11 agosto 2007

"PERSPECTIVAS"

Tenía su lado estúpido sin duda, eso de ir a una cafetería a escribir; queriendo emular lo que él torpemente entendía por bohemia literaria, y sentirse así habilitado para observar a los demás por una motivación artística. Allí, sentado en una minúscula silla, apoyando su bloc sobre un breve y frío rectángulo de mármol sin siquiera algo escrito por la otra cara. Taza, platillo, cenicero y servilletero bordeaban su cuaderno, rozaban su mano, su bolígrafo solía entrechocar con ellos. De haber tenido algo interesante y perentorio que escribir le hubiese sido prácticamente imposible. Dibujaba casitas y árboles de una austeridad infantil milimétrica, ciñéndose con delectación a la cuadrícula del papel, tan lejos de lo aleatorio. Observaba de cuando en cuando por el ventanal de la cafetería, miraba los coches pasar y ni siquiera se veía con fuerza para inventarles vidas a los ocupantes de los vehículos. Como cualquier persona práctica, dudaba de la importancia real de la estética en estos asuntos, pero empezaba a echar de menos lo que él llamaba la “inspiración de las gabardinas”, los múltiples velos de grises del breve crepúsculo invernal, la amenaza latente de lluvia, el vaho que surge de las respiraciones. La nostalgia era, sin duda, la mejor distancia. Hoy, allí sentado a unas calurosas cinco de la tarde, el tiempo parecía detenido por enfermedad y ahogo; sediento y hundido en el flamear de las superficies asfaltadas. Se le hacía imposible imaginar nada fuera de ese lugar, todo estaba empantanado y ensimismado. Con una breve camiseta clara y unos pantalones cortos poblados de bolsillos, sólo le quedaba rendirse y contemplar cómo ardían los semáforos, y la pintura los iba abandonando. Dentro de la cafetería para qué mirar, vitrinas aletargadas con los dulces restantes, patéticamente asimétricos y separados, servilleteros solitarios, excesivos carteles anunciando helados prefabricados y un surfista sonriendo desde la máquina de tabaco. Televisión encendida, inaudible ante el murmullo incesante de los pocos clientes, todos habituales.
Una chica rubia entra de pronto trayendo tras de sí un insólito aire fresco que a nadie deja indiferente, aunque ninguno de los presentes se sienta demasiado motivado para romper su desgana. Algo nerviosa busca monedas frente a la máquina de tabaco del local, con su surfista iluminado. Conforme las va encontrando las introduce por la ranura, sus dedos rastrean todos los bolsillos. El tiempo apremia y angustiada observa con sus grandes ojos al camarero en busca de auxilio. Éste no se hace eco de su petición y la termina obligando a cambiar un billete, las monedas caen con estruendo. Él escribió:
“Berta decidió abandonar su hogar hacía unas tres horas, justo después de almorzar sola por enésima vez. El calor del verano le angustiaba. Ese día, no sabe bien por qué, su sueño cayó con estruendo. Quedó unos minutos en silencio hasta que se decidió a sacarlo de allí y airearlo. Por eso lleva tres horas conduciendo, para salvar unas ilusiones que respiran con gravedad en el asiento trasero. Que empujan sus lágrimas e inundan su alma de ahogo. Más tarde, ya lejos de toda visión rutinaria, se sintió por fin más ligera. Detuvo el coche y guardo silencio, hasta que notó que su sueño y ella respiraban al unísono, entonces fue el momento de sonreír, tampoco sabía muy bien por qué, y de aspirar profundamente antes de dar un paseo. Entró en una cafetería, necesitaba sentirse acompañada por la gente, formar parte de ella. Observar, escuchar y vagar el tiempo necesario para querer volver…”.
Tenía su parte eminentemente obsesiva y terca esa idea de aprovechar todos los momentos muertos para escribir, porque en realidad el trabajo era doble, ya que había que escribir y esperar a la vez, como en este caso: dentro de un coche esperando a su pareja, allí entre la calina, ante un trozo de calle emborronado por el resol y la suciedad del parabrisas, como dentro de un incesante juego de sofocantes espejos. “El tiempo muerto no es un espacio realmente utilizable, no ofrece las garantías ni el extenso abanico de posibilidades del tiempo libre. Los tiempos muertos casi siempre surgen de forma imprevista y lo impredecible de su duración no estimula para nada la creación literaria. Sobre todo si se parte de cero. Es un tiempo de enlace entre los momentos en los que nos dedicaremos a lamentarnos por no tener tiempo”.
En esta tarde detenida, enredado en sus pensamientos, aún se empecinaba en permanecer dentro del coche mientras éste ardía en constante combustión con el sol que lo envolvía. “Miríadas de partículas de luz se suspenden distraídas sobre el ventanal de la cafetería de enfrente”, volvió a anotar en su pequeño cuaderno, tamaño cuartilla ideal para ser hábilmente transportado en el abrigo, discreto para vivir en la guantera de su coche. Apoyó el antebrazo en la ventanilla bajada y la chapa quemaba. Era inconcebible continuar aparcado ahí, siguiendo los consejos de ella, “espera aquí cariño, es un segundo”, pero ya no merecía la pena cambiar de lugar, bajaría en cualquier momento; además, odiaba aparcar y odiaba los coches. El cuaderno apoyado en el volante, el cuerpo sudoroso echado hacia atrás. “Qué difícil concentrarse en un tiempo muerto”, se dijo mientras observaba a los aburridos y escasos viandantes, al semáforo en rojo que a nadie detenía, o al tipo aburrido desperdiciando su tiempo sin pudor en una cafetería ante un café previsiblemente vacío.
Una chica rubia aparece en escena, su rápido caminar destroza toda la triste armonía del cuadro que se había ido creando. Desde el coche su corazón comenzó a bombear fuerte mientras reiniciaba la escritura, “se detuvo frente a una máquina expendedora de tabaco (tachó expendedora), un modelo antiguo. Buscaba monedas por todos sus bolsillos, se podían adivinar las yemas de sus largos dedos y sus uñas barriendo nerviosas las costuras. Un tipo situado a su espalda la miraba atentamente desde su asiento. Mirada de sapo posada sobre ella, trasladándole un manto de temor, una sombra no exactamente silenciosa, más bien susurrante, indagadora. Sonia llevaba casi una semana huyendo, aunque se encontraba cada vez más inmersa en una encrucijada de ciudades. Todo había empezado a adoptar un aire peligrosamente monótono y cíclico. Todo era igual en todas partes, el principio y el final parecían haberse vuelto uno súbitamente. Estaba lejos y cerca, libre y amenazada. Vivía dentro de un juego de ovillos del que necesitaba salir, tiraba y tiraba y siempre advertía la misma figura a su espalda. Mientras escribía una carta a su mejor y única amiga, el Policía de la Mente la observaba ridículamente disfrazado, ¿qué estaría anotando? Adivinaba sus pensamientos, ella lo sabía, por eso siempre se encontraba al otro lado del ovillo. Sonia miró de pronto hacia un coche aparcado con un hombre dentro, éste rellenaba distraído un crucigrama. Salió y se apoyó en la ardiente ventanilla del conductor, éste se sobresaltó y, aunque su belleza le intrigaba, un cierto temor se cernió sobre él. “Necesito que me hagas un favor”, dijo Sonia. Él se limitó a esperar sin articular palabra. “Necesito que me lleves a un lugar que esté a una hora de aquí, el que prefieras, la única condición es que no me digas en ningún momento dónde estamos. Puedo pagarte”.
Escribir directamente sobre la pantalla del ordenador le solía provocar de vez en cuando alguna grata sorpresa, mientras rellenaba páginas y más páginas con el tamaño dieciséis. Alguna vez había encontrado una frase, una metáfora, una simple expresión digna de permanecer en su archivo. La tarde era fresca en la habitación gracias al aire acondicionado, y la ventana del primer piso ofrecía un paisaje desolador y desértico de ciudad abandonada precipitadamente, o a lo mejor simplemente petrificada. Convertida en piedra por una extraña sacudida climática. Sonrió y puso en negrita esa idea. Siempre que ejecutaba esta operación, en principio tan satisfactoria, le surgía, entre el lánguido paso de los minutos, la agobiante duda de cuántas tardes y cuántas horas serían realmente necesarias para reunir las suficientes frases, expresiones y metáforas con que completar un poemario que a veces tendía a la novela breve, o una novela que parecía querer ser extenso poema. Le ilusionó la idea de ser el único superviviente de una ciudad petrificada, cuya quietud aparecía severamente acentuada por un semáforo en absurdo y constante funcionamiento.
Le embargó la terrible nostalgia de que ya no sonaría más el timbre y, observando el paisaje, tembló al percibir que el principio fundamental de su melancolía (ese inacabable movimiento de toda índole que provocaba que cada atardecer fuese único e irrecuperable), había desaparecido. Siempre estarían ahí para él: el individuo que, bolígrafo en mano, quedó mirando por la ventana de la cafetería; o el tipo que invariablemente ocupará el asiento del conductor de su vehículo; o el camarero, eternamente a la escucha de palabras que siempre estarán a mitad de camino, encajonadas en un aire caliginoso. Palabras procedentes sin duda, de alguien situado a un metro del mostrador, pendiente de dar un paso durante toda la eternidad.
Turbado y emocionado pinchó la tecla de negrita para dejar constancia del cúmulo de sensaciones que de seguro le producirán la visión del último movimiento de los pájaros sobre cualquier tejado; su postrero batir de alas en un aire envuelto por la calígine y presidido por una triste aunque presente esfera de luz lejana, sorprendida también por la quietud en plena expresión de su luz y calor; la última caricia del viento sobre la ropa tendida; el último temblor de las cortinas; de las hojas o de las flores ya estáticas. Se estremeció en su asiento giratorio ante la certidumbre de encontrarse ante el mejor poema apocalíptico, la más sublime y a la vez perversa manera de relatar, por fin, la belleza. Una belleza ausente de movimiento.
Así hasta la llegada de ella, una chica rubia surge en dirección suya. Es portadora de una vitalidad inconmensurable. Sus prisas y su altivez devuelven el sonido a la calle, hasta ese instante ahogado por el peso de la reflexión y la evocación. Aturdido, no reaccionó hasta que sus miradas se cruzaron fugazmente. Fue entonces cuando comprendió que acababa de aparecer la compañera que secretamente anhelaba. Volvió a pulsar la tecla de negrita y se lanzó a recibirla con todos los honores. “La aparición de Beatriz supuso una sorpresa inimaginable, aunque quizá la única sorpresa posible en este mundo. Pero en cuanto nuestras miradas se cruzaron supe que ella venía de la otra mitad del mundo, que su misión era relatarme todo lo que yo no llegaría a ver, y que yo debía hacer lo mismo con ella. Valoraremos justamente la belleza, comparando el ulterior aliento de las cosas con lo que fueron, su quietud con su movimiento, colorearemos su perpetuo presente con su pasado”.
“La ciudad pierde el norte en agosto, dos puntos”. Tras atravesar varias calles solitarias sin atisbo de paseo, le volvió la costumbre de fabular mentalmente, tomar notas sin escribir, deambular gozosamente sobre una idea huidiza pero exuberante desde su alumbramiento. Componía, dentro de cierto caos, ajustados retratos, asertos en forma de epigramas, aforismos o greguerías. Necesitaba crear, y para ello andar, casi vivir andando. Pero la mayoría de las visiones, ideas o conclusiones que bullían en su cerebro se perdían en el camino de vuelta. La ida era un esplendoroso surtidor, el regreso un frágil y destartalado contenedor. Cuando miraba frente a frente al ordenador prácticamente no tenía nada que ofrecerle.
Antes de bajar a comprar tabaco dejó un título en la pantalla: “Te añoro”. Conforme bajaba las escaleras le fue pareciendo demasiado directo. Al verse obligada a abandonar la manzana de su apartamento se le antojó que limitaba su discurso. Sí, llamaba a confusión.
Caminaba dando grandes zancadas, disfrutaba la sensación de huida a la vez que la consumía. Era eso, el placer de salir de un sitio porque se llegaba a otro, el sentido de llegada más que el de partida. Suspiró al encontrar la cafetería, el calor era insoportable. Antes de entrar pensó que debía preparar las monedas, al tiempo que un individuo la miraba desde una ventana, lo supo evocando. Y lo quiso así. Una vez dentro trató de desprenderse de todo el suelto, se sintió observada por alguien sentado a su espalda, lo supo evocando. No eran suficientes monedas, corrió hacia la barra para pedir la moneda que le faltaba, pero las monedas cayeron, y finalmente tuvo que cambiar un billete. Mientras esperaba el cambio vio a un hombre tomando notas en un coche, estaría trabajando, pero ella lo quiso evocando.
Cuando la máquina lanzó el paquete, éste le pareció un enviado que acababa de realizar un largo viaje hacia ella desde Dios sabe dónde, sería impresionante que el paquete de tabaco pudiese contar la peripecia de su viaje. Ese pensamiento en contra de lo habitual no la impulsó a caminar, sino que la sentó en un taburete. El frescor de la estancia la animó a disfrutar su llegada. Pidió un café solo con hielo y quiso volver a valorar su cuadro. Encendiendo un cigarrillo fabuló que Ricardo escribía una carta, que ella casi podía leer, en la que singularizaba erróneamente su añoranza encerrándose en sí mismo; que Roberto apuraba su trabajo de la tarde en su coche: era representante de productos relacionados con el automóvil; y que Marcos repasaba con resignación un desgastado temario. Sonrió para sí y pidió bolígrafo y papel al camarero. Entonces bosquejó con fluidez y tino cómo un paquete de tabaco le relató a Ricardo el verdadero sentido del principio y del final, haciéndole partícipe de su historia, de su nacimiento y crecimiento; su manufactura, almacenado, transporte, fabricación y embalaje; su llegada a una máquina expendedora. Ricardo comprendió así el paso de la felicidad al dolor, el sentimiento de pérdida, frustración y soledad común a todos los seres; y de la imposibilidad del paquete nació la conciencia de su posibilidad de hacer el camino de vuelta. De pronto se sintió parte del mundo y no pudo reprimir una sonrisa; y experimentó que su añoranza se dividía en mil, multiplicando por esa cifra sus posibilidades de vivir.
Disfrutando del frío café miró de pronto hacia Roberto, la popularidad de sus productos había crecido considerablemente desde que, inopinadamente, empezó a contarles a sus clientes todos los minutos de vida de cada uno de ellos. Sus reuniones de ventas se convirtieron en actos públicos en cada zona que visitaba. Convirtió en leyenda la vida de los neumáticos, del caucho, de la pintura, del hierro, de los olores y los colores, de los carburantes y del fuego.
Resoplando en su taburete encendió otro cigarrillo y escribió más o menos cómo Marcos huyó del temario llegando al pasado de éste, novelando durante largas y provechosas tardes el devenir del papel en el mundo, de la tinta y la imprenta. Hasta acabar convirtiendo en quimera todos los signos y todas las letras.
Y así fue como todo se tornó meridianamente claro, la vida se hizo nítida y rectilínea, con principios que buscaban finales, y actos que reclamaban consecuencias. Mientras todas las piezas suspiraban por encajar, las respuestas solicitaban preguntas, y los sucesos no paraban de requerir atentos oídos. Como todo se contaba, todo se escribía; y todo estaba ahí para vivirlo o revivirlo. Sin atisbo de añoranza.

