24 mayo 2013

GRUPO SOCIAL


La cosa es que al principio se nos ocurrió montar algo para que se divirtieran los niños. Somos un grupo de amigos muy unido e inquieto, hemos estudiado en los mismos colegios y nuestras familias se conocen desde hace generaciones; así que organizamos unas clases de música sin más pretensiones, por aquello de que aprendieran a tocar instrumentos jugando y todo eso. Después vino la idea de hacer algo relacionado con los deportes. Ahí ya se fue agregando gente, amigos de amigos, y más amigos, ya sabes. Toda gente conocida, claro; interesante, relacionable, que sabe moverse, nada vulgar; preocupada por la ecología, la investigación y la cultura. Luego vinieron los compromisos, eso es inevitable, que si los hijos de mi jefe, que si mi vecino, que si mi compañero de paddle. Así que decidimos crear un club, alquilar unos terrenos y pedir ayuda pública a través de nuestros numerosos contactos. Conseguimos algunas subvenciones y que nos construyeran pistas, vestuarios y todo lo demás.

 

Primero fuimos una asociación cultural sin ánimo de lucro, y posteriormente una cooperativa, ya que éramos bastantes y nos vimos obligados a contratar personal, gente muy agradecida de colaborar con nosotros que aceptaba nuestras condiciones de buen grado; y a la que le hacíamos un gran favor, tal y como están las cosas siempre por aquí. En nuestro club social todos se divertían y aprendían; además de granjearse, justo es reconocerlo, unas relaciones sociales de primer nivel. Incluso llegaron profesores de prestigio a nivel nacional. Nada que ver con las pocas prestaciones que se ofrecen en los colegios y otros centros públicos.

 

Como la cosa marchaba decidimos meter más pasta; algunos prefirieron no complicarse la vida y nos quedamos unos pocos, que creamos una sociedad limitada. Las solicitudes nos llovían (incluso tuvimos que subir las cuotas para cerner la demanda), tanto de la ciudad como del resto de la provincia; comerciantes, hacendados, todos con posibles y muy preocupados por el desarrollo de sus hijos, qué duda cabe. No paraba de apuntarse gente influyente de la que genera riqueza para todos, de la que tiene algo que decir en nuestra sociedad: directores de banco, políticos, funcionarios, promotores, médicos, catedráticos, empresarios en auge… Todos activos, muy al día, con una forma positiva y práctica de ver la vida; comprometidos con el progreso y la estabilidad del Sistema. Nada que ver con lo que se ve por la calle, ni por la tele. Personas con un toque especial y una posición que defender; relevantes, que se apoyan las unas a las otras y saben estar. Aumentaron las inversiones y entró algún socio capitalista más. Y más inscripciones, y más gente sana de la que va al grano; culta, deportista, amante de la naturaleza. Así hasta que un buen día alguien lanzó la proposición: “¿por qué no montamos un colegio, para los nuestros?”.
 
 
 
Publicado en el nº167 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a la escuela pública.

22 mayo 2013

LUNES


Reunión rutinaria de subjefes

ante mi corazón abierto:

ellos me humillarán,

yo te humillaré a ti.

Crac a la esperanza.

¿Eres de madera? Madera arde.

Sudor seco y lenguas rotas en trajes

que huelen a espera

sobre cuerpos desactivados,

brillando como lagartijas en huida

tras otra oportunidad perdida.

Y, buscando tu momento,

llegarás rodando al domingo,

ese cristal lleno de sol

que nunca acaba de romperse.

Si abres bien la boca volará una paloma

y vomitarás el lunes.



Publicado en el nº92 de la revista de microliteratura digital “Sea breve, por favor”.

17 mayo 2013

EL CHALECO


Amancio sonríe mientras termina su café, recuerda los preparativos de la boda. Las negociaciones y estrategias de sus suegros a la hora de organizar las mesas para colocar convenientemente a sus numerosos invitados. Dios Santo, aquello parecía un auténtico tablero de ajedrez. En el fondo fueron momentos divertidos, qué duda cabe. O la elección del recinto destinado a lo que ellos llamaban catering (cómo se enfadaba la futura suegra cuando él pronunciaba palabras como convite o refresco; qué antiguo eres, exclamaba, tratando de apartar de su memoria esos términos reminiscentes de épocas sin pamelas ni estilistas).

 
Amancio reconoce que la idea de la tarta que bajaba del techo partió de su propia madre, mal que le pese. Ahí la suegra estuvo correcta, aunque se subiera por las paredes. Qué angustioso el recuerdo de alguien pronunciando sin sonrojo la palabra “limusina”, y qué alivio la mañana que un primo segundo se ofreció a llevarlos en su reluciente Mercedes 2530u. Todo esto después de que cayese en manos de las más altas esferas de la organización del enlace un presupuesto para llegar en helicóptero al lugar de la celebración (por fortuna desestimado por falta de condiciones para el aterrizaje) y de que solo problemas de agenda impidieran que un coche de caballos lleno de tronío los sacara de la iglesia. Porque, claro, la ceremonia estaba prevista por el rito católico apostólico romano. Las bromas de mal gusto sobre curas y monjas, las observaciones mordaces sobre el Vaticano y aquel armazón ideológico anticlerical, tan visceral como documentado, habían sido ya demolidos mediante esa silenciosa labor de derribo a que la sociedad somete a las almas distraídas o indecisas en cuanto la juventud comienza a abandonarlas. Ahora Amancio recuerda, con cierto pesar, la poca gracia que a su novia le hizo la confesión de que no paraba de imaginarla con la falda al viento y el liguero al aire fustigando a los caballos: algo cambiaba, se escapaba, maduraba, se moría, se transformaba, se pudría.

 
Asistir a otras bodas se convirtió en algo habitual desde el anuncio de su compromiso, hecho que automáticamente le reportó decenas de parientes besucones. Bodas de uno y otro lado. Bodas de vecinos de alguien, de clientes, de proveedores, de hijos de compañeros de la mili, de familiares insospechados (que le llevaron a plantearse si no serían falsos), de amigos o hijos de amigos de alguien. Constituían verdaderas sesiones de espionaje y, en muchos casos, tentaciones casi insoportables de sabotaje. Eran objeto de milimétrico escrutinio, de burla, o motivo de una envidia que enrojecía las caras a cambio de no traducirse en gritos y lamentos. Bolsos, complementos, tacones, sombreros, fijador. Bailes y karaokes improvisados. Momentos estelares en los que la gente ponía todo de su parte para divertirse y beber hasta el límite temporal de la barra libre. Horas y más horas asintiendo y sonriendo, sobando tópicos, conociendo gente. Sintiéndose observado y observando con los párpados cada vez más cargados de plomo.

