25 agosto 2016

LOS HIJOS BASTARDOS DE BO DIDDLEY



Ellas McDaniel, Bo Diddley para la posteridad, fue otro emigrado de Mississippi a Chicago, donde llegó de niño. Otro guitarrista de blues pateando la ciudad, pero con un instinto tan afilado y un sentido tan clarividente que acabó convertido en pionero del rock and roll, gracias a ese ritmo penetrante que supo concretar, picando de aquí y allá, envuelto en un riff enfático y distorsionado, imbuido de trémolo y reverberación. Ese sonido repetitivo, conciso a la vez que exuberante, tribal, gozosamente africano. Una conexión inmediata con el oyente que ha atravesado las décadas sin perder un ápice de efectividad. Sus claves fueron rápidamente absorbidas por sus coetáneos: Buddy Holly y su “Not fade away” (1957), el jovencísimo Ricky Nelson de “Be-bop baby” (1957) con aquellas desaforadas notas de piano que remedaban el inconfundible ritmo de nuestro hombre, o Johnny Otis con “Willie and the hand jive” (1958). La suya fue figura capital para incendiar la mente de la práctica totalidad de los grupos de r’n’b británicos de los sesenta (The Pretty Things tomaron su nombre de una composición de Willie Dixon popularizada por él). Para aquellas bandas, versionar a Diddley fue algo iniciático, casi una prueba de linaje, de contar con la suficiente enjundia.

A pesar de sus éxitos de ventas entre los años cincuenta y sesenta, los derechos generados por sus clásicos le fueron generalmente escamoteados. Quizá por eso siempre decía que los royalties eran una trampa de los blancos. Esa precariedad económica lo tuvo a pie de escenario hasta poco antes de su muerte, a los 79 años.

 

El “Bo Diddley beat”, o al menos su esquema, ha servido de base durante más de medio siglo para infinidad de composiciones, incluso de músicos en principio alejados de ese estilo. Como mínima muestra, y obviando las decenas de temas que llevan las palabras "Bo Diddley" en el título, podemos señalar algunos ejemplos: impregna “Magic bus” de The Who, aparecido en 1968 (aunque la versión de referencia es la incluida en el directo “Live at Leeds” (1970)), incluidas réplicas en los coros y percusiones (clave). Esta composición viene a la cabeza al escuchar “La vida qué mala es” de 091 (1991). José Ignacio Lapido, partiendo de la letra de “Agua clara” de Enrique Morente, aúna sabiamente las esencias del blues y el flamenco entre guitarras rotundas, wah-wah y percusión. Mink Deville, en 1978, lo incorporó a “Steady drivin’ man”. Fue exprimido sin tapujos por The Strangeloves en “I want candy” (1965), tema que resucitó con éxito en 1982 con la versión de Bow Wow WowEn “Bummer in the summer” (1967), los Love de Arthur Lee, durante algo más de dos tensos minutos, emulan al Dylan más urgente, pasean por cristalinos terrenos country-rock y cabalgan desaforados sobre el ritmo del sabio Bo. Late firme en la untuosa electricidad de “1969” de The Stooges, que viajó en el tiempo hasta aparecer en el genial “Colour hits” de Los Bichos en aquel tercer corte de ensamblaje de la primera cara: “Hola-Gobo-1989”, acreditado a Josetxo Ezponda, Ellas McDaniel, Ron Asheton e Iggy Pop.  Sube y baja en la batería de “Hateful” de The Clash (1979) o en “Cuban Slide” de The Pretenders (1980). Reluce entre la chatarra sónica de “Dice man” de The Fall (1979) y serpentea en Up the Hill Backwards” de David Bowie (1980). Seguimos su rastro, agradablemente sorprendidos, en “Chicas de colegio” de Mamá (1980); en alguien como Michel Polnareff con “You'll be on my mind” de 1966; o incluso en un grupo como Nosoträsh, con “Corazón colilla”, una de las miniaturas del memorable “Popemas” (2002).



Artículo aparecido en el nº4 del fancine "Hormigas". 

