25 julio 2011

50 PASAJEROS (Un poema serie B)

“Aún late, pensé.
Y su latido trepó
por mi garganta”.
Rezaba el haiku que leías cuando me diste el pitillo que en tu vagón solicitaba.
¿Quién puede escribir algo así?, ¿qué alma gemela atormentada?

Quise apartarme de las vías, créeme, pero mis pies nunca lograron abandonar
el hierro y su maldito y mecánico crepitar. Siento perenne el sabor del metal,
su calor infame y asfixiante, su movimiento demente pegado a mi suela.
Soy oscuro tren y en un tren habito. Monarca que resbala y vuela.
Está dentro de mí, lo noto recorrerme mientras por sus resquicios me muevo.

Está en mí: oxidándome, alimentándome y consumiéndome.
Deshaciéndome, apareciéndome, llevándome y trayéndome,
en una vida circular de números, gestos y breves punzadas de éxtasis y duelo,
(deslumbrantes flores de un segundo puntualmente descuajadas),
que en su infinito girar me arrastra y envuelve sibilante, implacable.

Soy el ángel disciplinado y silencioso del pasillo. La palabra amable.
Ya lo sabes, la sonrisa comprensiva que acoge al extraviado.
Soy ese cabizbajo al que la ropa raída va quedando grande.
El del pasador de corbata de boda antigua, congelada y brillante.
No me mires, que ahora no me ves, aunque algo ya te haga sentir hastiado.
Yo llevaba una diana en la solapa tal que la tuya, no tengas cuidado.

Soy aire helado o mancha que se extiende. El dulce mirar que te adormece,
el canto lejano en el susurro, el tenue silbido que desarma tus certezas.
Fiel perro eléctrico que lleva claridad a la duda que te ensombrece.
Sabía que estaba predestinado a este tren maldito, que me arrancó con fiereza
algo que quedó atrapado por siempre entre ruinas de angustia y estupor.

Me ovillo desde entonces en un pétalo seco, tembloroso residuo de mi amor,
donde apenas respiro, observando con sigilo pasajeros y musitando cifras
en mi boca de la suerte para deslizarlas lengua abajo una a una sin tregua ni prisas,
marcando destinos con curiosidad vacía y letanía, sin ilusión ni deseo de final.
¿Qué acción determinó mi devenir? ¿qué gesto ha resuelto el tuyo?
Esa es la cuestión: ¿Quién se levantará primero, de quién será el primer murmullo?

¿Cómo transcurre el tiempo ahora, tras ese frío y estrellado cristal
que hiende rugiente el espacio y demuele minutos refulgiendo fugaz,
mientras la luna siempre riela en el mismo punto, sin posibilidad de parar?

Ven, atento viajero del asiento 22, vislumbra en la línea de mi mano un atardecer
vernal que es horizonte luminoso y fresco; confía en mí, no temas desfallecer.
Olvida el traqueteo de tu alma mentirosa y sonríe a este mundo azaroso antes de cruzar.
Cuarenta y nueve.

18 julio 2011

LA TORMENTA

Paz.
Esponjoso latido.
Medida supervivencia
entornada.
Sombra recortada.
Hollé la estructura
nítida y filosa
de tu ambición
mientras respirabas,
desilusionada.
Salté, circulé, pero
resbalé
en la escalera de caracol.
Temblor.
Malabarismos sin ti,
sobre una cuerda floja
que es llanura inmensa y sorda
del yermo de mi fantasía.
Cielo gris acartonado veo
desde el refugio-rectángulo
que cabe en mi mano
y al que mi mano no llega.
El hastío pasó de ser pared a techo,
y no, no puedo plegarlo:
se enredó en mis manos.
Malditas líneas rectas
que persiguen
mi mirada.
¿Desde cuándo?
Cierra, por favor
ya vi la luz.
Pasos cortos.
Lejos, cada vez más lejos.
Nos despedimos y
yo repetí tus palabras
o quizá fue al revés.
Tono bajo.
Esponjoso latido de esperas
en salas llenas de silencio seco
y música mohosa.
¡Cuándo llegará la tormenta!

