13 diciembre 2013

CICLORAMA

Queridos lectores y visitantes, hoy sale a la venta “Ciclorama”. Se trata de un libro que se sitúa con una pequeña linterna frente al extraño edificio de la condición humana. Es un volumen que reúne relatos aparecidos al filo de los acontecimientos de los últimos años en la página de humor “El Estafador”, acompañados de multitud de inéditos de distinta piel y parecida intención. 

Puntos de venta:

-          Subterránea Cómics
C/ Horno de Abad, 12. 18002 Granada – 958280031
      -      Ubú Libros
Placeta de las Descalzas, 3 bajo izquierda. 18009 Granada - 958226211
-          Librería 1616 Books
Avda. Federico García Lorca, 17. 18680 Salobreña – 958610750
-          Librería Especie de Espacios
C/ Pureza, 66. 41010 Sevilla - 686710902

También pueden realizar sus pedidos a través de juanfranmj@hotmail.com



“En este ciclorama la actualidad pasa deprisa, descontrolada, dejando un rastro de preguntas sin respuesta y desaliento. Se proyecta el humor que quiere superar la amargura y no puede; la ironía que trata de vencer la perplejidad, quedándose a medias. El lirismo da explicaciones sin abrir la boca, arropando la soledad. Y la crítica tropieza casi siempre con estampas costumbristas de decepción.”

ISBN: 978-84-616-7359-9
140 x 210 mm., 192 páginas
P.V.P. 10 euros

CAPITALISMO

El mayor mal del capitalismo reside en su capacidad de mutación y contagio.

12 diciembre 2013

MENSAJE EN UNA BOTELLA (23)



Doctor Divago llegan a su décimo álbum más rocosos que nunca (pero, afortunadamente, aún lejos de esa consistencia pétrea que da el oficio cuando ya se ha llegado al límite de cualquier creatividad), con un sonido cada vez más perfilado y estilizado. Sin nada que altere insustancialmente la solidez de una idea muy clara, un armazón ya legendario: la formación básica de dos guitarras, con los añadidos habituales de la armónica de Chumi y las percusiones de su productor acostumbrado, Dani Cardona. Saben engrandecer su propuesta con pequeños detalles; sonar restallantes, urgentes, siempre enérgicos. Dibujar melodías de terciopelo y sabor eterno; así como estribillos redondos que detonan, colándose por todas partes. Maceran su sonido, lo desarrollan; le sacan partido, posibilidades.

En una reseña de este disco, se dice que encabezarían una hipotética escena pub-rock española. Puede ser, aunque lo suyo encierra mucho más complejidad. Pero, aparte de guitarras, chaquetas y armónica, sí que es verdad que su sonido contiene la suficiente incandescencia, inmediatez, clasicismo y carisma para relacionarlos de alguna manera con aquella heterogénea escena de genuinas formaciones.

Manolo Bertrán, responsable de todo el repertorio y fiel continuador de las maneras más clásicas y vigorosas del pop, no se adecuó sin embargo, como la gran mayoría de autores, a la creación de unos textos acordes con la dinámica del sonido y las tendencias de cada momento. Apostó por generar un lenguaje y un punto de vista nuevos que ya le son propios e intransferibles, con sus turbulentos personajes, reales o no, sus homenajes (“Sonaba Julio Galcerá”), sus situaciones dramáticas, sus reflexiones y demonios, tan personales, tan a flor de piel; o los valientes saltos de su imaginación.


Por todo esto, escribir sobre Doctor Divago es remachar el clavo de una certeza. Estamos ante uno de los mejores cantantes del pop español de siempre y, echando la vista atrás desde este magnífico trabajo, ante uno de los cuatro o cinco grupos principales del pop y el rock en castellano. El tiempo lo dirá.

11 diciembre 2013

PESADILLA ANTES DE NAVIDAD

La cosa es que a Belén Esteban le propusieron que llamará a diez personas al azar para felicitarles las fiestas. Sería toda una sorpresa para ellas. El día señalado estaban ante el teléfono ella, su representante, vestido de blanco impoluto con el uniforme de la armada, y un presentador con gafas y chaqueta verde brillante. Ella hizo como que se negaba en el último momento, respiró profundamente y sus párpados bailaron. Después le pusieron una venda y fue escogiendo números al azar de entre las decenas de guías telefónicas que la rodeaban. Tú no eras consciente de esto, estabas en otra cosa. Sonó el teléfono y contestaste. Era Belén. Dijo: "Hola señor, soy Belén Esteban y le llamo desde Telecinco para desearle...". No le diste tiempo a terminar. Reconociste la voz y colgaste. Un sudor frío corrió por tu espalda, temblabas. Lamentaste seguir teniendo teléfono fijo, o no haber retirado tu número de la guía, aquel día que lo planeaste. Después te tranquilizaste y pensaste que todo era una pesadilla, una especie de sueño loco de duermevela. O mejor, una broma de mal gusto que alguien te había gastado, eligiéndote al azar. Te reíste por dentro de tu propia ingenuidad, pero encendiste la televisión para asegurarte. En Telecinco estaba ella, acompañada de su representante y del presentador. Tenía los ojos llorosos, se sentía muy triste; maltratada porque tú le habías colgado. Había escuchado tu voz, tu respiración. Ella había tratado de ser amable, cariñosa, pero tú habías colgado el teléfono. La habías puesto en evidencia ante la audiencia. Te tenía localizado y no lo iba a olvidar. Para colmo, al ver tu nombre en la guía supo quién eras inmediatamente. Eras el crítico aquel que se mofó de su libro en las páginas de un periódico de tirada nacional. Ella había entrevisto en tu artículo inquina personal, falta de objetividad, envidia por sus ventas y mucha maldad por tu parte. Tu teléfono se colapsó. Te llamaron de todos los programas de Telecinco. Te ofrecieron dinero y te exigieron defenderte. Te esperaron a la puerta de tu casa. Se pusieron en contacto con todos los medios con los que colaborabas. Unos expertos estudiaron tu manera de escribir, en un programa de máxima audiencia. Salió a la luz aquella novela tuya que pasó tan desapercibida, y la teoría de la frustración y la envidia que guiaban tus actos, ganó enteros rápidamente. Ella apareció llorando en un programa especial llamándote cobarde, y prometió que te acordarías toda tu vida de no haber aceptado su felicitación de Navidad.

08 diciembre 2013

CORRUPCIÓN, QUERIDA TÍA

A pesar de que la corrupción ocupa actualmente, según el barómetro del CIS, el segundo lugar entre las principales preocupaciones de los españoles, lo cierto es que se puede vivir tranquilamente con ella, ya que suele ser silenciosa y tarda en morder el bolsillo del pueblo (no olvidemos que casi nadie piensa en términos de bolsillo común). Tanto la corrupción como los malos usos tienen margen de sobra en nuestro acogedor sistema. Me imagino que son algo detestable para muchos políticos y personas honestas que trabajan en la cosa pública, pero terminan siendo perfectamente asumibles.

Cuando surge un brote de corrupción en el seno de cualquier organización o administración pública, jamás se paran las maquinarias, con sus miembros, dominados por el estupor y la vergüenza, resueltos a desenmarañar lo antes posible el asunto y hacer que prevalezca, sobre todas las cosas, la limpieza en su gestión. Aquí las alarmas saltan con silenciador, no vaya a parecer lo que no es. Nunca se pierde la calma. Sin cambiar el tono, se valoran los daños propios y se aborda la forma de minimizarlos. Se enturbia, se manipula, se culpa, se miente y, llegado el caso, se colocan como cortafuegos algunas cabezas de turco. Porque, en la política española, la justicia es fuego que hay que mantener alejado de los intereses generales.

