27 mayo 2020

ALFÉIZAR


Inquieto, espera cada mañana junto al alféizar de la ventana donde se posa, desde hace semanas, el mismo pájaro. La primera vez vinieron dos, pero uno nunca más volvió. Por atraerlo, puso comida sobre la superficie; mas era el pájaro escurridizo de siempre el que picoteaba el grano. Ese que aterriza con estrépito y desaparece caprichoso en cualquier momento, haciendo gala de su libertad de movimiento. Él no es persona de incertidumbres, y ansía la paz de la presencia fiel del pájaro amigo. Así que ha comprado en línea una jaula y ha madrugado para embadurnar de pegamento el alféizar.

26 mayo 2020

EL ESCENARIO


Ana observa atenta desde un rincón del patio. Mira al maestro acotar con tiza, para un último ensayo, la zona donde se situará el escenario de la representación teatral de fin de curso. Sus compañeros de clase corren a su alrededor, la empujan y se mofan. Acaban apiñados junto al docente y la miran, la señalan e intentan imitarla. Se ríen de sus soliloquios, de sus ejercicios respiratorios, de sus nervios antes de ensayar. Se burlan de los gestos de su cara, del vuelo de sus manos, de los tonos tan distintos que usa para interpretar. Ella, ajena a todo, valora apaciblemente las dimensiones que va tomando su próximo universo de libertad.

25 mayo 2020

ESPEJISMOS


Arrastro el peso de los espejismos
que el tiempo ha condensado
y convertido en persistente recuerdo,
en constante presencia entresacada del vacío.
Espejismos que deslumbraron
deshaciendo los límites,
que alteraron los caminos
y diluyeron la perspectiva.
Que trastocaron las percepciones,
las sensaciones,
el mensaje de los rayos de sol,
la dimensión de los amaneceres.
Espejismos que no se van nunca,
que agarran por los pies
y aún tapan los ojos.
Que envejecen con uno
y se acumulan polvorientos,
desencuadernados;
hasta hacer de su presencia
freno, cadena y filtro.
Recuerdo lejanamente,
alguna vez,
con un punto de violenta lucidez,
cuando aún no tenía espejismos:
solo mi miedo y la inmensidad.

20 mayo 2020

NUESTRA RESPIRACIÓN


Nuestra respiración,
cuando se acompasa,
es la fuerza callada,
el abrigo invisible,
el orden transparente.
La mano capaz de templar
el impulso de las mareas.
Ese fino hilo del que pende
toda la maquinaria del universo.

19 mayo 2020

Y FINAL (HISTORIAS DEL ESTADO DE ALARMA XI)


