04 marzo 2008

LA FAMILIA CUIDARÁ DE TI

Queridos Psicocamaleones:


Al límite del tiempo, como siempre, vuelvo con otro artículo interactivo; de esos que todos podéis ir completando hasta casi el fin de los días, añadiendo datos hasta aburriros. Lo mejor para disfrutar en familia, vamos.
Sí, es cierto, el mundo de la música está lleno de hermanos. Vamos a comenzar recordando a los que se llevan bien o al menos permanecen juntos, como los Asheton de los Stooges, un millón de años después reunidos con Iggy para reverdecer laureles (sin éxito). O los Vaughan, el menor, Stevie Ray, rutilante guitarrista del blues tejano, falleció en accidente de helicóptero el 27 de agosto de 1.990, creciendo su leyenda desde ese instante hasta el punto de que el 3 de octubre (fecha de su nacimiento) ha sido declarado por el Estado de Tejas como el día de Stevie Ray Vaughan. El mayor, Jimmy, primera influencia de su hermano, fue el guitarrista de los míticos Fabulous Thunderbirds, y continúa su carrera en solitario. Nacho y Xabel Vegas, ambos formaron parte de Manta Ray; cuando el primero inició una de las carreras más brillantes de la música independiente española, el segundo ironizó sobre el hecho en alguna entrevista, ahora sigue concienzudamente sus pasos con Las Uvas de la Ira. Los Colís acompañaron a Javier Corcobado en su proyecto descarnado y ruidista de 1.988, denominado Demonios Tus Ojos, a la vez que ponían en marcha su sugerente proyecto Vamos A Morir. Javier continuó con los esenciales Mil Dolores Pequeños, y sigue en la brecha con Las Malas Lenguas. Nombre éste usado por los hermanos Auserón para su vuelta a los escenarios, tantos años después de Radio Futura.
Los hermanos canadienses Timmins forman Cowboy Junkies, grupo muy especial, aún en activo, que despuntó a final de los ochenta con discos como “The Trinity Sessions” o “The Caution Horses”. Magia ralentizada y oscuridad country guiada por el acariciador roce de la voz de Margo. No os perdáis su “Sweet Jane”.
Otros hermanos, David y Serge Bielanko, núcleo central desde Philadelphia de la para muchos mejor banda de rock americano de los últimos años, Marah, no lo tuvieron fácil en su niñez. Criados por su madre tras el abandono de su padre francés, crecieron muy unidos y con un sólido concepto de la importancia de la familia y del lugar de procedencia de uno.
John Fogerty, alma creativa de Credence Clearwater Revival, compartió aquellos gloriosos años con su hermano mayor, Tom, que se encargaba de la guitarra rítmica, habiendo sido cabeza visible de la banda anterior de los hermanos, The Golligows. Tom terminó por abandonar la formación por negarse a aceptar el liderazgo de su hermano por más tiempo, debutando en solitario en 1.972. Falleció de Tuberculosis en 1.990.
Tras publicar tres elepés, y enfrentados a un callejón sin salida, Los Secretos deciden tirar la toalla. Tres años después, Enrique vuelve con nuevas canciones, optando por reflotar el nombre original en vez de presentarse en solitario, como se le propuso. En la operación, Javier, el tercer hermano en discordia, sale por la puerta trasera.
Los hermanos Reid, The Jesus & Mary Chain. No sé qué pasaría por sus cabezas en feed-back, pero sus diferencias insalvables finiquitaron una de las bandas británicas más influyentes de la segunda mitad de los ochenta, antesala del noise y del indie. William abandonó en plena gira norteamericana tras enfrentarse a su hermano, que estaba como una cuba, en pleno concierto. Las tensiones que mantenían desde hace tiempo estallaron. Como el amor todo lo puede, en 2.007 volvieron. Pero parece que…
Los Robinson de Georgia formaron a mediados de los ochenta The Black Crowes, que recogen, para bien y para mal, la semilla sureña de los Allman Brothers, símbolo de aquel sonido durante los setenta.
Los hermanos Davies de The Kinks (Ray, ex –marido de Chrissie Hynde de Pretenders, y Dave), debutaron en 1.957 en un pub de su humilde barrio londinense. Desde entonces, aparte de convertirse en un grupo capital para la historia de pop, han forjado una historia paralela de desencuentros, inquinas, rivalidades y sonoros enfrentamientos en escena, puestos de actualidad por el siempre resentido Dave en su autobiografía “Kink”. Pero siempre están unidos de alguna manera. En estos momentos esperamos su vuelta a la actividad tras la embolia sufrida por Dave en 2.004. Una actualización de la historia fraternal de los Kinks la protagonizan los hermanos Gallagher de Oasis pero con menos talento y mucha más autocomplacencia y procacidad. Aunque su relación como hermanos sea mucho más civilizada, prefiero a los hermanos McDonald de Redd Kross como relevo de los Davies. No estrictamente por el sonido, sino por la actitud, la expresividad y las intenciones. Tras la primera separación de la banda angelina, formaron un interesante grupo de pop irresistible, Ze Malibu Kids, con la mujer de Steve, Ann Waronker (hija del productor Joey Waronker) y la hija de Jeff, Astrid, que contaba sólo ocho años.
Bob Dylan siempre gustó de rodear su biografía de un halo de misterio. En 1.962 cambió su apellido original, Zimmerman, por el de Dylan, e inventó un pasado familiar extravagante, lejos del verdadero, mucho más convencional. La prensa no tardó en descubrirlo claro, y el bueno de Bob prohibió a los suyos volver a atender a nadie remotamente parecido a un periodista. A finales de 1.974, su hermano David, tan alejado del meollo de su vida, le animó a regrabar los temas que no le convenciesen de “Blood On The Tracks” con músicos locales de Minneapolis, ayudando así a dar el toque definitivo a ese gran álbum. El único hijo de Dylan que siguió los pasos de su padre con decisión fue Jakob, con su grupo The Wallflowers.
El hermano gemelo de Elvis Presley murió en el momento de su nacimiento: hubiese habido dos.
George Young, hijo de inmigrantes escoceses en Australia fundó en 1.964 la banda Easybeats, con la que desarrolló una frenética actividad durante el resto de la década, teniendo en el incontestable “Friday On My Mind” su mayor éxito. Posteriormente, siguió una carrera de compositor y productor junto a su compañero de grupo Harry Vanda, llegando a tener repercusión muchos años después bajo la denominación Flash and The Pan. En los setenta produjo los primeros discos y representó al grupo de sus dos hermanos menores, Angus y Malcolm: AC/DC.
Los hermanos Wilson, encabezados por Brian, formaron el núcleo de los Beach Boys, junto con el primo Mike Love, en 1.961, sufriendo la presión constante y los malos tratos de su padre, Murray, durante años. Un caso similar de padre enfermizo por el éxito de sus vástagos lo protagonizaron los Jackson Five con su desquiciado progenitor, Joseph Jackson, fundador y representante del grupo.
Un rumor extendido decía que los Ramones eran hermanos, e incluso alguien apuntó que descendientes de españoles. Ni lo uno ni lo otro: lo siento, no hemos inventado el punk. Sólo unos tipos de Queens que marcaron un punto de inflexión en la música popular, y que por lo leído sólo fueron amigos el 10% del tiempo que permanecieron juntos.
Chris Jagger, hermano mayor de Mick, ha tenido una carrera errática desde 1.973, casi siempre vinculada al blues y el soul, y ajena a la enormidad de su apellido. Aunque para muchos sea así, no debe recordarnos la historia del hermano cantante de Clinton.

El hijo de John Bonham, Jason, se hizo con la batería de Led Zeppelin. Debutó con ellos en un concierto en el Madison Square Garden de Nueva York, el 14 de Mayo de 1.988, durante la celebración del 40 aniversario de la compañía Atlantic y ahí sigue cada vez que se anuncia una reunión. Y el de Ringo Starr con la de The Who. Para qué buscar más lejos.
Steve Earle (casado con la bellísima cantante Allison Moorer) y Steve Young son referentes de la mejor música norteamericana de raíz, desde el folk al country. Más joven, carismático y controvertido el primero, y más dedicado a la composición para otros el segundo. Sus hijos, Justin Townes (por Van Zandt) Earle y Jubal Lee Young, se entregan respectivamente a la música de raíz más agreste y al country alternativo con ribetes pop. Juntitos estuvieron de gira por España a finales de 2.007.
North Mississippi Allstar, poderosa banda formada en 1.996 que atesora lo mejor del blues y country más eléctrico y se inscribe en la escena jam norteamericana, está formada por dos hijos del gran Jim Dickinson, veterano músico y productor afincado en Memphis; además tuvieron como guitarrista hasta anteayer a Duwayne Burnside hijo del bluesmen R.L. Burnside. Mejores palos imposibles.
No coincide, sin embargo, el estilo atmosférico y contenido del argentino Birabent con el clasicismo rock que hizo famoso a su padre en Argentina y posteriormente España, Moris, el autor de la celebérrima “Sábado en la noche”. Shooter Jennings interpretó a su padre, el temperamental cantante country Waylon Jennings, en el biopic de Johnny Cash “Walk The Line”. Un buen homenaje.
Marvin Gaye, mito de la música soul, no pudo plantearse esa opción, ya que murió tiroteado por su predicador padre en 1.984. Más tragedia, la de los Buckley, el padre, Tim, murió en 1.975 de sobredosis de heroína, cuando su hijo Jeff contaba con nueve años. En 1.997, éste pereció ahogado en el río Wolf, en Memphis. Una desaparición rodeada de misterio a los treinta años, cuando sólo había publicado el imprescindible “Grace”.
Solomon Burke, esa ingente masa de soul, cuenta con veintiún hijos y ochenta y tantos nietos. Con esa prole no podía perder el tiempo. A finales de los sesenta, tras terminar la sesión de grabación de uno de sus éxitos, se dispuso a abandonar el estudio; interpelado por esas prisas, contestó que no podía entretenerse porque a las pocas horas debía conducir un vehículo quitanieves.
Por su parte, Eric Clapton quedó totalmente noqueado y marcado cuando descubrió que sus padres eran realmente sus abuelos y que la que decía ser su hermana era su verdadera madre.

Las niñeras, a pesar de los vídeos que circulan por la tele, a veces son como de la familia. La famosa intérprete de “Do The Locomotion”, Little Eva, tuvo su oportunidad porque cuidaba de los niños de Carole King y Jerry Goffin. La oyeron cantar por los pasillos y de ahí al éxito en 1.962. O Jesca Hoop. Su condición de niñera de los hijos de Tom Waits es lo que le abrió los portones de hierro de la industria. Otra fuerza emergente del nuevo folk norteamericano con su elepé debut de 2007, “Kismet”.

