“Las voces atraviesan el sueño, siempre ocurre así. La realidad utiliza sus tentáculos acústicos para interrumpir esa íntima vivencia interior. Para devolvernos a la inmutable sucesión temporal, nos inyecta un fluido de ella misma, un mínimo aviso conminatorio, inclemente, como recoger al niño de la playa apresuradamente, pisoteando sus castillos de arena; como ataviarse precipitada y torpemente con las ropas de un personaje sólo para interrumpir la escena... FDO. MARÍA DEL MAR DREAM”.
Tras leer ese conciso y pequeñísimo texto de bienvenida avancé, sintiéndome algo más ligero que diez minutos atrás, o eso pensé. Mientras caminaba no pude evitar imaginar a María del Mar echa un ovillo compacto sobre la cama, hasta no poder estar más cerca de sí misma, ni más adentro. Con esos ojos apretados, reteniendo imágenes que se evaporaban.
El pasillo conservaba, aleatoriamente colocados e iluminados, restos de su voz: “Reconocimiento paulatino, estoy sobre mi cama, a mi izquierda hay una ventana por la que se cuelan los ruidos. Sé que no me sabré realmente de vuelta hasta que no identifique el día: es jueves”.
“Volver siempre implica un cierto alivio, algo cobarde. Ser consciente de la propia respiración, de la postura en que se está, la dirección del cuerpo, que a lo mejor ha estado girando sobre sí mismo durante las horas anteriores sin que nos enteremos. Y el alivio se interrumpe ante esa ansiedad, tan terriblemente absurda y secreta, que aparece cuando las imágenes vuelan, dejando apenas un rastro, un espejismo, una sensación inaprehensible, a pesar de haber calado tan hondo.”
Algo que los ojos apretados de la niña hecha un ovillo ya dentro de sí misma no pueden evitar... perder, añado mientras esfuerzo la vista para poder leer.
“Cuando soñaba con cualquier familiar, compañero de clase o conocido, me lanzaba a contárselo (en previsión de que no se me olvidase). Esa forma rápida y sincera de compartir un sueño, de no dejarlo morir, de agregar a su efímera existencia una posibilidad de permanencia algo más larga en otro cerebro, se acabó volviendo enojosa (a pesar de mi esmero por evitar el relato de las contadas pesadillas escabrosas que les eligieron como protagonistas). Los demás no solían parecer muy felices al saberse actores del sueño de una niña, quizás se sintieran víctimas de un inesperado azar, apresados por mi imaginación."
“Los sueños, ese mundo desconocido, comprendí al fin, están formados por espacios y tiempos infinitos, aunque extrañamente interrelacionados con nuestra mundanalidad. El campo de acción de su influencia se va extendiendo desde lo más doméstico hasta lo inabarcable, lo insondable. También empecé a ver gentes diferentes, llegando al punto de culpar de la cada vez más infrecuente presencia de conocidos, a efectos reflejos de mi memoria, denominándolos despectivamente “lo que yo aportaba” “.
Anduve cada vez más despacio, albergando por momentos una molesta sensación de absurdo que me impelía a anhelar en silencio la presencia de algún otro visitante, que contemplara atentamente conmigo esos párrafos tan diminutos; sobre todo en comparación con la inmensidad del espacio desaprovechado en las paredes, demasiado altas, demasiado largas.
“Cada sueño es una sensación gozosa y enigmática que se olvida, recuperándose al volver a soñar. Cada vez que se produce es nuevo, aunque se trate del mismo sentimiento de íntima voluptuosidad ante el campo abierto de la mente. Pero, ¿ es realmente la misma sensación, o cada sueño provoca la suya propia?”.
La imagen de los ojos fuertemente cerrados se repetía sin cesar en mi cabeza, así como el plácido respirar de María del Mar Dream, los eternamente infantiles gestos de sus manos, la confortable sensación ganada tras cada nueva posición para dormir, siempre más cómoda que la anterior. También pensé y dije, o casi dije, que me parecía difícil comparar algo que no vamos a poder volver a experimentar nunca más.
“Difícil, pero no imposible”, pareció contestarme con letras más grandes la pared. “¿Qué podemos salvar de un sueño?”, me interrogó con letras que crecían alterando su inmaculada grafía. “Mi esfuerzo es mi tesoro”, sentenció con letras que ahora recuperaban su tamaño y forma habituales. Yo vi nuevamente los ojos cerrados de María del Mar, y creo que cerré los míos.
“Los gestos y reacciones de las gentes de mis sueños, los reconocía en las distintas personas que me rodeaban; de ellas surgía la sonrisa, o la mirada, o la mano que saludaba en aquel sueño. Así, sin saberlo, instantáneamente pasaban a significar para siempre un momento de un sueño. Pero cambiaban con frecuencia y tardaban demasiado en volver a la manera deseada, tanto que los momentos se acababan emborronando y confundiendo en mi memoria. Lo mismo ocurría con las flores o la hierba, eran pocos los días en que se producía la identificación”.
Dentro de mis ojos cerrados leí atentamente el último párrafo, sintiendo la misma sensación de María del Mar al retener fuertemente en su cabecita de largos cabellos oscuros, flores que pasaron un segundo o sonrisas y miradas que volaron.
“Al final lo entendí: son los objetos los que perduran”.
Entonces, abriendo los ojos de nuevo, recordé el porqué de mi estancia allí. Los ojos me picaban, sentía un extraño hormigueo, y me notaba más ligero. Pasé al centro abierto y luminoso de la sala y los vi: había muchos zapatos; secadores de pelo, ropajes de todos los colores y procedencias. Me encontré andando por un breve espacio de carretera asfaltada y por un camino de una tierra de extraña textura; observé intrigado señales de circulación sobre un pedazo de acera, muchas lámparas; escaparates repletos de anillos, pendientes y pulseras: la baranda metálica de una escalera, una cantimplora, una cartera, un cuaderno, un trozo de papel, lápices de colores, pupitres perfectamente alineados, el mostrador de una tienda, un coche sin una rueda, relojes...
“En efecto, cada objeto señala un momento de un sueño y guarda una sensación propia. Así aprendí que cada sueño es distinto, como cada alegría, como cada sorpresa. Aunque resulte imperceptible en un primer momento, obsevándolos, oliéndolos, o llevando mis manos de unos a otros con la rapidez que quiera, recibo una multitud de estímulos distintos en su semejanza, cargados de recuerdos imperecederos que me permiten vivir en el país de los sueños; y de esta forma poderlo ofrecer y explicar a mis visitantes”.
Así fue como me invadió una alegría y una plenitud jamás imaginadas. Cuando un fluido inesperado de ruido intervino, sólo me quedó apretar los ojos con denuedo, y recordar por última vez el dulce rostro de María del Mar Dream, su sonrisa en el interior de su Museo de los Sueños, ese que visité inducido por la curiosidad de leer el diminuto texto colocado sobre el dintel de la pequeña y envejecida puerta de entrada. Segundos después, sabiendo ya que era jueves, olí por última vez el perfume de esa certeza de felicidad, esperando encontrar dentro de mi mano izquierda, al menos un diminuto anillo.
11 abril 2007
08 abril 2007
ROCK Y CIRCO NO ES PAN Y CIRCO
CRAG + Guerrero García, José Ignacio Lapido.
23 y 24 de febrero, El Circo del Arte (Granada).
23 y 24 de febrero, El Circo del Arte (Granada).
El Circo del Arte es una carpa circense permanente construida en Granada, de errática peripecia y merecedora de mejor suerte. Este fin de semana fue utilizada para la música, lo cual no es mala opción. Dentro de las actividades del ciclo dedicado a la poesía “El sur que se desborda hacia todos los sures”, Guerrero García abrieron el día 23 para CRAG. José Antonio García, tras diez años desde la separación de 091, vuelve a la carga con el que parece su proyecto con mejor salida. Ha formado junto a Tony Guerrero, otro habitual de la escena granadina, una banda que retoma los presupuestos sonoros de su grupo de siempre, y él está como pez en el agua, claro. Una formación solvente y enérgica, con sonido contundente de adscripción americana, efluvios sureños y ramalazos stonianos; a la caza de buenos estribillos y de riff potente que no hace ascos a los solos y cierta pirotecnia. Los temas funcionan, aunque los mejores son demasiado reminiscentes de los cero. Volvió a la escena el José Antonio de siempre, dejando un aura mucho más nostálgica del pasado que el propio Lapido, y marcando su impronta en temas como “Espía del silencio” o “El cielo en mi cabeza” que, junto al brioso r´n´b de “Elvis nunca se quejó”, convivieron con el despliegue vocal demostrado en “Trozos de sueños”, y el desparrame de su versión de “La banda del carro rojo” de los Tigres del Norte, interpretada por el batería, José Rueda. Para despedirse, una curiosa revisión de “La canción del espantapájaros” de 091 con el único acompañamiento de diversas percusiones tocadas por todos. Más tarde aparecieron CRAG, el suyo fue un concierto relajado, autocomplaciente y constantemente interrumpido por chistes y anécdotas, a veces más largas de lo deseable. Una entrañable recapitulación con el interés añadido de ver por primera vez por estas tierras a los cuatro sentados en escena, todos acústica en ristre, menos Rodrigo, fiel a su eléctrica. Tras ellos, discretos y esenciales acompañantes, se encontraban batería, bajo y teclados para conformar un sonido correcto. En cada tema se fueron repartiendo la voz principal según la autoría, pero sin dejar de compartir estrofas, hacer coros y crear sutiles armonías de las que erizan la piel; mayormente Cánovas, Adolfo y Guzmán, ya que Rodrigo, con la voz más tocada, cantó partes de las suyas, dedicando el resto del tiempo a hacer de maestro de ceremonias con su retórica habitual y apuntar fraseos y algún solo. Comenzaron con ímpetu y vigor blues con “1.985, los Blues” y “Fines de enero”, y a partir de ahí empezó la alternancia. Rodrigo cantó “Nuestro problema” y dejó el protagonismo a los otros en “Linda Prima”, “De Piel Trigueña”, “Sólo pienso en ti” o la esencial “Señora Azul” guardada celosamente para las postrimerías. Guzmán, irredento y excesivo animador, con su marcado acento beatle, aportó otro tema de Solera, “Las calles del viejo París”, “El Río” y picoteó en su carrera con el pop más convencional de “Perdí mi oportunidad” de Cadillac y “El país de la luz”, de su disco homónimo de 1.978. Cánovas, portentoso en la voz, dejó su acento americano en “Paraíso de algodón”, el trote country de “El vividor” (tema versionado con gran tino en otro tiempo por José Antonio García), rematado con las armonías vocales del final de “Suite: Judy blue eyes” de C, S & N; "Sé Tú”, tan reminiscente de éstos, y la balada “Necesito tenerte”. Adolfo, por su parte, aportó composiciones suyas con letra de Rodrigo como “Mi cama de bambú”, “Sombras en su corazón” (única muestra del elepé del 94, grabado sin Cánovas), el mítico “Don Samuel Jazmín” del disco del 74 y una esplendorosa recreación de “Summertime Girl” de los Íberos, su banda de los sesenta. Como despedida, y un cuarto de hora antes de que muriésemos todos de frío, recuperaron “Queridos compañeros”, tema titular del elepé del mismo nombre y cerraron el círculo volviendo a “Los Blues”. El día siguiente fue el de Lapido. Con el tema de la calefacción algo aliviado, los de José Ignacio volvieron a brindarnos lo que ya podemos denominar como una auténtica descarga. Una banda bien engarzada con la única novedad del bajista; juegos de guitarras elaborados y crujientes, de protagonismo compartido y liberadora complicidad; tensión sonora que exuda blues y convive con cuidados coros, a los que se suma el detallista batería Popi, y voraces barridos de órgano (por desgracia a veces sólo intuidos), que se alternan con obsesivos o tenues pianos. Potente pegada la de “Roto”, estupendo el crescendo de “Bellas mentiras”, la contención de “Por sus heridas”; o el trío final: “Más difícil todavía”, con su piano y riff retrotrayéndonos a una sudorosa velada del mejor pub-rock; “Noticias del infierno”, cortante, llena de aristas, y “Espejismo nº8”, ese tema postrero de 091 que Lapido no para de redefinir, destacando como lo que es, un vibrante ataque garajero que entra en un vacío de trance blues antes de volver a salir disparado. Una primera tanda de bises se inició con la interpretación a piano y voz de “Con la lluvia del atardecer”, se introdujo por senderos dylanianos con dos temas de su primer álbum de emocionante cocción eléctrica (“Cuando las palabras vuelvan del exilio” y “Ladridos del perro mágico”); y abrió finalmente el consabido repaso al cancionero de 091, con las ya habituales “Esta noche” y una lectura rápida pero más matizada de “Zapatos de piel de caimán”. Desgraciadamente hubo de parar ahí por orden municipal, debida a las protestas de los vecinos por el ruido. Algo vergonzoso a estas alturas, llegar a esa situación. Nos perdimos la novedad de su revisión de “La noche que la luna salió tarde” y la ya imprescindible “Qué fue del siglo XX”.