01 agosto 2007

"CÍRCULOS CONCÉNTRICOS"

“Lo necesito sin pérdida de tiempo”, la voz que crepita sin demasiada brusquedad al otro lado del hilo telefónico no me supone ningún agobio, antes un impulso. El milagroso soplo eléctrico que me coloca a lomos de los minutos para acompañarles codo con codo en su implacable recorrido. Es cuando los cigarros se consumen según mi endiablado ritmo, midiendo la intensidad de mi vida; y mi cuerpo se transparenta, al tiempo que mis oscuridades acaban siendo vertidas por la inercia, diluyéndose frente a un sol de tiempo rebelde al que domesticar para ser totalmente aprovechado. Quedan atrás porque yo estoy delante.
Salgo a la calle valorando las posibilidades reales de cumplir el encargo. Algo excitado, arranco mi coche mientras establezco una rápida comparativa espacio-temporal en la que cada semáforo será crucial y donde todos los segundos tienen un significado.
Una vez en camino, te pensé de pronto, claro. Aun sabiendo que cada pensamiento es un borrón en el tiempo: mientras piensas, el tiempo invertido desaparece para siempre sin ser recorrido. Te pensé y me perdí tanto la salida del aparcamiento como el trayecto por las calles aledañas a mi trabajo. Recordé, interponiendo algo de falsa distancia, los días en que cada gota que caía del grifo marcaba mi tiempo en su inquietante momento congelado en el vacío. Si cerraba el grifo no pasaba nada, el tiempo continuaba goteando en forma de expectativas perdidas, o al menos renuentes a la hora de cumplirse. Como el habla o la escritura en momentos de quietud, otra forma inexorable de marcar el tiempo que huye disfrazado de placidez. Las palabras quedan para siempre pendiendo del segundo concreto que vivieron, allá, en un lugar que acaso nos espere.
Tu partida dejó el paisaje plomizo, originó un estado de petrificación sólo alterado por el tictac de una cuenta atrás hacia ninguna parte. La soledad alimentada por la inconmensurable espera de algo que ya sucedió. Y ya es pasado.
Tus pasos se llevaron sagazmente segundos pisados, fijados en la acera con golpe seco de bota. Un tiempo que voló definitivamente enredado en las ruedas de tu coche, aplastando los minutos al ritmo de tu cuentakilómetros digital. Quise pensar eso, recuerdo ahora que mis ojos observan el mío, calcular tu lejanía como una manera de sentirte cerca, posible. Pero lo cierto es que desapareciste para siempre, te fundiste con el lejano río del tiempo de los otros y fuiste hacia otra dimensión en la que tú marcarías el tuyo, que de seguro pasó a muy distinta velocidad que el mío.
El tiempo que ahora vuela por la autovía que atravieso como una entraña de aire liberador, aquel que se fue deteniendo como una pelota abandonada para mi desgracia, porque desde entonces su transcurrir se manifestó a través de los lentos, carnosos latidos de mi corazón. El tiempo parecía desprenderse desde mí con desgana, proyectándose de mi soledad hacia el exterior, formando ondas que lentamente se producían y desvanecían en un correlato incesante. Así pues, quedé, hasta cierto día encerrado en un círculo que se mantenía firme, alimentándose de segundos.
¿De qué se alimentarán las otras figuras geométricas con que me cruzo por la calle?, me pregunto qué mantendrá firme la infranqueable seguridad del rectángulo, la armónica presencia del cuadrado; o la estúpida simpatía de los triángulos y trapecios. Mi soledad era un campo magnético circular donde flota la exasperación del paso del tiempo cuando se es infeliz. Ignoro qué habrá dentro de aquellas otras figuras que intuyo de espacios vitales delineados con pulso firme, sin atisbo de temblor. Con un trazo seco que no parece estarse alimentado continuamente de segundos, sino de vivencias y férreos principios, de magnitudes temporales claramente diferenciadas. Figuras rectilíneas que siempre acaban encajando las unas con las otras.
Un nuevo semáforo recién puesto en rojo conspira para retrotraerme de nuevo a hace cinco años, aquellos que se volvieron paradójicamente un soplo. Los recuerdos de tono gris acaban por esconderse, sin ni siquiera servir para marcar etapas temporales. 1.995-2.000, sólo eso. De ahí partió mi gran sorpresa al conocer a la hija de mis vecinos, Enma, tenía cinco años, 1.995-2.000. Se me antojó inverosímil que durante ese páramo temporal del que apenas conservaba imágenes sin voz, se hubiera desarrollado toda la vida de esa niña que a veces observaba subir la escalera a la pata coja. Me pareció increíble, una evidencia por momentos desmesurada. Me sentí, como se puede entender, estúpido y desgraciado. Pero también pensé que aquella era una de las cosas más bonitas que propiciaba el tiempo, sino la única: la configuración de una persona.
Un día, agazapado dentro de mi círculo, observé a los niños pequeños jugar en la calle, un sentimiento zozobrante y agridulce se instaló en mi garganta al verlos, pero acabé sintiéndome pleno al espiar aquellos espacios de tiempo materializados y reunidos aquella tarde para mí. Una galería de edades que cuando me miraban me trasladaban un escueto resumen de sus días que se iban engastando en los míos. Su tiempo se superpuso en el mío coloreándolo. Los dos años de uno, el año escaso de otro, los quizá tres del de más allá, de nuevo los cinco de Enma… Días cargados de sentido, aprovechados totalmente por la naturaleza. Una estrategia espacio-temporal tan perfecta como equilibrada. El latir de un tiempo que no parece abandonarles, sino quedarse para siempre en ellos, apuntalando la firmeza de sus huesos, alimentando la lozanía de sus órganos y miembros, determinando el desarrollo de su percepción, alentando la ilusión de que nunca se romperán. Un tiempo que ahora llegaba hasta mí resumido para aliviar una cantidad equivalente de mi pasado: gris, desordenado y, sobre todo, perdido. Ahora, estando a punto de salvar la conjura de semáforos y caravanas, observo mi destino a golpe de vista. Soy un círculo al que cierto bienestar le está modelando el nacimiento de vértices, a los que, un día u otro, una recta habrá de unir invariablemente. Pronto seré una figura geométrica que llega siempre a tiempo; firme y rectilínea al cabalgar segura y tonante sobre un montón de minutos huidizos, saltando de uno a otro sin caerse. Encajando fuera mientras noto cómo diversas y casi desaparecidas partes de mi interior se desperezan y encuentran a su vez, conformándome, sosteniéndome y asegurándome al terreno. Alentando la ilusión de que me he rehecho.

25 julio 2007

TRAVOLTA “El efecto amor” (Mushroom Pillow, 2.007)

Son muchos los años que lleva Joaquín Pascual forjando una expresión particular, un mundo sensitivo reconocible. Travolta, el nuevo proyecto que estrena junto al inseparable Carlos Cuevas tras la disolución de Mercromina, retoma las constantes de éstos, superando en nivel compositivo sus últimos trabajos y obviando esa “piel sónica” a la que Joaquín se refería en el disco de despedida de 2.005. Acaso respondiendo a una nueva ilusión más serena, esta sensación se transmite a un repertorio más espacioso, vital y radiante, aun en su recogimiento; con canciones hechas con la frente despejada. Menos turbulento, aunque permanezca la querencia por las pequeñas epopeyas pop, con sus mitades de delicadeza y complejidad. Creo que este disco aporta cosas nuevas a la carrera de largo recorrido de Pascual y compañía (además de un buen número de buenas canciones) sin cambiar sustancialmente nada, sin alterar el equilibrio ya asentado de su lenguaje creativo. Baterías volátiles, guitarras estratégicas tras un telón de sinfonías de andar por casa; el silabear de Joaquín, los coros cuidados, la instrumentación tenue o la importancia de los pianos (“Corazón valiente”, “El efecto amor”…); todo eso flota en una coctelera más acertada que nunca. “Telescopio” parte de la balada velvetiana, esa influencia ya universal; el ruido se riza quedo en “Juego de palabras”; la gravedad de “Un gran espectáculo” lo emparenta con algunos de los momentos más excelsos de Fernando Alfaro; y consigue volver a amasar algo mágico a punto de romperse en cosas como “Este momento tan especial”.


Publicado en el nº 240 de la revista Ruta 66.