La pareja, esa gran desconocida. Richard and Linda Thompson, venerable pareja del folk británico, formaron dúo y matrimonio entre 1.972 y 1.982. Tras la ruptura total, a Linda se le diagnosticó afonía histérica debida al estrés. Richard Thompson mantiene una versátil y sólida carrera y Linda ha editado recientemente un disco muy interesante, “A Versatile Heart”. Además, Teddy, el hijo de ambos, compone muchos de los temas de su madre, aparte de mantener una carrera en solitario, y la pequeña Camila está a punto de decidirse a grabar.
Algunos se casan con sus coristas, Dylan con Carolyn Dennis en 1.986 para dar la mayor protección a la hija de ambos, nacida cinco meses antes y llamada Desiree Gabrielle Dennis-Dylan, y Bruce Springsteen con la rubia Patty Scialfa.
Fred “Sonic” Smith, guitarrista de MC5 y Patti Smith (apellidos coincidentes), vivieron juntos desde 1.980 hasta la muerte de él en 1.994. Tuvieron dos hijos; el mayor, Jackson Smith, es guitarrista de la banda de Patti.
Los Beatles y las esposas: Yoko Ono ha pasado a la historia como la principal aniquiladora de los de Liverpool. McCartney formó The Wings, grupo de largo recorrido, junto a su mujer Linda en 1.971, aunque ya habían editado ese mismo año a nombre de los dos “Ram”. A Pattie Boyd, mujer de Harrison y después de Eric Clapton, le cabe el honor de haber inspirado temas claves de la música pop como “Layla” o “Something”.
Para el que no lo sepa, Kurt Cobain se casó con Courtney Love.
Blue Mountain, grupo compuesto por el matrimonio formado por Laurie Stirratt y Cary Hudson, es una de las referencias actuales del country alternativo. Y country y misterio destilan las canciones de Low, grupo liderado por la pareja formada por Mimi Parker y Alan Sparhawk, mormones de Duluth (Minnesota).
Mamas and the Papas es probablemente el nombre de grupo más terriblemente familiar. El cuarteto hippie parecía compuesto por dos matrimonios, pero sólo se trataba del formado por los Phillips (Michelle y el gran John). Abba sí eran dos matrimonios, qué empalagoso. Ya están divorciados, claro.
Jon Spencer y Cristina Martínez, su esposa de origen extremeño, han compartido y pertenecido durante más de veinte años a multitud de bandas clave de rock and roll terminal y blues primitivo en Nueva York (The Honeymoon Killers, Pussy Galore, Boss Hog o la Blues Explosion). Los vi en un Espárrago, como Boss Hog, y allí estaba Jon, sabiendo colocarse con su guitarra en un segundo plano tras su despampanante esposa. Y es que los sonidos primitivos unen más de lo que parece, así el caso de las oscuras almas matrimoniadas de los Cramps (Lux Interior y Poison Ivy) o Royal Trux (Neil Hagerty y Jennifer Herrema, que a la sazón producen algunos discos bajo el seudónimo Adam & Eve); o lo sónico, cuyas turbulentas ondas envuelven desde hace años (qué cursi ha quedado) a Ira y Georgia de Yo La Tengo, y a Thurston y Kim de Sonic Youth.
El guitarrista y cantante gospel de Chicago Pops Staples formó un conjunto soul-gospel a partir de la segunda mitad de los sesenta con sus hijas Celota y Mavis (ésta destacó y destaca como solista, con un último álbum producido por Ry Cooder), y su hijo Pervis: The Staple Singers. Vivieron su época dorada en el sello Stax, durante los últimos sesenta y los primeros setenta. The Carter Family, un trío formado por un matrimonio más cuñada en 1.927, es considerado uno de los padres fundadores de la música country. La formación original pervivió hasta 1.943 (a pesar de que Alvin y Sara Carter se divorciaron en 1.936), convirtiéndose después en The Carter Sisters & Maybelle Mother, o sea, la cuñada y sus tres hijas. Entre ellas estaba June, que en 1.968 contrajo matrimonio con Johnny Cash, tras acompañarle durante años en sus giras, reconduciendo así su vida. Por parte de Johnny, dos de los cuatro hijos provenientes de su primer matrimonio también siguieron la senda musical: Ray Liberto Jr y Rosanne Cash, ésta sí convertida en celebridad country. En lo que respecta a June, destaca su hija Carlene Carter, fruto de su matrimonio con Carl Smith.
Bob Marley (hijo del militar de Liverpool Norval Marley) contrajo matrimonio con Rita Anderson en 1.966. Aparte de los hijos que tuvo con ella (el más popular como músico es Ziggy), tuvo a bien dejar un rosario de pequeños Marley con otras tantas madres. Por ello, Ziggy colabora gozosamente con muchos de sus hermanos de padre, destacando musicalmente Stephen o Damian, aunque no son los únicos que se dedican a al reggae. Rita, aparte de controlar el legado de Bob y relatar que sólo tenía dos calzoncillos en su polémico libro “No Woman, No Cry”, también graba discos y actúa. Una recomendación postrera, su colaboración con Nacho Scola y Gregorio Paniagua en el disco “Spectacles for Tribuffalos”. Toda una exquisita rareza.



Publicado en el portal de humor gráfico "Irreverendos" en febrero de 2.008.

03 marzo 2008

“NO COUNTRY FOR OLD MEN” (“No Es País Para Viejos”, Joel and Ethan Cohen, 2.007)

Acabo de llegar del cine y llevo un rato dándole vueltas a la película. Me ha encantado, apunto antes de nada. No es de esas que te lanzan contra el teclado deseoso de transmitir algo que bulle dentro, desde luego. Su efecto es lento pero irreductible, reposado, casi paladeable. Se trata de un juego de contención, de un filme con acción, pero una acción fatigosa, desesperada, anhelante. Silencios, miradas pausadas de cámara, lejanías, polvo y moteles; la lentitud y la inmensidad del desierto se trasladan a la imagen, así como la pavorosa seguridad con que avanza lo inexorable; el sosiego y la frialdad con que la violencia se desarrolla y la muerte se produce. La peripecia, como en cualquier gran historia es sólo un decorado, una excusa que centra su interés en elementos clásicos (una persecución, un dinero robado), ofrecida con pulso firme y suficiencia. Sin un plano sobrante, sin el más mínimo síntoma de gratuidad o desfallecimiento. Es una historia descorazonadora de fe perdida, de desesperanza tomada con resignación y una ironía a veces chocante, levemente cortante. Diálogos compuestos por frases lapidarias, por un humor oscurecido por el polvo y las carreteras. McCarthy reflexiona en su literatura sobre el género humano, muestra lo que ve en él, sin artificios, ni paños calientes; sin divagar, como una punzada. La realidad como crudeza inmediata. 1.980, un asesino a sueldo que deviene psicópata, impasible, intuitivo a la vez que metódico, que se mueve como la prosa de su creador, con los movimientos justos, medidos, con efectividad y claridad de ideas. Anton Chigurh (Javier Bardem), sólo cree en una urdimbre de justicia del destino desarrollada en su mente ida a algún lugar remoto, con el botón de muestra del azar de monedas lanzadas al aire para decidir entre la vida y la muerte. Una especie de Dios despiadado con los humanos, inconmovible y armado.
Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones), el sheriff, escudriña desde la vejez acechante y el desánimo creciente, su propia fragilidad y la de los cimientos de su mundo, la inutilidad de su entrega, la cercanía de la nada: “Creí que en mi vejez Dios se me aparecería de algún modo, pero no ha sido así”. El mal late con su corazón poderoso, infatigable, indomable, filtrándose por doquier. Un sombrío paisaje contra el que poco parece poder hacerse. En donde la humanidad sólo se manifiesta en destellos de amor, fidelidad a la amistad, o la capacidad de un hombre para arriesgarlo todo por llevar agua a un moribundo, haciendo caso a su conciencia. Algo que sólo un ser humano puede hacer.

17 febrero 2008

ELISABETH SANXAY HOLDING La Pared Vacía (Traducción de Matuca Fernández de Villavicencio, Lumen, 2.007)

Lucia Holley vive dedicada a su familia mientras su marido combate en Europa durante la 2ª Guerra Mundial. Este modélico retrato se verá alterado de manera fulgurante. Desde ese momento, Lucia transmite en primer plano su ingenuidad, las dudas y complejos que la atenazan, su vulnerabilidad, la frustración y el creciente vacío existencial de una mujer frágil resguardada en férreos valores; pero también la determinación y la fuerza que éstos le proporcionan. Todo esto logra transmitir al lector con maestría una creciente inquietud, una desazón basada en esa fragilidad, golpeada inopinadamente por sucesos del todo inesperados. Esa urgencia, ese estar en vilo ante una situación límite constituyen la espina dorsal de la novela, lo que hace crecer en intensidad una trama que no para de enredarse, haciendo sentir casi físicamente la opresión de las horas que pasan.

Elisabeth Sanxay, reputada novelista neoyorquina obligada por la crisis del 29 a decantarse por la novela de suspense, vuelca todo el protagonismo sobre los hombros de Lucia, desplegando el mecanismo interno de sus pensamientos, la vorágine de sus sensaciones, el desdoblamiento del ama de casa ejemplar. Situada permanentemente en la cuerda floja, la novela vibra entre las manos mientras late fuerte el corazón de nuestra heroína de circunstancias, presa del pánico ante la visión de su mundo desmoronándose. Decisiones rápidas en frases cortas, virajes de opinión, digresiones, reflexiones construidas en un instante y al momento desbaratadas. Entreveradas con las suficientes descripciones y dibujo de personajes, y el ágil evolucionar de la historia que la narradora proporciona con extrema lucidez. Los diálogos brotan rápidos y precisos, y los dedos de la Sanxay aprovechan para escarbar en la moral, el concepto del bien y el mal o la culpa. Yendo y viniendo por los pasillos, subiendo y bajando escaleras, Lucia afronta una dramática historia que pone en jaque el bienestar de su familia bien norteamericana, a la vez que en su interior bulle una íntima y creciente insatisfacción, abriéndose en paralelo un vivo caudal reflexivo acerca de las limitaciones del ama de casa en una sociedad burguesa y gris.

Quizá la solución final sea lo que menos me seduzca de esta novela aparecida en 1.947 que entusiasmó a Raymond Chandler y a un servidor.



Publicado en el nº 248 de la revista Ruta 66

14 febrero 2008

"Una sociedad...

"Una sociedad construida y pacificada se basa en un entretejido de mutuos menosprecios pasivos" (Josep Pla, "El Cuaderno Gris").

09 enero 2008

SÉ FELIZ, PERO NO ME PREGUNTES CÓMO (FELICITACIÓN CLÁSICA DE NAVIDAD)

Estimados psicocamaleones, reflexionemos:


¿Qué cantante ha ganado más pasta a costa de la Navidad que Bing Crosby? Su “White Christmas” transmitía paz, ¿verdad? Qué tiempos, qué capacidad de convicción, qué envidia para Rouco y sus secuaces (con esa cara que tienen de no parar de escuchar “Homo Christmas” de Pansy Division cada vez que pasean por las calles). El sencillo que contenía esa canción continúa siendo el más vendido de la historia, y su elepé “Merry Christmas” es uno de los habituales de cada Navidad, patente ejemplo de que las mencionadas fechas son el más esmerado resultado del arte de la repetición. Poco antes de morir recibió a un calculador David Bowie, quién se la jugó con el reto del dúo imposible, firme como estaba en su intención de convertirse en una estrella Navidades Blancas para ese mercado norteamericano que se resistía a su androginia. Tras un intercambio de frases absurdas ambos interpretan junto al piano el clásico “Drummer Boy” (“El Tamborilero”). El encuentro tuvo traslación discográfica, claro, con la foto de los dos interfectos en aquella ocasión, en forma de single, “Peace on Earth”. ZZZzzzzz. Si hay que escuchar compilaciones navideñas prefiero a Elvis Presley, que para eso ya sacó un “Christmas Album” en 1.957, los temas navideños de Spike Jones y su orquesta o, mejor, la spectoriana recopilación “A Christmas gift for you” de 1.963, con las Ronettes, las Crystals o Darlene Love. O, ya lanzados, algo tan inquietante y acariciador como el “Christmas” de Low; “A christmas album” de Bright Eyes; “Horny Holidays!”, el disco de ese gran punk de la música de raíz norteamericana llamado Mojo Nixon, publicado en 1.992 (Santa Claus go straight to the ghetto, yeahhh), o las interesantes incursiones instrumentales de los paisanos Granadians en “Feliz Navidad con…”, de las navidades de 2.003.

He de señalar antes de seguir que “El tamborilero” NO es una canción de Raphael. Años después Jesús Arias se desgañitaría haciendo su particular lectura con T.N.T., incluida en el disco navideño de Dro “Navidades radioactivas”, de 1.982, uno de los mitos discográficos de la movida y pasto de coleccionistas. Allí estaban también Siniestro Total, los N-634 de Kike Turmix, Derribos Arias, Mogollón, etc… En 1.994 Servando Carballar volvió a repetir la jugada con “Navidades Furiosas”, un muestrario de lo más señero de la escena indie de la época, con apariciones estelares de Los Planetas, Cancer Moon, y unos casi finiquitados Surfin´Bichos. Más recientemente los sellos Jabalina y Siesta, adalides del pop exquisito, disfrutan como niños con sus recopilaciones respectivas “Cuentos de Navidad” y “Fantasía de Navidad”.

La Navidad, ya se sabe, es la época de los tópicos agitados con delirio, de las buenas intenciones más vanas que darse puedan, del llueve sobre mojado y todos esperando que llueva, de apartarse del árbol con distante ironía y el polvorón en la boca, de prohibir el Belén a no ser que reivindique la causa Palestina o esté compuesto por moteros. El abrazo del gran esfuerzo publicitario, la torsión zambombera del sentido común, el calorcillo febril del consumo. La gente autoendulza como puede su acritud, y eso no deja de ser fantástico. ¿Un acuerdo colectivo? Un dejarse llevar resbalando por la paga extra mientras ésta lo hace entre luces, altavoces en las calles y tiempo huidizo y brilloso. Es un tiempo que concita por mor del calendario laboral y los convenios la posibilidad de contar con algo más de pasta y de ver a gente a la que cada día es más difícil ver. Si me hubiese levantado rabiosamente inconformista, escribiría que la misma sociedad que te oprime y determina tu vida afloja la presión en estas fechas para que consumas más, pero, lo cierto, es que estoy bastante constipado y comiéndome una hojaldrina.
Manifestar gusto por ella es infantil y adocenado, y probablemente atacarla con aquello de la hipocresía, el consumo desaforado y demás resulte a estas alturas más que nada grosero por evidente; y en muchas ocasiones interesado, ya que generalmente sólo se persigue destacar ante el enemigo invisible. Como me dijo un compañero de trabajo: “aprovecha la paga extra para comprarte más discos de esos que te gustan”. Demasiados discos. Los excesos en el terreno musical son legendarios: precios desorbitados o recopilaciones engañabobos que nadie osaría poner en circulación en otra época del año, oportunismo sonrojante, empacho arreglístico en interpretativo sin recato, teatralidad y edulcoración sin medida, obviedad sin límite. Un ejemplo de esto que no nos ponga de mala leche es el proceso de traslación navideña del clásico de los Troggs “Love is all around” en una buena comedia, “Love Actually”, a cargo del gran Billy Night. Aún a riesgo de resultar repetitivo, esas interpretaciones de los músicos favoritos del momento y la forma de prestarse a cualquier tipo de invento televisivo, creo que son el punto culminante de la hipocresía de las fechas. Casi lo peor del mundo.

