29 agosto 2016

MENSAJE EN UNA BOTELLA (33)



RAFAEL BERNAL “EL COMPLOT MONGOL” (Libros del Asteroide, 2013)

El diplomático y escritor Rafael Bernal, escribió “El complot mongol” en 1969; obra considerada  como la piedra fundacional de la novela negra mexicana, nada menos.  El libro parte del arquetipo del detective privado como antihéroe conductor de la trama. En este caso, nuestro protagonista, Filiberto García, reúne los requisitos esenciales para la construcción de personajes de este cariz: descreído, violento si se tercia; viviendo y actuando en la frontera de la legalidad y en el lado oscuro de todo. Es lo suficientemente complejo como para resultar atractivo y contar con la simpatía y complicidad del lector, pese a tratarse de un frío asesino, despiadado en no pocas ocasiones. El relato avanza a través de su monólogo interior, siempre en plena ebullición, casi a punto de estallar; valorando asechanzas, dominado por una desconfianza absoluta;  burlón, calculador, cínico, lacerante. Utilizando un lenguaje poderoso, directo, callejero; forjado a base de mexicanismos. 



Hay mucho de sarcasmo y caricatura en la construcción de personajes y diálogos; y el argumento sabe sobrevolar lo delirante para posarse en lo perfectamente posible. Los tópicos del género son otra cosa a través de la mirada endurecida de Filiberto, y entran en combustión espontánea en los días locos en que se desarrolla el asunto. Lo que más me interesa es este personaje principal y, dentro de él, el contraste entre el mencionado y constante monólogo interior y su actitud exterior: fría, distante, precavida, resuelta, prudente, tierna y enamorada, a su modo.
 

25 agosto 2016

LOS HIJOS BASTARDOS DE BO DIDDLEY

Ellas McDaniel, Bo Diddley para la posteridad, fue otro emigrado de Mississippi a Chicago, donde llegó de niño. Otro guitarrista de blues pateando la ciudad, pero con un instinto tan afilado y un sentido tan clarividente que acabó convertido en pionero del rock and roll, gracias a ese ritmo penetrante que supo concretar, picando de aquí y allá, envuelto en un riff enfático y distorsionado, imbuido de trémolo y reverberación. Ese sonido repetitivo, conciso a la vez que exuberante, tribal, gozosamente africano. Una conexión inmediata con el oyente que ha atravesado las décadas sin perder un ápice de efectividad. Sus claves fueron rápidamente absorbidas por sus coetáneos: Buddy Holly y su “Not fade away” (1957), el jovencísimo Ricky Nelson de “Be-bop baby” (1957) con aquellas desaforadas notas de piano que remedaban el inconfundible ritmo de nuestro hombre, o Johnny Otis con “Willie and the hand jive” (1958). La suya fue figura capital para incendiar la mente de la práctica totalidad de los grupos de r’n’b británicos de los sesenta (The Pretty Things tomaron su nombre de una composición de Willie Dixon popularizada por él). Para aquellas bandas, versionar a Diddley fue algo iniciático, casi una prueba de linaje, de contar con la suficiente enjundia.
A pesar de sus éxitos de ventas entre los años cincuenta y sesenta, los derechos generados por sus clásicos le fueron generalmente escamoteados. Quizá por eso siempre decía que los royalties eran una trampa de los blancos. Esa precariedad económica lo tuvo a pie de escenario hasta poco antes de su muerte, a los 79 años.




El “Bo Diddley beat”, o al menos su esquema, ha servido de base durante más de medio siglo para infinidad de composiciones, incluso de músicos en principio alejados de ese estilo. Como mínima muestra, y obviando las decenas de temas que llevan las palabras "Bo Diddley" en el título, podemos señalar algunos ejemplos: impregna “Magic bus” de The Who, aparecido en 1968 (aunque la versión de referencia es la incluida en el directo “Live at Leeds” (1970)), incluidas réplicas en los coros y percusiones (clave). Esta composición viene a la cabeza al escuchar “La vida qué mala es” de 091 (1991). José Ignacio Lapido, partiendo de la letra de “Agua clara” de Enrique Morente, aúna sabiamente las esencias del blues y el flamenco entre guitarras rotundas, wah-wah y percusión. Mink Deville, en 1978, lo incorporó a “Steady drivin’ man”. Fue exprimido sin tapujos por The Strangeloves en “I want candy” (1965), tema que resucitó con éxito en 1982 con la versión de Bow Wow Wow. En “Bummer in the summer” (1967), los Love de Arthur Lee, durante algo más de dos tensos minutos, emulan al Dylan más urgente, pasean por cristalinos terrenos country-rock y cabalgan desaforados sobre el ritmo del sabio Bo. Late firme en la untuosa electricidad de “1969” de The Stooges, que viajó en el tiempo hasta aparecer en el genial “Colour hits” de Los Bichos en aquel tercer corte de ensamblaje de la primera cara: “Hola-Gobo-1989”, acreditado a Josetxo Ezponda, Ellas McDaniel, Ron Asheton e Iggy Pop.  Sube y baja en la batería de “Hateful” de The Clash (1979) o en “Cuban Slide” de The Pretenders (1980). Reluce entre la chatarra sónica de “Dice man” de The Fall (1979) y serpentea en “Up the Hill Backwards” de David Bowie (1980). Seguimos su rastro, agradablemente sorprendidos, en “Chicas de colegio” de Mamá (1980); en alguien como Michel Polnareff con “You'll be on my mind” de 1966; o incluso en un grupo como Nosoträsh, con “Corazón colilla”, una de las miniaturas del memorable “Popemas” (2002).

