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15 diciembre 2024

MENSAJE EN UNA BOTELLA (67)

 JOSÉ IGNACIO LAPIDO "Ladridos del perro mágico" (Pop Quark-Big Bang, 1999)


Canciones compuestas para permanecer, para ser encontradas por alguien que las conservará en el recuerdo el tiempo suficiente para poder comunicarlas a otro y que así nunca dejen de sonar. El debut del que fuera líder de 091 despliega, como siempre, una colección de canciones en las que se deja mucho; textos que devuelven interés y credibilidad a las baladas, nacidas en ese punto en que las carreras de Bob Dylan y The Rolling Stones se encontraron. Sonido contenido, formado por un entramado de guitarras vehementes, sensiblemente hirientes o lacerantes; que, en los tiempos rápidos, envuelven en contundencia y espinas ese ya clásico sentido pop del autor, esos estribillos inmarcesibles o los cuidados coros ("Sigo esperando"). O crean expresivos fraseos de blues bajo los auspicios de Bo Diddley ("Mi nombre es Sísifo").




Publicado en 1999 en la revista El Batracio Amarillo


Ladridos del perro mágico  ha sido reeditado por Pentatonia Records en 2024. Remasterizado y con dos temas extra, en formato doble vinilo, CD

23 agosto 2021

MENSAJE EN UNA BOTELLA (61)

Arancha Moreno “Conversaciones con José Ignacio Lapido” (Efe Eme, 2021)

 

Ella pregunta y siempre escucha hasta el final. Va paso a paso, estructurando la charla cronológicamente, pero sin constreñir nada; creando el clima de complicidad adecuado. Cede todo el protagonismo a su interlocutor, algo no tan frecuente en estas lides. La autora deja espacio para el encuentro del lector con José Ignacio Lapido. No se coloca entre ambos, afanándose por hacerse notar. Se trata de una serie de conversaciones que se enriquecen y avanzan distendidas a base de digresiones, golpes de humor, reflexiones espontáneas y giros inesperados. No hay prisa, se nos narran las vicisitudes de un recorrido artístico al que no han conseguido doblegar ni el tiempo ni las modas, con todo lo que eso tiene de epopeya. La historia de un descreído que, por fortuna, nunca perdió la curiosidad. Más tarde, la autora se encargará de reordenar el contenido de cada capítulo mediante precisas e impagables introducciones.


 

El entrevistado, durante todo este accidentado y valiente proceso (que va de las charlas telemáticas provocadas por el estado de alarma recién decretado a los encuentros cara a cara), exhala el humo de su cigarrillo y rememora las idas y venidas de toda una vida dedicada a la música. Explica. Contesta. Inquiere y se cuestiona. Se muestra bastante autocrítico y nada autocomplaciente. Habla con detalle de sus inicios, de 091, de su carrera en solitario. Reflexiona acerca de sus textos, del proceso creativo y de las dificultades que atraviesa el autor durante el mismo. Expone con naturalidad cavilaciones y opiniones de todo orden: el devenir de la industria musical (con sus navajeos) y del consumo cultural en general. El acceso a la música, su consideración por el oyente, la forma de escucharla…, y un suculento etcétera.


La autora, provista del bagaje de una documentación exhaustiva, indaga y ahonda, como debe ser, en facetas poco conocidas de la persona que tiene enfrente. Así hasta terminar de componer el puzle de todo lo que ha ido conformando a un artista cada vez más inabarcable, en el sentido que el propio José Ignacio da a la obra de Dylan durante una de las charlas. Es un libro que parte de la admiración, pero huye del panegírico; que escarba y trata de ir más allá.



El amplio itinerario de este viaje aborda profusamente lo general sin dejar de demorarse en el detalle, sirviendo tanto al iniciado como a quien se acerque por primera vez al universo lapidiano. Arancha Moreno, directora de la revista Efe Eme, y autora también de libros sobre Coque Malla e Iván Ferreiro, completa con este, que será revisitado con frecuencia en el futuro, el retrato de un compositor cuya pluma constituye un hecho literario de primer orden que ante todo es canción y es rocanrol.

05 diciembre 2020

CATORCE POR THE KINKS

1. THE DOORS “Hello, I love you” (“Waiting for the sun”, 1968) vs. THE KINKS “All day and all of the night” (single “All day and all of the night”, 1964).

2. LOS CHEYENES "Eres como un sueño" ("Eres como un sueño" ep, 1966)

3. PINK FLOYD “Fat old sun” (“Atom heart mother”, 1970) vs. THE KINKS “Lazy old sun” (“Something else by The Kinks”, 1967).

4. DAVID BOWIE "Kooks" ("Hunky dory", 1971)

5. THE STRANGLERS “Bring on the nubiles” (“No more heroes”, 1977)

6. TALKING HEADS “Mind” (“Fear of music”, 1979)

7. THE CLASH “London calling” (“London calling”, 1979) vs. THE KINKS “Dead end street” (single “Dead end street”, 1966).

8. THE VAPORS “Turning japanese” (“New clear days”, . 1980).

9. TOM WAITS “Tango till they’re sore” (“Rain dogs”, 1985) vs THE KINKS “Alcohol” (“Muswell hillbillies”, 1971).

10. BLUR “Country house” (“The great escape”, 1995).

11. GREEN DAY "Warning" ("Warning", 2000) vs THE KINKS "Picture book" ("The Kinks are the village green reservation society", 1968)

12. JOSE IGNACIO LAPIDO “Música celestial” (“Música celestial”, 2002)

13. THE KOOKS “Shine on” (“Konk”, 2008)

14. LOS ENEMIGOS "Océano" ("Bestieza", 2020)



22 enero 2020

POETA SIN REMEDIO


José Ignacio es irremediablemente un poeta, por mucho que le cueste considerarse así. Sus letras, tan admirablemente encauzadas en el cariz intemporal de su música, poseen la palpitación de la mejor poesía: son terreno fértil y enigmático, de inagotables lecturas. Las sucesivas escuchas dejan puertas abiertas tras sí, resquicios en los que ahondar. Sus textos van conformando un exuberante fresco, una paciente ilación de imágenes poderosas y definitivas, de breves viñetas donde anidan lo equívoco y lo inasible, de sensaciones, metáforas y personajes empequeñecidos por la confusión y la incertidumbre; un lugar donde lo cotidiano no para de cruzarse con lo eterno en una puerta giratoria sin final. Se ponen en liza las grandes cuestiones de siempre exentas de brochazos, vacuidad o lugares comunes. Quedan sometidas al poder subterráneo de su ironía, a una mirada tan precisa como imaginativa y descreída, y a la reflexión de un hombre perplejo ante el mundo que encendió la mecha de su talento justo cuando fue consciente de su vulnerabilidad. La realidad siempre está, se huele, no para de filtrarse y empapar, pero es enfocada mediante movimientos maestros que la disfrazan, desnudan o bordean sin olvidar nunca su crudeza.
Respecto de mi canción preferida de 091/Lapido, me resulta difícil elegir entre un repertorio que se me antoja, con diferencia, el más brillante en su conjunto del rock en español. Pongamos la canción que más he escuchado estos últimos meses, “Escalera de incendios”.




Texto incluido en la reedición de 2018 del libro "En cada lamento que se hace canción. Una interpretación de las letras de José Ignacio Lapido" de Jordi Vadell.




08 noviembre 2019

091 “La otra vida” (Warner, 2019)


Si José Ignacio Lapido no estuviera desarrollando una carrera en solitario a tan alto nivel, hubiese experimentado una mayor curiosidad (o más bien temor) ante la posibilidad de un nuevo disco de 091. La continuidad creativa del compositor del grupo acrecienta el interés, pero desactiva un factor sorpresa que, al menos yo, no necesito para nada. No estamos ante un caso de reunión que retoma ideas que quedaron a medio hacer, secándose en el tintero: la posibilidad de trabajar todos juntos de nuevo se abastece de un caudal creativo que nunca ha menguado. Estamos, por tanto, ante un trabajo que está muy lejos de ser un ejercicio de nostalgia. Se ha evitado eso tan triste de imitarse a sí mismo; tomando para ello un camino más arriesgado (con un disco así, que poco va a aportar a la leyenda del grupo, se tiene mucho más que perder que ganar), que les libra de sonar impostados por el mero hecho de limitarse a complacer las supuestas expectativas del oyente. El autor del repertorio sigue en forma, y aquí, más que nada, solo es susceptible de cambio la forma de arropar los temas en el local (uno se imagina a más gente opinando, incluido un productor ajeno a la banda, el francés Frandol).

