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09 mayo 2026

CASCO ANTIGUO

 Pasear por el casco antiguo libera los pies y los hombros de presente, de practicidad, de motivo, de prioridades. El casco antiguo los empuja volviéndolos más ligeros que nunca, aun ascendiendo entre angostas calles, cuestas o escaleras. El blanco de las fachadas, que atrae y calma la inquietud de las almas, se extiende sobre otros blancos anteriores, capas de cal producidas por manos avezadas que se repiten sobre paredes serenas y llenas de memoria. El paseante solitario nunca está solo y el silencio nunca es completo. La explosión de las flores que cuelgan de las ventanas, el frescor verde que desborda de las macetas, suceden a otras explosiones y desbordamientos; los olores enlazan sin fin con otros olores, fruto de otras lluvias y otros rayos de un sol que baña siempre la misma esquina, dibujando el mismo ángulo de luz que restalla frente a miradas a menudo sorprendidas ante la adusta grandiosidad de lo cotidiano. Suenan en algún sitio los cascos de animales de antaño que suben pacientes su carga, avanzando con sus ancas temblorosas y peludas. Suena el papel de estraza que envolvía con perfecta sobriedad las pequeñas compras diarias, marcando el devenir de los días. Se escucha la fuerza incontenible de los latidos de los corazones de todos los niños que se apretaban el paquete al pecho mientras recorrían el trayecto de la tienda a su casa cumpliendo así su primer mandado en solitario, con las herrumbrosas y escasas monedas sobrantes bailando en el bolsillo de su pantalón corto mientras corrían. Un tiempo que pasa, cae y muere; hasta que despierta y sale al encuentro del paseante cuyos pies y hombros han sido liberados de su función y prestancia habituales para ascender libres y ligeros sobre el empedrado.




Texto aparecido en el libro colectivo "De la cal al plástico", editado por Colin Bertholet en 2022.

08 junio 2020

EL PARAGUAS


Recuerdo el solar polvoriento y calcinado por el sol. Las huellas de la excavadora todavía se apreciaban en la despanzurrada acera. La cinta de seguridad que acotaba el gran bocado que le habían dado a la calle yacía pisoteada y esparcida por el suelo. Hacía mucho calor esa infernal tarde de agosto; respirábamos tedio en la ciudad desierta. Supongo que eso fue lo que nos animó a adentrarnos en el solar, a pesar de que un solo vistazo desde la acera proporcionaba toda la información necesaria sobre él. Lo que nos empujó a explorar con la punta del pie y las manos en los bolsillos ese nuevo vacío surgido tras la demolición y la retirada de los escombros. Al letargo veraniego le sumaríamos polvo y pasado. Paseamos la mirada sin excesivo interés hasta detenerla en un rincón del fondo, a la altura de lo que sería la primera planta, donde sobrevivía, milagrosamente libre de dentelladas, un resto de la pared alicatada de un cuarto de baño, con una cestita color verde claro colgando de la que sobresalían unos cepillos. Era un colgajo de intimidad que el derribo dejó atrás, quedando allí expuesto impúdicamente. Podíamos sentir latir con tenuidad ese último suspiro vital de lo que sin duda habría sido una firme y constante articulación de vida durante años. Y podíamos notar cómo lo acompañábamos con la mirada hasta el mismo instante de su expiración. Y es que cada nueva mirada que se posara sobre él lo sentiría morir y experimentaría esa sensación de acompañarlo en su postrero aliento. Pura presencia. Puro olvido. También había, aquí y allá, restos de hojas de papel, algún juguete olvidado y un paraguas rojo de publicidad medio oxidado, que a duras penas conseguimos abrir. Estaba rajado por algún sitio, y aún conservaba vestigios de olor a hogar, a ambientador usado con insistencia. Nada servía para nada allí; ni siquiera la hora: unas paralizantes cuatro de la tarde. Todo era silencio, calor y polvo. Nos fuimos calle arriba cargando con una especie de soporífera espera sobre los hombros, pero con la esperanza siempre presente de encontrar algo interesante que nos retuviera y atrasase nuestra vuelta a casa. Tú arrastrabas el paraguas, y me regañaste enfadada cuando lo cogí para abrirlo y protegerme del sol y el pelo se me llenó de tierra. Te daba mucha vergüenza que alguien me viese, así que me lo arrebataste violentamente de entre las manos para tirarlo a un contenedor. Como estabas tan irascible, no me atreví a decirte que al quitármelo me habías hecho un corte en el dedo.

Vencidos y distanciados, decidimos regresar a nuestras casas. Al volver la esquina dijiste tener frío, y yo me reí irónico y vengativo. Miramos al cielo y notamos que se iba oscureciendo como si un dibujante avezado lo colorease apresuradamente. La tarde se fue deshaciendo. Cambió de estación, de época, de mes. Viajó rápidamente muy lejos y volvió llena de sorpresas. Empezó a aparecer gente de la nada que miraba al cielo con estupefacción. El sol desapareció y se levantó un poco de viento. Nos miramos y volvimos corriendo a por el paraguas mientras comenzaba a llover fuerte, muy fuerte. Fue una suerte tenerlo a mano, desde luego. Lo abrimos y eso nos tranquilizó. Excitados ante la nueva situación, anduvimos por las calles mojadas con incredulidad mientras el cielo tronaba. Llovía cada vez más; prácticamente no se veía nada a cuatro metros de distancia. Acurrucados y bien resguardados, recorrimos buena parte de la ciudad bajo la lluvia, esquivando sin demasiado afán los charcos que ya habían empapado nuestras sandalias. Sintiéndonos afortunados de estar ahí, en medio del chaparrón con nuestro paraguas, mientras todos se mojaban. La oscuridad repentina, los coches con las luces encendidas, el traqueteo de los limpiaparabrisas, las prisas sobrevenidas; todo parecía traído desde otro tiempo u otro lugar. Un sueño pasajero y estimulante. Respiramos hondo y gritamos; nos reímos por cualquier cosa. Caminamos por plazas y jardines, deteniéndonos a escuchar cómo el aguacero se colaba en las copas de los árboles generando una sonoridad laberíntica. Así hasta que, agotados, nos sentamos un buen rato en un banco con nuestro paraguas rojo. Disfrutando de la presencia del otro, sintiendo el latido de nuestros corazones, acompasando las respiraciones. Callados, aspirando el olor a tierra mojada, a fin de verano, a nueva perspectiva, a futuro.

