personales, las he visto muy presentes en Antonio Arias y siempre han contado con mi admiración. Creador insomne y arrebatado fue incandescente hilo conductor entre las experiencias e influencias que captaba del mundo que le rodeaba y su trabajo, donde quedaban vertiginosamente volcadas. Hizo de su carrera una pequeña nave espacial reluctante a presiones externas de cualquier tipo, por lo que pienso que nunca terminó de ser lo que la gente quería de él en cada momento, en cada etapa. Hay quien sostiene que Lagartija Nick murió tras “Omega”, no es así, pero bien es cierto que nada volvió a ser igual, de ninguna manera podría serlo. Tras la experiencia de participar en un proceso creativo de tal calado, volcándose alrededor de una idea, creo que a Arias se le hizo imposible volver a la composición al uso, a la colección de canciones, por más que sus discos siempre terminaran conformando un entramado conceptual.


Ese placer de investigar, de abundar en un proyecto concreto, tomó una dimensión definitiva con la figura de José Val Del Omar, extraordinario personaje, creador integral: artista, investigador, cineasta e inventor granadino contemporáneo de Lorca y fallecido en 1.982; padre de técnicas absolutamente innovadoras como el zoom o el sonido diafónico y rupturistas como el “desbordamiento apanorámico de la imagen” o el concepto de “visión táctil”. La conexión era inevitable, sólo Arias y los suyos podían acercarse con la suficiente sensibilidad y tino a este espíritu singular. La aventura de “Omega” se había saldado por el lado negativo con la deserción de Eric, desde mediados de 1.997 baterista de Los Planetas. Su baja es suplida por José Antonio Quesada, y su doble bombo procedente del thrash-metal.
La adaptación de los textos de Val Del Omar, la conversión en sonido de sus visiones, se aborda con una vocación sonora netamente experimental, basada en el trabajo con texturas de sintetizadores y samples, combinados con rock industrial y metal pesado para las guitarras. La expresividad eléctrica anterior, la urgencia punk, quedaban enterrados en un trance de inercia rítmica electrónica estimulada por el dinamismo y posibilidades que ofrecen los textos. Un brusco giro sonoro que, al menos en el contexto de “Val Del Omar” (Sony, 1.998), me pareció muy acertado, incluso revelador. Producido por primera vez por la propia banda, M.A.R. Pareja, además de guitarrista sideral de solos endiablados, es el responsable de sintetizadores y programaciones y autor de la mayoría de las músicas, incluida la de “Énfasis”, oasis entre la metalurgia, un medio tiempo gaseoso que cuenta con la balsámica guitarra acústica de Juan Codorníu. Algo similar al quieto desasosiego de “Respiro en Nueva York”, breve y con un acertado acompañamiento. Por su parte, “Yo día y orden” y “Táctil-visión” parecen los Lagartija de antaño sometidos a la nueva centrifugación; y la descarga de “Celeste”, con la colaboración de Morente, una continuación del espíritu “Omega” celebrado exclusivamente en terreno del grupo. En plena gira de este álbum saldrían de la banda Codorníu y Pareja.


La idea global y el concepto se mantuvieron posteriormente, en etapas que se me antojan difíciles para la banda, con idas y venidas de personal, conflictos y una cada vez mayor incomprensión del público. Pienso que en esos años Antonio Arias se empachó de conceptualismo, pero al menos no engañó a nadie; eligió un camino, una senda de creación, investigación y conocimiento de desiguales resultados. Los discos de la etapa 98-01, dejan una impresión de blindaje sonoro y espacios que se angostan en vez de abrirse; la mecanización termina por limitarlos y convertirlos en previsibles.