La industria del disco es un mamut que lleva años tambaleándose sin llegar a caer, la sangre empapa lentamente su lomo, pero su mirada no está tan perdida como pensamos. Al menos sigue manipulando sin recato la televisión pública española. Sus lanzamientos navideños nos inundan, y, al final, todos tropezando por las escaleras mecánicas.
Todos los estilos musicales han abrazado en algún momento la cuestión navideña, y las recopilaciones e incluso los discos dedicados por un artista al tema son abrumadora legión (nunca coleccionéis discos navideños). En el apartado de “Discos Navideños Delirantes” podemos colocar “A very special Christmas live” de 1.998. Disco benéfico grabado en directo en ¡¡la Casa Blanca!!, que cuenta con interpretaciones de iconos de la industria de aquel momento como Bon Jovi (sí, el de las mansiones), Sheryll Crow, Run DMC, o Eric Clapton. La cosa termina con una jam de un clásico marmóreo, “Santa Claus is coming to town”, tema de intensa y agitada vida, paseado a lo largo de los años, entre muchos otros, por el gran Bing, Frank Sinatra en plan jazz y swing; Chris Isaak con la ex - Fleetwood Mac, Stevie Nicks, en una lectura gratamente rescatable; la irresistible de Lynyrd Skynyrd, los Beach Boys, las mágicas Crystals, el mismísimo Springsteen; una Diana Krall no excesivamente fría, y… Michael Bolton. Esto me trae a la cabeza en el apartado “Todos los artistas en el estudio ultramotivados y como si fuesen sorprendidos en una sesión de trabajo”, el vídeo de Band Aid, con las estrellitas británicas de 1.984. También estaba Paul Weller.

Vello erizado: el “Feliz Navidad” de Boney M. uno de los mejores play back groups del mundo e ideal para ser reivindicados en la España tan festiva que estamos viviendo. José Feliciano era tan grave... Aunque siempre podemos elegir la versión teleñeca de La Casa Azul o la de El Vez, incluida en el recomendable recopilatorio “Punk Rock Xmas”, junto a temas de Celibate Rifles, Dickies o los Ramones (la voz de Joey siempre consigue transmitirme un aire positivo).

El anglo Papá Noel, gana de largo como protagonista de canciones, como podemos observar, aunque los Reyes Magos están dignamente representados con gente tan insigne como La Terremoto de Alcorcón (“Me han echao los reyes un ipod de 80 gigas”), los aguafiestas de Astrud con “Son los padres”, o los Siniestro Total de “Afunfún Afanfán”.

Los Planetas no podían dejar de pasar el hecho navideño por el tamiz de humor negro de sus canciones, “El Espíritu de la Navidad”, tiene la gracia de sonar algo navideña, además de ser una buena canción. Ay, el intangible Espíritu de la Navidad, Coldplay felicitaron tan señaladas fechas a sus fans con un vídeo humorístico en el que bailaban algunos de sus éxitos disfrazados de época (todos criticamos la Navidad y todos le guiñamos). Sufjan Stevens tiene un halo navideño en todas las cosas que hace. Por eso parecía predestinado a lanzar “Songs for Christmas”, caja de cinco cd´s grabados en cinco años y lanzada a finales de 2.006. A atesorar temas como “Come on! Let´s boggey to the Elf Dance!”. Los frenéticos y prolíficos The Beach Boys de la primera época ya grabaron su disco navideño en 1.964, “Christmas Album”, reeditado luego sin parar y con distintas denominaciones. En 2.005, el renacido Brian Wilson, publicó el suyo personal, "What I Really Want For Christmas", tras la estela del controvertido “Smile”.

Ya hemos advertido que la Navidad altera las mentes (o agudiza el ingenio): los madrileños Tennessee, en un vano intento de recuperar tiempos mejores, sacaron para las de 1.993 un disco navideño (no en vano en la mejor tradición del rock and roll clásico); Billy Idol, cantante hace medio millón de años de la banda punk inglesa X-Generation, y cómodamente transplantado al mundo de las FM estadounidenses hace lustros, toma gozoso el relevo de crooner navideño empalagoso con el añadido de cirugía plástica en la swingueante “Jingle Bell Rock”. Algo más sano sin duda que las debilidades de Kid Rock, otra FM norteamericana andante, que actuó para los soldados destacados en Irak en las navidades de 2.006.

A pesar de todo podéis vengaros con los cascos puestos. Para furibundos desertores de estas fiestas se recomiendan reflexiones como la de Silvio Rodríguez en “Canción de Navidad”, o directamente temas como el de Estado Crítico incluido en aquel recopilatorio de la primera eclosión Hip-Hop española de finales de los ochenta, “Navidad Hip-Hop” (amenazadores con “Dónde estás Navidad, ven aquí si te atreves…”) o el single navideño de MCD para Basati Diskak. Pero nada mejor que cosas como “Feliz Falsedad” de Soziedad Alkoholika y el “Villancico” de Ska-P, o la eterna obviedad de los raca-raca llena caja de siempre. En el apartado “versiones a patada limpia de villancicos para cagarme en la Navidad” destaca sobremanera el “Noche de Paz” de Extremoduro. Robe, burro como él solo pero dejando siempre algún verso memorable.

En la línea crítica, pone el vello de punta la portada del single del grupo punk AHV, “En Navidad también comemos”. Un golpe seco de todas todas. Sin más complicaciones, y para ese CD secreto de temas de Navidad que sólo escucharás cuando estés a solas en el coche, los Airbag nos regalaron en su momento “Buscando los regalos de Navidad”, puro Spector vs Los Ramones. El “Merry Christmas Everybody” de Slade está bastante potable con ese riff tan glam ya a la altura de 1.980. Atesorable como la revisión de “All i want for Christmas” de Lois Casino, “The Christmas Song” de The Raveonettes o “It´s Christmas time” de Yo La Tengo. Siempre Tom Waits, tanto en su recreación de “Silent night” como en la de “Christmas card for a hooker in Minneapolis”. Eels con “Christmas is going to the dogs”, o el nunca bien ponderado Ex Poch Pinza y su “Navidad en el almacén”. En “Don't belive in Xmas” los garrulos The Sonics cantan a Santa Claus al son del “Have love will travel”, y unos The Trashmen menos salvajes y más modositos que de costumbre bailan con él en “Dancin´with Santa”. Y no puedes olvidarte de The Pogues y “Fairytale of New York”, nº 2 en listas con el dueto entre McGowan y Kristy McColl en pleno ambiente navideño.

Los Beatles tuvieron su peculiar relación con la Navidad, regalando cada año a los miembros de su club de fans flexi-discos conmemorativos, siempre irónicos y algo excéntricos; auténticos tesoros para coleccionistas. La cosa se inició con el de 1.963 con saludos de cada miembro y breves versiones, como la del clásico “Rudolph, the red-nosed reindeer”. En 1.964 con “Another Beatles Christmas Records”, ofrecieron junto a los ya habituales saludos una versión de “Jingle Bells”. Al año siguiente, fieles a su cita, publicaron “The Beatles Third Christmas record”, junto a parodias de temas como “Yesterday” se encuentra una versión de “Happy Christmas to ya list´nas”. Para las de 1.966 apareció “The Beatles fourth christmas record (Pantomime: everywhere it´s Christmas)”. Más conocido posteriormente por el subtítulo y formado por breves composiciones originales a modo de número cómico. Al año siguiente la jugada se repite con “The Beatles Fifth Christmas record (Christmas time is here again)”, conteniendo el tema que da nombre al subtítulo, ya más conocido. En 1.970 finalmente, todo este material fue recopilado y editado en formato elepé con el nombre de “The Beatles Christmas Album” en su versión norteamericana, denominación que sería al cabo la más conocida. Años más tarde, ya con el grupo separado, John Lennon grabaría la celebérrima “Happy Xmas (The war is over)” single de Navidad lanzado a continuación de “Imagine”, su exitoso elepé de 1.971.


Artículo aparecido en el portal de humor gráfico Irreverendos, en enero de 2.008.

27 noviembre 2007

“Pégate un tiro para sobrevivir” (“Killing yourself to live” de Chuck Klosterman, Reservoir Books-Mondadori, 2.006. Traducción de Joan Trejo).

Visita al Gran Centro Comercial. Por fortuna siempre hay un apartado de libros amontonados de saldo. Busqué durante unos minutos, así, con una mano, sin apenas interés, y allí se encontraba el que nos ocupa, “Pégate un tiro para sobrevivir” (el título traducido me gusta más que el original) de Chuck Klosterman, editor de la revista musical estadounidense Spin.
Klosterman viajó por su país durante dos semanas y media recopilando información in situ sobre lugares y circunstancias relacionados con músicos muertos en dramáticas circunstancias. Partiendo de ese proyecto de escribir sobre la presencia de la muerte en el mundo de rock, el bueno de Chuck acaba escribiendo todo un libro sobre sí mismo y sus neuras, abriéndose ante el lector como fruta madura, todo sea dicho.
De lectura entretenida aunque no obligada, está escrito con agilidad y buen ritmo, en un tono desenfadado, irónico y un punto mordaz, hasta despiadado. Tan personal que algunas veces consigue tu complicidad (algo que es fundamenta en este libro, si no hay complicidad la cosa falla desde las primeras páginas), a pesar de que en otros momentos te resulte absolutamente cargante y algo petulante (aun con los denodados esfuerzos por resultar autocrítico).
Un poco pesado sí, aunque ciertamente lúcido, capaz de generar chispazos de ingenio y ofrecer extractos de prosa brillante. Momentos de agudeza e hilaridad conviven guapamente con pajas mentales que convierten párrafos enteros en un campo árido a recorrer o en esos minutos en que esperas a que un conocido, borracho, te cuente algo que directamente no te interesa.
El tema que inicialmente inspira el libro queda aligerado, desprovisto de gravedad, y en ocasiones inteligentemente relativizado mediante un trabajo de desmitificación y reflexión.
El libro tiene un desarrollo disperso, a veces deslavazado y repetitivo. Supuestamente marcado por el devenir de su viaje, las ideas que le van surgiendo y los recuerdos que le asaltan, toca temas de toda índole teniendo como eje sus relaciones amorosas. Datos fidedignos conviven con dudas, temores, anécdotas y opiniones de todo tipo: intrascendentes, sugerentes, absurdas o imprevisibles. Las digresiones brotan por doquier y le suele dar por teorizar superficialmente a cada momento sobre cualquier asunto, consiguiendo finalmente transmitir una idea global de su visión de las cosas y dejar un rastro interesante.
Por momentos parece uno de esos personajes obsesionados y delirantes de comedia, con sus metáforas y comparaciones divertidas por excesivas. Capaz de comparar minuciosamente a esas ex – novias que le atenazan con los miembros de Kiss, o de desmenuzar con detalle el curioso efecto de escuchar “Kid-A” de Radiohead la mañana del 11-S, observa con cierto detenimiento la tragedia de la sala Station, y el suicidio de Kurt Cobain. Es curioso cómo se quita Los Angeles de encima con todo su halo de desapariciones. Muestra inquina por Jim Morrison o Elvis (opiniones que le encantaría que molestasen). Recuerda a Bob Stinton de The Replacements y deja encendidos (y acertados) comentarios sobre Led Zeppelin, sin detenerse en la muerte de John Bonham.