19 agosto 2016

CAMINO DE HORMIGAS



Las hormigas recorrían a diario con voluntariosa rutina los alrededores de la piscina municipal. Iban y venían desde la zona de césped en un incesante trasiego perfectamente organizado. Los niños las pisaban con sus sandalias y reían, aunque sin demasiado entusiasmo. En ocasiones, saltaban sobre ellas descalzos unos segundos, y después se limpiaban bajo la ducha los puntitos marrón oscuro que manchaban las plantas de sus pies. Realmente se habían convertido en parte del paisaje, y nadie les hacía demasiado caso. Una tarde, uno de los padres reflexionó sobre aquellas filas de hormigas que aparecían y desaparecían bordeando la piscina. Al día siguiente, aprovechando el momento en que los niños merendaban envueltos en toallas, con sus cuerpos temblorosos aún mojados, en lo que no era más que un mínimo parón antes de volver a lanzarse al agua, los situó alrededor del camino de hormigas para, sirviéndose de estos laboriosos insectos como feliz metáfora, inculcarles una inolvidable lección sobre los beneficios de trabajar y gestionar intereses comunes en equipo y con una buena organización. Utilizando un tono elegíaco y gustándose cada vez más, les contó con mirada intrigante que en el mundo de las hormigas las decisiones se toman colectivamente; que viven en colonias organizadas; que, como los seres humanos, cultivan e incluso tienen ganaderías; o que cada hormiga desempeña una tarea concreta.  Como ejemplo ilustrativo, tuvo la feliz idea de colocar un trozo de corteza de pan en el suelo, cerca de las hormigas. Les explicó que, dado su peso, una hormiga jamás podría trasladar hasta su hormiguero el trozo de pan, y les pidió que tuviesen paciencia y observasen con atención. Su vanidad estaba a punto de estallar ante el resto de progenitores bronceados por haber sabido ganarse la atención de los pequeños, que miraban la escena boquiabiertos, haciendo caso omiso de sus bocadillos. El trozo de pan pronto estuvo rodeado de hormigas, varias de las cuales consiguieron elevarlo y transportarlo, haciendo gala de una envidiable coordinación. Los niños volvieron al agua con la lección aprendida y formaron diversos corros mientras nadaban, estaban profundamente impresionados. Al día siguiente se tomaron la merienda con pausa y sigilo; masticando en silencio sin apartar la vista del reguero de hormigas. Cuchichearon, uno de ellos colocó un buen trozo de pastel de chocolate (un manjar que, lógicamente, suponían mucho más apetitoso y atractivo que una modesta corteza de pan) en mitad del camino de las hormigas y se dispusieron a observar con paciencia. Igual que ocurrió con el pan el día anterior, el trozo de pastel pronto fue invadido por las hormigas, por muchas más hormigas, dado su tamaño; tantas que hasta desapareció de la vista de los niños. Sólo se veía un negrísimo montículo nervioso de hormigas en movimiento que pronto inició un leve avance. En ese momento los pequeños se miraron y, perfectamente organizados, empezaron a saltar sobre las hormigas al grito de muerte, muerte, muerte.

01 agosto 2016

LEÓN BENAVENTE

Todo lo que hay de atractivo para los oídos más inclinados al pop y al rock, en la incorporación de elementos electrónicos, reside en la música de León Benavente. La sensación a la vez panorámica y apremiante. El impulso mecánico y repetitivo del mensaje. La eficacia directa e irresistible de su transmisión. El nervio subterráneo. El lirismo frío que se licúa sobre las melodías. El golpe sintético de energía. El latido metálico, como esqueleto presto a ser recubierto de furia y excitación eléctrica. Todo confluye en esa ambientación carnosa, rugosa a la vez que huidiza y ágil, que circula a nuestro alrededor sin parar de dejar su huella. En la facilidad para atrapar lo etéreo y propulsarlo cargado de sustancia, o para dotar de respiración y ansiedad al ritmo. En la capacidad, finalmente, para montar al oyente en su montaña rusa de narrativa clara que se vuelve compleja para ser otra vez clara; medidas palabras que recorren lo eterno y lo presente para precipitarse en el oído cargadas de historias, reflexiones y sensaciones.


17 julio 2016

SE FUE (ALAN VEGA)

Se fue

el Elvis desnudo nacido entre el tráfico de la gran ciudad,

el aullido inmutable, la respiración acelerada

del mundo moderno y circular.

Se fue

el que llevó la toxicidad urbana a los escenarios,

el que inyectó de frialdad electrónica

los gruesos telones aterciopelados

que no dejaban de caer.

Se fue

el que congeló con precisión

el fuego de todos los corazones rotos,

la angustia escondida en todas las esquinas,

el latido tumultuoso de todos los miedos,

el anhelo mordiente de todos los deseos.




En memoria de Alan Vega.

16 mayo 2016

REENCUENTRO

Si alguien me hubiera pedido opinión acerca del regreso de 091, me hubiese mostrado bastante reticente. Esa es la verdad. La razón de fondo no es otra que el miedo que me producía que la cosa saliese mal, que no obtuviesen la respuesta deseada por parte del público, que todo quedara reducido a un ejercicio de nostalgia para unos pocos, y uno de los pedazos de la historia del rock español más reivindicable volviese de nuevo a su rincón, y esta vez apaleado por la realidad. El mundo del rock tiene estas conexiones emocionales, que son parte de su magia esencial. La empatía que llegamos a sentir con nuestros grupos favoritos rebasa muchas veces la lógica. Por alguna extraña razón, tendemos a ponernos en su piel, a padecer sus fracasos o la incomprensión a la que son sometidos por el resto. A temer por ellos. Tiendo al pesimismo, lo reconozco, y por eso lo primero que imaginé fueron escenarios menores, ambientes fríos o críticas acerbas.

Ya han pasado los esperados conciertos de Granada, termómetro ideal para valorar cómo está resultando esta “resurrección”, y es evidente que el balance no puede ser más positivo. Las reediciones por fin hacen justicia con uno de los repertorios que han rayado a mayor altura dentro rock hecho en castellano. El público ha respondido. Y, algo muy importante, sobresale la profesionalidad de la planificación en todos los aspectos, empezando por la propia preparación de la banda, cosa que me alegra, pero no me sorprende; por lo poco que conozco a José Ignacio Lapido, sé que no es amigo de pasos en falso ni de cabos sueltos, y que el compromiso que demuestra con su trabajo y el respeto por su público están fuera de toda duda. Más bien son un espejo en el que debería mirarse más de uno. De estos conciertos de la plaza de toros destaco la organización, el cuidado de los detalles, o la inversión realizada, acorde con lo que se quería ofrecer. Pero, sobre todo, la certeza de haber  visto a un grupo que ha conseguido lo que pocos logran en este tipo de reuniones: se han reencontrado, entre ellos como músicos y con las canciones. Han sabido retomar el pulso allí donde se quedó. Han pulido y añadido detalles, refrescado el repertorio y renovado pequeñas cosas para conseguir ser ellos de nuevo en un escenario.