Publicado en el nº 237 de la revista Ruta 66.
26 marzo 2007
"El olvidar la historia...
"El olvidar la historia y, de hecho, el error histórico, son factores esenciales en la formación de una nación, y ése es el motivo por el que el progreso de la investigación histórica a menudo constituye un peligro para la nacionalidad" (Ernest Renan)
25 marzo 2007
SR. CHINARRO “El mundo según” (Mushroom Pillow, 2.006)
Vuelvo a sentir el murmullo, el soniquete acercándose. Noto que crece y se deja permear, absorbe; a veces parece cambiado, pero es un espejismo: el tempo, la voz y el sentido de canción de Antonio Luque no varía en esencia. Arrastrando desde el inicio de su carrera todo el catálogo de clichés del sonido indie ha sido, sin embargo, el autor más personal aparecido por estos lares, tan hermético como imprevisible, tan irregular como inspirado. Demostrando desde su esquematismo, capacidad de maniobra e intuición.
Aquí mantiene el pulso, tras el retorno al placer de componer con “El fuego amigo”.
Retornan los textos lanzados con la ironía del descreído; la argamasa de frases hechas, juegos de palabras que provocan alteraciones de la cordura, y descripciones aleatorias que conforman esa particular lógica de imágenes poderosas o absurdas que se construye en cada canción. En este trabajo vuelven a imponerse el colorido, la vitalidad y la variedad; destacan la consistencia rítmica, las guitarras elegantes y la claridad y suficiencia de los arreglos. Permanece el amor a los Cure y Smiths en las planas “La decoración” y “El mar de la tranquilidad”. Entroncan con su pasado un grupo de temas reminiscentes de la etapa 96-98, en la que maduró su personalidad melódica: “Esplendor en la hierba”, “Ángela”, “Militar” o “No dispares”, con su contorno tan Décima Víctima. “La última cena” y “Del montón” remiten a Los Coyotes, pareciendo la segunda una lectura rumbera del “Cien guitarras” con retardo Chinarro. “El lejano oeste” se desenvuelve entre aires fronterizos, y “Ni lo sé…” tiene un ligero matiz planetero. Mientras, “Penningstone” es una amable y tierna celebración pop dedicada a su hijo, con coros tomados prestados a Leonard Cohen; muy lejos de la intensa “Gitana”, que gira y gira entre dramáticos aires flamencos con evocaciones de Morricone.
Publicado en el nº 236 de la revista Ruta 66.
Aquí mantiene el pulso, tras el retorno al placer de componer con “El fuego amigo”.
Retornan los textos lanzados con la ironía del descreído; la argamasa de frases hechas, juegos de palabras que provocan alteraciones de la cordura, y descripciones aleatorias que conforman esa particular lógica de imágenes poderosas o absurdas que se construye en cada canción. En este trabajo vuelven a imponerse el colorido, la vitalidad y la variedad; destacan la consistencia rítmica, las guitarras elegantes y la claridad y suficiencia de los arreglos. Permanece el amor a los Cure y Smiths en las planas “La decoración” y “El mar de la tranquilidad”. Entroncan con su pasado un grupo de temas reminiscentes de la etapa 96-98, en la que maduró su personalidad melódica: “Esplendor en la hierba”, “Ángela”, “Militar” o “No dispares”, con su contorno tan Décima Víctima. “La última cena” y “Del montón” remiten a Los Coyotes, pareciendo la segunda una lectura rumbera del “Cien guitarras” con retardo Chinarro. “El lejano oeste” se desenvuelve entre aires fronterizos, y “Ni lo sé…” tiene un ligero matiz planetero. Mientras, “Penningstone” es una amable y tierna celebración pop dedicada a su hijo, con coros tomados prestados a Leonard Cohen; muy lejos de la intensa “Gitana”, que gira y gira entre dramáticos aires flamencos con evocaciones de Morricone.
Publicado en el nº 236 de la revista Ruta 66.
15 marzo 2007
CABALLERO REYNALDO “Hispano Olivetti” (Hall Of Fame, 2.007)
Luís González aparca su particular mundo psych-prog-jazzy-popular…, sonríe, se frota las manos y se zambulle en el de su amigo Malcolm Scarpa, cocinando él solito un curioso e inspirado homenaje al músico madrileño, a cuya etapa más brillante y prolífica (1993-1996), se acerca con cariño e indudable respeto en estos trece cortes; todos de mayor duración que los originales, salvo “The Good Old Neighborhood”, y enlazados por el persistente teclear de un máquina de escribir. Consigue, con esta recreación del cancionero scarpiano, infundir su mirada a un repertorio cuya calidad intrínseca ilumina y facilita el camino. Juega, cambia, mima, desordena y experimenta con estilos, efectos, tempos e interesantes e inesperados arreglos que invito a descubrir tras sucesivas escuchas; sin que ello menoscabe en ningún momento su halo de viñeta íntima e intemporal. Para redondear el concepto ha tenido la brillante idea de introducir y salpicar cada tema con textos extraídos del libro de ocurrencias de Malcolm Scarpa “Qué te debo, Jose” (Gamuza azul, 2.001), relacionándolos con cada tema y narrados por la voz infantil de Anibal. Hay representación de cada disco de aquel período, destacando los cinco revisiones de “My Devotion” (1.994). “About Old Stolkhölm”, “Heartbreak Ahead” y “Tribute To La France” se lentifican y espesan con ritmos marcados y bajos ondulantes. “Hall Of Fame” discurre entre percusiones, acústica y numerosos y leves arreglos, más preciosista y sinuosa que la original. Lo chispeante de “Sweet Sweet Lips” se subvierte a base de riffs y final setentero; endurecida, recuerda el inicio de “Friction” de Television; a su vez, “Do The Funny Hop” toma blindaje disco-funk. “Funkadella” pasa con naturalidad del ska a embriagarse de dub; y el country campa por sus respetos en “Instant Soup” (en sustitución de ese delicado vals tan Kinks primigenio), la mutación hillbilly de “Last Night I Feel For Jenny”, o el banjo que acompaña la costumbrista y también reminiscente de Davies “The Good Old Neighborhood”; mientras, el country de “Cellophane House”, emprendiendo el camino inverso, se deja invadir por los efluvios de Captain Beefheart. “The Girl I Once Knew” se licúa en vivacidad y placidez soul, y la psicodelia madchesteriana de “This Time (Malcolm´s Not My Name)”, pierde el toque bailable retrotrayéndose a 1.967 y conservando el matiz oriental del original. Es la primera de una serie de grabaciones que aparecerán a lo largo de este año, consistentes en la recreación de composiciones ajenas. Como recomienda la frase final del disco: “consumir preferentemente antes del fin del mundo”.
Publicado en el nº 236 de la revista Ruta66.
Publicado en el nº 236 de la revista Ruta66.
02 marzo 2007
DIEGO VASALLO - ROGER WOLFE “La máquina del mundo” (Gasa, 2.006)
Diego Vasallo no da nunca una letra por perdida, ni siquiera en sus etapas en Duncan Dhu y Cabaret Pop ha descuidado ese aspecto. Con el tiempo, su pluma ha ganado en sobriedad y lucidez, capacidad metafórica y descriptiva, por lo que su encuentro con el escritor Roger Wolfe se antoja de lo más pertinente. No resulta fácil la emergencia para una figura como la del donostiarra, tan marcada para bien o para mal por su pasado musical. Su evolución es el camino de despojamiento y destilación de un resolutivo compositor pop que, sin llegar a perder nunca ese punto melódico y preciosista, busca la esencia de la expresión, de la intemporalidad, incorporando variadas raíces musicales a su discurso (destacando la tradición mediterránea y europea), logrando que su cancionero soporte el fuego lento sin oler a chamusquina. Esta tendencia asomó en algunos momentos de “Criaturas” (1.997), confirmándose a partir de “Canciones de amor desafinado” (2.000), donde comienza su fructífero encuentro con el productor Suso Sáiz, que se desarrollará plenamente en el disco-libro conjunto “El cuaderno de pétalos de elefante” (2.002) y en “Los abismos cotidianos” (2.005). Este “La máquina del fin del mundo” reúne a dos creadores que nos miran desde la misma carretera perdida. Roger Wolfe, escritor inglés crecido en España, aporta todos los textos: inquietantes, irónicos, minuciosos, sombríos, descarnados. Oscuramente reflexivos, con mucha de la desolación de la narrativa norteamericana. Vasallo convierte en canción una parte de ellos (con esa voz cargada de nicotina y cansancio que usa desde “Canciones de amor desafinado”), tal que “Todas las noches” (estimulante y valiente inicio con sus nueve minutos), “La Poesía” (que recoge la idea borgiana de que cualquier cosa es susceptible de transmitirla) y “La máquina del mundo”, que son celebraciones balcánicas que transcurren entre gomosos e infatigables pianos, acordeones a punto de derrapar o febriles cuerdas. Hay sencillas viñetas folk como “Llueve”, conducida por una guitarra luminosa o “La avería”, con ese acordeón que va desenvolviéndose; y el postrero vals “La primavera”. El resto son recitados de Wolfe (que fluyen con naturalidad entre las canciones dejando un hondo calado, os lo aseguro), musicados por Joserra Semperena y Sáiz, que también comparten con Vasallo las labores de producción. Destacan el encuentro de las palabras con el vals que mece “Cuando me aburro”, el emocionante discurrir de “El calor” o el repiqueteo de piano en la trepidante “Atracadores”.