06 noviembre 2007

“ONCE” (“Una Vez”, John Carney, 2.006)

Es una película definida tanto por las características habituales del cine independiente (pocos medios bien aprovechados y esa austeridad técnica, acaso impuesta por las circunstancias, que es prueba de fuego para la capacidad de contar), como por la base de su temática: el reto de colocar un trozo de vida en la pantalla sin trucos ni vocación especuladora; historias cotidianas y esenciales cuyo calado y emoción residen precisamente en su aparente sencillez y en todo el abanico de sentimientos que surgen libres de ésta: sensibilidad, ternura, anhelo, respeto o amor. “Once” es una película que sonríe y sueña, pero que en ningún momento leva el ancla de la realidad, sirviendo los dos protagonistas de contrapeso en este sentido. Se limita a observarla con una mirada amable, pero no oculta su dureza. Se trata de un argumento lineal que no decae en ningún momento; una historia romántica que reflexiona sobre el significado de la familia y la amistad que en otras manos hubiese resultado previsible y hasta empalagosa, y aquí avanza sustentada en un halo mágico que brota de su pasmosa naturalidad. No es colorista sino mate, lúcida y reposada; aunque en determinado momento aprieta sin piedad la fibra del espectador. Un ejemplo de lo menos impostado y manipulado de la actitud indie, tomada como el individualismo del que busca su camino a cubierto de la influencia nociva de esa sociedad atosigante que te determina y clasifica; enfrentando la vida sin alharacas ni artificios. Cafés, paseos, encuentros casuales, ilusiones y esperanzas compartidas, se mezclan en esta historia de soledades compartidas, complicidad, miradas y canciones. Sobre todo canciones, muchas y buenas, porque además estamos ante una comedia musical en esa clave indie a que antes hacía referencia. Canciones compuestas por el protagonista masculino, Glen Hansard, a la sazón cantante de la banda irlandesa The Frames, de la que el director del filme, John Carney, fue en tiempos bajista, y por su compañera de reparto, Markéta Irglová. Ellas hablan por los personajes, relatan su estado de ánimo, sirviendo también de banda sonora a acotados espacios visuales que Carney utiliza para añadir otro punto de vista sobre la vida y sensaciones de sus personajes. Memorables composiciones que suenan directas y de principio a fin, que rápidamente van del folk a ese pop emocional interpretado con la intensidad de la mejor tradición británica, como “Say it to me now”, “Lies”, “When your mind made up”, sonando en estudio con banda, el dueto “Falling Slowly”, o “If you want me” interpretada por Markéta (la totalidad de la banda sonora es espléndida). Canciones convertidas en el alma vibrante de la película, la descarga de toda la gama descarnada de sentimientos, desgarros y dolor que esos protagonistas sin nombre (son simplemente el chico y la chica) esconden tras su amabilidad y sus silencios.

03 noviembre 2007

Y la pregunta sería... (I)

¿Habéis formado parte alguna vez de una reunión de personas que critican a otra por su rareza o excentricidad?, seguro que sí. Aunque si os gusta el rock´n´roll vais camino de ser vosotros los excéntricos. Los protagonistas se van agolpando y, si se trata de un grupo de personas que no tienen estrechos lazos de amistad la cosa deviene fascinante, los escasos puntos de unión proporcionados por su condición de vecinos, compañeros de trabajo u ocupantes de la barra gris metal de una cafetería, van poco a poco fortaleciéndose, la complicidad brota y se desarrolla, es como un aumento de la temperatura corporal, los ojos se abren y las sonrisas aparecen, precedidas de un casi imperceptible temblor en las comisuras de los labios. Las personas adoran la falsedad de cualquier momento si les proporciona un gramo de plenitud. En el centro de esa reunión aparece una imaginaria estufa que expande el calor de la emoción entre los presentes, que aproximan las palmas de sus manos henchidos de gozo. Es la sensación de pertenencia al grupo tan desesperadamente deseada por el ser humano desde el principio de los tiempos, la posibilidad de, por fin, poner sobre la mesa lo que nos une, de dar a conocer lo que realmente queremos que conozcan de nosotros. Si eres parte sólida del grupo, es un buen momento de relajado disfrute y reafirmación de lo mucho que te valoran los demás y tú los valoras en comparación con. Si no te sentías demasiado integrado, es la gran oportunidad de cargar sobre otro el sambenito, de compartir opiniones que la discreción debe evitar que salgan del círculo mágico del susurro; de construir un secreto. Qué maravilla, verdad, donde no había más que lechosa grisura de tiempo moribundo, de pronto, aparece un secreto: frondosidad vital, excitación de la imaginación, activación de la circulación de la sangre, maquinación de la mente. Qué abanico de luces, qué cola de pavo real; una simple anécdota ofrece la perspectiva de fértiles campos que hollar, de miles de momentos que desmenuzar: cuántas conclusiones por sacar con el gracioso calorcillo de la gratuidad.
Puedes observarlos en cualquier sitio, algunos llegan a mostrarse nerviosos y ansiosos, se emocionan y gesticulan más de la cuenta, otros alzan la voz embriagados por su nueva situación de incluidos, de liberados de juicio y crítica; satisfechos de su novedosa condición de jueces, con poder para ensayar la ironía, siempre complicada, lanzar un puya que sorprenda por su maldad a los contertulios, o ser incluso clemente, subirse cinco segundos en el escalón de la bonhomía, para luego caer al responder con risas estrepitosas o retenidas por inefables gestos faciales y corporales, al comentario mordaz de algún correligionario. Si habéis formado parte, reconoceréis el fondo miserable que se extiende en vosotros y os lanza alguna que otra señal; pero también sabéis que ese fondo, inicialmente denso y oleaginoso se va aclarando, licuando, volatilizando al mezclarse con la miseria de la concurrencia hasta que, por acción de un resorte oculto del cerebro, se va volando hasta unirse y desaparecer en la gran miseria del mundo que convalida y hace disculpable vuestra actitud, sonriéndoos y abrazándoos.

21 octubre 2007

ENTREVISTA A JOSÉ CASAS

“EL PACIENTE ARTESANO”
José Casas, veterano músico sevillano (Arden Lágrimas, Helio, Relicarios), es otro de esos tipos cuyas vidas están marcadas por el pop y las guitarras; especimenes raros que, tan orgullosos como sensibles, y bajo el estigma de la New Wave, los Kinks, Bowie o Paul Weller, se niegan a desaparecer, afortunadamente para todos nosotros. Es una pena que el mercado no permita que José Casas grabe discos con regularidad, un artesano paciente, compositor refinado y con buen gusto, de calado clásico e instinto para el matiz. Y lo que es más importante: exigente consigo mismo. Puedes conocer sus canciones en su web, y si te enteras que en tu ciudad actúan José Casas y La Pistola de Papá, no te los pierdas.



Bueno, cuéntanos la peripecia de “Plasticland” y en qué estado están las cosas.
Plasticland era un proyecto que durante un tiempo permaneció dormido, la idea surgió desde la última etapa de HELIO, en un tiempo muerto, compuse una colección de canciones que quería grabar en solitario, al margen del grupo, luego esta historia se fue completando y en 2003 por fin se publicó, Grabé una maqueta previa donde perfile minuciosamente cada una de las canciones, con esta maqueta acabada, fui contactando con los músicos que me ayudaron a grabarla en el estudio. Tocaron en total 8 músicos a los que repartí los temas. Las baterías las grabaron Paco Parra de Helio, 4 temas, Manolo Escacena, que ha tocado con infinidad de bandas, entre las últimas Señor Chinarro, 2 canciones, y Roque , otro ilustre baterista sevillano que ha militado en un buen puñado de formaciones, puso sus baquetas en 2 composiciones. El bajo lo metió Pacoco de Helio en todos los temas menos uno que lo hizo también Roque, yo me ocupé de todas las guitarras, teclados y coros, para finalizar José Romero y Chencho pusieron las voces. También Álvaro Helio y Sandra Hébridas colaboraron en los coros.

¿No te dio quebraderos de cabeza coordinar a todos los participantes del disco?
No demasiados. Lo curioso es que la banda nunca se vio al completo, pero aun así, creo que el resultado no es para nada frío. Trabajé de forma aislada con cada uno, adaptándome a cuando podían, así ellos se prepararon los temas con la referencia de la maqueta y tras unos pocos ensayos nos citamos en el estudio de grabación para registrar las canciones. De hecho todo eso fue más rápido que la grabación de las guitarras y teclados, que como disponía de todo el tiempo del mundo el estudio, pues me encerraba allí, solo, y me ponía a grabar tomas, probaba aquí y allá. Me lo pasé genial.

¿Por qué el reparto del repertorio entre dos cantantes solistas?
Bueno el criterio fue el mismo por el cual repartí las canciones entre 3 bateristas, para no cargar mucho de trabajo a cada uno. Era más fácil convencer a la gente diciéndole que cantará 3 temas por ejemplo a que se preparara un disco entero. Sólo fue eso, para hacérselo más fácil, ya que prácticamente todos tenían otras bandas y lo que yo no quería era montar una banda previa para el disco.

¿Te has planteado en un futuro lanzarte a cantar tu repertorio?
Uff, siempre estoy a un paso de eso, pero siempre pienso que las canciones se merecen una voz mejor que la mía, la verdad, quizás ya hace tiempo que debí dar ese paso, desde Helio siempre compuse para que luego otra voz cantase mis canciones, como por ejemplo le ha ocurrido a Lapido con los 091, pero él ya se ha decidido a dar ese paso, y pienso que cuanto antes lo haces antes comienzas a labrar tu propio “estilo”. Las canciones hay que defenderlas en directo, con dignidad y no digo que no me crea capaz, pero ocurre que el tipo de canciones que me gustan siempre han agradecido una buena voz, el pop, el powerpop todos esos estilos donde la melodía es importante y donde un buen cantante puede llevar la canción a su máximo rendimiento. No se realmente, pero no es descabellado que algún día lo haga.

¿Cómo va el asunto del directo? ¿Piensas presentar “Plasticland” en algunas ciudades si se normaliza su distribución?
Claro, desde Enero estamos ya rodando por los escenarios y es nuestro deseo seguir presentándolo por toda España.

¿Cómo percibe la música el José Casas actual respecto del de hace quince años?
Me hace gracia cómo los ciclos musicales te quitan o te ponen en órbita. Cuando comenzamos con HELIO, unos chavales imberbes que adoraban la música de los 60, la Nueva Ola nos marcó el camino. Ahora parece que ese estilo lleva algunos años floreciendo, y estilos que se han considerado minoritarios como el powerpop vive buenos tiempos.
Parece que el rock and roll en general está recobrando algo de vida y salud, está claro que el carácter callejero de la música lo tienen ganado desde hace tiempo el hip hop y el rap, que parecen aglutinar todo el espíritu de rebeldía de la adolescencia. Me gusta pensar que aún quedan quienes piensan que con una guitarra se puede mostrar todo el desencanto que se vive a esas edades.

¿Cómo ves la aventura de Helio, desde el momento actual? ¿Qué podía haber cambiado?
Nuestras Historia es como la de tantas bandas, que se quedaron en agua de borrajas: buenas criticas, y sufriendo los oídos sordos de la mayoría. Sufrimos las carencias que suelen padecer las bandas de rock and roll en nuestro país. Llegamos hasta donde un grupo puede llegar con una compañía independiente pequeña. Creo que teníamos un directo bastante “creíble” que para una banda de powerpop es algo importante. Pero con todo esto no quiero decir que no me sienta orgulloso de todo lo que vivimos, sí, fueron años bonitos, y pienso que el legado está ahí, no se si se valoró lo suficiente en su momento o no, pero ahí quedan las canciones, eso es lo importante, para quien quiera oírlas ahí están, nuestra modesta aportación al pop nacional.

¿Das muchas vueltas a las composiciones, o prefieres que preserven su frescura?
Para mí componer sigue conservando ese toque incontrolable que lo hace mágico. Tiene esa parte vital de soltar fantasmas, y luego está el lado de ensoñación, quizá tenga algún parecido con lo que siente un director de cine cuando dirige sus películas, o cuando un pintor crea sus cuadros. Sirve tanto para contar lo que sientes y vives como para meterte en la piel de personajes que están en las antípodas de tu forma de ser. En cuanto a los métodos, no tengo una forma fija, lo mismo una canción sale casi instantánea, que otra se resiste o cambia de forma a última hora, no es raro que alguna composición que estaba casi lista para entrar en el estudio cambie a ultimísima hora por un nuevo enfoque. Tengo claro que al principio como captura de la idea, la frescura es lo más interesante, luego con todo lo que estos años me pueden haber dejado de experiencia, intento conducirla hasta el final. Pero me encanta probar cosas, jugar con las ideas, darles la vuelta, ponerlas casi del revés por decirlo de algún modo.

