18 febrero 2007

DIRECTO NACHO VEGAS

Sala Industrial Copera, Granada (12-01-07)
Amplia afluencia de público para recibir a un Nacho Vegas recién aterrizado de Méjico, donde ha compartido escenario con Bunbury. A pesar de tratarse de un concierto acústico, sin más aditamento, y en un espacio grande, pudo disfrutarse con una calidad de sonido razonable y la atención del público necesaria para apreciar una actuación de estas características. Vegas, acompañado de Xel Pereda, hizo acto de presencia sobre un escenario mínimamente iluminado, decorado con sillones blancos y una mesita con lámpara y botella de whisky y vasos, utilizados con asiduidad. Desde el inicio con “Noches árticas”, “Cerca del cielo” y “Días extraños”, el magnetismo funcionó y quedó claro que el asunto tomaba una atractiva dirección: el apoyo de mandolina y los coros de Pereda dando el contrapunto necesario, la presencia justa para percibir tanto la desnudez interpretativa de Vegas, como para realzar y colorear apropiadamente el resto del repertorio. La mandolina asomó en otras ocasiones (destacable en “Qué te vaya bien, Miss Carrusel”), alternándose con acústica y banjo (en un tradicional asturiano que formará parte de un álbum de próxima aparición, quizá llamado “Teresiña” y en “Cazador”). En temas como la confesional “Ocho y medio” y la adaptación de “Stranger song”, sólo apareció la presencia espartana del hombre del norte. Este formato, lejos de limitar las posibilidades del cancionero de Nacho, potencia sus virtudes, y es prueba irrefutable de la grandeza de sus composiciones y de las posibilidades de su creador, lanzadas desde su guitarra y sus pies clavados en el suelo. La versión que encierra a todos los Vegas, destacando tanto el irónico, surrealista y burlesco de “El hombre que casi conoció a Michi Panero” y “Nuevos planes, idénticas estrategias”, como el narrador, el intimista o el anhelante; el dylaniano, el sombrío o el que deja ver destellos de luz. La turbia “En el jardín de la duermevela”, prevista como despedida, propició el duelo de guitarras, llegando en algún momento a recordarme a aquel hombre del ruido de Manta Ray. Y los aplausos del público propiciaron una postrera despedida con “Añada de Ana la friolera”.
Publicado en el nº235 de la revista Ruta 66

13 febrero 2007

DIRECTO EL DOGHOUSE

Sala Planta Baja, Granada (15-12-06)
El Doghouse es una banda formada por tipos especiales afincados en Granada: fundamentalmente Richard Dudanski (batería de los 101´ers de Joe Strummer y de otras muchas formaciones como Raincoats o PIL), y el neoyorquino Tom Lardner. Veterana pareja de trotamundos de hirviente sangre eléctrica. En esta ocasión prescindieron de la guitarra solista de Pepe Olmedo, por lo que Tom llevó todo el peso y hubo de centrarse más en precipitar sus dedos sobre su instrumento. Presentados en formato trío, Maki, hijo de Dudanski, completa la formación encargándose del bajo. Su repertorio es rotundo, rabioso, urgente; encalabrinado, bascula entre el rock musculoso, el blues y el punk. Lardner es un vendaval, un guitarrista salta punteos de los que muerden el riff, inmediato, apasionado intérprete que se vuelca ante el micro al modo de Joe Strummer. Esto, unido a la eficaz pegada de Dudanski, propulsa un cancionero que pasa como un suspiro trazando las líneas maestras del rock más estimulante de toda la vida. Presentaron temas que irán en su inminente lanzamiento (“Screamin´”), como el riff setentero de manual de “Who´s Miles” o “Screamin´ Bloody Murder”, que me recuerda por momentos a Ian Dury. Recuperaron composiciones de su primer trabajo, “In Heat”, como el rock´n´roll rasposo “Ball Of Pain”, el swing demoledor de “Do the Hound” o “Cat In Head” y su aire funk tejano a lo S. R. Vaughan. En el tramo final aceleraron el paso con “Silent Telephone” de los 101´ers, a la que dotan de blindaje punk sin que pierda su pulso rítmico, revisaron “De Ti Depende” de Eskorbuto (aportación, imagino, de Maki, que también se encargó de la voz), y tocaron “Burro Blues” obcecada pieza cuyo nombre lo dice todo. Los temas con mayor acento blues contaron con el meritorio trabajo a la armónica del experimentado bluesmen gaditano Alfredo “All Freedom” Martínez, con una pinta de recién caído de una foto de Crosby, Stills & Nash de no te menees. Los bises, cumpliendo su misión de broche final, fueron aniquiladores e instantáneos, con un “I Don´t Wanna” de Sham 69 saliendo disparado y el siempre irresistible “Janie Jones”. Sonrisa en la cara.
Publicado en el n´º235 de la revista Ruta 66

07 febrero 2007

MI INTERIOR HUELE A TU MAQUILLAJE

Siempre que me siento inseguro cepillo mis chaquetas, las coloco en el armario, me acomodo y me pongo a verlas. Siempre que me siento inseguro oigo miles de grillos silbándome desde el techo; entonces voy a visitarte con mi mejor chaqueta, y me viene de pronto el dolor del tiempo a la garganta, como si me estuviese tragando una navaja. Una navaja vieja y piadosa que no corta, sólo obstruye el significado de las cosas en mi mente, cuestiona la horizontalidad del suelo y no hace más que revisar el color de mis zapatos.
Conforme me acerco al cristal de tu urna dorada me noto crecer las uñas, y pienso que no voy a poder encajar las manos en los bolsillos de mi chaqueta, mis pupilas discurren con inquietud pero sólo miran en una dirección, la del pasado. Ahora mis huesos bailan y mi carne se debilita, me vuelvo amorfo y doy gracias por tener una chaqueta que impida que los demás se topen con mi interior. Mi interior huele a tu maquillaje.
Siempre que me siento inseguro el olor agriado de tu maquillaje me salva y me desgarra, me traslada, me lleva al lugar en el que no esperar nada salvo que me mires.
Imbuido del dolor de tu maquillaje entro en tu pecera dispuesto a relatarte cosas que no he hecho; miro a mi alrededor y me veo rodeado de peces que te miran y sonríen, tú también los miras y sonríes. Ya estoy sentado en un taburete saboreando ese aroma, sintiéndome propietario de tu pasado mientras tú lo eres de mi futuro.
Me miras, te vas y vuelves con una copa. Los peces se extrañan de que no necesites preguntarme qué quiero beber, y te miran y no sonríen, y me miran y no sonríen; entonces recupero fuerzas para interpretar mi papel, enciendo un cigarro y me quito la chaqueta, es la señal. Así que vienes a mi encuentro y yo te relato cosas que no he hecho, pero que quise hacer; y tú me sonríes sólo a mí, y me traes copas sin que te lo tenga que pedir, y los otros ya no nos miran, no te sonríen al pedirte más bebidas o la cuenta. Cuando se van me miran pero no me importa, ya no soy amorfo, incluso me gustaría que oliesen en mí tu maquillaje.

Todo empezó cuando éramos dos inútiles que se miraban y reían; todo acabó cuando tú dejaste de ser inútil y yo dejé de reírme.

28 enero 2007

“VIL GUERRA CIVIL”

Estimados Psicocamaleones:


No creo que sea posible para un país olvidar algo tan demoledor como una guerra civil, y, por supuesto, para nada aconsejable; otra cosa es su superación. Es una herida abierta y profunda, un agujero negro que jamás se conseguirá llenar de olvido; una explosión de odio cuya metralla se extendió en una cruenta y larga contienda, y no sólo eso, sino que se reprodujo y creció en miles de venganzas personales por parte y parte, ajustes de cuentas, ultrajes, robos, injusticias y humillaciones que no cesaron realmente mientras duró la dictadura; sólo el tiempo y el aguante silencioso fueron aminorando la presión y el ahogo, desdibujando el rostro oscuro de esa España del terror que, en los mejores momentos, sólo parece estar escondida. Esquirlas de metralla negra que aún nos sobrevuelan, dejando un olor picante a miedo y frustración, cuando observamos el limitado apego democrático de los partidos políticos, o ese Estado que sigue siendo temida e interesada madrastra, acostumbrado a pagar mediocres lealtades que emponzoñan el aire, y que cierra el círculo de su propio poder advirtiéndonos de lo monstruoso que es el rival y de lo mal que lo pasamos en… La Guerra Civil.
El frío gris de la dictadura y el miedo llegaron a su fin y la libertad se quiso disfrutar a chorro, el color subsiguiente dejó alegría, luz, absurdos diosecillos y un aire al menos respirable. El recuerdo de la Guerra y el franquismo suponía en los albores democráticos un lastre para la juventud, al menos para la menos progre (éstos abominaban del rock´n´roll). Sólo parecía haber dramatismo, gravedad; el cine y la música iban de lo gris a lo presuntuoso en el mejor de los casos, salvo capitales excepciones. Pero la desconexión con la realidad llegó en algunos casos a extremos difíciles de asumir: el día del golpe de estado del 23 de febrero de 1.981 (explosión en la cara de todos los peores presagios de esa España negra y virulenta), Nacha Pop no suspendieron su concierto, y los Pegamoides de Alaska pensaban que todo eso era cutre…, cutre y lo peor…, de lo peor, y decidieron citarse en el londinense Piccadilly si las cosas se ponían feas…, feas. Otros buscaban su catarsis provocando con lo innombrable: Gabinete Caligari se presentaron en uno de sus primeros conciertos en la madrileña sala Rockola, un 23 de julio de 1.981, así: “Buenas noches, somos Gabinete Caligari, y somos fascistas”, teniendo la “suerte” de recibir una elogiosa crítica del periódico franquista “El Alcázar”. Un par de años más tarde, su primer elepé incluiría el tema “Maquis”, canción dedicada a la voluntariosa y limitada oposición armada al franquismo durante la primera posguerra. Terminaba así: “Maquis de hoy, ¡qué pocos sois!, Maquis de hoy, ¿y el corazón?”. Por cierto, la letra fue coescrita por la banda y la posteriormente conocida como Ana D.
En 1.983 salió al mercado el elepé “Manifiesto Guernika” de los granadinos T.N.T., en mi opinión el mejor disco de punk que se ha hecho por aquí. Sólo traicionado por el sonido y muy mejorable en la ejecución, como tantos discos españoles de aquellos ochenta. Nunca me he creído los textos de este tipo de grupos, son demasiado epígonos y forzados por estéticas nihilistas o contestatarias, un juego de niños en el fondo que rápidamente se quema en el tiempo. Aquí se veía algo de todo esto: emulación, nihilismo, pose; pero también reflexión, humor, zozobra y textos inteligentes. El tema titular del disco describía los horrores de la guerra influido por el “Guernica” de Picasso. Su estribillo repetía “azul y rojo es destrucción”.
La República se ha convertido para mucha gente en el Paraíso perdido (realmente, ¿qué es un paraíso si no está perdido?), el sueño común truncado por un destino aciago. Quizá, añorar esa época, lo que pudo ser de haber ido todo bien, nos permite olvidar lo consumistas y vacuos que somos; lo inane de las iniciativas sociales de la mayoría de nosotros; el poco compromiso que queda cuando se desinflan los eslóganes en el aire de la confrontación airada, y sólo queda por delante la cotidianidad aburrida para fraguar propuestas reales; las horas de telebasura que nos tragamos cuando volvemos de apalear al enemigo con los ojos vendados; lo teledirigidos que estamos; o el espacio cívico justo y saneado que tanto nos cuesta alcanzar por no querer poner mínimamente en peligro nuestro bienestar. Joaquín Sabina, el hombre más republicano del mundo, tenía registrado el nombre La Tercera República, que terminó cediendo generosamente a una banda capitalina en la onda Secretos.
El grupo madrileño de rock urbano Los Canallas editaron en 2.000 un disco mayoritariamente formado por canciones de la Guerra Civil (bando republicano), titulado apropiadamente “Nunca Más!”. En él se podían escuchar clásicos como “Si me quieres escribir”, “La Tarara” o “Himno de Riego”. Contaron con la colaboración de Loquillo (en “L´Estaca” de LLach, uno de los cortes no reminiscentes de la época) y con el boicot de la CNT (si es que no tenemos remedio). Hablando del rockero barcelonés, en 2.004 produjo y puso música al documental dirigido por su pareja, Susana Koska, ”Mujeres en pie de guerra”, basado en la experiencia de mujeres del bando republicano narradas en primera persona. La banda sonora fue editada en CD.
El mundillo radikal abunda en ejemplos de versiones aceleradas de temas republicanos o inspirados en la Guerra. No nos detendremos. Sólo recordar aquel estribillo de La Polla Records en “No somos nada”: “Somos los nietos de los que perdieron la Guerra Civil…” (ojalá algún día uno de esos nietos llegue a Presidente del Gobierno sin necesidad de usar ese dato políticamente). O aquellas palabras de la portada y contraportada del segundo elepé de Kortatu, “La línea del frente”: “Irún (1.936).- Milicianos antifascistas defienden…bajo el fuego enemigo y alrededor de la Ikurriña… el general Mola ataca Irún. Objetivo: cortar a las provincias vascongadas de la frontera francesa…”. Ya saben, el año en que España invadió el País Vasco mientras el resto del Estado vivía un dulce verano.
El segundo trabajo del combo de jazz Juan Camacho Quintet, editado en 2.000, llevaba por título “La balada de la Brigada Lincoln”, y como subtítulo “Canciones de combate y otros himnos”. Pero el mayor homenaje musical a este símbolo de las Brigadas Internacionales, esas que lucharon junto al bando republicano mientras sus gobiernos callaban, fue el la banda alicantina así denominada. La Brigada Lincoln publicaron en 1.988 a través del sello Zafiro un buen elepé, “La piel del sur”, poderoso pop-rock muy de finales de los ochenta que adolecía del sonido vacío y falto de mordiente de las producciones de Tibu, mítico perpetrador de la del “Debajo de las piedras” de 091. Por sus cortes se filtraban sutiles remembranzas de derrota.
La escena británica siempre ha mostrado fascinación por la iconografía de nuestra contienda, desde la denominación de la banda de Vini Reilly, The Durruti Column, en homenaje al leonés Buenaventura Durruti (destacado líder de la CNT, muerto en Madrid al poco de iniciarse la guerra por causas aún no aclaradas), y su famosa y controvertida columna; al sello que publicó las primeras grabaciones de The Sisters of Mercy, que se llamaba CNT. Y qué decir de los Clash, verdaderos abanderados de la toma de conciencia política del punk (desgraciadamente una de esas bandas brillantes que influyen a centenares de grupos mediocres), y su ya mítico “Spanish Bombs”, texto de un Joe Strummer siempre obsesionado por la figura y la desaparición de Federico García Lorca.
Mucho, y en muchos idiomas, se ha cantado sobre la Guerra Civil desde los tiempos del “No Pasarán” o el chotis “Ya hemos Pasao”, que interpretara Celia Gámez. Lo último que he escuchado relacionado con el tema es el excelente recopilatorio “Spain in my heart: canciones de la Guerra Civil Española”, que cuenta con la participación de Lila Downs, Arlo Guthrie con Pete Seeger o Eliseo Parra. Llegados a este punto, nos despedimos con las sabias palabras de Don Julián Hernández:

