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23 agosto 2021

MENSAJE EN UNA BOTELLA (61)

Arancha Moreno “Conversaciones con José Ignacio Lapido” (Efe Eme, 2021)

 

Ella pregunta y siempre escucha hasta el final. Va paso a paso, estructurando la charla cronológicamente, pero sin constreñir nada; creando el clima de complicidad adecuado. Cede todo el protagonismo a su interlocutor, algo no tan frecuente en estas lides. La autora deja espacio para el encuentro del lector con José Ignacio Lapido. No se coloca entre ambos, afanándose por hacerse notar. Se trata de una serie de conversaciones que se enriquecen y avanzan distendidas a base de digresiones, golpes de humor, reflexiones espontáneas y giros inesperados. No hay prisa, se nos narran las vicisitudes de un recorrido artístico al que no han conseguido doblegar ni el tiempo ni las modas, con todo lo que eso tiene de epopeya. La historia de un descreído que, por fortuna, nunca perdió la curiosidad. Más tarde, la autora se encargará de reordenar el contenido de cada capítulo mediante precisas e impagables introducciones.


 

El entrevistado, durante todo este accidentado y valiente proceso (que va de las charlas telemáticas provocadas por el estado de alarma recién decretado a los encuentros cara a cara), exhala el humo de su cigarrillo y rememora las idas y venidas de toda una vida dedicada a la música. Explica. Contesta. Inquiere y se cuestiona. Se muestra bastante autocrítico y nada autocomplaciente. Habla con detalle de sus inicios, de 091, de su carrera en solitario. Reflexiona acerca de sus textos, del proceso creativo y de las dificultades que atraviesa el autor durante el mismo. Expone con naturalidad cavilaciones y opiniones de todo orden: el devenir de la industria musical (con sus navajeos) y del consumo cultural en general. El acceso a la música, su consideración por el oyente, la forma de escucharla…, y un suculento etcétera.


La autora, provista del bagaje de una documentación exhaustiva, indaga y ahonda, como debe ser, en facetas poco conocidas de la persona que tiene enfrente. Así hasta terminar de componer el puzle de todo lo que ha ido conformando a un artista cada vez más inabarcable, en el sentido que el propio José Ignacio da a la obra de Dylan durante una de las charlas. Es un libro que parte de la admiración, pero huye del panegírico; que escarba y trata de ir más allá.



El amplio itinerario de este viaje aborda profusamente lo general sin dejar de demorarse en el detalle, sirviendo tanto al iniciado como a quien se acerque por primera vez al universo lapidiano. Arancha Moreno, directora de la revista Efe Eme, y autora también de libros sobre Coque Malla e Iván Ferreiro, completa con este, que será revisitado con frecuencia en el futuro, el retrato de un compositor cuya pluma constituye un hecho literario de primer orden que ante todo es canción y es rocanrol.

22 enero 2020

POETA SIN REMEDIO


José Ignacio es irremediablemente un poeta, por mucho que le cueste considerarse así. Sus letras, tan admirablemente encauzadas en el cariz intemporal de su música, poseen la palpitación de la mejor poesía: son terreno fértil y enigmático, de inagotables lecturas. Las sucesivas escuchas dejan puertas abiertas tras sí, resquicios en los que ahondar. Sus textos van conformando un exuberante fresco, una paciente ilación de imágenes poderosas y definitivas, de breves viñetas donde anidan lo equívoco y lo inasible, de sensaciones, metáforas y personajes empequeñecidos por la confusión y la incertidumbre; un lugar donde lo cotidiano no para de cruzarse con lo eterno en una puerta giratoria sin final. Se ponen en liza las grandes cuestiones de siempre exentas de brochazos, vacuidad o lugares comunes. Quedan sometidas al poder subterráneo de su ironía, a una mirada tan precisa como imaginativa y descreída, y a la reflexión de un hombre perplejo ante el mundo que encendió la mecha de su talento justo cuando fue consciente de su vulnerabilidad. La realidad siempre está, se huele, no para de filtrarse y empapar, pero es enfocada mediante movimientos maestros que la disfrazan, desnudan o bordean sin olvidar nunca su crudeza.
Respecto de mi canción preferida de 091/Lapido, me resulta difícil elegir entre un repertorio que se me antoja, con diferencia, el más brillante en su conjunto del rock en español. Pongamos la canción que más he escuchado estos últimos meses, “Escalera de incendios”.




Texto incluido en la reedición de 2018 del libro "En cada lamento que se hace canción. Una interpretación de las letras de José Ignacio Lapido" de Jordi Vadell.




08 noviembre 2019

091 “La otra vida” (Warner, 2019)


Si José Ignacio Lapido no estuviera desarrollando una carrera en solitario a tan alto nivel, hubiese experimentado una mayor curiosidad (o más bien temor) ante la posibilidad de un nuevo disco de 091. La continuidad creativa del compositor del grupo acrecienta el interés, pero desactiva un factor sorpresa que, al menos yo, no necesito para nada. No estamos ante un caso de reunión que retoma ideas que quedaron a medio hacer, secándose en el tintero: la posibilidad de trabajar todos juntos de nuevo se abastece de un caudal creativo que nunca ha menguado. Estamos, por tanto, ante un trabajo que está muy lejos de ser un ejercicio de nostalgia. Se ha evitado eso tan triste de imitarse a sí mismo; tomando para ello un camino más arriesgado (con un disco así, que poco va a aportar a la leyenda del grupo, se tiene mucho más que perder que ganar), que les libra de sonar impostados por el mero hecho de limitarse a complacer las supuestas expectativas del oyente. El autor del repertorio sigue en forma, y aquí, más que nada, solo es susceptible de cambio la forma de arropar los temas en el local (uno se imagina a más gente opinando, incluido un productor ajeno a la banda, el francés Frandol).

