Pasear por el casco antiguo libera los pies y los hombros de presente, de practicidad, de motivo, de prioridades. El casco antiguo los empuja volviéndolos más ligeros que nunca, aun ascendiendo entre angostas calles, cuestas o escaleras. El blanco de las fachadas, que atrae y calma la inquietud de las almas, se extiende sobre otros blancos anteriores, capas de cal producidas por manos avezadas que se repiten sobre paredes serenas y llenas de memoria. El paseante solitario nunca está solo y el silencio nunca es completo. La explosión de las flores que cuelgan de las ventanas, el frescor verde que desborda de las macetas, suceden a otras explosiones y desbordamientos; los olores enlazan sin fin con otros olores, fruto de otras lluvias y otros rayos de un sol que baña siempre la misma esquina, dibujando el mismo ángulo de luz que restalla frente a miradas a menudo sorprendidas ante la adusta grandiosidad de lo cotidiano. Suenan en algún sitio los cascos de animales de antaño que suben pacientes su carga, avanzando con sus ancas temblorosas y peludas. Suena el papel de estraza que envolvía con perfecta sobriedad las pequeñas compras diarias, marcando el devenir de los días. Se escucha la fuerza incontenible de los latidos de los corazones de todos los niños que se apretaban el paquete al pecho mientras recorrían el trayecto de la tienda a su casa cumpliendo así su primer mandado en solitario, con las herrumbrosas y escasas monedas sobrantes bailando en el bolsillo de su pantalón corto mientras corrían. Un tiempo que pasa, cae y muere; hasta que despierta y sale al encuentro del paseante cuyos pies y hombros han sido liberados de su función y prestancia habituales para ascender libres y ligeros sobre el empedrado.
Texto aparecido en el libro colectivo "De la cal al plástico", editado por Colin Bertholet en 2022.