El éxito de este regreso está siendo objeto de estudio pormenorizado en decenas de barras de bar. He participado en alguno de esos debates, y en ellos he expuesto mi opinión. Pienso que 091 gustó durante su trayectoria a mucha gente, no a tanta como para convertirse en superventas (menuda palabra anticuada) pero sí a la suficiente como para dejar huella. De entre aquellos seguidores, muchos dejaron de escuchar música con la edad y fueron aparcando al grupo, y otros mudaron de gustos e intereses musicales, empujados quizá por esa tendencia hacia la experimentación y la superación de lo clásico que ocupó el final de los ochenta y buena parte de los noventa, circunstancia ésta que mermó de paso el relevo generacional de seguidores del grupo. Pues bien, todos esos han vuelto. Pasados los años, y ante la perspectiva de poder ver en contados conciertos acotados en el tiempo al grupo que en su día fue importante para ellos, los antiguos seguidores se han apuntado a un ejercicio a medio camino entre la nostalgia y el redescubrimiento; y a los que los dejaron de seguir, el tiempo les ha demostrado que lo que realmente permanece son las canciones que, en el caso que nos ocupa, han soportado en su mayor parte el paso de los años. Eso sin olvidar el reducto de fieles que, año tras año, han mantenido encendida la llama de la banda, haciendo apasionado proselitismo hasta donde han podido. Solo queda que, tras esta gozosa confluencia, algunos se queden y conozcan el repertorio de José Ignacio Lapido. Estoy seguro de que les merecerá la pena. 

15 abril 2016

MENSAJE EN UNA BOTELLA (32)

ANTONIO FERNÁNDEZ FERRER “Monodiálogos frente al espejo” (Editorial Nazarí, 2016)

El granadino Antonio Fernández, profesor y maestro de tantos, músico, ensayista y poeta de largo recorrido, se acerca esta vez al relato corto partiendo de una idea que empezó a tomar cuerpo en su blog personal, hasta crecer lo suficiente como para exigir un tratamiento más meditado.

“Monodiálogos frente al espejo” es un libro positivo, aunque no por ello cómodo o exento de sustancia ni de capacidad de denuncia. En él conviven de forma natural la sencillez, el guiño cómplice y el análisis. Se valora el paso del tiempo, el significado de las cosas; y se celebra el placer de lo cotidiano, de los pequeños detalles que nos acompañan, que nos modulan con su modesta y tranquila presencia. Creo que Antonio se ha divertido escribiendo este libro, recopilando anécdotas, pequeñas situaciones; anotando consideraciones sobre música o literatura, y sus procesos creativos; u ordenando las reflexiones a que nos empuja el paso de los días en esta España dominada por el absurdo, unas veces tan dramática y siempre tan difícilmente explicable. El humor, la ironía o la mordacidad, son ingrediente común de estos monodiálogos, o breves intercambios de opiniones entre el autor y su alter ego. Ese otro yo situado al otro lado del espejo que le complementa, culminando su personalidad; que sirve tanto para sacar a relucir sus dudas como para reafirmar de sus posiciones. Así, mediante textos breves estructurados en forma de diálogo consigo mismo, el autor pone en liza dos puntos de vista sobre los temas de siempre, o sobre otros desarrollados al filo de actualidad política y social, y que, habitualmente, no son más que el reflejo de los temas de siempre. Esos puntos de vista que juegan al tenis en nuestras cabezas en no pocas circunstancias.




Los textos, de amenísima lectura, están cuajados de buenas observaciones, decantados con la lucidez que sólo proporciona la experiencia de quien pasa por la vida observando con mirada clara el mundo que le rodea. En muchos de estos monodiálogos, asistimos a un interesantísimo intercambio de ideas; y somos testigos de la evolución del pensamiento del autor, dentro de un conjunto en el que la concisión es virtud. Un libro que, afortunadamente, se niega a ser el típico texto de autobombo tan común por estos lares. 