Cuando el seguidor se enfrenta a un disco con canciones nuevas de un grupo tantos años inactivo, suele caer en la tentación de colocarse mentalmente justo en el año de aparición de su último lanzamiento o, peor, en la fecha de publicación de su álbum favorito o del concierto aquel que le encandiló. No podemos evitar comparar, y terminamos confrontando unas primeras escuchas con un repertorio que posiblemente nos sabemos de memoria. Desde ese punto de vista, los resultados suelen ser decepcionantes o incluso patéticos, cuando el grupo trata de reproducir las intenciones y energía que le empujaban muchos años atrás (esa entelequia de recuperar tal cual la antigua complicidad generada por una banda en activo que gira y graba discos con regularidad). Afortunadamente no es el caso, aunque creo que se ha tenido presente más que en otras ocasiones el público potencial a quien va destinado este disco. Desde siempre he pensado que la coherencia es uno de los pilares de 091 (y su condena, me solía decir un amigo). Y es que es absurdo pretender estar en la misma situación física y mental que antes: no se es igual de luminoso, ni de enérgico, ni de furibundo; la ilusión es distinta y la dinámica creativa por fuerza debe ser otra: la de un tipo con veinticinco años más bagaje, con todo lo que eso conlleva. Se tienen más poso y oficio, eso sí. Ya no hay asomo de ingenuidad, y acaso un mayor descreimiento (ese descreimiento que cuando surge de una lucidez que quema lleva las canciones un paso más allá).



Los discos de Lapido/091 son un terreno fértil, muy ajeno a efectismos y recursos fáciles, a pesar de moverse en un espacio sonoro reconocible y clásico. Su versatilidad literaria y esmero compositivo burlan el lugar común, Y la música sabe arropar las letras con las justas dosis de solemnidad. Sé que las canciones se van a expandir (¿cuándo escribir sobre un elepé que sabes que va a seguir creciendo?), y sé también que, cuando menos me lo espere, algunas serán clásicos del repertorio de la banda: las de Lapido no son de las que se paran en seco y se archivan en la mente tras unas cuantas escuchas. Se van posicionando, abriéndose paulatinamente, sin prisas. Muestran detalles, recovecos, y al final descubres en ellas esa marca característica, su marchamo propio. Son composiciones cuyos pasillos gusta recorrer, acogedoras, vivas. Aunque no clasifiques ninguna entre las mejores del grupo, en el caso de que necesites hacerlo.

La incorporación de las teclas de Raúl Bernal es uno de los aciertos de esta aventura. Siempre ocupan su lugar con naturalidad. Se trata de un músico sobrio, poco amigo de recargar las canciones. Su presencia es tan persistente como discreta, subrayando, matizando, dialogando o llevando en volandas las composiciones. En “Soy el rey” su piano desprende aromas de Muscle Shoal, y en “Por el camino que vamos” (mi favorita a ocho de noviembre de dos mil diecinueve), los apuntes de sintetizador, a modo de terminaciones nerviosas del tema, recuerdan a The Who.

Las escuchas se suceden y se abren paso el sigilo y delicadeza folk de “Una sombra”, con esa leve irrupción del estribillo, tan evocador que hiere; o el riff resolutivo de “Condenado”. El primer single, “Vengo a terminar lo que empecé”, es un tema efectivo y rotundo, rápidamente reconocible, con partes instrumentales muy marcadas y reminiscencias glam. Acaso un empeño de la banda por dotarse de un nuevo himno para los directos. Yo me hubiese ahorrado la intro y la hubiera reservado para los conciertos. Habría reorganizado las piezas, empezando el tema directamente desde el estribillo. “Leerme el pensamiento” tira de eficacia y se acomoda en la influencia universal de The Byrds, contando con el sabor de The Band en el órgano. Como siempre, imágenes impagables: “Déjale propina al fauno”. El dúo formado por “Al final” y “Dejarlo morir” me recuerda directamente a los 091 más inmediatos (la armónica de José Antonio García en la primera me traslada vertiginosamente a 1986). Y “Naves que arden”, con su ADN tan 091, no anda lejos de los Wilco más pop.



Un trabajo, en definitiva, caracterizado por un sonido atemperado, meditado, sólido. Bien articulado, pero demasiado medido, como retenido por momentos; que en ningún instante parece dejarse llevar. No cruje, pero convence. Más que hallazgos hay confirmaciones, aunque aquellos tampoco faltan. Se cuida ese matiz que al principio pasa inadvertido, pero al cabo nutre y asienta la personalidad de cada tema, rescatándolo de la intrascendencia. Una colección muy apreciable, en mi opinión. Y eso que esta “otra vida” no está grabada por las mismas personas que eran hace veinticinco años.

