16 agosto 2018

MENSAJE EN UNA BOTELLA (45)


THE DELGADOS “The great eastern” (Chemikal Underground)



El tercer elepé de la banda de Glasgow supone una superación de la corrección pop juvenil en pos de lo subliminal de las dobles lecturas, las construcciones intrincadas y los estribillos con calado. Con la garantía del Mercury Rev Dave Fridmann en la producción, The Delgados trabajan sobre sentimientos sin tapujos mediante delicadas sinfonías de recogimiento y lirismo; con majestuosidad y frondosidad sonora. Un trabajo delicioso que basa su carácter en el mismo aroma clásico de unos Belle & Sebastian. Sonido de reminiscencias estadounidenses, atemporal y sobrio, como ese lamento arrastrado que recuerda a Tom Waits en “The past that suits you best”. Los temas parten de una sencillez acústica (la velvetiana Acussed of stealing”) y una pureza folk (“Reason’s for silence (Ed’s songs)”, “Make your move”) que pronto se ven absorbidas por el esplendoroso torbellino de los arreglos que Fridmann dispone en cortes como “Aye today”, el dramatismo que alcanza “American trilogy” o en los ecos neo-country de “Knowing when to run”, volatilizados entre evocadoras cuerdas. También hay sitio para la contundencia: rompiente y cortante dentro de esa maravilla a dos voces que es “Thirteen gliding principles”, e iridiscente al surgir de “No danger” y “Witness”.



Publicado en octubre de 2000 en la revista El Batracio Amarillo.

15 agosto 2018

MENSAJE EN UNA BOTELLA (44)


DAVID HOLMES “Bow down to the exit sign” (Go! Beat-So Dens-Universal)



Servirse convenientemente de la electrónica, o servirse convenientemente del rock. Ahí pueden residir algunas de las claves para la supervivencia del rock más visceral y estimulante. El pinchadiscos David Holmes apuesta por eso, se acerca al rock lo mismo que Primal Scream abrazaron la electrónica, fundiéndose en una colisión epatante, vertiginosa, sin vuelta atrás. Crea un mare mágnum rítmico en el que cabe toda la carga tórrida de un riff de piano de lo más groove, “Compared to what”, o la urgencia exultante y sucia de una guitarra stoniana seguida inevitablemente de la voz de Bobby Gillespie, gurú vocal del rock del próximo siglo (“Sick city”). Se ofrecen las líneas maestras del mejor rock, su vertiente más excitante, a través de la combinación de un furibundo recorrido aéreo de samples y efectos, y un envilecido conjuro terrestre de guitarras horadantes, bajos y percusiones, oficiado por alguien a quien se le va a permitir traer y llevar los sonidos cuando y como quiera, acompañarse de quien quiera y subvertir el orden que le apetezca. Así, Holmes puede extender su “actitud” rock a densos apuntes de Barry Adamson; sumergirse en lodos de blues: con Jon Spencer cantando en “Bad thing”, el ambiente de “Out run” con Martina Toppley-Bird deslizando estribillos irrefutables, o la espiritual “Living room”, contando con la arenga de Carl Hancock Rux. Retomar a Gillespie para, mediante un manto de Farfisa y guitarras, mezclar ritmos negros con garage oscuro en “Slip your skin”, ofrecer con “Zero tolerance” a una Martina turbia, juguetona y punk; o hacer viajes panorámicos de voluptuosidad sonora tal que los Primal Scream más lisérgicos en “69 police”. Todo ello encadenado con credibilidad y naturalidad. Siglo XXI.



Publicado en octubre de 2000 en la revista El Batracio Amarillo.

14 agosto 2018

MENSAJE EN UNA BOTELLA (43)


DEATH IN VEGAS “The Contino sessions” (Deconstruction)



