24 junio 2011

BALONES PINCHADOS

Inexpresivos balones pinchados,
que se pasan el día respirando hondo,
sigilosos,
entornados los ojos redondos,
ya desgastados.
Foto fija, son todo pasado.
Picoteados por la brisa,
que ya no los despierta
para que lo niños los persigan.
Pero están muy vivos,
laten en un turbulento
mundo extraviado.
Pendientes de una patada distraída
hacia la última portería.

22 junio 2011

Y SÓLO FUIMOS PRINCIPIO

Hubo un día que se abrió
y duró más que ningún día.
Una mañana en que todo creció
y creció sin medida:
sin pausa, sin precaución,
equilibrio o ponderación.
En la que todo renació
sin preguntas ni razón;
y el sol se multiplicó
por tres en los pasillos
mientras corríamos
y gritábamos,
sin miedo ni vergüenza,
ni inconsciencia,
ni control.
Y la idea de final desapareció.
Y sólo fuimos principio.

20 junio 2011

19-J

Iba a cruzar la calle cuando le sorprendió la manifestación. Al principio se mostró impaciente, e hizo ademán de buscar un hueco por el que colarse, con su actitud de hombre que no está para bobadas, su polo color claro y sus gafas de sol. A los pocos segundos desistió y, suspirando, se decidió a esperar el paso de la muchedumbre, aposentando su nube de colonia sobre la acera. Se quitó las gafas y apareció una mirada llena de curiosidad, enmarcada en un gesto burlón, con el matiz de estupefacción del que es testigo de algo cuyos motivos no le terminan de cuadrar: el único hombre cuerdo de la ciudad viendo pasar ante él un inmenso ejército de coloristas y reivindicativos marcianos (móvil en ristre para comentarlo con los amigos). Atento a los acontecimientos, empezó a leer el contenido de las pancartas, e instintivamente procedió a intercalar y sustituir nombres de marcas comerciales entre consignas y eslóganes, había que reconocer que algunas tenían gracia (qué cabrones); y a valorar el gran tamaño y colorido de otras, calculando el tiempo invertido en confeccionarlas, cuánta gente se habría dedicado a ello, dónde (quizá en la sede de alguna asociación de ésas o en la casa de uno de ellos que tenga garaje, que sería difícil), y que pensarían hacer con ellas después: las imaginó polvorientas, arrumbadas en algún rincón, o asomando por los contenedores de escombro que ellos no pagaban. Observó detenidamente a algunas chicas guapas con el ombligo al aire (“podrían ser modelos, y estar ganado dinero, en vez de estar dando saltos aquí”, se dijo). Contó muchos tipos de camisetas relacionadas con el evento. Entonces, un instantáneo gesto seco le arrugó el rostro mientras valoraba la pasta que habrían podido sacar con ellas y quién había sido el listo que se lo había metido en el bolsillo. Durante varios minutos buscó con la mirada un posible cabecilla para proponerle un negocio, pero parecía haber demasiados. Le hacían gracia las pintas, los cortes de pelo; saludaba a los niños que avanzaban en sus carritos empujados por adultos que coreaban algo sobre fútbol de primera y democracia de tercera. No tuvo más remedio que aprobar la técnica y el ritmo de unos que tocaban tambores y les hizo una foto con su móvil táctil de pantallón, al tiempo que pensaba que deberían tratar de montar un espectáculo serio (no callejero) y ganar dinero. Le sorprendió, pero sólo un poco, la ingente cantidad y la heterogeneidad de los manifestantes, era la primera vez que no le parecían estrictamente previsibles y teledirigidos (personas de todas las edades, perro flautas de ésos, jubilados, mucha gente con buena pinta, padres y madres, estudiantes con aspecto aplicado). Calculó rápidamente qué porcentaje de ese caudal de gente tendría trabajo o perspectivas, y no fue muy optimista, aunque ese hecho en nada demudó su rostro. Pasados esos minutos de solaz, inmortalizados con fotos y algún vídeo, cruzó la calle raudo, entre la multitud. Desde la otra acera, se despidió de la cabalgata popular con una sonrisa enmarcada en un gesto de certeza absoluta. Él también sabía, desde siempre, que casi todos los políticos eran mediocres porque si no la inmensa mayoría no serían políticos, que todos los compromisos eran papel mojado, que cada uno debía buscarse la vida, anticiparse; que las voluntades podían comprarse, las éticas relajarse; que las protestas se las llevaba el viento, que los votantes eran números; que no había que inquietar a los bancos, y que los trabajadores eran la parte más débil del proceso productivo.