“Durruti muere de un tiro por la espalda
Y no era plomo, que era bala de plata
Después la guerra antes la revolución
No te equivoques porque España sólo hay dos
Y es que en la guerra, antes de ser mil hay que ser vil
Guerra civil
Aprende camarada a ser vil en la guerra civil
A Dios rogando y con el mazo dando
Y por si acaso subirse al coro cantando
A las iglesias me las dejáis en paz
Id a por ellos y así nunca pasarán
No te enteras, no te enteras
Por dónde van los tiros en las piernas
Es lo primero ganar la guerra
Y después, sólo después podremos hacer la Revolución
Y en el cielo el relámpago es negro
Así se anuncia el pájaro del trueno
Y moriremos lentamente y con dolor
Si es por el triunfo de la confederación”

(“Vil Guerra Civil”, Siniestro Total, 1.988)


Publicado en el portal de cómic y humor "Irreverendos" en enero de 2.007.

22 enero 2007

DIRECTO QUIQUE GONZÁLEZ

Teatro Calderón de la Barca, Motril (24-11-06)


Quique González es un compositor prolífico y por lo general inspirado, entregado y natural, capaz de ofrecer más de hora y media de concierto acústico de cambiante repertorio donde muchos apenas pasarían de la hora. Cuenta en su haber con el suficiente número de buenas canciones como para tenerlo muy en cuenta y se trata de uno de esos autores que generan complicidad e invariablemente van sumando público, a un ritmo que se acrecentará a medida que su compañía se porte decentemente con él. Eminentemente narrativo, sus textos se alimentan de sentimientos y referencias a partes iguales, no caen en saco roto. En su sonido y musicalidad se sientan a la mesa junto al madrileño Tom Petty y Jackson Browne, con Neil Young y Bob Dylan apareciendo de vez en cuando a fumar un cigarrillo y Carole King y James Taylor invitados ocasionalmente a tomar café. En su presentación en solitario en Motril (guitarra acústica, puntual armónica con su soporte, y todo un piano a su disposición), anduvo algo frío en un primer momento, interpretando a la guitarra “Arañazos De Piel Roja”. Pronto quiso conectar con su público anunciando que no traía lista y que aceptaba peticiones. Gestos como éste son muy apreciados entre el fiel seguidor, que se tira toda la velada pidiendo temas, hasta cuando el artista desaparece para no volver más, pero determinan el devenir de la actuación: lo que se gana en cercanía, con tanta pausa, se pierde a la hora de lograr el ritmo y clima adecuados, quedando finalmente la noche lastrada por exceso de interrupciones. En este caso, las ganas de complacer de Quique (cosa que le honra) hicieron que tuviese que dejar “7/11” al poco de empezarla por no recordar la letra y que cantase “Discos De Antes” enjaretando partes del texto como podía hasta completarla a duras penas. Creo que estuvo mejor con la guitarra (“Se Nos Iba La Vida”, “La Ciudad del Viento”) que al piano. Su limitada destreza con éste, propició que temas como “Pequeño Rock´n´roll” o “Hotel Los Angeles” quedasen pobres, como retenidos sin la intensidad que le podría haber insuflado un pianista más avezado; aunque otros más íntimos los clavó (“Reloj De Plata”, “Calles de Madrid” o la despedida con “Aunque tú no lo sepas”). Y es que, en muchas ocasiones las lecturas desnudas de los temas ofrecen las claves de la esencia de las canciones, su verdadera naturaleza, algo especial que se diluye con una banda o un acompañamiento más prolijo; pero otras simplemente muestran el punto de partida, el esquema compositivo, el molde con el que se trabaja, tendiendo a la monotonía cuando los repertorios remiten a un patrón muy similar, algo que aquí aconteció más de lo necesario. Algunos de estos temas piden mayor pericia instrumental o al menos un músico más a la hora de afrontarlos en acústico.


Publicado en el nº 234 de la revista Ruta 66.

18 enero 2007

DESTROYER “Destroyer´s Rubies” (Merge-Acuarela, 2.006)

El nuevo trabajo del New Pornographer Dan Bejar conserva los fundamentos de su antecesor, “Your Blues” (implosiones pop convertidas en pequeñas apoteosis, expresividad con picos dramáticos que invoca con tino a Scott Walker o alumnos como Bowie o Jarvis Cocker). Pero aquí la belleza se muestra menos sintéticamente bruñida y envarada. Hay algunos tipos más tocando y eso se nota, destacando notablemente en el resultado final el uso de la guitarra eléctrica obviada en el anterior (Nicolas Bragg), los pianos de Ted Bois, o la corporeidad de los metales. “Your Blues” tiene mejores composiciones en mi opinión, acaso más definidas y redondas, pero éste me resulta mucho más excitante. Aparecen aristas y turbulencias, siempre plausibles; donde se pierde elocuencia se gana naturalidad, consistencia, poso. A pesar de atreverse con temas más largos (no se corta en comenzar el álbum con un corte de nueve minutos), el sonido es bastante más directo, articulado y orgánico. Apuesta (saliendo victorioso), por una mayor pegada, ofreciendo un conjunto más crudo y afilado. Los coros y segundas voces, estratégicamente colocados, mantienen junto a la voz solista esa aura de magnificencia, la mullida teatralidad de composiciones de inequívoca tendencia a la excelsitud. Las guitarras pueden surgir furiosas u horadar pacientemente desde algún punto subterráneo, retomando vía Luna, la herencia Velvet/Television (“Watercolours Into The Ocean”). Los pianos van de insistentes a espolvoreados (“Priest´s Knees”). Envolvente es el sustrato clásico de la magnífica “Looter´s Follies” o “A Dangerous Woman Up To A Point”. Resultan gozosamente extenuantes con “Rubies”, vibrantes y cortantes en “3.000 Flowers” y erizados tal que el Neil Young más oscuro en “Sick Priest Learns To Last Forever”. La cosa acaba con los veintitrés minutos del bonus “Loscil´s Rubies”, para mí una simple anécdota comparado con el resto.

15 enero 2007

DEDÍCALES MENOS DE VEINTE MINUTOS...

TOM WAITS “Cemetery Polka” 1.46
THE BELLRAYS “Find Someone To Relieve It” 1.29
SURFIN´BICHOS “San José Experience” 1.30
ROBYN HITCHCOCK “Satellite” 1.43
GO KART MOZART “Delta Echo Echo Beta Alpha Neon Kettle” 1.56
BELLE AND SEBASTIAN “Simple Things” 1.46
SWELL MAPS “Another Song” 1.43
ADAM GREEN “Hollywood Bowl” 1.33
THE BYRDS “The Girl With No Name” 1.47
LOS BICHOS “Anita Latigazo” 1.55

08 enero 2007

TARDE DE SESOS

El almuerzo estuvo bien, algo pesado quizá, pero sabroso. En una cazuelita de barro me fueron ofrecidos unos sesos de ternera cuyo bullir delataba su alta temperatura, hube de esperar un poco a que se enfriaran con un par de buenas copas de vino tinto. Entre el sopor del Ribera del Duero y el calor del hogar los sesos se disolvían gustosamente en la boca; esos sesos tan frágiles, rebozados en huevo y harina, generosamente envueltos en una salsa de espinacas y nata. Vino, sesos, pan algo tostado para mojar la salsa, tiempo silente que burbujea un poco antes de disiparse chimenea arriba; y espíritus nobles que se van aposentando en el estómago sin hacer ruido, nublando la vista y el oído con una ligera gasa ronroneante. Tras un escueto postre compuesto por un café de grano recién molido se imponía un descanso, una pacífica huída. Tapado hasta la barbilla me dejé invadir por la siesta, en una de esas sobremesas en que ella parece tomarte a ti, en vez de tú a ella.
Me fui, al tiempo que me hundía en la almohada, cerrando los ojos sumido en la pesadez mientras me parecía que me iba muy abajo. Abrí los ojos y vi un tembloroso suelo de verde hierba ante mí, volví la cabeza hacia arriba torpemente, como no pudiendo dominar completamente los movimientos del cuello, miré un cielo que se movía demasiado, nubes fugaces pasaron por mis ojos, que tropezaban con rayos de sol aquí y allá. Debía hacer frío ya que veía mi aliento como un humo blanquecino que inundaba mi campo de visión, pero yo no lo sentía. Observé a un hombre muy abrigado que andaba a buen paso delante de mí fumando y portando una vara, emitiendo ruidos casi sin mirar atrás, aunque me dio la impresión que se dirigía a mí, o a nosotros. Vi vacas a mi alrededor y ternerillos que trotaban, un bosque cercano, oscuro, como protegiéndome de todo sonido en ese mundo sordo. Me sentía bien, tranquilo, saboreé y mastique la hierba fresca y empapada de rocío, notaba el suave latir de mi corazón. Pataleé, rasqué la tierra con manos y piernas. Defequé con gusto, despreocupado y feliz notaba caer porciones de excremento que suavemente se deslizaban por mi esfínter en cantidad notablemente superior a la habitual, orinaba a placer. Me atreví a corretear y sentí una inédita sensación de fortaleza y libertad. Ganas de correr, frenarme, volver atrás y mirarlo todo.
Abrí los ojos, no sentía el más mínimo deseo de moverme, además temía alterar la calidez que me acunaba. Miré el reloj de la mesilla: cerca de las seis. Cerré los ojos al mismo tiempo que sentía que algo me despertaba, anduve en la oscuridad, empujado por algo, rodeado de terneros que me miraban sorprendidos desde sus inverosímiles ojos, con un punto de brillo lejano, como planetario, que era la única luz que percibía. Noté que subía precipitadamente por una trampilla, y después un traqueteo como de camión o tren. Estaba parado pero en movimiento a la vez. Un movimiento que ya nunca terminó.