11 abril 2016

PESCOZÓN

El niño miraba la televisión sentado en el añoso sofá de la casa de sus abuelos. Tenía puesto el pijama de “Star Wars” que le había elegido su padre, y combatía el frío que rodeaba la mesa camilla con una mantita que su abuela le había echado por los hombros. Llevaba dos días allí porque sus padres habían tenido que viajar a la capital. Él no comprendía por qué no había podido acompañarles, por qué razón tenían que ir los dos, y dejarlo solo. Cuando lloró y pataleo ante la noticia de quedarse al cuidado de los abuelos durante unos días, su madre perdió los nervios y le dio un pescozón que le estuvo escociendo hasta que se quedó dormido. Cada vez que lo recordaba, se pasaba la mano instintivamente por la parte posterior de la cabeza. Ante su insistencia en acompañarles o en que no le dejaran solo, su padre le llamó egoísta, consentido, caprichoso y algo terminado en “céntrico”. “Soy céntrico, como el quiosco del tito”, llevaba horas con ganas de decirle a su abuela, que no hacía más que mirar el reloj. Su madre se tiró de los pelos, dijo que era una desgraciada, que siempre había sido una desgraciada, que nadie la quería, que nadie pensaba en ella; lloró, le dio una patada al frigorífico, chilló y finalmente vino lo del pescozón. Sus padres terminaron discutiendo entre ellos, diciéndose cosas que no acertaba a entender; se encerraron en la habitación y gritaron durante un buen rato mientras él permanecía en camiseta en el comedor, empezando a sentir frío y con miedo de coger la tablet, que al final de la noche terminó junto a su cargador en la maleta familiar. Sus padres se fueron al amanecer, estaba oscuro todavía. No había ni siquiera coches en la calle cuando su abuelo lo condujo hacia la parada del autobús, y apenas pasó gente mientras lo esperaban. El abuelo llevaba un bolso con su ropa y él una mochila atiborrada que le había preparado su madre recién levantada. Pesaba mucho, y no dejaba de pensar en la cantidad de juguetes que ya no le interesaban que su madre había embutido ahí. El tiempo pasaba lento sin la los juegos de la tablet, sin el rato en el parque de después del colegio. Su madre llamaba a la abuela cada dos por tres y ambas reían, chillaban y daban saltitos, luego hablaba con él y le contaba cosas que no acababa de entender entre gritos, risas y prisas. Aquella noche miraba la televisión en silencio tras cenar las tortitas que le había preparado su abuela. La manta antigua, dura, con el olor acumulado de toda una historia familiar lo envolvía y le daba calor. El abuelo fumaba en el balcón, paseando lentamente y mirando el paisaje como si calculase sus dominios. La tele de los vecinos se oía a través de la pared, estaban viendo lo mismo que ellos, y los anuncios se escuchaban con un ruido doble que le llamaba la atención. En el bloque de enfrente, al otro lado de la estrecha calle, los vecinos miraban la misma cadena también, ya que en su televisión salía el mismo anuncio. Cuando comenzó el programa su abuela le zarandeó y besó presa de los nervios, y acto seguido golpeó la puerta del balcón para que el abuelo regresara mientras gritaba “el concurso, el concurso”. En la pantalla, el público aplaudía y el presentador corría y abría los brazos. De pronto sus padres aparecieron. Papá afeitado y con un peinado nuevo, mamá pintada. Ambos sonriendo con sonrisas desconocidas. Entraron corriendo, de la mano. Hacía tiempo que el niño no los veía cogidos de la mano, y mucho menos corriendo. Se colocaron tras unas pantallas parecidas a su tablet, pero algo más grandes y un poco más delgadas. Saltaron. Dijeron unas palabras como mágicas que sus abuelos repitieron al unísono. Se volvieron hacia el público con los brazos en alto, luego se fueron girando, agachados, hasta unir trasero con trasero y restregarse los culos; finalmente, cambiaron de posición hasta rozarse las narices y palmearse el uno al otro los muslos, sin dejar de menear el culo. 

23 marzo 2016

MENSAJE EN UNA BOTELLA (31)

ENRIQUE BONET “La araña del olvido” (Astiberri, 2015)

"La araña del olvido" de Enrique Bonet consigue que, conforme se avanza en la lectura, el pasado arda entre nuestras manos mientras va dejando un poso helado en el fondo del alma. Imperan un tono sombrío, un olor a cerrado, que inundan hasta el último rincón. Un frío que no se termina de vencer. Se escucha el gotear constante del miedo, de la incertidumbre. Se percibe en la expectación de las miradas y en la facilidad con que éstas se agrietan y desvían, en los silencios, en las emociones amordazadas; en las excusas, las dudas, la desconfianza generalizada. Revolotea en la profundidad de los espacios, en la quietud de las estampas de una ciudad varada que se deja remolcar con los ojos cerrados y los oídos tapados. En las mentiras de peces que boquean para sobrevivir en un estanque pútrido, terminando por creer sus propias mentiras. Bonet subraya, con el ritmo con que modula los acontecimientos, con su distancia y contención, esa amenaza latente. Tan eficaz que los restos de su naufragio llegan hasta nuestros días, hasta el temor a indisponerse con el poder (o con el posible poder) que aún nos atenaza de alguna manera.



Estamos ante una indiscutible muestra, otra más, de ese poder único del cómic (aunando el escenario mental que la lectura nos permite recrear, con el poder de las imágenes, en este caso, escrupulosamente escogidas) para adentrarnos en cualquier circunstancia histórica, en cualquier peripecia, a cada cual por nuestro propio camino. 

18 marzo 2016

ENTREVISTA PACO CANO

PACO CANO “LA MIRADA DEL SABIO”



Paco Cano es el propietario de Subterránea Cómics Discos (C/ Horno de Abad, 12, frente a Planta Baja), una de las tiendas de referencia en Granada en lo relativo a cómic, literatura rock y discos de vinilo. Al acceder a este lugar especial para tantos granadinos, refugio del mundo, lugar de encuentro habitual de músicos, escritores y dibujantes, uno se siente flotar en la vibrante intersección entre la solidez de los  clásicos más incontestables y el resplandor de la actualidad más palpitante; representados en estanterías con vida propia, repletas de un sorprendente, variadísimo y suculento fondo de elepés, tebeos y libros. Paco te recibe afable, sin agobios. Él sigue a lo suyo mientras tú curioseas y buscas con calma. Una vez solicitas su consejo, no se le pone cara de querer venderte lo que sea. Escucha con paciencia, razona sus recomendaciones, advierte, despliega su magisterio, conversa, compara; establece relaciones y da explicaciones que enriquecen tu punto de vista, ya busques cómics, discos o libros. La mirada del sabio es amplia y honesta, y eso es una garantía para cualquier aficionado en estos tiempos laminadores de consumo teledirigido e inmediato.