Tiempos raros, tiempos de cambios: con la formación original pulverizada, Arias recluta músicos prestigiosos de Granada, procedentes del metal, Paco Luque como única guitarra y David Fernández a la batería, y se hace acompañar de su hermano Ángel (ese gran fan de Esplendor Geométrico) en las programaciones y demás maquinitas. Se acaba la controvertida relación con Sony y aparece Zero, donde publican en 2.000 “Lagartija Nick”. Producido por Pablo Iglesias y la propia banda es un trabajo opaco que abunda en los sonidos metálicos, dirección única y obstinada basada en un trenzado rítmico de alta tensión y un sonido inflamado y oscuro, inyectado de metal. Las descargas de guitarras de Paco Luque y la presencia de Ángel Arias, determinan un sonido tozudo pleno de programaciones, loops y secuenciadores, base de textos telegrafiados en una ambientación ingrávida. “Ondas de Fluencia” con letra de Val Del Omar, aún sobrevive en su repertorio de directo; destacando además temas como “Mar de la tranquilidad”, bella, oscura y sin gravedad, “Azora 67”, que incluye frases del Corán y recovecos siempre de agradecer o “No somos máquinas”, anhelo frío y electrónico desde la soledad de un agujero negro. Los temas aparecen firmados por toda la banda por primera y única vez.


A la altura de 2.001, Lagartija es considerado prácticamente un grupo de metal. Ese año aparece “Ulterior”, que trae como principales novedades la vuelta momentánea de M.A.R. Pareja, de nuevo autor de la mayoría de las músicas, y la incorporación de Lorena Enjuto (para apuntalar el ya célebre doble bajo), procedente de la formación madrileña Ratioactive. Planteado como una incursión techno, plagada de máquinas, antes de entrar a grabar se decide hacerlo sin ellas. El resultado es una mecanización de tracción manual pero suficientemente fría, que muta en otro disco metálico. En definitiva, el tercero de similares características, persistiendo el sonido árido, sin aportar nada nuevo y con signos de agotamiento. Aún así, no se pierde el tiempo sumergiéndose en su mundo de textos inquietantes y crípticos, como una oscuridad expansiva, tan reflexivos como anhelantes; algo apocalípticos. “Himno a la materia” se inicia cadenciosa, internando la guitarra en una bruma metálica para acompañar un texto del pensador y jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin. La influencia del padre de los conceptos de cosmogénesis y noosfera viene de Val Del Omar, siempre tan presente. “Asesinos” es un guiño a Rimbaud, mientras “Emergencia” se articula por etapas: desperezándose con su entrada psicodélica, abordando la descarga metalera de rigor, su breve reconcentrado de guitarra wha-wha y enfrentando su latigazo de liberador estribillo punk, que otorga carta de naturaleza al tema. “Intensidad” con sus percusiones, guitarras de alto octanaje y bajo jazzy, me recuerda a la época de “Su”, pero mucho más plana. “Dos”, descarga más cerca del hardcore, y “Decadencia” son los nueve minutos más estimulantes para mí musicalmente del disco, para nada plomizos: posee un riff básico de guitarra que realmente levanta la canción ayudándola a volar, y su parte final suena a un añejo encuentro entre los Stones y los Stooges. La intrigante “Cielo Ulterior”, conecta con la candencia inicial del disco.


Otros proyectos quedaron sin plasmación discográfica por diversos motivos, como el dedicado a los Libros Plúmbeos del Sacromonte o a “La Guerra de los Mundos”, ambicioso plan de asalto pergeñado tras “Ulterior” que parte de la fiel traslación del disco de Jeff Wayne de 1.978. Fue presentado en Granada en un par de ocasiones y quedó pendiente de editar por problemas de derechos. Ofrecido a Sony tras “Val Del Omar”, no es difícil imaginar el gesto de incredulidad de aquellos tipos. Todo esto les llevó a una situación de hastío que invitaba a tomar otra dirección, así de simple. Siguiendo el principio de “escribid para vuestra felicidad personal”, retomaron la ilusión por la composición, por la canción en sí y valoraron convenientemente todo el calado y grandeza que pueden contener sus breves minutos de duración. Desapareció la gravedad y el rostro de la Lagartija pareció distenderse. Un disco de Lagartija Nick pensado para seguidores tras “Omega” hubiese sido un fraude, algo en lo que Arias no hubiese creído, aunque le hubiera reportado con seguridad mejores réditos comerciales. Lo mismo que seguir por el camino de la introspección temática hubiese sido un error, probablemente por no contar ya con la ilusión o la frescura necesarias para permanecer en un camino al que habían dedicado siete años de su vida como grupo.