14 enero 2019

14 DE ENERO EFEMÉRIDES


14-01-1963: Después de mucho suplicarle Brian, Mick y Keith, ese día tuvo lugar la primera  actuación de Charlie Watts con The Rolling Stones, en la sala Flamingo de Piccadilly. Su entrada supuso un cambio definitivo en las prestaciones del grupo en directo. Charlie (que más tarde sería el principal inspirador de Moe Tucker), era un músico impecable, mucho más sofisticado que sus nuevos compañeros, que gustaba de vivir a su ritmo y tocaba en aquel momento con Blues by Six. Los Stones, con tal de aportarle una seguridad económica que fuese atractiva para él,  se esmeraban en encontrar conciertos para poder ofrecerle al menos cinco libras semanales. Charlie tuvo su primera batería a los catorce años, regalo navideño de sus padres a su único hijo. Odiaba el rock and roll tan en boga, y estaba obsesionado por el cool jazz, afición que le ha durado toda la vida. Watts admiraba de tal manera a Charlie Parker que escribió a los veinte años un libro infantil titulado “Ode to a High-Flying Bird”, acompañado de pequeñas ilustraciones que explicaban la historia de bebop. Cuando Alexis Korner le propuso formar parte del conjunto de rhythm and blues que estaba montando, tocaba la batería con escobillas en un combo de jazz en la cafetería The Troubadour, situada en Knightsbridge. Tras una primera negativa, se incorporó a la primera formación de The Blues Incorporated en enero de 1962. Aquel verano, cuando la cambiante formación de Korner aumentó su prestigio, Charlie abandonó el barco porque prefería no abandonar su trabajo en el diseño gráfico y dedicarse por entero a la música. De ahí su paso al conjunto de jazz Blues by Six, que sí podía compaginar. Unos meses después, los Stones, con Brian a la cabeza, lograron convencerle y su vida ordenada  y pausada cambió para siempre.



14-01-1966: Aprovechando el lanzamiento junto a The Lower Third de su sencillo más prometedor hasta la fecha (ese “Can’t help thinking about me” con reminiscencias mods que comienza a dibujar su personalidad, acompañado por ”And I say to myself” en la cara b), David Jones, con 19 años recién cumplidos, decide cambiar su nombre artístico por el de David Bowie para evitar confusiones con el cantante de The Monkees, Davy Jones. La teoría más extendida señala que el nuevo apellido lo tomó prestado de James Bowie, conocido por sus habilidades con el cuchillo y fallecido mientras luchaba en calidad de comandante de los secesionistas tejanos contra México en la batalla del Álamo, en 1836. A partir de entonces, David Robert Jones, aquel muchacho crecido en Bromley, suburbio situado al sur de Londres, lleno de ambición y curiosidad, que nunca volvió a ser el mismo tras escuchar “Tutti Frutti” de Little Richard, sería para siempre David Bowie.



14-01-1977: Fecha de publicación del elepé “Low” de David Bowie, e inicio de la trilogía berlinesa. Esta nueva reinvención supuso un acertado intento de fusión entre lo electrónico y lo visceral; la fría instrumentación alemana de Kraftwerk y otros elementos del krautrock enhebrados con el calor rítmico del r’n’b y el funk. Una constante sensación de improvisación mágicamente encajada. Brian Eno se incorpora aquí al  mundo Bowie; funcionando a la vez como elemento inspirador, encargado (de importancia capital) de sintetizadores y complemento creativo de David. El disco se grabó en los estudios Chàteau d`Herouville, situados en esa ciudad francesa, y fue rematado en los Hansa de Berlin, situados junto al muro y tan inspiradores en sus proyectos inmediatos. Desde luego, “Low” fue un nuevo comienzo: RCA recibió el disco de manera bastante distante, suspirando por una segunda parte de “Young americans”, desagradó  a su esposa Angie y su anterior representante, Tony Defries, al que todavía le unían compromisos contractuales, lo calificó directamente de “mierda”. Aunque el disco obtuvo el reconocimiento a su complejidad y riesgo por parte de la prensa especializada, la compañía no sabía realmente qué hacer con él, y el hecho de que Bowie no lo promocionase tampoco ayudó demasiado. “Low” es un disco de esos que vive en su propio tiempo.



14-01-1978: Fecha del último concierto de los Sex Pistols (antes de su reunión de 1996). Fue en el Winterland Ballroom de San Francisco, y se cerró con un único bis, la versión de “No fun” de The Stooges. En 1997 se publicó “Live at Winterland 1978”, disco en directo que recoge la actuación. Su polémico representante, Malcolm McLaren, hizo pasar la gira por ciudades sureñas como Atlanta, San Antonio, Dallas o Tulsa, donde era más que probable encontrar un público hostil a la provocadora propuesta de un grupo siempre en el filo de la navaja y ahora en pleno proceso de descomposición. McLaren imaginó más portadas en la prensa, más escándalo y más publicidad suicida. Y nada de eso obtuvo, realmente. El devenir de la gira fue desastroso: Sid Vicious, a quien le había sido prohibido llevar encima nada de heroína, arrastraba un mono considerable y acabó autolesionándose con una botella; al poco de llegar ya estaba escapándose en busca de su dosis con parte del dinero común. Las cosas fueron de mal en peor: un Vicious desatado que no dudaba en agredir, llegado el caso, a un público siempre escaso e indiferente, cuando no directamente violento; actuaciones mediocres sino desastrosas; y una tensión y frustración constantes que terminaron haciendo saltar todo por los aires menos de veinticuatro horas después.