Una vez que la tormenta cesó, te acompañé a casa y me fui a la mía llevándome nuestro paraguas. Cuando llegué estaba absolutamente empapado.  

15 mayo 2018

MADRE NO HAY MÁS QUE UNA (II). LAS MIRADAS.


Me gusta mirarte cuando bajas la rampa con el cigarrillo colgando entre dedos nerviosos coronados por uñas rojo fuerte. Avanzas a pasos pequeños,  apoyándote en la pared para no resbalarte con los tacones. Pareces una muñequita apurada por el limitado movimiento de tu apretado vaquero rosa. Me gusta mirarte y que me mires. Vas gritándole cosas a tu hijo mientras te colocas el cigarro entre los labios y levantas la palma de tu mano derecha con firmeza. Le has dicho bien claro que se va a enterar. Estás sofocada, una llamarada violenta atraviesa tu cabello rubio, tan rubio. Te aproximas decidida, ofuscada y vengativa por el poco caso que el niño te ha hecho delante de tus amistades. Me gusta mirarte, sostener tu mirada. Me siento poderoso en ese instante de pulso de miradas. Poderoso por primera vez en mi vida, ya que mi mirada te amortigua, ralentiza tu arrebatada y liberadora decisión de cruzarle la cara de un bofetón. Mi mirada se mantiene firme y por fin te detiene, te para en seco, te congela. Sólo pareces respirar a través de esos ojos que van del niño a mí y de mí al niño cargados de reproche, odio y sorpresa. Mi mirada te ha hecho recomenzar en esta espléndida mañana primaveral, tras tantos días de lluvia. Por fin, me echas un último vistazo y desapareces rampa arriba; arrastrando indecisa, como recién despertada de un sueño, a tu hijo del brazo.

08 mayo 2018

LA BÚSQUEDA


Un buen día, nos vimos empujados a iniciar la búsqueda de un futuro que se hacía el encontradizo pero que queríamos evitar. Se escondía para sorprendernos, para dejarnos sin palabras, pero las puntas de sus alas sobresalían por nuestro frágil e improvisado parapeto, que todavía creíamos fortaleza. Su despliegue ensombrecía el espacio aún ilimitado de nuestra quimera. Decíamos buscarlo a todo aquel que nos preguntaba; sobre todo a los que se dirigían a nosotros mostrando cierta ansiedad desde su posición definitiva, ya sin tocar el suelo, colgando de alguno de los múltiples pliegues de aquella flor gigante y predecible. Siempre prometíamos ponernos manos a la obra, asintiendo con gesto serio; pasado el tiempo, incluso entre nosotros mismos. Todos los días mentíamos, decíamos estar buscando, descifrando su infinita red de códigos, mientras nuestras mentes evitaban fijar la atención, concretar la búsqueda, aceptar el encuentro. Casi sin darnos cuenta terminamos por escondernos los unos de los otros. Nos evitábamos, tragando la ligera angustia de ser conscientes de todo lo que íbamos dejando atrás casi sin enterarnos. Todo lo que nos había unido y conformado se iba deshaciendo, convirtiéndose en pasado terroso. Sin saberlo, íbamos despojándonos del equipaje al que vivíamos abrazados, dejándonos atraer por una fuerza magnética promisoria y abrumadora que nos abrigaba haciéndonos oler continuamente la derrota de aquellos que se resistían. Cuando sentimos desaparecer el suelo bajo nuestros pies, supimos que la búsqueda había terminado.

15 noviembre 2016

LA FLOR

La pareja sentada en la terraza de la cafetería parecía esperar a alguien. Estaban naturalmente distantes, perfectamente aclimatados a su inmovilidad, situados lo más lejos posible el uno del otro. Parecían estar esperando algo, pero cada uno miraba en una dirección distinta. Aguardaban sin mover un músculo, sin fe; mas no daban la impresión de esperar lo mismo. El rostro de ella tiraba hacia abajo, iba cerrando sus puertas. Se mostraba decaído, anhelante dentro de su quietud. Se marchitaba calmosa e irremisiblemente, encogiendo levemente los labios, acercando los ojos hundidos en el fondo del precipicio, contrayendo las mejillas. La pareja apelmazaba la tarde, la enfriaba, la agrietaba. Parecían dos bombas sin mecha. Dos duelistas enfrentados que habían perdido súbitamente la memoria, pero que, por alguna razón, se sabían enemigos. Él, entonces, rompió la bruma que lentamente los envenenaba como si fuese un cristal y propuso hacerle una fotografía. Ella sonrió vacilante, dubitativa, descolocada. Su cara se fue relajando y aceptó. Anduvo unos pasos dándole la espalda y se volvió de pronto, convertida en flor. Se apoyó con una mano en una de las patas del caballo de la gran estatua ecuestre e hizo la señal de la victoria con la otra. Él comenzó a rondar cerca de ella en cuclillas, interpretando una danza que en otro tiempo rezumó complicidad y deseo. Ella se había vuelto hacia él retadora, con rubor creciente y ojos que brillaban y parecían bailar desorientados en sus añosas cuencas. Movió su trasero burlona, como si ya no estuviesen solos, y ensayó una sonrisa amplia que la volvió increíblemente hermosa, como si se hubieran abierto de una vez todas las cortinas de una casa abandonada y llena de recuerdos y sueños a medio colocar. Elevó la cara, mostró levemente la lengua y se tocó, aniñada y aún un poco turbada, el pelo corto color caoba. Posó radiante unos eternos segundos mientras él, ya de pie y dándole la espalda, comprobaba encorvado el objetivo de su cámara y hablaba para sí, lamentándose de algo, pensando en otra cosa, chasqueando la lengua, perdiendo la energía, odiando el crepúsculo o el morder del frío húmedo en sus huesos, o quizá la inseguridad de unos dedos inseguros faltos de voluntad. Por un momento, pareció haberse olvidado completamente de ella, que mantenía su gesto altivo, las ventanas abiertas de su atractivo. Sus ojos vivos. Su ilusión restallante. Sus mejillas tirantes. Su tersura renacida para quedar atrapada para la posteridad. Cuando por fin se decidió a fotografiarla, ella estaba sentada en la base de la estatua, consultando su móvil. Ahora ya todo había desaparecido.