30 marzo 2009

LAGARTIJA NICK: CASO ABIERTO (I)

“El grupo de rock granadino Lagartija Nick desapareció la pasada noche sin dejar rastro”. Así empezó todo. Una fría noche invernal de 2.009, hace demasiados años ya, pero que aún recuerdo vívidamente. Hoy se celebra un nuevo aniversario de aquel día lleno de misterio y preguntas sin respuesta y, lejos de caer en el olvido o en el inframundo de los misterios sin resolver, se ha convertido en una fecha señalada, un día de celebración de lo desconocido, fecha de referencia para los imposibles. El día en que el vacío nos visitó por primera vez y por un solo segundo. Los hechos: la banda volvió a la Alhambra la noche del 20 de febrero de 2.009, casi once años después de su visita nocturna para las fotos del libreto de “Val Del Omar”; el motivo esgrimido era grabar algo, pero nadie se pone de acuerdo acerca de qué: unos dicen un vídeo, otros una canción, otros captación de ruidos, alguno, incluso, lectura de poesía automática. La cuestión es que nadie los volvió a ver. Ascendieron al monumento cargados de material y no bajaron, sólo dejaron como recuerdo mudo de aquel día un coche vacío. Ninguna de las personas que permanecían en el lugar escuchó ni vio nada fuera de lo habitual. Sólo un leve zumbido en unos casos, llegaron a declarar algunos, o un breve destello en otros.


Esta noche, desde el habitáculo de mi pequeña emisora de radio observo ventanas parpadeantes por el trasiego nervioso de siluetas dentro de los pisos; veo a un tipo que trata de romper la monotonía antes de hundirse en ella narrando las andanzas de Lagartija Nick y chillando algunas de sus canciones, emergido del techo de una furgoneta vieja y gris, megáfono en mano. El conductor apenas frena en las curvas mientras la lluvia cae empapándolo todo, siendo el sudor de la oscuridad en una noche de metálico frío, y matizando su silencio con un sonido antiguo, como de recuerdos que se contraponen. Mientras, un chico espera impaciente para cruzar la calle con una camiseta en la que se puede leer “El mundo del rock es un trampolín para los mediocres”. En una pared de la catedral sé que alguien ha escrito apresuradamente “Donde nunca ha llegado el amor, llegará la policía”.


Este aniversario lo celebro, como cada año, con una sensación extraña que me agarra el estómago mientras hablo con vosotros, mis escasos y desconocidos oyentes; de fondo se oye la reedición en vinilo de “Inercia”, publicada un año antes de la fatídica fecha. Cuando me hice con ella y la volví a escuchar tranquilamente pensé que era una obra maestra y así llegué a escribirlo; es curioso, en su día no recuerdo haber llegado a una conclusión tan contundente. Un disco que quiso ser instantáneo y finalmente logró vencer al tiempo. Rememoro el principio de todo: el nombre (sacado de un tema de Bauhaus, tras manejar otros menos inspirados como Las Moscas o Clan) que comienza a correr de boca en boca; la presencia, ya mítica en aquellos años, de Eric Jiménez a la batería; los constantes rumores, la expectación, las idas y venidas de Arias de 091, la formación de trío con un melenudo Juan Codorníu, la desesperante espera de una actuación en el granadino Paseo del Salón, o la aparición en el recopilatorio GRX (no especialmente destacable). Y, poco después (ya con M.A.R. Pareja en la otra guitarra), la advertencia de un amigo, sorprendentemente avisado: “atento a lo que están haciendo Lagartija Nick”. Y los singles, tres que fui comprando antes de enfrentarme al elepé debut, que presentaban temas que crujían, una apuesta turbadora que, con sus deudas más o menos patentes, no remitían directamente a nadie y mostraban una firme aspiración de trascender; dejándome la sensación de estar ante algo nuevo. Un proyecto en ciernes vibrante, directo e impactante, que creció poderosamente desde un envoltorio after-punk que nunca desapareció del todo; era la germinación inesperada de la semilla de T.N.T. Antonio Arias, su líder, venía de una banda consolidada, 091, y no pocos consideraron su decisión de abandonarla demasiado arriesgada, un error que iba a pagar caro. El tiempo no tardó en demostrar que Arias debía salir de ahí y volar solo, demasiado talento, demasiada inquietud y cosas que decir como para permanecer atado a un secundario papel de bajista callado. Dicen que los temas que luego conformaron “Hipnosis” fueron presentados en el local de ensayo de los Cero, pero aquello estaba llamado a, como finalmente sucedió, tomar una vía de escape propia y crecer hasta convertirse en una de las pocas propuestas rock con personalidad que se podían escuchar en la época por parte de grupos españoles, y eso que aquélla no era mala.