14-01-1985: Fecha de lanzamiento del primer elepé de 091, “Cementerio de automóviles” (DRO), grabado como premio a su victoria en la tercera edición del concurso de rock Alcazaba de Jerez. La grabación del disco ya estaba prevista, aunque su sello no se terminaba de decidir, acariciando la idea de sacar solo un maxi. El premio supuso el aldabonazo necesario para su edición, ya que consistía en la grabación de un álbum precisamente con su propia discográfica. La grabación se inició en los estudios TRAK el 18 de noviembre de 1984, y se emplearon sesenta y cuatro horas, repartidas en ocho días a sesiones de ocho horas, unas diurnas y otras nocturnas. En los créditos el disco aparece producido por 091 y el técnico de sonido fue Eugenio Muñoz, habitual de la casa, lo que da a entender que todos metieron la mano y entre todos lo produjeron. La banda quería contar con Peter McNamee como productor, pero desencuentros con DRO lo impidieron. Lamentablemente siguieron el mismo camino que “Manifiesto Guernika” de T.N.T. Ambos grupos valoraban el trabajo del británico en el disco “Rimado de ciudad” en 1982, y a los dos les fue imposible trabajar con él por impedimentos de la misma discográfica. Los nueve temas incluidos fueron compuestos por José Ignacio Lapido, quien, a pesar de la bisoñez que aún mostraba el grupo, dejó muestras indelebles de su talento compositivo. Los arreglos corresponden a la banda, salvo los de los temas “El desafío”, “Ella está detrás de la puerta” y “Arenas movedizas” que estuvieron a cargo del músico de jazz Nicolás Medina. Otros colaboradores fueron José Luis Medrano (trompeta y fliscorno), Manuel Fernández (saxos) y Luis Poyatos (piano). Con todo, El grupo no salió contento con el sonido obtenido, algo tan habitual en la época. Se echan de menos una guitarras más en primer plano, mayor cohesión, pero en general el resultado es bueno, y la mayoría de las canciones han superado muy bien el paso del tiempo. La deuda sonora con el afterpunk del momento es evidente pero, a pesar del excesivo dramatismo de la voz en algunos instantes, el conjunto resulta menos impostado de lo que cabría esperar. En su oscuridad, ambientación, matices y letras palpitan un vigor y una ansiedad reales, perdurables. El single “Ella está detrás de la puerta” sirvió de atractivo avance de un trabajo que, aun significando un importante empujón para la carrera del grupo, tuvo un discreto recorrido comercial, lastrado por la falta de promoción y la relación cada vez más difícil con una independiente con vicios de multinacional, como casi todas. Al negarse a seguir vinculados al sello, 091 tuvieron que comprar su carta de libertad a cambio de 200.000 pesetas.



29 noviembre 2017

MENSAJE EN UNA BOTELLA (37)

JOSÉ IGNACIO LAPIDO “El alma dormida” (Pentatonia, 2017)


“CRUCE DE CAMINOS, NOS EQUIVOCAMOS”


El título de este humilde texto condensa, a mi parecer, las mejores cualidades del Lapido letrista: evocador siempre con un pie a tierra, genuinamente irónico a la hora de enfrentar dudas y asimilar certezas. Se agradece que en la portada aparezca caminando tranquilamente, paseando su perplejidad de ciudadano, como lo haría por cualquier calle, sin necesidad de llevar el estuche de su guitarra, como gritando: “miradme, soy un trovador”.

Cada disco de José Ignacio Lapido se me antoja una pequeña ciudad. Un lugar nuevo que se va poblando de viejos conocidos tras cada escucha. Me gusta pasear por esas callejuelas que son sus letras, dejarme imbuir por sus imágenes, que terminan siempre fundiéndose con las mías, o doblar las esquinas de evocaciones arrasadoras que espolean mis recuerdos. Toparme con algunas verdades. Rodearme de sus personajes, aun sabiéndome caminando solo. Reflexionar sobre sus reflexiones, escuchar su eco admonitorio. Ir masticando retazos de la realidad y sus despropósitos entre enredaderas de dobles sentidos y metáforas definitivas. Sentirme mecido en interrogantes. Percibir, escucha tras escucha, el proceso de solidificación de frases memorables que se alojan para siempre en algún lugar de la memoria. Subir cuestas o dejarme ir por recodos y sinuosas calles sombrías, con la seguridad de que terminarán por desembocar en la placita soleada de un gran estribillo. Y vuelta a empezar: avanzar, descubrir, tararear, dejarse ir…



La música juega sus cartas con pericia, esquivando la rutina y la linealidad sin artificios, calcos o estrambóticas coartadas; creo que en buena medida gracias a la participación en los arreglos de Raúl Bernal. Abundan los pequeños detalles, perfectamente ajustados a la maquinaria compositiva, dentro de otro ejercicio de sobriedad sonora, que no parquedad. Arreglos tan imaginativos y estratégicos como prudentes y medidos, que buscan realzar sin restar protagonismo a lo importante, que expanden, perfuman y dotan de relieve. Gozosos subrayados. Nada compromete un estilo macerado disco a disco, tan propio como irrenunciable. Lapido no corre riesgos, no siente la necesidad de ensanchar su sonido al albur de nuevas y fugaces tendencias, ni siquiera abraza sin condiciones sonoridades que le son más cercanas. A estas alturas, todo pasa por un tamiz bien definido. Nunca ha caído en la tentación de ocultarse tras un personaje, ni se ha conducido por el mundo del rock como recién caído de una canción de Dylan. El autor se comunica, porque aún tiene cosas que decir, a través de caminos sonoros ya familiares: cuidadas armonías, exquisitez melódica, rotundidad y una idea de la gravedad expresiva más desnuda que pomposa.


Destacan la vibrante efectividad de “Nuestro trabajo”, templada con piano y palmas,  el mecido melódico a lo Byrds de "La versión oficial", la vigorosa profundidad de “Lo que llega y se nos va”, o el tramo espolvoreado de country, más crepuscular que festivo, de la magnífica “No hay prisa por llegar”, “Estrellas del purgatorio” y “Enésimo dolor de muelas”. Por cierto, se recomienda bucear con calma en “Escalera de incendios”.