Publicado en el nº235 de la revista Ruta 66
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26 febrero 2007
PAPÁSOE
Hola papi, vivo en Andalucía, por lo que comprenderás que ya te considere mi papaíto con todas las de la ley. Antes que nada, gracias por ese instinto de protección tan puro y noble que nos demuestras siempre. Te entiendo perfectamente, tú nos das la libertad, la cultura, la trasgresión adecuada para estos tiempos tan complicados, los derechos más avanzados y, sin embargo, algunos desaprensivos tratan de aguarnos la fiesta, a ti, nuestro papá, y a nosotros, tus millones de hijos que enlazados de las manos bailamos gráciles a tu alrededor. Sí, dan ganas de hacerlos desaparecer verdad, un chasquido de los dedos y todos fuera, sólo nosotros, ¡qué felicidad!, entendiéndonos con sonrisas y afables palmadas. Caminando de la mano hacía Europa. Otro de nuestros padres, Octavi Martí, ha dicho en un programa de la televisión francesa que debían prohibir la Cadena Cope y el diario El Mundo… qué tentador. Perturban nuestra paz, oscurecen la blanca pureza de nuestra certeza, tratan de doblegar la rectitud de ese camino acolchado que tan escrupulosamente has construido para nosotros. Qué valientes los de la tele pública, hablando de todo; han quitado una entrevista a José María García porque les ha dado la gana, con un par, así se hace, qué reflejos, qué instinto tan enraizadamente paternal. Antes había que ocultarse un poco, por aquello del que dirán, pero ahora nuestro padre se manifiesta abiertamente: un texto de aviso en pantalla y a otra cosa. Esto… ¿no podríamos encarcelar a ese tal García? Es un carca, seguro que facha y católico, un hortera machista que no ha ido al cine en los últimos treinta años, brrrr, qué temblor, me recuerda lo más oscuro del franquismo que no viví, pero que recuerdo perfectamente, todos los días. Espero que todo el mundo coincida espontáneamente en volverle la espalda y que jamás pueda volver a manifestarse en público (sí, Padre Octavi, debemos cerrar El Mundo y la Cope… y revisar internet, que he leído a algunos personajes algo raros).
Gracias Papá, de nuevo. Cuando paseo por mi hermoso país me siento flotando sobre el Estado más moderno de Europa. ¡Qué seremos cuándo sólo opinemos, actuemos, decidamos y vivamos los nuestros! Qué hermoso tu empeño porque seamos todos iguales, tus esfuerzos por convencer a los que no piensan igual que nosotros, la generosidad que despliegas con tantas oportunidades que les das para que recapaciten, invitándolos a disfrutar de nuestra igualdad, nuestra libertad.
Sabes, papá, lo cierto es que a veces (no me malinterpretes por favor), me gustaría, sólo por curiosidad, leer algo de lo que dicen esos otros, y debo de reconocer que el otro día me quedé con ganas de ver a García. No debes temer papuchi, siempre seremos tuyos, y bailaremos cogidos de la mano a tu alrededor, nunca te abandonaremos a tu suerte; pero quizá estaría bien que nos dejarás (alguna vez) opinar a nosotros, ya sabes, por aquello de crecer y ser ciudadano, que comentan algunos en Europa, siempre sacándole punta a todo. Asomarnos sólo un poquito a ese precipicio de odio y sinrazón que son los que no piensan como nosotros. Será como viajar, papi, para confirmar que cómo en la casa de uno, en ningún lado.
Nadie habla como tú, ya lo sabes; qué emoción esas palabras al viento, que conforman nuestra rocosa personalidad democrática: activar mecanismos, ser discretos, buscar nuevos escenarios, dialogar, consenso, evitar la crispación, construir entre todos, poner herramientas adecuadas en manos de nuestros políticos. Uff, qué felices vamos a ser. ¿Verdad, papá?
Gracias Papá, de nuevo. Cuando paseo por mi hermoso país me siento flotando sobre el Estado más moderno de Europa. ¡Qué seremos cuándo sólo opinemos, actuemos, decidamos y vivamos los nuestros! Qué hermoso tu empeño porque seamos todos iguales, tus esfuerzos por convencer a los que no piensan igual que nosotros, la generosidad que despliegas con tantas oportunidades que les das para que recapaciten, invitándolos a disfrutar de nuestra igualdad, nuestra libertad.
Sabes, papá, lo cierto es que a veces (no me malinterpretes por favor), me gustaría, sólo por curiosidad, leer algo de lo que dicen esos otros, y debo de reconocer que el otro día me quedé con ganas de ver a García. No debes temer papuchi, siempre seremos tuyos, y bailaremos cogidos de la mano a tu alrededor, nunca te abandonaremos a tu suerte; pero quizá estaría bien que nos dejarás (alguna vez) opinar a nosotros, ya sabes, por aquello de crecer y ser ciudadano, que comentan algunos en Europa, siempre sacándole punta a todo. Asomarnos sólo un poquito a ese precipicio de odio y sinrazón que son los que no piensan como nosotros. Será como viajar, papi, para confirmar que cómo en la casa de uno, en ningún lado.
Nadie habla como tú, ya lo sabes; qué emoción esas palabras al viento, que conforman nuestra rocosa personalidad democrática: activar mecanismos, ser discretos, buscar nuevos escenarios, dialogar, consenso, evitar la crispación, construir entre todos, poner herramientas adecuadas en manos de nuestros políticos. Uff, qué felices vamos a ser. ¿Verdad, papá?
21 febrero 2007
CORCOBADO “Editor de Sueños” (Dro Atlantic, 2.006)
A estas alturas decir Corcobado, es referirse a una manera muy personal de entender la expresión artística, forjada en los últimos veinte años. Permanece el cantante y poeta apasionado, desgarrado pero ya mucho más reflexivo que torturado: la mirada clavada, la media sonrisa, el susurro y el aullido. Su sonido, con los años ofrece un marchamo poderosísimo, tan retro como expansivo e intrigante, contando en esta ocasión con la vuelta de la guitarra de Javier Arnal, desaparecida desde “Arco iris de lágrimas”. Tomando como referencia su feliz regreso del año 2.003 con “Fotografiando al Corazón”, “Editor de sueños”, sin aportar demasiado ni desmerecer, abunda en las sonoridades etéreas y evocadoras sin renunciar al caos controlado. Detalles acústicos y estructuras clásicas y sencillas, contrapunteados por cajas de ritmos, efectos y entramados de sintetizador, crean una intensa y vivificante confrontación de burbujeantes texturas, cargadas de magnetismo sin perder la potencia y corporeidad de una buena canción. Persisten las suaves melodías que llegaron al mundo del madrileño, procedentes de la música melódica de los setenta para perderse y enfatizarse en su vaporoso concepto, como “Susurro” o el delicado valsecito “Amar”. “Editor de sueños” remite al Corcobado punzante de guitarras obsesivas y asfixiado garaje apocalíptico. ”No quisiera” es el bolero suyo de siempre, cortante y de doloroso lirismo. Trepidante blaxploitation, con agujero negro en medio, circula por el instrumental “Invernadero”; y una atractiva guitarra matiza “Si usted pudiera matar” mientras que “Orquesta de perros” y la chispeante y sixties “Todo empieza con un beso” son de lo más pop que ha compuesto nunca. Por su parte, la voz y composición de Paula Grau se estrenan en “Bahía eléctrica”, frío electro-pop a lo Young Marble Giants.
Finalmente, una despedida tan corcobadiana como “Extermínense” (¿otro “El corazón de tu cabeza”?), desequilibra la colección de canciones con sus veinticuatro minutos: guitarras, aristas, reiteración, riffs en crecimiento, riffs en loop, fantasma progresivo, y espíritu stoogiano; ruido, silencios, disonancias. Nada que deba sorprendernos ya.
Publicado en el nº 235 de la revista Ruta 66.
Finalmente, una despedida tan corcobadiana como “Extermínense” (¿otro “El corazón de tu cabeza”?), desequilibra la colección de canciones con sus veinticuatro minutos: guitarras, aristas, reiteración, riffs en crecimiento, riffs en loop, fantasma progresivo, y espíritu stoogiano; ruido, silencios, disonancias. Nada que deba sorprendernos ya.
Publicado en el nº 235 de la revista Ruta 66.
18 febrero 2007
DIRECTO NACHO VEGAS
Sala Industrial Copera, Granada (12-01-07)
Amplia afluencia de público para recibir a un Nacho Vegas recién aterrizado de Méjico, donde ha compartido escenario con Bunbury. A pesar de tratarse de un concierto acústico, sin más aditamento, y en un espacio grande, pudo disfrutarse con una calidad de sonido razonable y la atención del público necesaria para apreciar una actuación de estas características. Vegas, acompañado de Xel Pereda, hizo acto de presencia sobre un escenario mínimamente iluminado, decorado con sillones blancos y una mesita con lámpara y botella de whisky y vasos, utilizados con asiduidad. Desde el inicio con “Noches árticas”, “Cerca del cielo” y “Días extraños”, el magnetismo funcionó y quedó claro que el asunto tomaba una atractiva dirección: el apoyo de mandolina y los coros de Pereda dando el contrapunto necesario, la presencia justa para percibir tanto la desnudez interpretativa de Vegas, como para realzar y colorear apropiadamente el resto del repertorio. La mandolina asomó en otras ocasiones (destacable en “Qué te vaya bien, Miss Carrusel”), alternándose con acústica y banjo (en un tradicional asturiano que formará parte de un álbum de próxima aparición, quizá llamado “Teresiña” y en “Cazador”). En temas como la confesional “Ocho y medio” y la adaptación de “Stranger song”, sólo apareció la presencia espartana del hombre del norte. Este formato, lejos de limitar las posibilidades del cancionero de Nacho, potencia sus virtudes, y es prueba irrefutable de la grandeza de sus composiciones y de las posibilidades de su creador, lanzadas desde su guitarra y sus pies clavados en el suelo. La versión que encierra a todos los Vegas, destacando tanto el irónico, surrealista y burlesco de “El hombre que casi conoció a Michi Panero” y “Nuevos planes, idénticas estrategias”, como el narrador, el intimista o el anhelante; el dylaniano, el sombrío o el que deja ver destellos de luz. La turbia “En el jardín de la duermevela”, prevista como despedida, propició el duelo de guitarras, llegando en algún momento a recordarme a aquel hombre del ruido de Manta Ray. Y los aplausos del público propiciaron una postrera despedida con “Añada de Ana la friolera”.
Publicado en el nº235 de la revista Ruta 66
13 febrero 2007
DIRECTO EL DOGHOUSE
Sala Planta Baja, Granada (15-12-06)
El Doghouse es una banda formada por tipos especiales afincados en Granada: fundamentalmente Richard Dudanski (batería de los 101´ers de Joe Strummer y de otras muchas formaciones como Raincoats o PIL), y el neoyorquino Tom Lardner. Veterana pareja de trotamundos de hirviente sangre eléctrica. En esta ocasión prescindieron de la guitarra solista de Pepe Olmedo, por lo que Tom llevó todo el peso y hubo de centrarse más en precipitar sus dedos sobre su instrumento. Presentados en formato trío, Maki, hijo de Dudanski, completa la formación encargándose del bajo. Su repertorio es rotundo, rabioso, urgente; encalabrinado, bascula entre el rock musculoso, el blues y el punk. Lardner es un vendaval, un guitarrista salta punteos de los que muerden el riff, inmediato, apasionado intérprete que se vuelca ante el micro al modo de Joe Strummer. Esto, unido a la eficaz pegada de Dudanski, propulsa un cancionero que pasa como un suspiro trazando las líneas maestras del rock más estimulante de toda la vida. Presentaron temas que irán en su inminente lanzamiento (“Screamin´”), como el riff setentero de manual de “Who´s Miles” o “Screamin´ Bloody Murder”, que me recuerda por momentos a Ian Dury. Recuperaron composiciones de su primer trabajo, “In Heat”, como el rock´n´roll rasposo “Ball Of Pain”, el swing demoledor de “Do the Hound” o “Cat In Head” y su aire funk tejano a lo S. R. Vaughan. En el tramo final aceleraron el paso con “Silent Telephone” de los 101´ers, a la que dotan de blindaje punk sin que pierda su pulso rítmico, revisaron “De Ti Depende” de Eskorbuto (aportación, imagino, de Maki, que también se encargó de la voz), y tocaron “Burro Blues” obcecada pieza cuyo nombre lo dice todo. Los temas con mayor acento blues contaron con el meritorio trabajo a la armónica del experimentado bluesmen gaditano Alfredo “All Freedom” Martínez, con una pinta de recién caído de una foto de Crosby, Stills & Nash de no te menees. Los bises, cumpliendo su misión de broche final, fueron aniquiladores e instantáneos, con un “I Don´t Wanna” de Sham 69 saliendo disparado y el siempre irresistible “Janie Jones”. Sonrisa en la cara.