Hace tiempo, en una debate televisivo, algunos periodistas se dedicaron a preguntarle a Alberto Garzón de IU cómo encajaba el mensaje de su agrupación (defensor absoluto de lo público, exigente y cargado de valores sociales e igualitarios), con el hecho de gobernar en coalición en Andalucía con un partido envuelto en un escándalo de corrupción de tan enormes proporciones y profundas ramificaciones que ni siquiera el silencio de demasiados ha conseguido minimizarlo. Su respuesta paseó por las ramas de siempre hasta que, ante la lógica insistencia de sus interlocutores, se sintió obligado a soltar un poquito de verdad: si dejaban de apoyar al PSOE podían dar lugar a unas elecciones que auparan al PP al poder, lo cual sería mucho peor, a la vista de la política de recortes y privatizaciones que aplica este partido actualmente allí donde gobierna. Indistintamente de que se pueda estar o no de acuerdo con este análisis, la idea que subyace es que la corrupción es asimilable. Se convive con ella, a lo mejor se pasa un mal rato, sí, pero se mira para otro lado con altura de miras y en paz, ya sabemos que el tiempo nunca deja de correr.

Desde la Junta de Andalucía se reprocha la obsesión de muchos con el caso de los ERE: ¿qué menos que obsesionarse ante algo tan sucio, a estas alturas, con esta situación de pobreza que nos asola? A estribor, algunas portadas de diarios conservadores han hecho hincapié en lo mal que nos viene para la salida de la crisis airear tanto el caso Bárcenas: ¿no debería ser al contrario?

El hecho de que sacar a la luz casos de corrupción amenace con ser contraproducente para los intereses de los ciudadanos y la estabilidad del sistema, es la mejor manera de reconocer países en vías de democratización o, mejor, eternamente en vías de democratización. El sindicalista, el miembro de un partido, no se dirigen a los jueces para agradecerles su labor al desentrañar y esclarecer vergonzosas prácticas, y así colaborar a la recuperación de esas organizaciones y, por ende, a la regeneración de nuestro marco de convivencia y de la confianza mínima que debe primar en las relaciones entre los ciudadanos y sus representantes, independientemente de su adscripción ideológica. Lo que hacen es ponerles trampas, tratar de ensuciar su imagen, increparles desde medios de comunicación afines o insultarles en la calle.

La corrupción provoca más ruido que cualquier otro desmán político; pero se trata mayormente de fuegos de artificio, desahogo, y excitante alimento de discusiones. Está ya tan introducida en el sistema y las conciencias que realmente solo intranquiliza al que puede ser arrojado a los leones, que por cierto, se suelen conformar con el primer plato.  Es como venir al mundo con un gen que nos permite comprender en cierta medida al que roba, al que defrauda, al que ejerce el nepotismo o el amiguismo. El mensaje subliminal nos repite como un mantra que si un partido es capaz de modernizar el país, de hacer una política económica seria o beneficiosa para todos, o de procurar avances sociales que integren y faciliten la vida de las personas, merece, además del reconocimiento de los votantes en las urnas, una cierta benevolencia ante las tropelías que, sin duda, muchos de sus cuadros van a acabar perpetrando. Siempre hay un peaje a pagar frente a la diosa corrupción. Quizá sean esos los restos de la secular postración española.

Una vez relaté en una red social el caso de un profesor que hace pocos años se jactaba en mi presencia de disponer a su antojo del material más caro de su instituto, carcajeándose de la cara de estupor que un pardillo como yo le ponía; y que actualmente brama más que nadie contra los recortes en cualquier foro. Recibí algunas respuestas que se paseaban por las ramas y, entre ellas, una airada que se refería a la inoportunidad de mi comentario. Ese es el inmenso boquete que hemos abierto a base de jugar todos a estrategas políticos, desde la prensa a la gran mayoría de los ciudadanos; cargando las tintas u obviando miserias e injusticias en pos de un presunto interés más elevado. Actuando con una prudencia y un sigilo que en muchas ocasiones no constituyen más que gestos de complicidad con el corrupto.

No ataquéis a Rajoy, estamos viendo la luz al final del túnel y el caso Bárcenas puede dar al traste con nuestra recuperación. No vayáis contra la Junta de Andalucía por el caso de los ERE fraudulentos. No interrumpáis su pulso renovador, siempre refrescante, son la única esperanza contra el neoliberalismo pepero. No critiquéis a la UGT, ¿no veis que se trata de una jugada para amordazar a los trabajadores? No divulguéis, ni como mera anécdota, la actitud individual de un profesor, el enemigo es Wert. Centrémonos en lo importante y que nada enturbie en lo más mínimo nuestra lucha. Cuando resolvamos lo inmediato arreglaremos los otros problemas. Dejémosles con su corrupción, de todas formas el mal ya está hecho. En cuanto cambiemos el gobierno tomaremos medidas al respecto. Las cosas acabarán volviendo a su cauce. En todas partes cuecen habas. Hay gente buena y mala en todos lados. Estas cosas se superan.


En resumen: se puede convivir con la corrupción, esa tía retirada que siempre acaba llamando al timbre. Además, siempre hay cosas peores.

05 diciembre 2013

MENSAJE EN UNA BOTELLA (22)



Bombero Montag es el sugerente alias tras el que se esconde Emilio Pérez, responsable de proyectos anteriores como El Increíble Hombre Menguante.
Este trabajo se sostiene con fundamento y soltura en la guitarra acústica y la voz de Emilio, con añadidos de armónica (que aportan esa pátina evocadora que sabe ser emocionante llegado el momento) y leves acompañamientos de percusión por parte de Gabriel Abril (escobillas y pandereta) en los tempos más rápidos.

Bombero Montag saca todo el partido a la diversidad de perspectivas sonoras que ofrece el folk en sus variantes más clásicas y eternas, ejecutadas con buen gusto y devoción. El incesante tapiz de acordes de su guitarra sabe ser trepidante en cortes como el inicial “¿Quién vigila a los vigilantes?” (certero retrato que de la situación vivida en España estos últimos años), o la excelente “¿Algún médico en la sala?". El resto del repertorio es delicado y meditabundo, ligeramente brumoso (“Hija de mil padres”), y siempre más cálido que agreste, a pesar del escaso ropaje sonoro. Sobre todo, es un muestrario de canciones llenas de vida, capaces de irradiar una luz nunca monótona. Las letras, plenas de historias e intención, están bien estructuradas, conjugando sugestivos juegos de imágenes y metáforas; sabiendo mirar con naturalidad tanto afuera como adentro.

Un buen disco de folk, generalmente se acaba convirtiendo en un fiel compañero de viaje, presto a caminar a tu lado lo escuches cuando lo escuches. Es el caso de este trabajo de Bombero Montag, toda una invitación a la complicidad.

22 noviembre 2013

DESPUÉS DEL ESTRUENDO

El niño se bajó de su sillita y anduvo por la parte trasera del vehículo familiar. Estaba hambriento, aburrido y cansado. Con las manitas tanteaba los asientos, acariciaba la piel, manoteaba sobre ella. Apoyaba su cabecita, resoplaba. Se agachó y gateó un poco sobre las alfombrillas, tropezando con algún juguete perdido y un envase de refresco olvidado. Escaló de nuevo al asiento con dificultad y se acomodó en la sillita. Varios minutos después volvió a realizar la misma operación, aunque esta vez terminó por encaramarse a los asientos, poniéndose de pie y recorriéndolos de un lado a otro hasta cansarse. Se sentó en el lado opuesto a su sitio y acercó la cara a la luna trasera. Estaba fría. Pegó la frente al cristal que su respiración empañaba y tuvo que pasarle la mano, como cuando jugaba con su mamá, para poder observar el movimiento. No entendía nada, pero le parecía divertido, le hacía sonreír la turbamulta. Se retiró de la ventanilla y se quedó pensando, mirando al frente. Cuando pensaba se quedaba así, como paralizado, muy concentrado, mirando fijamente en alguna dirección.


Siempre jugaba a tirar de la manija de la puerta del coche, a sabiendas de que siempre estaba cerrada para él. Sin embargo, hoy, al accionarla, la puerta se abrió. Que él recordase, era la primera vez que abría la portezuela por sus propios medios. Le habían dicho “no te muevas de aquí, ahora mismo vengo”, y él había asentido con la cabeza, recibiendo un fuerte beso en la mejilla. A pesar de la prohibición decidió empujarla, y bajó despacio del coche, casi dejándose caer. El aparcamiento estaba lleno de gente, coches y ruido de sirenas. Empezó a caminar lentamente, llamando a su papá, con la seguridad de que aparecería justo donde él estaba en pocos segundos, como de costumbre. Como nadie respondía, dio una vuelta alrededor del coche andando despacio, algo inseguro, apoyándose levemente en la carrocería llena de polvo. Mostraba esos ojos tan abiertos y expectantes de siempre, ansiosos por recibir la vida, las cosas, los colores, los gestos, todo lo que le decían los demás, todas las cosas nuevas de cada día, que casi siempre le hacían reír, aunque alguna vez le asustasen. Sonreía levemente. Ofrecía esa carita confiada que se le ponía cuando veía a sus padres acercarse. Algunos años después supo que su padre murió ese día a causa de su religión. 