24 octubre 2016

ULISES



Ulises tiene el pelo blanco y maldice al gobierno. Ulises  vive en una plaza silenciosa y circular con suelo desdentado, jardines, bancos y un parque infantil de esos que, de tan pequeños, cuando se inauguran no tienen espacio para albergar a todos los políticos acreedores del mérito que allí se dan cita. Ulises, jubilado, se esmera en enseñarles cosas a sus nietos, que casi todos los domingos aparecen con sus padres para almorzar. Ulises les enseña a cruzar la calle mirando primero a un lado y luego al otro; y a contar monedas para comprobar pormenorizadamente el cambio en la cercana tienda de chucherías. Les adiestra acaloradamente para defenderse y cubrirse los unos a los otros en la escuela. Les adoctrina para que sean duros jugando al fútbol y, sobre todo, para que sepan mirar por lo suyo. Siempre. Ulises lava su coche todos los domingos por la mañana y va colocando a los nietos en los asientos conforme van llegando. Es su ritual. Saca su manguera, su cepillo, su jabón, sus bayetas, su pequeño aspirador y enciende la radio. Limpia, seca, canturrea y maldice al gobierno, a los aprovechados, a los corruptos, a los que nunca han dado un palo al agua. Sacude con fuerza las esterillas contra un banco, las enjabona, las aclara y las pone a secar cuidadosamente, colocando, ya que alguien le pidió que dejase de ponerlas sobre los bancos de madera, una sobre cada columpio: la pequeña moto, el caballito, y el minúsculo balancín. Después, pasa a aspirar el polvo del maletero, del suelo del coche y de los asientos. Sus nietos ríen y  sienten cosquillas cuando el aspirador se les aproxima; y Ulises, entre risas y bromas, les muestra trucos de conducción y les narra anécdotas cuya moraleja conduce invariablemente a mirar por lo suyo, saber guardar y cuidarse de los otros. Conforme avanza la mañana, las esterillas chorreantes van empapando los columpios mientras los dos únicos pequeños que viven en la plaza esperan resignadamente en el banco de enfrente a que todo termine.

19 agosto 2016

CAMINO DE HORMIGAS



Las hormigas recorrían a diario con voluntariosa rutina los alrededores de la piscina municipal. Iban y venían desde la zona de césped en un incesante trasiego perfectamente organizado. Los niños las pisaban con sus sandalias y reían, aunque sin demasiado entusiasmo. En ocasiones, saltaban sobre ellas descalzos unos segundos, y después se limpiaban bajo la ducha los puntitos marrón oscuro que manchaban las plantas de sus pies. Realmente se habían convertido en parte del paisaje, y nadie les hacía demasiado caso. Una tarde, uno de los padres reflexionó sobre aquellas filas de hormigas que aparecían y desaparecían bordeando la piscina. Al día siguiente, aprovechando el momento en que los niños merendaban envueltos en toallas, con sus cuerpos temblorosos aún mojados, en lo que no era más que un mínimo parón antes de volver a lanzarse al agua, los situó alrededor del camino de hormigas para, sirviéndose de estos laboriosos insectos como feliz metáfora, inculcarles una inolvidable lección sobre los beneficios de trabajar y gestionar intereses comunes en equipo y con una buena organización. Utilizando un tono elegíaco y gustándose cada vez más, les contó con mirada intrigante que en el mundo de las hormigas las decisiones se toman colectivamente; que viven en colonias organizadas; que, como los seres humanos, cultivan e incluso tienen ganaderías; o que cada hormiga desempeña una tarea concreta.  Como ejemplo ilustrativo, tuvo la feliz idea de colocar un trozo de corteza de pan en el suelo, cerca de las hormigas. Les explicó que, dado su peso, una hormiga jamás podría trasladar hasta su hormiguero el trozo de pan, y les pidió que tuviesen paciencia y observasen con atención. Su vanidad estaba a punto de estallar ante el resto de progenitores bronceados por haber sabido ganarse la atención de los pequeños, que miraban la escena boquiabiertos, haciendo caso omiso de sus bocadillos. El trozo de pan pronto estuvo rodeado de hormigas, varias de las cuales consiguieron elevarlo y transportarlo, haciendo gala de una envidiable coordinación. Los niños volvieron al agua con la lección aprendida y formaron diversos corros mientras nadaban, estaban profundamente impresionados. Al día siguiente se tomaron la merienda con pausa y sigilo; masticando en silencio sin apartar la vista del reguero de hormigas. Cuchichearon, uno de ellos colocó un buen trozo de pastel de chocolate (un manjar que, lógicamente, suponían mucho más apetitoso y atractivo que una modesta corteza de pan) en mitad del camino de las hormigas y se dispusieron a observar con paciencia. Igual que ocurrió con el pan el día anterior, el trozo de pastel pronto fue invadido por las hormigas, por muchas más hormigas, dado su tamaño; tantas que hasta desapareció de la vista de los niños. Sólo se veía un negrísimo montículo nervioso de hormigas en movimiento que pronto inició un leve avance. En ese momento los pequeños se miraron y, perfectamente organizados, empezaron a saltar sobre las hormigas al grito de muerte, muerte, muerte.