13 julio 2011

LOS SUEÑOS Y LA TAZA DE CAFÉ (3): LA LISTA

Metí a mi familia en el coche, prácticamente les empujaba con la extraña esperanza de que pasáramos al otro lado del espejo. Arranqué nervioso, pero no recuerdo cómo salí del garaje. Ante nosotros serpenteaba una carretera gris, de un gris reluciente y limpio, sin baches ni remaches, ni rajas y zonas cuarteadas como promesas políticas rotas. Conforme avanzábamos nos sentimos más tranquilos y comenzamos a charlar y bromear sobre cosas intrascendentes. Pasaban los minutos, los kilómetros, los pueblos, y todo parecía encajar en algún orden que ya habíamos desterrado por imposible. Había más pájaros revoloteando y cantando, más verdor, más claridad; poco a poco fue desapareciendo todo ese detritus de un capitalismo cada vez más ciego y voraz que ocupa los márgenes de las carreteras con gesto soberbio y sonrisa ferruginosa. Pusimos la radio y sonó “Guest List” de Eels, que todos canturreamos por lo bajo. En ese momento sonó mi móvil, interrumpiendo la canción. Por alguna razón no fui lo suficientemente valiente para no atender esa llamada. Descolgué pulsando sobre el volante y una voz entre paternalista, mordaz y falsamente divertida, comenzó a lanzarme suaves reproches y consejos, y a narrarme la historia y las circunstancias del Partido. No me dejaba intervenir, no respiraba, a pesar de su hablar pausado. Me recordó que ella había sacrificado un domingo de estar con sus hijos por tal de representar al Partido en la mesa electoral, y que, revisando casualmente la lista, ni yo ni mi esposa, ni mis dos hijos mayores (que me miraban en silencio), habíamos ido aún a ejercer nuestro democrático derecho al voto. En ese momento vi su larga uña de porcelana señalando mi nombre escrito en una lista y todo se difuminó.

08 julio 2011

¿EN QUÉ PIENSAS?

