Acabo de terminar “Gente Nocturna” de Barry Gifford y ¿qué vi?: un violento cóctel de estampas de colores chillones que se precipitan sobre el lector. Una miríada de personajes absolutamente estrafalarios y memorables que, desde su forma de discurrir a sus nombres, indumentarias o aspecto, conforman un retrato esperpéntico y atroz de la Norteamérica profunda. Te familiarizas con ellos y saltan momentos después por los aires, qué le vamos a hacer: el destino es caprichoso y además está borracho.
El libro avanza a golpe de microhistorias, está estructurado en multitud de episodios brevísimos que se van relacionando entre sí, hablándonos con mucho humor y acidez, además de ternura (a su manera), de sexo, de una violencia inusitada y gratuita, de religión y fundamentalismo multiplicados por los medios de comunicación; y siempre de muertes: truculentas, absurdas, casuales o increíbles. Personajes que se entrecruzan mediante una red de caprichosas coincidencias. Todo macerado en r´n´b, soul, blues y algo de country.
Gifford se muestra, como es habitual, excesivo y exagerado sin recato. Lleva lo tragicómico al extremo, envuelto en situaciones surrealistas y alucinantes. Con esas preciosas y pormenorizadas descripciones tan suyas, y algo tan americano como la reseña de casi todas las marcas comerciales de los objetos aparecidos para dar más realismo y cercanía al relato. Y, como siempre también, parece perseguir a su incansable e independiente pluma.