Lagartija Nick mostraban influencias de su tiempo, comunes a otras bandas contemporáneas, pero eran sólo un empuje puntual, un desvío concreto, un puente. La influencia no era tomada como un fin en sí mismo. No se mimetizaban en sus referentes ni en el momento, no eran la coartada moderna de un músico reconocido, aunque joven, que trata de subirse al carro de los noventa execrando los ochenta. Su estética, sus textos, su propuesta global e intenciones estaban lejos del ansia de modernidad indie, cuyo catálogo existencial terminó incluyendo más prejuicios que posibilidades.


Hipnosis” (Romilar-D, 1.991) fue su primer álbum, producido por Fino Oyonarte de Los Enemigos. Supuso una liberación de energía, circulaba velozmente por los cauces del punk pero los iba dinamitando a su paso con menos fuegos artificiales que muchos; eran explosiones sordas y contundentes. Los temas latían poderosamente a base de distorsión y urgencia, como una ciudad noctívaga sumida en el caos de la vida moderna. Se transmite la sensación de algo irrefrenable que se acerca. El futuro, en la voz-proclama de Antonio Arias, de pronto es un coche en marcha que te sube sin dejar que se acomodes ni pedirte opinión: viajarás y viajarás sin poder pararte ni un minuto a pensar, mientras que la vida, convertida en una imparable sucesión de imágenes, te confunde. “No lo puedes ver”, remite en su inicio a Spacemen 3, pero después el punk golpea el subsuelo de la canción. “Déjalos sangrar” o “La Gran Depresión”, con un inesperado sitar, tributan a Sonic Youth, tal que “El Mundo Desaparecido de los guantes”, ese viaje psicodélico inspirado en “Mote”, de un disco tan candente aquel año como “Goo”. Mientras, riffs stoogianos funcionan como carburante en “Napalm” y “Tan raro, tan extraño, tan difícil”, con su toxicidad diluida en la urgencia del proceso. Escuchado años después se echa en falta más contundencia en la producción, unas guitarras menos opacas, menos huecos.


Consumismo deificado, vacío y sobreinformación; el hombre incrustado apresuradamente en el molde de la tecnología; el vertiginoso recorrido por el cegador mundo de la fugacidad, o el acercamiento constante a una incierta promesa de neón que nunca es alcanzada porque jamás deja de distanciarse. Un año después continúa la narración del torbellino del escenario vital y sensitivo (el vuelco desenfrenado de percepciones, o acaso la máquina de escribir de Dylan rodeada de fotografías en pleno vórtice); el gran collage que se cuela en los oídos dejando una sensación perturbadora: fantasía, automatismo, alienación, el amor y su déficit (presentes de una forma u otra en las letras de Antonio); y ese hilo invisible que siempre les conecta y conectará con el espacio exterior. Lagartija Nick fichan por Sony (que ya intentó en su momento publicar “Hipnosis”) y aparece “Inercia”, para mí su gran elepé, en el que dotan de verdadero sentido a la palabra urgencia. Esta decisión, por cierto, hace que les lluevan los primeros palos (pero, ¿de cuánta gente y circunstancias debe independizarse un artista para ser coherente consigo mismo y conseguir avanzar creativamente?). Dos meses de grabación y la producción de Owen Davies (XTC, Manic Street Preachers), dan como resultado una propuesta que crece por el mejor camino posible, tanto en textos como en música, estallando en su mejor versión. El sonido se compacta y uniformiza (los temas se suceden en un perfeccionado carrusel de electricidad e imágenes), ganando en contundencia y complejidad, y alcanzando una personalidad definitiva, plagada de distorsión, wha-whas que muerden las paredes y psicodelia puntiaguda. Las grandes expectativas del primer álbum son superadas de largo. Las composiciones indelebles se suceden: “Nuevo Harlem”, “Universal”, “Rock´n´roll´zine” o las stoogianasPorno-Stereo” y “Satélite”, ésta con su guiño al “A well respected man” de los Kinks.