Publicado en el nº 184 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a la religión..

21 noviembre 2013

MENSAJE EN UNA BOTELLA (21)



Andanadas rockistas (que dirían los del “eres lo que escuchas” de Radio 3) en el primer álbum de Los Radiadores, tras la publicación de un par de ep’s. Electricidad siempre a flor de piel, entretejida con tesón y tensión, aun en los momentos más reflexivos; con el sabor de su propia combustión y reflejos psicodélicos (“Ha llegado el caos”). Latidos punk con tributo al oscuro psychobilly en “Manual de supervivencia”. Vocación esencial, enérgica, inmediata; solo alterada en la estimulante coda de “La hora de las confesiones”. Canciones con carácter, bien resueltas, confiadas al riff y al juego de las guitarras. Trepadoras que ascienden en busca de estribillos y estrofas luminosas.

Además, Raúl Tamarit, compositor de todo el repertorio de los valencianos, es un letrista que ata cabos y no da puntada sin hilo, esmerándose en contar historias, ofrecer puntos de vista y depositar miradas con calado; sabiendo tirar de metáforas de esas que enseñan los dientes.

20 noviembre 2013

EL OTRO


Mira al otro
despojado de ti
siendo él.
Míralo tanteando
un país desconocido
en su propio laberinto.
Desconfiado.
Tan vulnerable y aislado.
Esperanzado.
Arrastrando una ilusión milenaria
que un día le asaltará,
y una pesada pregunta
a punto de despertar.
Observa el temor
reflejado en su rostro que no actúa,
la mirada hervir en una duda,
su docilidad ante el destino,
el silencio resignado escarbando un camino.
Mira al otro
lejos de ti.
Míralo vivir,
Sentir.
Sé él,

antes de buscarte en él.

15 noviembre 2013

LA REINSERCIÓN DEL MONSTRUO

Fíjate en el día que hace. La mañana es espléndida, tornasolada, incontenible. Parece imposible que pueda resultar tan maravillosa. Todo es como una gran fotografía de colores muy vivos, ¿verdad? Es fabuloso madrugar en verano. Respira hondo, así, fuerte, ¿notas que se aspira una especie de rocío perfumado, pleno de frescura? Sopla un viento ligero que remueve un aire limpio que acaricia, lleno de posibilidades. Mira la luz, el verde tan intenso de los árboles. Posa tu mano sobre la tierra húmeda, esponjosa, fértil; piensa en toda la vida que contiene. Siente la tibieza del sol, tan presente; parece que pudiésemos acurrucarnos en ella. Seguro que el mar hoy estará tranquilo, sosegado, dominando la fuerza inverosímil de su nervio azul. Las flores del parque van a estallar en cualquier momento, en los macizos destaca un color rojo que duele, y su olor embriaga, aturde, invita a cerrar los ojos sin más y dejarse ir ¿No percibes en días así, que la felicidad es como si te tocase?, ¿no tienes la sensación de que puedes empujar al miedo para apartarlo de ti?, ¿no te sientes como si acabase de pasar a tu lado la mujer más hermosa del mundo? Espera impaciente un espléndido atardecer. Acaricia con tu mirada la suave curva de las colinas sobre las que pronto comenzará a arder el crepúsculo, ese continuo deshojar de fuego y miel. Mira, mira el cielo azul intenso, los hilachos de nubes, que parecen a punto de caer sobre ti como una caricia de lana. Observa aquel avión, cómo suena, es increíble la claridad con la que se le ve surcar el cielo; su precisión pasa como una película ante nuestros ojos ¿A que sí?

Piensa en los niños que salen corriendo del colegio, tan confiados; en sus risas y gritos, en su entusiasmo sin freno, en su excitación casi irracional. Explotan en carcajadas cuando tropiezan y caen, se levantan, sacuden sus manitas y continúan corriendo, persiguiéndose; algunos con los brazos hacia atrás como si fuesen aviones o superhéroes. Mira los parques, las redondeadas formas de los columpios, la vegetación que los rodea, la paz de los bancos que poco a poco se van poblando de abuelitos.


Abraza la naturaleza y, sí, la vida también, y olvídate de lo que hemos hecho.



Publicado en el nº 182 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a la felicidad.

13 noviembre 2013

TODO POR UN LIBRO

La editorial Nuevo Inicio (con ese nombrecito, que suena a secta formada por inquietantes miembros que usan guantes blancos), dependiente del Arzobispado de Granada, acaba de publicar el libro “Cásate y sé sumisa”, de la muy católica periodista italiana Constanza Miriano. El título, a no ser que esté absolutamente cargado de ironía -lo cual resulta improbable en este caso-, lo dice todo. No creo, por ello, que haya que perder el tiempo leyéndolo. Dicen que se han decidido a publicarlo porque se trata de un éxito de ventas en Italia, qué bien. A partir de ahora, el arzobispo de Granada va a publicar todos los éxitos de ventas en Italia; a lo mejor nos trae algo bueno, quién sabe. La verdad del caso es que, basándose en su popularidad, han aprovechado la oportunidad para publicar un libro que defiende sin ambages sus tesis machistas y retrógradas. Ese conservadurismo oscuro de habitación mal ventilada que, por norma general, les conviene no reconocer abiertamente. Y lo peor: si alguien con estas opiniones asciende dentro de la jerarquía eclesiástica hasta llegar a arzobispo, parece quedar claro que la postura sobre el asunto de la institución no le anda a la zaga. Y esto es algo alarmante.

Vivimos en un país sensible y comprometido, huelga decirlo. Según las encuestas, permanentemente enfrentado a las injusticias de nuestro tiempo; entre ellas y muy especialmente, el capitalismo salvaje o la influencia de la religión en la vida pública. Pero todo esto es toreo de salón, que es el más tranquilo y completo estéticamente. Pocos son los ciudadanos capaces de vencer la tentación de poner contra las cuerdas a la hora de comprar un bien al vendedor, en caso de conocer que este pasa por dificultades económicas. Y muy pocos los que no levantan la voz si al lado de su vivienda se va a instalar o construir algo susceptible de disminuir su valor de mercado, aunque sea ventajoso para la comunidad. Respecto de la religión católica sucede lo mismo: es un porcentaje relativamente pequeño el que, diciendo vivir ajeno a ella, o incluso postulándose en su contra, da el paso de apartarla definitivamente de su vida, de evitar su presencia en la educación de sus hijos, de restarle peso social. La mayoría todavía cumple rito tras rito por temor a sentirse apartados dentro de la sociedad que les ha tocado vivir, esa que abraza la tradición católica y alimenta el mantenimiento de sus privilegios, en la mayoría de los casos por miedo a ir contra una corriente que sería fácilmente superable con solo un poco de coherencia.


El tema del best-seller publicado por el Arzobispado granadino debería hacer reflexionar muy seriamente a los católicos y, sobre todo, a los que no se declaran como tales o se muestran indiferentes pero siguen el tiralíneas social que marca el catolicismo, dejando a sus hijos al albur de determinadas influencias educativas que pueden lastrar su desarrollo como personas libres, independientes y responsables. Porque, esa es la sociedad que queremos todos para el futuro, ¿no?

07 noviembre 2013

LOU REED HA MUERTO

La primera vez que supe de Lou Reed no tenía ni idea de su infinita influencia, ni de su pasado, ni de su presente. Sostenía en mis manos la portada de “Transformer” mientras escuchaba las canciones más señeras del disco, las cuales pasaron a formar parte de una cinta variada que me estaban preparando. Al escuchar esos temas y ver la guitarra de la portada, lo primero que me vino a la cabeza fue que se trataba de un cantautor eléctrico. Treinta años después de aquella tarde, Lou Reed ha muerto; y en muchas informaciones al respecto ofrecidas por los medios de comunicación, vuelvo a leer titulares que remiten a su condición de poeta y cantautor eléctrico, y señalan como temas señeros algunos de los que me grabaron en aquella casete.