13 marzo 2016

NIEVE ROSA

La niña duda a la entrada del parque y su madre le empuja levemente, con los cinco dedos de su mano derecha separados mientras sostiene su móvil de funda rosa entre el hombro y el cuello. Su boca gesticula y su sonrisa se muestra brutalmente irónica, agria, lacerante. Restos de carmín parecen haberse estrellado contra sus paletas ocres. Casi todos los columpios están ocupados, y la pequeña se planta sin saber qué hacer ante un solitario trampolín circular colocado en el suelo del parque. La madre, tomándola de la mano, la obliga a colocar los pies en él mientras interrumpe su conversación telefónica para anunciarle con aspereza que es tan tonta como su hermano. La madre vuelve a marcar exhalando vapor y humo de tabaco. Hace frío, el cielo está completamente blanco. La niña mueve los pies sobre la superficie elástica, inspecciona el terreno, mira a su alrededor, trata de saltar precavida, elevándose mínimamente. Los bracitos se afanan en preservar su equilibrio. Lleva unos excesivos zapatos color beis, leotardos y guantes rosas, una faldita de cuadros, un grueso jersey también rosa y su pequeño anorak, del mismo color. Salta apenas, voluntariosa, frunciendo levemente la boca, esbozando reflejos de sonrisas ante sus casi inapreciables progresos. La madre recorre pegada a su teléfono el parque infantil cortando el aire con su antebrazo izquierdo, que parece haber iniciado una revolución por su cuenta. Alguien al otro lado no la deja hablar. Ella suspira, pone los ojos en blanco, chasquea la lengua, mira al resto de niños y madres con una mezcla de indiferencia y hartazgo. La pequeña, sola, a su aire, da vueltas sobre sí misma; hace tembloroso amago de salir del trampolín colocando un pie en el borde pero se arrepiente y regresa a su posición inicial, saltando levísimamente, más bien poniéndose de puntillas, moviendo la cabeza a la vez que sus rizos castaños. Mientras la madre espeta encorvando su cuerpo “Papá, me prometiste que ese dinero era para mí”, ella grita mamá repetidas veces, elevándose de manera cada vez más apreciable, consiguiendo saltar rítmicamente mientras los copos de nieve se van posando en sus hombros, sobre su cabello atravesado de horquillitas. Las madres empiezan a abandonar el parque en todas las direcciones protegiendo a sus hijos, colocándoles gorros y bufandas, abrochándoles sus chaquetas. La nieve se precipita golosa y copiosa, y el rosa se eleva cada vez más y más alto, subiendo y bajando acompasadamente, orlado de blanco, empapándose, brillando en su soledad. Gritando mamá, mamá, mírame mamá, mientras la madre aparta la nieve de la pantalla de su móvil con un cigarrillo recién encendido entre los labios que se mueve como si hubiese iniciado una revolución por su cuenta. 

09 octubre 2015

EL FIN DE LA CRISIS (2)

Cuando le comunicaron el despido, aunque ya se lo barruntaba, le sobrevino una suerte de indignación en forma de desaparición del aliento, de frío oleaje, de brumoso hormigueo desde las puntas de los dedos de los pies. La primera reacción, antes de materializarse del todo, se volvió blanda, se deshizo entre las manos. La cara de su superior  se difuminó. Las  nuevas ideas que manejaba sobre algunas de sus funciones se precipitaron, tratando de tirar de él, a un pozo insondable. Desde ese vórtice de precariedad, sintiéndose de pronto absurdo y vencido, optó por tratar de recomponer su licuado orgullo, por cerrar los puños para forzar una leve sonrisa acompañada de cabeceo que quiso ser saeta sin conseguirlo. Salió del despacho del director y advirtió por primera vez, al mirar las caras de sus ya ex – compañeros, el fondo que se ocultaba tras sus caretas, que en ese momento se le aparecieron transparentes, plásticas, dúctiles, casi líquidas: vio indiferencia, aburrimiento, alivio, satisfacción. También dejó de oír, sólo notaba un fuerte zumbido. Se había creado un campo magnético a su alrededor de pesados suspiros. Se sentía empequeñecido, señalado, como introducido de pronto dentro de una botella. Dudaba si al avanzar sus pies responderían. Realmente no estaba seguro de poder dar una orden más en su vida, ya fuese a su mano o a alguno de sus hijos. Desde el fondo de su botella, todo parecía estar unos centímetros más lejos que antes, en un ángulo nuevo y extraño, como en el fondo del mar, de un mar inmóvil. Dijo “nos vemos” y salió a la calle. Evitó estrechar manos y escuchar lamentos, probablemente no habría podido oírlos.

Tenía ganas de vomitar y el zumbido persistía. Conducía mecánicamente su modelo TH1 recién adquirido. Agradecía esa cualidad mecánica, si tuviese que pensar cada paso que daba en la conducción se hubiese quedado bloqueado, con la frente sobre el volante de cuero. El círculo rojo del semáforo era enorme, aumentaba y disminuía lentamente mientras la radio anunciaba un crecimiento para el próximo año de un 4%. Un ejército de universitarios voluntarios de camiseta amarilla repartía globos en una campaña a favor del reciclaje de las basuras. A los hijos de inmigrantes extranjeros les daban dos y una palmada en la cabeza, antes de seguir con su labor.


Para su sorpresa, se encontró estacionado junto a la acera de su vivienda unifamiliar. Suspiró temiendo volver en sí, sintiendo terror ante el pleno uso de los sentidos y de sus facultades mentales. Se había comenzado a acostumbrar al hormigueo brumoso que le perseguía como una nube de abejas. Apoyó la cabeza en el respaldo de su asiento y respiró hondo. Lo que suponía, los sonidos y ruidos comenzaron a llegar con claridad, su visión se centró. El mundo empezó a volver de no sé dónde. La radio disparaba carcajadas tertulianas y risas cómplices ante los buenos resultados que arrojaba la última Encuesta de Población Activa (más de dieciocho millones de personas ocupadas). Ocupadas, con cosas que hacer, con algo en la cabeza o entre las manos, con cosas concretas que hacer al día siguiente a cambio de dinero, con planes a corto plazo, con prisas, estrés, planes eternamente postergados, idas y venidas, entradas y salidas, embotellamientos, cervezas, risas y amigos desempleados con un currículum excelente.


Al salir del coche con su traje arrugado, unas chicas que reparten con horario establecido un periódico revolucionario lo miraron con gesto de reprobación. Pasó junto al violinista que pedía en su calle desde siempre y aceleró el paso sin mirarlo, como siempre. Sin mirar las manos ásperas y gordezuelas que le dedicaban cada día unas notas restallantes e irónicas.