05 enero 2007

Juego: "Como la novela...

Juego: "Como la novela, como el teatro, el juego es una forma de ficción, un orden artificial impuesto sobre el mundo, una representación de algo ilusorio, que reemplaza a la vida. Sirve al hombre para distraerse, olvidarse de la verdadera realidad y de sí mismo, viviendo, mientras dura aquella sustitución, una vida aparte, de reglas estrictas, creadas por él. Distracción, divertimento, fabulación, el juego es también un recurso mágico para conjurar el miedo atávico del ser humano a la anarquía secreta del mundo, al enigma de su origen, condición y destino". (Mario Vargas LLosa).

02 enero 2007

PAPÁ NOEL: UNA HISTORIA VERDADERA

Todo empezó cuando me dejé crecer la barba. Pasé tanto frío en octubre que me aseguré al menos de proteger mi rostro, mientras me lamentaba de que no creciese barba por todo el cuerpo, una barba firme, tupida y uniforme. Además, yo ya era un perro; bastante olvidado de todos e inoperante, pero un perro al fin y al cabo. Cuando llegué a Agujero, el frío azotaba mi cara, y la ventisca acompañada de ocasionales copos de veloz nieve golpeaba mi barba (que había salido blanca, blanca). Mis ojos estaban irritados y acuosos, tristes lagos de cieno rojo acumulado por el tiempo y los kilómetros. Mis botas militares, sin duda mi posesión más valiosa, aguantaban el tirón, ya ajadas y con el lustre de su negritud perdido. El reloj se había convertido en un pesado abrazo de hierro que ya no respiraba, pero que se resistía a romperse por más que golpeaba mi muñeca contra las paredes cuando desesperaba. Una inesperada superstición me impedía despojarme directamente de él, así que trataba de provocar un accidente. Al menos su total ineficacia me había procurado la capacidad de medir el tiempo casi con exactitud. El pantalón de chándal azul, que con seguridad conoció mejores tiempos en otro cuerpo, y el tres cuartos caqui, también de extracción castrense, aguantaban como yo mismo, titubeantes, como un pequeño milagro, respondiendo a una desconocida inercia.
Me acomodé en un banco para descansar y soltar el grueso e inútil petate, que era como cargar eternamente con mis restos, sin dejar que se fuesen desperdigando por ahí. Siempre que llegaba a un nuevo pueblo me tomaba unos treinta minutos de reflexión que generalmente no conducían a nada. Era un vacío como amable, un extracto de tiempo caracterizado por el vilo de una incierta esperanza y la paz que siente el desconocido justo antes de dejar de serlo. Mientras mesaba mi barba alguien me interrumpió, “no puedes estar aquí, lárgate”. Habiendo mirado únicamente las botas bien lustradas de mi interlocutor, supe que debía irme, al menos deambular por otra parte, sin preguntas. De pronto otra voz nos sobresaltó a las dos personas que teníamos en común calzar botas militares junto a aquel banco de la engalanada plaza. Un niño gritaba desde una ventana: "¡Ahí está mami, ha venido a traerme los regalos verdad, ahí estaaá, míralo, míralo mami!”. Tras el extraño incidente continué mi camino, cuatro minutos y medio después mi colega de calzado llegó asfixiado a mi altura y colocó su fuerte mano sobre mi huesudo hombro.

- Acompáñame.
- ¿Adónde?
- A comisaría. Puede que hayas tenido suerte.

¿Comisaría igual a suerte?. Una vez allí comprendí. La madre del niño de antes y su padre, a la sazón el alcalde, trajeados e impolutos, me miraron medio minuto en silencio antes de hablar.

- Queremos proponerle algo.

La idea era que me disfrazase en tres minutos de Papá Noel y le entregase al hijo de ambos sus regalos navideños; entonces, mientras aceptaba, recordé que estábamos a veinticinco de diciembre, frío diciembre.
No hubo tiempo de arreglarme demasiado, así que, con el añadido de un grueso y amable abrigo, una bayeta para que me limpiase apresuradamente las botas y las enormes gafas de sol del policía (mamá no quería que su hijo mirase esos ojos de cieno rojo) subí, acompañado de los padres y de dos policías municipales a la casa, colocaron cuidadosamente los regalos en una saquito y pasé a la habitación. Allí encontré a un niño tembloroso de la emoción, los latidos de su corazón provocaban breves saltitos del pequeño cuerpo en la cama. Me acerqué, acaricié su pelo tímidamente con manos que aún olían a bayeta y, diligente, le repetí con voz grave (“hable usted con voz grave, no lo olvide”) las palabras que la madre, autoritaria, me apuntaba por detrás, sacando lentamente los regalos del saco y ofreciéndoselos, sonriendo con algunos dientes tras las gafas de espejo. Cincuenta euros, una palmada y un abrigo viejo después, partí en pos de otros mundos, otros euros, otros niños y otros alcaldes... Y así hasta hoy.

27 diciembre 2006

“A VECES LAS POLLAS SON MÁS INTELIGENTES QUE LAS PERSONAS”

VÍCTOR COYOTE “Cruce de Perras y otros relatos de los ochenta” (Visual Books, 2.006)


De todos los protagonistas de los primeros ochenta madrileños susceptibles de decidirse a poner por escrito sus impresiones, opiniones y vivencias, Víctor Coyote es quien puede ofrecer una mirada más peculiar, nada acomodaticia, situada en ese ángulo desde el que nadie se asoma. Estos relatos tienen el acierto de ofrecer, una vez leídos, una reveladora visión de conjunto, de transmitir una serie de sensaciones que colocan momentáneamente nuestros pies sobre aquel asfalto, sobre aquel vertiginoso nihilismo, ir y venir de vacuidad e ilusión, salpicados de talento e intuición. Y todo sorteando los lugares comunes y la historia oficial.

Víctor es un creador estimulante y personal, tanto como dibujante y diseñador como músico. Los textos de sus canciones se nutren de la misma vocación peculiarmente descriptiva y narrativa que aquí se despliega, y su concepto musical vibrante, apasionado y sujeto a radicales contrastes, es uno de los mayores ejercicios de personalidad de que ha disfrutado el rock en castellano en su historia, que no es precisamente corta.

Centrándonos en lo que nos ocupa, nos encontramos en este libro de estimulante y rápida lectura con textos casi siempre originales en su planteamiento, hechos reales y aceradas opiniones revestidas de ficción, sátira y punzante humor, impresionistas retratos llevados a cabo con buen pulso, fabulaciones bien armadas o reflexiones curiosas y esclarecedoras. Hay relatos que parecen centrarse en acontecimientos puntuales y nos transmiten el delirio del momento, aunque su lectura no pasa de anecdótica como “Tendencias”, “Demasiado borracho para follar” o “La mártir del Santa Futura”. Otros adolecen de exceso de páginas, lo que diluye un poco sus méritos, tal que “Rockers y coleccionismo” o el final “La Patente Latina”, asunto este que nunca abandona el pensamiento de nuestro autor, y que aquí es abordado desde un punto de vista curioso y tan original como lo mejor del conjunto, con su dosis de ajuste de cuentas. Otros, como “Esto es moderno”, vuelven sobre el tópico del artista que se vende a cambio del éxito, con moraleja y todo. Lo mórbido del asunto consiste en tratar de ponerles nombres reales a los protagonistas. “Televisión por la ventana del hotel” es auténtica televisión-ficción (digo yo). Hay estudios de antropología urbana tejidos con esmero para precipitarse mejor en un ejercicio surrealista-burlesco, como un chiste largamente elaborado (“Aparición en el Silver”). Y, finalmente, textos magníficos, desarrollados de manera excelente y ajustada que rayan a gran altura: “Poch nunca se equivocó” evoluciona entre la ternura, el cariño, y un sentido del absurdo tan ingenioso que se convierte de largo en el mejor obituario que jamás he leído sobre el donostiarra. “El perro del aviador” es un preciso retrato cargado de humor acerca de algunos de los choques de trenes generacionales tan comunes en aquellos años. Y “Cruce de Perras”, delirante e hilarante, es una historia de esas tan originales y buenas que sólo pueden ser verdad.

24 diciembre 2006

DE PIE EN UNA SILLA

De pie en una silla, enfrente de un árbol de Navidad más o menos de mi estatura pensé: el hombre siempre ha planificado su vida en función de usos y costumbres, formas de actuación que el imperturbable curso del tiempo ha ido determinando, más o menos rigurosas. Tradiciones que parecen compartimentar el tiempo y los sentimientos que les toca vivir; referencias, modos de actuar, cosas que comer, formas de divertirse, reacciones bien interiorizadas, automatizadas. Distintas formas de reír, de llorar, de asentir, de negar. Diversas maneras de aparentar falsa modestia, de resultar agradable, de arrancar adhesiones y aplausos, de mostrar agradecimiento, de hacerse aceptar por el resto. Cuándo estar animado, cuándo visitar a los muertos, cuándo reunirse con la familia....
De pie en la silla carraspeé, reclamando una atención que se me negaba. El resto de la familia se afanaba en adornar el árbol artificial: luces de colores, bolas brillantes, la estrella esa, etc..., y los niños jugaban con el belén haciendo carreras de pastores tomando el río de papel plateado por un circuito y derribando palmeras en los apurados trazados de las curvas.
La ventana mostraba el frío de la calle acentuado por la sensación de calor y luz del interior de la casa, carraspeé otra vez pero los niños iniciaron el canto de unos villancicos que me parecieron de lo más inoportuno y absurdo, el resto de la familia los acompañó con desigual fortuna, lo que me pareció el colmo.
Bueno, bueno, bueno, esto no tiene remedio; decidí bajarme de la silla y suspender la lectura a buena voz de Saramago con que quería boicotear ese estomagante ejercicio anual de hipocresía.
Mientras desaparecí para guardar mi libro en su sagrado lugar se fue la luz, totalmente, me refiero a que se fue en la casa y en la calle, todo era oscuridad. Decidí tumbarme en la cama y esperar, mirando al techo ahora inexistente. Pensé en lo empalagoso y terriblemente cursi de estas fechas, en el patético consumismo, en los ritos que seguía la gente, en su brutal hipocresía otra vez. Incluso por un instante llegué a admirar esa coreografía, ese teatrillo colectivo tan armonioso que forman, y a sentir al mismo tiempo lástima por lo necesario que es para sus vidas. No sé, imaginé que remitía a uno de los misterios más ocultos del ser humano. Algo telúrico, indescifrable, directamente relacionado con sus miedos y vulnerabilidad. Sí, sin duda se trata de eso, la Navidad es un escudo protector falaz, aniquilador de las personas, de su libertad e individualidad, de su independencia de pensamiento. Adormilado, soñé con calles atestadas de gente temerosa, personas indecisas y consumistas atroces a las que miles de voluntarios encaramados en sillas gigantes leían la verdad de los libros, de la cultura, del pensamiento lúcido.
Desperté y el apagón persistía, a lo mejor era en toda Europa, viejo continente consumido por su propio egoísmo y abocado a una globalización que no hará más que enterrar sus riquezas diferenciales. Me senté en la cama escuchando algunas voces en el salón. Sentía algo de frío mientras sonreía abiertamente en la oscuridad imaginando una Nochebuena sin luces ni adornos en las calles ni artificial algarabía, un triunfo casual, un maravilloso golpe de suerte una vez que la guerra contra los belenes en el sagrado espacio público había sido llevada a buen término gracias a la firmeza de nuestro gobierno, laico, culto y progresista. Avancé por el pasillo a tientas, aunque los ojos ya se iban acostumbrando a esta helada boca de lobo; la verdad es que estaba aterido. Cuando alcancé el salón toda la familia, helada de frío, estaba sentada alrededor de una pequeña lámpara de camping gas. Los niños agazapados, silenciosos, unos, buscando desesperadas alternativas para la cena, otros tratando inútilmente con mínimas linternas de habilitar una obsoleta calefacción de butano. La temperatura era de dos grados y ya llevábamos casi media hora sin fluido eléctrico. Alguien animó a los niños a cantar y tocar palmas para así combatir mejor el frío. Surgieron canciones sobre apagones y luces lejanas que se acercan recorriendo los pueblos, sobre deseos y esperanzas alrededor de un camping gas, hasta alguien se atrevió con una pequeña pandereta. Algo telúrico también (me transmitió un chispazo mental), indescifrable; las voces que se empastan suavemente para oponerse a la desesperanza, al abandono y el olvido de los poderosos. Canciones y estrofas sencillas que unen y protegen de los problemas que tanto condicionan la vida de la gente y que sí tienen solución real y factible a corto plazo. Por un momento admití que el apagón pudiera ser sólo local.