“¿En qué piensas?”. Preguntó la joven desde la cama mientras encendía un cigarro. La pregunta iba dirigida a alguien tan atrapado en sus meditaciones que ni siquiera percibió la vibración de la voz: un muro de zumbido lo protegía de toda injerencia exterior. Alguien que, asomado a la ventana, desnudo con los calcetines puestos, volaba en todas las direcciones brindadas por el horizonte marino que se extendía frente a él, tan lejos de allí.
Sentía el frío del alba ocupando lentamente su cuerpo. Empezó por los brazos, éstos al principio ofrecieron cierta resistencia, parecía que los restos de sudor y saliva de su última y desesperada refriega amorosa habían formado sobre su piel una leve cutícula de calor, acaso una ilusión; posteriormente, el erizamiento progresivo del vello anunció la victoriosa invasión del amanecer húmedo por todo su membrudo cuerpo. Lo último en caer fue el rostro, siempre tenso y agrietado de sensaciones, duro e incandescente por el calor del trabajo en la fábrica y por el que desprendían las esquirlas de ese pensamiento enmarañado y acelerado, siempre determinado por la fábrica, siempre relacionado con gritar socorro.
Desde su privilegiado atisbadero creía observar el alma de los chiquillos que correteaban por la calle, concluyendo que en ella llevaban escrito su futuro. Un aburrido nubarrón se acercaba cuando se produjo la gran inundación de la tristeza. A pesar de estar ya acostumbrado a sus desmanes, esta vez le sorprendió anegando todas sus posibilidades de reacción. No fue la suya una dominación como la del frío de la mañana, lenta y segura, tras una breve pugna, sino una emboscada certera, cruel, casi genial.
Abandonó la ventana arrastrando grilletes de frío y tristeza; pero una extraña sensación de tiempo viciado, suspendido en el aire, le impulsó a pasear frenéticamente por la habitación; como si ese movimiento le pudiese ayudar a desprenderse de las sensaciones que lo atenazaban, firmemente sujetas a su piel y cabeza. Al cabo de un rato el frío fue sustituido por un agradable hormigueo calorífico; pero la tristeza, creciendo como una hinchazón, seguía abortando cualquier perspectiva de olvido. Mordía recuerdos de sus profundidades y los escupía al cerebro, desde donde manaban febrilmente transformados en imágenes sin compasión ni orden.
La chica tenía desde hacía rato la mirada clavada en él. Ya vestida, y jugueteando con las llaves de su coche en una mano, esperaba a cobrar para largarse, pero comenzaba a plantearse seriamente la posibilidad de irse sin despedirse de aquel raro y taciturno obrero, siempre tan ensimismado, siempre tan silencioso. Ya ajustarían cuentas. Él, mientras, se ahogaba en su paseo sin rumbo, pensando, muy a su pesar, en su vida, en su angustia. Recordaba el trabajo duro y aburrido en la fábrica, los productos que allí se fabricaban y que tenía que comer o vestir. Esas barras de chocolate demasiado fuerte, demasiado amargo, que se perdían en su boca de niño obligado por su madre. El olor como a polvo agrio de la ropa del colegio, los bolígrafos de la empresa, los cuadernos azules para los hijos de los empleados. La adoración profesada a los jefes y a sus hijos por todos aquellos que formaron parte de su vida: sus padres, su hermano mayor, los sucesivos curas, los comerciantes, la maestra… Su padre le decía que los que no querían a la fábrica y a todos sus almacenes y al economato, no querían a su familia ni se querían a sí mismos, y que eran ésos los que acababan en el bar harapientos y babosos para el resto de sus días. Él en el fondo ansiaba ser como ellos, huir de la fábrica aunque sólo fuera de pensamiento.
Más tarde deseó salir de allí de verdad, ya que la mili era un simulacro, un espejismo en una base a pocos kilómetros. Un respiro momentáneo, con los permisos ocupados en turnos de trabajo en la fábrica desde incluso antes de ser los quintos llamados a filas.
Los madrugones sin hablar, las conversaciones gastadas, el frío persistente y aburrido, el oxidado olor de todo, la gaseosa malla de sumisión que moldeaba los anocheceres; la lenta necrosis de la vida; aquellos callejones de la niñez en fiestas que parecían estrecharse a su paso mientras miraba la pancarta con el nombre de la fábrica en la meta de la carrera ciclista. Todo eso pasaba por su mente lentamente ahora, así como la cara de media sonrisa congelada que se le había quedado a su padre viejo, de tanto asentir.
Pero no pudo, nunca fue capaz de alzar la voz ni de levantar la cabeza. El miedo lo mantuvo como hibernado, en un viaje inconsciente y constante por ese estrecho tobogán cotidiano que todos denominaban tradición, costumbre o necesidad. Un viaje sin sobresaltos ni pasos en falso que acabó esa mañana, cuando descerrajó con su escopeta a su superior inmediato, que le quería retener más tiempo en su puesto después de acabar su turno, y a todos cuantos preguntaron “¿Qué pasa?”.
Poco después escuchó pasos atropellados por los pasillos que rápidamente despejaron su cabeza. Sus labios apuntaron una leve sonrisa, acompañada de un creciente rubor al sorprenderse aún desnudo. Mientras se vestía apresuradamente, se preguntó cómo sería la vida en la cárcel, tan lejos de allí.

24 junio 2011

BALONES PINCHADOS

Inexpresivos balones pinchados,
que se pasan el día respirando hondo,
sigilosos,
entornados los ojos redondos,
ya desgastados.
Foto fija, son todo pasado.
Picoteados por la brisa,
que ya no los despierta
para que lo niños los persigan.
Pero están muy vivos,
laten en un turbulento
mundo extraviado.
Pendientes de una patada distraída
hacia la última portería.

22 junio 2011

Y SÓLO FUIMOS PRINCIPIO

Hubo un día que se abrió
y duró más que ningún día.
Una mañana en que todo creció
y creció sin medida:
sin pausa, sin precaución,
equilibrio o ponderación.
En la que todo renació
sin preguntas ni razón;
y el sol se multiplicó
por tres en los pasillos
mientras corríamos
y gritábamos,
sin miedo ni vergüenza,
ni inconsciencia,
ni control.
Y la idea de final desapareció.
Y sólo fuimos principio.