Ante cosas así, me queda una sensación como si algo no se hubiese movido un ápice. Como si esa tarde de mi adolescencia me hubiese zambullido en algo, y no hubiera salido a la superficie hasta esos fatídicos días en que Lou apareció en algunas portadas y telediarios que trasladaban a su público las mismas impresiones apresuradas e ingenuas que yo tuve en su momento. Algo parecido a nadar y nadar para aparecer en el mismo punto.


Cuando me enteré de su fallecimiento lo sentí (la inmensa mayoría de las veces lamento las muertes), y al mismo tiempo pensé que el personaje ya me pillaba un poco lejos. No seguía su carrera, no estaba tan presente como antes. Me equivocaba. Después de leer algunos obituarios y decantarme por evitar una escucha pormenorizada de sus discos (cosa que hubiera hecho durante horas en mis buenos tiempos), me dio por repasar sus elepés, tocarlos, mirar las portadas, recibir su aroma, que inmediatamente me caló por entero. Entonces supe que Lou Reed es inmortal, y que yo proyecto mi parte de esa inmortalidad, al igual que todos los que han escuchado, escuchan, o escucharán con pasión su música. Quiera o no, estará permanentemente vivo en algún rincón, despierto y en forma, presto a manifestarse en cualquier momento, siempre con algo que decir. Con sus contradicciones a cuestas y su cinismo. Con toda la crudeza disonante, el afilado esquema de ansiedad que trasmitía, la urgencia, el vértigo, el peligro que supuraba The Velvet Underground; con esa distancia y ajenidad con el público que marcó toda una manera de ser y actuar de miles de grupos. Con su lucha en solitario durante décadas frente a gigantes que parecían vivir dentro de él. Con su saco de momentos geniales, sus errores, su actitud nada acomodaticia, sus travesías del desierto, caminando siempre hacia delante, borrando incluso su rastro en ocasiones; arriesgando, buscando algo acaso inasible; queriendo retorcer conceptos, desnudarlos. Con la mirada en carne viva buceando entre los resortes más oscuros del amor. 

01 noviembre 2013

BENEFICIOS

Cuando Y se enteró del proyecto de X no daba crédito. Asomado a su balcón, con las manos fuertemente agarradas a la baranda, se dispuso a confirmar incrédulo lo que su mujer le había cotilleado por teléfono mientras trabajaba. La casita vieja de enfrente, la que tenía el patio interior grande con árboles, la que llevaba tantos años abandonada, la de la señora aquella cuyo hijo menor trabajaba en un puesto similar al suyo, estaba siendo demolida. La máquina entraba y salía entre una densa nube de polvo marrón; golpeando, rompiendo, recogiendo, cargando el escombro en camiones. Los operarios colocaban balizas, acordonaban el perímetro. Y estaba tenso,  presa de una indignación salvaje y secreta, de esas que no dejan de implosionar. Imprimía tal fuerza a la barandilla que sus manos palidecían antes de agarrotarse, doloridas. Entró en el saloncito y se sentó suspirando, su esposa pasó veloz a su lado y le recordó que se cortara las uñas.

Y se sintió a partir de entonces como si se hubiera tragado un yunque. El estómago le pesaba, le ardía. Todas las mañanas, al colgar su rebeca azul en la percha de su lugar de trabajo se notaba abatido, como cargando con una extraña sensación de pena que lentificaba sus movimientos. Había desaparecido la ilusión de salir pronto de la oficina, de llegar a buena hora a almorzar, de evitar el atasco. Y llevaba ya tiempo volviendo a casa caminando pensativo. Al introducir la llave en la puerta de su portal advertía la presencia babilónica del emergente edificio blanco, brillante, lechoso, inmaculado, moderno, arquitectónicamente austero, esencial, “heredero del funcionalismo”, como le había dicho el bocazas de su promotor, a quien desde aquel día evitó a toda costa.

Una vez en su casa, se repetía el mismo proceso de todos los días. Entraba silencioso, saludando sin excesivo entusiasmo; comido por la ansiedad, tratando de mostrar una indiferencia absoluta para con el edificio que le miraba tan fijamente. Se sentaba a la mesa dándole la espalda, en el lugar opuesto al que había ocupado los nueve años anteriores. Pero aún así sentía la mirada clavada en su nuca. Poco a poco se iba inflando. Lo veía venir y respiraba, tomando aire de otras conversaciones sin duda más importantes y provechosas, pero no lo conseguía. Una vez hinchado, a punto de reventar, necesitaba desahogarse, por lo que soltaba, con esforzado disimulo, la perorata de siempre. Que si las ventanas del bloque de X eran muy estrechas, que si habría que ver los permisos, que si la cosa tenía toda la pinta de ser el típico caso de corrupción de guante blanco, que si se trataba de una casa de muñecas, que si un pívot de baloncesto se compra un apartamento tendría que hacer lo propio con el de al lado para que le cupiera la otra pierna, etc. La familia asentía y reía sus ocurrencias, y él descansaba por fin.

La construcción del pequeño edificio que X se arriesgó a erigir en la antigua casa de sus padres se encontraba en su tramo final en los albores de la crisis. Como fuera que desde los medios gubernamentales la existencia de esta era negada por activa y por pasiva, y los del banco lo tranquilizaban todas las mañanas, decidió continuar. Una vez terminado la cosa no fue mal del todo, los pisitos se fueron vendiendo, también los trasteros de la planta baja, incluso el coqueto bajo comercial que se ofrecía. X se mudó a uno de los pequeños apartamentos, y al final solo le quedaba uno por vender que, ya con las crisis desenvolviéndose en todo su esplendor, quedó encallado con el cartel de “Se vende, único apartamento disponible”.

X alcanzó a pagar todos los gastos relativos a la construcción, permisos, e impuestos diversos. Según sus cuentas, más o menos, la venta del apartamento restante supondría su beneficio en la operación, descontando el que ya habitaba. La agente inmobiliaria aparecía de tarde en tarde con algún interesado, pero la cosa no marchaba. Todo había caído en un silencio pesado, en un murmullo lóbrego, en un desaliento paralizante. Algunas personas le preguntaban directamente por el precio, pero en las breves conversaciones siempre emergía rutilante la palabra crisis.

Y había cambiado físicamente durante ese año de dolor. Para soltar lastre le había dado por salir a correr por las noches, actividad que le había llevado a perder mucho peso, quedando reducido su habitual rostro blanquecino de eterno bebé mofletudo a algo entre anguloso y enjuto. Su calvicie galopaba, por lo que, con el consentimiento de su señora, decidió afeitarse la cabeza. Refugiado en la esquina de su balcón, con las manos soldadas a la baranda, ahora miraba con delectación todas las tardes el edificio de enfrente. Ya no le aguantaba la mirada, ni se atrevía a clavarle los ojos cuando comía o veía la televisión. Su sombra ya no era esa alargada silueta que se agitaba fantasmagórica en el techo de su habitación mientras trataba de dormir. Ahora era otro triste edificio blanco que amarilleaba con un patético cartel de “se vende” colgando de alguna parte. Una “colmenita funcional” -como él lo llamaba, buscando y encontrando las risas de aprobación de familiares y compañeros de trabajo-, que no había conseguido cumplir las ambiciosas expectativas de su dueño, alguien a todas luces temerario, inexperto en ese tipo de negocios, qué duda cabe.

X había bajado en dos ocasiones el precio del apartamento libre. La agencia inmobiliaria le había sugerido, y algunos posibles compradores exigido, ese gesto como la opción más sensata, teniendo en cuenta que la crisis ahondaba, el paro se incrementaba de manera espectacular y el consumo no levantaba cabeza. Sin embargo, tras esos dos ajustes, los interesados seguían sacando en sus encuentros con él a pasear la palabra crisis, ya convertida en religión, y pasaban a enumerar la cantidad de pisos más grandes que el suyo que se podían encontrar por la ciudad a un precio más económico, dónde va a parar, tenlo en cuenta.


