06 julio 2017

MALDITO ESCALÓN

El escalón del patio consistía en una gran piedra larga y oscura bruñida por el tiempo. Fue el primer obstáculo que superé, cuando conseguí encaramarme a él, con apenas un año. Mi familia recuerda con frecuencia que subía y me quedaba allí tumbado, con los ojos muy abiertos y la mejilla descansando en su frescor, abrazándolo. Más tarde, mis piratas escalaron sus grietas, peleando por algún tesoro, y mis bólidos lo recorrieron infatigables. El escalón acabó representando la firmeza, siendo el ancla, mi equilibrio, el refugio al que nunca llegaba la tempestad. Así hasta que derribaron nuestra casa, ya embargada, y alguien lo demolió a martillazos al grito de “maldito escalón”.

MALDITO ESCALÓN (II)

“La vida es una escalera”, así rezaba el lema secreto que parecía respirar cada mañana con vida propia entre sus dientes. A eso quedaba reducida la existencia, a un sin fin de escalones que la gente se afanaba en ascender sin saber realmente para qué ni, en multitud de ocasiones, hacia dónde. Él los veía ir y venir. Unos subían con firmeza, excitando su envidia, mientras otros se petrificaban ante el siguiente tramo. Alguno echaba a correr por sorpresa, pero terminaba cayendo de bruces, para su alivio. Esa era su nítida visión del mundo: global, útil, funcional. Nunca compartió esa cualidad visionaria con los demás; por eso, nadie acertó jamás el significado de aquellas palabras que parecieron respirar con vida propia entre sus dientes el resto de sus días: “maldito escalón”.