20 junio 2011

19-J

Iba a cruzar la calle cuando le sorprendió la manifestación. Al principio se mostró impaciente, e hizo ademán de buscar un hueco por el que colarse, con su actitud de hombre que no está para bobadas, su polo color claro y sus gafas de sol. A los pocos segundos desistió y, suspirando, se decidió a esperar el paso de la muchedumbre, aposentando su nube de colonia sobre la acera. Se quitó las gafas y apareció una mirada llena de curiosidad, enmarcada en un gesto burlón, con el matiz de estupefacción del que es testigo de algo cuyos motivos no le terminan de cuadrar: el único hombre cuerdo de la ciudad viendo pasar ante él un inmenso ejército de coloristas y reivindicativos marcianos (móvil en ristre para comentarlo con los amigos). Atento a los acontecimientos, empezó a leer el contenido de las pancartas, e instintivamente procedió a intercalar y sustituir nombres de marcas comerciales entre consignas y eslóganes, había que reconocer que algunas tenían gracia (qué cabrones); y a valorar el gran tamaño y colorido de otras, calculando el tiempo invertido en confeccionarlas, cuánta gente se habría dedicado a ello, dónde (quizá en la sede de alguna asociación de ésas o en la casa de uno de ellos que tenga garaje, que sería difícil), y que pensarían hacer con ellas después: las imaginó polvorientas, arrumbadas en algún rincón, o asomando por los contenedores de escombro que ellos no pagaban. Observó detenidamente a algunas chicas guapas con el ombligo al aire (“podrían ser modelos, y estar ganado dinero, en vez de estar dando saltos aquí”, se dijo). Contó muchos tipos de camisetas relacionadas con el evento. Entonces, un instantáneo gesto seco le arrugó el rostro mientras valoraba la pasta que habrían podido sacar con ellas y quién había sido el listo que se lo había metido en el bolsillo. Durante varios minutos buscó con la mirada un posible cabecilla para proponerle un negocio, pero parecía haber demasiados. Le hacían gracia las pintas, los cortes de pelo; saludaba a los niños que avanzaban en sus carritos empujados por adultos que coreaban algo sobre fútbol de primera y democracia de tercera. No tuvo más remedio que aprobar la técnica y el ritmo de unos que tocaban tambores y les hizo una foto con su móvil táctil de pantallón, al tiempo que pensaba que deberían tratar de montar un espectáculo serio (no callejero) y ganar dinero. Le sorprendió, pero sólo un poco, la ingente cantidad y la heterogeneidad de los manifestantes, era la primera vez que no le parecían estrictamente previsibles y teledirigidos (personas de todas las edades, perro flautas de ésos, jubilados, mucha gente con buena pinta, padres y madres, estudiantes con aspecto aplicado). Calculó rápidamente qué porcentaje de ese caudal de gente tendría trabajo o perspectivas, y no fue muy optimista, aunque ese hecho en nada demudó su rostro. Pasados esos minutos de solaz, inmortalizados con fotos y algún vídeo, cruzó la calle raudo, entre la multitud. Desde la otra acera, se despidió de la cabalgata popular con una sonrisa enmarcada en un gesto de certeza absoluta. Él también sabía, desde siempre, que casi todos los políticos eran mediocres porque si no la inmensa mayoría no serían políticos, que todos los compromisos eran papel mojado, que cada uno debía buscarse la vida, anticiparse; que las voluntades podían comprarse, las éticas relajarse; que las protestas se las llevaba el viento, que los votantes eran números; que no había que inquietar a los bancos, y que los trabajadores eran la parte más débil del proceso productivo.

16 junio 2011

LA MAÑANA QUE EL PODER NOS DEJÓ DESTROZAR

La mañana que el poder nos dejó destrozar
dejé de estar rodeado de bolígrafos secos.
Pinté frenazos, gritos, sirenas
y ventanas cerradas a cal y canto,
con un pestillo pastel oxidado.

La mañana que el poder nos dejó destrozar
broté de la pared como líquido rojo,
entre sombras, viento y silencio.
Dibujé nubes, alas rotas y un camino
que no supe terminar.
Coloreé un sol en su muro
y un rayo me destrozó la mano.

La mañana que el poder nos dejó destrozar
fuimos promesas de un segundo
y sus furgones ordenados finales del mundo.
Esbocé luces inquisidoras
ante las que resbalar.
Embadurné de gris
sin principio ni fin.
Fui lluvia y frío impreciso.
Y anduve herido y perdido,
brujuleando el rumbo de mi juicio.

