30 marzo 2009

LAGARTIJA NICK: CASO ABIERTO (I)

“El grupo de rock granadino Lagartija Nick desapareció la pasada noche sin dejar rastro”. Así empezó todo. Una fría noche invernal de 2.009, hace demasiados años ya, pero que aún recuerdo vívidamente. Hoy se celebra un nuevo aniversario de aquel día lleno de misterio y preguntas sin respuesta y, lejos de caer en el olvido o en el inframundo de los misterios sin resolver, se ha convertido en una fecha señalada, un día de celebración de lo desconocido, fecha de referencia para los imposibles. El día en que el vacío nos visitó por primera vez y por un solo segundo. Los hechos: la banda volvió a la Alhambra la noche del 20 de febrero de 2.009, casi once años después de su visita nocturna para las fotos del libreto de “Val Del Omar”; el motivo esgrimido era grabar algo, pero nadie se pone de acuerdo acerca de qué: unos dicen un vídeo, otros una canción, otros captación de ruidos, alguno, incluso, lectura de poesía automática. La cuestión es que nadie los volvió a ver. Ascendieron al monumento cargados de material y no bajaron, sólo dejaron como recuerdo mudo de aquel día un coche vacío. Ninguna de las personas que permanecían en el lugar escuchó ni vio nada fuera de lo habitual. Sólo un leve zumbido en unos casos, llegaron a declarar algunos, o un breve destello en otros.


Esta noche, desde el habitáculo de mi pequeña emisora de radio observo ventanas parpadeantes por el trasiego nervioso de siluetas dentro de los pisos; veo a un tipo que trata de romper la monotonía antes de hundirse en ella narrando las andanzas de Lagartija Nick y chillando algunas de sus canciones, emergido del techo de una furgoneta vieja y gris, megáfono en mano. El conductor apenas frena en las curvas mientras la lluvia cae empapándolo todo, siendo el sudor de la oscuridad en una noche de metálico frío, y matizando su silencio con un sonido antiguo, como de recuerdos que se contraponen. Mientras, un chico espera impaciente para cruzar la calle con una camiseta en la que se puede leer “El mundo del rock es un trampolín para los mediocres”. En una pared de la catedral sé que alguien ha escrito apresuradamente “Donde nunca ha llegado el amor, llegará la policía”.


Este aniversario lo celebro, como cada año, con una sensación extraña que me agarra el estómago mientras hablo con vosotros, mis escasos y desconocidos oyentes; de fondo se oye la reedición en vinilo de “Inercia”, publicada un año antes de la fatídica fecha. Cuando me hice con ella y la volví a escuchar tranquilamente pensé que era una obra maestra y así llegué a escribirlo; es curioso, en su día no recuerdo haber llegado a una conclusión tan contundente. Un disco que quiso ser instantáneo y finalmente logró vencer al tiempo. Rememoro el principio de todo: el nombre (sacado de un tema de Bauhaus, tras manejar otros menos inspirados como Las Moscas o Clan) que comienza a correr de boca en boca; la presencia, ya mítica en aquellos años, de Eric Jiménez a la batería; los constantes rumores, la expectación, las idas y venidas de Arias de 091, la formación de trío con un melenudo Juan Codorníu, la desesperante espera de una actuación en el granadino Paseo del Salón, o la aparición en el recopilatorio GRX (no especialmente destacable). Y, poco después (ya con M.A.R. Pareja en la otra guitarra), la advertencia de un amigo, sorprendentemente avisado: “atento a lo que están haciendo Lagartija Nick”. Y los singles, tres que fui comprando antes de enfrentarme al elepé debut, que presentaban temas que crujían, una apuesta turbadora que, con sus deudas más o menos patentes, no remitían directamente a nadie y mostraban una firme aspiración de trascender; dejándome la sensación de estar ante algo nuevo. Un proyecto en ciernes vibrante, directo e impactante, que creció poderosamente desde un envoltorio after-punk que nunca desapareció del todo; era la germinación inesperada de la semilla de T.N.T. Antonio Arias, su líder, venía de una banda consolidada, 091, y no pocos consideraron su decisión de abandonarla demasiado arriesgada, un error que iba a pagar caro. El tiempo no tardó en demostrar que Arias debía salir de ahí y volar solo, demasiado talento, demasiada inquietud y cosas que decir como para permanecer atado a un secundario papel de bajista callado. Dicen que los temas que luego conformaron “Hipnosis” fueron presentados en el local de ensayo de los Cero, pero aquello estaba llamado a, como finalmente sucedió, tomar una vía de escape propia y crecer hasta convertirse en una de las pocas propuestas rock con personalidad que se podían escuchar en la época por parte de grupos españoles, y eso que aquélla no era mala.


Lagartija Nick mostraban influencias de su tiempo, comunes a otras bandas contemporáneas, pero eran sólo un empuje puntual, un desvío concreto, un puente. La influencia no era tomada como un fin en sí mismo. No se mimetizaban en sus referentes ni en el momento, no eran la coartada moderna de un músico reconocido, aunque joven, que trata de subirse al carro de los noventa execrando los ochenta. Su estética, sus textos, su propuesta global e intenciones estaban lejos del ansia de modernidad indie, cuyo catálogo existencial terminó incluyendo más prejuicios que posibilidades.