10 diciembre 2006

PROHIBIDO FUMAR

Pasó casi rozándome, presuroso, acababa de obtener un cigarrillo de alguien en la calle helada y casi desierta, y jugaba ilusionado con él balanceándolo entre sus dedos. Al volverse hacia mí aún mantenía restos de la sonrisa agradecida que dedicó al generoso transeúnte. Vestía ropa de trabajo, botas, mono, parecía recién emergido de una catacumba donde estuviesen haciendo una obra milenaria. Por su aspecto y su gesto entre alerta y distraído me pareció extranjero. Se dirigió hacia la panadería que había enfrente, sus labios sostenían el cigarrillo, recientemente encendido, aún no tomado por la ceniza, lo saboreaba expectante. Al ir a entrar a la panadería, un cartel con una cruz sobre un humeante cigarro superó cualquier tipo de barrera idiomática y le obligó a pararse en seco. Pensó durante unos segundos, acompañando ese palpitar mental con dubitativos movimientos corporales. Por alguna razón, acaso la inercia que le impelía a entrar de inmediato en la panadería, optó por una decisión arriesgada: en vez de fumar tranquilamente el que parecía su último cigarrillo, decidió que éste lo esperase fuera. Con él aún entre los labios, contó las monedas que le quedaban y entró, no sin antes colocar cuidadosamente el cigarrillo sobre la generosa planicie que ofrecía el rodapié que rodeaba una columna colocada junto a la entrada del establecimiento. Pasaron los segundos, la noche se decidió a desplegarse aburridamente sobre nosotros y las luces del interior de la panadería se encendieron como cumpliendo un acuerdo tácito. El pitillo esperaba consumiéndose lentamente cuando vi a su dueño abrir presuroso la puerta de la panadería. Antes de salir, rectificó y cedió el paso a una señora elegantemente vestida, acompañada de la que parecía ser su nieta, diminuto ejemplo a su vez de elegancia invernal. Ésta, después de agradecer cortésmente el gesto del obrero, pisoteó entre mohines de asco el humeante cigarro que esperaba sobre el rodapié, parecía que se enfrentaba a un ciempiés que no dejara de reproducirse. Incluso su abuela hubo de intervenir para tranquilizarla. Mientras, el obrero, súbitamente fantasmagórico, se deslizó calle abajo tras observar perplejo la escena, a la vez que algo asustado. En aquel momento volvieron a mí unas terribles ganas de fumar y expulsar mi humo sobre todas las cosas.

05 diciembre 2006

ENRIQUE URQUIJO, ESE EXTRAÑO MECANISMO

“Enrique Urquijo. Adiós Tristeza” (Miguel Ángel Bargueño, Rama-Lama, 2.006)


“Adiós Tristeza” es el título de la biografía de Enrique Urquijo escrita por el periodista Miguel Ángel Bargueño y publicada por Rama Lama. Centrándose en la vida del protagonista, dibuja con mano segura su mapa de luces y sombras, recorriendo al tiempo su historia musical con Los Secretos y Los Problemas, y subrayando convenientemente los puntos de inflexión de su accidentada trayectoria (la desaparición de Canito, la época de “los babosos” y el éxito fugaz, el retorno en 1.986 con una segunda etapa marcada por las querencias country, o la recuperación de la cercanía con Los Problemas). Aunque de cuidada documentación y profusión de testimonios de primera mano, tiene la virtud de no enterrar al lector en ellos: su pluma busca la amenidad. Aporta, como suele suceder en estos casos, muchos datos que interesarán mayormente al fan acérrimo o al observador atento y no unidireccional del devenir del pop español. Habla de evoluciones, sonidos, letras e influencias, pero no se decide por un análisis más pormenorizado y crítico del repertorio. Tampoco traza líneas paralelas con otras bandas, ni ofrece panorámicas generales de las diferentes épocas (salvo en los inicios), refiriéndose a otros músicos sólo en lo referente a la relación que mantuvieron con Enrique, lógico eje de toda la obra.
Ayuda, y es para mi lo más atractivo, a comprender un poco mejor el casi siempre inefable proceso creativo; el desarrollo de un talento ante todo intuitivo y macerado en los cataclismos interiores de un mundo interior convulso, expuesto a flor de piel, vulnerable hasta decir basta. Caminando constantemente por esa cuerda floja que era a la vez maldición y refugio, y que nunca pudo evitar. Enrique Urquijo, heroína, alcohol, excesos, miedos y contradicciones de un alma desprovista de las corazas que va colocando el tiempo.
Los Secretos han sido una de esas bandas marcadas por su tiempo y entorno, y cuyo verdadero valor nunca ha sido bien calibrado. Sus primeros éxitos nuevaoleros les pesaron demasiado, siendo masacrados por estéticas rivales que tuvieron mucho de pose y obviados por periodistas en exceso modernos. Por otro lado, su comedimiento instrumental, la poca calidez de sus arreglos en alguna época y de las producciones de sus discos (planas al principio, demasiado medidas después), así como las estrategias comerciales de sus discográficas, los han enfocado (con éxito) a un público adulto que creció con ellos, separándolos a su vez de otro tipo de oyentes. Nunca fui seguidor suyo, pero conservo un puñado de sus canciones en la memoria. Lo curioso es que siempre me olvido de los arreglos y adornos, de algunas incluso del tempo, sólo guardo ese marchamo especial, esa flecha que no deja de vibrar en el centro de la diana. Actualmente situados cómodamente en la comercialidad menos sonrojante, jamás volvieron al ojo del huracán de las tendencias: ni el regreso de la Nueva Ola los recuperó, ni el desembarco hispano del saco americana anima a tenerlos en cuenta. Probablemente, en estos estilos siempre hubo alguien mejor, más punzante, con mayor relieve; pero cabe reconocer que, tras aquellas melenitas, los chalecos y la pulcritud sonora de no dar una voz más alta que otra, se escondía el mundo trastabillante y negro, la sensibilidad irreemplazable de Enrique Urquijo, autor de un importante número de temas absolutamente memorables, que no harán sino crecer. Apoyándose en sonidos cada vez más añejos, cada línea era una bocanada de pura angustia, un reglón de cruda autobiografía con sólo una leve pátina de metáfora. Vida y dolor con Gram Parsons, Jackson Browne o José Alfredo Jiménez como compañeros de viaje.

03 diciembre 2006

PANDO “Snapshots Of Pando”(Hall Of Fame, 2.006)

Los discos con muchos temas de corta duración corren el riesgo de parecer paródicos y pasar sin dejar huella, pero tienen la ventaja de que su campo de acción es amplísimo: se puede experimentar cascando cualquier cosa contra la nevera o, por el contrario, convertirse por dos minutos en el clásico más impoluto y ortodoxo. O una opción interfiriendo en la otra dentro del mismo corte, y es que, generalmente, se tiende a ser un poco marciano y juguetón. Sin embargo, la sana extravagancia debe esmerarse en superar la anécdota. Los estilos se quedan en los huesos, se esquematizan, un curso acelerado de claves sonoras que puede resbalar de lo estremecedor a lo inocuo. Detalles mínimos que por ello han de ser realmente significativos para merecer la pena. Una estilización, digamos, del buen gusto. Impresiones, bosquejos de intenso color, pero, ¿qué necesidad hay de hacer tantas canciones? Tras seis años sin Pando esa necesidad se hacía acuciante, y, afortunadamente, el animoso inglés solitario que toca casi todos los instrumentos, y arregla sus temas con una varita mágica, vuelve tan en forma como en su “We Want Pando” de 2.000, acaso con los temas más cuidados y con su expresiva y elocuente guitarra algo más contenida y esencial, como Django Reinhardt embridado por Richard Thompson. O algo así.

Como la seda discurre “Snapshots Of Pando”, atesorando esa permanente sonrisa irónica y sus soplos musicales llenos de hondura y sabiduría. ”Who Shot Pando” invoca un sustancioso lado oscuro de la mano de su querido Don Van Vliet, esta vez entreverado con Nick Cave; que continúa con el folk con vericueto zappiano de “Is It Voodoo?”, y el zarpazo setentero de pesado boogie “Strange Men”, todo un agotador desarrollo de ¡cuatro minutos!. Significativa novedad respecto de su anterior trabajo es el protagonismo de un country de esencias académicas, gozosamente interpretado en temas como “Babies”, “My Love Shines” o “She´s A Mooslem”, y con fuertes reminiscencias ragtime en “Play The Trumpet” y “Tell Your Mama To Leave Me Alone”. Persiste su destreza pop, alambicada en aromas algreeninianos (“Don´t Want To Play I Your Band”), y guiños Motown (“Earthlings” y “A Bit Of Alright”). Incluso, dada su obsesión compendiosa, se permite un medley de dos minutos que enseña la variedad de sus querencias sonoras. Y nos deja, por último, composiciones con el espléndido calado de “The Be-All And End-All” y “On The Dotted Line”. Thanks Pando.

Publicado en el nº233 de la revista Ruta 66.