Alguna vez dejo caer al patio interior algún objeto poco pesado del que me quiero desprender, de esos que ya estorban o son portadores de malos recuerdos, para que el niño del primero lo haga desaparecer limpiamente, no sin antes mostrarlo, vanagloriándose de ello. Esta mañana he oído corretear al pequeño dueño de patio y me he asomado (¿qué habrá cazado esta vez?). Me lo encuentro mostrando orgulloso, como si de un trofeo se tratase, un cojín azul con borlas rojas y una gran estrella amarilla bordada. Su dueña, una chica que vive en el segundo, trata de convencerlo para que se lo devuelva contándole la historia de una estrella: “Mira, cuando yo era como tú de pequeña, me regalaron un estuche que era una estrella que se abría. Al dármelo, me advirtieron muy seriamente que, cuando dejas que una estrella entre en tu casa, debes esconderla todas las noches en un lugar al que no llegue ningún tipo de luz, porque basta con que algo la ilumine un poco para que crezca y crezca hasta romper incluso las paredes de tu casa y todo el edificio. Un día, antes de que yo escondiera, como cada noche, mi estuche de estrella en el fondo más oscuro de mi armario, mi madre entró en mi habitación y encendió la luz. Yo me di cuenta y corrí a guardarla, echándole varias mantas encima, por si acaso. Pero, al poco de acostarme, escuché como un ruidito dentro del armario. Me dio mucho miedo, pero, temiendo que fuera la estrella, me armé de valor y me levanté a mirar. En efecto, algo se movía debajo de las mantas que había puesto yo misma encima. Las aparté cuidadosamente y vi que la estrella se había desprendido del estuche y hecho más grande y brillante. Noté cómo crecía. No sabía qué hacer, cada vez era más grande y no iba a tener tiempo de avisar a mis padres. La saqué del armario antes de que lo rompiera y la dejé en el suelo. Cada vez pesaba más. El corazón me latía rápidamente, y pensé que si no hacía algo pronto acabaría por destrozar mi cuarto y todo lo demás. Menos mal que se me ocurrió: abrí la ventana de par en par y levanté la persiana hasta arriba. ¡Hacía mucho frío! Cogí la estrella y, como pude, porque pesaba mucho ya y empezaba a quemar, de caliente y brillante que se estaba poniendo, la subí hasta asomarla por la ventana. La notaba crecer entre mis dedos, y supe que, si no la lanzaba rápido, terminaría por romper la ventana y la pared entera. Así que cerré los ojos y la empujé con todas mis fuerzas, notando cómo hacía chirriar el marco, hasta que, por fin, desapareció de entre mis dedos y flotó en el aire. Al contacto con él se fue empequeñeciendo sin dejar de flotar y, cuando se quedó pequeña, pequeña, subió muy rápidamente al cielo. No veas lo mal que lo pasé. Estuvimos a punto de quedarnos sin casa y yo me quedé tumbada en el suelo, temblando de miedo, agotada y con los dedos chamuscados. Creí que se me iba a salir en corazón por la boca”. A mitad de su narración me había retirado un poco de la ventana. El niño me miraba de vez en cuando, y no quería interrumpir a la chica. Una vez hubo acabado, oí los pasos del niño abandonando a la carrera el patio. Todo quedó en silencio. A los pocos segundos escuché a su madre en el patio dirigiéndose a la vecina: “Perdona, este cojín es tuyo. El niño se lo ha encontrado en el patio y me suena haberlo visto en tu tendedero”. A saber dónde tiene escondidas el chiquillo mi par de camisetas y aquella pequeña acuarela de cartón tan indescriptiblemente coloreada.

Colas, atajos y empujones para salir de la madriguera: los niños preguntan saltando cuándo pasaremos de Fase. La gente empieza a poner en su currículum como mérito profesional la inmunidad ante la Covid-19 por haber pasado la enfermedad.

Empieza a llover, truena. El padre corre tras su hija, que pasa veloz conduciendo un patinete. De pronto se le cae la mascarilla y se para en seco, empapado, mirando a su alrededor temeroso, para volver a colocársela convenientemente. Después, vuela manoteando tras la niña. Hoy no he podido abrir las bolsitas para la fruta en el Mercadona, imposible. He tenido que pedir ayuda. Una vez abierta la maldita bolsa me han dado ganas de meter los nervios en ella y cerrarla para siempre. A las ocho de la tarde vuelven los aplausos, alguien ha propuesto que hoy sea El Gran Aplauso Final. A lo mejor no es mala idea, pero me pregunto por qué, cuando surge un movimiento espontáneo, al instante aparece alguien, con más espontaneidad todavía, acotándolo, reduciéndolo o sometiéndolo a reglas y disciplinas acordes con sus intereses. El chico que suele poner la música en el edificio de enfrente parece nervioso ante tal evento; mira sonriente e inquieto en todas direcciones, como si acabase de despertar de un extraño sueño. Creo que imagina cómo será agasajado por los vecinos que ahora mismo le aplauden, o incluso piden canciones, cuando todo esto acabe. Cómo le pararán por la calle para felicitarle y le preguntarán qué tal va su vida, su trabajo, si necesita cualquier cosa.