17 enero 2017

SENSIBILIDAD, ELECTRICIDAD Y UN PUNTO DE MAGIA

Pienso que los que nos hemos pasado media vida dándole vueltas a esto del rock, hasta el punto de atrevernos a escribir sobre él, tenemos una relación especial con aquellos primeros grupos que escuchamos sin filtro alguno, antes de leer sobre música o seguir programas de radio. En mi caso, 091 fue uno de ellos. A pesar de ser una banda conocida, no tenían esa omnipresencia agobiante de los grupos de éxito (los tenías que desmenuzar tú, escucha tras escucha), ni tampoco venían precedidos del halo de leyenda sobre la que todo el mundo sentaba cátedra. Eran simplemente un grupo nuevo, tipos mayores que yo que vivían cerca de mí. Libre de bagaje, los escuchaba estableciendo una relación cómplice y directa con sus canciones, ajena a ninguna tentación de explicar, definir o ponderar.


Quizá por eso, cuando comencé a leer sobre ellos los comentarios se me antojaban insuficientes, esquemáticos; me quedaba la sensación de que no sabían llegar al meollo de la cuestión, ya que ninguna opinión acertaba a precisar el efecto que me producía esa conjunción de palabras, melodías y electricidad. Tal vez por esta razón, cuando tuve ocasión de escribir por primera vez sobre 091 (una reseña que no conservo de “Todo lo que vendrá después”), me costaba tanto acometer el texto, analizar lo que tenía entre manos. En vez de concretar, me dedicaba a añadir adjetivos y sensaciones cada vez que retomaba la escucha, acaso tratando de expresar, con escaso éxito, la experiencia acumulada desde hacía tanto tiempo; sintiéndome ante una material inabarcable, en comparación con el de otros grupos sobre los que empezaba a escribir. Definitivamente, las canciones de 091 siguieron llegándome por el mismo conducto que la primera vez, de esa forma íntima que terminaba anulando cualquier intento de explicar, definir o ponderar.


Pasados tantos años y habiendo reflexionado mal que bien sobre todo tipo de música, considero que 091 se convirtieron inconscientemente en un punto de referencia para mí, un indicador a la hora de valorar las canciones de muchísimas bandas, la capacidad lírica y expresiva de sus textos; o su estructura musical, su potencia y calidad melódica, su honestidad. Estos días, repasando los discos de la banda granadina, me he retrotraído a decenas de momentos del pasado; muchos recuerdos y sensaciones han saltado como esquirlas en mi memoria. He revivido primigenias emociones e ilusiones; vuelto a sentir confusión, rabia, resignación; el poder de las canciones ha conseguido otra vez hacerme cantar en voz alta aquellas estrofas que decían más de mí que yo mismo. Además, he percibido nítidamente el crecimiento y la definición de un estilo, el proceso de despojamiento en el encuentro con la propia voz, los lastres y artificios que se abandonan, los pasos dubitativos que se tornan valientes, la capacidad de concreción y plasticidad crecientes, la habilidad y sabiduría progresivas para condensar y transmitir reflexiones o imágenes poderosas, para explicar el desaliento y la confusión, para compartir contundentes y agridulces viñetas plenas de significado con sensibilidad, electricidad y un punto de magia. 



Texto incluido en el libro "091: Aullidos, Corazones y Guitarras" de Juan Jesús García, publicado por la editorial Ondas del Espacio en 2016.

20 diciembre 2016

TODO ESTABA AHÍ

Se terminó el exitoso “año Cero”.  Uno escribe la frase con satisfacción y cierto alivio. Finalmente, las cosas han salido a pedir de boca para el grupo y, también,  para el rock español, que ha tenido la oportunidad de refrescar su selectiva memoria y redescubrir a una gran banda en un momento extraordinario. La “Maniobra de resurrección” de 091, ha sido una apuesta sin duda meditada, pero  no por ello menos arriesgada e inesperada en su planteamiento. Nunca un grupo español que no gozó en su momento del éxito masivo, ha disfrutado de un regreso a la actividad con mejor resultado en todos los aspectos. Los seguidores han terminado 2016 habiendo asistido a buenos conciertos de una ambiciosa banda de rock en activo; y pudiendo llevarse a casa unas muy dignas reediciones de discos difíciles de encontrar, libros, e incluso ediciones especiales. Cuando las bolas se lanzan bien, las carambolas favorecen, y en este caso, la expectación, lo inmarcesible del repertorio y la calidad y entrega desplegada en los directos, han prendido una mecha de interés que no ha parado de crecer semana tras semana. Son legión las bandas desaparecidas que merecieron más, y muy pocas las que han conseguido la reparación del olvido, y creo que este es uno de esos casos. Se puso en el empeño todo lo que se debe poner para que las cosas salgan bien: imaginación, ilusión, trabajo, organización, planificación. Siempre lo decíamos, “las canciones están ahí”, ya fuera cuando sosteníamos el vinilo rojo de “Más de cien lobos” mientras fumábamos un cigarro en los aparcamientos del instituto; calibrando sesudamente el alcance de algo tan exquisito e inspirado como “Doce canciones sin piedad”  en la puerta de una tienda de discos, sosteniendo entre las manos un vinilo que olía a nuevo; o escarbando gozosos en las raíces y en las posibilidades de impacto de una jugada maestra como “La vida qué mala es”.

Todo estaba ahí, incluido el momento histórico, en aquella década de los ochenta. Todo menos la promoción adecuada y las compañías discográficas correctas. Todo menos esa actitud de labrarse una presencia en los medios comiéndole la oreja día sí día no a la estrella radiofónica de turno, en las barras de los bares de moda de la capital.

Cayó el olvido progresivo, el segundo plano, la desatención hacia lo que ya se conoce y no tiene el irresistible marchamo de la moda. Pero todo seguía allí, esperando.