 
Una semana antes del casamiento llegó el momento de probar los menús. Misión llevada a cabo por media familia sin casi respirar, evitando eructos sobre la línea. Los platos en cuestión fueron convenientemente fotografiados antes de hincarles el diente para prevenir malas jugadas, que ya se sabe. Se repitió y se opinó mientras se tragaba. La suegra y la madre sentaron sus respectivos traseros sobre el turbio recuerdo de ollas llenas de cocido y fiambreras de macarrones. Todo será maravilloso: mousse de morcilla. Cascada de chocolate. Un cortador de jamón impertérrito sirviendo pata negra mientras los señores quieran, igual que un soldado firme ante el féretro de alguien temido por todos; dejando esa picante sensación de poder dar órdenes a alguien aunque solo sea un día en la vida. Discretas camareras sustraídas de una serie de la BBC. Elección de los vinos. Carnes temblando de emoción ante la tarta. Si no surge del techo, al menos que apaguen las luces y aparezca rodeada de bengalas, qué menos ¿Qué canción sonará? Eso por lo visto ha sido borrado de la memoria de Amancio, era demasiado duro. Un dato oculto incluso a este narrador, que creía conocer todos sus entresijos.

 
Hablando de canciones, Amancio deja un momento el periódico sobre sus rodillas al rememorar la que le iban a preparar sus amigos. No la llegó a conocer del todo, pero solo imaginarlos componiéndola le ponía el vello de punta. Lo que no sabe nadie es que tuvo que sobornarlos a base de bien para que abandonasen el plan, costeándoles citas y productos abiertamente ilegales la noche de la despedida. O lo del Político con mayúsculas. Durante semanas se habló en casa de sus suegros del político que vendría acompañado de su esposa. Estaba casi confirmada su presencia ¿Dónde sentarlo? En la mesa principal sería demasiado evidente, pero sin duda había que buscar una bien cerquita. Como estará la cosa en España, que en ningún momento supo a qué partido pertenecía. Solo era importante su posición.

 
Ahora, por fin, todo está tranquilo. Amancio se recuesta en el asiento de su avión a diez mil metros de altura, acariciando el bolsillo de ese chaleco color turquesa que le encandiló y que se lleva como recuerdo de un día tan señalado. La boda es mañana. Demasiado lejos para él.
 
 
 
Publicado en el nº166 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a  "Casarse".

15 mayo 2013

MENSAJE EN UNA BOTELLA (18)


El desencanto en Lapido es tan legendario que muchos cronistas se obcecan en bucear en sus textos por tal de emerger sonrientes si traen entre las manos algún atisbo de optimismo. Nunca me ha interesado esa labor de desentrañar el significado de las letras de las canciones, y menos en el caso que nos ocupa. El compositor granadino escoge las palabras cuidadosamente, llenándolas de sentido y oportunidad, consciente de que la música las aviva y hace volar. Se expone un rico tapiz que cada cual enfoca a su manera.
La perplejidad (su “querida confusión”), los fracasos, las esperanzas, la agudeza o la fina ironía permanecen. El autor sigue creando imágenes que acompañan ligeras y persistentes. Sus letras son un lugar al que acudir en el que sentirse extrañamente cómodo, donde suceden a menudo hechos cotidianos, acaso sombríos, pero espolvoreados de la magia de lo irreal, que borra límites y apunta posibilidades. La desolación aquí se mezcla con retazos de sueños empapados en un licor engañoso. Te sueles cruzar con personajes inquietantes y hay muchos, muchos espejos.
Las composiciones hunden las raíces en un estilo macerado y atemperado disco a disco, concierto a concierto y, como es costumbre, van despertando tras cada escucha. Es lo de siempre, porque también nosotros, la vida, este mundo, en parte, somos lo de siempre. Los teclados conducen por todo tipo de callejones. Las guitarras saben ser un mar erizado, encender una mecha, templar. El pop late eficaz, expandiendo las sensaciones. Las melodías dibujan un círculo familiar que remite a muchas estaciones del pasado, pero que nos procura un escalón más por el que subir, tarareando, estimulados por su carga de complicidad. No se apuesta por la aspereza, más bien los acordes subrayan, reflexionan, envuelven las aristas de las palabras. Quizá porque conforme se avanza en el camino los silencios, que pulen los matices,  tienen cada vez mayor importancia.

10 mayo 2013

MIEDO EN EL "ESCRACHE"


Me uní al escrache sobre un diputado del Partido Popular cuya existencia desconocía, para ser sinceros. Realmente me sobrecogió que viviese a unas cuantas manzanas de mi casa. Yo no soy para nada curioso, y en España hay que tener una curiosidad infatigable para conocer quiénes son los diputados que representan a tu provincia y desentrañar a qué dedican la confianza depositada en ellos. Me sumé a la Plataforma para ayudar, creo que son tiempos de arrimar el hombro y dejarse de pamplinas; pero este era mi primer escrache, ya que nunca me ha atraído demasiado eso de intimidar: odio inspirar temor, esa es la verdad.  Pues eso, allí estaba yo, frente a la casa del diputado, sujetando una pancarta que rezaba “Sí, se puede” y cantando enérgicamente junto a mis compañeros, mientras observaba las ventanas deseando no ver aparecer la cabeza de ningún niño.