Creo que los temas están ajustados y perfectamente revestidos, ¿te tentó añadir más arreglos de los que has usado, experimentar más en alguna canción específica?
No, los arreglos que quedaron me los pensé bien y estaban trabajados sin prisas. Vi que los temas funcionaban bien con lo que había y así se quedaron. El trabajar en solitario tiene ese lado bueno, te permite meterte en la piel de cada uno de los músicos, pensar como un bajista, como un batería, eso a la postre creo que te abre el campo, miras la música de una forma más abierta. Aun así siempre pienso en los arreglos como algo que tiene que estar al servicio de la canción, Al final la canción es la que manda. Mantener el espíritu que quiero, por encima de un arreglo u otro. Con los adelantos técnicos de hoy en día, es posible hacer cosas que antes solo estaban al alcance de músicos con muchos medios. Así puedo emular el espíritu casi festivo de búsqueda, que se empezó a tener en la mitad de los 60, cuando los Beatles dejaron de actuar y se metieron a grabar por ejemplo “Revolver”.

¿Qué artistas de los últimos años piensas que tienen marchamo de clásicos?
De entrada me parece que casi siempre las cosas más interesantes musicalmente hablando, se producen lejos de los grupos ya establecidos, bandas incipientes que con aún poco recorrido derrochan frescura y nos traen viento fresco con sus canciones. Pero bueno, por citar algunos, dentro de la escena española me gustaría nombrar a Lapido, que me parece se esta ganando a pulso un puesto entre los indispensables del pop y rock de aquí. Personalmente pienso que si The Sunday Drivers siguen con ese nivel de canciones llegarán bien alto.
De fuera, Paul Weller ha conseguido un estatus de clásico de la escena mundial en cuanto a rock, es un tío al que en el Reino Unido lo consideran bastante influyente y su larga trayectoria lo avala. Por el lado americano, mencionaría a Wilco como “la banda” que ha recogido el testigo de REM, en cuanto a lo que se espera de grupos así, con un buen equilibrio entre imaginación y rock and roll.

¿Qué diferencia hay en tu forma de trabajar las canciones actualmente respecto de tus etapas en grupos? ¿Escuchas sugerencias en el estudio?
Desde siempre compuse en solitario, lo que sí cambia ahora es la forma de montar todos los arreglos, digamos que perfilo más por donde quiero que vayan, que dirección quiero que tomen. Esto ha ido evolucionando, y ahora que tengo una banda fija, La pistola de papá, no pretendo ser el típico líder dictador que impone criterios y le dice a cada uno lo que tenga que hacer. Siempre estoy abierto a las opiniones de los demás músicos, creo que eso va con mi forma de ser, aun así está claro que siempre existirá mucho más peso compositivo mío en el acabado de los temas, más que nada por dedicación.Al final, todo se reduce a la posibilidad de llevar una carrera medianamente constante sin tener que depender de tantas bajas en las formaciones como siempre he tenido que vivir. Si a un músico no le interesa, no puede o no le ve claro puedo contar con otro. Ya sabemos cómo funcionan las cosas del negocio musical y cómo está el panorama para el Rock, el pop, powerpop o como queramos llamar a la gente que hace canciones con bastante presencia de guitarras y melodía.

¿Sigues un proceso compositivo concreto o te mueves por impulsos?
No existe una formula magistral pero si es verdad que acabo siempre usando varias posibilidades, una veces grabo una idea que hoy parece brillante y que solo la escucha posterior varios días después dirá que tal era. Otras escribo alguna letra y eso te lleva a la música, o al contrario. También oír una canción determinada te despierta el instinto, o una película, una escena, un libro, todo lo que te llega con fuerza dentro remueve las ganas de contar algo. Puede sonar cursi, pero vivir con intensidad es la mejor inspiración.

¿Eres un compositor prolífico? ¿Qué porcentaje de composiciones no superan el corte?
No sabría decirte, antes pensaba que lo era, pero luego he tenido periodos de secano, sobre todo creo que por exceso de autoexigencia, temporadas en las que no te gusta casi nada de lo que te sale y luego, mirando con distancia esas mismas canciones, me daba cuenta de que había sido demasiado autocrítico. La perspectiva y la situación de cada momento marcan un poco el punto de vista de todo lo que uno compone o hace. Hace un año y pico leí que Kurt Wagner, del grupo Lambchop se propuso para el trabajo de uno de sus álbumes la tarea de componer un tema cada día, me pareció una idea atractiva para probarla y la llevé a cabo, durante un tiempo cumplía religiosamente esa “obligación” pero luego no pude mantener ese ritmo por que tenia que llevar otras cosas adelante. Pero es curioso como en esas ideas de canciones diarias, se reflejaba el estado de ánimo de cada día. Un buen diario de abordo, si señor.En cuanto a las canciones que se quedan fuera, pues te diré que para Plasticland fueron 3, siempre suele pasar que algunas no entran, pero no quedan “vetadas” para siempre, algunas veces recupero temas que no entraron en otras selecciones.
Publicado en el nº 241 de la revista Ruta 66.

16 octubre 2007

CICLO POP ROCK 2.007

Teatro José Tamayo, Granada. 21, 22 y 23 de Junio de 2.007.


Esta X edición de los conciertos del Central, ampliados por segundo año consecutivo de Sevilla a Málaga y Granada, volvió a ofrecer un cartel suculento. En Granada el jueves abrió fuego STUART A. STAPLES. El cantante de Tindersticks apareció en escena arropado por una banda sobria y distante, a medio gas pero por lo menos sutil; recreando un sonido cuidado y rico en detalles, sin protagonismos. Los instrumentos iban entrando y saliendo sin sobresaltos en el desarrollo de cada tema durante los sesenta y cinco minutos que duró su concierto: las teclas de David Boulter, alternando piano y órgano, y usando, entre otros instrumentos, una pandereta accionada con un pedal de bombo; la guitarra eléctrica de Neil Fraser, tomando la acústica en ocasiones puntuales; o Terry Edwards, contenido e inconmensurable en sus subrayados tanto de trompeta de bolsillo como de saxo barítono (compaginando ambos en muchas ocasiones). El bajista usó tanto bajo como contrabajo, y el batería se esforzó denodadamente por conseguir ese roce de escobillas, a veces un leve chasquido percusivo apenas apreciable (pareció relajado al tomar los palillos). Sin coros, Staples volvió a ser ese maestro de ceremonias ausente e introvertido que evita la mirada del público, así como cualquier tipo de comunicación ajena a su interpretación; y que sólo se permite algo más que una breve sonrisa cuando yerra al acometer los acordes de un tema. Con un gran repertorio, centrado en su etapa en solitario, desplegó esa voz entre profunda y vulnerable, tras cada one, two, three… con que daba comienzo a cada canción. Siempre evocador, con el deje humeante y añejo de un crooner presa de una tristeza desvaída y estoica. El primer tramo de la velada siguió el orden de su último trabajo, “Leaving songs”: “Old friends”, “The Path” con Edwards usando como contrapunto armónico un xilófono de juguete, “Witch way the wind” y “This road is long”. Posteriormente, temas antiguos enrarecieron lentamente con su nocturnidad el ambiente: “People fall down” con el teclista aplicado a la melódica y Edwards a la flauta o “Marseilles sunshine”, único tema sin batería, con un metrónomo marcando los tiempos y un halo mágico perfilado por punteos de guitarra eléctrica, en uno de los pocos momentos en que ésta tomó cierto vuelo independiente. Para la briosa versión de Townes Van Zandt (“Sixteen summers, fifteen falls”) y “Already gone”, el sonido se basó en guitarras acústicas. Mientras, en “Say something now” y la irresistible “That leaving feeling” sonaron más compactos y directos que nunca. Así como delicados en “Pulling into the sea” y “Live come a long way”, final de su breve bis.

La siguiente jornada se inició con SOUTHERN ARTS SOCIETY, que es el nuevo proyecto de Andy Jarman (A popular History of Signs, Strange Fruit, Aquaplane). El inglés afincado en Sevilla se enroca y abunda en ese sonido planeador y bailable, trufado de detalles electrónicos, programaciones y variados samples, que, en su movimiento ondulado, traza una línea psicodélicamente recta entre Echo & The Bunnymen y el sonido Madchester. Correcta actuación, con una base rítmica estimulante de bajo (el suyo) y batería de tracción manual, guitarra deudora de los ochenta británicos, teclados y samples. La conexión americana, apreciable en algunos momentos de su último disco, aquí se redujo a un par de slides, ya que el repertorio, salvo algún medio tiempo, se ciñó a su lado más chispeante y pop. Como siempre en el caso de Andy, un envoltorio atractivo que no termina de calar.

Pocos minutos después apareció HOWE GELB, el hombre del desierto, acompañado inicialmente por bajista y baterísta, dos tipos que vigilaban entre divertidos y temerosos cualquier giro instrumental del jefe. Comenzó su parte a ritmo de ragtime con el piano, colocándose su enorme sombrero de alas generosas y unas gafas negras para protegerse de la luz de los focos. Al poco se hizo con la guitarra y, tomando asiento, interpretó las principales joyas de su último “Down Home”, “Return to San Pedro” (“World stand still”, “The Hangin´judge” y el blues “All done in again”). La base rítmica seguía las evoluciones de su rebelde acústica de forma tenue, acariciadora, aunque también vivaz. Gelb, por su parte, lucía para solaz de la audiencia, siempre expectante, su forma de tocar, una mixtura nerviosa de referencias country, fronterizas, jazzísticas y blues. Tan expresiva como austera, por momentos violenta, imperfecta, impresionista. Sus dedos viajan sobre las cuerdas de su guitarra como al borde de un descarrilamiento que nunca llega a producirse. Un instrumento que en sus manos no se conforma con el patrón estilístico que se le supone. Y la voz, alternando su célebre doble micro, el que trata ese tono amodorrado y el que la ofrece tal cual, con algún resabio de Lou Reed. Un concierto con su punto anárquico, canciones deshilachadas; más que comenzarlas parece subirse a lomos de ellas al verlas pasar, para posteriormente finiquitarlas con un leve gesto, dejando la sensación de que podían durar perfectamente dos o tres minutos más sin caer en la reiteración. Cuando presentó a Dave McGowan, que apareció tomando la guitarra hawaiana, tuve la sensación de que no caería ningún tema del celebrado “´Sno angel like you” y así fue. Tocó al piano la inmensa “The Shiver” y compartió éste con la guitarra para interpretar “Classico”, despidiendo esa primera parte con otra breve pieza al piano. ISOBEL CAMPBELL salió a escena tras una reverencial presentación de Howe. Definitivamente chirriaba: la sonriente rubia con su camiseta marinera, tirando de su cuaderno, su violonchelo, y colocando su botella de agua en medio de esa panda de rednecks con pinta de estar tratando de hacer funcionar su vieja camioneta en mitad del desierto de Arizona. Gelb no pretendía dejar de ser Gelb ni un solo segundo, quería seguir siendo factor sorpresa; se pasaba los minutos buscando las letras de los temas entre el desorden de folios que tenía sobre el piano, rompiendo cualquier remota posibilidad de ritmo de concierto, acaparando todo el protagonismo y reduciendo la presencia de Isobel a un papel más bien ornamental. Constante ironía, temas de breves segundos y un cancionero, el del notable trabajo de Isobel Campbell y Mark Lanegan, que iba sucediéndose en escena superando la patente sensación de escasez de ensayos conjuntos. De esa guisa sonaron “Black mountain” y “Deus ibi est” con Peter Dombernowsky golpeando el timbal con la palma de una mano y una maza; con Howe al piano interpretaron “Ballad of the broken seas” (dejada a medias), el valsecito “(Do you wanna) come walk with me”, y una perezosa “Honey child what can i do”. Estupenda resultó la revisión de “Ramblin´man”, con la guitarra eléctrica de McGowan rasgando y destacando por única vez (antes todo lo había tocado con acústica y hawaiana) e Isobel aplicada a las maracas; y la dylaniana “The circus is leaving town” que parece gustar al Gelb, que la cantó tomando los dos micros a la vez, sin usar ningún instrumento. En mitad de todo esto se coló el tema de Giant Sand “Cracklin´water”. Cuando se despidieron, el calor sofocante hizo que a más de uno le pareciese una gran idea y se largase apresuradamente de la platea, pero ellos volvieron para decir adiós con “Sand” de Hazlewood (qué mejor Nancy que Isobel) y con una repetición de “Honey…”, seguro que por ser el segundo tema más hazlewood de la noche.