El vecino del puzle aparece en su balcón una vez que ha dejado de llover. El suelo está lleno de piececitas húmedas que sus zapatillas de casa pisan sin cuidado. Tose y los ojos le lagrimean, parece cansado, un poco encorvado. Se me acerca sonriente tras la mascarilla y me habla bajito manteniendo la distancia, casi no le entiendo. Me confirma la historia del rodal de su pueblo en el que no llovía. Según parece, era zona de paso de aviones militares. Surcaban su cielo constantemente, y eso provocaba una especie de espiral en el aire que provocaba ese extraño fenómeno: la zona situada en mitad de la calle principal en la que nunca llovía y hacía un frío glacial. Asiento y sonrío. Se despide y se vuelve lentamente, pero antes de irse, me pide que me acerque y me susurra: “No hagas caso de las cosas que te cuente mi mujer, está llevando fatal esto del confinamiento. Estoy buscando alguien que pueda hablar con ella y ayudarle. Tú ya me entiendes”.

El detective ha sido contratado como “cliente misterioso”. Siempre se ha negado a hacer eso, a pesar de que en algún momento de apuro anterior ya se lo habían propuesto. No la considera una función digna de su talento y experiencia; y, por si fuera poco, supone sacrificar su sagrada individualidad y acatar órdenes nada menos que de la competencia. Con esto de las medidas de desescalada, muchos negocios quieren saber si su personal cumple y hace cumplir las normas o si, por el contrario, los está exponiendo a una importante sanción económica. Entonces ahí llega él pasando desapercibido y mimetizándose pacientemente con el entorno para observar el comportamiento de los demás. Ahora se dedica a aparecer como cliente en algunas tiendas y bares, a grabarlo todo con la cámara oculta que lleva en sus gafas de sol (menos mal que le han dejado desarrollar una de sus habilidades principales) y a emitir informes diarios de lo que va observando. Ha decidido no pasar ni una. Ya ha callado bastante: todas aquellas entradas y salidas furtivas de madrugada que espiaba desde su balcón. Al menos, desde que firmó el contrato, cuando enfoca con sus prismáticos la ventana de la investigadora, ha vuelto a ver las persianas cerradas a cal y canto y llenas de polvo de ese piso hace tantos años abandonado a su suerte. Yo, por mi parte, cuando me lo imagino recorriendo la ciudad con su mascarilla, su ansiedad y su sempiterno mirar de reojo, no dejo de canturrear la versión de “Bad detective” de The New York Dolls.

Acabo de enterarme de la muerte de Julio Anguita. Julio pertenece a aquella época en que los mítines aún eran acontecimientos sociales que solían culminar con algún concierto de rock. Cuando se dirigía al público congregado la fiesta se interrumpía, porque él se tomaba muy en serio cada cosa que decía, cada idea, cada propuesta que desarrollaba en público. Transmitía verdad, sentido común. Como el maestro que nunca dejó de ser, practicaba una pedagogía constante; enseñaba, argumentaba, retaba al oyente. Le daba igual si no era eso lo que estabas esperando oír. Cualquiera de los gurús que rigen actualmente la comunicación de nuestros políticos, hubiese chocando de bruces contra el muro de su honestidad y transparencia. Cuidaba la palabra y jamás la utilizaba en vano. No prometía paraísos ni pastoreaba a las masas, ya que no quería greyes manipulables. Anhelaba una sociedad formada por personas comprometidas, sí; pero también exigentes, libres, con espíritu crítico. Se dirigía siempre a cada persona individualmente, aunque hubiese miles escuchándole a la espera de algún estímulo ideológico de efecto inmediato o de algún eslogan que jalear. Te ponía frente a un espejo. Criticaba lo que no le gustaba de sus adversarios políticos, claro; acaso en alguna ocasión con desdén, pero nunca supurando el odio actual. Siempre ejercía la más rigurosa autocrítica y te empujaba a mirar dentro de ti, apelando a tu obligación como ciudadano. Muchas voces le reprochan que debilitara al último PSOE de Felipe González, con aquella oposición frontal que mostró tanto frente a sus políticas como ante su corrupción e impunidad; reforzando, según sostienen, la posición de José María Aznar como alternativa creíble de gobierno. La famosa “pinza” que muchos socialistas y aledaños no olvidan. Supongo que esperaban de él la oposición leal del buen izquierdista español, que consiste en mirar para otro lado ante cualquier desmán del PSOE para cerrar así el paso a la derecha que todo lo devora. Ejercer de eterno hermano pequeño sin voz ni criterio propio, entregado a mantener a salvo la casa común de la izquierda que siempre dirigen los socialistas. Nadie pierde ni medio minuto en pensar que la mejor forma de parar a la derecha es a través de políticas honestas, inteligentes y comprometidas.