 

La algarabía se fue atenuando; el ambiente se tornó grisáceo. Los curiosos se iban agolpando a prudente distancia y los policías nos miraban, arracimados junto a un furgón. Entonces me atenazó un nudo de sensaciones ingobernables. Temí a un compañero que hablaba animadamente por su móvil mientras señalaba ostensiblemente a la policía. Me inquietó mi vecina del 3º, que llevaba ya tres años sin hablarme por una absurda discusión comunitaria; tomó un megáfono y empezó a hablar de niños y a compararlos con rabia. Las pegatinas le colgaban como medallas. Me angustié por el pánico que podrían experimentar el diputado y su familia, y por la venganza silente del gobierno. Tuve miedo a los viandantes que nos jaleaban o insultaban, a las miradas temerosas que me evitaban. A la tensión que me secaba la boca; a la gratuidad de los hechos y las palabras; a la inmutabilidad; a la manipulación; a las ruedas de prensa; a la inercia; a la impostación; a la palabrería; a la impunidad; al odio; a los dueños de la verdad. Albergué fundadas sospechas de seguir siendo un peón. Me alarmó la posibilidad de perder mi empleo; de no tener dinero para la vejez o para mi salud y la de mis hijos. Me convencí de que el banco no me devolvería el total del plazo fijo a su vencimiento. Estuve totalmente seguro de que ante un problema médico la administración me vería como una carga y me despacharía a las primeras de cambio. Deseé anular el discreto viaje que teníamos programado al extranjero, ya que tuve la certeza de que si algo nos ocurría el gobierno sería incapaz de ayudarnos. De pronto me sentí culpable por no consumir, por no aceptar las insistentes ofertas de las compañías de telefonía; por no querer conducir. Me ahogué en una intensa congoja por no saber quién era realmente, ni si estaba pensando en cada momento lo que debía.
 
 
 
Publicado en el nº165 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a los "escraches".

09 mayo 2013

03 mayo 2013

LA RESACA

Y en cualquier momento, el recuerdo se digna a aparecer con su cartografía convulsa, pinchando, abrasando el pecho; para terminar inundando los ojos, enrojeciéndolos. Al principio, las imágenes inician un ir y venir caprichoso, barajadas acaso por mi propia ansiedad. Aunque, finalmente, un día comprendí que lo que hacen es gravitar alrededor del núcleo de la felicidad, desarrollando un mecanismo de autodefensa para este pobre sujeto que escribe; meros prolegómenos que demoran el proceso para prepararme para el instante. Una antesala de conjeturas que se regodea en lo imposible: responder al cómo y al porqué llegué a vivir dentro de aquella misteriosa intensidad, a sabiendas de que nunca hallaré la respuesta; sólo un cambiante juego de reconstrucción al que le faltan piezas.
 
Después, siempre de forma inesperada por más que se le evoque, el recuerdo me asalta en todo su esplendor, agitándome, encendiendo y tensando mis sentidos. Pleno, rítmico y voraz. Con su desordenada música de roces, risas y palabras; con su raro color y sus imágenes de miradas y gestos; con su indescriptible y reconocible olor; con su tacto que quema y ahoga. Al recordar el sabor es cuando empieza a diluirse, despidiéndose con mordiscos en forma de dudas, volviéndose amargo en su inasibilidad, deviniendo reseco vacío; siendo un trozo de madera duro de tragar en los pocos segundos en los que se empeña en convivir con la realidad antes de desaparecer. Posteriormente, mientras se decide a volver, todo es resaca.
 
 
 
Publicado en el nº164 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a la resaca.

26 abril 2013

CLARO, CLARO


Cuando me encargaron un artículo sobre la imputación de la Infanta Cristina reconozco que experimenté cierta desazón; hasta ahora nunca había escrito sobre “ellos”, me había limitado a criticarlos en los bares, a lanzar indirectas jocosas y a llevar con gesto adusto la bandera republicana en alguna celebración deportiva. Así que llamé a mi amigo Juan Luis.

 

-          Voy a escribir un artículo sobre Cristina.

-          ¿Y eso a qué viene ahora? ¿no hay asuntos por aquí más importantes?

-          ¿Cómo que a qué viene? ¿vives en una burbuja?

-          Ah, la hija del Rey, pensé que te referías a la Kirchner. ¡A por ellos!

-          No te escucho bien. ¿Estás en plena calle?

-          No, no, estoy en el partido.

-          No sé, quiero ser riguroso. Quiero decir, ceñirme a los hechos. Pienso que limitándome y centrándome en los acontecimientos, ayudo a explicar mejor la magnitud de todo esto e incido con más fuerza en la necesidad apremiante de claridad y justicia. Me da la impresión de que si nos dedicamos a machacar sin más, todo se puede terminar confundiendo y diluyendo; que incluso algunos culpables lleguen a pasar por víctimas. Puede parecer que nuestro mayor interés es presionar al juez o aprovecharnos de un momento de fragilidad, no sé. Cebarnos. Hacer leña del árbol caído. Opino que lo primero es volcarse en el caso Nóos.

-          ¿Es que ellos no han presionado toda la vida para mantener sus privilegios? Además, en estos momentos te puedes meter con quien te dé la gana. No puede pasarte nada, ¿cómo se van a vengar? ¿quién los va a defender hoy por hoy? ¿quién te va a señalar entre la avalancha? Si le tocases las narices a algún partido más allá de lo comúnmente aceptado, te aseguro que tendrías un enemigo declarado y con la capacidad y voluntad suficientes para devolvértela en cuanto pudiera, créeme. Además, si el árbol no se derriba no se puede hacer leña.

-          Y la leña nos da energía.

-          Eso, eso, escribe. Bien, bien.

-          ¿Vivimos en un bosque?

-          No te líes con las metáforas, que te conozco.

-          ¿Insultar al Rey no era un delito penal?

-          Eso ahora mismo está por ver, dales fuerte. Por fin los hemos maniatado. La calle hierve por este tema.

-          Creo que se han maniatado solos.

-          Sí, se han puesto las esposas y le han dado una patada a la llave, no se la acerquemos. Y eso que al Rey le dan grima las esposas (si son propias). Ja,ja,ja.

-          Desde luego no demuestra la rectitud que esperábamos. Es como si de un día para otro la inmoralidad lo hubiese inundado todo.

-          Claro, claro.

-          Pienso que la limpieza es el único camino que garantiza el futuro y la convivencia.

-          Qué profundo. Rima y todo.

-          Y que por eso la Monarquía debe ser escrupulosamente limpia. Si ha de existir tiene que ser absolutamente transparente y un espejo en el que mirarse.

-          Eso no lo pongas. Aparte de ser una horripilante cursilada les estarías insuflando vida, ofreciéndoles una razón de ser a la que agarrarse. No caigas en esa trampa, haz hincapié en que “nóos” es para nada racional a estas alturas la existencia de tal institución. Ja,ja,ja.

-          Eso es evidente. Anteponer tradiciones a realidades es del todo irracional, desde luego.

-          Claro, claro.

-          He escrito que me parece una pareja hierática. Cristina e Iñaki, digo.

-          ¡Y dale! Si te dedicas a dar rodeos melodramáticos vas a terminar pareciendo un cortesano, y eso puede jugar en tu contra a los ojos de mucha gente. Debes evitar cualquier tipo de empatía.