Tercer y último día. En el escenario que espera a RON SEXSMITH y su banda no se ve nada parecido a un piano. En efecto, Ron sale armado de guitarra acústica junto a sus músicos (un trío de guitarra, bajo y batería). Poca variedad instrumental esta vez, el formato más práctico y directo al grano pop-rockero de los tres días. Con chaqueta de terciopelo y camisa con chorreras, el canadiense se mostró simpático, hablador y expeditivo en la ejecución de los temas. Se trató de un repaso rápido a su discografía, sin pausas, obviando acaso un repertorio más evidente. Así, salvo momentos como “Pretty little cemetery” y el rotundo clasicismo de “Reason for our love”, la cosa sonó como un combo de power-pop con clase y, otra vez, a medio gas; de sonido eficiente para despachar una actuación que no llegó a los cuarenta y cinco minutos. Un suspiro que al menos permitió percibir en vivo la facilidad melódica de Sexsmith; la brillantez y tersura de unas composiciones que abrigan la resolución del pop y el recogimiento y reflexión del folk más luminoso. “Some dusty things” sonó con Tim Bovaconti tocando la mandolina eléctrica, al igual que “Pretty…”; destacando con luz propia también la esplendorosa “Whishing wells”, “Cold hearted Wind”, “How on earth”, y la inopinada despedida: tras explicar que era un tema que escuchaba de pequeño, la banda interpretó una meritoria revisión en castellano de “Eres tú” de Mocedades (sin las inmejorables armonías vocales del original pero al menos intentándolo). El estupor se apoderó del público, que soltaba risitas (¿se sentirían como aquel moderno público barcelonés cuando Jarvis Cocker abrió una selecta sesión de DJ con “Un rayo de sol” de Los Diablos?). 

MAGNOLIA ELECTRIC CO. cerró este provechoso fin de semana. La versión eléctrica de Jason Molina puso sobre el escenario durante ochenta minutos todos los kilómetros de carretera que llevan a la espalda, todo el polvo pateado y toda la sabiduría acumulada. Fue la única actuación del ciclo en la que me sentí realmente partícipe de un acto de comunicación entre músicos y público. Jason, como gran songwriter que es, narra sus canciones, las transmite como explicándolas. Conversando, gesticulando y mirando al público, cuenta una historia, una experiencia, una sensación. El cuarteto que le acompaña no le va a la zaga, la base rítmica retiene el tempo y lanza los temas a su justa velocidad, la guitarra de Jason Groth arrebata, ataca riffs, gime, puntea briosa, se tensa, tiembla; y no para de entablar diálogo con la de Jason, cuyos punteos acompañan el perfil eléctrico de espinas que marca aquélla. Es como entrar en el mundo del Neil Young de 1.974 con buen ánimo. Empezaron con “Talk to me devil, again”, seguida de “Hold on Magnolia”, y desde ahí el sonido fue creciendo, haciendo llegar a los presentes toda su profundidad, sublime en momentos como “The dark don´t hide it”, “Leave the city” (con el teclista Mike Kapinus haciendo uso de esa magnífica trompeta fronteriza), “Lonesome valley”, “Oh Grace”, “Montgomery” o “Siloh”. Al finalizar el concierto, Jason quiso reconocer el mérito de un grupo de seguidores que habían seguido a la banda durante sus cinco fechas españolas, bajando a las butacas para saludarlos y dedicándoles el tema de cierre y único bis, un magnífico “Memphis moon”.

13 octubre 2007

DIRECTO EL TERRAL 2.007

MINK DE VILLE, ELVIS COSTELLO & ALLEN TOUSSAINT
Playa del Peñón del Cuervo (Málaga), 14 DE JULIO DE 2.007.




Noche de vibrante reciclaje y regusto r´n´b en esta nueva edición de El Terral malagueño. Willy Deville, recordando sus treinta años de grabaciones decide girar de nuevo bajo el nombre de su banda de siempre, MINK DEVILLE. Por otro lado, ELVIS COSTELLO traslada con brillantez a los escenarios su feliz encuentro con ALLEN TOUSSAINT, y ese jugoso cruce de las bandas de ambos. Buena noticia: repertorios incontestables, pues, sacados otra vez de gira sin que ni un solo tema cojee. Willy apareció en escena bastante puesto y con una banda bien montada que lo recibió en plan jazz latino: antiguos colaboradores como el bajista Bob Curiano y el baterista Shawn Murray, percusiones latinas, un piano versátil, como precisa su cancionero, un guitarrista eficiente y dos coristas negras coloreando inmensamente los temas. Pecó, muy al contrario que su predecesor, de falta de dinamismo, probablemente porque no se podía permitir un ritmo más alto. Con pelo largo y las sienes rapadas, ni el idílico marco costero del concierto restó impacto a su imagen entre corsario y canalla urbano. Cadavérico, el hombre de los colmillos de oro, se mostró muy bien de voz, y con el ánimo torcido de siempre, a un paso de la entrega definitiva. Abrió fiero, eléctrica en ristre y sin apartar la mirada de su atril, con una muy aceptable “Venus of avenue D”, seguida de “Spanish stroll”, de la que nos perdimos la mayoría del diálogo con Rosita. Los coros y las percusiones proporcionaban un calor muy especial a los temas, sobre todo en esos medios tiempos de inspiración hispana y latina, como “Chieva”, en la que Deville tomó la armónica, con el guitarrista Mark Newman sentado tocando guitarra española; “Heart & soul” y la magnífica “Mixed up, shook up girl”, entretejidas ambas con acústica y española; el aire latino que impregnó la rotundidad de “Italian shoes”, o las siempre frescas “Demasiado corazón” y “Hey Joe”. Algunos desajustes de sonido, las bromas, a veces sólo por él entendidas, con sus músicos y asistente, y las parrafadas con el público, frenaban un concierto que rayaba a un gran nivel cuando Willy se ponía a ello, como en “Bacon fat”, de André Willians, que puso frenético latido r´n´b; endureciéndose la cosa con “White trash girl”, que sonó como un ciclón con el pianista de pie fundiendo el órgano y sin coristas a la vista. Una crudeza que se extendió a “Muddy Waters rose out of the Mississippi mud”, con Deville concentrado en voz y armónica, la slide echando chispas y el percusionista Boris Kinberg dándole a la tabla de lavar. Para “Trouble in mind” trazó una slide deshilachada pero efectiva, unida a la profundidad rasposa de su voz, y en el tramo final apretó de nuevo los dientes enlazando “Savoir faire” con “Cadillac walk”. La despedida quedó en todo lo alto con una increíble (esos coros) “Steady drivin´man”.
 
Lo de Costello y compañía fue otra cosa, el inicio con “Modern Woman” resultó fulgurante, una entrada en materia directa, poniendo todas las cartas sobre la mesa desde el primer minuto. Ante nosotros estaba el Costello siempre fiable en directo, enérgico y arengador, incansable y comunicativo maestro de ceremonias; jalonado por los inconmensurables metales de la banda de Allen Toussaint, el guitarrista habitual de éste, y los músicos aportados por él: Steve Nieve con su Hammond B3, y la base rítmica formada por la batería de Pete Thomas y el bajo de Davey Faragher. Toussaint, por su parte, recorría divertido los temas con su piano, dejando una estela inconfundible. Tras ese inicio Costello atacó “(I don´t want to go to) Chelsea”, comenzando así su particular recorrido por sus clásicos. Sin pausa, Toussaint empezó con lo suyo interpretando “A certain girl”, que popularizara Ernie K-doe y él firmara con el mítico seudónimo Naomi Neville; así quedaron expuestas las vías por las que discurriría la actuación. Con ese ritmo trepidante y esa musicalidad brillante y untuosa tocaron temas de su álbum compartido: otros clásicos firmados por Toussaint como “Tears, tears and more tears” y “Who´s gonna help brother get further”, ésta quizá la muestra más palpable de esa voz enguantada de Toussaint, acariciadora y con un deje aún juvenil (aquí destacó también, siendo muy celebrado, el fraseo del carismático trombonista Sam Willians). Costello a su vez interpretó “Nearer to you”, popularizada en su día por Betty Harris, abandonando la guitarra y paseándose con el micro por el escenario, poniéndole toneladas de sentimiento (a destacar el duelo entre el B3 de Nieve y el piano de Toussaint), y la contenida “River in reverse”. Toussaint aportó además otras de sus creaciones con el apoyo vocal de Costello, como “Play something sweet”, una animosa “Yes we can can” y “Get out my life woman”, esta vez con B3 y piano en animado diálogo.
Elvis, sudoroso y embutido en su traje, se mostraba expeditivo, cantando mejor que nunca, dirigiendo a la banda, cambiando de guitarras y consumiendo los tés que diligentemente le preparaba su asistente. Ponía toda su indudable profesionalidad y sentido del espectáculo sobre el escenario, invitando al público a participar, y diciendo “muchas grasias” con acento más bien mejicano. Acometió con furia parte de su mejor repertorio, que queda singularmente realzado por los arreglos de vientos del maestro de Nueva Orleáns: elevan su pop a su antojo, y perfilan, rutilantes, las partes r´n´b o reggae, con el añadido de esos finales de metales encendidos. Canciones como “Watching the detectives” (con Steve Nieve jugueteando con el theremin), unas especialmente contundentes “Pump it up” y “High Fidelity”; “Alison” compartida con el público, y “Clubland”, en las que Nieve y Toussaint intercambiaron sus respectivos instrumentos. Toussaint no paraba de sonreír, imagino que satisfecho con el recibimiento tanto de sus recientes lanzamientos junto a Costello como de esta gira. Su piano era una gozada en sus clásicos, sirviendo de acompañamiento más discreto a los temas de su compañero. De negro y con una corbata plateada, se mantenía en un segundo plano tras el huracán Costello, desviando los aplausos del público hacia el de Liverpool señalándole con los índices, ese gesto tan típico del Show business norteamericano. Los bises los inició Costello con “Monkey to man”, tema ya de por sí imbuido del espíritu de Nueva Orleáns, aquí llevado en volandas por los metales y los coros de éstos. Continuó con una “Deep dark truthful mirror”, excelsa, casi excesiva, evolucionando en un crescendo constante iniciado por su acústica y el piano. Seguida de la interpretación casi unida de “Bedlam” y “Fortune Teller”, destacando en ambas de nuevo la intensidad y los duelos de teclas, apreciándose menos en esta última el theremin de Nieve. Como apoteósica despedida, Costello interpretó “The sharpest thorn” de nuevo en plan crooner desatado, cantando con el público y con la sección de metal rodeándolo en el escenario.


Publicado en el nº 242 de la revista Ruta 66.

10 octubre 2007

“CAÓTICA ANA” (Julio Medem, 2.007)

Las películas de Julio Medem tienen eso, con una incontenible (a veces obsesiva) vocación de epatar, enlazan situaciones sorprendentes entre percepciones estéticas envolventes, ofreciendo una turbadora sensualidad, y provocando sensaciones encontradas junto a una leve y persistente sensación de inquietud; como caminar sin rumbo entre espejos que nos devuelven un mundo similar al nuestro, pero nunca igual, entretejiendo absurdo, belleza y desasosiego, siempre al borde de un precipicio, de una ruptura en seco que rezamos secretamente para que no llegue, aunque su proximidad consiga hacer palpitar nuestro corazón (¿suele palpitar tu corazón cuando vas al cine?). Lo inverosímil se cuela en lo real, la magia toma la calle, los silencios, los suspiros, las miradas y gestos. Es entonces cuando el director vasco suele apuntarse su victoria: algo te ha arrancado de la butaca, has entrado dentro y, a partir de ahí, todo cobra un sentido y un tempo propios. La anécdota argumental de “Caótica Ana”, su estructura y construcción, son tan rutilantes, arriesgadas y originales como todas las que Medem ha desarrollado en su cinematografía, tienen su sello inequívoco de hábil y elocuente planeador de abismos. El vaivén de la Historia, los sueños, y los viajes de la mente propulsan un paso más allá la imagineria medemniana, que en esta ocasión me trae a la memoria la letra del tema “Mi prima y sus pinceles” de Josele Santiago. Además, aporta el atractivo de una reflexión lúcida acerca de la inexorable repetición cíclica del mal mientras la evolución del alma humana y el sentido moral que se espera del hombre quedan estancados; y personalísima sobre el papel de la mujer a lo largo de los siglos. Las líneas maestras que Medem desarrolla, como puede verse, parten de profundas reflexiones, de una atenta observación; sus protagonistas, siempre singulares, nadan con perplejidad y cierta inocencia, tratando de desenvolverse en el ancho mar de la existencia. En mi opinión, la gravedad que subyace en todo este proceso, y en esta película también, contrasta con el punto flaco de diálogos a menudo banales, un punto chocantes y hasta pueriles (acaso por razón de esa gravedad a la que me refiero). Los filmes de Julio Medem se experimentan, son una actividad en la que el espectador, incluso en el caso de no quererlo, toma partido, se deja llevar o se resiste, se involucra o salta cuando el tren va cogiendo velocidad. La pasividad habitual de la relación entretenedor-entretenido no es posible. De ahí que esté de más contar cosas sobre la película o resumir el argumento. Sólo diré que todo es una jodida y maravillosa aventura. Los actores vuelven a mostrar una dimensión distinta. La protagonista, Manuela Vallés, se come la cámara sin piedad desde el primer minuto, es una belleza de una naturalidad desarmante, totalmente desarmante. Respecto de la música, quizá lo que menos me suele atraer de este director, destaca la versión de Antonio Vega del tema de Enrique Urquijo “Agárrate a mí, María” un golpe seco de emoción que, en mi caso, imbrica la peripecia que se desarrolla en la pantalla con el significado que esa canción tenía para Enrique, y con la sensación de susurro ahogado y desesperanzado que deja viniendo de Antonio, y más viéndole interpretándola en la pantalla.