16 junio 2011

LA MAÑANA QUE EL PODER NOS DEJÓ DESTROZAR

La mañana que el poder nos dejó destrozar
dejé de estar rodeado de bolígrafos secos.
Pinté frenazos, gritos, sirenas
y ventanas cerradas a cal y canto,
con un pestillo pastel oxidado.

La mañana que el poder nos dejó destrozar
broté de la pared como líquido rojo,
entre sombras, viento y silencio.
Dibujé nubes, alas rotas y un camino
que no supe terminar.
Coloreé un sol en su muro
y un rayo me destrozó la mano.

La mañana que el poder nos dejó destrozar
fuimos promesas de un segundo
y sus furgones ordenados finales del mundo.
Esbocé luces inquisidoras
ante las que resbalar.
Embadurné de gris
sin principio ni fin.
Fui lluvia y frío impreciso.
Y anduve herido y perdido,
brujuleando el rumbo de mi juicio.

14 junio 2011

FIEBRE

Vivir inmerso en el final,
sentirlo disonar bajo los pies
y alrededor,
como aliento beodo
de una inmensidad
cotidiana.

No ser más que absurdo reflejo
en una procesión de espejos
de vitalidad acotada y fungible,
previsible sin fisuras.
Sin poder moverse.
Sin querer salir.

Perseguir una luz con la mirada
esperando turno
en una esquina del lavabo
con un billete enrollado,
¿puede ser ensoñación?.

Otear el futuro
para evitar el presente.
Deslizar la estela de la luz
por la imaginación
una y otra vez,
como masaje estridente
de la madrugada.

Y, luego,
desandar lo andado
para retomar el final
donde lo habíamos dejado
y agitarlo
para volverlo a empezar,
para que no acabe nunca
ni nos traiga un nuevo día.

Huir por puertas laterales
esquivando miradas,
desoyendo llamados,
tropezando, esperando
tres calles más abajo.
Abrazados al artificio
por tal de exprimir el final
y respirar
la calidez de su aroma
a medicina y gasoil.
Y removerlo a la espera
de su amarillenta
y untuosa sonrisa.

Recorrer corredores
ya recorridos en círculo.
Prendiendo la fiebre
llena de cuchillos y leones.
Sentirse patinando eternamente
en un lapso de tiempo.

Inmolarse en la velocidad
de un coche callado
que derrapa gratuito
y no puede parar.
Ir limando la curva a cada paso,
desecando el círculo ajado
con los ojos cerrados
hasta el próxima final.

Morder nuestro tiempo.
Escupir la razón.
Echar a la hoguera
todos los indicios
de principios,
todas las sensaciones
de indicios,
todas las impresiones
de sensaciones.

Exprimir el final
encallados en la esquina de un bar,
silenciosos y huecos.
Cada uno por su propio túnel.
Con el delirio ojeando frenético
las páginas de la memoria.
Paralizados en el centro
del torbellino de nuestro eco:
ya lento y murmurado.
Ansiando ser ovillo anidado
en sueños nuevos,
incapaces de alzar la mano.
Salir a un sol que quema
y sentirse hundido
hasta las rodillas,
en un ajeno verano asfaltado.

Nacer conociendo un final
acolchado de mentiras,
y aprender a sorprenderse
con sorpresas ya aprendidas.
O romper el rito,
con la fiebre.

