25 agosto 2016

LOS HIJOS BASTARDOS DE BO DIDDLEY

Ellas McDaniel, Bo Diddley para la posteridad, fue otro emigrado de Mississippi a Chicago, donde llegó de niño. Otro guitarrista de blues pateando la ciudad, pero con un instinto tan afilado y un sentido tan clarividente que acabó convertido en pionero del rock and roll, gracias a ese ritmo penetrante que supo concretar, picando de aquí y allá, envuelto en un riff enfático y distorsionado, imbuido de trémolo y reverberación. Ese sonido repetitivo, conciso a la vez que exuberante, tribal, gozosamente africano. Una conexión inmediata con el oyente que ha atravesado las décadas sin perder un ápice de efectividad. Sus claves fueron rápidamente absorbidas por sus coetáneos: Buddy Holly y su “Not fade away” (1957), el jovencísimo Ricky Nelson de “Be-bop baby” (1957) con aquellas desaforadas notas de piano que remedaban el inconfundible ritmo de nuestro hombre, o Johnny Otis con “Willie and the hand jive” (1958). La suya fue figura capital para incendiar la mente de la práctica totalidad de los grupos de r’n’b británicos de los sesenta (The Pretty Things tomaron su nombre de una composición de Willie Dixon popularizada por él). Para aquellas bandas, versionar a Diddley fue algo iniciático, casi una prueba de linaje, de contar con la suficiente enjundia.
A pesar de sus éxitos de ventas entre los años cincuenta y sesenta, los derechos generados por sus clásicos le fueron generalmente escamoteados. Quizá por eso siempre decía que los royalties eran una trampa de los blancos. Esa precariedad económica lo tuvo a pie de escenario hasta poco antes de su muerte, a los 79 años.




El “Bo Diddley beat”, o al menos su esquema, ha servido de base durante más de medio siglo para infinidad de composiciones, incluso de músicos en principio alejados de ese estilo. Como mínima muestra, y obviando las decenas de temas que llevan las palabras "Bo Diddley" en el título, podemos señalar algunos ejemplos: impregna “Magic bus” de The Who, aparecido en 1968 (aunque la versión de referencia es la incluida en el directo “Live at Leeds” (1970)), incluidas réplicas en los coros y percusiones (clave). Esta composición viene a la cabeza al escuchar “La vida qué mala es” de 091 (1991). José Ignacio Lapido, partiendo de la letra de “Agua clara” de Enrique Morente, aúna sabiamente las esencias del blues y el flamenco entre guitarras rotundas, wah-wah y percusión. Mink Deville, en 1978, lo incorporó a “Steady drivin’ man”. Fue exprimido sin tapujos por The Strangeloves en “I want candy” (1965), tema que resucitó con éxito en 1982 con la versión de Bow Wow Wow. En “Bummer in the summer” (1967), los Love de Arthur Lee, durante algo más de dos tensos minutos, emulan al Dylan más urgente, pasean por cristalinos terrenos country-rock y cabalgan desaforados sobre el ritmo del sabio Bo. Late firme en la untuosa electricidad de “1969” de The Stooges, que viajó en el tiempo hasta aparecer en el genial “Colour hits” de Los Bichos en aquel tercer corte de ensamblaje de la primera cara: “Hola-Gobo-1989”, acreditado a Josetxo Ezponda, Ellas McDaniel, Ron Asheton e Iggy Pop.  Sube y baja en la batería de “Hateful” de The Clash (1979) o en “Cuban Slide” de The Pretenders (1980). Reluce entre la chatarra sónica de “Dice man” de The Fall (1979) y serpentea en “Up the Hill Backwards” de David Bowie (1980). Seguimos su rastro, agradablemente sorprendidos, en “Chicas de colegio” de Mamá (1980); en alguien como Michel Polnareff con “You'll be on my mind” de 1966; o incluso en un grupo como Nosoträsh, con “Corazón colilla”, una de las miniaturas del memorable “Popemas” (2002).

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