 
Al llegar a casa, sus hijos estaban jugando con los vecinos, el mayor, de ocho años, simulaba tocar un violín mientras decía “por favor” con voz llorosa. Los demás daban vueltas a su alrededor tratando de acertar con gastadas monedas de uno, dos y cinco céntimos en una taza grande, recuerdo de un viaje a un país en el que un buen almuerzo salía por poco más que los céntimos que contenía la taza. Cuando las monedas caían dentro, su hijo cabeceaba y daba las “grasias”, poniendo el acento más raro y estrepitoso posible. Era la taza que él solía utilizar para beber en sus días libres.

19 septiembre 2014

JUAN (CUENTO INFANTIL)

“Juan es un niño imaginativo, muy observador, con tendencia a la fantasía. Aunque también sabe ser aplicado y despierto para sus quehaceres escolares, cuando se lo propone”. Eso, al menos, fue lo que la maestra explicó a sus progenitores en una de las reuniones de tutoría que mantenía regularmente con los padres de sus alumnos.

Sus padres hablaron del tema durante la cena. Se refirieron a su asombrosa imaginación, que tanto sorprendía y divertía a cuantos lo conocían; pero parecían preocupados por la falta de atención y la lentitud al realizar sus tareas que Doña Rosa, la maestra, había señalado como principal defecto a corregir.

Juan escuchaba los consejos y advertencias paternos mientras notaba su cabeza ocupada por unos amigos que casi siempre hablaban a la vez. Unos amigos cuyos nombres los mayores no paraban de repetir: ATENCIÓN, TRABAJO, OBSERVACIÓN e IMAGINACIÓN. Así pensó, al tiempo que se comía un yogur, la historia de los amigos que se interrumpían unos a otros cuando hablaban, como sus compañeros en el patio, o sus papás y sus tíos cuando había reunión familiar. Le pasaba casi siempre mientras coloreaba fichas o hacía un dibujo en el cole. Cuando Atención se concentraba o Trabajo se esmeraba, muchas veces aparecía de buenas a primeras Observación para hacer que se fijara en otra cosa y, para colmo, algunas mañanas venía acompañada de Imaginación, que rápidamente se dedicaba a inventar una historia de lo más interesante. “Uf, va a hacer falta que estos buenos amiguitos se pongan de acuerdo”, reflexionó.

Unos pocos días después fue con sus padres al Centro Comercial y, nada más entrar, pegó su nariz al escaparate de la tienda de animales. Además de insistir así en su deseo de tener una mascota (deseo que siempre le negaban en casa), le gustaba mirarlos en sus jaulas, verlos comer, rascarse o ir de un lado para otro. Imaginaba cómo se relacionaban entre ellos y, cuando alzaban la voz, pensaba que se dirigían a él y trataba de adivinar las cosas que le decían. Su madre le advirtió, como siempre que iban a algún sitio concurrido: “Juan, hijo, no te despistes, que te puedes perder”. Antes de separar su nariz del escaparate echó un último vistazo a la gran pecera, allí muchos peces de vivos colores nadaban en fila, pero siempre había uno, el más pequeño, que iba a la zaga; parecía que le costaba bastante seguir el ritmo que marcaban los demás.

De esta forma, se puso a pensar la historia de un pez pequeñito llamado Pececito:

“Pececito era, como su nombre indica, un pez muy pequeñito de piel suave y mirada sonriente. De natural curioso, era muy observador y cualquier cosa llamaba su atención. Como aún era un bebé, siempre iba nadando bajo el agua situado entre su mamá y su papá. Ellos no paraban de repetirle: “Pececito, Pececito, nada junto a nosotros, no te despistes, que te puedes perder”. Pececito contestaba que sí, que no se preocuparan, pero su inmensa curiosidad acababa saliéndose con la suya, no podía evitarlo.

Un día, cuando volvía con sus papás de visitar a unos familiares que vivían en un mar bastante alejado del suyo, se distrajo mirando todas las maravillas que encontraba mientras recorría aquel camino tan novedoso para él. Observaba las estrellas de mar, los caballitos de mar, se dejaba acariciar por las algas, se sorprendía ante la belleza de los corales y…. se metió sin darse cuenta dentro de una cueva; a los pocos segundos sintió algo de frío, y se encontró en la más absoluta oscuridad.  Pececito comenzó a asustarse, y notó que le latía fuerte el corazón. Intentó salir por todos los medios, pero como no podía ver, no hacía otra cosa que tropezar contra las paredes de la cueva. Aún encontrándose ante tal dificultad y teniendo todo el miedo que tenía, no perdió el valor ni la calma y siguió nadando a ciegas, moviendo ágilmente tanto su cabecita al encontrar algún obstáculo, como sus pequeñas aletas, las cuales vibraban como un molinillo, gracias al gran esfuerzo que Pececito hacía. Cuando por fin consiguió salir observó a sus padres a lo lejos que lo llamaban, se puso muy contento y comenzó a nadar en dirección a ellos, aunque estaba muy, muy cansado. De pronto, una ola espumosa de esas que nunca se sabe de dónde salen, lo elevó y lo lanzó fuera del agua. Pececito quedó abatido y cansado en la orilla. Le costaba respirar, y los movimientos de sus pequeñas aletas tropezaban con la arena mojada. Sus padres aparecieron cerca de la orilla, lo llamaban y animaban, aunque sus caras mostraban cada vez más tristeza. Sin embargo, cuando pececito estaba más vencido y agotado, un niño llamado Juan, que jugaba cerca de la orilla con sus primitos, haciendo castillos de arena, se acercó y, cogiéndolo entre sus manos, lo empujó hacia el mar. Sus padres, locos de contento, lo ayudaron entre los dos y desaparecieron mar adentro. Así, desde aquel día, cada vez que Pececito y sus papás pasan por aquella playa, sacan la cabeza y bailan unos segundos sobre el agua para saludar a su amigo Juan”.