Esto fue lo que oí aquella noche que soñé que escuchaba con toda nitidez susurros que venían de fuera, de alguna calle perdida muy lejos de mis cuatro paredes: “Todo depende de nosotros, como no nos portemos bien nos lo van a hacer pagar caro”.

12 mayo 2020

EL FUTURO Y LA SÍNTESIS DEL PASADO


A caballo de los años setenta y ochenta, espoleada por Kraftwerk, con un poco de filosofía punk y muchas ganas de explorar direcciones desconocidas, se desarrolló la eclosión de los sonidos electrónicos y experimentales en Gran Bretaña; la cual desembocó en un pop comercial y efectivo que arrasó en listas hasta morir de éxito hacia la mitad de la década de los ochenta. Entre tanto sonido sintético obsesionado por desprenderse de cualquier atisbo de pasado musical convencional, no fueron pocos los grupos que, con una intención u otra, sacaron provecho rescatando melodías y composiciones casi olvidadas, pero de probada resistencia al paso del tiempo; reforzando así el atractivo o la profundidad de sus propuestas. Aquí van algunos ejemplos.

Daniel Miller el visionario

Daniel Miller, apasionado impulsor e ideólogo de la música electrónica, y propietario del sello Mute, se preguntó un buen día cómo sonaría con sintetizadores un álbum de Chuck Berry que tenía por casa. Una vez hecha la prueba, el resultado le convenció y le animó a ampliar el experimento, hasta generar todo un proyecto alrededor del mismo. Pero, en vez de hacerlo bajo su nombre artístico (The Normal), con el que no pegaba demasiado, decidió fabricar uno de sus sueños: la idea de un grupo de adolescentes cuya primera elección a la hora de hacer música fuese hacerse con un sintetizador, antes que con una guitarra; algo muy raro de ver en aquellos momentos. Así nació la banda imaginaria Silicon Teens, una especie de The Archies electrónicos, frescos y divertidos que solo llegaron a grabar un elepé en su efímera existencia, “Music for parties” (Mute, 1980). Este disco dedicó sus dos caras a pasar por la batidora synth-pop, toda una gama de clásicos de los años cincuenta y sesenta (“Memphis Tennessee”, “You really got me”, “Judy in disguise”, etc.). El productor fue el propio Miller, bajo el seudónimo de Larry Least. John Peel bendijo la idea cuando pinchó en 1979 el single que contenía la canción principal en su programa. Dijo: “Tenemos tres versiones de “Memphis Tennessee” esta noche, una es la original y las otras dos son versiones; una es muy mala, la otra genial”. Y ésta última era la de Silicon Teens.

Los falsos integrantes de Silicon Teens


The Flying Lizards, la formación experimental y de vanguardia que giraba alrededor de David Cunningham, picoteó en esa fórmula a lo largo de su carrera. Debutaron en 1978 con una versión de “Summertime blues” de Eddie Cochran, lo que ya era del todo sorprendente. En 1979 obtuvieron su mayor éxito con su lectura del “Money (that’s what I want)” de Barrett Strong (o el irresistible contraste entre el carisma contagioso del original y el esquematismo sonoro y la languidez hierática de la voz de Deborah Evans-Stickland); al año siguiente se atrevieron con “Move on up” de Curtis Mayfield y, en 1985, su álbum “Top Ten”, recreó diez clásicos del cariz de “Sex machine” o “Tutti frutti”.