Cuando el seguidor se enfrenta a un disco con canciones nuevas de un grupo tantos años inactivo, suele caer en la tentación de colocarse mentalmente justo en el año de aparición de su último lanzamiento o, peor, en la fecha de publicación de su álbum favorito o del concierto aquel que le encandiló. No podemos evitar comparar, y terminamos confrontando unas primeras escuchas con un repertorio que posiblemente nos sabemos de memoria. Desde ese punto de vista, los resultados suelen ser decepcionantes o incluso patéticos, cuando el grupo trata de reproducir las intenciones y energía que le empujaban muchos años atrás (esa entelequia de recuperar tal cual la antigua complicidad generada por una banda en activo que gira y graba discos con regularidad). Afortunadamente no es el caso, aunque creo que se ha tenido presente más que en otras ocasiones el público potencial a quien va destinado este disco. Desde siempre he pensado que la coherencia es uno de los pilares de 091 (y su condena, me solía decir un amigo). Y es que es absurdo pretender estar en la misma situación física y mental que antes: no se es igual de luminoso, ni de enérgico, ni de furibundo; la ilusión es distinta y la dinámica creativa por fuerza debe ser otra: la de un tipo con veinticinco años más bagaje, con todo lo que eso conlleva. Se tienen más poso y oficio, eso sí. Ya no hay asomo de ingenuidad, y acaso un mayor descreimiento (ese descreimiento que cuando surge de una lucidez que quema lleva las canciones un paso más allá).



Los discos de Lapido/091 son un terreno fértil, muy ajeno a efectismos y recursos fáciles, a pesar de moverse en un espacio sonoro reconocible y clásico. Su versatilidad literaria y esmero compositivo burlan el lugar común, Y la música sabe arropar las letras con las justas dosis de solemnidad. Sé que las canciones se van a expandir (¿cuándo escribir sobre un elepé que sabes que va a seguir creciendo?), y sé también que, cuando menos me lo espere, algunas serán clásicos del repertorio de la banda: las de Lapido no son de las que se paran en seco y se archivan en la mente tras unas cuantas escuchas. Se van posicionando, abriéndose paulatinamente, sin prisas. Muestran detalles, recovecos, y al final descubres en ellas esa marca característica, su marchamo propio. Son composiciones cuyos pasillos gusta recorrer, acogedoras, vivas. Aunque no clasifiques ninguna entre las mejores del grupo, en el caso de que necesites hacerlo.

La incorporación de las teclas de Raúl Bernal es uno de los aciertos de esta aventura. Siempre ocupan su lugar con naturalidad. Se trata de un músico sobrio, poco amigo de recargar las canciones. Su presencia es tan persistente como discreta, subrayando, matizando, dialogando o llevando en volandas las composiciones. En “Soy el rey” su piano desprende aromas de Muscle Shoal, y en “Por el camino que vamos” (mi favorita a ocho de noviembre de dos mil diecinueve), los apuntes de sintetizador, a modo de terminaciones nerviosas del tema, recuerdan a The Who.

Las escuchas se suceden y se abren paso el sigilo y delicadeza folk de “Una sombra”, con esa leve irrupción del estribillo, tan evocador que hiere; o el riff resolutivo de “Condenado”. El primer single, “Vengo a terminar lo que empecé”, es un tema efectivo y rotundo, rápidamente reconocible, con partes instrumentales muy marcadas y reminiscencias glam. Acaso un empeño de la banda por dotarse de un nuevo himno para los directos. Yo me hubiese ahorrado la intro y la hubiera reservado para los conciertos. Habría reorganizado las piezas, empezando el tema directamente desde el estribillo. “Leerme el pensamiento” tira de eficacia y se acomoda en la influencia universal de The Byrds, contando con el sabor de The Band en el órgano. Como siempre, imágenes impagables: “Déjale propina al fauno”. El dúo formado por “Al final” y “Dejarlo morir” me recuerda directamente a los 091 más inmediatos (la armónica de José Antonio García en la primera me traslada vertiginosamente a 1986). Y “Naves que arden”, con su ADN tan 091, no anda lejos de los Wilco más pop.



Un trabajo, en definitiva, caracterizado por un sonido atemperado, meditado, sólido. Bien articulado, pero demasiado medido, como retenido por momentos; que en ningún instante parece dejarse llevar. No cruje, pero convence. Más que hallazgos hay confirmaciones, aunque aquellos tampoco faltan. Se cuida ese matiz que al principio pasa inadvertido, pero al cabo nutre y asienta la personalidad de cada tema, rescatándolo de la intrascendencia. Una colección muy apreciable, en mi opinión. Y eso que esta “otra vida” no está grabada por las mismas personas que eran hace veinticinco años.

14 enero 2019

14 DE ENERO EFEMÉRIDES


14-01-1963: Después de mucho suplicarle Brian, Mick y Keith, ese día tuvo lugar la primera  actuación de Charlie Watts con The Rolling Stones, en la sala Flamingo de Piccadilly. Su entrada supuso un cambio definitivo en las prestaciones del grupo en directo. Charlie (que más tarde sería el principal inspirador de Moe Tucker), era un músico impecable, mucho más sofisticado que sus nuevos compañeros, que gustaba de vivir a su ritmo y tocaba en aquel momento con Blues by Six. Los Stones, con tal de aportarle una seguridad económica que fuese atractiva para él,  se esmeraban en encontrar conciertos para poder ofrecerle al menos cinco libras semanales. Charlie tuvo su primera batería a los catorce años, regalo navideño de sus padres a su único hijo. Odiaba el rock and roll tan en boga, y estaba obsesionado por el cool jazz, afición que le ha durado toda la vida. Watts admiraba de tal manera a Charlie Parker que escribió a los veinte años un libro infantil titulado “Ode to a High-Flying Bird”, acompañado de pequeñas ilustraciones que explicaban la historia de bebop. Cuando Alexis Korner le propuso formar parte del conjunto de rhythm and blues que estaba montando, tocaba la batería con escobillas en un combo de jazz en la cafetería The Troubadour, situada en Knightsbridge. Tras una primera negativa, se incorporó a la primera formación de The Blues Incorporated en enero de 1962. Aquel verano, cuando la cambiante formación de Korner aumentó su prestigio, Charlie abandonó el barco porque prefería no abandonar su trabajo en el diseño gráfico y dedicarse por entero a la música. De ahí su paso al conjunto de jazz Blues by Six, que sí podía compaginar. Unos meses después, los Stones, con Brian a la cabeza, lograron convencerle y su vida ordenada  y pausada cambió para siempre.



14-01-1966: Aprovechando el lanzamiento junto a The Lower Third de su sencillo más prometedor hasta la fecha (ese “Can’t help thinking about me” con reminiscencias mods que comienza a dibujar su personalidad, acompañado por ”And I say to myself” en la cara b), David Jones, con 19 años recién cumplidos, decide cambiar su nombre artístico por el de David Bowie para evitar confusiones con el cantante de The Monkees, Davy Jones. La teoría más extendida señala que el nuevo apellido lo tomó prestado de James Bowie, conocido por sus habilidades con el cuchillo y fallecido mientras luchaba en calidad de comandante de los secesionistas tejanos contra México en la batalla del Álamo, en 1836. A partir de entonces, David Robert Jones, aquel muchacho crecido en Bromley, suburbio situado al sur de Londres, lleno de ambición y curiosidad, que nunca volvió a ser el mismo tras escuchar “Tutti Frutti” de Little Richard, sería para siempre David Bowie.