20 julio 2007

LA HABITACIÓN ROJA “Cuando ya no quede nada” (Mushroom Pillow, 2.007)

La Habitación Roja abundan en lo que mejor saben hacer: melodías inmediatas de marchamo clásico y eficacia contrastada. Insertadas en los últimos tiempos dentro de un esquematismo palpitante, un punto obsesivo, entretejido de referencias indies entre guitarras nerviosas, crescendo, precipitación y ritmos machacones. O cómo tener vocación luminosa y además saber hacer de un disco un cable tenso, una experiencia que no deja indiferente. Sonido eléctrico y urgente grabado por Steve Albini, lo que garantiza que ninguna arista ni rebaba cortante será pulida. Su pop fluye torrencial y una turbadora sensación de vértigo y zozobra urbana dribla in extremis al fantasma de lo previsible. Contiene textos que dicen cosas y tienen una curiosa e irónica manera de reflejar la actualidad, algo que se agradece en estos tiempos en que se da por sentado lo que debe pensar todo el mundo, sin que haya necesidad de expresarlo. Hay temas pop que la clavan, son jodidos espejos que nos devuelven el reflejo de nuestros sentimientos a la vez que nos engatusan en la telaraña de su melodía y ritmo. Algo de eso hay en este disco: nos refleja vulnerables y perplejos, rodeados de luces de neón parpadeantes o viajando en el veloz coche del tiempo en pos de un futuro traicionero e inaprensible. Suficiencia instrumental reconcentrada en lo esencial, huyendo inteligentemente de una pomposidad que pondría en serio peligro el resultado global. “La destrucción o el adiós”, emocionante y tan expeditiva como su título, conjuga a la perfección pura expresividad pop y opresión ambiental, y es, junto a “Los amantes y la paz” una de las pocas concesiones a la sutilidad.


Publicado en el nº 240 de la revista Ruta 66.

14 julio 2007

THE SUNDAY DRIVERS “Tiny Telephone” (Mushroom Pillow, 2.007)

The Sunday Drivers no será una banda cuya aportación se centre en un par de discos instantáneos y capitales que agiten nuestros conceptos musicales. Es una formación de aliento clásico, revitalizante y de talento privilegiado, cuyo ascenso (que prosigue) se basa en su ambición por desarrollar un marchamo personal, a base de limar tics y asimilar influencias, enriquecer y trabajar su sonido, y continuar tocados por la claridad de ideas necesaria para ofrecer composiciones tan directas como envolventes. Este disco vuelve a responder a un trabajo concienzudo, grabado esta vez en los estudios que le dan título, situados en San Francisco, y robustamente producido por Brad Jones (Cotton Mather, Josh Rouse…). Grupo de inspiración y vocación pop, el suyo es intenso y enraizado, del que revive la llama; gracias al punzante estímulo rock que les otorga el amigo americano con su herencia de composiciones pausadas salpicadas recovecos, y su proverbial enaltecimiento del detalle y la complicidad entre los músicos. Se pueden situar en muchas épocas y lugares, también entre el último trienio de los Beatles y los momentos más dulces de Wilco; puedes imaginar por medio a los Byrds, Ocean Colour Scene o The Band. Todo flashes, detalles que vienen y van en un repertorio asentado en melodías y arreglos decantados con mimo; un sonido cuidado e hirviente, lo suficientemente complejo como para requerir detenidas escuchas, y rotundo antes que contundente. A todas estas características termina de dar sentido y entidad la voz de Jero, tan presente. Cantante de matiz y sentimiento, con una voz agridulce, ligeramente desgarrada y áspera; que dramatiza a la vez que cuida el exceso de dramatización, marcando ese continuo equilibrio y profundizando en cada canción hasta dotarla de alma. Todo avanza sin altibajos, desde el significativo crescendo inicial de “Rainbows of colours”, a la inmediatez de “Do it” (un buen single que tratado con más ligereza hubiese resultado plano). “Little Chat” entra y sale de la placidez melódica de la Velvet, “Sing when you´re happy”, aromatiza con su psicofolk de la Costa Oeste y unos Kinks espirituales y espiritosos se pasean por “Day in day out”.


Publicado en el nº240 de la revista Ruta 66.

09 julio 2007

ENTREVISTA A SR. CHINARRO

“LA VIRTUD DE CRECER FRENTE A LA POSIBILIDAD DE MENGUAR”
Antonio Luque aparece en un escenario donde ya le esperan sus músicos uniformados, toquetea el pie de micro sin saber muy bien para qué y dice “cualquier cosa es para mí un problema técnico”, deja una de las pocas sonrisas de la noche y da comienzo a su concierto. No necesita más para crear complicidad inmediata con su público, cada vez más numeroso y variopinto. Un tipo alto sevillano, desgarbado; otro chico de los noventa empujado a crear una banda por la vibrante escena internacional del momento; que sólo quería hacer buenas canciones y que creció, aprendió, acertó y se equivocó, disco a disco, a los ojos de todos, con la inercia indie y el ambiente musical de aquellos años (viejos camioneros observando burlones cómo se le calaba el coche al conductor novel, pero viéndole también realizar inopinados aparcamientos). Talentoso, prolífico y lo suficientemente descreído como para preservar su personalidad. Ésta siempre ha sido muy acusada, lo suficiente como para convertir al tipo que se colocaba impávido frente a un micro en un personaje de referencia y permitirle superar el margen marcado por las influencias para salirse del renglón y aventurarse por un camino nuevo, irregular o brillante, pero suyo. Sus primeras composiciones eran una deslavazada caravana de aprendizaje, avanzaban envueltas en la desigual bruma que creaban su voz murmurante, tan ralentizada como su tempo, los coros femeninos o el soniquete del órgano; lo justo para sembrar su discografía de pequeños clásicos desde primera hora. Luque encontró dulce refugio en esquemas de los ochenta británicos, nada nuevo, pero había más. En primer lugar alguien con algo que decir, y un punto de vista transversal que iluminaba los ángulos perdidos. Un mecanismo sabiamente trucado que parte del azar de la escritura automática y los juegos de palabras y dobles sentidos; que echa mano de dichos populares, o se presta a la perezosa narración de lo cotidiano, y a la afinada descripción de imágenes, recuerdos, visiones fugaces y detalles perdidos. Todo expuesto con medida ironía y fina mordacidad, dando una satisfecha vuelta de tuerca al absurdo. En segundo, una musicalidad sinuosa y sencilla tan desangelada como íntima, a veces también azarosa, ya mortecina, ya vivaz, pero con un tacto finalmente propio. Tras cuatro trabajos que fueron puliendo su música y madurando su estilo, se abrió un inesperado período de introspección petrolífera en ásperas atmósferas post-rock (que continúan admitiendo escuchas); después vino la descompresión rítmica de “El ventrílocuo de sí mismo” (2.003), a partir del cual se aireó su sonido abriendo la puerta a nuevos estilos y opciones, aunque siempre poniendo él las condiciones. Perdido para unos, recuperado para otros, y descubierto para muchos, en “El fuego amigo” (2.005) y el reciente “El mundo según”, encontramos su música tratada desde otro enfoque, canciones mejor armadas, con textos más articulados, sin prescindir de su encanto ni su capacidad de sugerencia. Fiel a su filosofía, el sonido Chinarro sigue apostando por lo esencial, con dibujos aquí y allá de Jordi Gil y el apoyo de ese nuevo aliado, el ritmo.
Probablemente en su momento creativo más dulce y de mayor difusión, Antonio Luque se pone al teclado con las ideas más claras que nunca.
Un honor saludar a un estrella del universo independiente…
Gracias. Un placer.

¿Cómo te encuentras en este momento de tu vida?
Bien, gracias. Compongo, hago vida familiar y me voy de conciertos por ahí. Es lo que quise siempre.

Desde la web de tu agencia de contratación se dice que “Sr. Chinarro se acomoda definitivamente en el pop” ¿qué tal se está ahí dentro y por qué has tardado tanto en decidirte?
Aunque muchos individuos lo parecen, la gente no es tonta, de modo que hay que analizar qué hace que uno no llegue a los demás y corregir. Asumir esto lleva tiempo, pero como resultado se siente uno parte de algo; merece la pena.

Desde el lanzamiento de “El fuego amigo” han aparecido en torno a ti términos y expresiones como evolución, madurez, declaración de intenciones o giro estilístico ¿qué te parecen? ¿Sentías necesidad de llegar a más gente, hacerte comprender mejor?
Sí, supongo que es consecuencia de la evolución; cosas de la edad. Pero sé que no estoy haciendo música para jóvenes carrozas. Estoy tranquilo.

Imagino que la experiencia de la colaboración de Enrique Morente en “El Rito” te resultaría cuanto menos curiosa.
La curiosidad no es mal comienzo, pero para mí no fue sólo eso. Fue un honor, por mucho que en realidad yo no sea nada aficionado al flamenco. Sabía y sé qué supuso y supone Morente en el flamenco. Gracias a gente como él no es el flamenco el coñazo que podría llegar a ser.

Siempre he pensado que el acierto de tus letras parte de una sorprendente y muy sui generis combinación de elementos y, sobre todo, de su engarce ¿de qué se nutren tus textos, y qué porcentaje de azar e intención hay en ellos?
Gracias. Siempre los he hecho lo mejor que podía. Normalmente asocio las ideas así, pero trato de dosificarme para que no me tomen por loco. Ahora no empiezo a escribir hasta que no tenga clarísimo qué y cómo quiero decirlo. La tiranía del sentido siempre vence.

¿Cuándo das una letra por finalizada?
Cuando a mí me gusta y a los que la leen primero les parece comprensible.

¿Te suelen sorprender a menudo las interpretaciones de tus textos por parte de público y crítica?, ¿alguna anécdota al respecto?
Me parecía muy anecdótico que algunos llegasen a descubrir qué quería decir en las letras antiguas. Se han dado casos. En general no soportaba que me preguntasen, por timidez. Esta era también la causa de que escribiese así. Con la aparición del Internet pude leer bastantes interpretaciones. Es bonito que a uno le dediquen tiempo, pero la música de canciones de tres minutos ha de ser más inmediata. Ahora no me da vergüenza decir lo que quiero decir, porque quiero decirlo.

¿Han sido muchas las frustraciones en tu carrera? ¿Con qué han tenido que ver?
En ningún momento tuve apoyo de nadie para dedicarme a la música. Es una decisión dificilísima. Hay mucho idiota que cree que si no sales en la tele tanto como Chenoa no eres nadie, porque no escucha música, tan solo se la traga frente a la dichosa tele. Para los padres la música es sinónimo de droga, para los suegros de groupies, para los compañeros de trabajo de homosexualidad, y así sucesivamente. Se trata de envidia, yo creo. Estoy seguro, quiero decir. También la administración considera el rock casi un modo de delincuencia. Sin embargo para el cine, que es un coñazo, con perdón, todo el dinero es poco. Un local de ensayo y buenos instrumentos valen mucho dinero. Las salas empezaron a cobrar alquiler por tocar en los 90, copiando de los USA sin copiar lo demás. Y si empiezas a tocar con otros que, como tú, están aprendiendo, tienes que convencerles de que dejen las manitas quietas a veces si no se quiere convertir la canción en una morcilla de egos sangrando. Y así todo es muy difícil. Me parece un milagro haberlo superado, así que no me quejo. Me hace mucha gracia mi propia historia. Da para un libro. Eso ya es bastante. No soporto que pase el tiempo sin dejar huellas. Ahora que me siento más preparado para dedicarme a esto al cien por cien lo estoy haciendo y ya está. Y dará para otro libro distinto.


“No me libero nunca (de las influencias), Dios me libre. Todos somos parte de una corriente. Se llama cultura, creo.”


¿Han influido mucho los factores externos en el devenir del sonido Chinarro?
Si te refieres a la gente que me ha acompañado te diré que sí, tanto como los estudios en los que he grabado, los técnicos, los productores, etc. Lo que hay en común entre todos los discos es mío. Parte de lo que hay diferente también (mi propia evolución). Y otra parte de lo diferente es de todo lo demás y todos los demás.

¿Es necesario cambiar para crecer o es al revés?
Es a la vez. Y se puede menguar también.