Y había investigado. Había preguntado, calculado, olisqueado en internet hasta que una mañana sus piernas temblaron de emoción ante su descubrimiento. Parecía que se iba a producir una erupción debajo de su silla giratoria. Salió del trabajo con la rebequita azul a medio colocar y volvió a casa notando cómo el corazón golpeaba fuerte contra su pecho. Los latidos le ahogaban. Se sentía rejuvenecer. Tenía ganas de gritar. Aparcó y subió de dos en dos los escalones. Irrumpió en el saloncito y lo soltó sin tiempo para disimular: “He calculado que el precio que X consiga por el apartamento será más o menos su beneficio”. Desde entonces, paciente y satisfecho, cada pocos meses cruza la calle y se acerca, sonriendo y frotándose las manos, a preguntarle a X por el precio; ofreciéndole en cada ocasión una cantidad que lentamente va decreciendo, y acompañando con tragicómica mueca la palabra crisis.



Publicado en el nº 181 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a los beneficios.

25 octubre 2013

EXCUSAS, ÚLTIMA PLANTA

Cuando entré a formar parte de un gabinete de prensa tan concurrido, pensé que me pasaría los días tropezando con gente y llevando cosas de un lado para el otro. Pero no fue así, me instruyeron concienzudamente para aprovechar las jornadas de cabo a rabo leyendo periódicos, mirando la televisión, escuchando la radio y preparando resúmenes en uno de aquellos despachitos escondidos de la primera planta. Leía, subrayaba, resumía. Dedicaba todas las mañanas a perseguir y recortar artículos críticos, informaciones, rumores lanzados como noticias, o acontecimientos que rozaran nuestra nave por algún flanco. Era una labor mayormente pesada y gris, casi funcionarial; algo así como buscar el grano gordo entre la paja. Solo lo que estuviese muy claro, no me estaba permitido interpretar. Otros más talentosos o de  instancias superiores se dedicaban a filtrar, descontextualizar, desviar, ocultar, atraer la atención y otras labores de mayor complejidad. “Todos somos un equipo”, me dijo una mañana una mujer a la que no volví a ver. Tomé un sorbo de mi café y asentí con la cabeza.

Nuestro barco avanzaba firme, y la política de prensa cada vez cobraba más importancia. Una labor callada, constante, a la que yo me entregaba con toda la precisión que podía, tratando denodadamente de ascender dentro de mi oscuro departamento, en aquel edificio ceniciento de hormiguitas hacendosas. La impopularidad que acarreaban la corrupción, los problemas y las decisiones era repelida, las encuestas desfavorables doblegadas. Gracias a nuestra actuación, nos deslizábamos sobre la situación general casi sin rozarla, nada nos mellaba, navegábamos a velocidad de crucero. Poco después me incorporé, en la segunda planta, al equipo de Pasado, como lo llamábamos en nuestra jerga, una mejora por fin. Revisaba declaraciones, entrevistas, noticias, cualquier acontecimiento del pasado susceptible de ser sacado casualmente a la luz, tanto para ser lanzado como para utilizarlo como escudo. Pero, bueno, siempre me dejaban claro que me dejase de sutilidades, que no era lo mío, que solo buscase lo estridente. Otros departamentos se encargaban de hilar, de sacarle punta a todo, de manipular, de dosificar los datos o de “hacer la verdad más habitable”, como decía un jefe muy raro que tuvimos que no parecía sentirse muy feliz entre nosotros.

Nuestro barco avanzaba firme y la política de prensa era ya sin disimulos el mascarón de proa. Poco después internet se convirtió en una herramienta de uso cotidiano, y las redes sociales se extendieron hasta alterar sustancialmente nuestras costumbres. Todo parecía estar al alcance, pero no, claro. Aún así, a mí me seguían cayendo a veces absurdos trabajos de campo, como investigar el tipo de personas que compraba según qué prensa en el quiosco, aunque a esas alturas ya todos sabíamos que el meollo estaba en la red, y, claro, indagar allí correspondía a otro tipo de personal. Me hubiese gustado también ser un infiltrado real o virtual, pero por alguna razón no me vieron cualidades para ello. De todas formas en voluntad y ganas de progresar no me ganaba nadie. Aportaba ideas aquí y allá, algunas tan ladinas que mi superior comenzó a tenerme cierta consideración.

Algunos años después, nuestro barco más que avanzar se mantenía, las cosas no estaban tan claras como en los buenos tiempos, y la política de prensa en aquel momento era, lisa y llanamente, lo único realmente importante. Ascendí en el departamento de Pasado, gracias a algunos pasos en falso que advertí con agudeza y, sobre todo, a otros que no eran tales pero que yo descubrí como fácilmente tergiversables. Esa palabra, tergiversar, que me hace temblar, me estaba poniendo en mi sitio dentro de la organización. Así iban las cosas, mejorando día a día, hasta que una mañana, nada menos que el director general, me propuso dirigir mi propio departamento en la última planta: Excusas. Acepté de inmediato y me rodeé de un equipo de personajes tan imaginativos y mentirosos como yo. “Todos viajamos en el mismo barco”, les advertí paternal junto a la máquina de café, palmeé y nos pusimos manos a la obra. Nuestra misión no era lo simple que puede parecer a priori: inventar excusas. Ya que había que hacerlo sobre acontecimientos, declaraciones o decisiones que aún no se habían producido. Se trataba de una acción preventiva. Tener un variopinto y elástico almacén de excusas capaz de sacarnos de cualquier embrollo en un máximo de 24 horas.


Mi equipo trabajaba con denuedo, codo con codo, cabeza con cabeza; hasta que nuestras imaginaciones se fundieron en un mismo y alborotado río. Hemos colocado frases en miles de declaraciones de prensa, y muchas de ellas han ayudado a alterar el curso de los acontecimientos, y hasta de la historia. Vuelvo a temblar: “necesidad perentoria”, “cuestión de estado”, “herencia recibida”, “altura de miras”, “exigencia de un mayor consenso”, “ataque deliberado al sistema democrático”, “juicio político”, “miren si no a los países de nuestro entorno”, “esto en Europa sería inimaginable”, y un largo etcétera. En esa época se produjo mi explosión y, amigos, tened claro que si no fuese por mi elevado sentido de la lealtad, ya hace tiempo que me dedicaría al asesoramiento privado y habríais visto mi foto en algún dominical, apoyado en la mesa de un despacho iluminado como Dios manda, con los brazos cruzados y una elegante camisa blanca hecha a medida. Y es que lo nuestro es algo secreto, pero será convenientemente estudiado en el futuro. En cenicientos edificios de muchos países ya me lo han dicho: “Nadie, nadie, se excusa como vosotros”.



Publicado en el nº 180 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a las excusas.

19 octubre 2013

18 octubre 2013

CORTINAS DE HUMO

Hoy, en el segundo aniversario de su muerte, aún recuerdo el día que mi abuelo llamó a la radio. Creo que fue la única vez que lo hizo en su vida. Yo estaba parado ante un semáforo, sintonizándola distraído en el coche. La mañana era fría y lluviosa. Los rostros de los ocupantes de los otros vehículos mostraban un barniz taciturno. Parecían lingotes de ilusión, antaño brillantes, ensombrecidos, gastados y mordidos por la derrota callada, la cotidianidad y la rutina.

La gente caminaba presurosa, abrigada y embozada, los paraguas querían volar. Desde el programa el locutor deslizaba mensajes publicitarios que sus contertulios apoyaban mientras lanzaban bromas, contaban anécdotas y reían a carcajadas. Esas risas sorteaban el frío y el aguacero colándose por auriculares, detonando dentro de oídos a los que decían desear sinceramente entretener y alegrar. Las risas también se dispersaron por el habitáculo de mi viejo utilitario. No contagiaron nada.