Publicado en el n´º235 de la revista Ruta 66
07 febrero 2007
MI INTERIOR HUELE A TU MAQUILLAJE
Siempre que me siento inseguro cepillo mis chaquetas, las coloco en el armario, me acomodo y me pongo a verlas. Siempre que me siento inseguro oigo miles de grillos silbándome desde el techo; entonces voy a visitarte con mi mejor chaqueta, y me viene de pronto el dolor del tiempo a la garganta, como si me estuviese tragando una navaja. Una navaja vieja y piadosa que no corta, sólo obstruye el significado de las cosas en mi mente, cuestiona la horizontalidad del suelo y no hace más que revisar el color de mis zapatos.
Conforme me acerco al cristal de tu urna dorada me noto crecer las uñas, y pienso que no voy a poder encajar las manos en los bolsillos de mi chaqueta, mis pupilas discurren con inquietud pero sólo miran en una dirección, la del pasado. Ahora mis huesos bailan y mi carne se debilita, me vuelvo amorfo y doy gracias por tener una chaqueta que impida que los demás se topen con mi interior. Mi interior huele a tu maquillaje.
Siempre que me siento inseguro el olor agriado de tu maquillaje me salva y me desgarra, me traslada, me lleva al lugar en el que no esperar nada salvo que me mires.
Imbuido del dolor de tu maquillaje entro en tu pecera dispuesto a relatarte cosas que no he hecho; miro a mi alrededor y me veo rodeado de peces que te miran y sonríen, tú también los miras y sonríes. Ya estoy sentado en un taburete saboreando ese aroma, sintiéndome propietario de tu pasado mientras tú lo eres de mi futuro.
Me miras, te vas y vuelves con una copa. Los peces se extrañan de que no necesites preguntarme qué quiero beber, y te miran y no sonríen, y me miran y no sonríen; entonces recupero fuerzas para interpretar mi papel, enciendo un cigarro y me quito la chaqueta, es la señal. Así que vienes a mi encuentro y yo te relato cosas que no he hecho, pero que quise hacer; y tú me sonríes sólo a mí, y me traes copas sin que te lo tenga que pedir, y los otros ya no nos miran, no te sonríen al pedirte más bebidas o la cuenta. Cuando se van me miran pero no me importa, ya no soy amorfo, incluso me gustaría que oliesen en mí tu maquillaje.
Todo empezó cuando éramos dos inútiles que se miraban y reían; todo acabó cuando tú dejaste de ser inútil y yo dejé de reírme.
Conforme me acerco al cristal de tu urna dorada me noto crecer las uñas, y pienso que no voy a poder encajar las manos en los bolsillos de mi chaqueta, mis pupilas discurren con inquietud pero sólo miran en una dirección, la del pasado. Ahora mis huesos bailan y mi carne se debilita, me vuelvo amorfo y doy gracias por tener una chaqueta que impida que los demás se topen con mi interior. Mi interior huele a tu maquillaje.
Siempre que me siento inseguro el olor agriado de tu maquillaje me salva y me desgarra, me traslada, me lleva al lugar en el que no esperar nada salvo que me mires.
Imbuido del dolor de tu maquillaje entro en tu pecera dispuesto a relatarte cosas que no he hecho; miro a mi alrededor y me veo rodeado de peces que te miran y sonríen, tú también los miras y sonríes. Ya estoy sentado en un taburete saboreando ese aroma, sintiéndome propietario de tu pasado mientras tú lo eres de mi futuro.
Me miras, te vas y vuelves con una copa. Los peces se extrañan de que no necesites preguntarme qué quiero beber, y te miran y no sonríen, y me miran y no sonríen; entonces recupero fuerzas para interpretar mi papel, enciendo un cigarro y me quito la chaqueta, es la señal. Así que vienes a mi encuentro y yo te relato cosas que no he hecho, pero que quise hacer; y tú me sonríes sólo a mí, y me traes copas sin que te lo tenga que pedir, y los otros ya no nos miran, no te sonríen al pedirte más bebidas o la cuenta. Cuando se van me miran pero no me importa, ya no soy amorfo, incluso me gustaría que oliesen en mí tu maquillaje.
Todo empezó cuando éramos dos inútiles que se miraban y reían; todo acabó cuando tú dejaste de ser inútil y yo dejé de reírme.
28 enero 2007
“VIL GUERRA CIVIL”
Estimados Psicocamaleones:
No creo que sea posible para un país olvidar algo tan demoledor como una guerra civil, y, por supuesto, para nada aconsejable; otra cosa es su superación. Es una herida abierta y profunda, un agujero negro que jamás se conseguirá llenar de olvido; una explosión de odio cuya metralla se extendió en una cruenta y larga contienda, y no sólo eso, sino que se reprodujo y creció en miles de venganzas personales por parte y parte, ajustes de cuentas, ultrajes, robos, injusticias y humillaciones que no cesaron realmente mientras duró la dictadura; sólo el tiempo y el aguante silencioso fueron aminorando la presión y el ahogo, desdibujando el rostro oscuro de esa España del terror que, en los mejores momentos, sólo parece estar escondida. Esquirlas de metralla negra que aún nos sobrevuelan, dejando un olor picante a miedo y frustración, cuando observamos el limitado apego democrático de los partidos políticos, o ese Estado que sigue siendo temida e interesada madrastra, acostumbrado a pagar mediocres lealtades que emponzoñan el aire, y que cierra el círculo de su propio poder advirtiéndonos de lo monstruoso que es el rival y de lo mal que lo pasamos en… La Guerra Civil.
El frío gris de la dictadura y el miedo llegaron a su fin y la libertad se quiso disfrutar a chorro, el color subsiguiente dejó alegría, luz, absurdos diosecillos y un aire al menos respirable. El recuerdo de la Guerra y el franquismo suponía en los albores democráticos un lastre para la juventud, al menos para la menos progre (éstos abominaban del rock´n´roll). Sólo parecía haber dramatismo, gravedad; el cine y la música iban de lo gris a lo presuntuoso en el mejor de los casos, salvo capitales excepciones. Pero la desconexión con la realidad llegó en algunos casos a extremos difíciles de asumir: el día del golpe de estado del 23 de febrero de 1.981 (explosión en la cara de todos los peores presagios de esa España negra y virulenta), Nacha Pop no suspendieron su concierto, y los Pegamoides de Alaska pensaban que todo eso era cutre…, cutre y lo peor…, de lo peor, y decidieron citarse en el londinense Piccadilly si las cosas se ponían feas…, feas. Otros buscaban su catarsis provocando con lo innombrable: Gabinete Caligari se presentaron en uno de sus primeros conciertos en la madrileña sala Rockola, un 23 de julio de 1.981, así: “Buenas noches, somos Gabinete Caligari, y somos fascistas”, teniendo la “suerte” de recibir una elogiosa crítica del periódico franquista “El Alcázar”. Un par de años más tarde, su primer elepé incluiría el tema “Maquis”, canción dedicada a la voluntariosa y limitada oposición armada al franquismo durante la primera posguerra. Terminaba así: “Maquis de hoy, ¡qué pocos sois!, Maquis de hoy, ¿y el corazón?”. Por cierto, la letra fue coescrita por la banda y la posteriormente conocida como Ana D.
En 1.983 salió al mercado el elepé “Manifiesto Guernika” de los granadinos T.N.T., en mi opinión el mejor disco de punk que se ha hecho por aquí. Sólo traicionado por el sonido y muy mejorable en la ejecución, como tantos discos españoles de aquellos ochenta. Nunca me he creído los textos de este tipo de grupos, son demasiado epígonos y forzados por estéticas nihilistas o contestatarias, un juego de niños en el fondo que rápidamente se quema en el tiempo. Aquí se veía algo de todo esto: emulación, nihilismo, pose; pero también reflexión, humor, zozobra y textos inteligentes. El tema titular del disco describía los horrores de la guerra influido por el “Guernica” de Picasso. Su estribillo repetía “azul y rojo es destrucción”.
La República se ha convertido para mucha gente en el Paraíso perdido (realmente, ¿qué es un paraíso si no está perdido?), el sueño común truncado por un destino aciago. Quizá, añorar esa época, lo que pudo ser de haber ido todo bien, nos permite olvidar lo consumistas y vacuos que somos; lo inane de las iniciativas sociales de la mayoría de nosotros; el poco compromiso que queda cuando se desinflan los eslóganes en el aire de la confrontación airada, y sólo queda por delante la cotidianidad aburrida para fraguar propuestas reales; las horas de telebasura que nos tragamos cuando volvemos de apalear al enemigo con los ojos vendados; lo teledirigidos que estamos; o el espacio cívico justo y saneado que tanto nos cuesta alcanzar por no querer poner mínimamente en peligro nuestro bienestar. Joaquín Sabina, el hombre más republicano del mundo, tenía registrado el nombre La Tercera República, que terminó cediendo generosamente a una banda capitalina en la onda Secretos.
El grupo madrileño de rock urbano Los Canallas editaron en 2.000 un disco mayoritariamente formado por canciones de la Guerra Civil (bando republicano), titulado apropiadamente “Nunca Más!”. En él se podían escuchar clásicos como “Si me quieres escribir”, “La Tarara” o “Himno de Riego”. Contaron con la colaboración de Loquillo (en “L´Estaca” de LLach, uno de los cortes no reminiscentes de la época) y con el boicot de la CNT (si es que no tenemos remedio). Hablando del rockero barcelonés, en 2.004 produjo y puso música al documental dirigido por su pareja, Susana Koska, ”Mujeres en pie de guerra”, basado en la experiencia de mujeres del bando republicano narradas en primera persona. La banda sonora fue editada en CD.
El mundillo radikal abunda en ejemplos de versiones aceleradas de temas republicanos o inspirados en la Guerra. No nos detendremos. Sólo recordar aquel estribillo de La Polla Records en “No somos nada”: “Somos los nietos de los que perdieron la Guerra Civil…” (ojalá algún día uno de esos nietos llegue a Presidente del Gobierno sin necesidad de usar ese dato políticamente). O aquellas palabras de la portada y contraportada del segundo elepé de Kortatu, “La línea del frente”: “Irún (1.936).- Milicianos antifascistas defienden…bajo el fuego enemigo y alrededor de la Ikurriña… el general Mola ataca Irún. Objetivo: cortar a las provincias vascongadas de la frontera francesa…”. Ya saben, el año en que España invadió el País Vasco mientras el resto del Estado vivía un dulce verano.