¿Qué ha cambiado en Antonio Luque como músico y compositor desde los tiempos de “Primera ópera…”, por ejemplo?
Aquel disco iba a ser un EP y se alargó porque prefería estar en el estudio de Paco Loco que en cualquier otro sitio del mundo en aquellos momentos. Los dos ep´s posteriores demuestran que trabajar con pc´s es peligroso. En “Cobre cuanto antes” y “El ventrílocuo...” había más ganas que tiempo para trabajar. Así que si hacemos un paréntesis de esos difíciles cinco años en la fábrica de bollería para futuros diabéticos (1999-2004), veo bastante lógica en la evolución. “La pena máxima” es lo último que pude trabajar como solía cuando estudiante; de hecho Sandra Rubio aún me ayudó en alguna cosa para ese EP, aunque luego no grabase nada. Igual Begoña Rodríguez; que también me ayudó. Luego llegó el PC y los donuts: desastre asegurado.

¿Has notado reacciones encontradas en los seguidores de antaño durante los tres últimos años?
Observo en los foros que no se ponen de acuerdo ni ellos. Es normal. Hay gente para todo. Yo les agradezco muchísimo que me sigan, sea por la canción que sea. Si hiciésemos una votación on line para elegir las que tocar en los bolos saldría una lista de 60 canciones empatadas.

Sueles ser duro con tus grabaciones anteriores, tanto que a veces descolocas a tus seguidores ¿Existen temas dejados de lado que, con el tiempo, hayas redescubierto y valorado más?
No. Si había algo valioso en ellos reaparecerá. Suelo comparar esto con las podas. Cortas una rama para que salga otra mejor colocada y con más fuerza. Además, soy bastante prolífico, no tengo que andar rescatando.

¿Qué significa el flamenco para ti?, ¿cómo se produjo tu acercamiento a él o sus aledaños?
En general me parece insoportable. No me he acercado en absoluto. Detesto las florituras; demuestran aburrimiento y yo no me aburro nunca. Me gustan cosas de las letras; es seguro que hay más de lo que yo creo que me gustaría. Pero no he investigado nada en absoluto. Dejo que las cosas pasen. No fuerzo las cosas. Otra cosa es el aire andaluz. Eso no se puede evitar (ni quiero).

Recuerdo tu reivindicación de muchos grupos españoles de los ochenta en un momento en que parecía dar casi vergüenza mirar hacia esa época ¿Has incorporado temas o grupos nuevos a tu hit-parade personal de aquellos años?
Tampoco investigo ahí. Lo que pasó, pasó. Escuché lo que escuché. Ni tenía una gran discoteca ni tengo interés por coleccionar nada. También demuestra aburrimiento.

¿Qué consideras lo más importante de una canción? ¿Qué características comunes observas en los grupos o discos que más te han influido?
La melodía, el ritmo, el sentido de la letra, que el cantante no parezca un impostor…

¿Qué importancia han tenido las influencias en tu sonido?, ¿en qué momento sentiste, si así ha sido, que te liberabas de ellas a la hora de componer?
No me libero nunca, Dios me libre. Todos somos parte de una corriente. Se llama cultura, creo.

En las últimas actuaciones vuestras que he visto, el sonido ha sido casi perfecto, todo en orden. ¿Cómo apareció Javier Guerrero en la vida del grupo y cuánto se le debe?
Él me hizo comprender que hay una línea entre los grupos que llevan técnico y los que no lo llevan. Y se apuntó, claro. Es casi uno más del grupo. Opina y participa como los demás. Además es divertidísimo. Me alegra que subrayes que nos va bien en los bolos; muchas gracias.

Sonando bien y tocando a menudo ¿Cómo enfrenta ahora el directo Antonio Luque?
Con muchas ganas; ha pasado de ser un sufrimiento a ser todo lo que quiero hacer en la vida.
Publicado en el nº240 de la revista Ruta 66

04 julio 2007

"LA MUERTE DE GRUMO"

La muerte de Grumo me sorprendió una noche color pizarra. Sentí como un leve quebranto en el estómago ante la noticia mientras mi mente permanecía vagando por las pausadas aguas del alcohol. Más tarde, al volver a casa, atravesé las calles que habían gastado sus pies, siempre en pos de resguardo o delirio. Al enfilar la calleja que lleva a la gran plaza iluminada lo vi riendo y arrancando su moto de pequeña cilindrada, llamando a una chica por su nombre que corría risueña a su encuentro o exigiendo un cigarrillo a cualquier viandante indefenso que se acercase. Mis púberes ojos trataban de medir su estatura en aquellos tiempos, y su poder inconmensurable en medio del ajetreo de la mañana soleada.
Al final de aquella plaza estaba mi casa, sin embargo, ya con las llaves en la mano, seguí avanzando hasta la siguiente, la de la catedral, más antigua, y unida a ésta por un sistema de complicadas callejas cuyo tumulto sólo desaparecía a horas tan avanzadas como aquélla. Allí estaba él otra vez, bravonel y pendenciero, comprando, cambiando o vendiendo; cada vez más delgado pero sonriente y seguro de sí mismo, confundiendo siempre amabilidad con debilidad. Eran las primeras horas de esas noches que nunca cumplían sus promesas, pero a las que yo acudía excitado por sus llamadas, preguntándome tras las gruesas cortinas de mi timidez cuándo sería como él, cuándo conocería a tanta gente, cuándo todos me invitarían a sus conciliábulos.
Al toparme con la catedral me sentí zarandeado por un frío surgido a la vez de todas las bocacalles. Me vi de pronto en mitad de una intranquila encrucijada de calles y posibles destinos, esforzándome en saber dónde estaba y por qué estaba allí. Pensé, entonces, que a veces llega el momento de mirar atrás y creemos que viene demasiado pronto, sorprendiéndonos sin ganas de volver sobre nuestros pasos. Es la llamada tenue y amable de una conciencia que empieza a intranquilizarse porque su mirada siempre avanza un poco más allá que nuestra obcecada vitalidad. Al llegar a la primera encrucijada, aún soleada y amable, las calles que dejamos a nuestra espalda son las primeras descartadas, vamos hacia delante mirando únicamente nuestros pies, nuestros pasos, con la cabeza gacha, sin poder parar.
Quise salir de aquel barrio cuanto antes y me decidí por la calle del mercado de abastos, situado ya al borde de una amplia e iluminada avenida de reciente construcción. Al doblar una de las esquinas de aquel viejo edificio lo volví a ver, con su sonrisa siempre presente, pero ya desdentada y limitada a agradecimientos y súplicas, hablando al oído de los que se incorporaban con el alba a sus puestos en el mercado, enterrada ya su voz estentórea; su pecho perdido y los brazos lacios por debajo de la cintura, con las manos tímidamente abiertas acariciando el aire y aferrándose, desesperadas y pillas, a todo aquello que sus dedos rozasen. Taciturno, nocherniego y medio estafermo, arrastrando pies y espera mientras miraba de reojo todas las calles que ya se quedaron atrás y, muy de frente, la cercana solución a la encrucijada.
Anduve atenazado por una creciente sensación de temor y soledad. Recorrí las calles a buen ritmo al encuentro de mi refugio, contento de conocer bien al menos ese camino. Cuando mi paseo concluía, supe que la consideración de una vida depende del futuro que se vea en ella. Todas las sensaciones, todos los pensamientos que alguien pueda provocar se van reduciendo conforme lo hacen sus posibilidades de terminar como es debido. De tal modo, que un día desaparecen sin dejar tan siquiera el rastro de las huellas de sus pisadas. Como unos invitados pesados. Como un hueco ambulante.

27 junio 2007

"¿Cómo sabes...

"¿Cómo sabes que el pájaro que cruza el aire no es un inmenso mundo de voluptuosidad, vedado a tus cinco sentidos?" (Willian Blake)

21 junio 2007

DIRECTO TRAVOLTA

Sala Planta Baja, Granada. 21-04-07


Travolta, el nuevo proyecto de Joaquín Pascual y Carlos Cuevas tras finiquitar Mercromina, tiene la gran virtud de trasladar al directo el caudal de sensaciones que atesora su CD, un trabajo íntimo, de intensidad presente pero recogida, de luz tenue y riqueza armónica. Pasaron por Granada en el segundo concierto de su gira, por lo que la cosa promete muchísimo para próximas citas cuando el sonido esté más ajustado. Piano, sintetizadores, órgano, decenas de pedales creando esa electricidad estática; guitarra discreta y matizadora o violín disonante y acariciador, acertaron con el clima apropiado desde el principio. Tras la intro, sonó “Con los ojos bien abiertos”, con Joaquín Pascual sentado al piano, algún apunte de violín por parte de Ana Galletero y escobillas en la batería, una constante en los temas (la mayoría) que sonaron sin bajo, volando así la percusión a media altura, con vocación etérea. “Corazón valiente” resultó tan efectiva y vibrante como en disco, con los coros funcionando bien, así como “El efecto amor”: un inicio arrebatado y pop con este trío de temas empujado por el piano. Pascual no tomó la guitarra hasta “Telescopio” y su balanceo velvetiano de lento discurrir ligeramente expansivo, que atraía los sentidos con la ayuda de una iluminación mínima. El fuego lento se mantuvo con la deslizante “Lloviendo a mares” y los desarrollos dulcemente espectrales de “La casa” y “Colores”. Entre éstas destacó “Juego de palabras”, interpretación compartida con Ana, con Joaquín Pascual a la acústica. El tema crece desde ahí, con el añadido de órgano y sintetizador, el crescendo de batería y la suma a la eléctrica de Francisco Cuerda de la acústica distorsionada y endemoniada más el apoyo en segundo plano del bajo, tocado por un pipa, alcanzando un tremebundo final. “Hasta el final” cerró el pase principal con Joaquín de vuelta a las teclas, José María Castillo haciéndose con la acústica y el violín de Ana llevándonos desde la dulzura melódica al leve caos final del tema. Para los bises dejaron “Este momento tan especial”, suspendida entre teclados y sintetizador y con esa voz tan frágil que pone Ana Galletero, “Un gran espectáculo”, conducida entre brotes secos de ruido, y el recuerdo final de “Evolution” de Mercromina.

Publicado en el nº 239 de la revista Ruta 66

17 junio 2007

LOS BICHOS: EL DIABLO VINO Y LLORÓ EN MI HABITACIÓN

Queridos Psicocamaleones:


Josetxo Ezponda Puente es grande. Hace algunos años advertí la presencia del líder de los añorados Bichos en un programa de radio, acompañando a alguien, no recuerdo quién. El locutor, tras preguntarle brevemente por su situación actual, cometió la imprudencia de dar el número de su teléfono móvil por antena. Lo anoté y decidí llamarlo un poco más tarde. Minutos después me manifestaba, amable y algo tímido, que estaba abrumado por la cantidad de llamadas recibidas tras ese incidente. Le dije que me dedicaba a escribir de música de vez en cuando y que echaba mucho de menos nuevas grabaciones suyas; quedamos en que lo llamase unos días después con más calma. Tras esa segunda conversación se comprometió a mandarme un CD con las últimas grabaciones que había realizado. Al poco las recibí: temas sin mezclar, bocetos por pulir que no están entre lo mejor de su discografía pero en los que se respira el inequívocamente turbio aire bicho. Además, tenían para él el inmenso valor de ser las últimas realizadas junto a su fiel compañero Asio, desaparecido poco tiempo atrás. Esto me lo hizo saber en una carta escrita a pluma, con ese trazo tan historiado y artístico que habíamos podido ver en las portadas y hojas interiores de sus discos y en otros trabajos en los que se requirió su personal concepto de diseño (por ejemplo el “Tahúria” de Tahúres Zurdos). Creativo desde los datos del sobre (con las puntas levemente quemadas, así como las de las páginas) a las dos hojas interiores numeradas con palotes romanos, en las que dejaba claro que sólo volvería con algo realmente especial. Por todo eso, Josetxo Ezponda es grande.