14-01-1977: Fecha de publicación del elepé “Low” de David Bowie, e inicio de la trilogía berlinesa. Esta nueva reinvención supuso un acertado intento de fusión entre lo electrónico y lo visceral; la fría instrumentación alemana de Kraftwerk y otros elementos del krautrock enhebrados con el calor rítmico del r’n’b y el funk. Una constante sensación de improvisación mágicamente encajada. Brian Eno se incorpora aquí al  mundo Bowie; funcionando a la vez como elemento inspirador, encargado (de importancia capital) de sintetizadores y complemento creativo de David. El disco se grabó en los estudios Chàteau d`Herouville, situados en esa ciudad francesa, y fue rematado en los Hansa de Berlin, situados junto al muro y tan inspiradores en sus proyectos inmediatos. Desde luego, “Low” fue un nuevo comienzo: RCA recibió el disco de manera bastante distante, suspirando por una segunda parte de “Young americans”, desagradó  a su esposa Angie y su anterior representante, Tony Defries, al que todavía le unían compromisos contractuales, lo calificó directamente de “mierda”. Aunque el disco obtuvo el reconocimiento a su complejidad y riesgo por parte de la prensa especializada, la compañía no sabía realmente qué hacer con él, y el hecho de que Bowie no lo promocionase tampoco ayudó demasiado. “Low” es un disco de esos que vive en su propio tiempo.



14-01-1978: Fecha del último concierto de los Sex Pistols (antes de su reunión de 1996). Fue en el Winterland Ballroom de San Francisco, y se cerró con un único bis, la versión de “No fun” de The Stooges. En 1997 se publicó “Live at Winterland 1978”, disco en directo que recoge la actuación. Su polémico representante, Malcolm McLaren, hizo pasar la gira por ciudades sureñas como Atlanta, San Antonio, Dallas o Tulsa, donde era más que probable encontrar un público hostil a la provocadora propuesta de un grupo siempre en el filo de la navaja y ahora en pleno proceso de descomposición. McLaren imaginó más portadas en la prensa, más escándalo y más publicidad suicida. Y nada de eso obtuvo, realmente. El devenir de la gira fue desastroso: Sid Vicious, a quien le había sido prohibido llevar encima nada de heroína, arrastraba un mono considerable y acabó autolesionándose con una botella; al poco de llegar ya estaba escapándose en busca de su dosis con parte del dinero común. Las cosas fueron de mal en peor: un Vicious desatado que no dudaba en agredir, llegado el caso, a un público siempre escaso e indiferente, cuando no directamente violento; actuaciones mediocres sino desastrosas; y una tensión y frustración constantes que terminaron haciendo saltar todo por los aires menos de veinticuatro horas después.



14-01-1985: Fecha de lanzamiento del primer elepé de 091, “Cementerio de automóviles” (DRO), grabado como premio a su victoria en la tercera edición del concurso de rock Alcazaba de Jerez. La grabación del disco ya estaba prevista, aunque su sello no se terminaba de decidir, acariciando la idea de sacar solo un maxi. El premio supuso el aldabonazo necesario para su edición, ya que consistía en la grabación de un álbum precisamente con su propia discográfica. La grabación se inició en los estudios TRAK el 18 de noviembre de 1984, y se emplearon sesenta y cuatro horas, repartidas en ocho días a sesiones de ocho horas, unas diurnas y otras nocturnas. En los créditos el disco aparece producido por 091 y el técnico de sonido fue Eugenio Muñoz, habitual de la casa, lo que da a entender que todos metieron la mano y entre todos lo produjeron. La banda quería contar con Peter McNamee como productor, pero desencuentros con DRO lo impidieron. Lamentablemente siguieron el mismo camino que “Manifiesto Guernika” de T.N.T. Ambos grupos valoraban el trabajo del británico en el disco “Rimado de ciudad” en 1982, y a los dos les fue imposible trabajar con él por impedimentos de la misma discográfica. Los nueve temas incluidos fueron compuestos por José Ignacio Lapido, quien, a pesar de la bisoñez que aún mostraba el grupo, dejó muestras indelebles de su talento compositivo. Los arreglos corresponden a la banda, salvo los de los temas “El desafío”, “Ella está detrás de la puerta” y “Arenas movedizas” que estuvieron a cargo del músico de jazz Nicolás Medina. Otros colaboradores fueron José Luis Medrano (trompeta y fliscorno), Manuel Fernández (saxos) y Luis Poyatos (piano). Con todo, El grupo no salió contento con el sonido obtenido, algo tan habitual en la época. Se echan de menos una guitarras más en primer plano, mayor cohesión, pero en general el resultado es bueno, y la mayoría de las canciones han superado muy bien el paso del tiempo. La deuda sonora con el afterpunk del momento es evidente pero, a pesar del excesivo dramatismo de la voz en algunos instantes, el conjunto resulta menos impostado de lo que cabría esperar. En su oscuridad, ambientación, matices y letras palpitan un vigor y una ansiedad reales, perdurables. El single “Ella está detrás de la puerta” sirvió de atractivo avance de un trabajo que, aun significando un importante empujón para la carrera del grupo, tuvo un discreto recorrido comercial, lastrado por la falta de promoción y la relación cada vez más difícil con una independiente con vicios de multinacional, como casi todas. Al negarse a seguir vinculados al sello, 091 tuvieron que comprar su carta de libertad a cambio de 200.000 pesetas.



29 noviembre 2017

MENSAJE EN UNA BOTELLA (37)

JOSÉ IGNACIO LAPIDO “El alma dormida” (Pentatonia, 2017)


“CRUCE DE CAMINOS, NOS EQUIVOCAMOS”


El título de este humilde texto condensa, a mi parecer, las mejores cualidades del Lapido letrista: evocador siempre con un pie a tierra, genuinamente irónico a la hora de enfrentar dudas y asimilar certezas. Se agradece que en la portada aparezca caminando tranquilamente, paseando su perplejidad de ciudadano, como lo haría por cualquier calle, sin necesidad de llevar el estuche de su guitarra, como gritando: “miradme, soy un trovador”.

Cada disco de José Ignacio Lapido se me antoja una pequeña ciudad. Un lugar nuevo que se va poblando de viejos conocidos tras cada escucha. Me gusta pasear por esas callejuelas que son sus letras, dejarme imbuir por sus imágenes, que terminan siempre fundiéndose con las mías, o doblar las esquinas de evocaciones arrasadoras que espolean mis recuerdos. Toparme con algunas verdades. Rodearme de sus personajes, aun sabiéndome caminando solo. Reflexionar sobre sus reflexiones, escuchar su eco admonitorio. Ir masticando retazos de la realidad y sus despropósitos entre enredaderas de dobles sentidos y metáforas definitivas. Sentirme mecido en interrogantes. Percibir, escucha tras escucha, el proceso de solidificación de frases memorables que se alojan para siempre en algún lugar de la memoria. Subir cuestas o dejarme ir por recodos y sinuosas calles sombrías, con la seguridad de que terminarán por desembocar en la placita soleada de un gran estribillo. Y vuelta a empezar: avanzar, descubrir, tararear, dejarse ir…



La música juega sus cartas con pericia, esquivando la rutina y la linealidad sin artificios, calcos o estrambóticas coartadas; creo que en buena medida gracias a la participación en los arreglos de Raúl Bernal. Abundan los pequeños detalles, perfectamente ajustados a la maquinaria compositiva, dentro de otro ejercicio de sobriedad sonora, que no parquedad. Arreglos tan imaginativos y estratégicos como prudentes y medidos, que buscan realzar sin restar protagonismo a lo importante, que expanden, perfuman y dotan de relieve. Gozosos subrayados. Nada compromete un estilo macerado disco a disco, tan propio como irrenunciable. Lapido no corre riesgos, no siente la necesidad de ensanchar su sonido al albur de nuevas y fugaces tendencias, ni siquiera abraza sin condiciones sonoridades que le son más cercanas. A estas alturas, todo pasa por un tamiz bien definido. Nunca ha caído en la tentación de ocultarse tras un personaje, ni se ha conducido por el mundo del rock como recién caído de una canción de Dylan. El autor se comunica, porque aún tiene cosas que decir, a través de caminos sonoros ya familiares: cuidadas armonías, exquisitez melódica, rotundidad y una idea de la gravedad expresiva más desnuda que pomposa.