-          ¿No te lo parecen?

-          Supongo que sí. Pero son unos delincuentes y unos corruptos que se han aprovechado descaradamente de su posición para enriquecerse, eso seguro. No te muestres tibio ni te enfangues más de lo necesario.

-          Subrayo que Cristina debe renunciar hoy mismo a sus derechos dinásticos y, sobre todo, aplaudo que la Justicia haya demostrado que es igual para todos.

-          Claro, claro.
 
 
 
Publicado en el nº163 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a "Cristina".

24 abril 2013

MENSAJE EN UNA BOTELLA (17)




En el inmenso y trascendental mundo de la música pop existe una esquina reservada al humor y las parodias. Muchas resultan ridículas, previsibles, soeces o se antojan innecesarias. Las hay también divertidas, claro, y están incluso las que superan al original, desnudándolo y reduciendo al absurdo su presunta complejidad; pero la mayoría se pierden en su dispersión y se olvidan a la misma velocidad que un chiste malo. En el caso que nos ocupa, los granadinos Los Portazos no pueden ocultar el peso de su calidad aun optando por el desenfado, la diversión y el guiño cómplice. Pasándose por el forro cualquier tipo de pose o trascendencia, acotan su espacio a lo local, desde el título de su disco hasta el contenido de algunas de sus letras. Este localismo posiblemente limite su efecto a la mirada curiosa y el chascarrillo de sus paisanos, lo cual sería una verdadera lástima: porque aquí cuando el chiste se va las canciones permanecen. La variedad estilística no juega en su contra, ya que consiguen dotar de un atractivo marchamo a un repertorio repleto de cariñosos apretones, tanto a estilos definidos, como a canciones famosas o personajes de gran ascendiente espiritual sobre todos nosotros. Las composiciones, a pesar de las influencias en muchos casos evidentes, tienen entidad propia y atesoran los suficientes matices como para continuar creciendo tras cada escucha. Gozan de buen sonido, un impecable trabajo de ejecución, y de arreglos tan imaginativos como ajustados.


Con una nómina de colaboradores muy bien aprovechada, no puedo evitar elucubrar  sobre el tipo de música que contendría este trabajo si las intenciones hubiesen sido otras; pero creo que es mejor disfrutarlo así, y a buen volumen. Acaso mayores pretensiones hubieran obturado, como en tantísimas ocasiones ocurre, su valentía e imaginación. Ironía, costumbrismo, humor negro, Los Planetas, pop, punk, Parálisis Permanente, Madchester, Los Ángeles, surf, country… Sírvanse sin recato.

19 abril 2013

EL AUTOBÚS


La flota de autobuses fue renovada debido a la crisis (pocos, más grandes y con publicidad en su interior). Por eso nos alegramos tanto cuando, tras correr bajo la intensa lluvia hasta la parada, encontramos uno. Subimos y ocupamos los primeros asientos, estaba casi vacío. Pasaban los minutos y no se decidía a partir; el conductor avisaba de que no subía nadie más, pero desde la central le ordenaban que esperase. Por fin se cerraron las puertas (el frío se hacía insoportable) e inició su marcha. Poco a poco fue montándose gente en las distintas paradas. Empezábamos a acumularnos; con toda la ropa invernal apenas nos podíamos mover y el vaho dificultaba la visión. Desde altavoces situados junto a las nuevas pantallas de publicidad, una voz conminaba a los viajeros a avanzar hasta el fondo, según los sensores aún quedaban bastantes plazas libres. Algunos protestaron airadamente al conductor, pero éste les remitió a la dirección mientras continuaba admitiendo pasajeros.

 

De entre el tumulto surgió una mujer que comenzó a organizarnos, consiguió abrir un estrecho corredor por el que obligó a los más jóvenes a avanzar hacia el fondo, manteniendo agrias discusiones con quien se pusiera por delante. Yo estaba ensimismado escuchando música, me levanté levemente y una señora se deslizó en mi asiento, la miré y sus ojos me retaron. Una joven embarazada vio lo sucedido y fue en busca de la Jefa, que vino con paso raudo y obligó a mi amigo a dejar su sitio a la chica, ganándose en esta ocasión murmullos de aprobación del gentío. La acompañaba quien parecía ser su hija. Ambas fueron a explicar la situación al chófer. Éste no hacía más que encogerse de hombros y arquear las cejas. Mientras trataban de acercar posturas y cada bando decía entender la situación del otro, las dos consiguieron un espacio libre más o menos amplio junto a él, dándole conversación entre sonrisas. En la siguiente parada subieron ocho personas más. La Jefa elevó el tono para decir que no estaba dispuesta a admitir más gente sintiéndolo mucho “no tengo nada contra ustedes”, se disculpaba. Entre tanto, la voz de la central volvió a pedir a los usuarios que siguiesen avanzando hasta el fondo porque cabían más viajeros. La voz neutra apelaba a nuestro civismo y solidaridad.

 

La Jefa nos empujó de nuevo a los más jóvenes hacia el fondo, quitándonos incluso los auriculares para explicarnos que no quedaba más remedio y que eso era lo mejor para todos. Mi amigo y yo fuimos enlatados allí. Creo que perdí los cascos, y muchos codos se clavaron en mis costados adrede. Me costaba respirar y una chica empezó a gemir diciendo que se ahogaba, que no podía más. La Jefa le pidió tranquilidad y volvió a enzarzarse con el autobusero, éste le dejo un teléfono móvil y ella gritó algo acerca de “mi gente”. Colgó y nos obligó a dejar espacio a la chica. Era casi imposible, por lo que los chicos más ágiles treparon por las barras del techo para quedar allí colgados. Mientras la joven amenazaba con vomitar el autobús se detuvo. El viento había arrastrado un contenedor hasta la calzada. Hubo otra negociación y, como siempre me quedo mirando, me tocó a mí bajar con el conductor a aparatarlo. Estaba casi vacío, menos mal. Al terminar le dije que podía haberlo esquivado, a lo que contestó que quizá sí, pero que el miedo a rozar un vehículo nuevo  le atenazaba. Llegar a su destino con el autobús abollado o rayado le hubiese complicado mucho su futuro. Subimos y la Jefa me dijo sonriendo que no era necesario que volviera al fondo. Me gané quedarme delante con ellos, en una situación algo más desahogada. La Jefa, mientras, había formado un pequeño comité en el que destacaba un señor con paraguas.