19 agosto 2016

CAMINO DE HORMIGAS



Las hormigas recorrían a diario con voluntariosa rutina los alrededores de la piscina municipal. Iban y venían desde la zona de césped en un incesante trasiego perfectamente organizado. Los niños las pisaban con sus sandalias y reían, aunque sin demasiado entusiasmo. En ocasiones, saltaban sobre ellas descalzos unos segundos, y después se limpiaban bajo la ducha los puntitos marrón oscuro que manchaban las plantas de sus pies. Realmente se habían convertido en parte del paisaje, y nadie les hacía demasiado caso. Una tarde, uno de los padres reflexionó sobre aquellas filas de hormigas que aparecían y desaparecían bordeando la piscina. Al día siguiente, aprovechando el momento en que los niños merendaban envueltos en toallas, con sus cuerpos temblorosos aún mojados, en lo que no era más que un mínimo parón antes de volver a lanzarse al agua, los situó alrededor del camino de hormigas para, sirviéndose de estos laboriosos insectos como feliz metáfora, inculcarles una inolvidable lección sobre los beneficios de trabajar y gestionar intereses comunes en equipo y con una buena organización. Utilizando un tono elegíaco y gustándose cada vez más, les contó con mirada intrigante que en el mundo de las hormigas las decisiones se toman colectivamente; que viven en colonias organizadas; que, como los seres humanos, cultivan e incluso tienen ganaderías; o que cada hormiga desempeña una tarea concreta.  Como ejemplo ilustrativo, tuvo la feliz idea de colocar un trozo de corteza de pan en el suelo, cerca de las hormigas. Les explicó que, dado su peso, una hormiga jamás podría trasladar hasta su hormiguero el trozo de pan, y les pidió que tuviesen paciencia y observasen con atención. Su vanidad estaba a punto de estallar ante el resto de progenitores bronceados por haber sabido ganarse la atención de los pequeños, que miraban la escena boquiabiertos, haciendo caso omiso de sus bocadillos. El trozo de pan pronto estuvo rodeado de hormigas, varias de las cuales consiguieron elevarlo y transportarlo, haciendo gala de una envidiable coordinación. Los niños volvieron al agua con la lección aprendida y formaron diversos corros mientras nadaban, estaban profundamente impresionados. Al día siguiente se tomaron la merienda con pausa y sigilo; masticando en silencio sin apartar la vista del reguero de hormigas. Cuchichearon, uno de ellos colocó un buen trozo de pastel de chocolate (un manjar que, lógicamente, suponían mucho más apetitoso y atractivo que una modesta corteza de pan) en mitad del camino de las hormigas y se dispusieron a observar con paciencia. Igual que ocurrió con el pan el día anterior, el trozo de pastel pronto fue invadido por las hormigas, por muchas más hormigas, dado su tamaño; tantas que hasta desapareció de la vista de los niños. Sólo se veía un negrísimo montículo nervioso de hormigas en movimiento que pronto inició un leve avance. En ese momento los pequeños se miraron y, perfectamente organizados, empezaron a saltar sobre las hormigas al grito de muerte, muerte, muerte.

01 agosto 2016

LEÓN BENAVENTE

Todo lo que hay de atractivo para los oídos más inclinados al pop y al rock, en la incorporación de elementos electrónicos, reside en la música de León Benavente. La sensación a la vez panorámica y apremiante. El impulso mecánico y repetitivo del mensaje. La eficacia directa e irresistible de su transmisión. El nervio subterráneo. El lirismo frío que se licúa sobre las melodías. El golpe sintético de energía. El latido metálico, como esqueleto presto a ser recubierto de furia y excitación eléctrica. Todo confluye en esa ambientación carnosa, rugosa a la vez que huidiza y ágil, que circula a nuestro alrededor sin parar de dejar su huella. En la facilidad para atrapar lo etéreo y propulsarlo cargado de sustancia, o para dotar de respiración y ansiedad al ritmo. En la capacidad, finalmente, para montar al oyente en su montaña rusa de narrativa clara que se vuelve compleja para ser otra vez clara; medidas palabras que recorren lo eterno y lo presente para precipitarse en el oído cargadas de historias, reflexiones y sensaciones.