Destacan la vibrante efectividad de “Nuestro trabajo”, templada con piano y palmas,  el mecido melódico a lo Byrds de "La versión oficial", la vigorosa profundidad de “Lo que llega y se nos va”, o el tramo espolvoreado de country, más crepuscular que festivo, de la magnífica “No hay prisa por llegar”, “Estrellas del purgatorio” y “Enésimo dolor de muelas”. Por cierto, se recomienda bucear con calma en “Escalera de incendios”.

17 enero 2017

SENSIBILIDAD, ELECTRICIDAD Y UN PUNTO DE MAGIA

Pienso que los que nos hemos pasado media vida dándole vueltas a esto del rock, hasta el punto de atrevernos a escribir sobre él, tenemos una relación especial con aquellos primeros grupos que escuchamos sin filtro alguno, antes de leer sobre música o seguir programas de radio. En mi caso, 091 fue uno de ellos. A pesar de ser una banda conocida, no tenían esa omnipresencia agobiante de los grupos de éxito (los tenías que desmenuzar tú, escucha tras escucha), ni tampoco venían precedidos del halo de leyenda sobre la que todo el mundo sentaba cátedra. Eran simplemente un grupo nuevo, tipos mayores que yo que vivían cerca de mí. Libre de bagaje, los escuchaba estableciendo una relación cómplice y directa con sus canciones, ajena a ninguna tentación de explicar, definir o ponderar.


Quizá por eso, cuando comencé a leer sobre ellos los comentarios se me antojaban insuficientes, esquemáticos; me quedaba la sensación de que no sabían llegar al meollo de la cuestión, ya que ninguna opinión acertaba a precisar el efecto que me producía esa conjunción de palabras, melodías y electricidad. Tal vez por esta razón, cuando tuve ocasión de escribir por primera vez sobre 091 (una reseña que no conservo de “Todo lo que vendrá después”), me costaba tanto acometer el texto, analizar lo que tenía entre manos. En vez de concretar, me dedicaba a añadir adjetivos y sensaciones cada vez que retomaba la escucha, acaso tratando de expresar, con escaso éxito, la experiencia acumulada desde hacía tanto tiempo; sintiéndome ante una material inabarcable, en comparación con el de otros grupos sobre los que empezaba a escribir. Definitivamente, las canciones de 091 siguieron llegándome por el mismo conducto que la primera vez, de esa forma íntima que terminaba anulando cualquier intento de explicar, definir o ponderar.


Pasados tantos años y habiendo reflexionado mal que bien sobre todo tipo de música, considero que 091 se convirtieron inconscientemente en un punto de referencia para mí, un indicador a la hora de valorar las canciones de muchísimas bandas, la capacidad lírica y expresiva de sus textos; o su estructura musical, su potencia y calidad melódica, su honestidad. Estos días, repasando los discos de la banda granadina, me he retrotraído a decenas de momentos del pasado; muchos recuerdos y sensaciones han saltado como esquirlas en mi memoria. He revivido primigenias emociones e ilusiones; vuelto a sentir confusión, rabia, resignación; el poder de las canciones ha conseguido otra vez hacerme cantar en voz alta aquellas estrofas que decían más de mí que yo mismo. Además, he percibido nítidamente el crecimiento y la definición de un estilo, el proceso de despojamiento en el encuentro con la propia voz, los lastres y artificios que se abandonan, los pasos dubitativos que se tornan valientes, la capacidad de concreción y plasticidad crecientes, la habilidad y sabiduría progresivas para condensar y transmitir reflexiones o imágenes poderosas, para explicar el desaliento y la confusión, para compartir contundentes y agridulces viñetas plenas de significado con sensibilidad, electricidad y un punto de magia. 



Texto incluido en el libro "091: Aullidos, Corazones y Guitarras" de Juan Jesús García, publicado por la editorial Ondas del Espacio en 2016.

20 diciembre 2016

TODO ESTABA AHÍ

Se terminó el exitoso “año Cero”.  Uno escribe la frase con satisfacción y cierto alivio. Finalmente, las cosas han salido a pedir de boca para el grupo y, también,  para el rock español, que ha tenido la oportunidad de refrescar su selectiva memoria y redescubrir a una gran banda en un momento extraordinario. La “Maniobra de resurrección” de 091, ha sido una apuesta sin duda meditada, pero  no por ello menos arriesgada e inesperada en su planteamiento. Nunca un grupo español que no gozó en su momento del éxito masivo, ha disfrutado de un regreso a la actividad con mejor resultado en todos los aspectos. Los seguidores han terminado 2016 habiendo asistido a buenos conciertos de una ambiciosa banda de rock en activo; y pudiendo llevarse a casa unas muy dignas reediciones de discos difíciles de encontrar, libros, e incluso ediciones especiales. Cuando las bolas se lanzan bien, las carambolas favorecen, y en este caso, la expectación, lo inmarcesible del repertorio y la calidad y entrega desplegada en los directos, han prendido una mecha de interés que no ha parado de crecer semana tras semana. Son legión las bandas desaparecidas que merecieron más, y muy pocas las que han conseguido la reparación del olvido, y creo que este es uno de esos casos. Se puso en el empeño todo lo que se debe poner para que las cosas salgan bien: imaginación, ilusión, trabajo, organización, planificación. Siempre lo decíamos, “las canciones están ahí”, ya fuera cuando sosteníamos el vinilo rojo de “Más de cien lobos” mientras fumábamos un cigarro en los aparcamientos del instituto; calibrando sesudamente el alcance de algo tan exquisito e inspirado como “Doce canciones sin piedad”  en la puerta de una tienda de discos, sosteniendo entre las manos un vinilo que olía a nuevo; o escarbando gozosos en las raíces y en las posibilidades de impacto de una jugada maestra como “La vida qué mala es”.

Todo estaba ahí, incluido el momento histórico, en aquella década de los ochenta. Todo menos la promoción adecuada y las compañías discográficas correctas. Todo menos esa actitud de labrarse una presencia en los medios comiéndole la oreja día sí día no a la estrella radiofónica de turno, en las barras de los bares de moda de la capital.

Cayó el olvido progresivo, el segundo plano, la desatención hacia lo que ya se conoce y no tiene el irresistible marchamo de la moda. Pero todo seguía allí, esperando.

Todo estaba ahí, bien vivo, y todo ha salido a la luz finalmente de la forma más natural cuando las cosas se han hecho bien; de una manera no demasiado lejana a como hubiesen sido en su momento con la suerte de su parte. El tiempo ha convocado a su alrededor un tipo de seguidor que ya no observa la actualidad como antes, y que si lo hace se ciñe a lo que piensa que le va a gustar. El aficionado que a estas alturas sabe lo que quiere, impermeable a los vaivenes de la moda, por experiencia o porque en su vida mandan otras prioridades. Los fans de la época han vuelto para rendir homenaje, a recordarlos y a recordarse, a vivir en un período acotado de tiempo algo que consideran auténtico y les permite reencontrarse con una parte de ellos mismos. Los nuevos oyentes han descubierto un legado que pudo ser grabado ayer mismo; y los que han vuelto a escuchar canciones a las que apenas prestaron atención en la nebulosa de los primeros noventa, se han encontrado, asombrados, que dentro del clasicismo sonoro y del giro hacia la contundencia, tan alejados del gusto de la época, de los últimos discos, que más de una mala crítica les deparó, había composiciones que bajo la evidencia sonora de una primera escucha encerraban todo un mundo de imágenes, escenas, metáforas y reflexiones que las alimentarán eternamente. Las buenas canciones siempre están sometidas al fuego lento de quien las va descubriendo y propagando, de quien las va reinventando.