Todo estaba ahí, bien vivo, y todo ha salido a la luz finalmente de la forma más natural cuando las cosas se han hecho bien; de una manera no demasiado lejana a como hubiesen sido en su momento con la suerte de su parte. El tiempo ha convocado a su alrededor un tipo de seguidor que ya no observa la actualidad como antes, y que si lo hace se ciñe a lo que piensa que le va a gustar. El aficionado que a estas alturas sabe lo que quiere, impermeable a los vaivenes de la moda, por experiencia o porque en su vida mandan otras prioridades. Los fans de la época han vuelto para rendir homenaje, a recordarlos y a recordarse, a vivir en un período acotado de tiempo algo que consideran auténtico y les permite reencontrarse con una parte de ellos mismos. Los nuevos oyentes han descubierto un legado que pudo ser grabado ayer mismo; y los que han vuelto a escuchar canciones a las que apenas prestaron atención en la nebulosa de los primeros noventa, se han encontrado, asombrados, que dentro del clasicismo sonoro y del giro hacia la contundencia, tan alejados del gusto de la época, de los últimos discos, que más de una mala crítica les deparó, había composiciones que bajo la evidencia sonora de una primera escucha encerraban todo un mundo de imágenes, escenas, metáforas y reflexiones que las alimentarán eternamente. Las buenas canciones siempre están sometidas al fuego lento de quien las va descubriendo y propagando, de quien las va reinventando.



Al acabar el concierto del Palacio de Deportes de Granada, otro lleno más, la banda se abrazó en el centro del escenario y saludó al público. Alguien les lanzó flores. El autor no parecía saber qué hacer con las que cayeron en sus manos, sonreía tímido a un público que guarda a buen recaudo en su memoria gran parte de su cancionero.  El autor vivió esos momentos acaso como algo excesivo a lo que aún no se ha acostumbrado, a pesar de las muchas ocasiones en que esa escena se ha repetido durante estos últimos doce meses. Se le veía relajado, más que nada porque la apuesta personal de aparcar su carrera y realizar el ejercicio de recrear del pasado, algo siempre puesto en tela de juicio, ha salido estupendamente. Se ha conseguido lo que él más reclamaba: la reedición en condiciones de los discos del grupo, y el reconocimiento a un trabajo hecho desde siempre con dedicación. De pie en ese escenario, por su cabeza habrán pasado muchos momentos, quizá observados desde un nuevo punto de vista; ilusiones que se creían perdidas y decepciones que ya no lo son tanto. Estoy seguro de que se habrá reído para sí pensando en lo relativo que resulta todo.

16 mayo 2016

REENCUENTRO

Si alguien me hubiera pedido opinión acerca del regreso de 091, me hubiese mostrado bastante reticente. Esa es la verdad. La razón de fondo no es otra que el miedo que me producía que la cosa saliese mal, que no obtuviesen la respuesta deseada por parte del público, que todo quedara reducido a un ejercicio de nostalgia para unos pocos, y uno de los pedazos de la historia del rock español más reivindicable volviese de nuevo a su rincón, y esta vez apaleado por la realidad. El mundo del rock tiene estas conexiones emocionales, que son parte de su magia esencial. La empatía que llegamos a sentir con nuestros grupos favoritos rebasa muchas veces la lógica. Por alguna extraña razón, tendemos a ponernos en su piel, a padecer sus fracasos o la incomprensión a la que son sometidos por el resto. A temer por ellos. Tiendo al pesimismo, lo reconozco, y por eso lo primero que imaginé fueron escenarios menores, ambientes fríos o críticas acerbas.

Ya han pasado los esperados conciertos de Granada, termómetro ideal para valorar cómo está resultando esta “resurrección”, y es evidente que el balance no puede ser más positivo. Las reediciones por fin hacen justicia con uno de los repertorios que han rayado a mayor altura dentro rock hecho en castellano. El público ha respondido. Y, algo muy importante, sobresale la profesionalidad de la planificación en todos los aspectos, empezando por la propia preparación de la banda, cosa que me alegra, pero no me sorprende; por lo poco que conozco a José Ignacio Lapido, sé que no es amigo de pasos en falso ni de cabos sueltos, y que el compromiso que demuestra con su trabajo y el respeto por su público están fuera de toda duda. Más bien son un espejo en el que debería mirarse más de uno. De estos conciertos de la plaza de toros destaco la organización, el cuidado de los detalles, o la inversión realizada, acorde con lo que se quería ofrecer. Pero, sobre todo, la certeza de haber  visto a un grupo que ha conseguido lo que pocos logran en este tipo de reuniones: se han reencontrado, entre ellos como músicos y con las canciones. Han sabido retomar el pulso allí donde se quedó. Han pulido y añadido detalles, refrescado el repertorio y renovado pequeñas cosas para conseguir ser ellos de nuevo en un escenario.



El éxito de este regreso está siendo objeto de estudio pormenorizado en decenas de barras de bar. He participado en alguno de esos debates, y en ellos he expuesto mi opinión. Pienso que 091 gustó durante su trayectoria a mucha gente, no a tanta como para convertirse en superventas (menuda palabra anticuada) pero sí a la suficiente como para dejar huella. De entre aquellos seguidores, muchos dejaron de escuchar música con la edad y fueron aparcando al grupo, y otros mudaron de gustos e intereses musicales, empujados quizá por esa tendencia hacia la experimentación y la superación de lo clásico que ocupó el final de los ochenta y buena parte de los noventa, circunstancia ésta que mermó de paso el relevo generacional de seguidores del grupo. Pues bien, todos esos han vuelto. Pasados los años, y ante la perspectiva de poder ver en contados conciertos acotados en el tiempo al grupo que en su día fue importante para ellos, los antiguos seguidores se han apuntado a un ejercicio a medio camino entre la nostalgia y el redescubrimiento; y a los que los dejaron de seguir, el tiempo les ha demostrado que lo que realmente permanece son las canciones que, en el caso que nos ocupa, han soportado en su mayor parte el paso de los años. Eso sin olvidar el reducto de fieles que, año tras año, han mantenido encendida la llama de la banda, haciendo apasionado proselitismo hasta donde han podido. Solo queda que, tras esta gozosa confluencia, algunos se queden y conozcan el repertorio de José Ignacio Lapido. Estoy seguro de que les merecerá la pena. 