09 junio 2011

BRINDIS

El sindicalista que bromea con el empresario y luego evita saludarlo delante de los trabajadores. El Popular que busca acceder a un puesto de trabajo a través de un familiar del PSOE porque la sangre es la sangre, ¿o no? El socialista que discute abiertamente el precio que tiene que pagar por una obra que ha contratado con argumentos tipo rendimiento medio de un trabajador por hora restando descansos, y que lo vi dos veces parado, una fumando, apoyando el pico contra la pared. O su compañero, que para criticar la ley que prohíbe fumar en espacios públicos apela al peso de las tradiciones. El delegado sindical que pasa de Camarón porque es gitano mientras vocea a favor de “Democracia Real Ya”. El llamamiento a través de las redes sociales para no comprar nada a los "pakis", que sólo quieren hacer negocio a costa de nuestra acampada para cambiar el Sistema. El candidato que le dice a un grupo de personas en la acera “estoy más cerca de vosotros de lo que parece”. El amante del liberalismo que se pasa la vida en la puerta del ayuntamiento buscando un contrato público. El de Comisiones Obreras que se lamenta porque va a llover y no van a poder sacar el trono de Semana Santa. El anticlerical que celebra la Primera Comunión de su hijo por todo lo alto para que no se sienta desplazado (el hijo, supongo). El que manda de forma airada a la selva al jugador negro del equipo rival, allí en el bar, viendo el partido con su pañuelo palestino al cuello. El que critica la existencia de tantas administraciones y pide subvenciones agrícolas hasta para regar una maceta. El anticlerical (éste es otro) que falsea su domicilio para inscribir a su hijo en el colegio concertado porque mi mujer se ha empeñado y, mira, pues… Alcemos nuestra copa por todos ellos.

07 junio 2011

ERES COMO ELLOS

Eres como aquellos políticos a los que tan abiertamente criticas, si para defender tus opiniones y posturas obvias y ocultas, a sabiendas, los errores de tus correligionarios y/o líderes, y exageras los de los demás; si en esas discusiones desvías el tema por la dirección que te conviene evitando situaciones que puedan perjudicar tus posiciones, o sacas a colación otros que no vienen a cuento por tal de emborronar la argumentación del otro. Si te aprovechas de tu situación para explotar o mentir a tus empleados sobre sus condiciones de trabajo; si perjudicas a tu empresa o compañeros con tu actitud, siendo consciente de ello. Si estafas a tus clientes, prometiendo calidades, plazos o precios que no puedes o no quieres cumplir. Si haces lo imposible por no pagar impuestos. Si aprovechas la primera ocasión para eludir tus responsabilidades y lo primero que se te pasa por la cabeza ante cualquier situación es aprovecharte. Si no colaboras en la medida de tus posibilidades a cuidar todo aquello que es patrimonio de todos. Si no utilizas los cauces reglamentarios para acceder a cualquier tipo de empleo, contrato o servicio públicos, apoyándote en el amiguismo o el nepotismo. Si disculpas y te muestras comprensivo con la injusticia, deseando secretamente que llegue ese electrizante momento en que tú también podrás practicarla impunemente. Si te seduce la erótica del poder cuando te nombran presidente de tu comunidad de vecinos. Si… los desprecias porque los envidias.

04 junio 2011

LOS SUEÑOS Y LA TAZA DE CAFÉ (2): LA INYECCIÓN

Silencio que respira, mudez de habitación habitualmente callada, Los Planetas sonando en algún lugar cercano, quizá un coche. La mano se acercó temblorosa, aferrándose a la cerviz recién golpeada, restregándose torpemente sobre ella, como queriendo borrar el minuto inmediatamente anterior. La voz surgió por fin, agrandándose hasta borrar cualquier atisbo de esperanza:

- Lo viste, ¿no?
- Sí.
- ¿Dónde?
- En la calle.
- ¿Se te quedó mirando?
- Sí -reconoció-.
- ¿Y qué le dijiste tú?
- Nada -contestó, arrepentido de haber jugado tan mal esa opción-.
- ¿Tú lo miraste? –respiraba el aire del salón y espiraba odio. Los tirantes de su frustración le apretaban duro-.
- Sí –susurró desesperanzado-.
- ¿Te vio? –más enfadado-.
- Sí –vencido-.
- ¿Tú cómo estabas? –exasperado-.
- Así –se colocó de perfil, mirando tímidamente por encima del hombro. La parte del rostro que quedó al descubierto recibió la segunda sacudida-.
- Y te vio, claro –descomponiéndose. Acariciándose la mano golpeadora, antes de aferrar fuertemente la enrojecida cerviz con ella-.
- Pero no me dijo nada –contestó aturdido, roto-.
- ¡Y qué te iba a decir, imbécil! Tienes que aprender de una vez que hay personas que se ganan en la vida el derecho del silencio. Salir a la calle para que los demás les digan cosas. ¿A ti alguien te dice algo por la calle? –preguntó recomponiéndose-.
- No.
- Ves idiota, tú todavía no te lo mereces. Pero él sí, él se ha convertido en una norma a respetar, y tú la has incumplido –explicó jadeante-.
- Estaba lloviendo –se excusó-.
- ¡Cállate! No tienes conciencia de la vida pero la tendrás. Yo te daré conciencia aunque sea en inyecciones –parecía satisfecho, por fin-. La próxima saludarás como es debido, ya lo creo que sí.

La mano liberó la cerviz, quedando suspendida en el aire, parecía que hubiese arrastrado con ella todo el oxígeno que circundaba la gacha cabeza. Los oídos comenzaron a percibir un zumbido creciente. Los ojos, la nariz y la boca rozaban con su temblor el vacío más absoluto. Aliento desaparecido que tardaría horas en regresar, como siempre.

La amenaza aún pendía, satisfecha de su miserable poder, propiciando que un escaso aire helado lamiera la piel del cuello, bajo una cabeza que ardía de negras ideas. Todo preparado para recibir el último golpe: el escalofrío, los zumbidos, la mirada torva fija en la estúpida figura sobre el televisor. Todo preparado: la lengua presionando con fuerza el paladar y los ojos que se cierran, fuertemente apretados, para reprimir el incontenible vértigo de mearse encima. Hasta que, finalmente, unos pasos comenzaron a alejarse, dejando tras de sí un suspiro de trozos de alma machacados. Lo intentó, pero no pudo desaparecer.

03 junio 2011

LOS SUEÑOS Y LA TAZA DE CAFÉ (1): EL MAGO

“El hombre de los trucos fáciles me pide tiempo”, tarareo. Pide tiempo y muestra una gran sonrisa, extendiendo las palmas inmaculadas de sus manos ante el público. Después abandona momentáneamente el escenario, pensativo, mientras suena “Más difícil todavía” de Lapido. Al poco vuelve, tratando de acallar con suave ademán el murmullo de un público que ya piensa en otra cosa.

   Al principio nos daba pena que su artificiosa magia quedase tan al descubierto, guardábamos silencio y aplaudíamos quedamente. No sabíamos si hacíamos lo correcto, ya que a algunos se nos antojaba esa actitud un poco cruel. Era como contemplar a un pobre hombre desnudo sin que fuese consciente de ello. Manteníamos una perfecta mentira comunitaria que, lo mismo que nos avergonzaba, nos unía en cada sesión con un extraño lazo de incierta esperanza.

   Posteriormente, cuando descubrimos que sabía que habíamos descubierto sus trucos pero que le daba igual, que sólo quería permanecer en escena el máximo tiempo posible, nos exasperamos, gesticulamos, nos enfrentamos entre nosotros, le hicimos gestos de desaprobación que obvió, y luego nos  callamos, como niños que éramos.




Texto incluido en el libro de relatos de Juanfran Molina "Ciclorama".