Consistía en romper
la presuntuosa carcasa
trucada de las palabras,
liberarlas del aborregado brillo
de los órdenes preestablecidos.
En mirar el tiempo arder
con una sonrisa y ojos cansados,
enrojecidos de curiosidad,
alimentados por la energía emanada
del dolor, el amor y la rabia.
En escarbar sin dediles en la urgencia
para cruzar el túnel de la armonía.
En nadar en el lago sereno
tras zambullirse en el oleaje más salvaje.
En usar el vértigo como cabalgadura.
En abordar la vida sin frenos,
transformando los derrapes en melodías,
y las melodías en bocados
a las almas desorientadas
de quienes osábamos asomarnos
tan solo durante tres minutos.
La inquietud abrocha los versos
y las guitarras desatan aquello
que no sabíamos que estaba atado.
Consistía en alejarse
hasta perder el centro
y después recuperarlo,
como en la soleá.
En asomarse a las ventanas
para volar o caer,
y entonces encender
el lirismo de todas las caídas.
En verter belleza desde el rincón humoso
de la última hora de insomnio.
En rumiar sobre la herrumbre que se amasa
y va dejando restos de sangre y oro
en la punta de los dedos.
La respiración y la ansiedad
van conformando la estrofa
hasta que se aviene a emerger.
Los colores se vuelven más vivos
que nunca en los amaneceres locos
de una ciudad perdida,
entre poemas, evocaciones y tachaduras.
La leyenda que se erige
entre vaivenes,
muta en un arcoíris
con olor a madrugada
que penetra de manera distinta
dentro de cada cual.
Luz pulida
suavemente
por el tiempo.
Vida retadora.
Libertad sin bostezos.
Precipicio resbaladizo
desde donde atisbar, de verdad,
el vuelo del águila.
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