The Flying Lizards


Y el punto culminante de todo esto es, sin duda, el dúo de Leeds Soft Cell. Con mucha más enjundia, hicieron enteramente suyo el “Tainted love” que grabara la cantante y compositora de R&B Gloria Jones (pareja sentimental de Marc Bolan hasta su muerte en 1977) con su adaptación de 1981, que alcanzó el nº1 en Gran Bretaña y un incontestable éxito a nivel mundial. Tanto que mucha gente aún cree hoy en día que el tema era un original de los ingleses, en vez de un magnífico exponente del nothern soul que pasó sin pena ni gloria en 1965. Dejando de lado cualquier tentación paródica, Marc Almond (ante todo un intérprete intenso) se sumergió en cuerpo y alma y extrajo toda la turbulencia posible de la composición de Ed Cobb, llevándola a una nueva dimensión. La otra cara de ese primer single (atractiva, pero mucho menos epatante) seguía la misma tónica: era una correcta versión del “Where did our love go?” de The Supremes.

Soft Cell


10 mayo 2020

EL CAMBIO DE SUEÑO (HISTORIAS DEL ESTADO DE ALARMA X)


Bueno, ya ha llegado la hora de utilizar tu doble rasero, ¿pensabas que no ibas a estrenarlo nunca? La causa, la ideología, la opción política que profesas ya tiene quienes la dirijan y modelen, y no necesitan para nada el aporte de simpatizantes lúcidos y con espíritu crítico. Necesitan proselitistas y fuerzas de choque. Pero no te sientas frustrado, de verdad, es lo mejor para ti. A esos que tienden a ponerlo todo en tela de juicio no los termina de querer nadie. Así que guarda en el trastero tu lado ponderado, si alguna vez lo tuviste, aprende a amagar los golpes, y cíñete a los hechos inmediatos, al corto plazo. El doble rasero es un arma clave para navegar por la vida política española, si no quieres quedarte en medio de ningún lado y que lo más bonito que te llamen “los tuyos” sea engreído, aguafiestas o cenizo. Hay que hacer equipo, masa compacta, cerrar filas, a ser posible sin pillarte los dedos ¡Relájate! El doble rasero está para eso, para darte un respiro. No puedes pasarte la vida tratando de valorar cada situación de una forma ecuánime, valorando pros y contras, sopesando, leyendo, contrastando por tu cuenta. Es agotador y finalmente infructuoso. El doble rasero descorcha el champán y despeja tu tiempo libre. Te ofrece salidas por doquier. Así que no te sientas mal, entre el maremágnum eres un soldado más, nadie te va a criticar ni se va a extrañar de tu actitud partidista. Estás en el juego y luchas por una causa mayor. Así pues, si esta mañana, al lanzarte en ropa interior a las redes sociales te has sorprendido opinando que la actitud de uno de tus amados guías intelectuales y políticos es detestable, o al menos dudosa, no te agobies demasiado. Si la cosa es muy, muy fuerte le das un leve pescozón, pero con gracia, ya me entiendes, como dejándolo caer, recordando a quien te lea que sí, que no estás muy de acuerdo, pero que tampoco es para tanto (mira a los otros, mira lo que hicieron aquel día, lo que toleraron). Si no es tan fuerte, ayuda a diluir la cuestión (pero que parezca un accidente); pasa de puntillas y sácate de la chistera una recomendación cultural con calado político, que sea refinada, pero siempre maniquea. O, directamente, comparte un vídeo de humor y santas pascuas. Al enemigo ni agua. A los que tratas de adoctrinar (que deben ser todos los que se pongan a tiro) ni un respiro, que la gente se despista con más facilidad de la que parece. Hay que estar cohesionados. Reconocer errores en tu fracción puede abrir un flanco de vulnerabilidad, eso nunca, que el pueblo llano es veleidoso e inconstante y mañana pueden llegar a pensar que lo que tu bandera enarbola no es tan incontestable. Pues lo que te digo, una vez usado, lo guardas, lo limpias y lo abrillantas. El doble rasero es arte, herramienta, salida airosa. Es política, amigo.

Cacerolada contra la actuación del Gobierno en un barrio obrero (leo por ahí). La gente se escandaliza, se echa las manos a la cabeza y subraya la condición de “barrio obrero”. Nadie entiende que puedan criticar la gestión de un gobierno de izquierdas, que puedan atreverse mínimamente a erosionar y poner en peligro su credibilidad. A la falta de recursos, a la precariedad, se unen la imposibilidad de dudar, de valorar otros puntos de vista, de pedir explicaciones a los propios. Si vives en el barrio obrero debes estar encadenado a una esperanza futura. Votar y (mucho peor) asentir y comulgar de por vida con las decisiones de gobiernos de izquierda para cerrar el paso a la derecha, que siempre será peor. Básicamente te ordenan callar o hacer política de partido durante toda tu existencia. No son tiempos de opinión, sino de posición.

