08 abril 2020

SESENTA Y OCHO (HISTORIAS DEL ESTADO DE ALARMA IV)


Se acerca a nuestra cola de estacas una señora mayor con una mascarilla de tela celeste. Arrastra su carro. Se coloca al final y el vigilante de seguridad la sigue con la mirada mientras yo, entre la neblina de mis gafas empañadas, espero su gesto para acceder al hipermercado. Sin dejar su puesto gesticula, imagino que la va a llamar, pues tiene preferencia. Sin embargo, se decide por la seguridad del dato y, por no abandonar su posición, lanza la pregunta a larga distancia: “¡Señora!, ¿cuántos años tiene usted?”. Se produce un breve silencio, la fila se vuelve hacia ella sin emitir sonido alguno. La señora se dirige a la persona que tiene delante y le dice algo que esta comparte con la siguiente, y así sucesivamente hasta llegar a la que me sigue en la cola, que me dice: “Sesenta y ocho, dile que tiene sesenta y ocho”. Doy un paso y el vigilante, como dueño absoluto de esos minutos de nuestras vidas, extiende su brazo derecho hacía mí para evitar mi avance. Me detengo en seco, mostrando las palmas de mis manos en son de paz, y le susurro, retirando por un segundo mi mascarilla, que tiene sesenta y ocho. Él, presto y seguro de sí, asoma la cabeza a la cola y grita: “¿Sesenta y ocho años?, ¡pase señora, tiene usted preferencia!”, llamándola a la vez con un gesto firme de su mano derecha. Cuando la señora pasa a mi lado, el vigilante se me acerca y me advierte con el dedo índice levantado: “Usted se espera, ¿entendido?”, volviendo después a su sitio como si acabara de resolver un conflicto internacional. Sí, ha quedado claro.

Pienso en Luis Eduardo Aute, que acaba de fallecer. Siempre lo he relacionado con Antonio Vega, aunque sean tan distintos en tantas cosas. Se trata de creadores solitarios, ajenos a modas e influencias inmediatas o previsibles. Son cultivadores de mundos propios que van desgranando en las letras de sus canciones. Voces personales que transmiten intimismo y engañosa fragilidad desde un claroscuro muy particular. Dos estilos en sí mismos que quedan plenamente confirmados cuando a la gente le da por versionarlos: entre los que se pasan y los que no llegan, nadie canta sus composiciones como ellos.

El detective privado de la tercera parte camina por Hipercor. Lleva su mascarilla y da vueltas sin rumbo. Cuando algún empleado se acerca, astutamente hace como que echa algo en su carro vacío. Ahora se dedica a tratar de adivinar las caras tras las máscaras. Cree que, observando a las pocas personas que realizan su compra, podrá averiguar cosas acerca de ellas. No sería raro que una pareja de amantes, a la que le es imposible verse en estas circunstancias, quedase para salir a comprar a la misma hora. Para estar al menos a un par de metros de distancia. Para lanzarse mensajes a través de la ropa elegida o el peinado. La emoción del momento aún inexistente lo consume. Está entrenando, por lo que parece, o quizá delirando. Las tarjetas de visita queman su escritorio, en la guantera de su coche, en su bolsillo. Todo arde, nada se mueve.

Antes me inquietaba pensar que los gobernantes sabían, y nos ocultaban, muchos datos cruciales que los demás desconocíamos. Pero ahora me intranquiliza mucho más la sensación de que, ante determinadas situaciones, están tan desinformados como el resto.

Si fuésemos personas responsables, los bulos tendrían muy corta vida en internet. Pero son, para muchos, por no decir para la mayoría, el maná que masajea y lubrica su maquinaria ideológica, que confirma sus posiciones; son la munición que llega milagrosa cuando se encuentran desalentados en su lucha ciega contra el enemigo que comienza a rodearlos. La excusa para, con un clic, sacar gozosamente toda esa maldad que su propia cobardía les impide mostrar en la vida real. La oportunidad para recibir guiños de complicidad por una vez, aunque sea virtualmente. Que la prensa les dé pábulo es absolutamente repugnante. Quizá por eso, porque lo que se publica en España generalmente es un brebaje donde la verdad se gradúa a conveniencia, y la palabra objetividad está totalmente chamuscada, tendemos a mirar siempre a ver qué dictamina acerca de nuestros problemas la prensa internacional. No sé hasta qué punto alemanes o estadounidenses se desviven por saber que dicen los medios españoles acerca de cómo gestionan sus asuntos. Artículos en The New York Times, Bloomberg, The Guardian, Financial Times… Cada cual levanta y saca a hombros el titular que más le conviene.

El vecino de arriba hace un ruido ansioso, como si escalara una montaña cada tarde. Es un depredador del deporte. Cierta impaciencia pasea nerviosa por las paredes.

En el balcón, mirando la calle vacía, las fachadas mudas tras la tanda de aplausos de las ocho de la tarde. Me imagino a Aute y Vega asomados en el edificio de enfrente. Qué compondrían ante este vacío, a veces tan insoportable; qué pintaría Aute. Me gustaría soñar que charlo con ellos.

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