Así era Juan. Cuando el viento en la calle sacudía árboles y letreros y despeinaba a las personas, él corría a su habitación y ataba cuidadosamente sus numerosos barcos de juguete con hilos de diferentes colores a las patas de su pequeña mesa de estudio y a su sillita. Colocaba a los distintos capitanes en los respectivos timones y escuchaba muy serio la caracola gigante que tenía junto a su cama, para conocer el estado real de todos los vientos que azotaban en ese instante todos los mares.

Algunas veces, cuando sus juguetes y los demás objetos que le rodeaban le cansaban, cambiaban súbitamente de función. Así, la pistola de plástico de su disfraz de vaquero, perfectamente podía convertirse en un teléfono móvil a través del cual tener largas conversaciones con personajes de los dibujos animados o con sus familiares: su mamá, cuando estaba en otra habitación, o su abuelita, que vivía muy lejos. O telefonear a los papás de su amiga Sandra para comprobar si se había acostado ya para irse él también a la cama. Después de ver a un vecino volver a casa con la mano vendada tras un pequeño accidente doméstico, decidió estar vendado él también, así que, ni corto ni perezoso, se quitó los gruesos calcetines que su papá le ponía en casa para que no tuviese frío y se los colocó alrededor de las manos y la cabeza como si de vendas se tratase, caminando descalzo por la casa hasta que sus padres se dieron cuenta y, aprisa y corriendo, volvieron a ponerle los calcetines.

Cuando iban a visitar a su abuelita, solía pasarse las horas muertas asomado a una ventana, contando los pájaros que se posaban y los gatos que atravesaban los tejados de alrededor de la casa, o calculando cuánto tiempo llevarían allí los objetos abandonados que los adornaban: un balón de fútbol pinchado, pinzas de la ropa, una muñeca rota o una lata de refresco.

Y, cómo olvidarlo, el día aquel que nevó tanto y su mamá no le dejó salir a la calle, Juan asintió y se fue a jugar a su habitación. Todo estaba en silencio, lo que sorprendió a su mamá, acostumbrada a que Juan fuese más protestón cuando quería bajar al parque a jugar. Un poco extrañada, decidió acercarse caminando muy despacio, casi de puntillas, a la habitación de su hijo, para ver qué hacía sin que él se diese cuenta. Abrió despacio la puerta y se sobresaltó al no encontrarlo allí. Lo llamó por toda la casa y finalmente se tropezó con él cuando salía raudo y veloz del pequeño cuarto de baño al grito de “¡yupi!”, para volver menos de un minuto después llevando en sus manos una gran zanahoria, dos oscuros y grandes botones y el viejo sombrero que su papá se ponía todos los años para la fiesta de carnaval. Volvió a entrar en el aseo y, sin mediar palabra, cerró la puerta en las narices de su sorprendida mamá. Ésta, al abrir la puerta, un poco después, vio que Juan estaba sentado en el suelo, rodeado de los centenares de pequeños trozos del papel higiénico que se había dedicado pacientemente a romper con sus deditos, para así lanzarlos al aire y crear su propia nieve. A pesar de ello, Juan, con todo el pelo lleno de pedacitos de papel blanco, le dijo a su mamá que seguía estando triste, porque con la nieve que se había fabricado le era imposible hacer un buen muñeco de nieve.

Ilustración de Enrique Bonet

Su mejor amiga del colegio, Sandra, no podía dormir en las noches de tormenta. Hacía muchos días que llovía sin parar, y ella pasaba mucho miedo. Juan pensó que, efectivamente, el rugir de los árboles cuando parecían contestar al bramido de la tormenta debía de dar mucho miedo. Menos mal que, por la zona donde él vivía, a la altura de su piso, no escuchaba ese ruido tan monstruoso. Sandra continuaba triste y pensativa, estaba cansada, somnolienta, apenas probaba la merienda y casi se quedaba dormida sobre su plato a la hora del almuerzo. Juan y ella siempre se sentaban juntos en el comedor y él la notó en ese momento del día más cambiada que nunca. Echaba de menos a su amiga Sandra, habitualmente tan risueña, manoteando y parloteando, haciendo bromas y contándole cosas que siempre le parecían divertidas y la mar de interesantes. Entonces él también se puso triste, y la comida que tenía en su plato, macarrones a la boloñesa, la favorita de los dos, le pareció terriblemente pesada de tragar. Ambos quedaron pensativos mirando en dirección a la ventana. Juan suspiraba y a Sandra se le cerraban los ojitos tras sus graciosas gafitas de color verde claro. Así fueron transcurriendo los minutos hasta que Juan cayó en la cuenta, ¡claro!, golpeó la mesa y miró en dirección a su amiga, cuya cabecita yacía apoyada en su mano derecha, a punto de caer sobre los macarrones a la boloñesa.

-          ¡Ya sé lo que pasa, Sandra!- casi le gritó, todo excitado.
-          ¿Qué? –preguntó ella despertándose, con los ojitos semicerrados todavía.
-          No debes asustarte por las noches, cuando al irte a dormir escuches esos fuertes ruidos entre los árboles y la tormenta.
-          ¿Por qué dices eso? –volvió a preguntar su amiga. Abriendo cada vez más los ojos, con creciente interés.
-          Lo que tienes que pensar es que tienes suerte.
-          ¿Suerte?
-          ¡Sí!, eres la niña con más suerte de la clase, Sandra. Cada noche de tormenta, antes de dormirte, puedes escuchar una de las conversaciones más antiguas del mundo.
-          ¿Conversaciones? –Sandra cada vez entendía menos.
-          ¡Claro!, escuchas la conversación que todas las noches tienen los árboles y la tormenta. Se cuentan sus cosas, lo que les ha pasado a cada uno durante el día. A lo mejor, un árbol le cuenta si un gato se le ha subido encima y ha tenido que venir un bombero o un policía a salvarlo. O si unos niños treparon por sus ramas para recuperar su pelota, que se había quedado atrapada entre ellas. También le puede contar cosas de las personas que ven pasar bajo sus ramas. O de lo que hablan los pájaros que se posan en él. O de las cosas que escriben algunas personas en su tronco, para que no se les olviden nunca.

