Desde muy pequeña le había parecido una
palabra misteriosa. “Gibraltar”, susurraba cuando la escuchaba en la televisión
o en boca de los mayores. Era como uno de esos regalos inesperados que aparecen
de tarde en tarde: cuando estaba a punto de olvidarla alguien la pronunciaba y
así volvía a sus labios por una temporada.
Un día le preguntó a su abuela cómo era aquel
sitio, y ésta le respondió, tras dudar un poco, que dependía, que a veces
parecía muy grande y otras muy pequeño. La verdad es que en el mapa sí que
resultaba minúsculo. Acaso un lugar mágico, al igual que otros de significado
enigmático para ella que por todos eran mencionados. Como La República, país
con una bandera muy bonita que ella nunca acertaba a encontrar en su atlas;
hasta que acertó a comprender que, según le explicaron, era el nombre que
muchos querían ponerle a España.
Generalmente la imaginaba como una montaña
puntiaguda, con una puerta chiquitita; otras, puede que por asociación de
ideas, como un perfecto triángulo, o quizá un diamante tallado que no dejaba nunca
de brillar.
Su abuela tenía razón, durante largos
períodos nadie hablaba de ella, se convertía en una cabeza de alfiler, una mota
de polvo casi perdida en el mapa, y en otros momentos crecía y crecía hasta ocupar
media España. Entonces se mostraba ante sus ojos infestada de monos y de coches
que avanzaban muy lentamente; plagada de empresas; inundada de lanchas, de
cartones de tabaco, de cosas caras y difíciles de encontrar puestas al alcance
de la mano, de banderas al viento, de verjas, de policías. En esas ocasiones se
transformaba en algo pesado y metálico en sus labios, con un cierto regusto
ferruginoso; la agobiaba, y unas veces la escupía y otras optaba por tragársela.
Se volvía tensa y agresiva, encendía los rostros en la tele y provocaba manoteos
y gestos chulescos; sonrisas como aquellas con las que los gamberros del cole
fanfarroneaban en el recreo. Pronunciarla entonces era como subir unos
escalones muy altos: GI-BRAL-TAR. Le resultaba tan fatigosa que, estando un día
en casa con su atlas, mientras recorría el contorno de la península ibérica,
notó un impulso al sentirla cerca y decidió taparla con un trazo firme.
Publicado en el nº 175 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a Gibraltar.
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