Hace poco me hice con el CD-libro sobre Los Bichos editado por Munster en 2.006, “1.991-1.988”. En su interior Josetxo repasa la historia de aquel proyecto, una parte tan especial de su vida. Utiliza una mirada deslavazada, llena de elipsis, y con sus gotas de surrealismo y cierta amargura. Una visión cariñosa, lo suficientemente irónica; lúcida y para nada complaciente. Entonces recordé que escucharlos era una auténtica gozada. La expresión de un fan incondicional, dotado de la suficiente personalidad y amor a la música para conformar una expresión cargada de referencias pero repleta de grandes canciones, turbulenta de verdad y de una plasticidad nada evidente. Oscuridad con destellos rosas, amor, dolor, deseo, pesadilla y una musicalidad en carne viva, de verdad cortante. Un tipo hambriento de expresión, de esos que patean las calles de sus pequeñas ciudades tratando inútilmente de seguir a una imaginación que ya lleva años viajando. Dramático y glamuroso (cuenta la leyenda que tras una visita a la casa de Corcobado en Madrid, una botas blancas regaladas por su anfitrión sustituyeron las botas militares que calzaba el navarro, perfilando definitivamente su imagen), podía mostrarse demoníaco, libidinoso y burlón, para al poco ser exhibicionista de su propia vulnerabilidad, un ser melancólico con la sensibilidad a flor de piel. Contradictorio, sexual, misógino o resentido, añorando vivir entre toneladas de amor.

Lou Reed, Alan Vega, Richard Hell, Stooges, Bowie, Television, sobre un estructura de rock herrumbroso y pantanoso facilitada por sus amados Scientists; el soul, los grupos de chicas de los sesenta infectados por los New York Dolls, la base glam que rezuman su concepto general y repertorio; y el blues, claro. Todo eso es la base de su creatividad musical, la espoleta de un talento tan obsesivo como inclasificable. Tras probar suerte con formaciones de su Pamplona natal como Tensión, Neon Provos y Flores Muertas o en solitario como Blood Letter durante los primeros ochenta, germinaron hacia 1.987 Los Bichos, con el bajista Asio y el guitarrista Charly como fundamentales compañeros de viaje.

En 1.988 les escuché por primera vez en el volumen I de las casetes que bajo la denominación “Spanish Bombs” puso en circulación la revista Ruta 66, siempre tan atenta a las nuevas tecnologías. “Lluvia y luna” era su tema, un oscuro latido que delataba su amor incondicional por los australianos Scientists, luego aparecido también en su elepé debut.

El mismo año supe que habían fichado por Oihuka, el mega sello abertzale pamplonés acostumbrado a editar mayormente panfletos musicados con mayor o menor tino. Me temo que el raro del pueblo seguiría sin encajar del todo. La primera referencia que grabaron fue el single “Anita Latigazo” creo que los dos minutos de rock que más he escuchado, un acierto de guitarras lanzadas en distorsión con historia perversa, acompañada de “Black Blood Nightmare” y “Colour Hits”, dos excursiones al pantano de la manita de Kim Salmon y Tex Perkins.

Color Hits”, el disco, fue publicado en 1.989. Un elepé de frescura y capacidad de perversión inalteradas que si apareciese este mes en el previsible panorama que vivimos sería considerado un auténtico bombazo. Coloreando la pasión y el caos, con todas sus referencias bien colocadas sobre la mesa, se abría como un ciclón con la irresistible “Shadow Girl”, un magnífico homenaje a los New York Dolls, que continuaba en una de sus grandes canciones, “Verano muerto”, introducida y acabada con las notas de “Sweet Jane” de Lou Reed. En medio explotaba una inolvidable fiesta de rock´n´roll serie B capitaneada por la horadante guitarra de charly, que sonaba impetuosa y como verdaderamente liberada por primera vez, con esos solos inolvidables que parecían escaparse desesperados de sus dedos. En “The one you´ll never catch” parecían Television como banda de acompañamiento de un cuentacuentos truculento. Las versiones incluían una sentida revisión de “My Girl” de Otis Redding, y una delirante e inmediata mixtura de Bo Diddley con los Stooges. Temas de rock espinoso y excesivo como “De Noche” y “Sssnake (Lullaby)” o medios tiempos que son más bien experiencias, como la fronteriza “Me gustaría llorar” (con el acordeón de Joseba Tapia) o “Un poco más”, hacen de éste un trabajo sorprendente y notable. Un homenaje a su pequeño altar de clásicos marcando ya un cariz muy personal.

Tras los más de cinco mil elepés vendidos de “Color Hits” la cosa pintaba bien. Volvimos a tener noticias en 1.990 con la aparición del recopilatorio “The Worst Around” (Romilar-D). Los Bichos eran acompañados de un muestrario del momento más dulce de la escena underground del País Vasco (Cancer Moon, La Secta y La Perrera). Aquí Josetxo dejó una de sus composiciones más intensas, “Backwards Kiss”, así como el diseño de la portada, su despliegue más incontenible de imaginería.

In bitter pink” apareció en 1.991, un ambicioso doble elepé que supuso una apuesta valiente y singular por lo inesperado y excesivo. Un acierto creativo y un pequeño suicidio comercial (si esto tiene alguna lógica en la escena independiente española). Más cohesionado y mucho mejor producido que su antecesor, denotaba que Josetxo había logrado concretar para profundizar libre y certeramente en un discurso cada vez más intransferible; culminando y rebasando todo lo que prometió dos años antes con composiciones de la personalidad y el calado de “Marina” o “Raquel´s dream”. Crudeza, delicadeza e inspiración henchidas de efectos de toda índole y guitarras achicharradas, sumergidas en desazón y planeando como una punzada constante sumidas en una inercia, una ansiedad que las hace únicas. Solos dementes conviviendo con la quietud folk de acústicas y palmas. Ofrece pequeñas epopeyas íntimas del calibre de “Wishin´Shift” o “Still can´t cry”, con el Josetxo más lúcido. Suaves texturas, belleza sombría y veneno oxidado entre las cuerdas de guitarras furibundas transmitiendo su mensaje de aspereza. Precipitaciones thunderianas cortocircuitadas como “Go, fish, go!!!”,Worms” o “Fuelled by desire”; guiños pop que encantarían a Jonathan Richman (“If you cry now, she´ll be glad”), descargas de garaje truculento herederas de los Scientists (“Poxy, poxy”, “Mice from hell”); siendo tan animosos como los New York Dolls en “I´m inside her”, o resultando incluso paródicos (los “efectos especiales” de “Nip of hate”). Y versiones (una de sus debilidades) que erizan la piel, como “Holocaust” de Big Star, una de las composiciones capitales de Alex Chilton, y el “Je t´aime… moi non plus” de Gainsbourg.

El desbordante Ezponda de 1.991, firma en solitario (aunque acompañado de todos los suyos) un mini-LP que combina revisiones de clásicos (de nuevo el altar particular) como “Sand” de Nancy Sinatra, “I remember” de Suicide, “Solid gold hell” de Scientists y “Sittin´on top of the world” de Howlin´Wolf con temas propios tales que “Nancy Fucker” o “Deep deep babe”. Quizá la tensión generada por la convivencia dentro de la banda o la desilusión ante expectativas que nunca terminaron de cumplirse dieron al traste con la formación base (Josetxo, Asio y Charly) y, a la postre, con la banda, dejando ese período 1.988-1.991 como un extraño fulgor dentro de la escena española. Ahora recuerdo también cómo me fastidió cuando un poco más tarde se ponía a los epígonos indies como la verdadera respuesta al rock autocomplaciente de los grupos de los últimos ochenta. Los Bichos en el maldito agujero junto a Cancer Moon, Pantano Boas, Demonios Tus Ojos y algunos más.

En 1.995 Josetxo volvió como El Bicho, publicando “The glitter cobweb” a través del sello Roto; en solitario y encargándose prácticamente de todo (como en el primigenio proyecto blood letter). No deja de ser un trabajo menor, reflejo de mejores épocas, aunque ofrece momentos reseñables como “Green candy” o “The Funny Road”. Desde entonces aún le seguimos esperando.

El cuidado doble CD editado por Munster no pretende ser acopio de toda su discografía, se deja cosas de casi todos los discos, pero la selección es razonable, echando yo fundamentalmente en falta la versión de “Swampland” de Scientists. El single “Anita Latigazo” se incluye en versión demo al igual que otros temas incluidos en el primer álbum (“¡Hola! (Ni Dios)”, Go, bo”, 1.989” y “Down below”). También faltan caras B de single como la mencionada versión de The Scientists (del single “Shadow Girl”, de 1.989), otras de interés como “Homeblood” (del single “Wishin´Shift” de 1.991) y “Words for sale” (del single “I´m inside her” de 1.991); y, esta vez, la cara A del single “A hell of a girl” de título homónimo, editado por Radiation en 1.993, y última referencia de la banda. El último corte del segundo CD recoge sin acreditar su versión de Suicide. El single que acompaña esta edición, también con errores en los créditos, ofrece el aliciente para completistas de dos temas pertenecientes a la maqueta de 1.988: “El sueño rojo” (aparecido en un flexi ese mismo año) y el inédito “To know me is to love me”.


Publicado en el portal de humor y cómic Irreverendos en junio de 2.007

12 junio 2007

FLANNERY O´CONNOR “LA PIEZA QUE NO ENCAJA”

Lumen lanzó hace año y pico un volumen que reúne por primera vez en España los cuentos completos de la escritora norteamericana Flannery O´connor, aparecido en edición de bolsillo hace pocos meses es hora de que le hinquéis el diente.

Autora favorita de Nick Cave (sobre todo los relatos que componen “A Good Man Is Hard To Find”), su literatura logró desconcertar a Raymond Carver. El escritor Benjamín Prado compara las historias de Bruce Springsteen con las suyas, y John Huston llevó al cine en 1.979 su novela “Wise Blood” (“Sangre Sabia”), construida a partir de relatos aquí incluidos. En el prólogo de estos Cuentos Completos, Gustavo Martin Garzo recuerda las palabras del director acerca de su película: “Nada me haría más feliz que ver que esta película consiga aceptación popular y rinda beneficios. Demostraría algo. No estoy seguro qué… pero algo”. Algo, hay algo inasible y fatal en los relatos que nos ocupan, una visión brumosa del ser humano y los imponderables que rodean su devenir que se nos va aposentando muy adentro.

Sus páginas transpiran un fino humor (en muchos momentos negro) que fluye sereno haciendo brotar incluso alguna carcajada, un halo irónico no exento de mordacidad y espíritu caricaturesco y satírico. Una mirada astuta, escrutadora, desapasionada, tierna a veces pero nunca compasiva en su indagación en el interior de sus paisanos (los habitantes del los estados del sur, sobre todo Georgia), su ingenuidad, sus valores, sus fantasmas y prejuicios. Con la paciencia del que inspecciona extraños y frágiles insectos en una caja. Insectos absolutamente imbuidos por las características del medio en que su vida se desarrolla, experimentando sentimientos que les ahogan y les muestran su insignificancia.

La tercera persona narradora se alterna con los diálogos (tratando de emular la forma de hablar de los lugareños), sustituyendo en ocasiones la voz de los personajes para agilizar, subrayar y resumir. La autora narra con ritmo relajado y fluido, incluso acariciador y confidente; meticulosa, atenta al detalle (gestos, miradas…), disecciona sentimientos y sensaciones con precisión, sugiere el trasfondo psicológico de los personajes mediante la narración sin enfangarse, siempre lo suficientemente distante, con su media sonrisa cargada de segundas intenciones. Gusta además de trufar el relato de imágenes poderosas y sorprendentes, y en ocasiones trenzarlo y atravesarlo con metáforas o comparaciones fulgurantes y tan inopinadas como el saxo de Steven Mackay emergiendo en “1.970” de The Stooges.

Algunos retratos son inmisericordes, rápidos zarpazos, certeros bosquejos de los personajes. Es resolutiva y clara en las descripciones de paisajes y ambientes; suelen ser éstas sencillas, un marco efectivo sin excesiva demora en la adjetivación. Aunque a veces se regodea en detalles concretos (reflejos, sonidos…) y despliega un suave lirismo taciturno.