Dieron paso a las llamadas de los oyentes y surgió mi abuelo disculpándose por sus nervios. Quería opinar sobre algo que le tenía alterado desde hacía un par de meses. Le preocupaba sobremanera el Partido de la Verdad (PV), la nueva y revolucionaria opción, surgida del desgaje de varios partidos políticos, que apoyábamos todos sin reservas y que estaba alcanzando renombre incluso más allá de nuestras fronteras. Decía que le horrorizaba su agresiva y exitosa campaña en pos de desenmascarar todos los trucos del Estado, de las comunidades autónomas, de cualquier gobierno a cualquier nivel. Su voz temblaba (ya estaba muy mayor), pero se hacía más estentórea conforme cimentaba sus argumentos. Los invitados al programa no le interrumpían, algo que yo deseaba con todas mis fuerzas. Me lo imaginaba de pie, quijotesco, en amarillento pijama a rayas y pantuflas ante el vetusto teléfono de pared, sosteniendo una hoja temblorosa arrancada de uno de sus muchos cuadernos de notas, en los que solía apiñar, con letra pequeña y apretada, ideas de un cariz bastante onírico que a nadie interesaban. Tenía tantos que mi abuela, por tal de quitárselos de encima, durante una época me ha estado animando a llevármelos a casa por si podía sacar algo en claro para volcarlo en mis creaciones.

Yo, periodista free lance y escritor con obra por estructurar, como ya habrán adivinado a través de mi prosa, decidí aparcar en un pequeño solar abandonado para tratar de calmarme y asimilar tocas las cosas que decía mi abuelo con un tono cada vez más seguro, y sin que nadie tuviese el detalle de mandarlo a callar de una vez. Temblando, llegué a la conclusión de que querían hacer una pira con él como sacrificio ante un nuevo dios. Por un momento, tuve ante mí un primer plano de su rostro anguloso, casi transparente, en la televisión, tachado con un aspa rojo fuerte.

Transcribo algunas partes de su ingenua y delirante intervención, y resumo otras para así tratar de hacerles llegar la zozobra que experimenté: venía a decir el intelectual de la familia hasta mi aparición, que los acontecimientos le tenían sobresaltado, impidiéndole incluso conciliar el sueño. No creía para nada en la libertad real de individuo, y abominaba de ese dicho cristiano que sostiene aquello de que la verdad os hará libres, lo que sí hará es complicarnos la vida, afirmó, permitiéndose cierta jocosidad. Expuso su preocupación sobre ese repentino interés en descubrir toda la verdad sobre toda acción gubernativa, lo calificó de insensato y señaló sin ambages que los que mandan llevan el peso del mundo por nosotros. Explicó que las cortinas de humo habían existido desde siempre, aunque reconoció que bien es cierto que antes eran más lejanas; disimulaban lo que no debíamos conocer a nivel mundial o nacional de tal manera que ni nos dábamos cuenta. La verdad es que ahora las hay en cualquier sitio, y les da exactamente igual que las identifiquemos como tales, concedió. Vas a cualquier pueblo y la plaza está rodeada, casi siempre, por una cortina de humo agitada sin reservas por los hechos que esconde; todos miran, pero ya nadie pregunta nada. Silenciosa y tupida, de un gris lechoso que molesta un poco pero al que te acabas acostumbrando, roza los pies, produce leves cosquilleos, envuelve juguetona y las más de las veces termina entreteniendo que no veas.

Curiosa actitud, apunto yo, esa de acatar o incluso abrazar la cortina, mirándola con resignación aprobatoria. Acceder a mantener el estado de las cosas a fuerza de silencio y de hacer como que se desconoce la función real de esos acontecimientos gratuitos e inconexos que rodean y emborronan todo; y luego querer conocer hasta el último detalle de la vida de la gente, si es el lado malo mejor. Querer indagar en su sufrimiento, mirando la pantalla sin pestañear u observando al vecino enfermo o con problemas caminar con su desgracia a cuestas, reprochándole calladamente su discreción, deseando que se siente junto a nosotros y se abra hasta que su sangre llegue al final de la calle.

Dijo cosas de viejo, de otro tiempo; insoportablemente oscuras, desde luego: que si un día lo sabemos todo no lo podremos soportar y nos estallará la cabeza, que si nos han preparado siglo tras siglo, generación tras generación, para no querer ni saber mirar claramente la realidad, para no ir más allá de cualquier dulce quimera que hiciesen bailar ante nuestros ojos; tomándola equivocadamente como contraposición de lo cotidiano, esos pequeños problemas, reales o inventados, que, arguyó, eran como una sucesión de pequeñas cuerdas que van atando fuerte y en corto la vida y el pensamiento. Y blablablá.

Teorías conspirativas, opiniones dignas de una mente ya fatigada, tristemente limitada aunque voluntariosa y con evidentes muestras de chochez y elocuentes indicios de la enfermedad de Alzheimer. Finalmente, gracias al cielo, el locutor tuvo a bien detener ese mal rato para su familia y amigos, aunque él insistía en que lo llevaba todo anotado y le quedaba la mitad por decir. “Hasta aquí la opinión de Alfonso Ferrer”, anunció el locutor con voz cantarina. “No queremos ni necesitamos saber la verdad” le dio tiempo a gritar a mi abuelo antes de que la comunicación se cortase.


En fin, dos cosas abuelo: en primer lugar, estate tranquilo, todo sigue igual. Y en segundo, los cuadernos siguen en mi maletero.



Publicado en el nº 179 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a las cortinas de humo.

16 octubre 2013

NO SE ALARME

Y entonces la radio dijo que el tinte de las servilletas era tóxico
y nos aconsejó ponernos a cubierto
al día siguiente de que volase el techo.
Y la publicidad miente subiendo el volumen.
Y la vida hormiguea sin hormiguero
con ojos vendados
y oídos saturados.
Y cada tele ha construido un pequeño policía dentro.
Atento
mientras pisas el papel de regalo,
tú, evolucionado ser de complejos matices:
un día una mano enguantada llamará a tu puerta
y te dará a elegir entre el blanco y el negro.
Y en el supermercado,
alguien te toma del brazo para advertirte
que hemos llegado al final de algo
que ni siquiera habíamos empezado,
pero no pronuncia palabra
sólo tiembla y te transmite
el poder de su miedo.
No dobles más tu único billete
al abrirlo seguirá siendo de otro.
Levántate y anda, dice el ministro.
Los que pueden cambiar algo
se lamentan de tu mala suerte.
Ya no me queda lirismo,
sólo urgencia;
del centro del poema sale otro poema
y las manos de hierro y sangre
achican versos a zarpazos de seguridad nacional.
Hay que avanzar,
dicen subiendo el volumen
después de convertir la verdad en polvo
al dividirla en mil con el carné del partido
¡Síganos señor, no sea un perdedor!
si se para muere (o le matan)
(o le matamos nosotros)
por un error de comunicación
entre departamentos.
No se alarme, el porcentaje es de un uno por ciento.

11 octubre 2013

PAN Y CIRCO

    Sentado a la mesa del comedor mira la televisión con el volumen quitado, como casi siempre. Da vueltas con la cuchara a una sopa de sobre con ese característico olor tan potenciado que la delata a distancia. El cubierto entra y sale del líquido color hueso, creando una ilusión de plácido oleaje. Emerge siguiendo un ritmo pausado, distraído, trayendo siempre cosas desde el fondo floreado del plato: fideos, trozos como de zanahoria, o restos de la yema del huevo duro que ha decidido añadir.

   Sobre la mesa está la comida que pone el Estado. El profesional ahora en paro consume lentamente el subsidio que le queda a la familia, la última ayuda, a la que le resta un mes. Remueve la sopa caliente y continúa mirando la catarata de imágenes y titulares del telediario. Silencioso, atisba la amenaza de la depresión y el desquiciamiento, de la erosión de las relaciones personales, de la ansiedad. Reflexiona sobre el sindicato, con su brazo permanentemente encima de su hombro y sus palabras amables y resignadas, señalando al culpable. El sindicato, a veces tan amigo del poder que se refiere al ministro de trabajo por su nombre de pila, y otras tan encarnizadamente enemigo. En la pantalla sale gente trajeada con gesto serio que viene y va; reunida, o contestando a una nube de micrófonos en la calle. Aparecen imágenes de la vuelta al cole, de otro espectacular accidente milagrosamente sin víctimas en un deporte de riesgo, de pueblos con curiosas costumbres, de guerras, de nuevas normas de tráfico; del Rey, que sonríe y se salta el protocolo.