29 septiembre 2007

LUIS ARRONTE "Sólo Ida" (El Ejército Rojo, 2.007)

La cofradía planetera acoge en su sello el debut discográfico de este músico y periodista musical afincado en Granada. Es la de Luis una expresión limpia, meditabunda y algo quebradiza, hecha de momentos pop y folk confesionales, sugerentes; con luz tamizada antes que empastados de oscuridad. Aunque predomina el aliento acústico, la electricidad está presente, y se huye con pavor de la linealidad melódica, aun tratándose de composiciones de sencilla estructura. Creo que Arronte ha macerado convenientemente su repertorio buscando insufrarle vida y color; hacerlo dinámico y carnoso sin comprometer su esencia. Los temas no terminan, tras varias escuchas, licuados en un todo arrullador, sino que van acomodándose en la memoria a su capricho, haciéndose reconocer, tararear y desear. Tal vez por eso sea para mí el trabajo más real y estimulante de cantautor pop hispano que he escuchado en mucho tiempo. Parte de las claves básicas del solista acústico pero sin encorsetarse, logrando expresarse con la suficiente espontaneidad como para hacer que sus canciones vuelen alto, creíbles y distinguiéndose como el pájaro de la portada, magníficamente diseñada. Esta producción del propio Arronte y Manuel Ferrón (Grupo de Expertos Sol y Nieve), se abre con una inspirada "La cuesta de enero", recogimiento folk que se acera con picos de intensidad eléctrica que terminan introduciendo un matiz psicodélico y un rastro de influencia de Los Planetas, también detectable en "La llamada", que es como una inmersión de los de J en remansos de americana (creo que les hubiese encantado firmarla), e "Historia de valientes", en la que la acústica acomete una de psicodelia encaminada hacia un final incandescente. Algo parecido a la primera sucede con "El perro de Pavlov", esta vez turbiamente transfundida por las guitarras de Florent. Hay folk espartano y brioso en "Podría ser peor" y "Ciencia ficción". Sobre tempo country también deambulan "El arte del disimulo", con su slide, y "Alta mar", donde chisporrotea el pop en ese estribillo que encantará a Manolo de Astrud. Encontramos, asimismo, la delicadeza de "Los accidentes no existen" y el obligado momento de desnudez acústica, tan cristalino como turbulento de "Destructores". Todo esto para arropar textos que enfrentan los claroscuros cotidianos de las relaciones humanas, tratando de trascenderlos, explicarlos, o simplemente hacerlos más soportables.


Publicado en el nº241 de la revista Ruta 66.

11 agosto 2007

"PERSPECTIVAS"

Tenía su lado estúpido sin duda, eso de ir a una cafetería a escribir; queriendo emular lo que él torpemente entendía por bohemia literaria, y sentirse así habilitado para observar a los demás por una motivación artística. Allí, sentado en una minúscula silla, apoyando su bloc sobre un breve y frío rectángulo de mármol sin siquiera algo escrito por la otra cara. Taza, platillo, cenicero y servilletero bordeaban su cuaderno, rozaban su mano, su bolígrafo solía entrechocar con ellos. De haber tenido algo interesante y perentorio que escribir le hubiese sido prácticamente imposible. Dibujaba casitas y árboles de una austeridad infantil milimétrica, ciñéndose con delectación a la cuadrícula del papel, tan lejos de lo aleatorio. Observaba de cuando en cuando por el ventanal de la cafetería, miraba los coches pasar y ni siquiera se veía con fuerza para inventarles vidas a los ocupantes de los vehículos. Como cualquier persona práctica, dudaba de la importancia real de la estética en estos asuntos, pero empezaba a echar de menos lo que él llamaba la “inspiración de las gabardinas”, los múltiples velos de grises del breve crepúsculo invernal, la amenaza latente de lluvia, el vaho que surge de las respiraciones. La nostalgia era, sin duda, la mejor distancia. Hoy, allí sentado a unas calurosas cinco de la tarde, el tiempo parecía detenido por enfermedad y ahogo; sediento y hundido en el flamear de las superficies asfaltadas. Se le hacía imposible imaginar nada fuera de ese lugar, todo estaba empantanado y ensimismado. Con una breve camiseta clara y unos pantalones cortos poblados de bolsillos, sólo le quedaba rendirse y contemplar cómo ardían los semáforos, y la pintura los iba abandonando. Dentro de la cafetería para qué mirar, vitrinas aletargadas con los dulces restantes, patéticamente asimétricos y separados, servilleteros solitarios, excesivos carteles anunciando helados prefabricados y un surfista sonriendo desde la máquina de tabaco. Televisión encendida, inaudible ante el murmullo incesante de los pocos clientes, todos habituales.
Una chica rubia entra de pronto trayendo tras de sí un insólito aire fresco que a nadie deja indiferente, aunque ninguno de los presentes se sienta demasiado motivado para romper su desgana. Algo nerviosa busca monedas frente a la máquina de tabaco del local, con su surfista iluminado. Conforme las va encontrando las introduce por la ranura, sus dedos rastrean todos los bolsillos. El tiempo apremia y angustiada observa con sus grandes ojos al camarero en busca de auxilio. Éste no se hace eco de su petición y la termina obligando a cambiar un billete, las monedas caen con estruendo. Él escribió:
“Berta decidió abandonar su hogar hacía unas tres horas, justo después de almorzar sola por enésima vez. El calor del verano le angustiaba. Ese día, no sabe bien por qué, su sueño cayó con estruendo. Quedó unos minutos en silencio hasta que se decidió a sacarlo de allí y airearlo. Por eso lleva tres horas conduciendo, para salvar unas ilusiones que respiran con gravedad en el asiento trasero. Que empujan sus lágrimas e inundan su alma de ahogo. Más tarde, ya lejos de toda visión rutinaria, se sintió por fin más ligera. Detuvo el coche y guardo silencio, hasta que notó que su sueño y ella respiraban al unísono, entonces fue el momento de sonreír, tampoco sabía muy bien por qué, y de aspirar profundamente antes de dar un paseo. Entró en una cafetería, necesitaba sentirse acompañada por la gente, formar parte de ella. Observar, escuchar y vagar el tiempo necesario para querer volver…”.
Tenía su parte eminentemente obsesiva y terca esa idea de aprovechar todos los momentos muertos para escribir, porque en realidad el trabajo era doble, ya que había que escribir y esperar a la vez, como en este caso: dentro de un coche esperando a su pareja, allí entre la calina, ante un trozo de calle emborronado por el resol y la suciedad del parabrisas, como dentro de un incesante juego de sofocantes espejos. “El tiempo muerto no es un espacio realmente utilizable, no ofrece las garantías ni el extenso abanico de posibilidades del tiempo libre. Los tiempos muertos casi siempre surgen de forma imprevista y lo impredecible de su duración no estimula para nada la creación literaria. Sobre todo si se parte de cero. Es un tiempo de enlace entre los momentos en los que nos dedicaremos a lamentarnos por no tener tiempo”.
En esta tarde detenida, enredado en sus pensamientos, aún se empecinaba en permanecer dentro del coche mientras éste ardía en constante combustión con el sol que lo envolvía. “Miríadas de partículas de luz se suspenden distraídas sobre el ventanal de la cafetería de enfrente”, volvió a anotar en su pequeño cuaderno, tamaño cuartilla ideal para ser hábilmente transportado en el abrigo, discreto para vivir en la guantera de su coche. Apoyó el antebrazo en la ventanilla bajada y la chapa quemaba. Era inconcebible continuar aparcado ahí, siguiendo los consejos de ella, “espera aquí cariño, es un segundo”, pero ya no merecía la pena cambiar de lugar, bajaría en cualquier momento; además, odiaba aparcar y odiaba los coches. El cuaderno apoyado en el volante, el cuerpo sudoroso echado hacia atrás. “Qué difícil concentrarse en un tiempo muerto”, se dijo mientras observaba a los aburridos y escasos viandantes, al semáforo en rojo que a nadie detenía, o al tipo aburrido desperdiciando su tiempo sin pudor en una cafetería ante un café previsiblemente vacío.
Una chica rubia aparece en escena, su rápido caminar destroza toda la triste armonía del cuadro que se había ido creando. Desde el coche su corazón comenzó a bombear fuerte mientras reiniciaba la escritura, “se detuvo frente a una máquina expendedora de tabaco (tachó expendedora), un modelo antiguo. Buscaba monedas por todos sus bolsillos, se podían adivinar las yemas de sus largos dedos y sus uñas barriendo nerviosas las costuras. Un tipo situado a su espalda la miraba atentamente desde su asiento. Mirada de sapo posada sobre ella, trasladándole un manto de temor, una sombra no exactamente silenciosa, más bien susurrante, indagadora. Sonia llevaba casi una semana huyendo, aunque se encontraba cada vez más inmersa en una encrucijada de ciudades. Todo había empezado a adoptar un aire peligrosamente monótono y cíclico. Todo era igual en todas partes, el principio y el final parecían haberse vuelto uno súbitamente. Estaba lejos y cerca, libre y amenazada. Vivía dentro de un juego de ovillos del que necesitaba salir, tiraba y tiraba y siempre advertía la misma figura a su espalda. Mientras escribía una carta a su mejor y única amiga, el Policía de la Mente la observaba ridículamente disfrazado, ¿qué estaría anotando? Adivinaba sus pensamientos, ella lo sabía, por eso siempre se encontraba al otro lado del ovillo. Sonia miró de pronto hacia un coche aparcado con un hombre dentro, éste rellenaba distraído un crucigrama. Salió y se apoyó en la ardiente ventanilla del conductor, éste se sobresaltó y, aunque su belleza le intrigaba, un cierto temor se cernió sobre él. “Necesito que me hagas un favor”, dijo Sonia. Él se limitó a esperar sin articular palabra. “Necesito que me lleves a un lugar que esté a una hora de aquí, el que prefieras, la única condición es que no me digas en ningún momento dónde estamos. Puedo pagarte”.
Escribir directamente sobre la pantalla del ordenador le solía provocar de vez en cuando alguna grata sorpresa, mientras rellenaba páginas y más páginas con el tamaño dieciséis. Alguna vez había encontrado una frase, una metáfora, una simple expresión digna de permanecer en su archivo. La tarde era fresca en la habitación gracias al aire acondicionado, y la ventana del primer piso ofrecía un paisaje desolador y desértico de ciudad abandonada precipitadamente, o a lo mejor simplemente petrificada. Convertida en piedra por una extraña sacudida climática. Sonrió y puso en negrita esa idea. Siempre que ejecutaba esta operación, en principio tan satisfactoria, le surgía, entre el lánguido paso de los minutos, la agobiante duda de cuántas tardes y cuántas horas serían realmente necesarias para reunir las suficientes frases, expresiones y metáforas con que completar un poemario que a veces tendía a la novela breve, o una novela que parecía querer ser extenso poema. Le ilusionó la idea de ser el único superviviente de una ciudad petrificada, cuya quietud aparecía severamente acentuada por un semáforo en absurdo y constante funcionamiento.
Le embargó la terrible nostalgia de que ya no sonaría más el timbre y, observando el paisaje, tembló al percibir que el principio fundamental de su melancolía (ese inacabable movimiento de toda índole que provocaba que cada atardecer fuese único e irrecuperable), había desaparecido. Siempre estarían ahí para él: el individuo que, bolígrafo en mano, quedó mirando por la ventana de la cafetería; o el tipo que invariablemente ocupará el asiento del conductor de su vehículo; o el camarero, eternamente a la escucha de palabras que siempre estarán a mitad de camino, encajonadas en un aire caliginoso. Palabras procedentes sin duda, de alguien situado a un metro del mostrador, pendiente de dar un paso durante toda la eternidad.
Turbado y emocionado pinchó la tecla de negrita para dejar constancia del cúmulo de sensaciones que de seguro le producirán la visión del último movimiento de los pájaros sobre cualquier tejado; su postrero batir de alas en un aire envuelto por la calígine y presidido por una triste aunque presente esfera de luz lejana, sorprendida también por la quietud en plena expresión de su luz y calor; la última caricia del viento sobre la ropa tendida; el último temblor de las cortinas; de las hojas o de las flores ya estáticas. Se estremeció en su asiento giratorio ante la certidumbre de encontrarse ante el mejor poema apocalíptico, la más sublime y a la vez perversa manera de relatar, por fin, la belleza. Una belleza ausente de movimiento.
Así hasta la llegada de ella, una chica rubia surge en dirección suya. Es portadora de una vitalidad inconmensurable. Sus prisas y su altivez devuelven el sonido a la calle, hasta ese instante ahogado por el peso de la reflexión y la evocación. Aturdido, no reaccionó hasta que sus miradas se cruzaron fugazmente. Fue entonces cuando comprendió que acababa de aparecer la compañera que secretamente anhelaba. Volvió a pulsar la tecla de negrita y se lanzó a recibirla con todos los honores. “La aparición de Beatriz supuso una sorpresa inimaginable, aunque quizá la única sorpresa posible en este mundo. Pero en cuanto nuestras miradas se cruzaron supe que ella venía de la otra mitad del mundo, que su misión era relatarme todo lo que yo no llegaría a ver, y que yo debía hacer lo mismo con ella. Valoraremos justamente la belleza, comparando el ulterior aliento de las cosas con lo que fueron, su quietud con su movimiento, colorearemos su perpetuo presente con su pasado”.
“La ciudad pierde el norte en agosto, dos puntos”. Tras atravesar varias calles solitarias sin atisbo de paseo, le volvió la costumbre de fabular mentalmente, tomar notas sin escribir, deambular gozosamente sobre una idea huidiza pero exuberante desde su alumbramiento. Componía, dentro de cierto caos, ajustados retratos, asertos en forma de epigramas, aforismos o greguerías. Necesitaba crear, y para ello andar, casi vivir andando. Pero la mayoría de las visiones, ideas o conclusiones que bullían en su cerebro se perdían en el camino de vuelta. La ida era un esplendoroso surtidor, el regreso un frágil y destartalado contenedor. Cuando miraba frente a frente al ordenador prácticamente no tenía nada que ofrecerle.
Antes de bajar a comprar tabaco dejó un título en la pantalla: “Te añoro”. Conforme bajaba las escaleras le fue pareciendo demasiado directo. Al verse obligada a abandonar la manzana de su apartamento se le antojó que limitaba su discurso. Sí, llamaba a confusión.
Caminaba dando grandes zancadas, disfrutaba la sensación de huida a la vez que la consumía. Era eso, el placer de salir de un sitio porque se llegaba a otro, el sentido de llegada más que el de partida. Suspiró al encontrar la cafetería, el calor era insoportable. Antes de entrar pensó que debía preparar las monedas, al tiempo que un individuo la miraba desde una ventana, lo supo evocando. Y lo quiso así. Una vez dentro trató de desprenderse de todo el suelto, se sintió observada por alguien sentado a su espalda, lo supo evocando. No eran suficientes monedas, corrió hacia la barra para pedir la moneda que le faltaba, pero las monedas cayeron, y finalmente tuvo que cambiar un billete. Mientras esperaba el cambio vio a un hombre tomando notas en un coche, estaría trabajando, pero ella lo quiso evocando.
Cuando la máquina lanzó el paquete, éste le pareció un enviado que acababa de realizar un largo viaje hacia ella desde Dios sabe dónde, sería impresionante que el paquete de tabaco pudiese contar la peripecia de su viaje. Ese pensamiento en contra de lo habitual no la impulsó a caminar, sino que la sentó en un taburete. El frescor de la estancia la animó a disfrutar su llegada. Pidió un café solo con hielo y quiso volver a valorar su cuadro. Encendiendo un cigarrillo fabuló que Ricardo escribía una carta, que ella casi podía leer, en la que singularizaba erróneamente su añoranza encerrándose en sí mismo; que Roberto apuraba su trabajo de la tarde en su coche: era representante de productos relacionados con el automóvil; y que Marcos repasaba con resignación un desgastado temario. Sonrió para sí y pidió bolígrafo y papel al camarero. Entonces bosquejó con fluidez y tino cómo un paquete de tabaco le relató a Ricardo el verdadero sentido del principio y del final, haciéndole partícipe de su historia, de su nacimiento y crecimiento; su manufactura, almacenado, transporte, fabricación y embalaje; su llegada a una máquina expendedora. Ricardo comprendió así el paso de la felicidad al dolor, el sentimiento de pérdida, frustración y soledad común a todos los seres; y de la imposibilidad del paquete nació la conciencia de su posibilidad de hacer el camino de vuelta. De pronto se sintió parte del mundo y no pudo reprimir una sonrisa; y experimentó que su añoranza se dividía en mil, multiplicando por esa cifra sus posibilidades de vivir.
Disfrutando del frío café miró de pronto hacia Roberto, la popularidad de sus productos había crecido considerablemente desde que, inopinadamente, empezó a contarles a sus clientes todos los minutos de vida de cada uno de ellos. Sus reuniones de ventas se convirtieron en actos públicos en cada zona que visitaba. Convirtió en leyenda la vida de los neumáticos, del caucho, de la pintura, del hierro, de los olores y los colores, de los carburantes y del fuego.
Resoplando en su taburete encendió otro cigarrillo y escribió más o menos cómo Marcos huyó del temario llegando al pasado de éste, novelando durante largas y provechosas tardes el devenir del papel en el mundo, de la tinta y la imprenta. Hasta acabar convirtiendo en quimera todos los signos y todas las letras.
Y así fue como todo se tornó meridianamente claro, la vida se hizo nítida y rectilínea, con principios que buscaban finales, y actos que reclamaban consecuencias. Mientras todas las piezas suspiraban por encajar, las respuestas solicitaban preguntas, y los sucesos no paraban de requerir atentos oídos. Como todo se contaba, todo se escribía; y todo estaba ahí para vivirlo o revivirlo. Sin atisbo de añoranza.

