11 abril 2016

PESCOZÓN

El niño miraba la televisión sentado en el añoso sofá de la casa de sus abuelos. Tenía puesto el pijama de “Star Wars” que le había elegido su padre, y combatía el frío que rodeaba la mesa camilla con una mantita que su abuela le había echado por los hombros. Llevaba dos días allí porque sus padres habían tenido que viajar a la capital. Él no comprendía por qué no había podido acompañarles, por qué razón tenían que ir los dos, y dejarlo solo. Cuando lloró y pataleo ante la noticia de quedarse al cuidado de los abuelos durante unos días, su madre perdió los nervios y le dio un pescozón que le estuvo escociendo hasta que se quedó dormido. Cada vez que lo recordaba, se pasaba la mano instintivamente por la parte posterior de la cabeza. Ante su insistencia en acompañarles o en que no le dejaran solo, su padre le llamó egoísta, consentido, caprichoso y algo terminado en “céntrico”. “Soy céntrico, como el quiosco del tito”, llevaba horas con ganas de decirle a su abuela, que no hacía más que mirar el reloj. Su madre se tiró de los pelos, dijo que era una desgraciada, que siempre había sido una desgraciada, que nadie la quería, que nadie pensaba en ella; lloró, le dio una patada al frigorífico, chilló y finalmente vino lo del pescozón. Sus padres terminaron discutiendo entre ellos, diciéndose cosas que no acertaba a entender; se encerraron en la habitación y gritaron durante un buen rato mientras él permanecía en camiseta en el comedor, empezando a sentir frío y con miedo de coger la tablet, que al final de la noche terminó junto a su cargador en la maleta familiar. Sus padres se fueron al amanecer, estaba oscuro todavía. No había ni siquiera coches en la calle cuando su abuelo lo condujo hacia la parada del autobús, y apenas pasó gente mientras lo esperaban. El abuelo llevaba un bolso con su ropa y él una mochila atiborrada que le había preparado su madre recién levantada. Pesaba mucho, y no dejaba de pensar en la cantidad de juguetes que ya no le interesaban que su madre había embutido ahí. El tiempo pasaba lento sin la los juegos de la tablet, sin el rato en el parque de después del colegio. Su madre llamaba a la abuela cada dos por tres y ambas reían, chillaban y daban saltitos, luego hablaba con él y le contaba cosas que no acababa de entender entre gritos, risas y prisas. Aquella noche miraba la televisión en silencio tras cenar las tortitas que le había preparado su abuela. La manta antigua, dura, con el olor acumulado de toda una historia familiar lo envolvía y le daba calor. El abuelo fumaba en el balcón, paseando lentamente y mirando el paisaje como si calculase sus dominios. La tele de los vecinos se oía a través de la pared, estaban viendo lo mismo que ellos, y los anuncios se escuchaban con un ruido doble que le llamaba la atención. En el bloque de enfrente, al otro lado de la estrecha calle, los vecinos miraban la misma cadena también, ya que en su televisión salía el mismo anuncio. Cuando comenzó el programa su abuela le zarandeó y besó presa de los nervios, y acto seguido golpeó la puerta del balcón para que el abuelo regresara mientras gritaba “el concurso, el concurso”. En la pantalla, el público aplaudía y el presentador corría y abría los brazos. De pronto sus padres aparecieron. Papá afeitado y con un peinado nuevo, mamá pintada. Ambos sonriendo con sonrisas desconocidas. Entraron corriendo, de la mano. Hacía tiempo que el niño no los veía cogidos de la mano, y mucho menos corriendo. Se colocaron tras unas pantallas parecidas a su tablet, pero algo más grandes y un poco más delgadas. Saltaron. Dijeron unas palabras como mágicas que sus abuelos repitieron al unísono. Se volvieron hacia el público con los brazos en alto, luego se fueron girando, agachados, hasta unir trasero con trasero y restregarse los culos; finalmente, cambiaron de posición hasta rozarse las narices y palmearse el uno al otro los muslos, sin dejar de menear el culo.