Sandra estaba sorprendida, con los ojos como platos, realmente perpleja, pero el color había vuelto a sus mejillas y en su cara se dibujaba la gran sonrisa de siempre. “Es verdad –pensó-, tengo suerte, si en vez de asustarme al sentir el ruido de la tormenta, de la lluvia, del viento y de los árboles, trato de entender las cosas que se cuentan, los momentos antes de quedarme dormida serán divertidos y muy interesantes”.

Juan estaba muy contento al ver a su amiga por fin contenta y despierta, tras escuchar su gran descubrimiento. Pero se dio cuenta de que comenzaba a mirarlo con esos ojillos entrecerrados que ponía cuando le asaltaba alguna duda importante. Juan entonces esperó, como siempre hacía en esas ocasiones, las palabras de Sandra.

-          Humm… ¿Y de qué hablan las tormentas? –preguntó Sandra sin quitarle la vista de encima.
-          ¡Eso es lo más interesante! –gritó Juan-. Debes saber que las tormentas nunca paran en ningún sitio, van y vienen, siempre recorriendo el mundo de pe a pa. Por eso, se saben todas las historias de todos los lugares y, por ejemplo, seguro que les cuentan a los árboles de tu barrio, cómo son los árboles de los otros países, qué clase de animales se suben a ellos, y qué hablan los pájaros de todos los continentes.

Sandra aún dudaba:

-          Entonces, ¿los árboles y las tormentas conocen el idioma de los pájaros?
-          ¡Claro! – contestó Juan, con gesto de estar absolutamente seguro.

Una mañana soleada de primavera, Juan escuchó el insistente canto de un pájaro. Fue el único de su clase que se dio cuenta, porque nadie salvo él se acercó a la ventana. Miró y se topó con un cielo más azul que nunca y un sol reluciente, pero ni rastro de ningún pájaro, ni de ninguna jaula. Cuando estaba a punto de desistir y volver a su sitio en la mesa de las tareas, lo vio. Era un pequeño pajarillo que caminaba dando pequeños saltitos, a los lejos; parecía pasear alrededor de un árbol, como si buscase algo mientras silbaba. A lo mejor había perdido algo importante.

De esta forma, se puso a pensar la historia de un pájaro pequeñito llamado Pajarito:

“Cuando Mamá Pájaro volvió de uno de sus incontables vuelos para conseguir comida para sus crías, se quedó patidifusa al ver que todos sus pajarillos abrían el pico esperando su alimento en el nido menos uno, que no hacía más que temblar; parecía tener mucha fiebre. Cuando observó un poco más atentamente, cayó en la cuenta de que a su pequeño se le había caído una pluma, razón por la que pasaba tanto frío. Mamá Pájaro pensaba que mientras ella estuviese con él podría calentarlo, pero temía que muriese de frío en cualquiera de sus muchas salidas en busca de alimento, que la obligaban a abandonar el nido. Así pues, decidió no perder un segundo y salir a buscar la pluma que su hijito había perdido. Voló alrededor del árbol en donde estaba el nido, caminó cerca del tronco mirando atentamente; siguió la dirección del leve viento que quizá hubiese arrastrado consigo la pluma, pero no encontró nada. Volando, mirando o posándose aquí y allá, acabó en la ventana a la que un niño llamado Juan estaba casi siempre asomado. Al verla tan triste, el pequeño le preguntó qué le pasaba, y entonces Mamá Pájaro, desesperada y llorosa, le contó su problema. En cuanto Mamá Pájaro terminó su historia, Juan, ni corto ni perezoso, bajó al parque tirando de la mano de su padre y les relató lo sucedido a sus amiguitos, estos se lo contaron a los suyos, estos otros a los suyos, y así sucesivamente. De esta manera, todos se pusieron rápidamente en acción y buscaron plumas que pudieran ser la que Pajarito había perdido, la única que le quitaría el frío de verdad, ya que encajaría en su cuerpecillo a la perfección. Todos los niños guardaron las plumas que habían encontrado, y casi al anochecer, cuando Mamá Pájaro sobrevolaba cabizbaja la ciudad, observó sorprendida, cómo todas las ventanas de los edificios tenían las luces encendidas y en cada una un niño la esperaba sosteniendo en la mano la pluma más parecida que había encontrado para que ella pudiese revisarla y dar con la que Pajarito había perdido”.

Como sus padres habían notado que Juan continuaba en sus trece, tan imaginativo como siempre y con tendencia a dejarse llevar por el vuelo de una mosca, un día le preguntaron qué quería ser de mayor. Él contestó, como siempre, que capitán de barco y, cuando ya se estaba imaginando con el traje y la gorra de capitán llevando el timón de un inmenso barco de pasajeros, sus papás interrumpieron sus pensamientos y le explicaron el mejor camino para cumplir ese sueño. Ese camino no era otro que aprovechar su capacidad de imaginación y observación para colorear y dibujar cada vez mejor, hacer caso a la maestra y atender sus explicaciones, volviendo a casa cada día habiendo aprendido al menos una cosa nueva en el colegio. Comportándose así, año tras año, no debía caberle ninguna duda de que conseguiría todos sus propósitos en el futuro. Juan, entonces, miró a sus padres y comprendió el mensaje que estos le lanzaban “Sí, claro, la cosa es que mis buenos amiguitos (ATENCIÓN, TRABAJO, OBSERVACIÓN e IMAGINACIÓN), se pongan de acuerdo”, se dijo, rascándose con un dedo la cabeza.


De esta forma, Juan empezó a aprovechar todas sus cualidades para aprender y divertirse a la vez. Y es que su imaginación le estaba siendo muy útil, ya que un día de verano fue el primero en ver a un pez que se retorcía en la orilla y correr a lanzarlo al mar para salvarlo; y otro día, ya en otoño, al encontrarse un pajarillo recién nacido en el suelo, con una sola mirada, supo dónde estaba su nido y tuvo tiempo de devolverlo con su mamá para que ella pudiese seguir alimentándolo.