   El móvil que descansa cerca de él parece más bien un hierático teléfono fijo. Piensa en las enormes diferencias políticas entre la derecha y la izquierda, cada vez mayores, a estas alturas, sin acertar a entender el porqué. La información deportiva es presentada a bombo y platillo, incluso en silencio restalla golosa ante el telespectador. Debería haber más cultura, se dice vagamente; aunque a veces siente que la cultura es un batiburrillo que gesticula dirigiéndose a él, moviendo la boca sin que pueda escucharse nada. Acaso manoteando para sobrevivir, aventura.

   Los políticos, joder; no existe, que él recuerde, un solo mensaje positivo por mínimo que sea en el que todos estén de acuerdo. Bueno, solo uno: el repetido hasta la saciedad para conducir al ciudadano a la firme creencia en la democracia tal y como ellos la ofrecen y gestionan, ese sistema promisorio que tanto nos ha costado conseguir, machacan, sin dejar de amenazar con aquello de que sin ellos volverán los períodos más oscuros y la barbarie. No hay salida por ninguna parte, parece ser. La cuchara en vertical produce un escaso remolino en el centro del plato, cuyo movimiento parece alimentar una espiral de divagación.

   Asustar para alcanzar el poder o para conservarlo. O la prensa, mudando la piel de lo positivo a lo negativo a su conveniencia, según los días, como una serpiente viscosa. Hay que ver lo que ha cambiado el tono de toda esta gente en los últimos treinta años, se sorprende pensando. La verdad es que pararse a pensar en ellos es un imán para las nubes negras. De todas formas, suspira, aunque sabemos lo mal que estamos, tanta negatividad le parece malsana, incluso un punto vanidosa. Y es que, todos aquellos que nos hablan de colapso económico, de ruina, de generaciones y generaciones ahogadas por las deudas, de retrocesos de derechos individuales hasta límites casi imposibles de recuperar, ¿no piensan al mismo tiempo en el colegio al que llevarán a sus hijos pequeños, o en su desarrollo personal? ¿Por qué, si ellos tienen en su vida ilusiones que les llevan a tener una actitud positiva en su quehacer diario, cargan nuestros hombros con tanta negrura, con tanta mentira? ¿No estamos sufriendo bastante ya? Sinceramente, siento que me aborrecen, y yo les aborrezco a ellos, confiesa, ¿por qué nos aborrecemos tanto, todos, desde siempre?

   Ante él aparece el pan que se termina, el negro futuro de su alquiler, el tiempo que juega en contra. ¿A quién pedir dinero?, ¿cuánto podría conseguir?, ¿en qué orden disponer de él? Poder trabajar en negro, dos o tres días a la semana, sería casi como un premio de la lotería. Un sueño. O, mejor, uno de esos milagritos de iglesia de provincias. Garantizar en lo posible el pan, la luz, el gas, el agua, el techo, el vestido. Demasiadas cosas que quizá no debería exigir sin una contraprestación, no de esfuerzo y responsabilidad, sino de docilidad y eterno agradecimiento. En la silla de enfrente, tapando el televisor, se materializa el liberal de mirada burlona que le recuerda que si la empresa privada dispusiera del dinero que le cuesta al Estado la ayuda que cobra, ya hubiese creado quince puestos de trabajo, número arriba, número abajo, y después se volatiliza.

   La cuchara da vueltas, va y viene de su boca, la sopa se acaba. Mejor no cortar más pan. Publicidad en la tele, risas. Los niños llegan con sus amigos a casa después de jugar y una guapa mamá les prepara la merienda. Qué bien han aprendido los publicistas a transmitir la idea del producto solo con mirar las imágenes un segundo. Eres libre para cambiar de canal, no lo olvides.

   Su amigo del sindicato se declara republicano en la cafetería ¿Cuándo vendrá la República? A lo mejor, ese día, con todo lo que se ahorre el Estado, se puede invertir más en empleo. Su amigo del sindicato le ha dicho muchas veces que se afilie, que no se despiste. Entonces se pone a imaginar la mañana en que se restaure la República, sería la tercera, III República Española, más o menos. Habrá fiesta en las calles, pero a él ya se le habrá acabado el subsidio. Se pondrá su chaqueta gris oscuro y la camisa blanca y llevará a su hijo de la mano, si es que el niño no le repudia a esas alturas. Saldrán a la calle, seguro que repartirán de todo gratis y habrá precios populares. Quedarán con su esposa en la esquina de la gran superficie, donde siempre.

   No hay que despistarse. Todas las situaciones nuevas se nos muestran soleadas, se desarrollan en un ambiente sonriente, fresco y puro. Además, hay oportunidades para los más sagaces. Mudamos de piel por un día y brillamos, nos sentimos protagonistas. El poder nos toca con su dedo índice y nos reímos y correteamos como niños a los que hiciesen cosquillas. De pronto, formamos parte de una gran aventura, y estamos orgullosos de pertenecer. Aparece en la pantalla un portaaviones gigante con la bandera de España, parece no acabarse nunca, ¿cuánto costará eso? Anda que si por casualidad descubriese un nuevo continente. Entonces, además de banderas, actuaciones y discursos, quizá hubiese trabajo.

   Apaga la televisión y aparece su cara reflejada en la pantalla. Ve miedo y trata de sonreír, y lo que queda es un rostro desconocido, lóbrego.


   Se termina la sopa y lleva el plato y los cubiertos a la cocina. En la mesita descansa el álbum de la liga de fútbol que alguien repartió entre los niños a la puerta del colegio el primer día de curso. En un par de meses volverán todos sonriendo con un catálogo de juguetes en la mano. El pequeño almuerza con los abuelos temporalmente, él no; más que nada para parecer no necesitar, por dar la sensación de estar ocupado, metido en algo, en acción. Su esposa, desde hace una semana, duerme y pasa la mayor parte del día con una señora mayor, cuidándola. Gracias a Dios.



Texto incluido en el libro de relatos de Juanfran Molina "Ciclorama".

09 octubre 2013

MADUREZ RABIOSA (T.N.T.)

La existencia de T.N.T. supuso un paso adelante para el punk, aunque pocos se enterasen; ya que todos los que se han acercado a esta música, a esta actitud, con ideas propias y determinación la han engrandecido y extendido hasta nuestros días. Si no por sonido (y no por culpa suya desde luego: si la cosa hubiese sonado la mitad de como fue concebida nos hubiese volado la cabeza), los granadinos sí destacaron por intenciones y talento compositivo; por los terrenos que pisaban (antes que nadie) y el rastro palpitante que dejaba su galope cuando pasaba sobre ti, agotándote y activando tu mente. Me refiero a la capacidad de crear un espacio personal de reflexión y rabia.

Todos los proyectos de Jesús Arias son así, parten de esa esencia, pasen los años que pasen (corre a escuchar lo que pilles de su encarnación actual, Qüasar, si no me crees): tensos espacios erizados de inquietud, donde conviven en constante fricción desahogo y pensamiento. Jesús nunca se ha terminado de llevar bien con el nihilismo ni las formas musicales unívocas, por eso “Manifiesto Guernika” era un acto absolutamente político que no vociferaba desde la relajación mental del panfleto. En él convivían urgencia, ansiedad, denuncia, pero también desengaño, locura y frustración.

Los temas que conforman este disco cayeron en mis manos apretujados en la cara B de una cinta pintada completamente de negro, en la que alguien me pasó aquel único elepé de T.N.T. Muestran la construcción, la afinación de la puntería de ese grito propio; los aciertos y las dudas, los préstamos, los tics, las versiones de aprendizaje, o los primeros resultados de sus escuchas de “London Calling”, con aquellos temas escupidos por Joe Strummer, alguien tan importante en las vidas de Jesús o José Antonio García pocos años después. El proceso de crecimiento, en definitiva, de una propuesta que día a día ganaba en coherencia y solidez, y que se iría volviendo más compleja y oscura, sin perder un ápice de pegada (sí, ahí, en el bajo vientre). Contiene ya algunos de sus himnos incontestables, como “Cucarachas”, la abrasiva sucesión de imágenes de  “1.984 Euroshima”: el mañana petrificado, vigilancia y alienación, el caos y el dolor atajando entre pasado y futuro. O “Sin futuro”, con esa letra que atraviesa espejismos como un puñetazo para permanecer siempre presente; ese estribillo redondo, ese grito que enronquecía nuestras gargantas. En resumen, el curso de la plasmación de todo un precoz ejemplo de madurez rabiosa. 