El segundo trabajo del combo de jazz Juan Camacho Quintet, editado en 2.000, llevaba por título “La balada de la Brigada Lincoln”, y como subtítulo “Canciones de combate y otros himnos”. Pero el mayor homenaje musical a este símbolo de las Brigadas Internacionales, esas que lucharon junto al bando republicano mientras sus gobiernos callaban, fue el la banda alicantina así denominada. La Brigada Lincoln publicaron en 1.988 a través del sello Zafiro un buen elepé, “La piel del sur”, poderoso pop-rock muy de finales de los ochenta que adolecía del sonido vacío y falto de mordiente de las producciones de Tibu, mítico perpetrador de la del “Debajo de las piedras” de 091. Por sus cortes se filtraban sutiles remembranzas de derrota.
La escena británica siempre ha mostrado fascinación por la iconografía de nuestra contienda, desde la denominación de la banda de Vini Reilly, The Durruti Column, en homenaje al leonés Buenaventura Durruti (destacado líder de la CNT, muerto en Madrid al poco de iniciarse la guerra por causas aún no aclaradas), y su famosa y controvertida columna; al sello que publicó las primeras grabaciones de The Sisters of Mercy, que se llamaba CNT. Y qué decir de los Clash, verdaderos abanderados de la toma de conciencia política del punk (desgraciadamente una de esas bandas brillantes que influyen a centenares de grupos mediocres), y su ya mítico “Spanish Bombs”, texto de un Joe Strummer siempre obsesionado por la figura y la desaparición de Federico García Lorca.
Mucho, y en muchos idiomas, se ha cantado sobre la Guerra Civil desde los tiempos del “No Pasarán” o el chotis “Ya hemos Pasao”, que interpretara Celia Gámez. Lo último que he escuchado relacionado con el tema es el excelente recopilatorio “Spain in my heart: canciones de la Guerra Civil Española”, que cuenta con la participación de Lila Downs, Arlo Guthrie con Pete Seeger o Eliseo Parra. Llegados a este punto, nos despedimos con las sabias palabras de Don Julián Hernández:
“Durruti muere de un tiro por la espalda
Y no era plomo, que era bala de plata
Después la guerra antes la revolución
No te equivoques porque España sólo hay dos
Y es que en la guerra, antes de ser mil hay que ser vil
Guerra civil
Aprende camarada a ser vil en la guerra civil
A Dios rogando y con el mazo dando
Y por si acaso subirse al coro cantando
A las iglesias me las dejáis en paz
Id a por ellos y así nunca pasarán
No te enteras, no te enteras
Por dónde van los tiros en las piernas
Es lo primero ganar la guerra
Y después, sólo después podremos hacer la Revolución
Y en el cielo el relámpago es negro
Así se anuncia el pájaro del trueno
Y moriremos lentamente y con dolor
Si es por el triunfo de la confederación”
(“Vil Guerra Civil”, Siniestro Total, 1.988)
Publicado en el portal de cómic y humor "Irreverendos" en enero de 2.007.
No creo que sea posible para un país olvidar algo tan demoledor como una guerra civil, y, por supuesto, para nada aconsejable; otra cosa es su superación. Es una herida abierta y profunda, un agujero negro que jamás se conseguirá llenar de olvido; una explosión de odio cuya metralla se extendió en una cruenta y larga contienda, y no sólo eso, sino que se reprodujo y creció en miles de venganzas personales por parte y parte, ajustes de cuentas, ultrajes, robos, injusticias y humillaciones que no cesaron realmente mientras duró la dictadura; sólo el tiempo y el aguante silencioso fueron aminorando la presión y el ahogo, desdibujando el rostro oscuro de esa España del terror que, en los mejores momentos, sólo parece estar escondida. Esquirlas de metralla negra que aún nos sobrevuelan, dejando un olor picante a miedo y frustración, cuando observamos el limitado apego democrático de los partidos políticos, o ese Estado que sigue siendo temida e interesada madrastra, acostumbrado a pagar mediocres lealtades que emponzoñan el aire, y que cierra el círculo de su propio poder advirtiéndonos de lo monstruoso que es el rival y de lo mal que lo pasamos en… La Guerra Civil.
El frío gris de la dictadura y el miedo llegaron a su fin y la libertad se quiso disfrutar a chorro, el color subsiguiente dejó alegría, luz, absurdos diosecillos y un aire al menos respirable. El recuerdo de la Guerra y el franquismo suponía en los albores democráticos un lastre para la juventud, al menos para la menos progre (éstos abominaban del rock´n´roll). Sólo parecía haber dramatismo, gravedad; el cine y la música iban de lo gris a lo presuntuoso en el mejor de los casos, salvo capitales excepciones. Pero la desconexión con la realidad llegó en algunos casos a extremos difíciles de asumir: el día del golpe de estado del 23 de febrero de 1.981 (explosión en la cara de todos los peores presagios de esa España negra y virulenta), Nacha Pop no suspendieron su concierto, y los Pegamoides de Alaska pensaban que todo eso era cutre…, cutre y lo peor…, de lo peor, y decidieron citarse en el londinense Piccadilly si las cosas se ponían feas…, feas. Otros buscaban su catarsis provocando con lo innombrable: Gabinete Caligari se presentaron en uno de sus primeros conciertos en la madrileña sala Rockola, un 23 de julio de 1.981, así: “Buenas noches, somos Gabinete Caligari, y somos fascistas”, teniendo la “suerte” de recibir una elogiosa crítica del periódico franquista “El Alcázar”. Un par de años más tarde, su primer elepé incluiría el tema “Maquis”, canción dedicada a la voluntariosa y limitada oposición armada al franquismo durante la primera posguerra. Terminaba así: “Maquis de hoy, ¡qué pocos sois!, Maquis de hoy, ¿y el corazón?”. Por cierto, la letra fue coescrita por la banda y la posteriormente conocida como Ana D.
En 1.983 salió al mercado el elepé “Manifiesto Guernika” de los granadinos T.N.T., en mi opinión el mejor disco de punk que se ha hecho por aquí. Sólo traicionado por el sonido y muy mejorable en la ejecución, como tantos discos españoles de aquellos ochenta. Nunca me he creído los textos de este tipo de grupos, son demasiado epígonos y forzados por estéticas nihilistas o contestatarias, un juego de niños en el fondo que rápidamente se quema en el tiempo. Aquí se veía algo de todo esto: emulación, nihilismo, pose; pero también reflexión, humor, zozobra y textos inteligentes. El tema titular del disco describía los horrores de la guerra influido por el “Guernica” de Picasso. Su estribillo repetía “azul y rojo es destrucción”.
La República se ha convertido para mucha gente en el Paraíso perdido (realmente, ¿qué es un paraíso si no está perdido?), el sueño común truncado por un destino aciago. Quizá, añorar esa época, lo que pudo ser de haber ido todo bien, nos permite olvidar lo consumistas y vacuos que somos; lo inane de las iniciativas sociales de la mayoría de nosotros; el poco compromiso que queda cuando se desinflan los eslóganes en el aire de la confrontación airada, y sólo queda por delante la cotidianidad aburrida para fraguar propuestas reales; las horas de telebasura que nos tragamos cuando volvemos de apalear al enemigo con los ojos vendados; lo teledirigidos que estamos; o el espacio cívico justo y saneado que tanto nos cuesta alcanzar por no querer poner mínimamente en peligro nuestro bienestar. Joaquín Sabina, el hombre más republicano del mundo, tenía registrado el nombre La Tercera República, que terminó cediendo generosamente a una banda capitalina en la onda Secretos.
El grupo madrileño de rock urbano Los Canallas editaron en 2.000 un disco mayoritariamente formado por canciones de la Guerra Civil (bando republicano), titulado apropiadamente “Nunca Más!”. En él se podían escuchar clásicos como “Si me quieres escribir”, “La Tarara” o “Himno de Riego”. Contaron con la colaboración de Loquillo (en “L´Estaca” de LLach, uno de los cortes no reminiscentes de la época) y con el boicot de la CNT (si es que no tenemos remedio). Hablando del rockero barcelonés, en 2.004 produjo y puso música al documental dirigido por su pareja, Susana Koska, ”Mujeres en pie de guerra”, basado en la experiencia de mujeres del bando republicano narradas en primera persona. La banda sonora fue editada en CD.
El mundillo radikal abunda en ejemplos de versiones aceleradas de temas republicanos o inspirados en la Guerra. No nos detendremos. Sólo recordar aquel estribillo de La Polla Records en “No somos nada”: “Somos los nietos de los que perdieron la Guerra Civil…” (ojalá algún día uno de esos nietos llegue a Presidente del Gobierno sin necesidad de usar ese dato políticamente). O aquellas palabras de la portada y contraportada del segundo elepé de Kortatu, “La línea del frente”: “Irún (1.936).- Milicianos antifascistas defienden…bajo el fuego enemigo y alrededor de la Ikurriña… el general Mola ataca Irún. Objetivo: cortar a las provincias vascongadas de la frontera francesa…”. Ya saben, el año en que España invadió el País Vasco mientras el resto del Estado vivía un dulce verano.
El segundo trabajo del combo de jazz Juan Camacho Quintet, editado en 2.000, llevaba por título “La balada de la Brigada Lincoln”, y como subtítulo “Canciones de combate y otros himnos”. Pero el mayor homenaje musical a este símbolo de las Brigadas Internacionales, esas que lucharon junto al bando republicano mientras sus gobiernos callaban, fue el la banda alicantina así denominada. La Brigada Lincoln publicaron en 1.988 a través del sello Zafiro un buen elepé, “La piel del sur”, poderoso pop-rock muy de finales de los ochenta que adolecía del sonido vacío y falto de mordiente de las producciones de Tibu, mítico perpetrador de la del “Debajo de las piedras” de 091. Por sus cortes se filtraban sutiles remembranzas de derrota.
La escena británica siempre ha mostrado fascinación por la iconografía de nuestra contienda, desde la denominación de la banda de Vini Reilly, The Durruti Column, en homenaje al leonés Buenaventura Durruti (destacado líder de la CNT, muerto en Madrid al poco de iniciarse la guerra por causas aún no aclaradas), y su famosa y controvertida columna; al sello que publicó las primeras grabaciones de The Sisters of Mercy, que se llamaba CNT. Y qué decir de los Clash, verdaderos abanderados de la toma de conciencia política del punk (desgraciadamente una de esas bandas brillantes que influyen a centenares de grupos mediocres), y su ya mítico “Spanish Bombs”, texto de un Joe Strummer siempre obsesionado por la figura y la desaparición de Federico García Lorca.