30 noviembre 2006

TENGO MI AMULETO TRABAJANDO

Estimados Psicocamaleones:



Esta mañana, mientras me afeitaba, mi cabeza ha dado varias veces la vuelta completa sobre mi cuello. Veremos cómo acaba todo esto, han sido demasiados años escuchando rock, una música realmente inquietante, como veréis.
Cuando apareció el ragtime, a finales del siglo XIX, su novedoso ritmo sincopado hizo que fuese tachado de vulgar, capaz de arrastrar a los jóvenes a la más pantanosa inmoralidad y hasta directamente satánico. Os podéis imaginar lo que opinaron ante la llegada del incontenible jazz en la década de los veinte, o del rock´n´roll treinta años después. Sepan ustedes que el visionario escritor Bob Larson sostiene que “el rock´n´roll es parte de un plan de Satanás para conducir el mundo a la decadencia moral” y que Monseñor Corrado Balducci (un cuervo oficial, ojo, y máxima autoridad en estudios de posesión diabólica) advertía en plena década de los noventa de lo mismo (Satán… ¿dónde estás mientras escribo esto, a mi derecha o a mi izquierda?). En el inmenso campo de la relación Lucifer-Rock, las amenazas, invocaciones diabólicas y tentaciones al oyente mediante mensajes subliminales escondidos entre los surcos de negro vinilo, que revelaban su significado al cambiar la velocidad del disco o pasándolo al revés, forman el mito más perverso de la música del diablo; ése que moraba en la pelvis de Elvis, la mano ¡zurda! de Hendrix, los morros de Jagger o el lisérgico cerebro de Lennon. Pero el caso paradigmático es el de Robert Johnson, el enigmático músico de blues que tan notablemente influyó en la música de Bob Dylan, Los Rolling Stones, Eric Clapton y tantos otros. La leyenda dice que vendió su alma al diablo un día en que éste lo esperaba en un cruce de caminos, a cambio de ser el mejor guitarrista de blues. Grabó sus veintinueve míticas composiciones en cinco sesiones repartidas entre el otoño de 1.936 y la primavera de 1.937, muriendo en otro cruce de caminos envenenado con estricnina en 1.938. En su momento muchos dijeron haberlo visto tocando la misma noche en distintas y alejadas ciudades.
La psicodelia, el pop o la música sinfónico-progresiva siempre han mantenido una puerta abierta al misticismo, lo feérico, la magia y la fantasía de lo inexplicado, sobre todo en el Reino Unido: una de tantas líneas que podemos trazar puede ir de Incredible String Band a Hawkwind, Paul Roland o el gran Julian Cope, nuestro druida favorito.
Discos como “African Latino Voodoo Drums” de Choco And His Mafimba Drum Rhythms te traen los sonidos de un auténtico ritual vudú haitiano sin tener que desplazarte. Puedes escucharlo mirando a María Jiménez en la tele con el volumen bajado, es sólo una sugerencia. Inmigrantes de la citada Haití, cuando era colonia francesa llegaron masivamente a Nueva Orleáns, agregando a su abigarrada mezcolanza cultural, entre otras cosas, el latido de su música y su pegajoso tinte vudú. Mientras les dejaron, solían reunirse los sábados y domingos en la zona de la arboleda de Congo Square para invocar, al ritmo marcado por tambores o incluso bidones, a sus divinidades de ancestros africanos. Esa herencia evoca a su vez el incombustible Dr. John, veterano pianista que mantiene viva la llama del mejor r´n´b de esa ciudad, recogiendo el legado de sus maravillosos pianistas (Champion Jack Dupree, Allen Toussaint, Professor Longhair…). En jugar con el vudú y bromear sobre la vida y la muerte era todo un maestro el excesivo Screamin´ Jay Hawkins, el descomunal ex – militar y boxeador, rocker seminal, apasionado bluesmen y crooner de la sicalipsis y lo apocalíptico. Sobre su piano se podía ver todo un altarcito dedicado a la magia negra, como una mano con vida propia, serpientes, arañas, cruces y otros abalorios; además de su vieja compañera, la calavera fumadora Henry, coronando su báculo. Uno de sus trucos más populares era salir a actuar de un ataúd colocado sobre el escenario. Parte de su parafernalia fue utilizada por otro temible aullador, el rocker británico Screaming Lord Sutch, reencarnación viviente de Jack El Destripador. Son muchos los que piensan que los Cramps, padres absolutos del rock and roll más genuinamente infecto y herrumbroso de los últimos treinta años, perdieron mucho de su poder amenazante con la marcha del hiriente guitarrista Brian Gregory en 1.980. En la época se hablaba de las querencias satánicas de este hombre de espectacular flequillo canoso, jugando con el fuego del más allá, yendo más lejos de las historias de zombies de la pareja Ivy-Interior. Dicen por ahí que una bruja del siglo XIX fue contactada mediante guija por un fantasioso personaje y que ella, para fastidiarlo, le dijo que él era su reencarnación. El tipo parece ser que se lo creyó a pies juntillas y procedió a apropiarse de su nombre para iniciar una perversa aventura rock, cuando éste aún podía serlo. Vincent Furnier, el hijo de un predicador residente en Arizona, pasó a ser Alice Cooper, y a convertirse en el hombre de la guillotina, dejando caer ante sí cabecitas de muñecas y pollos por él ajusticiados en escena, así como a colocarse una pitón en el cuello y teatralizar por primera vez las pesadillas del mal para consumo masivo de adolescentes, anticipándose a toda la horda de jevilongos de mirada torva y ojos pintados. Los oscuros Black Sabbath de Ozzy Osbourne (el hombre que cuando estaba puesto le hablaba a su caballo, y éste le contestaba), fue la banda que inició la relación entre el Heavy Metal y lo satánico, los de Birmingham portaban en su mejor época unos excesivos crucifijos que los protegían de los malos espíritus confeccionados por el papá de Ozzy. Compatriotas suyos como Venom (padres del Black Metal junto a los suecos Bathory) ahondaron seriamente en el tema, llegando a tener problemas para tocar en Estados Unidos durante los ochenta. La senda la siguieron la tremebunda escena del Black Metal noruego y personajes como el danés King Diamond; y en los noventa bandas como Deicide, desde la luminosa Florida. La onda siniestra propiciada tras el punk se acercó al terror y lo oculto tangencialmente, como apuesta estética más que nada, tanto en imagen como en un concepto pop filtrado de tensión y atmósferas dramáticas: Joy Division, The Cure, Siouxsie, Killing Joke o Bauhaus, tan tétricos ellos cantando “Bela Lugosi Is Dead”. La escena continuó entrados los ochenta con formaciones como Southern Death Cult (después The Cult en plena estampida en pos del Hard-Rock), Theatre Of Hate o Sisters Of Mercy entre muchos otros. No olvidemos aquí la aparición de productos netamente serie-B como la escena psychobilly capitaneada por The Meteors (que hunde sus raíces temáticas en lo más ignoto del rockabilly de los cincuenta), o casos obsesivos como The Misfits, enamorados de un mundo repleto de tumbas abiertas. Los de Glenn Danzig, decidieron, el 28 de febrero de 1.979, trasladarse con un equipo móvil a una casa abandonada de New Jersey sólo porque tenía fama de embrujada y grabar allí. Posteriormente, mientras mezclaban las cintas, extrañas voces y ruidos se escuchaban de fondo (uuuhh).
Desde alguna dimensión desconocida, Sun Ra, el inclasificable mago del Jazz más expansivo y espacial, aseguraba sin recato que provenía de Saturno, y con una convicción que no quedaba más remedio que creerle (si Iker Jiménez se entera la lía). Y, para no ser menos, el rocker inglés por antonomasia, Vince Taylor, un tipo bastante inestable (o no, quién sabe), en sus momentos idos decía ser un enviado para construir una nueva Atlántida, mientras buscaba en un mapa los lugares donde aterrizarían los extraterrestres.


Publicado en noviembre de 2.006 en el portal de humor y cómic Irreverendos.

16 noviembre 2006

ENTREVISTA A JOSÉ IGNACIO LAPIDO

* Esta entrevista tuvo lugar el mes de octubre de 2005. Por razones del todo ajenas a mi voluntad ha permanecido inédita hasta ahora, que he decidido darle salida desde mi bitácora. Las dos últimas preguntas fueron realizadas la semana pasada a modo de actualización.

“CANCIONES DE FLORES Y ALAMBRE DE ESPINO”



José Ignacio Lapido es un clásico, le guste o no. Como el cine de Clint Eastwood, sus canciones manejan sin ambages los temas y estructuras de siempre, pero trascendiéndolos, sometiéndolos al fuego lento de su mirada; en un proceso que conlleva el redescubrimiento de su esencia.

A estas alturas, una canción de nuestro Clint manifiesta a las claras su procedencia desde la primera escucha; a cierta distancia, más tarde, podrán aparecer todas las referencias que se quiera. Amante del blues, dylaniano, el líder de los llorados 091 es ante todo un músico de rock y un paciente artesano, experto en los resortes del mejor pop que se ha escrito. El hombre que viste de gris, acompañado de su Gibson SG de casi un cuarto de siglo de vida, trabaja solo: compone desde siempre todo su material, y ha producido sus cuatro trabajos en solitario. Barniz clásico, instinto rock, vitalidad pop (el estribillo mágico, la melodía compañera) y esencias folk. Su sonido es limpio y punzante, preciso tanto en estudio como en directo, mimado al detalle. Evita, concienzudo, las soluciones simples, creciendo así en el interior de sus composiciones una intensa y convulsa vida, un rito de luces y sombras. Su reciente y mejor disco se llama “En otro tiempo, en otro lugar”, y para poder sacarlo ha tenido que crear su propio sello, la frustrante historia demasiado repetida últimamente.
Lo escucho tranquilo, limitándome a ver las canciones venir, pronto estarán aquí, atrapándome con la desarmante facilidad de siempre. Me deja la impresión de una grabación más relajada, con la voz brotando más natural y real que nunca, felizmente consciente de sus limitaciones. Un trabajo tremendamente emocionante a la vez que variado. Los temas respiran más, los silencios juegan, la batería les aporta matiz y sosiego; aún así permanecen densos, bien arropados, erizándose en pos de su punto culminante a pesar de mostrar una fragilidad inédita. Las guitarras más que epatar estremecen, pero también se arrancan. Lapido sigue apretando los dientes al tocar, compartiendo esta vez el protagonismo de sus solos, rutilantes y elocuentes, con vuelos de órgano y pianos solitarios y humeantes. Escucha la épica fatalista a ritmo de vals de “Escrito en la Ley”. Observa cómo “Bellas Mentiras” nos retrotrae al poso melódico de los 091 de “Más de Cien Lobos”; déjate llevar por esa misma placidez melódica por la que discurre “Agridulce” (única canción de su carrera en la que la música se adapta a un poema previamente escrito, como se puede inferir, por otra parte, del lirismo formal que transmite), impecablemente construida, y con Antonio Vega sobrevolándola aquí y allá. Mientras, “Con la Lluvia del Atardecer”, se reviste de la nostalgia humeante del Tom Waits de “Closing Time”, e inaugura un ramillete de temas en los que Lapido se muestra más pausado e intimista que nunca, al que se suman “Cuando la Noche Golpea el Corazón”, y esa definición del desamor que es “Por sus Heridas”. El granadino da buena muestra de su legendaria intuición melódica en cortes con marchamo de clásicos como “La Antesala del Dolor” o “De Espaldas a la Realidad”. “Más Difícil Todavía”, el momento más vertiginoso, dibujando un restallante riff stoniano, y la línea de bajo de la que titula el disco rememora a sus siempre admirados The Clash. Sin duda, una de las mejores colecciones de canciones del año.
El mejor letrista del rock español se revela más íntimo que nunca, casi confidente. Continúa felizmente confuso en su bucear en la existencia, construyendo envolventes mundos de cuatro minutos imposibles de derribar. Abundan, como siempre, las frases para enmarcar (“Nos puedes ver sentados sin pestañear, de espaldas a la realidad”, “El Pensador de Rodin se ha levantado harto de no hallar respuestas”...). Sigue profundamente evocador, reflexivo, irónico, dramático, vulnerable, siempre sugerente. Su escepticismo, y la desilusión y perplejidad de esos personajes con los que cruzamos la mirada en sus textos, viajan en estribillos y coros que dejan un poso de eternidad. Con todos ustedes, José Ignacio Lapido.


Si digo “José Ignacio Lapido es un clásico”, ¿qué se te pasa por la cabeza?

