25 octubre 2013

EXCUSAS, ÚLTIMA PLANTA

Cuando entré a formar parte de un gabinete de prensa tan concurrido, pensé que me pasaría los días tropezando con gente y llevando cosas de un lado para el otro. Pero no fue así, me instruyeron concienzudamente para aprovechar las jornadas de cabo a rabo leyendo periódicos, mirando la televisión, escuchando la radio y preparando resúmenes en uno de aquellos despachitos escondidos de la primera planta. Leía, subrayaba, resumía. Dedicaba todas las mañanas a perseguir y recortar artículos críticos, informaciones, rumores lanzados como noticias, o acontecimientos que rozaran nuestra nave por algún flanco. Era una labor mayormente pesada y gris, casi funcionarial; algo así como buscar el grano gordo entre la paja. Solo lo que estuviese muy claro, no me estaba permitido interpretar. Otros más talentosos o de  instancias superiores se dedicaban a filtrar, descontextualizar, desviar, ocultar, atraer la atención y otras labores de mayor complejidad. “Todos somos un equipo”, me dijo una mañana una mujer a la que no volví a ver. Tomé un sorbo de mi café y asentí con la cabeza.

Nuestro barco avanzaba firme, y la política de prensa cada vez cobraba más importancia. Una labor callada, constante, a la que yo me entregaba con toda la precisión que podía, tratando denodadamente de ascender dentro de mi oscuro departamento, en aquel edificio ceniciento de hormiguitas hacendosas. La impopularidad que acarreaban la corrupción, los problemas y las decisiones era repelida, las encuestas desfavorables doblegadas. Gracias a nuestra actuación, nos deslizábamos sobre la situación general casi sin rozarla, nada nos mellaba, navegábamos a velocidad de crucero. Poco después me incorporé, en la segunda planta, al equipo de Pasado, como lo llamábamos en nuestra jerga, una mejora por fin. Revisaba declaraciones, entrevistas, noticias, cualquier acontecimiento del pasado susceptible de ser sacado casualmente a la luz, tanto para ser lanzado como para utilizarlo como escudo. Pero, bueno, siempre me dejaban claro que me dejase de sutilidades, que no era lo mío, que solo buscase lo estridente. Otros departamentos se encargaban de hilar, de sacarle punta a todo, de manipular, de dosificar los datos o de “hacer la verdad más habitable”, como decía un jefe muy raro que tuvimos que no parecía sentirse muy feliz entre nosotros.

Nuestro barco avanzaba firme y la política de prensa era ya sin disimulos el mascarón de proa. Poco después internet se convirtió en una herramienta de uso cotidiano, y las redes sociales se extendieron hasta alterar sustancialmente nuestras costumbres. Todo parecía estar al alcance, pero no, claro. Aún así, a mí me seguían cayendo a veces absurdos trabajos de campo, como investigar el tipo de personas que compraba según qué prensa en el quiosco, aunque a esas alturas ya todos sabíamos que el meollo estaba en la red, y, claro, indagar allí correspondía a otro tipo de personal. Me hubiese gustado también ser un infiltrado real o virtual, pero por alguna razón no me vieron cualidades para ello. De todas formas en voluntad y ganas de progresar no me ganaba nadie. Aportaba ideas aquí y allá, algunas tan ladinas que mi superior comenzó a tenerme cierta consideración.

Algunos años después, nuestro barco más que avanzar se mantenía, las cosas no estaban tan claras como en los buenos tiempos, y la política de prensa en aquel momento era, lisa y llanamente, lo único realmente importante. Ascendí en el departamento de Pasado, gracias a algunos pasos en falso que advertí con agudeza y, sobre todo, a otros que no eran tales pero que yo descubrí como fácilmente tergiversables. Esa palabra, tergiversar, que me hace temblar, me estaba poniendo en mi sitio dentro de la organización. Así iban las cosas, mejorando día a día, hasta que una mañana, nada menos que el director general, me propuso dirigir mi propio departamento en la última planta: Excusas. Acepté de inmediato y me rodeé de un equipo de personajes tan imaginativos y mentirosos como yo. “Todos viajamos en el mismo barco”, les advertí paternal junto a la máquina de café, palmeé y nos pusimos manos a la obra. Nuestra misión no era lo simple que puede parecer a priori: inventar excusas. Ya que había que hacerlo sobre acontecimientos, declaraciones o decisiones que aún no se habían producido. Se trataba de una acción preventiva. Tener un variopinto y elástico almacén de excusas capaz de sacarnos de cualquier embrollo en un máximo de 24 horas.