Empezaremos la conversación con una pregunta sencilla ¿Cuál es el estado actual del cómic?

Es bueno. Se publica más que nunca en nuestro país y el nivel de nuevos y no tan nuevos autores se me antoja mejor que nunca. Eso sí, industria del tebeo sigue sin haber en España, en el sentido de que para dedicarte plenamente a dibujar historietas tienes que mirar para editoriales de fuera.

¿Cómo se inició tu afición a los tebeos?

No lo recuerdo, supongo que siempre ha habido un tebeo rondando por mi casa. Como ya tengo una edad, en mi niñez era un entretenimiento común. Aparte de una franja horaria infantil en la tele bastante reducida y estar tirado en la calle jugando con balones, canicas, palos y piedras, era lo que había. Yo me limitaba a devorar con avidez todo lo que caía en mis manos.

Háblanos un poco de tus autores favoritos y qué destacarías de cada uno de ellos.

Jaime Hernández: una capacidad de síntesis abrumadora. Sus personajes son tan creíbles que casi te parece haberte cruzado por la calle con alguno. Dibuja a las mujeres de forma excepcional: cuando son jóvenes con sus atractivos y cuando son maduras con sus decadencias.
John Romita Sr.: el más elegante de los dibujantes Marvel. Es mi magdalena de Proust cada vez que veo un Spiderman o una Mary Jane o un Duendecillo Verde dibujados por él. Aunque igual podría decir lo mismo de John Buscema y su Estela Plateada, o Dan Barry y su Flash Gordon…
Robert Crumb: el dominio del dibujo y el exceso.
Charles Burns: la línea clara más oscura de todos los tiempos.
De mis descubrimientos recientes, aunque tiene su tiempo, está Walthéry y su personaje Natacha: dibujo virtuoso, caricaturesco pero más cerca de lo habitual al realismo. De la escuela franco-belga también me gustan casi todos los clásicos: Franquin, Uberzo, Morris, Tillieux… y guardo un recuerdo muy fuerte del Yves Chaland, continuador de todo esto en los ochenta. Por desgracia murió joven y nos quedamos con las ganas de ver su evolución. De la nueva ola francesa más reciente destacaría a Sfar, Blain y David B.
Más europeos: Moebius-Giraud, Tardi, Loisel.
Españoles me gustan muchos pero no voy a hablar porque también hay amigos entre ellos. De generaciones anteriores están Raf, Coll, Jordi Bernet, Figueras
No me pidas explicaciones, son querencias y no sirvo para analizar los porqués.

Paco Subterránea.


¿Te imaginaste alguna vez regentando una tienda de estas características?, ¿qué supone para ti?

Estoy en esto de rebote y después de haber superado el tener muchas dudas sobre su viabilidad o mis habilidades para llevar un negocio de este tipo. Igual no soy muy bueno, porque no gano mucho, pero cada día me alegro más de mi decisión, por todo lo bueno que me aporta, por la gente tan afín que he conocido y que de otra forma no hubiera conocido. Y no me refiero sólo a los artistas.

¿Cómo han evolucionado los tebeos en lo referente a edición, calidad, temática, etc. desde tus tiempos de consumidor adolescente?

En mi adolescencia ya empezaban a verse todas las tendencias que se han impuesto hoy. Ahora están más desarrolladas. Hay más editoriales, se publica mejor y hay más especialización temática entre ellas.

¿Qué va a encontrar en Subterránea alguien que entre por primera vez?

Tebeos y discos, sobre todo, y buena disposición por mi parte.

¿Qué tipo de cómic  resiste mejor el paso de las modas, crisis y demás?

Eso ya se verá. Yo diría que los de género, los que siguen un patrón en mayor o menor medida y que, bien utilizado y con la suficiente calidad por parte de los autores, sirve de vehículo para hablar de todo. Mis querencias van por la serie negra o policiaca, el western y los de aventuras. Quiero creer que estos géneros se mantendrán ahí siempre. Me encantaría ver buenas comedias o tebeos divertidos, pero eso no abunda, son más difíciles de hacer bien y que su humor no tenga fecha de caducidad.

Con Víctor Coyote.


¿Cuál es el mejor personaje de cómic en tu opinión de lector experimentado?

Spirit. Fue la respuesta de Will Eisner a los superhéroes, pero no deja de ser una excusa para hablar de cualquier tema que le apeteciera a su autor, dejándolo incluso de lado en muchos casos.

¿Qué ha supuesto la emergencia de la denominada novela gráfica para el cómic? ¿qué te parece el término? ¿Qué tres novelas gráficas te parecen imprescindibles?