Al acabar el concierto del Palacio de Deportes de Granada, otro lleno más, la banda se abrazó en el centro del escenario y saludó al público. Alguien les lanzó flores. El autor no parecía saber qué hacer con las que cayeron en sus manos, sonreía tímido a un público que guarda a buen recaudo en su memoria gran parte de su cancionero.  El autor vivió esos momentos acaso como algo excesivo a lo que aún no se ha acostumbrado, a pesar de las muchas ocasiones en que esa escena se ha repetido durante estos últimos doce meses. Se le veía relajado, más que nada porque la apuesta personal de aparcar su carrera y realizar el ejercicio de recrear del pasado, algo siempre puesto en tela de juicio, ha salido estupendamente. Se ha conseguido lo que él más reclamaba: la reedición en condiciones de los discos del grupo, y el reconocimiento a un trabajo hecho desde siempre con dedicación. De pie en ese escenario, por su cabeza habrán pasado muchos momentos, quizá observados desde un nuevo punto de vista; ilusiones que se creían perdidas y decepciones que ya no lo son tanto. Estoy seguro de que se habrá reído para sí pensando en lo relativo que resulta todo.

16 mayo 2016

REENCUENTRO

Si alguien me hubiera pedido opinión acerca del regreso de 091, me hubiese mostrado bastante reticente. Esa es la verdad. La razón de fondo no es otra que el miedo que me producía que la cosa saliese mal, que no obtuviesen la respuesta deseada por parte del público, que todo quedara reducido a un ejercicio de nostalgia para unos pocos, y uno de los pedazos de la historia del rock español más reivindicable volviese de nuevo a su rincón, y esta vez apaleado por la realidad. El mundo del rock tiene estas conexiones emocionales, que son parte de su magia esencial. La empatía que llegamos a sentir con nuestros grupos favoritos rebasa muchas veces la lógica. Por alguna extraña razón, tendemos a ponernos en su piel, a padecer sus fracasos o la incomprensión a la que son sometidos por el resto. A temer por ellos. Tiendo al pesimismo, lo reconozco, y por eso lo primero que imaginé fueron escenarios menores, ambientes fríos o críticas acerbas.

Ya han pasado los esperados conciertos de Granada, termómetro ideal para valorar cómo está resultando esta “resurrección”, y es evidente que el balance no puede ser más positivo. Las reediciones por fin hacen justicia con uno de los repertorios que han rayado a mayor altura dentro rock hecho en castellano. El público ha respondido. Y, algo muy importante, sobresale la profesionalidad de la planificación en todos los aspectos, empezando por la propia preparación de la banda, cosa que me alegra, pero no me sorprende; por lo poco que conozco a José Ignacio Lapido, sé que no es amigo de pasos en falso ni de cabos sueltos, y que el compromiso que demuestra con su trabajo y el respeto por su público están fuera de toda duda. Más bien son un espejo en el que debería mirarse más de uno. De estos conciertos de la plaza de toros destaco la organización, el cuidado de los detalles, o la inversión realizada, acorde con lo que se quería ofrecer. Pero, sobre todo, la certeza de haber  visto a un grupo que ha conseguido lo que pocos logran en este tipo de reuniones: se han reencontrado, entre ellos como músicos y con las canciones. Han sabido retomar el pulso allí donde se quedó. Han pulido y añadido detalles, refrescado el repertorio y renovado pequeñas cosas para conseguir ser ellos de nuevo en un escenario.



El éxito de este regreso está siendo objeto de estudio pormenorizado en decenas de barras de bar. He participado en alguno de esos debates, y en ellos he expuesto mi opinión. Pienso que 091 gustó durante su trayectoria a mucha gente, no a tanta como para convertirse en superventas (menuda palabra anticuada) pero sí a la suficiente como para dejar huella. De entre aquellos seguidores, muchos dejaron de escuchar música con la edad y fueron aparcando al grupo, y otros mudaron de gustos e intereses musicales, empujados quizá por esa tendencia hacia la experimentación y la superación de lo clásico que ocupó el final de los ochenta y buena parte de los noventa, circunstancia ésta que mermó de paso el relevo generacional de seguidores del grupo. Pues bien, todos esos han vuelto. Pasados los años, y ante la perspectiva de poder ver en contados conciertos acotados en el tiempo al grupo que en su día fue importante para ellos, los antiguos seguidores se han apuntado a un ejercicio a medio camino entre la nostalgia y el redescubrimiento; y a los que los dejaron de seguir, el tiempo les ha demostrado que lo que realmente permanece son las canciones que, en el caso que nos ocupa, han soportado en su mayor parte el paso de los años. Eso sin olvidar el reducto de fieles que, año tras año, han mantenido encendida la llama de la banda, haciendo apasionado proselitismo hasta donde han podido. Solo queda que, tras esta gozosa confluencia, algunos se queden y conozcan el repertorio de José Ignacio Lapido. Estoy seguro de que les merecerá la pena. 

26 octubre 2015

091: VUELVE EL SECRETO

Vuelven 091 y me cuesta descifrar lo que siento, como seguidor de la banda que soy casi desde la niñez. Supongo que en mi caso, después de haberlos visto tantas veces en directo y en tan diferentes circunstancias, volver a encontrarlos sobre un escenario será como el reencuentro con ese viejo amigo que nunca te falló. Esa sensación de complicidad inalterable. Cuando se separaron experimenté sentimientos encontrados, por un lado se me antojaba lo más aconsejable, dadas las circunstancias, pero por otro fue un punto doloroso saber que ya no habría disco nuevo de los Cero. De todas formas, siempre tuve claro que Lapido volvería, y la satisfacción que me produjo la noticia de su debut en solitario superó cualquier tipo de nostalgia. Esa sensación desapareció por completo. En mi opinión fue un acierto y un acto de valentía decidirse a cantar sus propias canciones, a pesar de sus limitaciones vocales y de las inevitables comparaciones con el anterior cantante de su repertorio. José Ignacio Lapido dio, probablemente, el paso adelante más importante de su carrera. Siendo el mismo de siempre, perfectamente reconocible como creador, evolucionó y maduró como letrista y compositor. Desarrolló un sonido personal y creó un repertorio con la suficiente amplitud y solidez como para ser reconocido como uno de los más grandes compositores de rock en castellano aunque 091 no hubiesen existido jamás. En los conciertos aplaudía las canciones que tocaba de los Cero, pero ni deseaba especialmente ese momento ni hacía apuestas sobre qué nuevo tema interpretaría de aquel repertorio. Para mí eran y son, con todos sus puntos en común, historias completamente distintas hilvanadas por un mismo personaje, ese que echa su mirada sobre la calle y la recoge llena de cosas asombrosas.

Algunos buenos amigos andan como locos con esto de la reunión, otros pocos se muestran decepcionados. Yo, por mi parte, cuando leí la noticia en Ideal me quedé sorprendido, aunque no estupefacto (ya me habían llegado rumores). Acto seguido me puse a hacer cábalas acerca de la formación que el grupo presentará, del repertorio; en un momento determinado necesité conocer urgentemente el estado de preparación del último disco de José Ignacio Lapido, y segundos más tarde terminé canturreando “Escupir contra el viento”, una debilidad del segundo elepé que me asalta de vez en cuando. La cosa es que volví a pensar en 091, una mañana de 2.015, como en algo vivo, presente, tangible; y la sensación fue emocionante, para qué negarlo.



Siempre he pensado que una banda de rock and roll debe mucho al momento vital de sus miembros cuando se crea y desarrolla su repertorio (por más que éste sea compuesto por una o dos personas), a la relación entre ellos, a sus circunstancias, a mil imponderables que van configurando una forma de estar y comunicar. Que, congelado todo eso y vuelto a retomar años después, nunca será lo mismo, incluso si se trata de músicos más avezados o en mejor forma. Creo que ese resbaladizo y tantas veces frustrante empecinamiento en perseguir lo inasible está presente, en mayor o menor medida, en cualquier reunión de estas características, y este caso no será una excepción. Supongo que la clave para que todo esto sea realmente memorable radica en no quedarse a esperar los resultados de esa persecución sino en, como espectadores, formar de alguna manera parte de ella. Creo que tratándose de quien se trata aprenderemos cosas nuevas por el camino.