Esta mañana ha sido verano durante una hora. Ya se ve alguna que otra chica tendiendo la ropa en bikini (sin duda uno de los grandes símbolos anunciadores del verano en las ciudades). Parece que regresa por fin la actividad económica: ya he vuelto a recibir llamadas apremiantes e intempestivas de operadoras telefónicas. Algo desesperadas, un punto impacientes, nada empáticas, desplegando una amabilidad llena de aristas, tratando de ocultar a duras penas su ansiedad, transmitiendo fielmente un presión que viene de muy arriba. Empiezo una serie policíaca de medio pelo, previsible y entretenida. De las que nunca nadie llevará una camiseta. Por la noche sueño que cambio de pronto de sueño y que tengo que descubrir un interruptor redondo blanco para volver al primero. La zozobra me empuja a registrar disimuladamente una sala llena de muebles y objetos desordenados. Un montón de desconocidos me miran en silencio. Parecen a su vez extraños los unos para los otros. Despierto sin hallar el interruptor.

La esposa de mi vecino el del puzle siempre parece medio aterrada. Suele asomarse al balcón con los ojos muy abiertos y con una mascarilla celeste con bordes de encaje que es la más grande que he visto hasta el momento. Se acerca y me habla de lo mucho que está afectando la pandemia a la infancia. Me cuenta, tras su embozo, la historia de un niño que tenía su habitación plagada de muñecos de Playmobil; casi una pequeña ciudad con casas, un fuerte, una estación de bomberos y cosas así. Como se vio obligado a retirarlo todo para que pudieran limpiar el cuarto, decidió poner punto final de manera abrupta a la historia que al parecer llevaba días desarrollando. Por lo visto dijo: “Antes, cuando me pasaba esto, un meteorito lo arrasaba todo, pero esta vez va a ser una pandemia”. Entonces procedió a retirar en camilla, uno a uno, los muñecos que iban falleciendo sucesivamente y, por último, tras mostrar a su familia cómo había quedado de vacía su ciudad después de la pandemia, guardó cuidadosamente los edificios y los objetos que había ido apilando. Sus padres, abrumados por los efectos nocivos que la situación de confinamiento pudiese estar ejerciendo sobre su hijo, lo pusieron en contacto mediante videoconferencia con una prima psicóloga, la cual lleva tratándolo tres semanas para que no sea tan negativo y vea las cosas de otro color. “Que es muy pequeño todavía para pensar así”, apostilla mi vecina. Como despedida, me deja caer que no haga mucho caso de las historias de su marido, que lo del rodal de su pueblo donde nunca llovía se lo inventó después de que se decretase el estado de alarma, y que le ha pedido a su conocida, la madre del niño, el teléfono de su prima psicóloga para que hable con él.

Salgo a la calle y me encuentro con la persona que montó el toldo de mi balcón. Han pasado sus buenos ocho años, pero se detiene ante mí para saludarme, con su sempiterno mono de trabajo azul y su mascarilla blanca, como si no hubiese pasado el tiempo, como si no estuviésemos ya viviendo en otro mundo. Al principio no he caído en la cuenta de quién me saludaba tímidamente en la acera, a unos metros de distancia; hasta que me he fijado en la mirada triste y soñadora que siempre le acompaña. Hemos Hablado de la angustia económica; de las ayudas que no llegan; de sus dificultades como autónomo para sobrevivir en tiempos tan azarosos como estos. Al despedirnos, me ha preguntado por el toldo con un cariño tal que casi lo personifica. He estado a punto de contestar: “Está hecho un hombre ya”.  
Me produce urticaria toda esa gente que sale en la tele pidiendo encarecidamente que nos quedemos en casa a la vez que alardea de lo bien que se encuentra confinada en su vivienda de infinitos metros cuadrados. Con todo tipo de necesidades cubiertas. Encontrándose a sí misma y reflexionando sobre la vida mientras pasea por el jardín o ve la temporada que le faltaba de “Juego de tronos”.