 

Cada parada era una amenaza que dejaba a todos sin respiración, aplastados como estábamos. En la siguiente, alguien acreditado del comité gritó que habían bajado cinco personas. La Jefa declaró que podían subir única y exclusivamente cinco y el chófer se encogió de hombros otra vez. Subieron siete, ya que la voz neutra señaló que quedaba espacio para dos pasajeros más, por lo que fui enviado de nuevo al fondo. Una parada más adelante, la Jefa y su acompañante abandonaron el autobús tras despedirse larga y cariñosamente tanto del autobusero como de Paraguas, el cual procedió a apelar a nuestro civismo y solidaridad y a darnos nuevas instrucciones.
 
 
 
Publicado en el nº162 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a "El Sistema".

12 abril 2013

NARCÓTICO


Al ir a sacar dinero del cajero automático, confirmé lo que dijo anoche el ministro en las noticias. Necesitaba retirar doscientos euros para mi hija que salía esa misma mañana de viaje, pero el banco sólo me concedió cien. Así sería cada día hasta nueva orden. Esperamos causar las menores molestias, es un caso extremo, el momento más delicado de la crisis, anunció el Presidente, situado a la derecha del ministro, ambos cariacontecidos, mirando a la cámara como a un niño pequeño a punto de llorar y patalear. Tomé los billetes y me fui a casa en silencio, ajeno al creciente tumulto que rodeaba la sucursal. Calculé: de los cien necesitaba cerca de ochenta, el resto se lo daría a mi hija. Mañana volvería al cajero, y así sucesivamente, ya que los bancos estaban temporalmente cerrados. Si ella tenía ahorros o quien le adelantase algo, bien, en caso contrario, ni idea.

 

No es el fin del mundo, traté de convencerme. Recordé mi apoyo al nuevo gobierno. Mis airadas críticas al anterior desde mi Facebook o allí donde se terciase, ante el asombro de mi esposa, que me pedía que me contuviese, aduciendo que mostrar mis ideas en público me podía perjudicar. Pensé en aquella foto con el candidato, ahora tan desdibujado, en su visita a nuestra ciudad. Me estrechó la mano muy fuerte, más de lo que yo me esperaba, mientras me decía sonriendo que ahora sí, que habían vuelto con las ideas claras y que todo volvería a la normalidad. La fe se resquebrajaba, y me vino a la memoria la conversación con mi amigo Luis, siempre crítico aunque respetuoso con mis opiniones. Escuché de nuevo, ahora con amargura, cómo me hablaba de derrota. Decía que todo esto no era más que una gran telaraña, que nacíamos derrotados y que, cumpliendo todas las premisas, el común de los mortales sólo podía avanzar hasta un punto predeterminado. Vivimos en un espacio delimitado de derrota latente, pero siempre presente, afirmaba; y ahora sabemos que cuando todo va mal la derrota nos es colocada sobre la mesa, perdiendo el falso colorido que la camuflaba para mostrarse en crudo blanco y negro. Zarandean tu dignidad, patean tu amor propio; pierdes tus derechos, tu dinero. El futuro de todos pende del hilo más caprichoso y las perspectivas de cada cual son sustituidas por gente a la que no le tiembla el pulso. Se altera la base de la convivencia sin el más mínimo rubor.

 

Llegando a casa estaba cada vez más indignado, tenso, viendo la claridad que se desprendía de cada una de las palabras de mi amigo. Me sentía más despierto que nunca, pero a la vez vulnerable, rodeado de desierto. Sin embargo, mientras esperaba el ascensor cerré los ojos y apareció el narcótico. Ese que reconstruye las piezas rotas, que abriga y endulza la conciencia; que nutre de certezas cuando te sientes a punto de naufragar. Respiré hondo mientras subía, y los dos lados de mi cabeza que se hablaban a través de una ventana callaron. Uno de ellos se volatilizó, llevándose consigo los matices, las dudas, las preguntas, los distintos puntos de vista y las opiniones discordantes. Abrí la puerta y me dispuse a tranquilizar a mi familia.
 
 
 
Publicado en el nº161 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado al "Corralito".

05 abril 2013

EL PORQUÉ DE LAS COSAS


Llegué a casa de Fede, mi jefe, un poco tarde. Lo hice aposta. Llamé al timbre y Matilda, su mujer, me abrió. Durante un par de minutos, que exprimí todo lo que pude, fui el centro de aquella selecta reunión de amigos, ya que mientras el matrimonio anfitrión me iba presentando las conversaciones se interrumpieron y todas las miradas se dirigieron a mí. Satisfecho me serví una copa y deambulé por el salón dedicando sonrisas y levantando las cejas aquí y allá. Imposible hablar de música, mi sólida formación clásica no parecía casar con el mantra electrónico, como de aspiradora narcotizada, que sonaba y todos alababan con enérgicos asentimientos. Seguía llegando gente y mi presencia comenzó a diluirse, por lo que decidí refugiarme en la minúscula cocina para reconsiderar mi estrategia, ya que el baño llevaba minutos ocupado.

 

Detrás de mí entró una chica rubia con el pelo corto, me la habían presentado cuando llegué y ya en aquel momento me pareció notar que había llamado su atención. Vestía un ajustado pantalón negro que embutía el mejor trasero que había visto en toda mi agitada vida. Esbelta, elegante, bellísima, era la perfecta y más placentera puerta de entrada a aquel mundo. Me sonrió gentilmente y se colocó junto a mí entre la pequeña nevera y el fregadero en forma de huevo. Carraspeé y empecé  a dejar caer detalles brillantes de mi biografía, con su envoltura irónica claro, mientras indagaba en la suya sin dejar de buscar un cruce de miradas que se resistía.

 

De pronto noté un desagradable olor que se esparcía segundo tras segundo haciéndose inaguantable. ¿De dónde procedería esa emanación? Era un olor que se me antojaba viscoso, de una densidad que ahogaba. Creo que me ruboricé, mi cuerpo se tensó como un palo y miré los tristes azulejos que tenía enfrente, los cuales decidí acariciar en un desesperado intento de desviar su atención. Me alarmó pensar que yo fuese la fuente de ese efluvio que no hacía más que crecer. Repasé todo lo que había comido y bebido durante el día. Trate de convencerme de que, de haber sido yo, por fuerza tendría que haberlo notado. Valoré las posibilidades de culpar al desagüe. Busqué de reojo una inexistente ventana por la que hubiese podido entrar. Mis manos estaban agarrotadas, mi corazón latía fuerte, sudaba. Finalmente desapareció el olor, qué alivio, respiré hondo sin que se notara y la miré tratando de fabricar sobre la marcha algún comentario ocurrente. Ya no estaba.
 