Probablemente, cuando ponemos peros al regreso de algunos de esos grupos que fueron míticos para nosotros, pecamos de un egoísmo infantil e ingenuo. En el fondo tenemos miedo de que la realidad vuelva a jugárnosla, que la ola sucia del tiempo nos devuelva al escenario una mentira; un grupo de amargados que no se pueden ver pero necesitan la pasta, o un puñado de nostálgicos fuera de forma que pugnan por buscar algo que jamás volverán a encontrar. No es el caso, todos los involucrados en esta historia siguen en forma, ya sea como músicos en activo o como gente atenta. No es difícil imaginarlos de nuevo conectados tras unas sesiones intensivas de ensayos. 091 siempre fue un grupo riguroso, cuidadoso de los detalles y del sonido. Sé que veremos a una banda bien engrasada. Muchos descubrirán lo que no pudieron ver y otros lo que no atendieron y ahora reivindican.


091 no te trae superficiales retazos de memoria colectiva, no es algo susceptible de ser pasto de nostalgia televisiva. Iba a escribir que escaparon de la foto de época, pero la verdad es que ni siquiera llegaron a posar: era algo demasiado personal, acaso a su pesar. No se solía escuchar por casualidad, siempre se accedía a ellos como a un preciado secreto, de la mano de alguien a quien antes había guiado otra mano. Fueron la banda sonora de los que los eligieron. Y éstos pronto supieron que pisaban un mundo propio construido a base de electricidad e imaginación, sin mercadotecnia ni postizos. Su música no es el tarareo que el tiempo reduce y vuelve bobalicón y pesado. No son una imagen clavada en ningún momento concreto. Era un proyecto intemporal cuyas canciones en su mayoría nunca serán pasado; desbordante y ajeno a encasillamientos fáciles. Sus envoltorios de pop inspirado y rock directo y bien estructurado ocultan recovecos y pasadizos secretos dentro de su inmediatez; supuran demasiada pasión, demasiada alma. Sus fraseos irreprochables y estribillos redondos dejaban en el cerebro un reguero de imágenes y reflexiones que iban acomodándose, ardiendo lentamente escucha tras escucha. Sentías que cada vez que ponías los discos un nuevo punto de vista se abría dentro de la canción. Era la señal: ya estabas dentro de ella y ella dentro de ti. Y ambos crecíais juntos.

15 mayo 2013

MENSAJE EN UNA BOTELLA (18)


El desencanto en Lapido es tan legendario que muchos cronistas se obcecan en bucear en sus textos por tal de emerger sonrientes si traen entre las manos algún atisbo de optimismo. Nunca me ha interesado esa labor de desentrañar el significado de las letras de las canciones, y menos en el caso que nos ocupa. El compositor granadino escoge las palabras cuidadosamente, llenándolas de sentido y oportunidad, consciente de que la música las aviva y hace volar. Se expone un rico tapiz que cada cual enfoca a su manera.
La perplejidad (su “querida confusión”), los fracasos, las esperanzas, la agudeza o la fina ironía permanecen. El autor sigue creando imágenes que acompañan ligeras y persistentes. Sus letras son un lugar al que acudir en el que sentirse extrañamente cómodo, donde suceden a menudo hechos cotidianos, acaso sombríos, pero espolvoreados de la magia de lo irreal, que borra límites y apunta posibilidades. La desolación aquí se mezcla con retazos de sueños empapados en un licor engañoso. Te sueles cruzar con personajes inquietantes y hay muchos, muchos espejos.
Las composiciones hunden las raíces en un estilo macerado y atemperado disco a disco, concierto a concierto y, como es costumbre, van despertando tras cada escucha. Es lo de siempre, porque también nosotros, la vida, este mundo, en parte, somos lo de siempre. Los teclados conducen por todo tipo de callejones. Las guitarras saben ser un mar erizado, encender una mecha, templar. El pop late eficaz, expandiendo las sensaciones. Las melodías dibujan un círculo familiar que remite a muchas estaciones del pasado, pero que nos procura un escalón más por el que subir, tarareando, estimulados por su carga de complicidad. No se apuesta por la aspereza, más bien los acordes subrayan, reflexionan, envuelven las aristas de las palabras. Quizá porque conforme se avanza en el camino los silencios, que pulen los matices,  tienen cada vez mayor importancia.

03 junio 2011

LOS SUEÑOS Y LA TAZA DE CAFÉ (1): EL MAGO

“El hombre de los trucos fáciles me pide tiempo”, tarareo. Pide tiempo y muestra una gran sonrisa, extendiendo las palmas inmaculadas de sus manos ante el público. Después abandona momentáneamente el escenario, pensativo, mientras suena “Más difícil todavía” de Lapido. Al poco vuelve, tratando de acallar con suave ademán el murmullo de un público que ya piensa en otra cosa.

   Al principio nos daba pena que su artificiosa magia quedase tan al descubierto, guardábamos silencio y aplaudíamos quedamente. No sabíamos si hacíamos lo correcto, ya que a algunos se nos antojaba esa actitud un poco cruel. Era como contemplar a un pobre hombre desnudo sin que fuese consciente de ello. Manteníamos una perfecta mentira comunitaria que, lo mismo que nos avergonzaba, nos unía en cada sesión con un extraño lazo de incierta esperanza.

   Posteriormente, cuando descubrimos que sabía que habíamos descubierto sus trucos pero que le daba igual, que sólo quería permanecer en escena el máximo tiempo posible, nos exasperamos, gesticulamos, nos enfrentamos entre nosotros, le hicimos gestos de desaprobación que obvió, y luego nos  callamos, como niños que éramos.




Texto incluido en el libro de relatos de Juanfran Molina "Ciclorama".

16 febrero 2011

"El puente..

"El puente que ve pasar el río sabe lo que es la eternidad" (José Ignacio Lapido, de su canción "Cansado").

19 diciembre 2010

LAPIDO EN DIRECTO, TEATRO ISIDORO MÁIQUEZ DE GRANADA 17-12-2.010

Fenomenal sonido el del Teatro Isidoro Máiquez de Granada, no me canso de repetirlo. Las guitarras suenan estupendamente, y anoche supuso un marco genial para constatar que el último repertorio de Lapido sale fortalecido sobre las tablas (me gustó más "Antes de morir de pena" en directo, más oscura y blues que la toma del disco). LLeno total y público entregado (como siempre en Granada) y colaboración vocal de Miguel Ríos ("En el ángulo muerto" y "La hora de los lamentos") y el pedal-steel de Quini Almendros ("Olvidé decirte que te quiero", "La canción del espantapájaros"). El cancionero de José Ignacio Lapido en solitario crece, madura, se diversifica pese a estar claramente delimitado estilísticamente. Es un autor que no gusta de travestirse en modas o picotear aquí y allá, ese nunca ha sido su problema: no es ese compositor calculador (yo siempre lo he percibido más instintivo que otra cosa), aunque su camino musical está bien marcado y él ha decidido construirlo cuidadosamente y sin atajos. Con solidez y recursos incorpora en un mismo caudal melódico country, pop, y rock. El conjuro eléctrico de "Espejismo nº8" con el colorido pop de "En mi mente"; la concreción nueva olera de "Algo falla" con la reflexión tan intensa como íntima de "Paredes invisibles". En mi opinión, la mayoría de sus canciones alcanzan y a veces superan en calidad a las de 091, y cuando llega la ocasión de escuchar éstas en concierto, no se ve como el momento "de verdad esperado" tan común en muchos otros artistas, sino como un extra, un regalo que se complementa con lo anterior (ya que es parte de la misma senda). Cada vez más seguro en directo, afortunadamente nunca acostumbrado ni relajado del todo, los conciertos para él y para su banda nunca son un trámite. Músicos que llevan años tocando juntos, que comparten escuela e influencias y que adoran la música que interpretan, transmitiendo credibilidad y pasión por lo que hacen. Dos horas y cuarto después, me consideré muy afortunado por haber asistido a ese concierto.