26 octubre 2015

091: VUELVE EL SECRETO

Vuelven 091 y me cuesta descifrar lo que siento, como seguidor de la banda que soy casi desde la niñez. Supongo que en mi caso, después de haberlos visto tantas veces en directo y en tan diferentes circunstancias, volver a encontrarlos sobre un escenario será como el reencuentro con ese viejo amigo que nunca te falló. Esa sensación de complicidad inalterable. Cuando se separaron experimenté sentimientos encontrados, por un lado se me antojaba lo más aconsejable, dadas las circunstancias, pero por otro fue un punto doloroso saber que ya no habría disco nuevo de los Cero. De todas formas, siempre tuve claro que Lapido volvería, y la satisfacción que me produjo la noticia de su debut en solitario superó cualquier tipo de nostalgia. Esa sensación desapareció por completo. En mi opinión fue un acierto y un acto de valentía decidirse a cantar sus propias canciones, a pesar de sus limitaciones vocales y de las inevitables comparaciones con el anterior cantante de su repertorio. José Ignacio Lapido dio, probablemente, el paso adelante más importante de su carrera. Siendo el mismo de siempre, perfectamente reconocible como creador, evolucionó y maduró como letrista y compositor. Desarrolló un sonido personal y creó un repertorio con la suficiente amplitud y solidez como para ser reconocido como uno de los más grandes compositores de rock en castellano aunque 091 no hubiesen existido jamás. En los conciertos aplaudía las canciones que tocaba de los Cero, pero ni deseaba especialmente ese momento ni hacía apuestas sobre qué nuevo tema interpretaría de aquel repertorio. Para mí eran y son, con todos sus puntos en común, historias completamente distintas hilvanadas por un mismo personaje, ese que echa su mirada sobre la calle y la recoge llena de cosas asombrosas.

Algunos buenos amigos andan como locos con esto de la reunión, otros pocos se muestran decepcionados. Yo, por mi parte, cuando leí la noticia en Ideal me quedé sorprendido, aunque no estupefacto (ya me habían llegado rumores). Acto seguido me puse a hacer cábalas acerca de la formación que el grupo presentará, del repertorio; en un momento determinado necesité conocer urgentemente el estado de preparación del último disco de José Ignacio Lapido, y segundos más tarde terminé canturreando “Escupir contra el viento”, una debilidad del segundo elepé que me asalta de vez en cuando. La cosa es que volví a pensar en 091, una mañana de 2.015, como en algo vivo, presente, tangible; y la sensación fue emocionante, para qué negarlo.



Siempre he pensado que una banda de rock and roll debe mucho al momento vital de sus miembros cuando se crea y desarrolla su repertorio (por más que éste sea compuesto por una o dos personas), a la relación entre ellos, a sus circunstancias, a mil imponderables que van configurando una forma de estar y comunicar. Que, congelado todo eso y vuelto a retomar años después, nunca será lo mismo, incluso si se trata de músicos más avezados o en mejor forma. Creo que ese resbaladizo y tantas veces frustrante empecinamiento en perseguir lo inasible está presente, en mayor o menor medida, en cualquier reunión de estas características, y este caso no será una excepción. Supongo que la clave para que todo esto sea realmente memorable radica en no quedarse a esperar los resultados de esa persecución sino en, como espectadores, formar de alguna manera parte de ella. Creo que tratándose de quien se trata aprenderemos cosas nuevas por el camino.

Probablemente, cuando ponemos peros al regreso de algunos de esos grupos que fueron míticos para nosotros, pecamos de un egoísmo infantil e ingenuo. En el fondo tenemos miedo de que la realidad vuelva a jugárnosla, que la ola sucia del tiempo nos devuelva al escenario una mentira; un grupo de amargados que no se pueden ver pero necesitan la pasta, o un puñado de nostálgicos fuera de forma que pugnan por buscar algo que jamás volverán a encontrar. No es el caso, todos los involucrados en esta historia siguen en forma, ya sea como músicos en activo o como gente atenta. No es difícil imaginarlos de nuevo conectados tras unas sesiones intensivas de ensayos. 091 siempre fue un grupo riguroso, cuidadoso de los detalles y del sonido. Sé que veremos a una banda bien engrasada. Muchos descubrirán lo que no pudieron ver y otros lo que no atendieron y ahora reivindican.