 
 
Publicado en el nº160 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a "¿Quién se ha tirado un pedo?".

03 abril 2013

EL CENTAURO




Mudé de piel vigorosamente

pero quedé en el lado viejo.

El centauro prometió,

con un gesto,

llevarme tras el latido,

pero no hace más que cruzar la calle

arrastrándose,

cabizbajo y molesto

por las pocas garantías

que le ofrezco de,

por una vez,

volver volando y sonriendo.

 
 
 



Poema publicado en el cuaderno de Creación nº12 de Palimpsesto.

22 marzo 2013

EL DÍA DEL ALCALDE

Vosotros tendéis a reíros de todo lo que no comprendéis, o no habéis inventado. El Día del Alcalde, es una tradición de nuestro pueblo a la que todos le tenemos cariño, por lo menos el noventa por ciento de los dos mil habitantes que somos. Además, es algo que se va transmitiendo de generación en generación, da lugar a muchas e imaginativas celebraciones y propuestas, y conecta directamente con nuestra idiosincrasia. De ahí nuestra intención de solicitar la declaración de este día como Bien de Interés Cultural, así que ahorraros vuestras risas. Pedro, el alcalde, es alguien especial, yo diría que insustituible para nosotros; su carisma ha reducido la oposición a algo casi testimonial. A pesar de la labia y presencia que tiene, él no se veía ejerciendo la abogacía, por lo que se decantó por el servicio público. Es claro y directo, aunque suele extenderse en los asuntos importantes; recuerdo ahora cuánto tardaba en explicarnos a los niños que visitábamos el Ayuntamiento el significado de la palabra “democracia”. Lo han tentado muchas veces para ir de senador o de diputado autonómico, pero él siempre prefirió trabajar para los suyos. Aparte, no ha cambiado nada en los treinta y cuatro años que lleva de alcalde. Todo ha cambiado menos él.


   El día del Alcalde surgió de manera natural, y fue institucionalizándose con los años, con la sola voz en contra del opositor de siempre, que se va a morir así, protestando solo y sin que nadie le vote. Como un año la visita de los colegiales coincidió con el cumpleaños de nuestro alcalde, la comisión por unanimidad eligió esa fecha, o el siguiente día hábil, para posteriores ediciones.     Los padres ponían ropa nueva a sus hijos para tal ocasión, y algunos llevaban incluso chaqueta, por lo que, dado nuestro gracejo natural, los niños (y niñas) terminaron disfrazándose directamente de alcaldes para alegría del regidor, que los saludaba con una reverencia y los sentaba en sus rodillas. Algunos padres les pintaban bigotillo y colocaban insignias, sombrero de copa o les hacían llevar un maletín. Tiempo después, tal día terminó siendo fiesta local, por lo que las familias organizaban en casa pequeñas reuniones de amigos y familiares en las que los infantes desfilaban disfrazados entre los asistentes, para regocijo general. La fecha fue tomada como un peldaño en su crecimiento, más relevante que la denostada primera comunión; por ello, se instauró la costumbre de dar a los niños su primer dinero, que éstos recogían, siguiendo la broma, con una mano pegada a la espalda para que no los viera nadie, ocultando luego los billetes (casi siempre varios de cinco euros) con disimulo en el bolsillo interior de la chaqueta. Este hecho, celebrado con aplausos, culminaba la celebración de este día tan especial para nosotros y único en el mundo.



Texto aparecido en el libro de relatos de Juanfran Molina "Ciclorama".


15 marzo 2013

ZAPATOS ROJOS (SUEÑO CATÓLICO)


Dormía en su piso de Madrid cuando de pronto sonaron campanas y alguien llamó a la puerta, golpeándola con fuerza. Se levantó alarmado y al abrir era la Guardia Suiza encabezando una nutrida y sonriente comitiva. Ni en sus numerosas visitas al Vaticano los había tenido tan cerca, y su vista se desdobló entre los colorines de su atuendo. Todos entraron en tropel y en cuestión de segundos ocuparon su pequeño apartamento.
 

Ahora estaba dormido y alguien le despertó con ligeros toquecitos en el hombro, era el Papa Benedicto XVI, vestido de Papa, con sus zapatitos rojos. Palpó rápidamente el lado de su mujer para que lo viera, sin recordar que llevaba años muerta, y después se incorporó excitado, encendiendo el cigarrillo que descansaba en el cenicero de la mesilla. Sin mover un músculo, el pontífice comenzó a susurrarle mensajes entrecortados en un castellano que se complicaba por momentos, a punto de enrocarse y convertirse en latín. Decía “soy un peregrino que emprende la última etapa de su peregrinaje en esta tierra”, “Pederastia”, “los españoles, siempre los españoles”, “los preservativos no solución”, “abnegación”, “lobby gay”, “cuervos”, “transparencia”,“fe”, “corrupción”, “curia”, “esperanza”, “banca”. De pronto se calló, y cuando quiso tocarlo ya había vuelto a la gran fotografía enmarcada de la pared del dormitorio.

 
El murmullo aumentaba. En su salón se concentraban 115 cardenales con sus capelos. Estaban por todas partes, parecían una orquesta cansada: bostezaban, sonreían, cuchicheaban, se hacían carantoñas y se apuntaban con el dedo índice lanzándose suaves amenazas. Se bebían su coñac y fumaban su tabaco, expulsando un humo negro. Se persignó y sus ojos buscaron distraídamente al Espíritu Santo por el techo.


Los 29 octogenarios que no podían votar dormitaban sentados en un pequeño recibidor que antes no existía. Los operarios que preparaban la chimenea para la fumata, los conductores y el portavoz estaban de pie en la cocina, riendo y comiéndose sus galletas. El mayordomo se encerró en el baño con el inalámbrico del salón y el secretario personal trataba de escuchar tras la puerta.

 
De pronto pareció despertar, recordó que la elección estaba al caer y salió precipitadamente con su bandera vaticana en dirección a la Plaza de San Pedro, antes de que estuviese atestada. La madrugada sorprendió al anciano abanderado en pijama dos calles más allá, y una gota de lluvia apagó su cigarrillo.
 