Mucho, y en muchos idiomas, se ha cantado sobre la Guerra Civil desde los tiempos del “No Pasarán” o el chotis “Ya hemos Pasao”, que interpretara Celia Gámez. Lo último que he escuchado relacionado con el tema es el excelente recopilatorio “Spain in my heart: canciones de la Guerra Civil Española”, que cuenta con la participación de Lila Downs, Arlo Guthrie con Pete Seeger o Eliseo Parra. Llegados a este punto, nos despedimos con las sabias palabras de Don Julián Hernández:
“Durruti muere de un tiro por la espalda
Y no era plomo, que era bala de plata
Después la guerra antes la revolución
No te equivoques porque España sólo hay dos
Y es que en la guerra, antes de ser mil hay que ser vil
Guerra civil
Aprende camarada a ser vil en la guerra civil
A Dios rogando y con el mazo dando
Y por si acaso subirse al coro cantando
A las iglesias me las dejáis en paz
Id a por ellos y así nunca pasarán
No te enteras, no te enteras
Por dónde van los tiros en las piernas
Es lo primero ganar la guerra
Y después, sólo después podremos hacer la Revolución
Y en el cielo el relámpago es negro
Así se anuncia el pájaro del trueno
Y moriremos lentamente y con dolor
Si es por el triunfo de la confederación”
(“Vil Guerra Civil”, Siniestro Total, 1.988)
Publicado en el portal de cómic y humor "Irreverendos" en enero de 2.007.
22 enero 2007
DIRECTO QUIQUE GONZÁLEZ
Teatro Calderón de la Barca, Motril (24-11-06)
Quique González es un compositor prolífico y por lo general inspirado, entregado y natural, capaz de ofrecer más de hora y media de concierto acústico de cambiante repertorio donde muchos apenas pasarían de la hora. Cuenta en su haber con el suficiente número de buenas canciones como para tenerlo muy en cuenta y se trata de uno de esos autores que generan complicidad e invariablemente van sumando público, a un ritmo que se acrecentará a medida que su compañía se porte decentemente con él. Eminentemente narrativo, sus textos se alimentan de sentimientos y referencias a partes iguales, no caen en saco roto. En su sonido y musicalidad se sientan a la mesa junto al madrileño Tom Petty y Jackson Browne, con Neil Young y Bob Dylan apareciendo de vez en cuando a fumar un cigarrillo y Carole King y James Taylor invitados ocasionalmente a tomar café. En su presentación en solitario en Motril (guitarra acústica, puntual armónica con su soporte, y todo un piano a su disposición), anduvo algo frío en un primer momento, interpretando a la guitarra “Arañazos De Piel Roja”. Pronto quiso conectar con su público anunciando que no traía lista y que aceptaba peticiones. Gestos como éste son muy apreciados entre el fiel seguidor, que se tira toda la velada pidiendo temas, hasta cuando el artista desaparece para no volver más, pero determinan el devenir de la actuación: lo que se gana en cercanía, con tanta pausa, se pierde a la hora de lograr el ritmo y clima adecuados, quedando finalmente la noche lastrada por exceso de interrupciones. En este caso, las ganas de complacer de Quique (cosa que le honra) hicieron que tuviese que dejar “7/11” al poco de empezarla por no recordar la letra y que cantase “Discos De Antes” enjaretando partes del texto como podía hasta completarla a duras penas. Creo que estuvo mejor con la guitarra (“Se Nos Iba La Vida”, “La Ciudad del Viento”) que al piano. Su limitada destreza con éste, propició que temas como “Pequeño Rock´n´roll” o “Hotel Los Angeles” quedasen pobres, como retenidos sin la intensidad que le podría haber insuflado un pianista más avezado; aunque otros más íntimos los clavó (“Reloj De Plata”, “Calles de Madrid” o la despedida con “Aunque tú no lo sepas”). Y es que, en muchas ocasiones las lecturas desnudas de los temas ofrecen las claves de la esencia de las canciones, su verdadera naturaleza, algo especial que se diluye con una banda o un acompañamiento más prolijo; pero otras simplemente muestran el punto de partida, el esquema compositivo, el molde con el que se trabaja, tendiendo a la monotonía cuando los repertorios remiten a un patrón muy similar, algo que aquí aconteció más de lo necesario. Algunos de estos temas piden mayor pericia instrumental o al menos un músico más a la hora de afrontarlos en acústico.
Publicado en el nº 234 de la revista Ruta 66.
Quique González es un compositor prolífico y por lo general inspirado, entregado y natural, capaz de ofrecer más de hora y media de concierto acústico de cambiante repertorio donde muchos apenas pasarían de la hora. Cuenta en su haber con el suficiente número de buenas canciones como para tenerlo muy en cuenta y se trata de uno de esos autores que generan complicidad e invariablemente van sumando público, a un ritmo que se acrecentará a medida que su compañía se porte decentemente con él. Eminentemente narrativo, sus textos se alimentan de sentimientos y referencias a partes iguales, no caen en saco roto. En su sonido y musicalidad se sientan a la mesa junto al madrileño Tom Petty y Jackson Browne, con Neil Young y Bob Dylan apareciendo de vez en cuando a fumar un cigarrillo y Carole King y James Taylor invitados ocasionalmente a tomar café. En su presentación en solitario en Motril (guitarra acústica, puntual armónica con su soporte, y todo un piano a su disposición), anduvo algo frío en un primer momento, interpretando a la guitarra “Arañazos De Piel Roja”. Pronto quiso conectar con su público anunciando que no traía lista y que aceptaba peticiones. Gestos como éste son muy apreciados entre el fiel seguidor, que se tira toda la velada pidiendo temas, hasta cuando el artista desaparece para no volver más, pero determinan el devenir de la actuación: lo que se gana en cercanía, con tanta pausa, se pierde a la hora de lograr el ritmo y clima adecuados, quedando finalmente la noche lastrada por exceso de interrupciones. En este caso, las ganas de complacer de Quique (cosa que le honra) hicieron que tuviese que dejar “7/11” al poco de empezarla por no recordar la letra y que cantase “Discos De Antes” enjaretando partes del texto como podía hasta completarla a duras penas. Creo que estuvo mejor con la guitarra (“Se Nos Iba La Vida”, “La Ciudad del Viento”) que al piano. Su limitada destreza con éste, propició que temas como “Pequeño Rock´n´roll” o “Hotel Los Angeles” quedasen pobres, como retenidos sin la intensidad que le podría haber insuflado un pianista más avezado; aunque otros más íntimos los clavó (“Reloj De Plata”, “Calles de Madrid” o la despedida con “Aunque tú no lo sepas”). Y es que, en muchas ocasiones las lecturas desnudas de los temas ofrecen las claves de la esencia de las canciones, su verdadera naturaleza, algo especial que se diluye con una banda o un acompañamiento más prolijo; pero otras simplemente muestran el punto de partida, el esquema compositivo, el molde con el que se trabaja, tendiendo a la monotonía cuando los repertorios remiten a un patrón muy similar, algo que aquí aconteció más de lo necesario. Algunos de estos temas piden mayor pericia instrumental o al menos un músico más a la hora de afrontarlos en acústico.
Publicado en el nº 234 de la revista Ruta 66.
18 enero 2007
DESTROYER “Destroyer´s Rubies” (Merge-Acuarela, 2.006)
El nuevo trabajo del New Pornographer Dan Bejar conserva los fundamentos de su antecesor, “Your Blues” (implosiones pop convertidas en pequeñas apoteosis, expresividad con picos dramáticos que invoca con tino a Scott Walker o alumnos como Bowie o Jarvis Cocker). Pero aquí la belleza se muestra menos sintéticamente bruñida y envarada. Hay algunos tipos más tocando y eso se nota, destacando notablemente en el resultado final el uso de la guitarra eléctrica obviada en el anterior (Nicolas Bragg), los pianos de Ted Bois, o la corporeidad de los metales. “Your Blues” tiene mejores composiciones en mi opinión, acaso más definidas y redondas, pero éste me resulta mucho más excitante. Aparecen aristas y turbulencias, siempre plausibles; donde se pierde elocuencia se gana naturalidad, consistencia, poso. A pesar de atreverse con temas más largos (no se corta en comenzar el álbum con un corte de nueve minutos), el sonido es bastante más directo, articulado y orgánico. Apuesta (saliendo victorioso), por una mayor pegada, ofreciendo un conjunto más crudo y afilado. Los coros y segundas voces, estratégicamente colocados, mantienen junto a la voz solista esa aura de magnificencia, la mullida teatralidad de composiciones de inequívoca tendencia a la excelsitud. Las guitarras pueden surgir furiosas u horadar pacientemente desde algún punto subterráneo, retomando vía Luna, la herencia Velvet/Television (“Watercolours Into The Ocean”). Los pianos van de insistentes a espolvoreados (“Priest´s Knees”). Envolvente es el sustrato clásico de la magnífica “Looter´s Follies” o “A Dangerous Woman Up To A Point”. Resultan gozosamente extenuantes con “Rubies”, vibrantes y cortantes en “3.000 Flowers” y erizados tal que el Neil Young más oscuro en “Sick Priest Learns To Last Forever”. La cosa acaba con los veintitrés minutos del bonus “Loscil´s Rubies”, para mí una simple anécdota comparado con el resto.
15 enero 2007
DEDÍCALES MENOS DE VEINTE MINUTOS...
TOM WAITS “Cemetery Polka” 1.46
THE BELLRAYS “Find Someone To Relieve It” 1.29
SURFIN´BICHOS “San José Experience” 1.30
ROBYN HITCHCOCK “Satellite” 1.43
GO KART MOZART “Delta Echo Echo Beta Alpha Neon Kettle” 1.56
BELLE AND SEBASTIAN “Simple Things” 1.46
SWELL MAPS “Another Song” 1.43
ADAM GREEN “Hollywood Bowl” 1.33
THE BYRDS “The Girl With No Name” 1.47
LOS BICHOS “Anita Latigazo” 1.55
THE BELLRAYS “Find Someone To Relieve It” 1.29
SURFIN´BICHOS “San José Experience” 1.30
ROBYN HITCHCOCK “Satellite” 1.43
GO KART MOZART “Delta Echo Echo Beta Alpha Neon Kettle” 1.56
BELLE AND SEBASTIAN “Simple Things” 1.46
SWELL MAPS “Another Song” 1.43
ADAM GREEN “Hollywood Bowl” 1.33
THE BYRDS “The Girl With No Name” 1.47
LOS BICHOS “Anita Latigazo” 1.55
08 enero 2007
TARDE DE SESOS
El almuerzo estuvo bien, algo pesado quizá, pero sabroso. En una cazuelita de barro me fueron ofrecidos unos sesos de ternera cuyo bullir delataba su alta temperatura, hube de esperar un poco a que se enfriaran con un par de buenas copas de vino tinto. Entre el sopor del Ribera del Duero y el calor del hogar los sesos se disolvían gustosamente en la boca; esos sesos tan frágiles, rebozados en huevo y harina, generosamente envueltos en una salsa de espinacas y nata. Vino, sesos, pan algo tostado para mojar la salsa, tiempo silente que burbujea un poco antes de disiparse chimenea arriba; y espíritus nobles que se van aposentando en el estómago sin hacer ruido, nublando la vista y el oído con una ligera gasa ronroneante. Tras un escueto postre compuesto por un café de grano recién molido se imponía un descanso, una pacífica huída. Tapado hasta la barbilla me dejé invadir por la siesta, en una de esas sobremesas en que ella parece tomarte a ti, en vez de tú a ella.