091 no te trae superficiales retazos de memoria colectiva, no es algo susceptible de ser pasto de nostalgia televisiva. Iba a escribir que escaparon de la foto de época, pero la verdad es que ni siquiera llegaron a posar: era algo demasiado personal, acaso a su pesar. No se solía escuchar por casualidad, siempre se accedía a ellos como a un preciado secreto, de la mano de alguien a quien antes había guiado otra mano. Fueron la banda sonora de los que los eligieron. Y éstos pronto supieron que pisaban un mundo propio construido a base de electricidad e imaginación, sin mercadotecnia ni postizos. Su música no es el tarareo que el tiempo reduce y vuelve bobalicón y pesado. No son una imagen clavada en ningún momento concreto. Era un proyecto intemporal cuyas canciones en su mayoría nunca serán pasado; desbordante y ajeno a encasillamientos fáciles. Sus envoltorios de pop inspirado y rock directo y bien estructurado ocultan recovecos y pasadizos secretos dentro de su inmediatez; supuran demasiada pasión, demasiada alma. Sus fraseos irreprochables y estribillos redondos dejaban en el cerebro un reguero de imágenes y reflexiones que iban acomodándose, ardiendo lentamente escucha tras escucha. Sentías que cada vez que ponías los discos un nuevo punto de vista se abría dentro de la canción. Era la señal: ya estabas dentro de ella y ella dentro de ti. Y ambos crecíais juntos.

30 septiembre 2006

091 “Último Concierto – Edición Especial 10º Aniversario”(Pentatonia, 2.006)

Con la separación de 091 perdimos algo una buena parte de los aficionados al rock en Granada. Era la banda que siempre estaba ahí, la apuesta segura; con canciones que te llamaban desde la primera nota, un imán irresistible y electrizante. La escena musical evolucionaba y ellos seguían su camino, incólumes, con muchas canciones memorables y ninguna mala, con discos densos, cargados de fuerza, emotividad y reflexión. A mí particularmente me han acompañado desde siempre, suyo era el primer elepé de mi colección (“Cementerio de Automóviles”) y suya la cinta de 90 que más he quemado, una que alguien me grabó (ese mismo elepé incompleto por una cara y “Manifiesto Guernika” de T.N.T. por la otra). Recuerdo la sorprendida ilusión en la puerta del instituto ante el vinilo rojo de “Más De Cien Lobos”; los conciertos siempre intensos y rayando la perfección; la salida de Antonio Arias, tan comentada; y muchos temas para siempre: “En La Calle”, “La Torre De La Vela”, “Qué Fue del Siglo XX”, “La Vida Qué Mala Es”… El deseo que todos teníamos de que vendieran, de que fuesen descubiertos de una vez por todo el mundo, como comenzó a pasar a partir de 1.987 con muchas bandas nacionales de rock.

Este directo es sin duda, su mejor despedida. Desde el clásico inicio de sus conciertos con el instrumental “Palo Cortao”, aparece el sonido que caracterizó a los 091 de los noventa: rezumante de rock and roll, imparable, blindado, contundente y limpio, tan zeppeliano como stoniano. Esa elocuente rocosidad contaba con respiraderos provocados por su brillo intrínseco, en forma de coros, melodías impecables y estribillos inconfundibles. Catarsis eléctrica para conmovedores textos de mirada sombría e incierta sonrisa. Ese mismo sonido, tan reconocible como previsible, que les restó capacidad de sorpresa en unos tiempos confusos donde lo excitante se hallaba lejos de las composiciones bien terminadas: en los últimos ochenta se abrazaba tardíamente el revival garajero, se empezaba a adorar masivamente a la Velvet, y se enmudecía ante la grieta sónica de Sonic Youth y The Jesus & Mary Chain, las espirales de Spacemen 3 o el oscuro magma de Nick Cave and the Bad Seeds. De los grupos que se desarrollaron durante los primeros ochenta, los pocos que no se convertían en vendedores lo tenían crudo, el nuevo público underground tendía a obviar aquella época y las simpatías viraban hacia bandas que cantaban en inglés u ofrecían un modo distinto de hacer las cosas, algo que también tenía su lógica. Para colmo, los noventa trajeron el grunge (inicialmente una saludable colisión de Black Sabbath con garage punk: más distorsión) y el desembarco indie de la inspirada mano de los Pixies o Dinosaur Jr. Mientras, la banda granadina en tierra de nadie, cada vez más ninguneada por la crítica y sólo sostenida por la importancia que sus canciones tenían para muchísima gente, sobre todo en su tierra.

091 se despidieron de la afición granadina durante dos días consecutivos de mayo de 1.996, ambos con lleno absoluto en el anfiteatro de Maracena. La postrera y más completa formación de la banda dio cuenta de un repertorio centrado en sus tres últimos trabajos, con recuerdos puntuales a los primeros cuatro, que se adaptaban como podían al vendaval hard (“Debajo De Las Piedras” incendiada por Rory Gallagher, “En La Calle”, favorita de Joe Strummer, perdiendo parte de su inmediatez juvenil; o “Cementerio De Automóviles” y “Fuego En Mi Oficina”, que nunca terminaron de adaptarse). Un resumen final coherente y que no sonaba a despedida en falso, como el tiempo ha demostrado. Para siempre quedan los wha-wha de “La Noche Que La Luna Salió Tarde”, el intenso calado de “La Canción Del Espantapájaros”, la magnífica ejecución de “La Vida Qué Mala Es” confundiéndose con “Suzie Q”, o la mordiente de “Sigue Estando Dios De Nuestro Lado”. El quinteto se despidió en su mejor estado de forma, dejando este recuerdo con marchamo imperecedero para sus seguidores, ellos, que en tantas ocasiones fueron maltratados en el estudio de grabación. La presentación es impecable, como el acontecimiento merece; una portada sugerente, intencionada y sencilla, con unas cuantas cerillas quemadas menos una aún sin usar, que aparece aprovechada al máximo en la contraportada (humor lapidiano, me temo), reminiscente de aquella caja de cerillas que aparecía en la portada del primer single, “Fuego En Mi Oficina”, de 1.983. Esta edición remasterizada, mejora el sonido y cuenta además con el añadido del documental “Esto fue todo”, ajustado resumen de su trayectoria contado por ellos mismos.