Algunos cuentos se dejan ir con un rastro reflexivo, pero la mayoría muestran un punto de inflexión, casi un estrangulamiento al que Flannery nos lleva de la mano: el destino como macabro jugador, reveses de éste que castigan la ingenuidad, hacen explotar un mal celosamente guardado en cajitas de añoso rencor, o colocan a los protagonistas ante una dimensión desconocida de sí mismos. Los cuentos se desarrollan en la cotidianidad del sur estadounidense, una quietud levemente inyectada de una sustancia misteriosa y oscura, acechada por una presión muy particular, casi imperceptible, acumulada en finas ráfagas que en ocasiones se agolpan para desenroscarse de una vez. Entre sus claves temáticas destacan un racismo siempre presente, casi indefectible. Visto como algo cotidiano y asumido, sin declaraciones altisonantes ni reflexiones al respecto; sólo fielmente anotado. La religión y su asfixiante presencia. La fe cegadora y astringente hecha fanatismo. El implacable temor de Dios inoculado en la niñez y ya definitivo. Encontramos vendedores de biblias, charlatanes y predicadores. La violencia, sobre todo gratuita, el mal amenazando lluvia. Truculenta por momentos, una violencia que parece aliviar del dolor de vivir al que la practica. También significativas muestras de los usos y costumbres de la vida rural, el pausado ritmo vital, los mundos opuestos que chocan más que conviven. La desaparición paulatina de una forma de entender la vida y el trágico vacío que conlleva. La frustración, el nacimiento del rencor, el odio y los malos deseos. La vejez es tratada con profusión, y las mujeres tienen un peso específico, habitualmente inmersas en condiciones de vida difíciles, convertidas por las circunstancias en cabeza de familia y propietarias; endurecidas y rectas, obsesionadas por ocultar su vulnerabilidad, pero también soñadoras y anhelantes. Y, finalmente, el punto de vista de los niños, así como sus dudas, temores e imaginación aparecen a menudo, como la niña mordaz y aguda (acaso trasunto de la autora) de “El Templo del Espíritu Santo”.



Publicado en el nº 239 de la revista Ruta 66.

07 junio 2007

DIRECTO ROBERT FRIPP & THE LEAGUE OF CRAFTY GUITARISTS

Teatro Juan José Tamayo, Granada. 17-04-07



Todo vendido y gente sin entrada en la calle para asistir a una reencarnación más del controvertido geniecillo de King Crimson: la formación de guitarristas en gira surgida del Guitar Craft, seminarios ideados por Fripp que reúnen a músicos de todo el planeta. Tensión psicológica: el público ocupando sus asientos mientras adivina nervioso la pequeña figura de Robert Fripp oculta tras su torre de sintetizadores refrigerada por medio de un pequeño ventilador. Sus corazones palpitan al sentarse lentamente cuchicheando nerviosos al ver un poco de mástil de guitarra, una manita o un piececito pulsando uno de los pedales que modulan sus sonidos de guitarra sintetizada: sus célebres Soundscapes, capas y capas de sonido tenue y expansivo y acordes sueltos que en algún momento jugueteaban con “Starless”. Los Paisajes Sonoros sirvieron de presentación e intermedio, así como de suave o escarpado fondo sonoro en muchos momentos, resultando aburridos cuando volaban solos. Los diez guitarristas dirigidos por Hernán Núñez (entre los que se encuentran los españoles Daniel Arias e Ignacio Furones) aparecieron por uno de los pasillos. Su silencio inquebrantable y la subrayable coordinación de movimientos hasta tomar asiento en las sillas colocadas en corro en el escenario, dejaban una cierta sensación de comicidad; incluso al abandonarlo, todas las clavijas quedaban perfectamente colocadas sobre el respaldo de sus respectivos asientos. Diez guitarras acústicas electrificadas afinadas según el novedoso método de la Nueva Afinación Estándar. Guitarras al unísono en absoluta compenetración y entendimiento; contrapuntos, bucles, fraseos, golpes percusivos, arpegios, líneas de bajo. Todo con un sonido cegador de pulcro, con una expresividad directa, sin paliativos, ejecutado con un nivel de perfección que asombró a estas rudas orejas educadas con todo tipo de desmanes. La parcela creativa e improvisadora se reserva a las denominadas “Circulaciones”, donde los músicos se van pasando notas, entre todos, o en dos grupos de cinco, creando sonoridades sobre la marcha en combinación con las sempiternas sonoridades de Fripp. En el repertorio destacaron, además de recreaciones como “Flying” de los Beatles, fundamentalmente momentos estelares de los Crimson, en los que la música resultó más arrolladora, alcanzando mayor elocuencia y carnalidad, como “Eye of the needle”, “Lark´s Thrak” rotunda y cortante, “Vrooom” (con la guitarra de Fripp brevemente desatada), una potente “Red”, ya en bises, o “Intergalactic Boogie Express” que desembocó naturalmente en “Yamanashi blues”. Como tema de despedida eligieron una hechizante lectura del inmortal “Asturias” de Albéniz. En los momentos finales Mr. Fripp se unió al resto de los músicos para saludar, pero, posiblemente, el inoportuno flash de una cámara le hizo salir disparado y nos privó del habitual tema de despedida, con todos tocando, incluido el celoso Fripp, al borde del escenario. Quizá como compensación, los diez aparecieron sin su jefe tocando un último tema junto al puesto de venta de discos. ¿Qué mejor promoción?

Publicado en el nº239 de la revista Ruta 66.

02 junio 2007

PARECIDOS INQUIETANTES

El mundo del pop y el rock hace tiempo que entró en la dinámica del continuo remedo, una cadena a la que no paran de añadirse eslabones que rara vez siguen nuevas direcciones. Unas veces las influencias se notan más que otras, incluso a veces mejoran el original, o aportan una variante sorprendente. Un riff de guitarra, un inicio de canción desde el cual partir, una estrofa que convertimos en estribillo, o uno que no nos podemos quitar de la cabeza; todas esas huellas que se transmiten de unos temas a otros conforman otro camino para entender la historia del rock and roll. Plagio, mera coincidencia, homenaje, influencia inconsciente, consciente… Lo dejo al criterio de cada cual, lo realmente interesante SIEMPRE es escuchar las canciones. Aquí van unos ejemplos para solaz de mis queridos amigos psicocamaleones, (adivinen quién es el inspirador y quién el inspirado):

-THE BEATLES: “I´m only sleeping” (“Revolver" (1.966)-091 “Nada es real” (“Doce canciones sin piedad”, 1.988)

-DOMINIQUE A.: “Le gros Boris”(“Si Je connais harry”,1993)—PAULINE EN LA PLAYA: “Nada como el hogar”(“Nada como el hogar”, 1999).

-LEONARD COHEN: “So long Marianne”(Songs for…”, 1.968)-NACHO VEGAS: “En la sed mortal”(“Cajas de música difíciles de parar”,2.003).

-SONIC YOUTH: “Cross the breeze” (Daydream Nation, 1988)—SR. CHINARRO: “Un trébol de tres K” (“La pena máxima”, 2000).

-SONIC YOUTH: “Mote” (“Goo”, 1.990)--LAGARTIJA NICK: “El mundo desaparecido de los guantes”(“Hipnosis”, 1991).

-THE YARDBIRDS: “Heart full of soul”(single "Heart full of soul", 1.965)—GLUECIFER: “Freeride” ("Automatic Thrill", 2.004).

-MARVIN GAYE: “Hitch Hike”(también interpretado por MARTHA & THE VANDELLAS Y ROLLING STONES)—THE VELVET UNDERGROUND: “These she goes again”(“The Velvet Underground & Nico”, 1966).

-HARRY BELAFONTE: “Banana boat song” (1.955)---SMOKEY ROBINSON AND THE MIRACLES “The Tracks of my tears”(“Going to A Go-Go”, 1.965).

-LOS NEGATIVOS: “Bagdag”(“18º Sábado amarillo”, 1987)---PULP: “Do you remember the first time?” (“His´herns”, 1994).

DAVID BOWIE: “Rebel Rebel” ("Diamond Dogs", 1.974)---WILKO: “Monday” (“Being There”, 1.996).

DAVID BOWIE: “Queen Bitch" ("Hunky dory", 1.971)---MATTHEW SWEET: “Sick Of Myself” (“100% Fun”, 1.995).

IT´S A BEAUTIFUL DAY: “Girl with no eyes” ("It´s a beautiful day", 1.969)---JOSÉ IGNACIO LAPIDO: “Escrito en la ley” ("En otro tiempo, en otro lugar", 2.005).

LOS COYOTES: “Cien Guitarras” ("Mujer y sentimiento", 1.984)---SR. CHINARRO: “Del Montón” ("El mundo según...", 2.007).

SIMON & GARFUNKEL: “Scarborough fair” ("Parsley, Sage, Rosemary and thyme", 1.966)--- MARK LANEGAN & ISOBEL CAMPBELL: “Black Mountain” ("Ballad of the broken seas", 2.006).

THE HOLLIES: “The air that I breathe” ("Hollies", 1.974)--- RADIOHEAD: “Creep” ("Pablo Honey", 1.993).

VELVET UNDERGROUND: “Lady Godiva´s Operation” ("White light, White heat", 1.967)---TEENAGE FANCLUB: “The World´ll be ok” ("Man -made", 2.005).

THE BEATLES: “Nowergian Wood” ("Rubber Soul", 1.965)—BOB DYLAN: “4th Time Around” ("Blonde on blonde", 1.966).

LAS GRECAS: “Te estoy amando locamente” (1.973)---XTC: “Spinning Top” ("White Music, 1.978).

LIGHTNIN´ SEEDS: “Pure” ("Cloudcuckooland", 1.990)---MIKEL ERENTXUN: “1 más 1 son 7".

CURTIS MAYFIELD: "Wherever she leadeth me"(1.970)---CAROLE KING: "Where you lead me" ("Tapestry", 1.971).

-ERIC CLAPTON: “Lay down Rally”(“Slowhand”, 1.977)—PATA NEGRA: “Camarón” (“Blues de la Frontera”, 1.988).

-LOVE: “She comes in colors” (“Da Capo, 1.967)---MADONNA: “Beautiful Stranger” (1.999).

-ORANGE JUICE: “Consolation Prize” (“You can´t hide your love Forever”, 1.982)- AVENTURAS DE KIRLIAN: “La Ventana” (Aventuras de Kirlian”, 1.989).

-FELT: “Silver Plane” (“Poem to the River”, 1.987)—FAMILY: “Carlos Baila” (“Un Soplo en el Corazón”, 1.993).

GRUPPO SPORTIVO: “I´m a rocket” ("Back to 78", 1.978) ---- SINIESTRO TOTAL: “Las tetas de mi novia” ("Cuándo se come aquí", 1.982). (Muchos años después correctamente acreditada).

MOCEDADES: “La otra España” ("La otra España", 1.975) --- SR. CHINARRO: “Club 8 que 80” ("No sé qué, no sé cuántos", 1.998).

THE CRAMPS: "TV Set" (Song the lord taught us", 1.980)--- DESECHABLES: "El caso del hombre serio y formal" ("Golpe tras golpe", 1.983).