Me fui, al tiempo que me hundía en la almohada, cerrando los ojos sumido en la pesadez mientras me parecía que me iba muy abajo. Abrí los ojos y vi un tembloroso suelo de verde hierba ante mí, volví la cabeza hacia arriba torpemente, como no pudiendo dominar completamente los movimientos del cuello, miré un cielo que se movía demasiado, nubes fugaces pasaron por mis ojos, que tropezaban con rayos de sol aquí y allá. Debía hacer frío ya que veía mi aliento como un humo blanquecino que inundaba mi campo de visión, pero yo no lo sentía. Observé a un hombre muy abrigado que andaba a buen paso delante de mí fumando y portando una vara, emitiendo ruidos casi sin mirar atrás, aunque me dio la impresión que se dirigía a mí, o a nosotros. Vi vacas a mi alrededor y ternerillos que trotaban, un bosque cercano, oscuro, como protegiéndome de todo sonido en ese mundo sordo. Me sentía bien, tranquilo, saboreé y mastique la hierba fresca y empapada de rocío, notaba el suave latir de mi corazón. Pataleé, rasqué la tierra con manos y piernas. Defequé con gusto, despreocupado y feliz notaba caer porciones de excremento que suavemente se deslizaban por mi esfínter en cantidad notablemente superior a la habitual, orinaba a placer. Me atreví a corretear y sentí una inédita sensación de fortaleza y libertad. Ganas de correr, frenarme, volver atrás y mirarlo todo.
Abrí los ojos, no sentía el más mínimo deseo de moverme, además temía alterar la calidez que me acunaba. Miré el reloj de la mesilla: cerca de las seis. Cerré los ojos al mismo tiempo que sentía que algo me despertaba, anduve en la oscuridad, empujado por algo, rodeado de terneros que me miraban sorprendidos desde sus inverosímiles ojos, con un punto de brillo lejano, como planetario, que era la única luz que percibía. Noté que subía precipitadamente por una trampilla, y después un traqueteo como de camión o tren. Estaba parado pero en movimiento a la vez. Un movimiento que ya nunca terminó.
Me fui, al tiempo que me hundía en la almohada, cerrando los ojos sumido en la pesadez mientras me parecía que me iba muy abajo. Abrí los ojos y vi un tembloroso suelo de verde hierba ante mí, volví la cabeza hacia arriba torpemente, como no pudiendo dominar completamente los movimientos del cuello, miré un cielo que se movía demasiado, nubes fugaces pasaron por mis ojos, que tropezaban con rayos de sol aquí y allá. Debía hacer frío ya que veía mi aliento como un humo blanquecino que inundaba mi campo de visión, pero yo no lo sentía. Observé a un hombre muy abrigado que andaba a buen paso delante de mí fumando y portando una vara, emitiendo ruidos casi sin mirar atrás, aunque me dio la impresión que se dirigía a mí, o a nosotros. Vi vacas a mi alrededor y ternerillos que trotaban, un bosque cercano, oscuro, como protegiéndome de todo sonido en ese mundo sordo. Me sentía bien, tranquilo, saboreé y mastique la hierba fresca y empapada de rocío, notaba el suave latir de mi corazón. Pataleé, rasqué la tierra con manos y piernas. Defequé con gusto, despreocupado y feliz notaba caer porciones de excremento que suavemente se deslizaban por mi esfínter en cantidad notablemente superior a la habitual, orinaba a placer. Me atreví a corretear y sentí una inédita sensación de fortaleza y libertad. Ganas de correr, frenarme, volver atrás y mirarlo todo.
Abrí los ojos, no sentía el más mínimo deseo de moverme, además temía alterar la calidez que me acunaba. Miré el reloj de la mesilla: cerca de las seis. Cerré los ojos al mismo tiempo que sentía que algo me despertaba, anduve en la oscuridad, empujado por algo, rodeado de terneros que me miraban sorprendidos desde sus inverosímiles ojos, con un punto de brillo lejano, como planetario, que era la única luz que percibía. Noté que subía precipitadamente por una trampilla, y después un traqueteo como de camión o tren. Estaba parado pero en movimiento a la vez. Un movimiento que ya nunca terminó.
05 enero 2007
Juego: "Como la novela...
Juego: "Como la novela, como el teatro, el juego es una forma de ficción, un orden artificial impuesto sobre el mundo, una representación de algo ilusorio, que reemplaza a la vida. Sirve al hombre para distraerse, olvidarse de la verdadera realidad y de sí mismo, viviendo, mientras dura aquella sustitución, una vida aparte, de reglas estrictas, creadas por él. Distracción, divertimento, fabulación, el juego es también un recurso mágico para conjurar el miedo atávico del ser humano a la anarquía secreta del mundo, al enigma de su origen, condición y destino". (Mario Vargas LLosa).
02 enero 2007
PAPÁ NOEL: UNA HISTORIA VERDADERA
Todo empezó cuando me dejé crecer la barba. Pasé tanto frío en octubre que me aseguré al menos de proteger mi rostro, mientras me lamentaba de que no creciese barba por todo el cuerpo, una barba firme, tupida y uniforme. Además, yo ya era un perro; bastante olvidado de todos e inoperante, pero un perro al fin y al cabo. Cuando llegué a Agujero, el frío azotaba mi cara, y la ventisca acompañada de ocasionales copos de veloz nieve golpeaba mi barba (que había salido blanca, blanca). Mis ojos estaban irritados y acuosos, tristes lagos de cieno rojo acumulado por el tiempo y los kilómetros. Mis botas militares, sin duda mi posesión más valiosa, aguantaban el tirón, ya ajadas y con el lustre de su negritud perdido. El reloj se había convertido en un pesado abrazo de hierro que ya no respiraba, pero que se resistía a romperse por más que golpeaba mi muñeca contra las paredes cuando desesperaba. Una inesperada superstición me impedía despojarme directamente de él, así que trataba de provocar un accidente. Al menos su total ineficacia me había procurado la capacidad de medir el tiempo casi con exactitud. El pantalón de chándal azul, que con seguridad conoció mejores tiempos en otro cuerpo, y el tres cuartos caqui, también de extracción castrense, aguantaban como yo mismo, titubeantes, como un pequeño milagro, respondiendo a una desconocida inercia.
Me acomodé en un banco para descansar y soltar el grueso e inútil petate, que era como cargar eternamente con mis restos, sin dejar que se fuesen desperdigando por ahí. Siempre que llegaba a un nuevo pueblo me tomaba unos treinta minutos de reflexión que generalmente no conducían a nada. Era un vacío como amable, un extracto de tiempo caracterizado por el vilo de una incierta esperanza y la paz que siente el desconocido justo antes de dejar de serlo. Mientras mesaba mi barba alguien me interrumpió, “no puedes estar aquí, lárgate”. Habiendo mirado únicamente las botas bien lustradas de mi interlocutor, supe que debía irme, al menos deambular por otra parte, sin preguntas. De pronto otra voz nos sobresaltó a las dos personas que teníamos en común calzar botas militares junto a aquel banco de la engalanada plaza. Un niño gritaba desde una ventana: "¡Ahí está mami, ha venido a traerme los regalos verdad, ahí estaaá, míralo, míralo mami!”. Tras el extraño incidente continué mi camino, cuatro minutos y medio después mi colega de calzado llegó asfixiado a mi altura y colocó su fuerte mano sobre mi huesudo hombro.
- Acompáñame.
- ¿Adónde?
- A comisaría. Puede que hayas tenido suerte.
¿Comisaría igual a suerte?. Una vez allí comprendí. La madre del niño de antes y su padre, a la sazón el alcalde, trajeados e impolutos, me miraron medio minuto en silencio antes de hablar.
- Queremos proponerle algo.
La idea era que me disfrazase en tres minutos de Papá Noel y le entregase al hijo de ambos sus regalos navideños; entonces, mientras aceptaba, recordé que estábamos a veinticinco de diciembre, frío diciembre.
No hubo tiempo de arreglarme demasiado, así que, con el añadido de un grueso y amable abrigo, una bayeta para que me limpiase apresuradamente las botas y las enormes gafas de sol del policía (mamá no quería que su hijo mirase esos ojos de cieno rojo) subí, acompañado de los padres y de dos policías municipales a la casa, colocaron cuidadosamente los regalos en una saquito y pasé a la habitación. Allí encontré a un niño tembloroso de la emoción, los latidos de su corazón provocaban breves saltitos del pequeño cuerpo en la cama. Me acerqué, acaricié su pelo tímidamente con manos que aún olían a bayeta y, diligente, le repetí con voz grave (“hable usted con voz grave, no lo olvide”) las palabras que la madre, autoritaria, me apuntaba por detrás, sacando lentamente los regalos del saco y ofreciéndoselos, sonriendo con algunos dientes tras las gafas de espejo. Cincuenta euros, una palmada y un abrigo viejo después, partí en pos de otros mundos, otros euros, otros niños y otros alcaldes... Y así hasta hoy.
Me acomodé en un banco para descansar y soltar el grueso e inútil petate, que era como cargar eternamente con mis restos, sin dejar que se fuesen desperdigando por ahí. Siempre que llegaba a un nuevo pueblo me tomaba unos treinta minutos de reflexión que generalmente no conducían a nada. Era un vacío como amable, un extracto de tiempo caracterizado por el vilo de una incierta esperanza y la paz que siente el desconocido justo antes de dejar de serlo. Mientras mesaba mi barba alguien me interrumpió, “no puedes estar aquí, lárgate”. Habiendo mirado únicamente las botas bien lustradas de mi interlocutor, supe que debía irme, al menos deambular por otra parte, sin preguntas. De pronto otra voz nos sobresaltó a las dos personas que teníamos en común calzar botas militares junto a aquel banco de la engalanada plaza. Un niño gritaba desde una ventana: "¡Ahí está mami, ha venido a traerme los regalos verdad, ahí estaaá, míralo, míralo mami!”. Tras el extraño incidente continué mi camino, cuatro minutos y medio después mi colega de calzado llegó asfixiado a mi altura y colocó su fuerte mano sobre mi huesudo hombro.
- Acompáñame.
- ¿Adónde?
- A comisaría. Puede que hayas tenido suerte.
¿Comisaría igual a suerte?. Una vez allí comprendí. La madre del niño de antes y su padre, a la sazón el alcalde, trajeados e impolutos, me miraron medio minuto en silencio antes de hablar.
- Queremos proponerle algo.
La idea era que me disfrazase en tres minutos de Papá Noel y le entregase al hijo de ambos sus regalos navideños; entonces, mientras aceptaba, recordé que estábamos a veinticinco de diciembre, frío diciembre.
No hubo tiempo de arreglarme demasiado, así que, con el añadido de un grueso y amable abrigo, una bayeta para que me limpiase apresuradamente las botas y las enormes gafas de sol del policía (mamá no quería que su hijo mirase esos ojos de cieno rojo) subí, acompañado de los padres y de dos policías municipales a la casa, colocaron cuidadosamente los regalos en una saquito y pasé a la habitación. Allí encontré a un niño tembloroso de la emoción, los latidos de su corazón provocaban breves saltitos del pequeño cuerpo en la cama. Me acerqué, acaricié su pelo tímidamente con manos que aún olían a bayeta y, diligente, le repetí con voz grave (“hable usted con voz grave, no lo olvide”) las palabras que la madre, autoritaria, me apuntaba por detrás, sacando lentamente los regalos del saco y ofreciéndoselos, sonriendo con algunos dientes tras las gafas de espejo. Cincuenta euros, una palmada y un abrigo viejo después, partí en pos de otros mundos, otros euros, otros niños y otros alcaldes... Y así hasta hoy.