Richard Fearless y Tim Holmes vuelcan sus influencias, curiosidad sonora y bagaje en un segundo proyecto que es ya una vía creativa en sí mismo. Escuchándolo, se me hace difícil relativizar su importancia en el contexto rock actual. Porque, a pesar de su fuerte sustrato electrónico, éste está al servicio de una idea de rock; persiste y destaca esa enjundia sólo conseguida con guitarras, la emoción y densidad transmitidas mediante instrumentos más o menos convencionales. Algo parecido a esa conexión terrestre que mantuvieron siempre Spacemen 3. Un tema inicial como “Dirge” es una prueba de genialidad: teje una maravilla sobre dos acordes, elevándola, desarrollándola y manipulándola hasta que la electricidad planeadora colisiona con los sintetizadores. En “Soul audionner” canta Bobby Gillespie, un ejercicio psicodélico sobre base hip-hop que debe tanto a Happy Mondays como a Primal Scream. “Death threat” evoluciona entre dub y guitarras saturadas, como unos Massive Attack endurecidos y sofocantes. Se pasa de la inundación de psicodelia de “Flying” a las espirales repetitivas de “Aisha” (que emula el riff clásico stooge con la voz de Iggy Pop), o a la suntuosa arquitectura de “Neptune city”. En “Broken little sister” es Jim Reid de The Jesus & Mary Chain quien canta, en un tema que rescata el éxtasis eléctrico de éstos; y la embriagadora “Aladdin’ story” es el último y vaporoso acierto de un trabajo inolvidable.



Publicado en mayo de 2000 en la revista El Batracio Amarillo.

12 agosto 2018

MENSAJE EN UNA BOTELLA (42)


BOSS HOG “Whiteout” (city Slang-Virgin)



Jon Spencer se toma un año sabático con la Blues Explosion y resucita a Boss Hog, la intermitente banda que mantiene desde finales de los ochenta con su esposa, Cristina Martínez. Lo que fuese otro ejemplo de chatarra sónica y desmesura surgida de la infecciosa raíz de Pussy Galore, ya mostró con “Boss Hog” (Geffen, 95) un carácter cada vez más refinado, que ahora llega a extremos que los colocan en el mismísimo umbral de la comercialidad. La producción, dividida entre el Cardigan Tore Johansson (que también se ocupó del “Good humor” de Saint Etienne) y Andy Gill de los Gang of Four (responsable de “Social dancing” de Bis), colabora para ello, mostrando la guitarra de Spencer en un discreto segundo plano o en un primero sin demasiada mordiente; marcando nítidamente los ritmos y dotando a los teclados de Mark Boyce de mayor presencia y relevancia. Sea como fuere, lo que aquí destaca se encuentra en los cinco primeros cortes, inspirados jugueteos de r’n’b en singles potenciales del calibre de “Whiteout”, “Chocolate” (que recoge algo de la Blues Explosion), “Nursery Rhyme” o “Fear for you”, donde Cristina maúlla como si de Nancy Sinatra se tratase. Aparte del sugestivo y fibroso rock de “Stereolight”. A partir de ahí la cosa pierde pegada, “Get it hile you wat” aniquila el espíritu Boss Hog con su descarado parecido con Garbage; y aunque “Jaguar” recupera un poco el sitio, sólo volvemos a vibrar al final, con el sonido garage presente en “Trouble” y “Monkey”, ambas producidas por el grupo.



Publicado en mayo de 2000 en la revista El Batracio Amarillo

11 agosto 2018

MENSAJE EN UNA BOTELLA (41)


VAINICA DOBLE

“LAS HADAS QUE UN DÍA NOS CANTARON”


En el dúo Vainica Doble (Carmen Santonja y Gloria Van Aerssen) se dan cita factores poco usuales en el transcurrir de la música popular en España: su carrera ha sido intermitente, que no irregular ni errante, y se ha desarrollado durante más de treinta años sin que su personalidad se haya resentido especialmente. Salvo algunos conatos progresivos y de fusión (“Contracorriente” Gong, 76), su sonido ha ido siempre por los mismos derroteros. Su fabulación constante, sus pequeños cuentos, encontraron desde el principio el mejor acomodo en las suaves líneas instrumentales de un folk-pop tocado tangencialmente por el rock, huyendo siempre de la estrechez sonora de la canción protesta de los setenta. Un sonido que es el brote de la suma de sus personalidades, maduro y esmerado; divertido aunque con el poso a veces amargo de unos textos medidos, hilvanados con precisión, cosidos con el cariño y el vasto conocimiento del lenguaje por parte de Carmen. Descriptivos a veces hasta el detalle, siempre pendientes de su rima consonante, de su cohesión interna; cargados de sentimientos, imágenes, sensaciones y sentido. Algo así como escuchar una canción, disfrutarla y a la vez estar pendiente de cómo acaba, o recordarla y evocar una imagen antes incluso de que surja un tarareo. La discontinuidad de su carrera fue algo provocado por una independencia real, por la búsqueda de una libertad personal que garantizaba de paso una autenticidad a cada entrega discográfica sin parangón en su momento.  Extendiendo una callada pero creciente influencia, un fluente susurro que acrecentó su prestigio y las puso en boca de todas las generaciones musicales que las sucedieron.