27 mayo 2007

EL VADO Y EL MOTOR ENCENDIDO

Las leyes, las normas deben ser una guía de convivencia, un camino apacible y bien asfaltado. Pero tienen eso, agobian y constriñen los espíritus libres, y eso es una tragedia. Aparte, el mayor problema que plantean no es su carácter constrictor sino más bien lo exigente que resulta su llevada a la práctica; para que tal sea real se hace necesario su aceptación y cumplimiento masivo, poniéndose cursi sería como una simetría razonablemente ajustada, una sinfonía audible y aceptable entre normas en sí, pretensiones, aceptación y cumplimiento. Pero, generalmente, el sonido que llega suele ser caótico (y no es un caos liberador, más bien asfixiante), el camino asfaltado ofrece extraños peraltes, inesperados baches, recovecos, obstáculos y atajos que los más listos toman entre olés; el piso se deja deteriorar subrepticiamente y el conductor acepta con resignación los bruscos movimientos de su vehículo en según qué tramos.
Hablando de coches, el mundo de los vados permanentes se me antoja apasionante, cuando el cumplimiento de las leyes, cómo ya he señalado, es necesariamente relativo para gente tan dicharachera y espabilada como nosotros, y sólo países formados por cabezas cuadradas son tan tiquismiquis como para tomarse en serio esa agotadora manía del cumplimento de las normas como garantes de la urbanidad y la convivencia, el mundo del vado permanente, licencia municipal que está para evitar que los coches estacionen obstruyendo el acceso a una cochera, es el fiel reflejo de nuestra rica diversidad. Hay quien va a saco y no pone nada (yo un día me hice el europeo y aparqué junto a una puerta de cochera limpia de aviso y distintivo ninguno, tras dar quinientas vueltas a los alrededores: el premio fue un rayón en mi vehículo). Podemos elegir el que escribe “No aparcar” directamente en la puerta de su cochera sin más: ¿qué tipo de persona se esconde tras alguien tan taxativo?; puede ser un aventurero, un fanfarrón, un pendenciero, un asesino profesional, un bromista… quién sabe, pero están en desuso. Más habitual es el que compra en una tienda el distintivo de Vado Permanente y lo coloca sin la oportuna licencia, a veces cuela. Algunos inocentes corderillos cumplen todos los trámites, pero tardan poco en darse cuenta de que no es suficiente. Bajo el distintivo oficial se ha de terminar poniendo aquello de “Por favor, no aparcar. Aviso grúa”, una mezcla de advertencia, amenaza, y petición educada que, algún tiempo más tarde puede convertirse en súplica desesperada con el aviso “Por favor, no aparcar. Enfermo en casa”. Una entrada así de empapelada puede tocar alguna fibra, lo reconozco. Y es que avisar a la grúa es romper el pacto de silencio de una sociedad que vive sumergida medio metro por debajo de la ley, un semisótano de medias verdades y pactos no escritos en donde la Justicia y el Estado no están invitados. ¡La Justicia y el Estado son ellos, no me vengas con que somos nosotros! Sólo alguien sin corazón puede llamar a la policía municipal en un momento así, ¡todos tenemos hijos!, ¡hoy por ti, mañana por mí, así es la vida!... El autor de la llamada a la autoridad pasa a ser un individuo bajo sospecha, un personaje un tanto siniestro capaz de provocar silencios en el quiosco; condenado al aislamiento vecinal si persiste en su actitud, en vez de esperar el tiempo necesario para que el hijo de la vecina del cuarto se introduzca en su coche, tomados ambos por el espíritu de Melendi, y le permita acceder a su propiedad (¡Dios, no debí usar esa palabra!). Cierro el tema vado antes de que alguien del cine español haga una película sobre el empresario especulador que mató a cinco inmigrantes que ocupaban un coche que cerraba el paso al garaje de su mansión, vilmente construida a cinco metros de la orilla del mar. Ya que ha salido el tema de la política, acabaré este texto de dudoso interés, relatando que esta mañana estacioné enfrente de la magnífica estación de autobuses de Motril, nuestra T 4; mientras esperaba a alguien dentro del coche con el motor encendido presto para salir, un coche paró en doble fila, unos metros más arriba. Era un 4x4 16 de estos tan comunes en nuestro selvático entorno, y de él se aperaron los números 1 y 2 de la lista del PP a las elecciones municipales. No llevaban los números cosidos a la espalda, imagino que sí al cerebro. El conductor era el señor 2, éste detuvo su automóvil dejando las luces de emergencia antes de que los dos se dirigieran presurosos a una mesa electoral cercana, provocando que los vehículos que iban en una dirección tuviesen que detenerse tras el suyo aparcado para avanzar cuando hubiesen pasado los de la contraria, incluidos autobuses que llegaban a la estación, congestionando notablemente el tráfico aunque la parada fuese de pocos minutos. Algunos verán el la actitud del candidato presteza, reflejos o resolución; yo veo descaro, falta de consideración y una tendencia a tomar el atajo que me hacen no desearlo en el equipo de gobierno de mi ciudad.

18 mayo 2007

LAS MUNICIPALES O EL “ESTÁ DAO” DE LA NACIÓN

Pasas con tu coche sobre un bache sin conseguir esquivarlo y si alguien te mira sonríe y se burla de tu poca habilidad. Es la “cultura del bache”, en último término pueden llegar a referirse a la inoportuna aparición del mencionado socavón, pero pocos son los que se refieren en un primer momento a la manifiesta irresponsabilidad del poder municipal por la existencia y persistencia de semejantes irregularidades asfálticas. “La culpa es tuya, debes evitar los baches, el poder hace lo que puede, no puede estar en todas partes. Cuándo gobernaban los “tuyos” o los “otros” había un bache en la calle tal que te has olvidado de mencionar”. Así se maniata la opinión pública a sí misma ante sus previsibles políticos.
José Torres Hurtado dice estar muy contento con la lista que le ha preparado su partido, así que vete borrando esa imagen del pequeño calvo trabajando en mangas de camisa con su equipo para preparar una lista lo más competente posible para velar por los intereses de Granada. Juan Fernando López Aguilar enarca las cejas y pide quedas disculpas cuando se descubre que su programa electoral se limita a reproducir el de Ciutatans de Catalunya de las anteriores elecciones autonómicas de aquella comunidad, olvídate del bueno de Juan Fernando con su sonrisa profidén trasnochando en mangas de camisa rodeado de colaboradores para diseñar una programa de gobierno acorde con los intereses concretos de la comunidad canaria: él sigue de candidato de cera, al copión le dieron la patada.
Así debía rezar el Eslogan General: “respira hondo y prepárate para vivir: estudia, engrosa tu currículo, sé un buen profesional, viaja, haz de tu ocio algo enriquecedor, aprende idiomas, acércate a la cultura, sensibilízate con el medio ambiente, educa a tus hijos con dedicación y flexibilidad, y… vótanos. Ahora ponte en fila, mantente plano en tus ideas políticas, perfectamente básico, no te salgas del blanco o el negro, ríete cerveceramente cuando hagamos bromas sobre nuestros rivales, nada gozosamente en tópicos, acepta nuestras falsedades y medias verdades, aprende a mirar para otro lado en la misma dirección y a la misma velocidad que nosotros… déjanos trabajar amigo”.
En España le tenemos cierta simpatía al estafador, el que no paga sus cuentas bebe en la misma barra que su acreedor, vistiendo más a la moda y con el bolsillo más lleno generalmente. Por eso sonreímos ante las patéticas maniobras de los políticos en elecciones, estafadores sin guante ni imaginación: ponerse grave en sus declaraciones públicas y decir “yo amo a este pueblo”; molestar a la gente por la calle para que parezca que se mueren por darle la mano, invadiendo la privacidad de cualquier transeúnte fulminándolo con flashes; regalar macetas para que crean que es ecologista, pararse a medio kilómetro de una obra y esperar a que alguien le lleve un peón, mejor inmigrante, para preguntarle cómo va la jornada con gesto cómplice; aparecer en concurridos sitios públicos para darse un baño de multitudes a traición; levantar toda la ciudad para que parezca que estás haciendo algo muy muy importante y crucial: si ganas lo terminas en los siguientes cuatro años, a tu ritmo, si no que se joda el que entre.
Para eso mejor lo mítines: llenar las plazas de correligionarios para que agiten banderas y hacer una selección de bobalicones elegidos para ponerlos a su espalda (con camisetitas para que quede clara su pasión cuasi religiosa sino fanática).
¿Tan difícil es gobernar un pueblo? Yo soy de Motril (ciudad pequeña que andará por los sesenta mil habitantes casi), cuando hablo con funcionarios de los temas del pueblo flota un aire conspiratorio de risitas y silencios, todo tiene segundas y terceras lecturas, un olor fétido y un regusto amargo a pactos de conveniencia y venganzas pendientes. Y sobre todo suena desapasionado, rutinario; es sólo gestión pero está alejada del ciudadano (en muchísimas ocasiones mucho más inteligente y trabajador que su gobernante), como si de asuntos de fontaneros monclovitas se tratara. Pones en duda las posibilidades de un partido pequeño y alguien, sin dejar de remover el café, señala que sacará votos gracias al poco poder que ha tocado: “han metido a mucha gente y hay muchas familias agradecidas”. Entonces comprendo el “está dao” que susurran algunos labios cuando pregunto por alguna plaza pública en concurso, y que para un puesto de auxiliar administrativo la prueba consista en algo tan ambiguo y manejable como: “háblenos de las diferentes funciones de un auxiliar administrativo”.

11 mayo 2007

DIRECTO SR. CHINARRO + MIDI PURO

Sala La Telonera, Granada
16 de marzo de 2.007




Con una hora de retraso aparecieron los teloneros, Midi Puro, banda sevillana a tener en cuenta formada por algunos ex – Chinarros entre los que destaca el histórico Ventura. Media hora de pase para canciones curradas e inspiradas, de letras ingeniosas y cadencia indie como “Cuando el piloto falla”; y evidente influencia de nuestro hombre de los caramelos, que es también su productor (“El Villancico” o “El remedio y la enfermedad”). Muy bonita la funda del EP. Un rato después, y precedido de sus músicos, allí salió Antonio Luque, tras regalarnos la voz de Eugenio contando chistes como presentación. Abrió, tan inexpresivo y tan chinarro como siempre, con un tríada que emparedaba la clásica “Estrenos TV” entre las vigorosas y definitorias “Esplendor en la hierba” y “Dos besugos”. El sonido, ya desde ese inicio, mostraba el empaque de los últimos tiempos. Una formación estable y segura que hace gala de ello con un sonido directo que convierte finalmente su esquematismo en eficacia, y un técnico como Javier Guerrero garantizando la pegada y consistencia sonora que le ha faltado durante una década de frustraciones sobre el escenario. Todo convenientemente medido, destacando Jordi Gil con sus pedales, ruidos, punteos y descargas; y el batería, tirando de escobillas en la fronteriza “El lejano oeste” y maraca en “Del Montón”. Luque, menos conversador entre tema y tema que en otras ocasiones, estuvo tan peculiar como siempre: impertérrito, con la mirada perdida en las partes instrumentales, y de un somnoliento que parecía que en cualquier momento se iba a quedar sopa, pero que seguiría cantando (curioso el sevillano, de esa guisa haciendo las partes vocales de Morente en “El Rito”). “El peor poema” se pareció un poco más de lo habitual a “Quiromántico”, ésta, más Joy division que nunca, se contagió de la lentitud de las que la precedían inmediatamente (la mítica “Santateresa” y “El cabo de Trafalgar”). Con “Gitana” se desenvolvió lo más intenso y eléctrico de la noche, y para “Remordimientos” el grupo abandonó el escenario dejando a Antonio Luque solito con su guitarra: simple anécdota. De entre las canciones antiguas, junto a las mencionadas, cayó “Pico Veleta”, confirmando su tendencia a recuperar temas anteriores a 1.998. En los bises destacaron dos temas de gran calado pertenecientes a la última etapa, y que muestran el alcance del reciente repertorio de Sr. Chinarro entre la afición: “Militar” y “El rayo verde”.