 
 

Publicado en el nº159 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a "Habemus Papam".

13 marzo 2013

08 marzo 2013

DESEO


Aparecían en cualquier momento, paseando abrazados y sonrientes, ocupando con su libertad toda la acera, enmudeciéndonos para convertirnos durante aquellos largos segundos en mera figuración. Uno se detenía ante un escaparate y tiraba del otro, le señalaba algo y juntos reían. Los veíamos pasar en un descapotable que desconocíamos y que algunos sostenían que era prestado o algo peor. Atravesaban la calle principal conversando relajados,  sacando los codos por la ventanilla y fumando. Se besaban en la barra del bar. Se abrazaban tiernamente en el portal mientras uno de los dos abría la puerta. Gastaban mucho más de lo debido. Se pasaban la mano por la ropa y se hablaban al oído mientras hacían cola. Se quitaban restos de pan de las comisuras de los labios cuando almorzaban en un restaurante a la vista de todos. Nos miraban y saludaban abiertamente y nosotros agachábamos la cabeza. Se guiñaban y parecían guiñarnos a nosotros.


Y todos nosotros, que nos sentíamos fotografiados por aquel inesperado guiño, estábamos siempre allí, detrás de una red invisible, con la razón de nuestra parte, nuestro cónyuge, nuestras mentiras y ese miedo que se coló un día en casa para ponerse nuestra ropa. Deseábamos con todas nuestras fuerzas que desaparecieran, que se ocultaran de una vez. Hubiera sido maravilloso imaginarlos, soñar que los espiábamos.



Publicado en el nº157 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado al espionaje.

06 marzo 2013

ÉVOLE


Todo está inventado hasta que aparece algo distinto. Jordi Évole ha desembarcado en el fárrago de los medios de comunicación con esa sencillez suya, capaz de superar vericuetos de oscuridades y componendas, en un país en el que el periodismo político se reduce cada vez más a entronizadas tertulias televisivas en las que, si llegas con el programa empezado, tardas en saber si ese invitado nuevo es periodista o político, y donde los que sí son conocidos desarrollan con oficio su manido papel de adaptar la realidad a sus tesis o intereses, deslizando que ellos sí saben pero que callan más de lo que hablan, que están en el ajo, y que la vida es más compleja de lo que piensa el ingenuo telespectador.

 

Évole viene del mundo del humor, lo cual en cierto sentido allana el camino (todo responsable de algo se siente obligado a demostrar que tiene sentido del humor), y ofrece una presencia real, de ciudadano medio que a la vez es un periodista al frente de un equipo muy documentado. Su programa, “Salvados”, es cada vez más riguroso y completo, menos anecdótico; algo que ha conseguido sin perder naturalidad, cercanía ni humor. Su finalidad es buscar el centro del problema, destripándolo y comprendiéndolo a la vez que el espectador; denunciando con argumentos y sentido; dejando la especulación y la manipulación para el resto. Visita a los personajes clave de cada asunto que su programa aborda y hace eso tan difícil por aquí de preguntar al entrevistado justamente lo mismo que le preguntarían los ciudadanos, cuestiones tan sensatas como certeras. Lo hace sin medias tintas, con amabilidad, incluso cordialidad, pero expresándose con claridad meridiana y mirando a los ojos mientras pone el dedo en la llaga; sin reclamar protagonismo queriendo parecer el más agudo de la clase o erigiéndose en voz de los oprimidos. El protagonista es el interpelado y el cuestionario desarrolla el engranaje preciso para llevarlo en dirección al meollo de la cuestión. Es claro, reales, no tergiversa. Pregunta y exige respuestas con profesionalidad, desde la sonrisa y una naturalidad desarmante. Su buen talante crea el clima propicio para que la otra parte explique sus razones sin sentirse ante un enemigo presto a zancadillearle.

 

Hay en su forma de encarar los distintos temas un halo positivo, un esfuerzo por conocer y escuchar al otro que le permite ofrecer, actualmente, la visión de la problemática que nos asola más cercana a la realidad. Lo cual valoro a estas alturas como un hallazgo casi revolucionario.

 

No sé cuánto tiempo durará. Más que temer, como tantos, la desaparición del programa, temo la atenuación de la mirada limpia, de la espontaneidad; de las ganas de conocer y considerar los acontecimientos dando cabida a todos los matices y aristas. Actitud que  ya le ha granjeado la incomprensión de algunos sectores y que produce situaciones curiosas, como que mucha gente tome de cada programa la parte más afín a sus intereses y se olvide del resto.

 

Somos una sociedad poco amiga de la verdad, al menos de la parte que nos resulta más difícil de cuadrar, que siempre existe. Por eso vivimos entre versiones oficiales a las que se contraponen otras que aspiran a serlo. Nuestro cada día más elevado nivel de politización nos empuja a quedarnos con lo que nos viene dado, con los trajes a medida que nos confeccionan para dulcificar nuestra conciencia y permitirnos generar opiniones tan rotundas como poco meditadas. Opinar pontificando, revestidos de una legitimidad equivalente a la deslegitimación que observamos en quienes no piensan como nosotros. Ese otro al que derribamos con un insulto y una acusación. Algo que por ahora debe ayudar a combatir “Salvados”. El mejor ejercicio periodístico en la España actual para averiguar la raíz de los problemas y reflexionar sobre ello.

01 marzo 2013

EL PAÑUELO


El candidato contestó al teléfono. Era el jefe de prensa del partido, una noticia había saltado. Tranquilo, no te preocupes, le dijo, pero su voz sonaba pastosa, lastrada por el pavor, vencida por el peso de una mentira tan evidente. Encendió la televisión y buscó el mismo canal que le pidió encarecidamente que no buscase. Piérdete unos días, ve a la montaña, pero no aparezcas ni por asomo por el apartamento de la costa, insistió antes de colgar. En la pantalla, un periodista con un llamativo micrófono señalaba la cancela de la urbanización de su apartamento en el pueblo costero. Prefirió no activar el volumen. Se quedó mirando fijamente las expresiones granujientas de aquel rostro, su exagerado lenguaje corporal. Involuntariamente, alcanzó a leer algunas palabras en sus labios: presuntamente, incómoda, pregón, estupor, vecinos. Después la conexión volvió al colorido plató. El candidato se animó a subir el volumen mientras el presentador, encerrado su gesto grave en un primer plano, anunciaba “… ha decidido contar su verdad. La exclusiva puede ser escalofriante, pero aún hay que comprobar datos, ojo, vivimos en un Estado de Derecho consolidado. Además, todavía no hemos localizado al candidato. Ahora mismo me dicen que somos trending topic”. Posteriormente, acompañado de una salva de aplausos, el primer plano se alejó del rostro y mostró los brazos extendidos hacia delante y las manos abiertas, como si sostuvieran la esfera de cristal de un futuro hipotecado.
 