Si empezamos así salgo corriendo. La vitola de clasicismo se utiliza ya hasta para las cervezas ¿no has visto las latas de Mahou? Pone “Mahou Classic” Y la Coca Cola igual. Es la perversión del lenguaje. Se supone que a los clásicos se les respeta; si no a ellos, por lo menos a su obra, y date cuenta: la discografía de 091 está sin reeditar, algunos de los discos son inencontrables, desaparecidos de los catálogos, otros han sido recopilados de mala manera, y los míos en solitario ni te cuento ¿Eso es ser un clásico? En España nadie es un clásico, excepto Manolo Escobar. En rock’n’roll no digamos; ¡hasta Miguel Ríos ha tenido que autoeditarse su último disco! Imagínate que en Inglaterra le ocurriese a Paul Weller o a John Fogerty en EEUU. Yo soy un artista del alambre. A mi edad pidiendo dinero a la familia para sacar un disco. Vaya clásico de mierda.


¿Temes repetirte como compositor?

Ese es un miedo que ha estado muy presente durante el proceso de creación de estas nuevas canciones. Llevo componiendo y grabando discos desde el año 81. No sé cuántas canciones he escrito… alrededor de doscientas, por eso cuando ahora escribo una nueva me veo en la agonía de no estar a la altura, de desmerecer lo anterior. Además no me acuerdo de algunas letras que escribí hace años y de vez en cuando llega alguien y te dice: “esa frase es igual que la de aquel tema que escribiste en el 89”. Hay que cambiarla. Creo que con estas nuevas canciones he sacado petróleo de una zona de mi cerebro donde ya había hecho prospecciones y nunca había encontrado nada.



¿Cómo eres en el estudio de grabación, metódico o dejas espacio para ideas que surjan sobre la marcha?, ¿tiendes a probar cosas nuevas?, ¿aceptas ideas de los músicos que te acompañan?

El estudio de grabación es un poco como una cámara de tortura. Cuando entro por la puerta me imagino que hay un letrero que pone “Destino: la perfección”. Y soy tan imperfecto que me echo a temblar. Tienes que cuidar los detalles hasta la extenuación. Cualquier pequeño error que pasa desapercibido al común de los mortales, al escucharlo ciento veinte veces te das cuenta de que está ahí y no puedes dejarlo. Es un proceso paranoico y antinatural, porque la música debe fluir sin tantos miramientos, con sus imperfecciones y todo, pero luego piensas que eso se va a quedar así para los restos y te agobias. Por supuesto que los músicos que participan tienen el derecho y la obligación de aportar ideas, para eso están. Unas se utilizan y otras no, lo mismo que pasa con las mías.


¿Sueles desechar muchas ideas? ¿En qué momento del proceso de composición sabes si una canción pasará el corte?


En el momento en el que, al cabo de varios meses, vuelvo a oír la cinta de casete en la que grabo todas las ideas que se me van ocurriendo y de pronto rebobino y exclamo “joder, esto es buenísimo”. Ahí empiezo a desarrollar la canción. Los bocetos de canciones que no me provocan esa emoción los borro, y para cada disco suelo borrar treinta o cuarenta. Creo que es bueno dejar reposar las canciones un tiempo. Son muy mentirosas y te suelen engañar con un riff, con un estribillo resultón o con cualquier chorrada brillante. Cuando pasa el tiempo por ellas te das cuenta de cuáles eran de verdad y cuáles no.



En una entrevista con Fernando Alfaro, me dijo que el español, una vez que consigues aprender a utilizarlo a la hora de escribir letras, es muy agradecido porque fonéticamente es muy sonoro. ¿Qué opinas de la dimensión sonora de nuestro idioma?

El español es duro a la hora de moldearlo. Las estructuras rítmicas y melódicas del rock necesitan de mucho monosílabo para que las palabras encajen bien en las melodías y el inglés los tiene a mansalva, lo mismo que palabras de acentuación aguda. En castellano la mayoría de las palabras tiene acentuación llana y eso complica las cosas, por ejemplo a la hora de finalizar una frase. Mucha gente se agarra al clavo ardiendo de utilizar los infinitivos; abusan de ellos y al final parece una canción escrita por un indio Sioux. En cualquier caso estas consideraciones son superfluas. Lo importante es escribir en el idioma en que se piensa. Los matices que le puedes dar a una idea con el idioma con el que normalmente te expresas no se los puedes dar con uno que has aprendido en una academia de 5 a 7.



Echando una mirada sobre tu larga carrera como letrista, ¿adviertes diferentes etapas en cuanto a motivaciones, influencias y formas de encarar los textos? En caso afirmativo dinos cuáles.

Ya te he dicho que he olvidado algunas cosas que escribí y me da mucha pereza releerlas, ¿para qué? No sé a qué me refería ni lo que me motivó escribirlas. Me imagino que fue la nada poética y urgente necesidad de tener letras para poder grabar esas canciones. Sí que recuerdo que muchas de las canciones de 091 las escribí en los estudios de grabación. Siempre me pillaba el toro y había que grabar las voces y no tenía nada escrito. Mientras los otros se iban de juerga por los garitos de Madrid yo me quedaba en el hotel, puteado escribiendo versos. Qué ingrato. Siempre que he tenido eso que se llama “un bache creativo” he encendido varitas de sándalo imaginarias en un altar donde tengo fotos de Dylan, Lennon, Leonard Cohen, Joe Strummer, Costello, Chuck Berry y otros grandes letristas. A veces ha funcionado. Otras veces he encendido velas en otro altar donde cuelgan retratos de T. S. Eliot, Rimbaud, Baudelaire, Walt Whitman y Cioran. También funciona.


A la hora de comenzar a escribir una nueva letra, ¿te mueve la intención de transmitir algo en concreto, o te dejas llevar por la pluma?

No, no. Nunca he dicho “hoy voy a escribir sobre… el agujero de la capa de ozono y su influencia en las relaciones amorosas en las parejas heterosexuales de las grandes ciudades”. No; mi proceso creativo tiene mucho que ver con aquel gran invento dadaísta que fue la escritura automática. Surge una frase o un par de palabras que suenan bien y sigo añadiéndole elementos. Obviamente, en algún momento del proceso me planteo el enojoso dilema de decidir de qué coño va a ir esto. Entonces racionalizo un poco y encauzo artificialmente el caudal onírico. En eso consiste el arte, en manipular las emociones y en domar la belleza salvaje para fijarla en un pentagrama, en un lienzo o en un folio, ya sea una canción, un cuadro o un libro. Para eso hay que tener decisión y oficio, aparte de cierto talento.


¿Tu faceta como articulista ha influido en tu forma de escribir las letras de las canciones?

No, en todo caso al revés. Sólo llevo dos años como articulista en el periódico Granada Hoy. Son registros totalmente diferentes. Además, escribir sobre Álvarez Cascos, Zaplana, Aznar, Carod Rovira o Zapatero difícilmente podría provocarme ningún estímulo positivo a la hora de hacer una canción. La mayoría de los políticos son gente gris que han escalado puestos en sus partidos y han embaucado con sonrisas a la gente para que los votaran. Mis canciones nunca han tenido nada que ver con eso. Al contrario, de vez en cuando dignifico las figuras de estos personajes y de otros como ellos dedicándoles unas cuantas bellas metáforas que no se merecen.



“En eso consiste el arte, en manipular las emociones y en domar la belleza salvaje para fijarla en un pentagrama, en un lienzo o en un folio, ya sea una canción, un cuadro o un libro. Para eso hay que tener decisión y oficio, aparte de cierto talento”


¿En qué momento de tu carrera te has sentido más satisfecho artísticamente?

Yo, cada tres meses, cuando me llega el cheque de Autores, me pongo a cantar “What a Wonderful World” de Sam Cooke. Hago una gran interpretación. Mis vecinos lo saben y dicen. “ya le ha llegado el cheque a Lapido”. Es en esos momentos es cuando pienso que la vida no es tan mala como creemos. Por lo demás, dejando aparte consideraciones artísticas, te puedo decir que el mero hecho de que este disco se haya editado me lo tomo como un triunfo personal. Por goleada contra la adversidad.



¿Qué discos admiras más por su sonido?

Muchos. Los discos que se grabaron en lo estudios Chess de Chicago suenan a gloria bendita. Los que grabó Sam Philips en Memphis tampoco están mal, pero es otro rollo. En los 60, las producciones de Shel Talmy para los Kinks, Who, Easybeats o Manfred Mann me encantan. El sonido general del Doble Blanco de The Beatles creo que es una de las cumbres del rock, es impresionante. Más, si cabe, sabiendo que lo grabaron con Yoko Ono acostada debajo del piano. Hay que tener valor. No sé, hay tantos… últimamente uno de los discos que más me gusta como suena es el “Bubblegum” de Mark Lannegan, un poco en la onda de Eels, uno de mis grupos favoritos.



Sueles citar a tus héroes musicales en algunas de tus letras, generalmente son maestros del blues ¿Qué te ha proporcionado el blues, aparte de los acordes?

Sí, es cierto. Es una tradición que empecé con una canción que compuse en el 87 más o menos, para “Debajo de las piedras”, aunque luego no la incluimos en el disco. En esa canción nombraba a J. B. Lenoir. A partir de ahí he nombrado a Elmore James, en “Qué fue del siglo XX”; a Muddy Waters en “Mi nombre es Sísifo”; a Howlin’ Wolf en “Imposible”; a Bo Diddley en “Alguien vendrá” y ahora, en este nuevo disco, he puesto a Robert Johnson en “Más difícil todavía”. Es algo que me encanta, poner el nombre de mis ídolos en mis canciones. El blues es una cura de humildad para cualquier músico. Lees las biografías, escuchas los discos, conoces en qué circunstancias fueron grabados y dices: “eso sí que tiene mérito, y no lo mío”.



¿Qué sensación tienes con respecto de este disco?

Sensaciones contrapuestas. Por un lado creo que es un buen disco. Sin falsa modestia, creo que tiene doce grandes canciones, no hay ninguna de relleno. Por otro lado pienso si eso bastará para que la gente se acerque a la tienda a soltar la pasta.



¿Cómo llevas todo el proceso no musical para llegar hasta este disco (creación del sello, diseños, distribución, promoción…)?

Fatal. El tema de la autoedición me roba muchísimo tiempo. Un músico debería ocuparse solamente de componer e interpretar sus canciones. Todo el proceso industrial y comercial que lleva aparejado la edición de un álbum deberían llevarlo otros, pero en mi caso no encontré a nadie dispuesto a hacerlo y no podía dejar que las canciones se quedaran en el limbo de los justos. Me armé de valor y decidí crear Pentatonia Records, que es una especie de balsa de náufrago. Ahora que ya está todo en marcha me siento orgulloso de haberlo conseguido. ¡Sigo a flote!



Te dije en su momento que me parecía tu trabajo más emocionante, a lo mejor el más profundo, y en ello pienso que tiene mucho que ver la música, los arreglos. ¿Qué has tratado de expresar o destacar y qué elementos nuevos has utilizado para ello?

He intentado tratar con respeto a cada canción. Pensando mucho cuál era el traje que mejor le venía. Una canción se puede vestir de muchas maneras posibles y, a veces, aunque la canción de cara sea muy guapa, puede estropearse al salir a la calle con el vestido inapropiado. Precisamente quería que las canciones tuvieran una emoción que englobara el llanto y la sonrisa. Un cuadro de Caravaggio no nos muestra nada amable ni agradable de ver a priori: martirios de santos y cosas así, pero su contemplación te provoca unas emociones placenteras: te conmueve. Eso he intentado con estas canciones: hacer de la tristeza, la rabia y el dolor algo bello.



¿Cómo conseguiste el sonido de guitarras de “Más difícil todavía”?