Mi equipo trabajaba con denuedo, codo con codo, cabeza con cabeza; hasta que nuestras imaginaciones se fundieron en un mismo y alborotado río. Hemos colocado frases en miles de declaraciones de prensa, y muchas de ellas han ayudado a alterar el curso de los acontecimientos, y hasta de la historia. Vuelvo a temblar: “necesidad perentoria”, “cuestión de estado”, “herencia recibida”, “altura de miras”, “exigencia de un mayor consenso”, “ataque deliberado al sistema democrático”, “juicio político”, “miren si no a los países de nuestro entorno”, “esto en Europa sería inimaginable”, y un largo etcétera. En esa época se produjo mi explosión y, amigos, tened claro que si no fuese por mi elevado sentido de la lealtad, ya hace tiempo que me dedicaría al asesoramiento privado y habríais visto mi foto en algún dominical, apoyado en la mesa de un despacho iluminado como Dios manda, con los brazos cruzados y una elegante camisa blanca hecha a medida. Y es que lo nuestro es algo secreto, pero será convenientemente estudiado en el futuro. En cenicientos edificios de muchos países ya me lo han dicho: “Nadie, nadie, se excusa como vosotros”.



Publicado en el nº 180 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a las excusas.

19 octubre 2013

GEOGRAFÍA

En cada metro cuadrado de terreno hay un norte y un sur.








Texto incluido en el libro de relatos de Juanfran Molina "Ciclorama".

18 octubre 2013

CORTINAS DE HUMO

Hoy, en el segundo aniversario de su muerte, aún recuerdo el día que mi abuelo llamó a la radio. Creo que fue la única vez que lo hizo en su vida. Yo estaba parado ante un semáforo, sintonizándola distraído en el coche. La mañana era fría y lluviosa. Los rostros de los ocupantes de los otros vehículos mostraban un barniz taciturno. Parecían lingotes de ilusión, antaño brillantes, ensombrecidos, gastados y mordidos por la derrota callada, la cotidianidad y la rutina.

La gente caminaba presurosa, abrigada y embozada, los paraguas querían volar. Desde el programa el locutor deslizaba mensajes publicitarios que sus contertulios apoyaban mientras lanzaban bromas, contaban anécdotas y reían a carcajadas. Esas risas sorteaban el frío y el aguacero colándose por auriculares, detonando dentro de oídos a los que decían desear sinceramente entretener y alegrar. Las risas también se dispersaron por el habitáculo de mi viejo utilitario. No contagiaron nada.

Dieron paso a las llamadas de los oyentes y surgió mi abuelo disculpándose por sus nervios. Quería opinar sobre algo que le tenía alterado desde hacía un par de meses. Le preocupaba sobremanera el Partido de la Verdad (PV), la nueva y revolucionaria opción, surgida del desgaje de varios partidos políticos, que apoyábamos todos sin reservas y que estaba alcanzando renombre incluso más allá de nuestras fronteras. Decía que le horrorizaba su agresiva y exitosa campaña en pos de desenmascarar todos los trucos del Estado, de las comunidades autónomas, de cualquier gobierno a cualquier nivel. Su voz temblaba (ya estaba muy mayor), pero se hacía más estentórea conforme cimentaba sus argumentos. Los invitados al programa no le interrumpían, algo que yo deseaba con todas mis fuerzas. Me lo imaginaba de pie, quijotesco, en amarillento pijama a rayas y pantuflas ante el vetusto teléfono de pared, sosteniendo una hoja temblorosa arrancada de uno de sus muchos cuadernos de notas, en los que solía apiñar, con letra pequeña y apretada, ideas de un cariz bastante onírico que a nadie interesaban. Tenía tantos que mi abuela, por tal de quitárselos de encima, durante una época me ha estado animando a llevármelos a casa por si podía sacar algo en claro para volcarlo en mis creaciones.