El candidato dejó caer el mando a distancia y se abandonó en el sofá. Reconstruyó el encuentro con aquel chico en la terraza de verano la noche que leyó el pregón de las fiestas: la atracción, la desconfianza inicial, los nervios, la conversación, la noche calma, la complicidad, las caricias, el miedo, la sensación de vulnerabilidad de la primera vez, la oscuridad y la postrera sensación de felicidad. Volvió a esos bellos instantes en los que escuchó palabras dulces a su espalda que brotaban de un tenue aliento, y sintió a la vez la fuerza y las caricias. Pero miró para atrás y los vio. Habían viajado apretujados y con la mano tapándose la boca, cariacontecidos y divertidos, hasta aquella alcoba tenuemente iluminada. Iban montados en el pañuelo de colores de los medios de comunicación de interés general. Se reían y miraban entre sí con ojos brillantes, pues todos parecían poder sacar tajada de ese pequeño dormitorio: diversión, morbo, venganza, excusas, imagen, dinero, reconocimiento. Allí estaban, pegados a la pared: la señora de la limpieza de su bloque, adversarios y correligionarios políticos, los periodistas de las tertulias, los tenderos de su barrio, transeúntes de aburrido pasear, adolescentes sin proyecto, abuelos abandonados, empleados de banca, funcionarios… TODOS.
 
 
 
Publicado en el nº156 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado al sexo anal.

26 febrero 2013

EL FIN DE LA CRISIS


A la mañana siguiente de que el Presidente del Gobierno apareciese en televisión dando formalmente la crisis por terminada, rodearon la manzana durante quince minutos hasta conseguir aparcar la envejecida furgoneta bajo la lluvia. Después entraron en la sucursal bancaria algo cansados, serios y cautelosos, sin rozarse siquiera. Ella iba unos pasos por delante, completamente ajena a su acompañante,  sin compartir el paraguas, cosa que a él no parecía importarle. Tras el amplio ventanal se les podía ver escuchando en silencio y con leves asentimientos las explicaciones de un chico joven trajeado que se acariciaba la corbata mientras sonreía, y se ponía muy serio cuando buscaba datos en el ordenador o miraba de reojo los gestos de su compañero de mesa. Ella parecía preguntar tímidamente de vez en cuando, a lo que el trajeado respondía cabeceando y sonriendo como un bobo en dirección a él.
 
 
Tras firmar incontables papeles salieron, quince minutos más tarde, llevando entre los dos, codo con codo,  una tele de plasma bajo la lluvia. Cada uno la cogía de un lado, él de la parte de abajo, ella de más arriba, avanzando como podía. Él guiaba la operación vociferando y del brazo de ella colgaba el paraguas, imposible de usar en esas condiciones. El encorbatado los acompañó solícito a la salida y les abrió la puerta con decisión, pero al comprobar el cariz de la lluvia que caía, escondió el brazo y les dijo adiós con la mano, como si fuesen a iniciar un largo viaje.

22 febrero 2013

EL NOMBRE


Hola, soy el nombre. Y tú no eres nada: si yo te falto, sólo cuentas con una denominación casi numérica. No seas obtuso: para tenerme algún día por tus propios medios deberás ser prácticamente un genio o deslomarte y encima tener suerte. Mírame, soy el nombre de alguien que era como tú y ya no lo es. Soy un sueño cumplido que da color a seres grises y anónimos que han dejado de estar perdidos en este casino de azares, intereses y ambigüedades llamado España.

 
Viajo silencioso en un sobre, aguardo en un cajón, salto de un ordenador a otro. Cobro vida en labios que me susurran a través de teléfonos o junto a discretas cabezas que asienten. Salto de la boca del padre hasta el hombro del concejal; de la boca del concejal al hombro del alcalde. Y, llegado el caso,  sigo subiendo, sin detenerme ante nada, sin atisbo de duda, sin mirar atrás hasta conseguir mi hueco.


Soy el nombre elegido que te adelantará por la derecha como una exhalación, no podrás siquiera verme pasar. El que estará en una tarjeta de visita, sobre una mesa de despacho o en la pechera de un uniforme de trabajo en vez del tuyo. El fruto de un artificioso y asfixiante don de gentes; de una abnegada labranza de relaciones, peticiones y peloteos a través de asociaciones, sindicatos o juventudes; de favores de toda índole, de invitaciones en el bar. Así, hasta que un día salta la chispa, se ilumina el atajo y salto al otro lado del desfiladero.
 
 
 
Publicado en el nº155 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a la corrupción.

20 febrero 2013

EL CHISTE


Es como vivir dentro de un mal chiste tan viejo que no envejece nunca, que no para de repetirse sin llegar a un desenlace. Es como una ola que se alza y nunca alcanza la altura deseada. Atacado desde incontables perspectivas, siempre se pierde por el camino para acabar en el mismo punto de partida. Tus padres te cuentan el chiste y tú se lo transmites a tus hijos llegado el momento. Los profesores se quedan siempre al comienzo. Flota en el ambiente del bar y el borracho lo vomita. Las banderas lo airean. El coach lo vende con las instrucciones para venderlo. El abogado lo utiliza. El candidato lo rodea. El Presidente del Gobierno lo repite compungido tras un leve carraspeo. El vendedor de seguros te lo explica con un tono siniestro. Los banqueros lo fusionan y sus empleados gesticulan y alzan las cejas reprimiendo una carcajada. El terapeuta, el psicólogo y el juez te piden que se lo cuentes desde el principio pero un bostezo les delata, y el último añade que si no lo haces calles para siempre. Los tertulianos tiran de él, lo deforman y manosean como plastilina, pero siempre vuelve a la forma original y los espectadores aplauden. Los presentadores de televisión lo silabean y pasan la página. Los científicos lo lanzan al espacio. Los escritores lo reinventan y reinventan. Los electores lo votan. Los ciudadanos lo asumen y critican a la puerta de los comercios. El Rey lo asiente. La Comisión Europea lo consiente.