01 agosto 2007

"CÍRCULOS CONCÉNTRICOS"

“Lo necesito sin pérdida de tiempo”, la voz que crepita sin demasiada brusquedad al otro lado del hilo telefónico no me supone ningún agobio, antes un impulso. El milagroso soplo eléctrico que me coloca a lomos de los minutos para acompañarles codo con codo en su implacable recorrido. Es cuando los cigarros se consumen según mi endiablado ritmo, midiendo la intensidad de mi vida; y mi cuerpo se transparenta, al tiempo que mis oscuridades acaban siendo vertidas por la inercia, diluyéndose frente a un sol de tiempo rebelde al que domesticar para ser totalmente aprovechado. Quedan atrás porque yo estoy delante.
Salgo a la calle valorando las posibilidades reales de cumplir el encargo. Algo excitado, arranco mi coche mientras establezco una rápida comparativa espacio-temporal en la que cada semáforo será crucial y donde todos los segundos tienen un significado.
Una vez en camino, te pensé de pronto, claro. Aun sabiendo que cada pensamiento es un borrón en el tiempo: mientras piensas, el tiempo invertido desaparece para siempre sin ser recorrido. Te pensé y me perdí tanto la salida del aparcamiento como el trayecto por las calles aledañas a mi trabajo. Recordé, interponiendo algo de falsa distancia, los días en que cada gota que caía del grifo marcaba mi tiempo en su inquietante momento congelado en el vacío. Si cerraba el grifo no pasaba nada, el tiempo continuaba goteando en forma de expectativas perdidas, o al menos renuentes a la hora de cumplirse. Como el habla o la escritura en momentos de quietud, otra forma inexorable de marcar el tiempo que huye disfrazado de placidez. Las palabras quedan para siempre pendiendo del segundo concreto que vivieron, allá, en un lugar que acaso nos espere.
Tu partida dejó el paisaje plomizo, originó un estado de petrificación sólo alterado por el tictac de una cuenta atrás hacia ninguna parte. La soledad alimentada por la inconmensurable espera de algo que ya sucedió. Y ya es pasado.
Tus pasos se llevaron sagazmente segundos pisados, fijados en la acera con golpe seco de bota. Un tiempo que voló definitivamente enredado en las ruedas de tu coche, aplastando los minutos al ritmo de tu cuentakilómetros digital. Quise pensar eso, recuerdo ahora que mis ojos observan el mío, calcular tu lejanía como una manera de sentirte cerca, posible. Pero lo cierto es que desapareciste para siempre, te fundiste con el lejano río del tiempo de los otros y fuiste hacia otra dimensión en la que tú marcarías el tuyo, que de seguro pasó a muy distinta velocidad que el mío.
El tiempo que ahora vuela por la autovía que atravieso como una entraña de aire liberador, aquel que se fue deteniendo como una pelota abandonada para mi desgracia, porque desde entonces su transcurrir se manifestó a través de los lentos, carnosos latidos de mi corazón. El tiempo parecía desprenderse desde mí con desgana, proyectándose de mi soledad hacia el exterior, formando ondas que lentamente se producían y desvanecían en un correlato incesante. Así pues, quedé, hasta cierto día encerrado en un círculo que se mantenía firme, alimentándose de segundos.
¿De qué se alimentarán las otras figuras geométricas con que me cruzo por la calle?, me pregunto qué mantendrá firme la infranqueable seguridad del rectángulo, la armónica presencia del cuadrado; o la estúpida simpatía de los triángulos y trapecios. Mi soledad era un campo magnético circular donde flota la exasperación del paso del tiempo cuando se es infeliz. Ignoro qué habrá dentro de aquellas otras figuras que intuyo de espacios vitales delineados con pulso firme, sin atisbo de temblor. Con un trazo seco que no parece estarse alimentado continuamente de segundos, sino de vivencias y férreos principios, de magnitudes temporales claramente diferenciadas. Figuras rectilíneas que siempre acaban encajando las unas con las otras.
Un nuevo semáforo recién puesto en rojo conspira para retrotraerme de nuevo a hace cinco años, aquellos que se volvieron paradójicamente un soplo. Los recuerdos de tono gris acaban por esconderse, sin ni siquiera servir para marcar etapas temporales. 1.995-2.000, sólo eso. De ahí partió mi gran sorpresa al conocer a la hija de mis vecinos, Enma, tenía cinco años, 1.995-2.000. Se me antojó inverosímil que durante ese páramo temporal del que apenas conservaba imágenes sin voz, se hubiera desarrollado toda la vida de esa niña que a veces observaba subir la escalera a la pata coja. Me pareció increíble, una evidencia por momentos desmesurada. Me sentí, como se puede entender, estúpido y desgraciado. Pero también pensé que aquella era una de las cosas más bonitas que propiciaba el tiempo, sino la única: la configuración de una persona.
Un día, agazapado dentro de mi círculo, observé a los niños pequeños jugar en la calle, un sentimiento zozobrante y agridulce se instaló en mi garganta al verlos, pero acabé sintiéndome pleno al espiar aquellos espacios de tiempo materializados y reunidos aquella tarde para mí. Una galería de edades que cuando me miraban me trasladaban un escueto resumen de sus días que se iban engastando en los míos. Su tiempo se superpuso en el mío coloreándolo. Los dos años de uno, el año escaso de otro, los quizá tres del de más allá, de nuevo los cinco de Enma… Días cargados de sentido, aprovechados totalmente por la naturaleza. Una estrategia espacio-temporal tan perfecta como equilibrada. El latir de un tiempo que no parece abandonarles, sino quedarse para siempre en ellos, apuntalando la firmeza de sus huesos, alimentando la lozanía de sus órganos y miembros, determinando el desarrollo de su percepción, alentando la ilusión de que nunca se romperán. Un tiempo que ahora llegaba hasta mí resumido para aliviar una cantidad equivalente de mi pasado: gris, desordenado y, sobre todo, perdido. Ahora, estando a punto de salvar la conjura de semáforos y caravanas, observo mi destino a golpe de vista. Soy un círculo al que cierto bienestar le está modelando el nacimiento de vértices, a los que, un día u otro, una recta habrá de unir invariablemente. Pronto seré una figura geométrica que llega siempre a tiempo; firme y rectilínea al cabalgar segura y tonante sobre un montón de minutos huidizos, saltando de uno a otro sin caerse. Encajando fuera mientras noto cómo diversas y casi desaparecidas partes de mi interior se desperezan y encuentran a su vez, conformándome, sosteniéndome y asegurándome al terreno. Alentando la ilusión de que me he rehecho.