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10 marzo 2014

BONO Y LOS IGNATIUS

El otro día vi a Bono, cantante del popular grupo de rock U2, hablando en presencia de Rajoy y Merkel a favor de España, pidiendo por ella. Fue una imagen que me impactó. Que este eterno oportunista, quintaesencia del capitalismo enrollado, se permita el lujo de interceder por mi país, delante del presidente del Gobierno, ante el resto del mundo me dejó aplanado, a la vez que reactivó mi rabia contra tantas y tantas sonrisas congeladas de políticos patrios que han roído todo lo que les rodeaba con su ineptitud, inmoralidad y dejación.

Lo anterior, aparte de indignarme, me lleva a reflexionar acerca de la visión que se tiene en el exterior de lo que está pasando en España. Sobre cómo se informa la gente al respecto. Imagino que esa información se transmite de mil incontenibles maneras: unas sesgadas o incompletas, otras verídicas, algunas interesadas. Lo cierto es que, en la distancia, resulta difícil tener una idea clara de la situación concreta de un país en crisis. Se suele bascular entre el interés limitado y los prejuicios, siempre hambrientos, que devoran con avidez los datos negativos, cuanto peores más sabrosos, en su constante necesidad de reafirmación. Por otra parte, desde el país de origen (sobre todo cuando asoman situaciones dramáticas que puedan servir de palanca), se tiende muchas veces a propagar el incendio (ya de por sí lo suficientemente angustioso y difícil de sofocar) con la esperanza de favorecer algún tipo reacción internacional, de cambio político. Esto es lo que me vino a la cabeza ante la lectura en las redes sociales y algún foro, de comentarios, mayormente realizados desde fuera de nuestras fronteras, pero a veces alentados desde aquí, que hablan de la obligación de estudiar religión en los colegios españoles a partir de la LOMCE, algo del todo falso, aunque no dudo que ese es el deseo último y la auténtica batalla de la Conferencia Episcopal, siempre blandiendo el Concordato con la Santa Sede.

El tema me toca de cerca, como a tantísimos padres. Tengo un hijo de tres años que cursa primer año de infantil en un colegio público. No recibe clases de religión y, hasta donde yo sé, nadie tiene el más remoto poder para obligarle a ello. No estoy de acuerdo en absoluto con muchas de las cosas que contempla esta enésima Ley de Educación, como que la nota de algo tan subjetivo como la materia de Religión haga media con las demás y cuente para todo como cualquier otra asignatura. Más que nada porque detesto la influencia de la Iglesia, de cualquier religión, en el orden social; detesto que una organización que no representa para nada a un porcentaje muy significativo de la población, pueda inmiscuirse, sea de la forma y con la intensidad que sea, en la manera de vivir su vida, conducirse por el mundo y afrontar sus decisiones.

Dicho esto, considero que la manipulación (a la que tanto nos estamos acostumbrando) siempre acaba por tener un efecto perverso en la vida de las personas. Venga del Estado, de los medios o de nosotros mismos. Ese mentir recurrente e interesado, esa tergiversación, van conduciéndonos al autoengaño y enquistando los problemas, embarrando la realidad hasta convertirla en una ciénaga de equívocos por la que se hace difícil avanzar, llegar a acuerdos prácticos y comunicarse. Como una noria de desconfianza y odio incapaz de detenerse, de ver algún tipo de luz. Sin olvidar que en este campo de la manipulación y la mentira, siempre, siempre, acaban imponiéndose los poderosos.

En las relaciones de la ciudadanía con el Gobierno de turno es natural estar en desacuerdo, y en ese caso me parece el ejercicio más saludable y necesario criticarlo, marcar estrechamente sus actos y decisiones, denunciarlos a los cuatro vientos. Exponer y analizar las posibles consecuencias de esas decisiones o actitudes. Proponer alternativas, concienciar, convocar manifestaciones, actos de protesta, huelgas, etc. Pero exagerar los datos o mentir como estrategia para favorecer el desprestigio y la caída de un gobierno cuya actuación consideramos nociva, no creo que sea el mejor camino. Soy consciente de que en tiempos de crisis como los que vivimos, las voces ponderadas son con frecuencia acusadas de acomodadas o incluso tachadas de cobardes. Pero sacarle punta a los desastres que se padecen es tirar piedras sobre el propio tejado.


Pienso que la premisa para superar la profunda crisis de confianza que nos asola parte de luchar por conocer la realidad de las cosas, no de participar en la confusión. Se trata de actuar con veracidad y rigor en la exigencia de la verdad. Para acceder a un proceso definitivo de maduración general y de convivencia no necesitamos un Ignatius Reilly en cada esquina.

24 mayo 2013

GRUPO SOCIAL


La cosa es que al principio se nos ocurrió montar algo para que se divirtieran los niños. Somos un grupo de amigos muy unido e inquieto, hemos estudiado en los mismos colegios y nuestras familias se conocen desde hace generaciones; así que organizamos unas clases de música sin más pretensiones, por aquello de que aprendieran a tocar instrumentos jugando y todo eso. Después vino la idea de hacer algo relacionado con los deportes. Ahí ya se fue agregando gente, amigos de amigos, y más amigos, ya sabes. Toda gente conocida, claro; interesante, relacionable, que sabe moverse, nada vulgar; preocupada por la ecología, la investigación y la cultura. Luego vinieron los compromisos, eso es inevitable, que si los hijos de mi jefe, que si mi vecino, que si mi compañero de paddle. Así que decidimos crear un club, alquilar unos terrenos y pedir ayuda pública a través de nuestros numerosos contactos. Conseguimos algunas subvenciones y que nos construyeran pistas, vestuarios y todo lo demás.

 

Primero fuimos una asociación cultural sin ánimo de lucro, y posteriormente una cooperativa, ya que éramos bastantes y nos vimos obligados a contratar personal, gente muy agradecida de colaborar con nosotros que aceptaba nuestras condiciones de buen grado; y a la que le hacíamos un gran favor, tal y como están las cosas siempre por aquí. En nuestro club social todos se divertían y aprendían; además de granjearse, justo es reconocerlo, unas relaciones sociales de primer nivel. Incluso llegaron profesores de prestigio a nivel nacional. Nada que ver con las pocas prestaciones que se ofrecen en los colegios y otros centros públicos.

 

Como la cosa marchaba decidimos meter más pasta; algunos prefirieron no complicarse la vida y nos quedamos unos pocos, que creamos una sociedad limitada. Las solicitudes nos llovían (incluso tuvimos que subir las cuotas para cerner la demanda), tanto de la ciudad como del resto de la provincia; comerciantes, hacendados, todos con posibles y muy preocupados por el desarrollo de sus hijos, qué duda cabe. No paraba de apuntarse gente influyente de la que genera riqueza para todos, de la que tiene algo que decir en nuestra sociedad: directores de banco, políticos, funcionarios, promotores, médicos, catedráticos, empresarios en auge… Todos activos, muy al día, con una forma positiva y práctica de ver la vida; comprometidos con el progreso y la estabilidad del Sistema. Nada que ver con lo que se ve por la calle, ni por la tele. Personas con un toque especial y una posición que defender; relevantes, que se apoyan las unas a las otras y saben estar. Aumentaron las inversiones y entró algún socio capitalista más. Y más inscripciones, y más gente sana de la que va al grano; culta, deportista, amante de la naturaleza. Así hasta que un buen día alguien lanzó la proposición: “¿por qué no montamos un colegio, para los nuestros?”.
 
 
 
Publicado en el nº167 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a la escuela pública.