El término, con la acepción que tiene hoy, me parece bien, si sirve para vender tebeos y que la gente se acerque sin prejuicios a estos. En realidad es un eufemismo por las connotaciones negativas que otros términos, como tebeo o cómic, tienen para la mayoría de los mortales.
A día de hoy: From Hell, Agujero Negro y El corazón coronado. Bien mirado, el tercer título es un integral que en principio se editó como varios tomos, y novela gráfica se entiende como un tebeo hecho en un solo tomo. Visto así nos perdemos grandes novelas gráficas que no son novelas gráficas, como casi toda la obra de los Hernández Bros., Blueberry, Spirit, Érase una vez en Francia, casi todo Tardi, casi todo Robert Crumb, Jim Cuttlas, Magasin General, Sandman, Scalped, Transmetropolitan, Lincoln, Blacksad y un larguísimo etc.

¿Notas renovación generacional entre los lectores de tebeos y los consumidores de discos?

Por lo que veo en mi tienda, poca. Somos mayoría los canos calvos.

¿Qué distingue al consumidor habitual de tebeos de los de otras manifestaciones artísticas?

Los tebeos son una opción de ocio propia, personal, no mediatizada por nada ni por nadie; incluso siendo una afición mal vista por un amplio sector de la sociedad.

Vinilos, siempre en primer plano. 


¿Tiene el cómic una forma de contar particular en relación con otras formas de expresión artística?, ¿en qué consiste?

Hay una serie de aspectos que bien manipulados ofrecen infinitas posibilidades de expresión: el diseño de página, el uso de la elipsis, mezclar épocas o recrear las que pasaron, inventar mundos, incluso la ruptura de las normas si no se abusa y es legible… todo eso puede servir para contar las cosas de forma única.
Hoy en día el cine también puede mezclar mundos o recrear épocas pasadas con el uso de los efectos especiales de muy diversa índole, pero siempre las historias y los argumentos serán más conservadores porque para su financiación tiene que llegar a un público lo más amplio posible.

¿Qué recomendaciones tienes para iniciar en la afición al cómic a los pequeños lectores?

Una asombrosa aventura de Jules, de Émile Bravo; Bone, de Jeff Smith; Calvin y Hobbes, de Bill Watterson. También podría servir cualquiera de los grandes clásicos americanos, europeos o japoneses.

Recuerdo hace años lo difícil que nos resultaba acceder a biografías, ensayos o literatura relacionada con el rock. Hoy, sin embargo, asistimos a una auténtica saturación, entre la que a veces es complicado distinguir el grano de la paja. ¿Qué libros relacionados con el rock recomendarías, y qué músico consideras mejor escritor?

Casi cualquier grupo o estilo musical tiene su libro escrito con una calidad decente, así que recomiendo los que se acerquen al gusto de cada cual.
En cuanto a músicos, de los que he leído, me quedo con el de Kim Gordon, La chica del grupo o el Postales negras de Dean Wareham. Son libros muy bien escritos y con cosas muy interesantes que contar de primera mano. Mis gustos actuales van hacia el humor y la diversión, con estas características quien parte la pana es nuestro Víctor Coyote con su Cruce de perras y el gran Ian Svenonius, con Estrategias sobrenaturales para montar un grupo de rock.

Subterránea por dentro. 


Además de tu labor en Subterránea, también te has involucrado en la financiación de diversas ediciones discográficas en vinilo: Guadalupe Plata, Varaverde, Carne… Quisiera saber qué recuerdos tienes de aquel primer lanzamiento de los actualmente muy reconocidos Guadalupe Plata, y si hay algún próximo proyecto en este sentido.

El recuerdo es muy bueno. Estoy muy orgulloso de haber ayudado a que empezaran a andar. De todas formas esto de sacar discos es algo mínimo para que un grupo funcione, el trabajo duro lo hacen ellos pateándose mil garitos de la península e incluso de fuera de ella. Sigo disfrutando mucho de sus discos y de sus directos, son buenísimos. Varaverde también eran muy buenos, pero apenas tocaron después de sacar ese disco y se nota, sobre todo en mis estanterías. Carne han colocado su parte y queda casi toda la nuestra. Estoy deseando verlos por aquí otra vez, me gustan mucho.
Proyectos futuros no hay. Tenemos que ponernos de acuerdo dos personas, eso es más fácil que si se trata de un grupo más numeroso como fue lo de Granadina de Prospecciones Sonoras. Pero no es nuestro trabajo, no estamos pendientes de descubrir la última sensación ni de publicar a toda costa. Las veces que hemos sacado algo ha sido casual y porque nos gustaba mucho hacerlo a los dos socios. Si pasa otra vez se hará y si no mejor para mis estanterías.

¿Crees que el vinilo ha vuelto para quedarse?

Me gustaría decir que sí. Los últimos acontecimientos me hacen dudar. Ya tenemos aquí  a las multinacionales otra vez reeditando a cascoporro y los precios están subiendo.
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De la inmensidad de reediciones en vinilo a la que estamos asistiendo en los últimos años, ¿Cuál te parece la mejor y por qué?