Yo, periodista free lance y escritor con obra por estructurar, como ya habrán adivinado a través de mi prosa, decidí aparcar en un pequeño solar abandonado para tratar de calmarme y asimilar tocas las cosas que decía mi abuelo con un tono cada vez más seguro, y sin que nadie tuviese el detalle de mandarlo a callar de una vez. Temblando, llegué a la conclusión de que querían hacer una pira con él como sacrificio ante un nuevo dios. Por un momento, tuve ante mí un primer plano de su rostro anguloso, casi transparente, en la televisión, tachado con un aspa rojo fuerte.

Transcribo algunas partes de su ingenua y delirante intervención, y resumo otras para así tratar de hacerles llegar la zozobra que experimenté: venía a decir el intelectual de la familia hasta mi aparición, que los acontecimientos le tenían sobresaltado, impidiéndole incluso conciliar el sueño. No creía para nada en la libertad real de individuo, y abominaba de ese dicho cristiano que sostiene aquello de que la verdad os hará libres, lo que sí hará es complicarnos la vida, afirmó, permitiéndose cierta jocosidad. Expuso su preocupación sobre ese repentino interés en descubrir toda la verdad sobre toda acción gubernativa, lo calificó de insensato y señaló sin ambages que los que mandan llevan el peso del mundo por nosotros. Explicó que las cortinas de humo habían existido desde siempre, aunque reconoció que bien es cierto que antes eran más lejanas; disimulaban lo que no debíamos conocer a nivel mundial o nacional de tal manera que ni nos dábamos cuenta. La verdad es que ahora las hay en cualquier sitio, y les da exactamente igual que las identifiquemos como tales, concedió. Vas a cualquier pueblo y la plaza está rodeada, casi siempre, por una cortina de humo agitada sin reservas por los hechos que esconde; todos miran, pero ya nadie pregunta nada. Silenciosa y tupida, de un gris lechoso que molesta un poco pero al que te acabas acostumbrando, roza los pies, produce leves cosquilleos, envuelve juguetona y las más de las veces termina entreteniendo que no veas.

Curiosa actitud, apunto yo, esa de acatar o incluso abrazar la cortina, mirándola con resignación aprobatoria. Acceder a mantener el estado de las cosas a fuerza de silencio y de hacer como que se desconoce la función real de esos acontecimientos gratuitos e inconexos que rodean y emborronan todo; y luego querer conocer hasta el último detalle de la vida de la gente, si es el lado malo mejor. Querer indagar en su sufrimiento, mirando la pantalla sin pestañear u observando al vecino enfermo o con problemas caminar con su desgracia a cuestas, reprochándole calladamente su discreción, deseando que se siente junto a nosotros y se abra hasta que su sangre llegue al final de la calle.

Dijo cosas de viejo, de otro tiempo; insoportablemente oscuras, desde luego: que si un día lo sabemos todo no lo podremos soportar y nos estallará la cabeza, que si nos han preparado siglo tras siglo, generación tras generación, para no querer ni saber mirar claramente la realidad, para no ir más allá de cualquier dulce quimera que hiciesen bailar ante nuestros ojos; tomándola equivocadamente como contraposición de lo cotidiano, esos pequeños problemas, reales o inventados, que, arguyó, eran como una sucesión de pequeñas cuerdas que van atando fuerte y en corto la vida y el pensamiento. Y blablablá.

Teorías conspirativas, opiniones dignas de una mente ya fatigada, tristemente limitada aunque voluntariosa y con evidentes muestras de chochez y elocuentes indicios de la enfermedad de Alzheimer. Finalmente, gracias al cielo, el locutor tuvo a bien detener ese mal rato para su familia y amigos, aunque él insistía en que lo llevaba todo anotado y le quedaba la mitad por decir. “Hasta aquí la opinión de Alfonso Ferrer”, anunció el locutor con voz cantarina. “No queremos ni necesitamos saber la verdad” le dio tiempo a gritar a mi abuelo antes de que la comunicación se cortase.


En fin, dos cosas abuelo: en primer lugar, estate tranquilo, todo sigue igual. Y en segundo, los cuadernos siguen en mi maletero.