Los hombres de negro no paran de tocar, mostrándose como una de las formaciones más sólidas del panorama nacional y además en constante crecimiento. “Su” (Sony, 1.995), cierra la, a posteriori, denominada trilogía inicial (ese cable tenso que aún vibra igual cuando lo golpeas), y, a pesar de contener subrayables ejemplos de ansiedad y vértigo, cambia velocidad por profundidad. La base rítmica se vuelve más obcecada y pesada, atronadora por momentos, con una presencia de batería inconmensurable que aporta una rotundidad sin paliativos. Las guitarras adquieren un mayor protagonismo, se inflaman y adensan, extendiéndose por cualquier hueco y desarrollándose de manera más vehemente (los solos de M.A.R. Pareja, que comparte la autoría de todas las músicas, vuelan febriles). Creo que por primera vez puede hablarse de oscuridad dentro de un sonido que en ningún momento deja de ser excitante y rutilante, aun ofreciéndose notablemente endurecido y agresivo. Jesús Arias co-escribe algunas letras con su hermano Antonio, en un momento en que los textos tantean un lirismo pausado y reflexivo, convirtiéndolo en su trabajo más personal hasta la fecha. “La curva de las cosas” es una canción especial, diferente en el mundo de los granadinos; tan dramática como sugerente, dentro de su palpable tensión, alterna la plácida ascensión por un medio tiempo esencialmente desnudo, con la caída libre. Por su parte “Su”, el tema, fascina en su intensidad llameante.

29 marzo 2009

DIRECTO ALL FREEDOM DUO

El otro día asistí a la actuación de Tom Lardner y el armonicista All Freedom en el granadino pub La Tertulia. All Freedom Duo, que se llaman cuando van juntos, recorriendo los polvorientos caminos de la tradición blues y folk estadounidense, país de procedencia de Tom. Lardner es un cantante y guitarrista infatigable y de una contagiosa vitalidad, hay algo whitmaniano en él: desprende humor, alegría de vivir, pasión por la música, y una envidiable capacidad de comunicación. Toda la energía que genera y acumula la reparte entre la electricidad del rock inmediato de El Doghouse (su proyecto más asentado discográficamente y que comparte con Richard Dudanski, baterista que fue de los míticos 101´ers de Joe Strummer), The Rank Strangers, conjunto a tres voces de folk norteamericano, y el que nos ocupa.
Como si de dos sonrientes vagabundos que recorrieran los Estados Unidos de la época de la Gran Depresión se tratara, aparecieron en el pequeño escenario del pub. A pecho descubierto, sin micros ni electrificación de ningún tipo, un formato que precisa más que ningún otro la comunión con el público y la colaboración de éste, sobre todo con su silencio. Transmitieron un sonido vibrante, gozoso e imperfecto que consigue llenarlo todo: la percusión de los golpes sobre el cuerpo de la guitarra, de los pies sobre la madera del escenario, de las palmas sobre las piernas, el juego de armónicas de Freedom, con su pinta bonachona, y la vigorosa acústica de Tom, viva, directa, tan cargada de fuerza como de regusto a miles de historias y vidas pasadas. Lardner, animoso, introduce cada tema con algún breve apunte siempre enriquecedor, sabiendo situar al oyente con dos palabras en el momento de cada canción. El abanico es extenso, folk y blues primitivos (“Fishin´Blues” de Henry Thomas, “Midnight Special blues” de Leadbelly, un animoso “Drinkin´wine Spo-dee-o-dee drinkin´ wine” de Stick Mcghee, con el contrapunto de Freedom recitando todos los tipos de vino imaginables; la inicial “Last fair deal gone down” de Robert Johnson o tradicionales como “Drink Muddy Water”), gospel (“Down by the riverside”, con coros de Freedom), tradicionales bluegrass (“Nine pound Hammer”, “Pig in a pen” o “Salty Dog Blues”), country (piezas de Merle Haggard y Hank Williams tales que “Lost Highway” o “Jambalaya”; junto a clásicos modernos como “Me and Bobby McGee” de Kriss Kristofferson), “Cakewalk into Town” de Taj Mahal y clásicos rock de sólida raigambre como “Wild Horses” de los Stones o “Friend of the devil” de Grateful Dead. Yéndose por donde habían venido con su final “duelo de armónicas”. Un repertorio interpretado con entrega y pasión, atrayéndose toda la atención y la complicidad del poco público que tuvimos la fortuna de disfrutar de esos momentos tan especiales.