La caja de Décima Víctima, editada por Munster. Trae inéditos y todo lo publicado en su momento. Y cuesta poco comparado por lo que se pide por cada original de ellos.
Me gusta que se recuperen esos discos que se quedaron en el limbo o que no se llegaron ni a editar; por ejemplo: la recuperación de grabaciones de Las Chinas o Ataque de Caspa, y encima estos últimos resucitando y sacando un disco maravilloso. Creo que las reediciones que más me gustaría ver no van a salir, o no de la manera en que yo las imagino. Sería maravilloso ver un cajetón con muchos vinilos, cds y libros de Vainica Doble, recuperando todo lo recuperable de sus grabaciones, textos e imágenes, y coeditado entre Fulgencio Pimentel y Elefant. U otro con todo lo de 713avo Amor. Seguro que aunque se hagan no se hará como debería; o sí, ¿quién sabe?



Entrevista publicada en el nº4 de la revista "Lugares Comunes".
Fotos: José A. Albornoz. 


13 marzo 2016

NIEVE ROSA

La niña duda a la entrada del parque y su madre le empuja levemente, con los cinco dedos de su mano derecha separados mientras sostiene su móvil de funda rosa entre el hombro y el cuello. Su boca gesticula y su sonrisa se muestra brutalmente irónica, agria, lacerante. Restos de carmín parecen haberse estrellado contra sus paletas ocres. Casi todos los columpios están ocupados, y la pequeña se planta sin saber qué hacer ante un solitario trampolín circular colocado en el suelo del parque. La madre, tomándola de la mano, la obliga a colocar los pies en él mientras interrumpe su conversación telefónica para anunciarle con aspereza que es tan tonta como su hermano. La madre vuelve a marcar exhalando vapor y humo de tabaco. Hace frío, el cielo está completamente blanco. La niña mueve los pies sobre la superficie elástica, inspecciona el terreno, mira a su alrededor, trata de saltar precavida, elevándose mínimamente. Los bracitos se afanan en preservar su equilibrio. Lleva unos excesivos zapatos color beis, leotardos y guantes rosas, una faldita de cuadros, un grueso jersey también rosa y su pequeño anorak, del mismo color. Salta apenas, voluntariosa, frunciendo levemente la boca, esbozando reflejos de sonrisas ante sus casi inapreciables progresos. La madre recorre pegada a su teléfono el parque infantil cortando el aire con su antebrazo izquierdo, que parece haber iniciado una revolución por su cuenta. Alguien al otro lado no la deja hablar. Ella suspira, pone los ojos en blanco, chasquea la lengua, mira al resto de niños y madres con una mezcla de indiferencia y hartazgo. La pequeña, sola, a su aire, da vueltas sobre sí misma; hace tembloroso amago de salir del trampolín colocando un pie en el borde pero se arrepiente y regresa a su posición inicial, saltando levísimamente, más bien poniéndose de puntillas, moviendo la cabeza a la vez que sus rizos castaños. Mientras la madre espeta encorvando su cuerpo “Papá, me prometiste que ese dinero era para mí”, ella grita mamá repetidas veces, elevándose de manera cada vez más apreciable, consiguiendo saltar rítmicamente mientras los copos de nieve se van posando en sus hombros, sobre su cabello atravesado de horquillitas. Las madres empiezan a abandonar el parque en todas las direcciones protegiendo a sus hijos, colocándoles gorros y bufandas, abrochándoles sus chaquetas. La nieve se precipita golosa y copiosa, y el rosa se eleva cada vez más y más alto, subiendo y bajando acompasadamente, orlado de blanco, empapándose, brillando en su soledad. Gritando mamá, mamá, mírame mamá, mientras la madre aparta la nieve de la pantalla de su móvil con un cigarrillo recién encendido entre los labios que se mueve como si hubiese iniciado una revolución por su cuenta. 

16 febrero 2016

MENSAJE EN UNA BOTELLA (30)

CARLOS ZANÓN “Yo fui Johnny Thunders” (RBA, 2014)



Cuando adquirí “Yo fui Johnny Thunders”, el libro me quemaba en las manos. Ya sabía por amigos que no era una novela centrada exclusivamente en el mundo del rock. Me habían dicho que éste discurría de manera paralela al argumento principal, que lo usaba como punto de partida o como marco de la trama, qué sé yo. Algo de eso hay, desde luego, pero, una vez terminada la lectura, la sensación que queda, sobre todo para quien ha crecido escuchando discos de Rock and roll, es que su espíritu empapa cada página; que ese cúmulo de sensaciones, ese constante estado de expectación, esa emoción inasible que se expande, ocupándolo todo, en una etapa concreta de la vida, es trasladada de forma absolutamente certera. Con mi ejemplar en la mano, me dirigí a una cafetería cercana en la que leí las primeras cincuenta páginas. El inicio fulgurante, la disposición de la estructura de la novela que se va asentando. Zanón tiene eso, una vez que te ha atrapado, volver a la realidad cuesta, requiere un salto preciso para aparcar momentáneamente todas esas posibilidades abiertas de par en par. Todos esos personajes que comienzan a crecer arrastrados por la corriente.

Y es que el misterio de sus novelas siempre brota del pozo insondable de sus personajes, de lo que se cuece en sus entrañas, de la nube tóxica de sus circunstancias. Del escenario tangible de esa cotidianidad que lo impregna todo, llena de puertas traseras que están siempre a un paso y se abren a precipicios; que llueve ponzoñosa, desfigurando y humanizando dolorosamente todos los arquetipos de la novela negra, sin que su corazón, lleno de calles estrechas y barrios obreros, deje de latir siempre al mismo e inexorable ritmo.  En las novelas de Carlos Zanón la trama avanza sin resquicios. El autor no te lleva de la mano hacia lo que debes pensar, más bien te empuja, te hace tener los ojos bien abiertos; te obliga a deglutir, no digiere por ti.