Ha fallecido esta semana por coronavirus Dave Greenfield, eterno teclista del grupo inglés The Stranglers y pieza clave para el desarrollo de su sonido. La primera vez que supe de ellos fue a través de un programa de televisión (creo que “Metrópolis”) que repasaba la historia del punk por capítulos algunos viernes por la noche de hace muchos años. Recuerdo que me extrañó que un grupo con teclista (y tan presente en su sonido) fuese considerado punk, pero me gustaron. Su carrera ahí está: libérrima, exitosa; colmada de composiciones redondas y ricas en matices que fueron sustituyendo energía por sofisticación sin perder el pulso creativo. Dave publicó, junto a su compañero de banda Jean-Jacques Burnel, en 1983 “Fire & water (écoutez vos murs)”, un interesantísimo elepé de querencias sintéticas y cinematográficas que me recuerda a un Brian Eno más lírico y terrenal, con una paleta de colores más variada.

04 mayo 2020

FÚTBOL


La ideología en España gana por goleada a la ética.

HE CRUZADO EN ROJO (HISTORIAS DEL ESTADO DE ALARMA IX)


Las ocho de la tarde empiezan a convertirse en otra frontera divisoria del día. Todo cambia después de los aplausos y las canciones (la jornada gira hacia una luz distinta o simplemente se apaga). Tras el himno de España comienza a sonar el de Andalucía.  Acaba de pasar una ambulancia saludando con las luces y recibiendo los aplausos y el homenaje de la balconada; con ella ha coincidido, en sentido contrario, un autobús urbano que ha soltado una sonora pitada: el conductor, acelerando en la inmensa recta sin tráfico, también quiere esconder un héroe dentro de su uniforme azul celeste.

Junto a los buzones de unos edificios que ya casi solo reciben multas y propaganda, se van acumulando mensajes en las paredes, que acaso amarillearan, como esta historia. Los hay de aplauso unánime, como aquellos de estudiantes que se ofrecen a hacer la compra a las personas mayores que lo necesiten. Pero también están los escritos con impersonal letra de imprenta para no dejar rastro, que invitan a la enfermera del 4º o al trabajador del supermercado del 2º a pernoctar estos días (¿meses?) en otro lugar para no contagiar a los vecinos. Estos anuncios se rozan con los manuscritos con firme y redondeada letra que reconocen el esfuerzo de esas mismas personas y les ofrecen la posibilidad de tenerles la cena preparada para cuando regresen de su trabajo en primera línea. Siempre hay dos Españas, para cualquier cosa. Dos Españas que pugnan la una con la otra, que se miran desafiantes; que se cogen del brazo para avanzar en direcciones contrarias. Contra las frías paredes de azulejo de esos portales golpean con fuerza las palmas de las manos de ambas.

El niño del primero ya tiene casi tres años (calculo) y se mueve con desenvoltura por el patio interior, al que su familia tiene acceso. En la Vida Antigua, su madre se pasaba el día poniendo notas en el portal avisando de cosas que habían caído de los tendederos. Pero ahora no, el niño ha crecido y ha vislumbrado su poder. Y, como piensa que nadie va a bajar nunca a reclamar sus objetos perdidos, si se te cae algo, te lo muestra, sonríe y huye con su botín al interior de la casa.

He conseguido una mascarilla con la que no se me empañan las gafas. Es cojonuda. La he estrenado saliendo a comprar en manga larga casi al mediodía, había olvidado la primavera. El calor recuece el asfalto mientras cruzo en rojo la avenida desierta a esas horas. No me tenía que haber pelado al cero, el sol me quema el blanquecino cuero cabelludo. Siempre el mismo sol, el mismo canto de los pájaros. Pero gente distinta y distante, renuente al intercambio excesivo de palabras cara a cara. Hecha a un mensajeo de móvil cada vez más suelto y a la videoconferencia, con sus acoples, imágenes congeladas e interferencias, como formas de comunicación. Estacas silenciosas ante las colas con mil distopías circulando por la mente en una mañana soleada aparentemente igual a todas. Se acumulan el polvo, los excrementos y las hojas secas en el techo de los coches aparcados en el callejón. Nadie escribe ya sobre el polvo de los coches. Yo escribo desde la cola de la panadería.