27 diciembre 2006
“A VECES LAS POLLAS SON MÁS INTELIGENTES QUE LAS PERSONAS”
VÍCTOR COYOTE “Cruce de Perras y otros relatos de los ochenta” (Visual Books, 2.006)
De todos los protagonistas de los primeros ochenta madrileños susceptibles de decidirse a poner por escrito sus impresiones, opiniones y vivencias, Víctor Coyote es quien puede ofrecer una mirada más peculiar, nada acomodaticia, situada en ese ángulo desde el que nadie se asoma. Estos relatos tienen el acierto de ofrecer, una vez leídos, una reveladora visión de conjunto, de transmitir una serie de sensaciones que colocan momentáneamente nuestros pies sobre aquel asfalto, sobre aquel vertiginoso nihilismo, ir y venir de vacuidad e ilusión, salpicados de talento e intuición. Y todo sorteando los lugares comunes y la historia oficial.
Víctor es un creador estimulante y personal, tanto como dibujante y diseñador como músico. Los textos de sus canciones se nutren de la misma vocación peculiarmente descriptiva y narrativa que aquí se despliega, y su concepto musical vibrante, apasionado y sujeto a radicales contrastes, es uno de los mayores ejercicios de personalidad de que ha disfrutado el rock en castellano en su historia, que no es precisamente corta.
Centrándonos en lo que nos ocupa, nos encontramos en este libro de estimulante y rápida lectura con textos casi siempre originales en su planteamiento, hechos reales y aceradas opiniones revestidas de ficción, sátira y punzante humor, impresionistas retratos llevados a cabo con buen pulso, fabulaciones bien armadas o reflexiones curiosas y esclarecedoras. Hay relatos que parecen centrarse en acontecimientos puntuales y nos transmiten el delirio del momento, aunque su lectura no pasa de anecdótica como “Tendencias”, “Demasiado borracho para follar” o “La mártir del Santa Futura”. Otros adolecen de exceso de páginas, lo que diluye un poco sus méritos, tal que “Rockers y coleccionismo” o el final “La Patente Latina”, asunto este que nunca abandona el pensamiento de nuestro autor, y que aquí es abordado desde un punto de vista curioso y tan original como lo mejor del conjunto, con su dosis de ajuste de cuentas. Otros, como “Esto es moderno”, vuelven sobre el tópico del artista que se vende a cambio del éxito, con moraleja y todo. Lo mórbido del asunto consiste en tratar de ponerles nombres reales a los protagonistas. “Televisión por la ventana del hotel” es auténtica televisión-ficción (digo yo). Hay estudios de antropología urbana tejidos con esmero para precipitarse mejor en un ejercicio surrealista-burlesco, como un chiste largamente elaborado (“Aparición en el Silver”). Y, finalmente, textos magníficos, desarrollados de manera excelente y ajustada que rayan a gran altura: “Poch nunca se equivocó” evoluciona entre la ternura, el cariño, y un sentido del absurdo tan ingenioso que se convierte de largo en el mejor obituario que jamás he leído sobre el donostiarra. “El perro del aviador” es un preciso retrato cargado de humor acerca de algunos de los choques de trenes generacionales tan comunes en aquellos años. Y “Cruce de Perras”, delirante e hilarante, es una historia de esas tan originales y buenas que sólo pueden ser verdad.
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24 diciembre 2006
DE PIE EN UNA SILLA
De pie en una silla, enfrente de un árbol de Navidad más o menos de mi estatura pensé: el hombre siempre ha planificado su vida en función de usos y costumbres, formas de actuación que el imperturbable curso del tiempo ha ido determinando, más o menos rigurosas. Tradiciones que parecen compartimentar el tiempo y los sentimientos que les toca vivir; referencias, modos de actuar, cosas que comer, formas de divertirse, reacciones bien interiorizadas, automatizadas. Distintas formas de reír, de llorar, de asentir, de negar. Diversas maneras de aparentar falsa modestia, de resultar agradable, de arrancar adhesiones y aplausos, de mostrar agradecimiento, de hacerse aceptar por el resto. Cuándo estar animado, cuándo visitar a los muertos, cuándo reunirse con la familia....
De pie en la silla carraspeé, reclamando una atención que se me negaba. El resto de la familia se afanaba en adornar el árbol artificial: luces de colores, bolas brillantes, la estrella esa, etc..., y los niños jugaban con el belén haciendo carreras de pastores tomando el río de papel plateado por un circuito y derribando palmeras en los apurados trazados de las curvas.
La ventana mostraba el frío de la calle acentuado por la sensación de calor y luz del interior de la casa, carraspeé otra vez pero los niños iniciaron el canto de unos villancicos que me parecieron de lo más inoportuno y absurdo, el resto de la familia los acompañó con desigual fortuna, lo que me pareció el colmo.
Bueno, bueno, bueno, esto no tiene remedio; decidí bajarme de la silla y suspender la lectura a buena voz de Saramago con que quería boicotear ese estomagante ejercicio anual de hipocresía.
Mientras desaparecí para guardar mi libro en su sagrado lugar se fue la luz, totalmente, me refiero a que se fue en la casa y en la calle, todo era oscuridad. Decidí tumbarme en la cama y esperar, mirando al techo ahora inexistente. Pensé en lo empalagoso y terriblemente cursi de estas fechas, en el patético consumismo, en los ritos que seguía la gente, en su brutal hipocresía otra vez. Incluso por un instante llegué a admirar esa coreografía, ese teatrillo colectivo tan armonioso que forman, y a sentir al mismo tiempo lástima por lo necesario que es para sus vidas. No sé, imaginé que remitía a uno de los misterios más ocultos del ser humano. Algo telúrico, indescifrable, directamente relacionado con sus miedos y vulnerabilidad. Sí, sin duda se trata de eso, la Navidad es un escudo protector falaz, aniquilador de las personas, de su libertad e individualidad, de su independencia de pensamiento. Adormilado, soñé con calles atestadas de gente temerosa, personas indecisas y consumistas atroces a las que miles de voluntarios encaramados en sillas gigantes leían la verdad de los libros, de la cultura, del pensamiento lúcido.
Desperté y el apagón persistía, a lo mejor era en toda Europa, viejo continente consumido por su propio egoísmo y abocado a una globalización que no hará más que enterrar sus riquezas diferenciales. Me senté en la cama escuchando algunas voces en el salón. Sentía algo de frío mientras sonreía abiertamente en la oscuridad imaginando una Nochebuena sin luces ni adornos en las calles ni artificial algarabía, un triunfo casual, un maravilloso golpe de suerte una vez que la guerra contra los belenes en el sagrado espacio público había sido llevada a buen término gracias a la firmeza de nuestro gobierno, laico, culto y progresista. Avancé por el pasillo a tientas, aunque los ojos ya se iban acostumbrando a esta helada boca de lobo; la verdad es que estaba aterido. Cuando alcancé el salón toda la familia, helada de frío, estaba sentada alrededor de una pequeña lámpara de camping gas. Los niños agazapados, silenciosos, unos, buscando desesperadas alternativas para la cena, otros tratando inútilmente con mínimas linternas de habilitar una obsoleta calefacción de butano. La temperatura era de dos grados y ya llevábamos casi media hora sin fluido eléctrico. Alguien animó a los niños a cantar y tocar palmas para así combatir mejor el frío. Surgieron canciones sobre apagones y luces lejanas que se acercan recorriendo los pueblos, sobre deseos y esperanzas alrededor de un camping gas, hasta alguien se atrevió con una pequeña pandereta. Algo telúrico también (me transmitió un chispazo mental), indescifrable; las voces que se empastan suavemente para oponerse a la desesperanza, al abandono y el olvido de los poderosos. Canciones y estrofas sencillas que unen y protegen de los problemas que tanto condicionan la vida de la gente y que sí tienen solución real y factible a corto plazo. Por un momento admití que el apagón pudiera ser sólo local.
De pie en la silla carraspeé, reclamando una atención que se me negaba. El resto de la familia se afanaba en adornar el árbol artificial: luces de colores, bolas brillantes, la estrella esa, etc..., y los niños jugaban con el belén haciendo carreras de pastores tomando el río de papel plateado por un circuito y derribando palmeras en los apurados trazados de las curvas.
La ventana mostraba el frío de la calle acentuado por la sensación de calor y luz del interior de la casa, carraspeé otra vez pero los niños iniciaron el canto de unos villancicos que me parecieron de lo más inoportuno y absurdo, el resto de la familia los acompañó con desigual fortuna, lo que me pareció el colmo.
Bueno, bueno, bueno, esto no tiene remedio; decidí bajarme de la silla y suspender la lectura a buena voz de Saramago con que quería boicotear ese estomagante ejercicio anual de hipocresía.
Mientras desaparecí para guardar mi libro en su sagrado lugar se fue la luz, totalmente, me refiero a que se fue en la casa y en la calle, todo era oscuridad. Decidí tumbarme en la cama y esperar, mirando al techo ahora inexistente. Pensé en lo empalagoso y terriblemente cursi de estas fechas, en el patético consumismo, en los ritos que seguía la gente, en su brutal hipocresía otra vez. Incluso por un instante llegué a admirar esa coreografía, ese teatrillo colectivo tan armonioso que forman, y a sentir al mismo tiempo lástima por lo necesario que es para sus vidas. No sé, imaginé que remitía a uno de los misterios más ocultos del ser humano. Algo telúrico, indescifrable, directamente relacionado con sus miedos y vulnerabilidad. Sí, sin duda se trata de eso, la Navidad es un escudo protector falaz, aniquilador de las personas, de su libertad e individualidad, de su independencia de pensamiento. Adormilado, soñé con calles atestadas de gente temerosa, personas indecisas y consumistas atroces a las que miles de voluntarios encaramados en sillas gigantes leían la verdad de los libros, de la cultura, del pensamiento lúcido.
Desperté y el apagón persistía, a lo mejor era en toda Europa, viejo continente consumido por su propio egoísmo y abocado a una globalización que no hará más que enterrar sus riquezas diferenciales. Me senté en la cama escuchando algunas voces en el salón. Sentía algo de frío mientras sonreía abiertamente en la oscuridad imaginando una Nochebuena sin luces ni adornos en las calles ni artificial algarabía, un triunfo casual, un maravilloso golpe de suerte una vez que la guerra contra los belenes en el sagrado espacio público había sido llevada a buen término gracias a la firmeza de nuestro gobierno, laico, culto y progresista. Avancé por el pasillo a tientas, aunque los ojos ya se iban acostumbrando a esta helada boca de lobo; la verdad es que estaba aterido. Cuando alcancé el salón toda la familia, helada de frío, estaba sentada alrededor de una pequeña lámpara de camping gas. Los niños agazapados, silenciosos, unos, buscando desesperadas alternativas para la cena, otros tratando inútilmente con mínimas linternas de habilitar una obsoleta calefacción de butano. La temperatura era de dos grados y ya llevábamos casi media hora sin fluido eléctrico. Alguien animó a los niños a cantar y tocar palmas para así combatir mejor el frío. Surgieron canciones sobre apagones y luces lejanas que se acercan recorriendo los pueblos, sobre deseos y esperanzas alrededor de un camping gas, hasta alguien se atrevió con una pequeña pandereta. Algo telúrico también (me transmitió un chispazo mental), indescifrable; las voces que se empastan suavemente para oponerse a la desesperanza, al abandono y el olvido de los poderosos. Canciones y estrofas sencillas que unen y protegen de los problemas que tanto condicionan la vida de la gente y que sí tienen solución real y factible a corto plazo. Por un momento admití que el apagón pudiera ser sólo local.
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