Su prosa es seca, pero no plana. Tan estruendosa como sigilosa. Rechina, sueltas chispas, engarza frases lapidarias; muestra inesperados espejos al lector. Lanza metáforas como obuses, o afiladas tal que agujas. Puede ser tan desabrida y brutal como las vidas y situaciones que retrata. Angustiosa, es capaz de desarrollar una plasticidad que le permite colarse por lugares muy estrechos de negro palpitar. Filtra imágenes perdurables, devastadoras; desarrollando e insertando una profunda mirada social desde la dura epidermis de la calle. Decanta un lirismo amargo, esta vez atravesado por la exacerbación de sentimientos y evocaciones que aporta el Rock and roll.

Sus descripciones, siempre ágiles, saltan del fondo de los cerebros al centro de los corazones, de la violencia más real al sexo más inmediato. Saben reducir la velocidad para respirar hondo y acariciar los detalles. Se muestran suficientes, sin desbastar, sacadas a tajo de la realidad. Bordeadas de mordacidad, rabia, humor vitriólico, ternura y agotamiento.


Carlos Zanón vuelve a ofrecernos una historia arrebatada, en constante in crescendo. El autor juega con el acelerador pero, como siempre, cada vez lo pisa más fuerte. No ahorra, no especula. Y, ya sabes, la trama la tienes que vivir tú, querido lector. 

22 enero 2016

TUVO MALA SUERTE

Esta mañana me ha sobrecogido profundamente la lectura a través de la prensa de la carta en la que Diego, un niño de once años sometido a acoso escolar en su colegio, se despidió de su familia el pasado 14 de octubre, antes de decidir poner fin a su sufrimiento lanzándose por la ventana de la cocina de su casa, situada en una quinta planta. Lo primero que pensé es que tuvo mala suerte.

Tuvo mala suerte. Parece ser que no había indicios. Miedo me da imaginar por todo lo que debe pasar un alumno en la Escuela Española para que alguno de esos profesionales que pasan centenares de horas con él al año atisbe algún indicio. Además, ya sabemos que eso de los indicios no es para nosotros, que tendemos a arreglarlo (o taparlo) todo a posteriori.

Tuvo mala suerte. Nadie se fijó en que estaba siendo acosado por algunos de sus compañeros. Nadie cayó en la cuenta. Nadie vio nada fuera de lo normal. Nadie prestó demasiada atención a lo que ocurría en el recreo; los chavales, ya se sabe. Y es que esas cosas hay que detectarlas, generalmente el acosado calla y tira para adelante con su dolor, hasta que no puede más. O bien nadie creyó necesario hablar con sus padres. O a nadie se le ocurrió poner el caso en conocimiento de la dirección del centro, o de la inspección. O nadie pensó que podría ser positivo reunirse con los padres de los maltratadores, hacerles partícipes de la situación, involucrarlos en su solución. Todos estaban muy ocupados pensando únicamente en sí mismos.

Tuvo mala suerte, porque hay profesores que sí se fijan en esas cosas y son lo suficientemente sensibles y profesionales como para actuar con diligencia. Pero a él no le tocó ninguno de éstos. Ya se sabe, son una caja de sorpresas estos docentes. Te toca lo que toca.

Tuvo mala suerte porque mientras que no haya denuncia por parte suya o de sus padres por lo visto todos se lavan las manos. Qué cargantes estos niños que tienen algo que los hace diferentes, o no tienen madera de líder, o les falta aguante, o no son carismáticos, o no saben recurrir a la violencia para imponerse en clase. Qué fastidio tener que remover el agua de nuestro estanque feliz. Qué pesadez interceder por ellos para sacarles las castañas del fuego y complicarse uno la vida. ¿Qué hora es?

Tuvo mala suerte por vivir en una sociedad que ha llegado a tal grado de podredumbre moral que tiende a culparse a sí misma de todos los males, diluyendo las responsabilidades concretas entre expedientes rutinarios, burda palabrería y vergonzosas declaraciones de intenciones.


Y es que considerar el acoso escolar como un problema secundario, o aceptar implícitamente como parte de la formación natural de los niños el hecho de que se tengan que buscar la vida como puedan cuando sufren maltratos o vejaciones por parte de otros compañeros de colegio, es síntoma evidente de hasta qué punto nos cuesta conformar una sociedad democrática, que no es otra cosa que saber y querer convivir. Y convivir no es simplemente tolerar al otro, es ser responsable, cumplir con las obligaciones, pensar en cómo pueden repercutir en el resto nuestras acciones u omisiones. Sentirse parte de algo. Seguimos abrazando la mezquindad como modo de actuar en la vida: sólo levantamos la voz ante lo que nos beneficia personalmente de algún modo, ya sea política o económicamente, lo demás lo relativizamos u obviamos. Sobrevivimos, no convivimos. Por eso estamos languideciendo como proyecto de sociedad en común. No se trata de no saber convivir, es simplemente que no interesa. Insultamos a los que no piensan como nosotros, emborronamos la realidad, manipulamos por definición, mentimos con descaro, pero, sobre todo, hemos desarrollado una capacidad única para mirar hacia otro lado.