Todo el día mirando gráficos en la prensa. Los gráficos permanecen muy vivos, y el número de muertos diario forma parte de la Nueva Normalidad. Una cifra incómoda que se consulta. Una fría y obcecada estadística que deseamos ver descender. Pero nos hemos acostumbrado a ella, los no afectados, claro. Las víctimas necesitan consuelo y reparación, no ser utilizadas o relativizadas o comparadas o escondidas.

“Los guantes no son tan importantes, dicen ahora”; le cuento a la señora mayor que veo, cada vez que voy al supermercado, junto a la estantería vacía donde solían estar. Siempre anda por allí. Me confiesa que cada día, después de hacer su compra, espera un buen rato antes de pasar por caja por si alguien aparece con rutilantes paquetes que huelen a nuevo y los repone. Pregunta y le explican que están agotados, que no saben cuándo volverán a traer. Pero no se fía y prefiere aguardar a que cambie su suerte. A que otros clientes con más peso específico que ella agilicen la gestión cuando, al pasar junto a ella, les dice: “Perdone, ¿sabe usted por qué hace dos semanas que no venden guantes en este barrio? En el súper que hay cerca de donde vive mi hermana cada dos días los reponen”.

Vemos desde la ventana los primeros niños que pasean acompañados de uno de sus padres. Algunos se paran a hablar, en la distancia. Nosotros los miramos absortos, en silencio. Se despiden levantando las manos y continúan su camino, su paseo probablemente planificado. El detective se pregunta si esos encuentros fugaces en la acera obedecen a la causalidad. Alguien ha compartido una aplicación para calcular exactamente los límites del kilómetro que puedes recorrer paseando con tu hijo, en esa hora de que dispones cada día. Seis millones de menores de catorce años paseando acompañados de un adulto a dos metros como mínimo de otros viandantes, llevando quizá un juguete en la mano que no podrán compartir, acaso mostrar de lejos. Adultos que conviven, paseando juntos a partir de las ocho de la tarde con sus mascarillas. Al menos desde mi ventana, veo cierto orden y sentido de la responsabilidad. Percibo la armonía del sometimiento a las limitaciones, a lo desconocido, al problema que se alarga, que se hace fangoso; que emborrona y llena de constantes bifurcaciones el camino que anteayer parecía más seguro y cierto.

Salgo a la calle a última hora, sobre las 22:30. Noto durante el paseo que algo ha quedado congelado. Me cruzo con paseantes silenciosos de última hora que miran el reloj y ensayan la respuesta que van a dar si acaso vieran acercarse a una pareja de policías. No son tiempos de perderse por Granada paseando sin rumbo, mal que me pese.

Los acontecimientos se suceden. Parece que empiezan a pasar cosas. El presidente del Gobierno explica en rueda de prensa las cuatro fases de un “desescalamiento” en pos de la Nueva Normalidad que tiene más pinta de impredecible escalada. El detective observa a través de sus prismáticos cómo la investigadora toma notas ante una gran pantalla de televisión que ha permanecido todo este tiempo apagada, pero que ahora muestra la cara de Pedro Sánchez. La mira escribir velozmente, muy concentrada. Una vez que termina, se levanta y le muestra una cartulina en la que se puede leer: “Dame tu móvil”. Él rastrea su desordenado escritorio hasta dar con un folio donde garabatea nervioso su número. Cuando vuelve a la ventana ella ya espera con sus prismáticos. El detective le enseña el folio y ella toma nota. Un minuto después recibe un mensaje, es una foto. En ella aparece perfectamente esquematizada toda la perorata del presidente sobre las fases y debajo una advertencia entre corchetes: “Estamos jodidos”.

02 mayo 2020