14 junio 2011

FIEBRE

Vivir inmerso en el final,
sentirlo disonar bajo los pies
y alrededor,
como aliento beodo
de una inmensidad
cotidiana.

No ser más que absurdo reflejo
en una procesión de espejos
de vitalidad acotada y fungible,
previsible sin fisuras.
Sin poder moverse.
Sin querer salir.

Perseguir una luz con la mirada
esperando turno
en una esquina del lavabo
con un billete enrollado,
¿puede ser ensoñación?.

Otear el futuro
para evitar el presente.
Deslizar la estela de la luz
por la imaginación
una y otra vez,
como masaje estridente
de la madrugada.

Y, luego,
desandar lo andado
para retomar el final
donde lo habíamos dejado
y agitarlo
para volverlo a empezar,
para que no acabe nunca
ni nos traiga un nuevo día.

Huir por puertas laterales
esquivando miradas,
desoyendo llamados,
tropezando, esperando
tres calles más abajo.
Abrazados al artificio
por tal de exprimir el final
y respirar
la calidez de su aroma
a medicina y gasoil.
Y removerlo a la espera
de su amarillenta
y untuosa sonrisa.

Recorrer corredores
ya recorridos en círculo.
Prendiendo la fiebre
llena de cuchillos y leones.
Sentirse patinando eternamente
en un lapso de tiempo.

Inmolarse en la velocidad
de un coche callado
que derrapa gratuito
y no puede parar.
Ir limando la curva a cada paso,
desecando el círculo ajado
con los ojos cerrados
hasta el próxima final.

Morder nuestro tiempo.
Escupir la razón.
Echar a la hoguera
todos los indicios
de principios,
todas las sensaciones
de indicios,
todas las impresiones
de sensaciones.

Exprimir el final
encallados en la esquina de un bar,
silenciosos y huecos.
Cada uno por su propio túnel.
Con el delirio ojeando frenético
las páginas de la memoria.
Paralizados en el centro
del torbellino de nuestro eco:
ya lento y murmurado.
Ansiando ser ovillo anidado
en sueños nuevos,
incapaces de alzar la mano.
Salir a un sol que quema
y sentirse hundido
hasta las rodillas,
en un ajeno verano asfaltado.

Nacer conociendo un final
acolchado de mentiras,
y aprender a sorprenderse
con sorpresas ya aprendidas.
O romper el rito,
con la fiebre.

09 junio 2011

BRINDIS

El sindicalista que bromea con el empresario y luego evita saludarlo delante de los trabajadores. El Popular que busca acceder a un puesto de trabajo a través de un familiar del PSOE porque la sangre es la sangre, ¿o no? El socialista que discute abiertamente el precio que tiene que pagar por una obra que ha contratado con argumentos tipo rendimiento medio de un trabajador por hora restando descansos, y que lo vi dos veces parado, una fumando, apoyando el pico contra la pared. O su compañero, que para criticar la ley que prohíbe fumar en espacios públicos apela al peso de las tradiciones. El delegado sindical que pasa de Camarón porque es gitano mientras vocea a favor de “Democracia Real Ya”. El llamamiento a través de las redes sociales para no comprar nada a los "pakis", que sólo quieren hacer negocio a costa de nuestra acampada para cambiar el Sistema. El candidato que le dice a un grupo de personas en la acera “estoy más cerca de vosotros de lo que parece”. El amante del liberalismo que se pasa la vida en la puerta del ayuntamiento buscando un contrato público. El de Comisiones Obreras que se lamenta porque va a llover y no van a poder sacar el trono de Semana Santa. El anticlerical que celebra la Primera Comunión de su hijo por todo lo alto para que no se sienta desplazado (el hijo, supongo). El que manda de forma airada a la selva al jugador negro del equipo rival, allí en el bar, viendo el partido con su pañuelo palestino al cuello. El que critica la existencia de tantas administraciones y pide subvenciones agrícolas hasta para regar una maceta. El anticlerical (éste es otro) que falsea su domicilio para inscribir a su hijo en el colegio concertado porque mi mujer se ha empeñado y, mira, pues… Alcemos nuestra copa por todos ellos.