Ahora se despiden a través del sello Elefant (sin duda el mejor sitio que podrían elegir), hecho desgraciadamente coincidente con el fallecimiento de Carmen Santonja. Dejan un delicado adiós que las termina de perpetuar en la memoria de las melodías más sutiles y emocionantes. Con “En familia” recuperan la senda de “Taquicardia” (Nuevos Medios, 84). Grabado realmente como su título indica, rezuma buen gusto en la producción, contención y sabiduría, tocando todos los palos del mundo vainiquero. Suspende desde la inicial “Chiribitas de limón”, predisponiéndonos a un estado de percepción distinto. Ofrece nuevos retratos y personajes para una galería ya amplia y paradigmática, tanto de la España que les tocó observar (el vals “Don Marcial”, “La vegetariana” o “El chalé”) como de una imaginación capaz de insuflar el halo de lo onírico a la cotidianidad más absoluta. Algo así ocurre en “El ruido”, o cómo hacer un canto a la vida de un problema de lo más común (cántasela a tus vecinos). Regala las más estremecedoras declaraciones de amor con “Dices que soy” y “Quiero tu nombre olvidar”, y vuelca la mayor de las ternuras (“Nana en re”). A la vez se caricaturizan como protagonistas del rocanrol “La flor de la canalla”, le dan al boogie-rock  en la mencionada “La vegetariana”, o hacen gala de pícaro buen humor con la chispeante “Chinita de Shangai”. Recuperan de su cancionero televisivo “El rey de la selva”, con ese ambiente de trompeta y percusiones tan poco habitual en el pop actual y… deja que la varita toque a tu alrededor.



Reseña del CD "En familia" (Elefant, 2000)
Publicado en febrero de 2001 en la revista El Batracio Amarillo (disco del mes)


10 agosto 2018

MENSAJE EN UNA BOTELLA (40)


THE MAGNETIC FIELDS “69 love songs” (Merge-Circus)



Hablar de un triple CD con sesenta y nueve temas, a 23 por disco, y poseedor de no menos de cincuenta canciones excelentes, entraría en el terreno de lo imposible si no nos refiriésemos al gran miniaturista del pop. En efecto, Stephen Merrit, en este sexto trabajo de su banda principal, se saca de la manga un desbordante caudal de sentimientos en forma de canción. Tonadas que conjugan guitarras acústicas y lluvia de mandolinas con electrónica básica y brillantes detalles de piano y cuerdas; formando un articulado y frondoso universo propio: incontenible, difícil de compendiar, imposible de relativizar. La música va saltando fluida de un estilo a otro en unos temas tocados por la magia de la verdadera espontaneidad. Acompañando y empastando su voz grave y resonante con la de Claudia Gonson (batería, piano y representación) y la de varios colaboradores (LD Beghtol, Dudley Klute y Shirley Simm, compañera de Claudia en Lazy Susan), asistimos a una suerte de relajación ante un intimismo cómplice (es fácil imaginar a los músicos alrededor de unas botellas de vino, animándose a cantar conforme les va apeteciendo). Estilos que conviven y se compenetran en un minuto, canciones capaces de concederle veinte segundos a otro registro distinto, dentro de un andamiaje de sutilidades más tierno que frágil, reminiscente de las constantes sonoras de la banda: pop inspirado y sencillo de confección casera en “All my little words”, “(Crazy for you but) no that crazy” o “How to say goodbye”. Sentidas baladas de crooner solitario (“I don’t belive in the sun”, “Very funny” o “Blue you”); y recreaciones del pop sintético de los ochenta (“Let’s pretend we’re bunny rabbits”, “Long-forgotten fairytale” o “I can’t touch you anymore”). Además de, no se nos olvide, experimentación, rudimientos folk, country, esencias de blues pantanoso, disonancias jazzísticas, o sones fronterizos. Pudiendo ser a la vez Roy Orbison y Stereolab. Inconmensurable.




Publicado en febrero de 2001 en la revista El Batracio Amarillo.