Hipnosis” (Romilar-D, 1.991) fue su primer álbum, producido por Fino Oyonarte de Los Enemigos. Supuso una liberación de energía, circulaba velozmente por los cauces del punk pero los iba dinamitando a su paso con menos fuegos artificiales que muchos; eran explosiones sordas y contundentes. Los temas latían poderosamente a base de distorsión y urgencia, como una ciudad noctívaga sumida en el caos de la vida moderna. Se transmite la sensación de algo irrefrenable que se acerca. El futuro, en la voz-proclama de Antonio Arias, de pronto es un coche en marcha que te sube sin dejar que se acomodes ni pedirte opinión: viajarás y viajarás sin poder pararte ni un minuto a pensar, mientras que la vida, convertida en una imparable sucesión de imágenes, te confunde. “No lo puedes ver”, remite en su inicio a Spacemen 3, pero después el punk golpea el subsuelo de la canción. “Déjalos sangrar” o “La Gran Depresión”, con un inesperado sitar, tributan a Sonic Youth, tal que “El Mundo Desaparecido de los guantes”, ese viaje psicodélico inspirado en “Mote”, de un disco tan candente aquel año como “Goo”. Mientras, riffs stoogianos funcionan como carburante en “Napalm” y “Tan raro, tan extraño, tan difícil”, con su toxicidad diluida en la urgencia del proceso. Escuchado años después se echa en falta más contundencia en la producción, unas guitarras menos opacas, menos huecos.


Consumismo deificado, vacío y sobreinformación; el hombre incrustado apresuradamente en el molde de la tecnología; el vertiginoso recorrido por el cegador mundo de la fugacidad, o el acercamiento constante a una incierta promesa de neón que nunca es alcanzada porque jamás deja de distanciarse. Un año después continúa la narración del torbellino del escenario vital y sensitivo (el vuelco desenfrenado de percepciones, o acaso la máquina de escribir de Dylan rodeada de fotografías en pleno vórtice); el gran collage que se cuela en los oídos dejando una sensación perturbadora: fantasía, automatismo, alienación, el amor y su déficit (presentes de una forma u otra en las letras de Antonio); y ese hilo invisible que siempre les conecta y conectará con el espacio exterior. Lagartija Nick fichan por Sony (que ya intentó en su momento publicar “Hipnosis”) y aparece “Inercia”, para mí su gran elepé, en el que dotan de verdadero sentido a la palabra urgencia. Esta decisión, por cierto, hace que les lluevan los primeros palos (pero, ¿de cuánta gente y circunstancias debe independizarse un artista para ser coherente consigo mismo y conseguir avanzar creativamente?). Dos meses de grabación y la producción de Owen Davies (XTC, Manic Street Preachers), dan como resultado una propuesta que crece por el mejor camino posible, tanto en textos como en música, estallando en su mejor versión. El sonido se compacta y uniformiza (los temas se suceden en un perfeccionado carrusel de electricidad e imágenes), ganando en contundencia y complejidad, y alcanzando una personalidad definitiva, plagada de distorsión, wha-whas que muerden las paredes y psicodelia puntiaguda. Las grandes expectativas del primer álbum son superadas de largo. Las composiciones indelebles se suceden: “Nuevo Harlem”, “Universal”, “Rock´n´roll´zine” o las stoogianasPorno-Stereo” y “Satélite”, ésta con su guiño al “A well respected man” de los Kinks.


Los hombres de negro no paran de tocar, mostrándose como una de las formaciones más sólidas del panorama nacional y además en constante crecimiento. “Su” (Sony, 1.995), cierra la, a posteriori, denominada trilogía inicial (ese cable tenso que aún vibra igual cuando lo golpeas), y, a pesar de contener subrayables ejemplos de ansiedad y vértigo, cambia velocidad por profundidad. La base rítmica se vuelve más obcecada y pesada, atronadora por momentos, con una presencia de batería inconmensurable que aporta una rotundidad sin paliativos. Las guitarras adquieren un mayor protagonismo, se inflaman y adensan, extendiéndose por cualquier hueco y desarrollándose de manera más vehemente (los solos de M.A.R. Pareja, que comparte la autoría de todas las músicas, vuelan febriles). Creo que por primera vez puede hablarse de oscuridad dentro de un sonido que en ningún momento deja de ser excitante y rutilante, aun ofreciéndose notablemente endurecido y agresivo. Jesús Arias co-escribe algunas letras con su hermano Antonio, en un momento en que los textos tantean un lirismo pausado y reflexivo, convirtiéndolo en su trabajo más personal hasta la fecha. “La curva de las cosas” es una canción especial, diferente en el mundo de los granadinos; tan dramática como sugerente, dentro de su palpable tensión, alterna la plácida ascensión por un medio tiempo esencialmente desnudo, con la caída libre. Por su parte “Su”, el tema, fascina en su intensidad llameante.

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