No recuerdo exactamente con qué guitarras grabé ese tema. En el estudio teníamos preparadas varias e íbamos utilizándolas alternativamente. Había un par de Les Paul Custom, dos Telecaster, una Fliying V y, por supuesto, mi vieja SG. De amplis teníamos un Fender Bassman, un Twin Reverb, un Vox AC30 y un par de Marshall JCM 800. Alguien me ha dicho que las guitarras de esa canción suenan igual que algunas de las de los Stones de los 70. Posiblemente: Jimmy Miller es uno de mis productores preferidos. Cuando los Cero íbamos a grabar “Tormentas Imaginarias” llegamos a llamar a su oficina para pedirle caché, como pagaba Polygram pensamos que no habría problemas. Pero sí los hubo: era demasiado caro.



En este disco me ha parecido la voz más natural que nunca, menos impostada, ¿Cómo te encuentras con ella tras estos años de experiencia en solitario?

Cantar es una tarea dura. Cuando me metí a cantar sabía que me metía en un charco de dimensiones considerables. Ya lo he dicho otras veces: mi voz es un bien escaso, como el agua, pero con los años he aprendido a administrarla. A veces hasta me gusto a mí mismo, algo increíble.



¿Es éste un trabajo crucial para José Ignacio Lapido?

Indudablemente se trata de una apuesta arriesgada. Si no funciona bien comercialmente me va a ser muy difícil grabar otro, a no ser que conozca a un filántropo aficionado al rock al que no le importe hacer un donativo para la causa. Aunque se me tache de pesimista, aquí está la prueba de lo contrario. Éste disco habla explícitamente de lo ingenuo que puedo llegar a ser. Un iluso. No hay nada mejor para arruinarse que tener fe en uno mismo.

Pasado un año, ¿qué balance haces de "En Otro Tiempo, en Otro Lugar" y de lo acontecido en ese tiempo?

Hace poco volví a poner el CD. Hacía meses que no lo escuchaba -la verdad es que nunca pongo mis discos- , y me pareció que sonaba bien, que las canciones estaban bien interpretadas y, en definitiva, ¡que me gustaba! Eso es lo mejor que puede pasarle a un disco, que le siga gustando a su autor un año después de haberlo editado. Lo normal es lo contrario, que echemos pestes de nuestras propias obras al poco de hacerlas. En fin... el balance que hago de este año transcurrido es bueno. Eso sí, sin ningún tipo de euforia. Ha sido muy duro el trabajo de autoedición y me ha quitado tiempo para la composición que es lo que más me apetece. En cuanto al tema de directos, pues igual. Más de treinta conciertos por todo el país. Lo mejor es conocer gente que está volcada con tu música: es un verdadero honor para mí tener seguidores así.

Respecto de la reedición de "Último Concierto", ¿Has notado cambios apreciables en la percepción de 091 por parte del público y los medios en estos diez años?

El paso del tiempo recubre todo con una pátina de respetabilidad y, en cierta manera, de leyenda. 091 no ha sido ajeno a este curioso fenómeno, pero debo decir que a los Cero siempre nos tuvieron mucho respeto. Las críticas que han aparecido de la reedición han sido inmejorables, cosa que como editor me satisface. Quería hacer las cosas bien en ese aspecto. En cuanto a las ventas... pues lo de siempre: lo justo para salvar los muebles.

12 noviembre 2006

DIRECTO DR. DIVAGO Y HONDONERO

Sala Sugar Pop (Granada)
30-09-06.


Sala pequeña, techo bajo. La escuela emocional de unos Dr. Divago apretados en el escenario volvió a decir mucho, de forma incansable y, lo que es más importante, inconfundible. Abrieron esta actuación compartida (con menos repertorio del habitual por ambas bandas) como siempre, yendo a por todas, con tandas de temas enlazados antes de decir buenas noches (“Lo Que Me Desespera”/”En Otra Vida” e “Insomnio”/”El Tiempo En Contra”). Presentados en cuarteto, sonaron fibrosos, aunque la falta de de la armónica y complicidad escénica de Chumillas siempre se echa de menos. Los de Manolo Bertrán optaron por lo más irresistible e inmediato de su reciente “Revuelta Elemental”, con canciones de la talla de “Los Tontos Buenos Tiempos”, “Tres Billones De Latidos” (con ese estimulante inicio) o “El Vagabundo De Las Azoteas”. Sólo se permitieron lentificar su intensidad natural para “Srta. Alfa”, su único medio tiempo de la noche; y relanzaron con energía y disposición new-wave clásicos de su repertorio como “Mi Calle” de Lone Star, “Jugando A Pillar En El Limbo” o “No Tan Bueno”. Despidiéndose rockanroleando tanto como en el primer tema con “No Necesito Más Reproches”. Supo a poco. Hondonero por su parte, despliegan un sonido más adensado, centrado en un competente rock de guitarras, a pesar de que las chapas y corbatas que llevaban pareciesen querer desmentirlo. Basculan entre el rock americano y la vocación melódica, con su par de solos y algún desarrollo. Basaron su pase en su último cd “Señales”, con temas como la inicial “Suerte” (con una tímida programación de ritmo), “Ying-Yang” o su revisión de los Smithereens “Sangre Y Rosas”. También versionaron el “You Got My Number (Why Don´t You Use It)” de los Undertones, llevándolo directamente al sonido obcecado del revival garajero de los ochenta, y se fueron con una festiva “When A Womans Call My Name” de los Miracle Workers, aparecida en su “Blacksoul´s Club” de 2.000.


Publicado en el número 232 de la revista Ruta 66.

08 noviembre 2006

JAVIER CORCOBADO "El Amor no está en el tiempo”(Tropismos, 2.005).

No estoy seguro de si era el tipo de narrativa que esperaba de Javier Corcobado, pero sí de que, página tras página, sus imágenes y visiones me acaban remitiendo a él inexorablemente.
El autor se nos revela aquí como un esmerado prosista con vocación de totalidad para reflejar la sociedad que le rodea (“la sociedad como materia novelable” que decía Galdós), a la vez que sacude un montón de ideas preconcebidas. Mientras da cuenta de la lucha de su peculiar héroe por disolver las tenazas del tiempo y el destino, visita con paso seguro abisales simas de oscuridad, volviendo con algo de luz entre los dedos. Sus descripciones pueden ser pormenorizadas y prolijas, de una precisión que no descuida ningún detalle, al modo naturalista, incluso documentadas hasta la extenuación (uso de lenguaje médico o científico); otras veces estimula su ritmo con ágiles frases cortas de información ajustada y urgente, o difumina momentáneamente las coordenadas espacio-temporales para volcarse en un lirismo simbólico que puede ser tan hermoso como desmesurado, retorcido o acróbata. Por momentos, un imaginario dial parece desplazarse caprichosamente provocando interferencias en la velocidad de crucero del relato. Emerge entonces un vacío truculento, seco como un tajo, la realidad se ve sorprendida por un inesperado flash surrealista de dientes pesadillescos. Todo esto con la virtud fundamental de no provocar desequilibrios en la narración.
Escrita en tercera persona con el clásico narrador omnisciente (que a veces hace uso arrebatado de la opinión), da gran peso a los diálogos e incluso transcribe de forma curiosa los pensamientos de los personajes, extractando lo fundamental de aquéllos para ofrecérselo al lector, en un afán informativo quizá excesivo. Aparte, reflexiona a través de ellos, colándose en determinados momentos demasiado Corcobado en sus palabras, o pone en sus bocas curiosas e interesantes reflexiones o teorías socio-científicas que derrapan en el delirio tanto como arropan el lado fantástico de la novela. Insiste en el monólogo interior haciendo uso del recurso del diario personal para ahondar más si cabe en los pensamientos y reflexiones de su protagonista. Así, los personajes son expuestos con todo detalle, se aportan con generosidad datos incluso de los secundarios; pero en ningún momento se imponen a la presencia del narrador creando el relato, sino que son utilizados para escenificar las líneas argumentales claramente marcadas por aquél. La complejidad que pueda desprenderse de ellos no es tal a la hora de juzgarlos, característica ésta que enlaza con otras que precipitan esta novela a una suerte de aventura que abraza sin ambages lo folletinesco, tomando la historia direcciones que algún autor de best-seller envidiaría. La narración va soltando deliberados cabos que nunca se pasarán por alto, pistas, semillas que crecerán posteriormente. Hay anagnórisis, venganzas, delirios futuristas, científicos locos, amores totales e imposibles, acción: asesinato, sexo, ataduras, dolor; y la complicidad que se suele crear en estos casos entre narrador y lector, disponiendo éste del privilegio de la mirada global sobre la historia y los protagonistas, contando con un poco más de información que éstos.
El Estilo Corcobado va poco a poco impregnando un texto sólido que encierra todo su despliegue de fantasía en una verosimilitud trabajada con el tesón de cualquier clásico ruso. Saca la cabeza la metáfora fulgurante, sugestiva (a veces ingeniosa y en ocasiones reiterativa), tremendista, imposible. Hay lugar para retazos de humor negro y dentelladas de mordacidad. Se combinan, finalmente, diversos planos narrativos situados en distintos lugares y tiempo, afluentes de la historia central. El discurso se sustenta en la fragmentación y la elipsis: bloques en forma de capítulos que avanzan y retroceden en el tiempo otorgándose sentido e iluminando zonas oscuras a capricho, teniendo así varios frentes abiertos que estimulan el interés en la lectura. Acaso la vocación simétrica del desenlace pueda resultar un tanto forzada.


Aparecido en el número 232 de la revista Ruta 66.

26 octubre 2006

HOGAR, DULCE HOGAR

"El año que viene haré discos que venderán más millones, así podré comprarme dos mansiones en vez de una" Jon Bon Jovi, uno de los reyes del AOR.

Estimados Psicocamaleones:

Iniciamos este veloz recorrido por la relación de determinados músicos con sus hogares, con esta cita de uno de los músicos más superficiales de la tierra, fiel al mito de las mansiones como inequívoco símbolo de riqueza y éxito; el polo opuesto al espíritu okupa del joven Joe Strummer de los 101´ers.
En plan megalómano Graceland es el plato fuerte, qué duda cabe. George W. Bush, en una de sus pocas actuaciones no agresivas, invitó a visitar la mítica vivienda de Elvis al primer ministro japonés, Junichiro Koizumi cumpliendo así el sueño de éste (qué bien, un político con sueños no prosaicos). Con ella se inició la mitología de las mansiones de las estrellas del rock. Elvis la compró en 1.957, y allí llevó a sus papás y a la abuela. Veintitrés habitaciones y seis hectáreas de terreno rodeándola y al poco tiempo la mamá ya tenía pollos piando por el porche. Allí tuvieron lugar gran parte de sus excesos y excentricidades de noctámbulo (como disparar a sus electrodomésticos). Un sitio tan excesivo, estadounidense y hortera como para que de su fuente manase coca-cola. Se ha convertido en lugar de peregrinación de centenares de imitadores y miles de seguidores de todo el mundo, ya que Elvis descansa allí. Por cierto, la van a convertir en Monumento Histórico Nacional, no en vano es el lugar más visitado de los Estados Unidos tras la Casa Blanca. Lo mismo ocurrirá con la casa de Bob Marley. Qué desperdicio, con la de apartamentos que podríamos sacar los españoles de ahí.
La mansión de Michael Jackson se llama Neverland, situada en el Condado de Santa Bárbara, en Los Ángeles, surgió sobre un terreno comprado en 1.988 por el artista. Tan tierna ella, allí te puedes pasear en unos caballitos que no paran de dar vueltas, montarte en sus locomotoras, visitar el zoológico, o jugar a la guerra con bombas de agua, esas cosas. La de Prince es Paisley Park, en Minneapolis, y debe parecer un apartamento comparada con la anterior. Erigida (porque las mansiones se erigen no se construyen) tras los espectaculares beneficios de “Purple Rain” en 1.984; aquí se encuentra también su estudio de grabación. En un penúltimo ataque de vanidad, Prince, imitando al Willy Wonka de “Charlie y la Fábrica de Chocolate” decidió introducir siete entradas plateadas en el interior de su último trabajo, “3121”, los siete afortunados serán obsequiados con un viaje a Paisley Park y un concierto sólo para ellos. No sé en qué habrá quedado esa historia.
Bob Dylan anduvo de casa en casa bastante tiempo a su llegada a Nueva York. Nuestro sin techo preferido unió casa e inspiración en las sesiones que dieron lugar a “The Basement Tapes”. Después de retirarse a Woodstock con su mujer e hijos tras su accidente de moto, hizo llamar a The Hawks, que seguían siendo su banda de acompañamiento, para trabajar en proyectos e ideas aún sin perfilar. Éstos aparcaron su vida de moteles y alquilaron una gran casa cercana pintada de color rosa, bautizada por ellos como “Big Pink”. Allí, durante casi todo 1.967, ajenos a la abducción psicodélica, se grabaron y compusieron decenas y decenas de temas en los que Dylan se congraciaba con la tradición rural de Estados Unidos. Cuando The Hawks se reconvirtieron en The Band al año siguiente, llamaron a su mítico primer álbum “Music From Big Pink”. Por una razón u otra Bob no tenía suerte con sus sucesivos domicilios, en 1.973 fijó la residencia familiar en la península de Point Dume, cerca de Malibu Beach, en California. Su construcción fue una odisea de tintes surrealistas cuando bobby decidió crear su propia fantasía, como él mismo decía. Durante los siguientes tres años, artesanos hippies contratados hicieron a mano los azulejos para baño y cocina (sus hijos diseñaron los azulejos de sus baños personales), las puertas fueron hechas a mano, no habiendo dos iguales, sobre la piscina se colocó un puente cuyos pilares tenían la forma de piernas de mujer, y el se empeñó en colgar del techo uno de sus primeros coches. En fin…
No cabe duda, a veces las viviendas cambian considerablemente de tamaño, así, en agosto de 1.962 Mick Jagger, Brian Jones y Keith Richards se mudaron al 102 de Edith Grove, un piso modesto situado en la zona denominada World´s End del barrio de Chelsea, en Londres: dos habitaciones, bombillas desnudas, extremadamente húmedo y con una estufa de gas de monedas para mantenerlo caldeado. En abril de 1.971 los Stones iniciaron su exilio en Francia para evitar al duro fisco inglés, Richards alquiló en la costa azul una villa llamada Nellcote a razón de 10.000 libras mensuales, una escalinata conducía a una playa privada, las techos de la parte baja superaban los nueve metros de altura y una tropa de cocineros servían comida a cualquier hora a músicos, camellos y amigos. En su sótano se grabó el fantástico “Exile On Main Street”.
No todos están igual, claro, unos Stones ilusionados, recién llegados a EEUU quisieron visitar los estudios Chess de Chicago para conocer a sus ídolos, entre ellos Muddy waters, intérprete del blues que los bautizó. La sorpresa fue encontrarlo subido en unas escaleras pintando las paredes de los estudios, mientras ellos, gracias en buena parte a su inspiración, iniciaban la conquista de aquel país.
Tener albañiles en casa suele ser engorroso, pero no tanto como lo fue para Brian Jones; la extraña relación que entabló con Frank Thorogood, capataz de la cuadrilla que tenía contratada, puso fin a su vida. Según declaró veinte años después su novia de entonces, Anna Wohlin, Frank ahogó a Brian en su piscina mientras discutían de dinero en el transcurso de una velada celebrada por ambos y sus parejas. La leyenda añade que Thorogood reconoció su culpa en su lecho de muerte.
Dicen que Alex Chilton heredó en Memphis una casa, la cual sirve como cobijo a músicos amigos, ¿qué tal será como casero? El eterno líder de Ilegales, el bueno de Jorge Martínez, hijo de aristócrata, utiliza como retiro espiritual y local de ensayo un palacete familiar del siglo XVI, el Palacio de Bolgues, donde convive con los recuerdos de su infancia a guitarrazo limpio. Hotel dulce hotel, tras el incendio de su casa, Antonio Vega ha vivido largo tiempo en uno de ellos. Lou Reed, vecino en tiempos de Mike Tyson en Nueva York, se sentía extraño al coincidir con él en el ascensor, no es para menos. En 1.990 Tav Falco actuó en Rugby, ciudad de los Spacemen 3; antes de despedirse, el narcoespacial Sonic Boom, co-líder de la formación inglesa, tuvo a bien mostrarle la colección de bólidos Jaguar de época de su padre. Falco recuerda con admiración que cada vehículo permanecía en su propio e inmaculado garaje, “más limpios y mejor amueblados que muchos de los hoteles en los que hemos estado”.
Kurt Cobain se acabó haciendo una mansión en su Seattle natal. Allí terminó con su vida. “Last Days” la reciente película de Gus Van Sant, nos ofrece la imagen de este mito a su pesar perdido entre las grandes habitaciones de esa residencia destartalada.
Paul Mc Cartney, siempre tan práctico, hizo construir sin permiso una lujosa cabaña en su propiedad de East Sussex, una zona boscosa, la cual le costó 1,46 millones de euros, y se la quieren derribar… pobre. Siempre podrá instalarse en su ático de Piccadilly, su casa del norte de Londres, la granja de Escocia, el piso de Nueva York, el rancho de Arizona…
Muchas vueltas se le dio en su día a la mansión del desaparecido George Harrison, situada a las afueras de Londres, y su sofisticado y obsesivo sistema de seguridad (fruto de los temores a un atentado que le asaltaron tras el asesinato de Lennon) cuando un desequilibrado burló todas las alarmas y le atacó con un cuchillo, en 1.999. Por cierto, y cerrando con derribos, Einstürzende Neubaten, la banda alemana del gran Blixa Bargeld, significa en alemán “derrumbando los nuevos edificios”.


Publicado en el portal de humor gráfico y cómic Irreverendos, en octubre de 2.006.

21 octubre 2006

"Nosotros...

"Nosotros no hemos heredado este planeta de nuestros antepasados sino que lo estamos tomando prestado de nuestros sucesores" (Jostein Gaarder).

15 octubre 2006

TEMA DEL MES

THE ZUTONS "Why Won´t You Give Me Your Love" ("Tired Of Hangin´Around" (Deltasonic, 2.006)).

Este tema pertenece al segundo álbum de esta banda de sonido exhuberante pero irregular proveniente de Liverpool. Está producido por Stephen Street. La canción en cuestión es de largo lo mejor del disco: vibrante, arrebatadora, un punto excesiva; con su inicio con un cortante riff de blues pantanoso, ya acelerado, llevado en volandas por turgente fraseo de saxo y elocuente dúo de voces hacia el incontestable y festivo viento soul-pop de una composición que en su estribillo se emparenta con los momentos más memorables de T-Rex. El vídeo está divertido.

10 octubre 2006

ENTREVISTA A HONDONERO

“GUITARRAS, ALIMENTO PARA NO ALIENADOS”
Tras seis años desde “Blacksoul´s Club”, vuelven Hondonero. La banda de los hermanos Mateo reaparece en el panorama discográfico con un sonido preciso y contundente al que se le cuelan las melodías por todas partes. Con la frescura del principio y las ideas muy claras; queriendo sonar más directos, efectivos y luminosos que nunca. Juan Antonio Mateo contesta a nuestras preguntas mientras practica con su sitar.


¿Qué ha sido de Hondonero estos últimos años? ¿Cómo surgió el contacto con la resucitada Flor y Nata?
Somos una banda de directo y nunca hemos dejado de actuar y de grabar, el caso es que al no tirar de modas nos ha costado mucho obtener el mínimo reconocimiento que cualquiera que abandere una nueva corriente obtiene. Tras enviar algunas maquetas a diferentes discográficas con los temas de “Señales”, Flor y nata nos ofreció un contrato para grabar dos discos con unas condiciones bastante aceptables, tantearon que eran buenas canciones y que estaba demostrado que el grupo estaba vivo y con muchas ganas.

Preséntanos un poco el disco.
Señales es un álbum de canciones sencillas pero impecablemente ejecutadas, rock atemporal y power pop en español que juega con guitarras contundentes y estribillos latentes, algún sampleado y hasta un sitar con el influjo de San George Harrison. No te voy a decir que es la bomba de la originalidad, pero por una vez hemos logrado llamar la atención de todo tipo de público y hasta colarnos en alguna radio fórmula, con nuestros anteriores álbumes estábamos asentados en un estrato del rock underground español del que ni subíamos ni bajábamos.

¿Cómo surgió la idea de introducir samples y efectos, en un trabajo, creo, consagrado a las guitarras y los sonidos clásicos?
Se trataba de hacer un trabajo variado y con el que nos encontráramos a gusto. Llevo tiempo escuchando a bandas tipo Primal scream o kasabian que introducen en sus bases rítmicas programaciones y me apetecía hacer algo en esa onda. De hecho las programaciones y el sitar los incluimos incluso en directo sin perder en absoluto nuestro instinto básico rockista, ya hemos superado un poco la etapa de que un grupo son dos guitarra, bajo y batería, se trata de poner unas notas tecnológicas al servicio del rock sin perderte en ella, tampoco es que hayamos variado nuestra personalidad con esos pequeños detalles

¿Por qué este viraje hacia el pop?
Este álbum se asemeja un poco más a nuestras primeras grabaciones, menos artificios guitarreros y canciones más directas y con el minutaje justo. Ha sido fundamental la incorporación hace tres años al grupo de nuestro nuevo batería y productor José Quintana, nos conocía desde hace años y sabia cuales eran nuestros puntos más descuidados, fue el impulsor de hacer que ganáramos en melodía en pos de agresividad; a ello también ha contribuido el mastering de José Maria Rosillo que ha dado más calidez a las voces.

En los créditos del cd agradecéis el apoyo de los Smithereens. ¿Los tuvisteis al tanto de la grabación de “Sangre y Rosas”?
Sí, antes de grabarla intentamos contactar con ellos para no tener ningún problema al adaptarla, conseguimos hablar con el guitarra Jim Babzak que se mostró receptivo y agradecido por el homenaje deseándonos mucha suerte.

¿Piensas seguir trabajando en la línea de “Electric Raga”?
Me encanta el aire psicodélico del sonido del sitar mezclado con las programaciones y ya tengo un par de nuevos temas montados que iremos ofreciendo paulatinamente en directo, donde volvemos a mezclar bases sampleadas y batería.

¿Qué impulsa a Juan Antonio Mateo a componer canciones?
Te podría decir que después de los años es ya casi una necesidad que me surge periódicamente el encerrarme solo en el local para crear melodías y ver como van creciendo después hasta transformarse en canciones junto al resto de la banda. Para una letra cualquier cosa me inspira, una conversación, una noticia, un desencanto, quizá cada vez un poco más la nostalgia.

Desde tu perspectiva como periodista musical y músico, ¿Tienes alguna teoría sobre el porqué de la pérdida de fe en el rock´n´roll por parte de las nuevas generaciones?
No se puede decir que la juventud esté menos o antes estuviera más enganchada al rock, los artistas que se adaptan a las exigencias del mercado son los que siguen tirando del público igual que en los últimos veinte años, no me gusta dar nombres pero solo tienes que encender la radio y escuchar. En los ochenta parecía que el rock y todos los grupos estaban de moda, pero solo eran cuatro los que realmente llenaban, y en los noventa el indie tampoco acabo de romper popularmente creando, con excepciones, un auténtico aluvión de grupos infumables. Aunque la juventud actual del macrobotellón se ve como más conformista y alienada, tienen internet como medio de difusión totalitario para lo bueno y lo malo, están mejor informados, y se nota cómo música y noticias se mueven más rápido.
Publicado en el nº231 de la revista Ruta 66