21 diciembre 2010

ARTECÓMIC 2.010

En el debate televisivo dijeron que el cómic era arte, pero era una semana tarde para mí. Siete días antes, mi vecina requisó en mi cara casi toda mi modesta colección de Marvel y, ante mi perplejidad, propuso un intercambio de “cuentos” entre su niño pequeño y yo. Se fue riendo escaleras abajo prometiendo devolverlos. Entonces experimenté esa sensación de que la ropa se encoge tirando de ti hacia la niñez. Me convertí en un perfecto desubicado, un niño disfrazado de adolescente al que descubren el truco. Si llego a saber en aquel momento que era arte, hubiese podido objetar algo socialmente comprensible a tal desvalijo sin que nadie me acusase de inmaduro.

Es arte” me susurra el político al oído. Lo veo acercarse a mi cama con su traje (su corbata contra mi cara) para convencerme. Tras él, treinta y cinco personas con gafas de diseño esperan con una mano en la barbilla para insistirme en lo mismo. Desperté alarmado. Encima, respirando trabajosamente, llegué a la absurda conclusión de que si era arte dejaría el ámbito popular y sería minoritario, más caro y difícil de encontrar. Sí, ya lo sé, deliraba. También un día me angustié profundamente al preguntarme que, si leía cómics para evadirme de todo lo demás, ¿ser arte no lo terminaría incorporando a “todo lo demás”? ¿Perdería mi complicidad con las viñetas? ¿Dejarían de se naturales, espontáneas, dirigirse directamente a mí? … Dios, ¿cuál sería su nivel de abstracción?

Se lo conté a un amigo yendo al instituto y ambos nos partimos imaginando viñetas de cómic colocadas en paredes como los cuadros de las exposiciones. Se lo conté, precedido de un carraspeo, a la chica que me gustaba desde hacía una década y me miró como todos los días. Entonces estrujé el ejemplar de Spiderman que llevaba a la espalda (el más nuevo que tenía).
Es arte”, acabó por decir el profesor de Historia del Arte señalando una diapositiva del Capitán América, explicando pormenorizadamente los poderes de su escudo, mientras en la oscuridad de la sala todos bostezábamos. “Es arte” dijo la profesora de latín mientras nos entregaba medio millón de fotocopias con viñetas de Asterix escritas en esa lengua para traducirlas. “Es arte”, al menos eso me pareció oír, musitó mi madre mientras rescataba de una abisal bolsa de basura todos los mortadelos que me tiró hace cinco años.

Es arte, pero hay gente que aún no lo sabe”, pensé mientras buscaba un lugar seguro donde ir colocando mis cómics por si volvía mi vecina.


Texto aparecido en el nº23 de la revista "Dos Veces Breve" (especial por amor al humor), dentro del suplemento realizado por el "colectivo Irreverendo".

http://www.irreverendos.com/