13 diciembre 2010

JOSÉ IGNACIO LAPIDO “De sombras y sueños” (Pentatonia, 2.010)

Funciona. Desde el inicio con “El más allá” notas cómo el tren empieza a moverse bajo tus pies: las canciones siguen entrañando un viaje. José Ignacio Lapido es un músico sombrío y sincero, que sabe que la música es luz y guía, y como tal la utiliza. Medios tiempos bien templados en la tradición norteamericana (más allá de la pereza country en “Olvidé decirte que te quiero” o los aires sureños de “Paredes invisibles”); que crecen a la par de la intensidad emocional de las composiciones; vaporosos e inquietantes, espolvoreados por momentos de una magia mortecina; un brillante ovillo de música clara, contenida, hermosa y hasta delicada. Exenta, también, de cierta crudeza sonora que puntualmente echo de menos. Telones aterciopelados que se levantan y caen; zapatos gastados de marcar el ritmo; fluido eléctrico que prende los versos realzándolos, dotándolos de su cualidad narrativa. Se mantienen las constantes de siempre, claro: persiste el corazón pop que empuja; el estribillo que explota radiante y aterriza reflexivo; o los estimulantes y juguetones chispazos deudores de la new wave, incluida “Algo Falla”, todo un guiño al Antonio Vega de Nacha Pop.
Lapido se define a sí mismo de manera más precisa que nunca a través de un permanente ejercicio de funambulismo (qué mejor para un autor con querencia por las metáforas circenses) entre realidad (sombras) y sueños: éstos se ponen en duda, aunque no se desprestigian, aún se reivindican el derecho a cambiar el paso y la necesidad de soñar. Y las sombras, que te agotan y decepcionan, llevándote y trayéndote, determinando tu camino más de lo necesario, se riegan de una luz que las matiza, resaltando tanto laberintos como salidas. Tristeza rematada con un nuevo brillo en los ojos; desesperanza y esperanza; perplejidad y lucidez; reflexión y escapismo; fatalidad y humor. Ah, los seguidores de Amaral, Quique González y Miguel Ríos también están de enhorabuena. Les doy a todos ellos la bienvenida.

02 noviembre 2008

JOSÉ IGNACIO LAPIDO “LA LEYENDA DEL HOMBRE QUE ACUNABA PALABRAS Y DESTILABA SONIDOS”

¿El reflexivo termina haciendo música reflexiva? Probablemente sí. Quizá por ello este disco, como el anterior, suena así, engarzando a la perfección las sensaciones que transmiten las letras con las que provocan las músicas, conduciendo al oyente, con fluidez y presteza, hacia un mismo caudal. Vuelven a volar palabras surgidas tras una pausa del pensamiento, en las que la gravedad se confunde con la ironía y la cotidianidad se cubre de misterio; donde el narrador coloca sus dudas sobre el tapete pero también saltan personajes a la palestra. Entre un carrusel de imágenes retornan la religión y el individuo con sus incontables formas de relación; la espera frente a la desesperanza; el hastío y la resignación ante la pujanza de los sueños como liberación. Estribillos y frases definitivos. Lirismo que enhebra sombrío existencialismo con destellos de luz.
El responsable de todo esto es José I. Lapido, ese rockero de pro, amante de las guitarras crujientes y del magnetismo que desprenden tanto las raíces sonoras como el mejor pop. Cazador inagotable de melodías e investigador a tiempo completo de las turbulencias del alma, sin dejar de prestar atención al ruido de fondo de la calle ni de torcerle burlonamente el gesto a las miserias y contradicciones de nuestro mundo. “Cartografía” (Pentatonia, 2.008), es su quinto trabajo en solitario, otro paso lleno de decisión en una carrera sin fisuras.
La música se mece alambicada en “Largo de contar” o el dramatismo y la profundidad de “Algo me aleja de ti”, construida a fuego lento, dulcemente arropada aunque por momentos desnuda. Un mar calmo que acoge las palabras que transcurren por él como un anhelo o una respuesta. Frente a ellas se encuentra “El truco”, la canción riff, contundente y poderosa, envuelta en un halo levemente psicodélico, pico eléctrico de este trabajo.
El resto es música clara, a veces temblorosa. Sonido destilado y ajustado (el traje a medida de las canciones que son para siempre), mucho más matizado que rotundo, con esa delicadeza que surge de lo esmerado de la ejecución y de trabajar con materiales nobles. El autor en trance de despojamiento, regodeándose en los silencios y en sonoridades que lejos de asaltar al oyente le susurran espolvoreándole su magia, que es el poso de sus esencias. El campo continúa abriéndose, se equilibra el protagonismo entre las guitarras y unas teclas cada vez más creativas, cómodas entre la profusión de acústicas que conviven con eléctricas que no dejan de reivindicarse, pacientemente afiladas, con rastros de la mejor tradición songwritter norteamericana en medios tiempos que llegan muy adentro, acortando distancias con el oyente a base de expandir su propuesta, abundando en detalles country folk. Tersura, aridez y arrebato melódico, con esos crescendos y coros ya intransferibles del pop mejor templado, que invitan a imaginar a unos Kinks imbuidos por The Band o viceversa. Sinuosa musicalidad de latido firme, libre de efectismos y gratuidades, brillante en su propia suficiencia, luminosa en su respirar. Son composiciones de las que levantan y cierran el telón, calando hasta los huesos.
Tal vez una carrera en solitario consista en eso, en el camino recorrido en la búsqueda de uno mismo, del yo musical, de la expresión más pura y directa.
José Ignacio Lapido toma la palabra.



Con la experiencia acumulada, ¿se tiende a la búsqueda de lo esencial?

Diremos como aquel: “yo no busco, encuentro”. La verdad es que mi posición a la hora de crear es cada vez más pasiva. Espero a que las canciones vengan a mí. Antes era capaz de estar horas con la guitarra hasta encontrar la combinación de acordes perfecta que cuadrara con cierta melodía o que me sirvieran para acabar un estribillo. Ahora, si se me resisten, los dejo estar. Siempre pienso que acabarán por volver a llamar a mi puerta, como el hijo pródigo. Lo esencial en una canción es la melodía y la letra. Eso siempre lo he cuidado. Atención: también el ritmo es importante. Popi lo sabe bien.


Los dos últimos discos muestran una mayor sensación global de cohesión entre las letras y las músicas que las arropan, esa es la impresión que me da a mí al menos. ¿Qué piensas de esto?

Pues no lo sé. Ya te digo que siempre he intentado cuidar ese aspecto y mi trabajo me cuesta. Supongo que cada vez dejo pasar menos versos de relleno, pero no soy consciente de que antes de los dos últimos discos no fuera así también.


¿Los conciertos acústicos han sido influencia capital en el sonido del nuevo disco?

No. Los conciertos acústicos no los hago por una especial necesidad expresiva sino por una razón más prosaica. Cuando el recinto no se acomoda a las posibilidades de la banda completa me piden que lo haga “en acústico”, para armar menos ruido se entiende. También es más barato, todo hay que decirlo.
Si te refieres a que en el disco hay más espacio a las sonoridades acústicas, es cierto. La banda sonaba bien en esa tesitura y las canciones pedían ese tratamiento. Podíamos haber hecho arreglos techno o heavy metal, una canción admite todo, pero luego me daría vergüenza ir a comprar el pan. A las canciones, al contrario que a los nacionalistas, hay que darles lo que piden


Respecto de la canciones de “Cartografía”: silencios, espacios, detalles… ¿Puede ser más intensa la comunicación musical así?

Los silencios en música son tan importantes como los sonidos. Si no hubiera huecos entre las notas y espacios entre los golpes rítmicos estaríamos hablando de cacofonía. Por otro lado, mi afán de comunicación con mis canciones es relativamente escaso. Hago canciones por el mero placer de mortificarme.


Es obvio que cada vez produces mejor tus discos, o al menos se transmite una idea más clara de lo que quieres. Aparte de la experiencia y el aprendizaje, ¿qué ideas o puntos de vista has ido incorporando o cambiando a la hora de afrontar la producción de los temas?