Texto aparecido en la hoja interior del disco del grupo granadino  T.N.T. "Una naranja mecánica". Edición en vinilo de su mítica maqueta de 1.981, a cargo de Vomitopunkrock records.

04 octubre 2013

MIRADAS PARALELAS

Dani decidió dedicar sus veinte minutos libres de la mañana a pasear, necesitaba reflexionar, soltar lastre, desahogarse en la medida de lo posible. Estaba hasta las narices de los problemas que se sucedían en el estudio. Odiaba las sorpresas, lo sobrevenido. Llevaba ante su mesa toda la semana enfrascado en un diseño que no terminaba de salir, sobre todo por los contradictorios y vagos cambios solicitados a última hora. Para colmo el cliente, generalmente simpático y prudente, se había convertido de buenas a primeras en dibujante, y no paraba de enviarle correos electrónicos con bosquejos de ideas mientras inundaba la bandeja de entrada del de su jefe metiendo prisa. Para más inri, Laura, con quien habitualmente estaba de acuerdo, comenzaba a sacarle de quicio. Desde el lunes no hacía más que pincharle, exponiendo sin recato dudas acerca de la viabilidad de su proyecto. Por si fuera poco, había dejado sobre su mesa, junto al lapicero, un libro de autoayuda; la broma no le hacía ninguna gracia. Laura, la chica de las indirectas, qué aguda; como el día que le regaló delante de todos por su cumpleaños una corbata que sabía que jamás sería usada.

Marisa acababa de salir de la consulta del médico con su hija. La cabeza le iba a estallar, la niña se había pasado toda la mañana protestando y chillando. No hubo manera de pesarla ni medirla en condiciones; el doctor, que qué bien que cobra, apenas pudo reconocerla. Y todo eso después de perder la mitad del tiempo en la sala de espera, ojeando montañas de horrendas y desbaratadas revistas de tendencias y vigilando a su inquieta hija con un ojo que se iba a salir de su órbita.

Se sentó en un banco del pequeño parque, estaba agotada, entre unas cosas y otras no había pegado ojo. Mientras la niña trasteaba con delectación en su gran bolso, siempre repleto y desordenado, Marisa cerró los ojos. Necesitaba relajarse, y para ello nada mejor que pensar en su trabajo de ilustradora, su gran pasión. Regodearse en los nuevos proyectos que pululaban aquí y allá. Calcular dimensiones, mezclar colores, imaginar escenas. Repasar mentalmente tareas pendientes, llamadas que hacer, libros que revisar.

Abrió los ojos y vio a un chico que la observaba con ojos tristes; parecía treintañero, como ella. Estaba algo rechoncho y tenía el pelo desaliñado. La verdad es que no mostraba un aspecto demasiado aseado que digamos. Llevaba un gastado bolso de cuero en bandolera, presumiblemente superviviente de mejores tiempos. Los bajos de los anchos pantalones color beis rozaban el suelo, de ahí que estuvieran tan desgastados y deshilachados. La camisa de cuadros embutía su cuerpo, lo constreñía. Probablemente había engordado y no tenía ni tan siquiera el ánimo suficiente como para renovar su vestuario. Pobre.

Dani se sentó en un banco escondido del parque a meditar un poco más y hurgarse cuidadosamente la nariz. Sabía que su teléfono móvil comenzaría a crepitar en pocos minutos y quiso tranquilizarse un poco. Resopló y escondió la cara entre sus regordetas manos, respirando pausadamente. Al final cerró los ojos y casi se duerme.

Abrió los ojos y vio a una chica que le estaba mirando con disimulo, parecía desesperada, una de esas desesperaciones sordas que solo se manifiestan en una mirada penetrante y algo ida. Tendría treinta y tantos, como él. Ojerosa, daba la sensación de estar consumida por los nervios, y tenía el pelo recogido en una cola que se lo tensaba hasta la exasperación. Denotaba poco interés por conservar un atractivo físico que sin duda existió en momentos más felices. Parecía limpia, pero aburrida y triste, con ese vestido largo y desvaído y esas sandalias tan desgastadas. Las uñas pintadas de negro y el tatuaje que le pareció apreciar en un tobillo, se le antojaron un grito, el grito de la chica guapa y segura de sí misma que un día fue, pero que ya había desaparecido. Su amplia camisa blanca con flores, así como mejicana, tenía sin duda la misión de ocultar un cuerpo joven pero ajado por el sufrimiento y los golpes de la vida. No daba la impresión de tener ningún tipo de ilusión. En los minutos que llevaba enfrente de él ni siquiera se había dignado a mirar a su hija, pobre niña, que jugaba ausente con el bolso materno, acaso buscando un entretenimiento que ocupase el vacío al que su progenitora la condenaba.


Ambos volvieron a mirarse fugazmente y se levantaron casi a la vez. Sin el menor gesto de saludo ni de despedida abandonaron el parque, tomando caminos opuestos. Unos metros más allá, se aferraron excitados a sus móviles y se dispusieron a teclear al mismo tiempo sus sentimientos en dirección a las redes sociales: “Acabo de ver la viva imagen de la crisis, y es desoladora”.



Publicado en el nº 177 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a "More Crisis"..

02 octubre 2013

EL GATO MÁS SILENCIOSO QUE CONOZCO

Mientras te hablo
persigue el olvido mi voz,
en carrera pactada
con el tiempo:
el gato más silencioso que conozco.
Ese calmoso silente que va esparciendo
la ceniza acuosa que adormece nuestros pasos.
Pero, antes de que mi voz sea enterrada 
entre la hojarasca de voces
que redundan,
vuelan y adornan,
quisiera poder escribirte
algo que nunca hayas escuchado;
quisiera servirte,
dejar de morder el aire.

Conformar, por fin, el poema percutor
que explota en mi pensamiento

El terror enturbia la blanca espuma,
loco de miedo y odio
hacia la libertad,
como un caballo iracundo
entre el oleaje de la vida.
Arranca cada vez algo
que no se podrá recuperar;
siega latidos e ilusiones:
esa luz que desboca al asesino.

Todo cambia, todo crece
todo brilla, todo florece
menos tú.
El mal nunca se desmenuza
entre los dedos del bien
simplemente se aleja un poco para volver
como un perro rabioso
a la primera llamada.
Todos opinan,
mientras persiste el círculo negro
ante el que nadie se detendrá jamás.

Quiero que salga fuego de mi voz
para envolverte
y sacarte de allí.
Apretar fuertemente tus manos,
romper distancias,
levantar murallas de dignidad.
Tener poder y no ser tan débil,
tan voluble como soy.

Los trenes de la justicia
van y vienen
ruidosos sobre nuestras cabezas
para nunca parar en el lugar adecuado

Leo para ti aquí de pie
con voz ajada y amarga
minutos antes del olvido de mis palabras
sintiéndome la tenue excusa del silencio.

Nuestra cobardía nos corrompe,
nuestra corrupción nos envilece,
nuestra lenta podredumbre nos absorbe.
Pero los espejos aún esconden nuestro deterioro.

Todo da vueltas sin asidero
dentro de la burbuja del tiempo,
ese presente fugaz
tan repentinamente pasado.
Allí te oigo reír,
te siento soñar, respirar,
entonces algo se detiene
y se me clava el frío de tu ausencia.
Miro hacia adentro.
Callo,
sin saber qué decir
y es terrible.
Y soy otro opinador entrecortado,
otro espectador distraído más
del dolor y el sufrimiento.

La tragedia nos mira fijamente
desde inmensas ojeras
labradas a base de preguntas sin respuesta,
endurecidas por mantener vivo el recuerdo
entre tormentas de impunidad.
Por soportar la insoportable normalidad del vacío,
la muda crueldad del prójimo.

Encubrimiento
dejadez
manipulación
mentira
ocultación
prejuicio…

Odiosas palabras,
escupitajos de  injusticia
en nuestra cara.
Sustantivos que se agolpan
acerbos en mi garganta.
Y siento asco y hastío
de masticarlos
para reproducirlos una vez más
desde un hilo de voz
que me avergüenza.





Poema compuesto para y leído en el “3º encuentro de escritores por Ciudad Juárez”, celebrado en el Centro Cívico del Zaidín en Granada (España), el 28 de septiembre de 2.013.