11 abril 2007

“MARÍA DEL MAR DREAM O EL MUSEO DE LOS SUEÑOS”

“Las voces atraviesan el sueño, siempre ocurre así. La realidad utiliza sus tentáculos acústicos para interrumpir esa íntima vivencia interior. Para devolvernos a la inmutable sucesión temporal, nos inyecta un fluido de ella misma, un mínimo aviso conminatorio, inclemente, como recoger al niño de la playa apresuradamente, pisoteando sus castillos de arena; como ataviarse precipitada y torpemente con las ropas de un personaje sólo para interrumpir la escena... FDO. MARÍA DEL MAR DREAM”.
Tras leer ese conciso y pequeñísimo texto de bienvenida avancé, sintiéndome algo más ligero que diez minutos atrás, o eso pensé. Mientras caminaba no pude evitar imaginar a María del Mar echa un ovillo compacto sobre la cama, hasta no poder estar más cerca de sí misma, ni más adentro. Con esos ojos apretados, reteniendo imágenes que se evaporaban.
El pasillo conservaba, aleatoriamente colocados e iluminados, restos de su voz: “Reconocimiento paulatino, estoy sobre mi cama, a mi izquierda hay una ventana por la que se cuelan los ruidos. Sé que no me sabré realmente de vuelta hasta que no identifique el día: es jueves”.
“Volver siempre implica un cierto alivio, algo cobarde. Ser consciente de la propia respiración, de la postura en que se está, la dirección del cuerpo, que a lo mejor ha estado girando sobre sí mismo durante las horas anteriores sin que nos enteremos. Y el alivio se interrumpe ante esa ansiedad, tan terriblemente absurda y secreta, que aparece cuando las imágenes vuelan, dejando apenas un rastro, un espejismo, una sensación inaprehensible, a pesar de haber calado tan hondo.”
Algo que los ojos apretados de la niña hecha un ovillo ya dentro de sí misma no pueden evitar... perder, añado mientras esfuerzo la vista para poder leer.
“Cuando soñaba con cualquier familiar, compañero de clase o conocido, me lanzaba a contárselo (en previsión de que no se me olvidase). Esa forma rápida y sincera de compartir un sueño, de no dejarlo morir, de agregar a su efímera existencia una posibilidad de permanencia algo más larga en otro cerebro, se acabó volviendo enojosa (a pesar de mi esmero por evitar el relato de las contadas pesadillas escabrosas que les eligieron como protagonistas). Los demás no solían parecer muy felices al saberse actores del sueño de una niña, quizás se sintieran víctimas de un inesperado azar, apresados por mi imaginación."
“Los sueños, ese mundo desconocido, comprendí al fin, están formados por espacios y tiempos infinitos, aunque extrañamente interrelacionados con nuestra mundanalidad. El campo de acción de su influencia se va extendiendo desde lo más doméstico hasta lo inabarcable, lo insondable. También empecé a ver gentes diferentes, llegando al punto de culpar de la cada vez más infrecuente presencia de conocidos, a efectos reflejos de mi memoria, denominándolos despectivamente “lo que yo aportaba” “.
Anduve cada vez más despacio, albergando por momentos una molesta sensación de absurdo que me impelía a anhelar en silencio la presencia de algún otro visitante, que contemplara atentamente conmigo esos párrafos tan diminutos; sobre todo en comparación con la inmensidad del espacio desaprovechado en las paredes, demasiado altas, demasiado largas.
“Cada sueño es una sensación gozosa y enigmática que se olvida, recuperándose al volver a soñar. Cada vez que se produce es nuevo, aunque se trate del mismo sentimiento de íntima voluptuosidad ante el campo abierto de la mente. Pero, ¿ es realmente la misma sensación, o cada sueño provoca la suya propia?”.
La imagen de los ojos fuertemente cerrados se repetía sin cesar en mi cabeza, así como el plácido respirar de María del Mar Dream, los eternamente infantiles gestos de sus manos, la confortable sensación ganada tras cada nueva posición para dormir, siempre más cómoda que la anterior. También pensé y dije, o casi dije, que me parecía difícil comparar algo que no vamos a poder volver a experimentar nunca más.
“Difícil, pero no imposible”, pareció contestarme con letras más grandes la pared. “¿Qué podemos salvar de un sueño?”, me interrogó con letras que crecían alterando su inmaculada grafía. “Mi esfuerzo es mi tesoro”, sentenció con letras que ahora recuperaban su tamaño y forma habituales. Yo vi nuevamente los ojos cerrados de María del Mar, y creo que cerré los míos.
“Los gestos y reacciones de las gentes de mis sueños, los reconocía en las distintas personas que me rodeaban; de ellas surgía la sonrisa, o la mirada, o la mano que saludaba en aquel sueño. Así, sin saberlo, instantáneamente pasaban a significar para siempre un momento de un sueño. Pero cambiaban con frecuencia y tardaban demasiado en volver a la manera deseada, tanto que los momentos se acababan emborronando y confundiendo en mi memoria. Lo mismo ocurría con las flores o la hierba, eran pocos los días en que se producía la identificación”.
Dentro de mis ojos cerrados leí atentamente el último párrafo, sintiendo la misma sensación de María del Mar al retener fuertemente en su cabecita de largos cabellos oscuros, flores que pasaron un segundo o sonrisas y miradas que volaron.
“Al final lo entendí: son los objetos los que perduran”.
Entonces, abriendo los ojos de nuevo, recordé el porqué de mi estancia allí. Los ojos me picaban, sentía un extraño hormigueo, y me notaba más ligero. Pasé al centro abierto y luminoso de la sala y los vi: había muchos zapatos; secadores de pelo, ropajes de todos los colores y procedencias. Me encontré andando por un breve espacio de carretera asfaltada y por un camino de una tierra de extraña textura; observé intrigado señales de circulación sobre un pedazo de acera, muchas lámparas; escaparates repletos de anillos, pendientes y pulseras: la baranda metálica de una escalera, una cantimplora, una cartera, un cuaderno, un trozo de papel, lápices de colores, pupitres perfectamente alineados, el mostrador de una tienda, un coche sin una rueda, relojes...
“En efecto, cada objeto señala un momento de un sueño y guarda una sensación propia. Así aprendí que cada sueño es distinto, como cada alegría, como cada sorpresa. Aunque resulte imperceptible en un primer momento, obsevándolos, oliéndolos, o llevando mis manos de unos a otros con la rapidez que quiera, recibo una multitud de estímulos distintos en su semejanza, cargados de recuerdos imperecederos que me permiten vivir en el país de los sueños; y de esta forma poderlo ofrecer y explicar a mis visitantes”.
Así fue como me invadió una alegría y una plenitud jamás imaginadas. Cuando un fluido inesperado de ruido intervino, sólo me quedó apretar los ojos con denuedo, y recordar por última vez el dulce rostro de María del Mar Dream, su sonrisa en el interior de su Museo de los Sueños, ese que visité inducido por la curiosidad de leer el diminuto texto colocado sobre el dintel de la pequeña y envejecida puerta de entrada. Segundos después, sabiendo ya que era jueves, olí por última vez el perfume de esa certeza de felicidad, esperando encontrar dentro de mi mano izquierda, al menos un diminuto anillo.

08 abril 2007

ROCK Y CIRCO NO ES PAN Y CIRCO

CRAG + Guerrero García, José Ignacio Lapido.
23 y 24 de febrero, El Circo del Arte (Granada).




El Circo del Arte es una carpa circense permanente construida en Granada, de errática peripecia y merecedora de mejor suerte. Este fin de semana fue utilizada para la música, lo cual no es mala opción. Dentro de las actividades del ciclo dedicado a la poesía “El sur que se desborda hacia todos los sures”, Guerrero García abrieron el día 23 para CRAG. José Antonio García, tras diez años desde la separación de 091, vuelve a la carga con el que parece su proyecto con mejor salida. Ha formado junto a Tony Guerrero, otro habitual de la escena granadina, una banda que retoma los presupuestos sonoros de su grupo de siempre, y él está como pez en el agua, claro. Una formación solvente y enérgica, con sonido contundente de adscripción americana, efluvios sureños y ramalazos stonianos; a la caza de buenos estribillos y de riff potente que no hace ascos a los solos y cierta pirotecnia. Los temas funcionan, aunque los mejores son demasiado reminiscentes de los cero. Volvió a la escena el José Antonio de siempre, dejando un aura mucho más nostálgica del pasado que el propio Lapido, y marcando su impronta en temas como “Espía del silencio” o “El cielo en mi cabeza” que, junto al brioso r´n´b de “Elvis nunca se quejó”, convivieron con el despliegue vocal demostrado en “Trozos de sueños”, y el desparrame de su versión de “La banda del carro rojo” de los Tigres del Norte, interpretada por el batería, José Rueda. Para despedirse, una curiosa revisión de “La canción del espantapájaros” de 091 con el único acompañamiento de diversas percusiones tocadas por todos. Más tarde aparecieron CRAG, el suyo fue un concierto relajado, autocomplaciente y constantemente interrumpido por chistes y anécdotas, a veces más largas de lo deseable. Una entrañable recapitulación con el interés añadido de ver por primera vez por estas tierras a los cuatro sentados en escena, todos acústica en ristre, menos Rodrigo, fiel a su eléctrica. Tras ellos, discretos y esenciales acompañantes, se encontraban batería, bajo y teclados para conformar un sonido correcto. En cada tema se fueron repartiendo la voz principal según la autoría, pero sin dejar de compartir estrofas, hacer coros y crear sutiles armonías de las que erizan la piel; mayormente Cánovas, Adolfo y Guzmán, ya que Rodrigo, con la voz más tocada, cantó partes de las suyas, dedicando el resto del tiempo a hacer de maestro de ceremonias con su retórica habitual y apuntar fraseos y algún solo. Comenzaron con ímpetu y vigor blues con “1.985, los Blues” y “Fines de enero”, y a partir de ahí empezó la alternancia. Rodrigo cantó “Nuestro problema” y dejó el protagonismo a los otros en “Linda Prima”, “De Piel Trigueña”, “Sólo pienso en ti” o la esencial “Señora Azul” guardada celosamente para las postrimerías. Guzmán, irredento y excesivo animador, con su marcado acento beatle, aportó otro tema de Solera, “Las calles del viejo París”, “El Río” y picoteó en su carrera con el pop más convencional de “Perdí mi oportunidad” de Cadillac y “El país de la luz”, de su disco homónimo de 1.978. Cánovas, portentoso en la voz, dejó su acento americano en “Paraíso de algodón”, el trote country de “El vividor” (tema versionado con gran tino en otro tiempo por José Antonio García), rematado con las armonías vocales del final de “Suite: Judy blue eyes” de C, S & N; "Sé Tú”, tan reminiscente de éstos, y la balada “Necesito tenerte”. Adolfo, por su parte, aportó composiciones suyas con letra de Rodrigo como “Mi cama de bambú”, “Sombras en su corazón” (única muestra del elepé del 94, grabado sin Cánovas), el mítico “Don Samuel Jazmín” del disco del 74 y una esplendorosa recreación de “Summertime Girl” de los Íberos, su banda de los sesenta. Como despedida, y un cuarto de hora antes de que muriésemos todos de frío, recuperaron “Queridos compañeros”, tema titular del elepé del mismo nombre y cerraron el círculo volviendo a “Los Blues”. El día siguiente fue el de Lapido. Con el tema de la calefacción algo aliviado, los de José Ignacio volvieron a brindarnos lo que ya podemos denominar como una auténtica descarga. Una banda bien engarzada con la única novedad del bajista; juegos de guitarras elaborados y crujientes, de protagonismo compartido y liberadora complicidad; tensión sonora que exuda blues y convive con cuidados coros, a los que se suma el detallista batería Popi, y voraces barridos de órgano (por desgracia a veces sólo intuidos), que se alternan con obsesivos o tenues pianos. Potente pegada la de “Roto”, estupendo el crescendo de “Bellas mentiras”, la contención de “Por sus heridas”; o el trío final: “Más difícil todavía”, con su piano y riff retrotrayéndonos a una sudorosa velada del mejor pub-rock; “Noticias del infierno”, cortante, llena de aristas, y “Espejismo nº8”, ese tema postrero de 091 que Lapido no para de redefinir, destacando como lo que es, un vibrante ataque garajero que entra en un vacío de trance blues antes de volver a salir disparado. Una primera tanda de bises se inició con la interpretación a piano y voz de “Con la lluvia del atardecer”, se introdujo por senderos dylanianos con dos temas de su primer álbum de emocionante cocción eléctrica (“Cuando las palabras vuelvan del exilio” y “Ladridos del perro mágico”); y abrió finalmente el consabido repaso al cancionero de 091, con las ya habituales “Esta noche” y una lectura rápida pero más matizada de “Zapatos de piel de caimán”. Desgraciadamente hubo de parar ahí por orden municipal, debida a las protestas de los vecinos por el ruido. Algo vergonzoso a estas alturas, llegar a esa situación. Nos perdimos la novedad de su revisión de “La noche que la luna salió tarde” y la ya imprescindible “Qué fue del siglo XX”.



Publicado en el nº 237 de la revista Ruta 66.