28 mayo 2014

EL JUEZ Y EL FISCAL

El juez y el fiscal aún no saben con certeza que en pocos años lo serán. Librados por fin del colegio mayor, comparten piso y estudian con ahínco. Ambos desean a la misma mujer, una estudiante de matemáticas que a veces los visita y se divierte con sus maneras protocolarias de repartirse la limpieza del cuarto de baño. El juez y el fiscal preparan los exámenes finales de último curso de derecho sitiados por el seco calor asfáltico de la ciudad. Deambulan por su apartamento en pantalón corto y sin camisa. Golpean las paredes presos de la ansiedad. Piensan en su futuro para darse ánimos y maldicen entre dientes los muebles antiguos y los electrodomésticos agonizantes y abollados que tienen a su disposición. En momentos de descanso, bajan suspirando en chanclas a comprar algo a la calle; ven las tertulias políticas de la televisión con aire paternalista, y fuman apostados en un largo balcón desconchado, observando el paso de los coches y a la gente por las aceras. No sienten envidia por casi nadie, más bien pena y cierto rechazo. La amiga matemática llega al piso a veces para tomar café y hacer tiempo para cualquier otro menester. Ambos la desean entre cafés sin demasiado ardor y con una pizca de despecho anidando en su interior. Son felices estudiando, avanzando, aunque algo que está por venir, que crece poco a poco en ellos, hace que lentamente se detesten. Toda la teoría que amasan y van colocando en su cerebro conforma la llave que siempre les han mostrado tras la vitrina, lo que siempre han deseado. Con el tiempo, toda esa masa será también la base de sus certezas, de su desarrollo profesional. El escudo que absorberá sin inmutarse los golpes de la realidad y la duda.

El juez y el fiscal, que aún no saben que lo serán, no sienten más que estupor al observar cigarro en ristre el triste espectáculo de sus vecinos de enfrente. Mayores, adictos a la televisión, que nunca está apagada; sin libros ni periódicos, solo folletos publicitarios, floreros, sillones y figuritas que seguramente huelen a polvo. Y un sofá, en el que se hunden en pijama. Y unas persianas, que parecen dientes llenos de sarro, que se levantan cada mañana ruidosas y cansinas, como un largo bostezo.

Pasan las semanas, se acercan los últimos exámenes. La estudiante de matemáticas, cada vez más distanciada, se comunica con ellos mediante anodinos y maternales mensajes de whatsapp, y ellos ríen y ni se hablan, aunque en el fondo sueñan con empapelar algún día al chico con el que ha comenzado a salir y, en momentos de tensión, con zancadillearse el uno al otro. Se turnan en las tareas y se proveen de tabaco. Se observan cuando el otro no mira. Se escapan un rato a algún botellón ineludible y se muestran distantes, enumerándose los presuntos delitos que pasan ante sus ojos en voz baja. Por encima de los cafés, a través de los programas deportivos de radio, miran a los detestables vecinos de enfrente, que tampoco parecen hablar nunca, siempre masticando y bebiendo algo, siempre con la boca llena, siempre cambiando de canal, siempre en zapatillas antes de irse a dormir.

El juez y el fiscal arden en deseos de estrellar un huevo contra la persiana podrida de enfrente, pero no terminan de atreverse. Una tarde, mientras el marido la levanta observan un potente bíceps sobre el que destaca un siniestro tatuaje. Ya con los huevos colocados cuidadosamente en una cajita sobre la mesilla del balcón, deciden anular la operación por si, en caso de ser sorprendidos, la acción ajustada a derecho de las fuerzas de seguridad llega después de la venganza física de aquel energúmeno televisivo, trabajador manual sin duda embrutecido.

Ese temor los mantiene un par de días ocultos y pensativos tras el toldo de su balcón. Pero el deseo febril y acumulado termina por imponerse, así que deciden trazar un plan, no sin antes sopesar pros y contras y valorar rutas de huida y coartadas. La emoción les late en la garganta. Llaman a su amiga matemática y a su amigo para que les acompañen en una breve celebración en casa tras el penúltimo examen. Cuando llegan les muestran orgullosos y un poco fuera de sí los cartones de huevos, les comunican su plan y todos actúan con rapidez, respirando superioridad mientras trasiegan latas de cerveza. Lanzan huevos a víctimas indefensas e inofensivas elegidas con precisión: un chico que arrastra una moto por la acerca, una señora mayor que tira de un carrito de la compra, dos obreros, inmigrantes a su parecer, que salen de un bar. Se contienen ante un tipo trajeado, pero al observar arrugas en la chaqueta y en el cuello motivadas por el sudor le arrojan otro. Tras cada lanzamiento se esconden, se echan al suelo riendo, beben y gesticulan. Los damnificados se detienen en la acera y miran hacia la silenciosa colmena de balcones. Cuando el semáforo de enfrente se pone en rojo, hacen puntería sobre algún vehículo modesto justo cuando inicia la marcha, con excelentes resultados. Para cuando la matemática y su amigo se muestran cansados de la broma, el juez y el fiscal ya parecen estar completamente desatados. Por los resquicios del toldo de su balcón proyectan huevos y trozos de plátano sin ton ni son, y también se divierten estampándolos contra el suelo y los muebles. Dirigen sus lanzamientos a los coches aparcados, hasta hacer saltar alguna alarma; tiran sobre cualquier transeúnte; sobre la chica que acaba de salir de un portal; con inmenso placer sobre la persiana podrida de enfrente, deseando ver aparecer el tatuaje; y, finalmente, con toda violencia, sobre el coche de policía que se detiene ante el tumulto de peatones que miran hacia arriba. Después, ante la perplejidad que paraliza a sus invitados, el juez y el fiscal, que aún no saben que lo serán, abandonan precipitadamente el piso dejándolos encerrados.


Una vez en la calle, mezclándose entre el gentío de curiosos y presuntos agredidos, se dirigen educadamente a los policías que miran hacia arriba y se presentan como inquilinos del 3º C, mostrando una honda preocupación y gran extrañeza, y ofreciéndose a acompañar a los agentes de la ley en caso de que vean conveniente echar un vistazo a su piso, donde habían dejado a unos amigos, una pareja, estudiando. Mientras el proyecto de fiscal se muestra compungido y colaborador, el futuro juez se adelanta subrepticiamente para abrir la puerta del piso, instantes antes de que la policía suba.