Lo que te decía antes: valorar el silencio en su justa medida. Para ser un buen productor hay que tener paciencia, oído y tiempo. Yo sólo tengo lo segundo.

¿Tendría sentido a estas alturas la presencia de un productor en tus discos?

De un buen productor, sí. El problema es que cuando descubres si un productor es bueno o malo es al final, cuando el disco está acabado y ya no hay remedio. En cualquier caso te diré que si no hay productores ajenos en mis discos es por falta de presupuesto. Mis autoediciones están muy limitadas en el aspecto presupuestario y me tengo que hacer cargo de todos los trabajos para los que no sea estrictamente necesario que se encargue otro profesional. Yo, que siempre he querido ser un vago, me veo forzado por las circunstancias a trabajar como una bestia. Así de ingrato es el rock & roll


Es la primera vez en tu carrera en solitario que encargas la masterización a alguien ajeno al proceso de grabación y mezcla. ¿Qué motivó esta decisión y qué ha aportado esta circunstancia?

Me lo recomendaron en Producciones Peligrosas. Bueno, yo ya sabía lo importante que es la masterización como punto final de la producción de un disco, lo que ocurre es lo que te decía antes: el presupuesto. Esta vez, en mi empeño por arruinarme antes de llegar a los 50, he decidido tirar la casa por la ventana y masterizar el disco como “Dios manda”. Una buena masterización ayuda a que el disco suene bien en cualquier reproductor. ¿Has visto lo bien que suenan todos esos discos de mierda que ponen en la radio?


La fe religiosa, la esperanza que provoca, puede ser el alivio surgido de una inmensa mentira. La gran interrogación que tantas veces nos empequeñece, ese vacío, llegar a utilizarse como yugo. Parece ser que sigues teniendo muy presente esa relación entre el hombre y sus circunstancias con el hecho religioso.


La religión es muy importante pero más importante es la idea de Dios que es una abstracción del Bien absoluto. Para que esa idea funcione hace falta que previamente exista el Mal. Se trata de que Dios, el que sea, ponga Orden en el Caos. Los hombres primitivos necesitaban respuestas y se agarraron al clavo ardiente de la fe en lo ultraterreno y en el poder mágico de ciertos elementos de la naturaleza. El hombre del siglo XXI necesita respuestas y se mete en los Hare Krishna o en los Legionarios de Cristo, paga sus cuotas y limpia su conciencia. Yo necesito respuestas y hago canciones que hablan de Dios y del vino. Soy politeísta.


¿Requiere mucha fe el mundo del rock?

El rock en España necesita fe, esperanza y caridad. Las virtudes teologales, las bienaventuranzas y cuatro padrenuestros. La cosa está muy mal. Todo lo que recemos es poco.



¿Es el compositor de rock el defensor de una causa perdida?

El compositor de rock es una especie en extinción que debería estar en un zoológico o en una institución mental adecuada, en la que se le tratara de su empecinamiento obsesivo por luchar contra los elementos.



¿Cómo se lleva el creador de canciones con la realidad?

Tengo otras ocupaciones profesionales que me obligan a bajar diariamente de la nube. Aunque la verdad es que nunca he sido uno de esos “creadores” que se cree investido por un don especial. Yo empecé a componer canciones porque era más divertido y emocionante que estudiar Física y Química.



¿Deja alguna vez el compositor de pensar en canciones?

Sí, cuando voy a echar la primitiva todos los jueves.



¿Qué mantiene la ilusión artística de un tipo como José Ignacio Lapido?

No tengo ningún tipo de ilusión. Soy un profesional de la desilusión. He hecho Cartografía porque tenía que hacerlo, era un compromiso conmigo mismo (con el que fui alguna vez) y con los que me rodean, pero si te digo la verdad, me ha dado más sinsabores que alegrías. Hacer discos, ahora mismo, es una pérdida de tiempo y de dinero.



¿Se sigue asomando el José Ignacio que compraba sus primeros discos en Granada a la hora de acometer los riffs de tu guitarra, o el tiempo ha terminado por adormecerlo?

Mis bostezos son los mismos ahora que entonces.


¿Ha influido el hecho de contar con una banda estable (crucemos los dedos), sus prestaciones instrumentales, en el cariz de las composiciones? ¿Han surgido por esto hallazgos sonoros y de arreglos tanto en el local como en el estudio, algo no inicialmente previsto que haya quedado plasmado en alguna canción?

Sin duda. Las canciones de Cartografía suenan como suenan porque la banda las ha trabajado como si fueran propias. Les estoy muy agradecido a todos ellos por el empeño y el talento derrochado. En el estudio siempre surgen hallazgos inesperados pero todos los temas venían muy ensayados del local.


Canciones anteriores hubiesen aceptado muy bien algún arreglo de cuerda, sin embargo no se han añadido hasta ahora, en el tema “Algo me aleja de ti”. ¿Eras inicialmente remiso a incluirlos?

No surgió la oportunidad. En este caso me encontré por la calle con Nicolás Medina, el arreglista, y hablamos del tema y a los dos nos gustó la idea de colaborar. Creo que ha sido un acierto.



Te imagino preparando concienzudamente los conciertos. Me gustaría saber si lleváis todo bien medido o hay algún espacio para la sorpresa o la improvisación.

Improvisamos poco, la verdad.


Dylan decía que cualquier cosa en la que valga la pena pensar merece ser cantada. ¿Puede ser que la escritura automática, el más o menos libre fluir de los pensamientos en el papel, muestre realmente lo que queremos decir, sin condicionantes externos?

Muchas veces ocurre así, pero la presunta libertad de esa escritura ha de ser conducida a un destino cierto por alguien, en este caso el autor. No es buena idea escribir lo primero que te viene a la cabeza sin un plano del sitio de llegada. Las palabras, por muy libertinas que sean, necesitan una idea en la que quedarse a dormir.


De todas formas los textos de “Cartografía” me han parecido más directos y expresivos que en otras ocasiones.

Gracias.


En algún sitio he leído unas declaraciones tuyas en las que dices que el rock ha perdido influencia social, algo evidente. ¿Qué tiene de positivo el hecho de que desaparezca de la primera plana, en el aspecto creativo?

No creo que la actual situación de decadencia del rock me influya para nada a la hora de componer. Yo siempre he estado en decadencia, así que llevo ventaja en ese aspecto.

¿Crees que hubo algún momento en que fue posible una cultura pop real en España?

De hecho la hay, en los subterráneos de algunas ciudades.

¿Qué otros solistas del panorama español actual te parecen recomendables?

Miguel Ángel Villanueva, José Casas.


Es inevitable preguntarte lo último que estás escuchando o leyendo, lo siento. Y dado que aquí tenemos mucho que ver con el tema, ¿eres o has sido lector de tebeos?

Ahora no leo tebeos, no sé por qué. En mi niñez leía muchísimos, todos los de Bruguera: Mortadelo, Anacleto, Doña Urraca, también los TBO originales, el doctor Fritz de Copennhague… luego pasé a Tintín, a Asterix y a Hazañas Bélicas, de los que era comprador habitual. En la adolescencia compraba el Víbora. Me gustaban sobre todo los americanos como Robert Crumb o Gilbert Shelton.


Tras los meses pasados desde la aparición de “Cartografía” y una vez rodado en directo, se puede preguntar ya acerca de las sensaciones que te produce el disco en su conjunto.

Fuera metáforas y falsa modestia: el disco es cojonudo. No me explico cómo me ha podido salir tan bien.


Ya que prácticamente hemos llegado los últimos, ¿En qué porcentaje de entrevistas te han preguntado por 091?

En un 101%.


Vamos a ilustrar esta entrevista con una caricatura ¿Cómo se captará mejor a José Ignacio Lapido, enfrentado al micrófono u observando la realidad como un pensador de Rodin a punto de levantarse?

Tal vez con la guitarra colgada en el momento en el que la realidad me pasa por encima como una apisonadora mientras hago la señal de la victoria. Puede añadirse una onomatopeya entre exclamaciones para ilustrar el sonido de mis huesos al quebrarse.



Publicado en el portal de humor y cómic Irreverendos en octubre de 2.008.