Publicado en el nº 179 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a las cortinas de humo.

16 octubre 2013

NO SE ALARME

Y entonces la radio dijo que el tinte de las servilletas era tóxico
y nos aconsejó ponernos a cubierto
al día siguiente de que volase el techo.
Y la publicidad miente subiendo el volumen.
Y la vida hormiguea sin hormiguero
con ojos vendados
y oídos saturados.
Y cada tele ha construido un pequeño policía dentro.
Atento
mientras pisas el papel de regalo,
tú, evolucionado ser de complejos matices:
un día una mano enguantada llamará a tu puerta
y te dará a elegir entre el blanco y el negro.
Y en el supermercado,
alguien te toma del brazo para advertirte
que hemos llegado al final de algo
que ni siquiera habíamos empezado,
pero no pronuncia palabra
sólo tiembla y te transmite
el poder de su miedo.
No dobles más tu único billete
al abrirlo seguirá siendo de otro.
Levántate y anda, dice el ministro.
Los que pueden cambiar algo
se lamentan de tu mala suerte.
Ya no me queda lirismo,
sólo urgencia;
del centro del poema sale otro poema
y las manos de hierro y sangre
achican versos a zarpazos de seguridad nacional.
Hay que avanzar,
dicen subiendo el volumen
después de convertir la verdad en polvo
al dividirla en mil con el carné del partido
¡Síganos señor, no sea un perdedor!
si se para muere (o le matan)
(o le matamos nosotros)
por un error de comunicación
entre departamentos.
No se alarme, el porcentaje es de un uno por ciento.

11 octubre 2013

PAN Y CIRCO

    Sentado a la mesa del comedor mira la televisión con el volumen quitado, como casi siempre. Da vueltas con la cuchara a una sopa de sobre con ese característico olor tan potenciado que la delata a distancia. El cubierto entra y sale del líquido color hueso, creando una ilusión de plácido oleaje. Emerge siguiendo un ritmo pausado, distraído, trayendo siempre cosas desde el fondo floreado del plato: fideos, trozos como de zanahoria, o restos de la yema del huevo duro que ha decidido añadir.

   Sobre la mesa está la comida que pone el Estado. El profesional ahora en paro consume lentamente el subsidio que le queda a la familia, la última ayuda, a la que le resta un mes. Remueve la sopa caliente y continúa mirando la catarata de imágenes y titulares del telediario. Silencioso, atisba la amenaza de la depresión y el desquiciamiento, de la erosión de las relaciones personales, de la ansiedad. Reflexiona sobre el sindicato, con su brazo permanentemente encima de su hombro y sus palabras amables y resignadas, señalando al culpable. El sindicato, a veces tan amigo del poder que se refiere al ministro de trabajo por su nombre de pila, y otras tan encarnizadamente enemigo. En la pantalla sale gente trajeada con gesto serio que viene y va; reunida, o contestando a una nube de micrófonos en la calle. Aparecen imágenes de la vuelta al cole, de otro espectacular accidente milagrosamente sin víctimas en un deporte de riesgo, de pueblos con curiosas costumbres, de guerras, de nuevas normas de tráfico; del Rey, que sonríe y se salta el protocolo.

   El móvil que descansa cerca de él parece más bien un hierático teléfono fijo. Piensa en las enormes diferencias políticas entre la derecha y la izquierda, cada vez mayores, a estas alturas, sin acertar a entender el porqué. La información deportiva es presentada a bombo y platillo, incluso en silencio restalla golosa ante el telespectador. Debería haber más cultura, se dice vagamente; aunque a veces siente que la cultura es un batiburrillo que gesticula dirigiéndose a él, moviendo la boca sin que pueda escucharse nada. Acaso manoteando para sobrevivir, aventura.

   Los políticos, joder; no existe, que él recuerde, un solo mensaje positivo por mínimo que sea en el que todos estén de acuerdo. Bueno, solo uno: el repetido hasta la saciedad para conducir al ciudadano a la firme creencia en la democracia tal y como ellos la ofrecen y gestionan, ese sistema promisorio que tanto nos ha costado conseguir, machacan, sin dejar de amenazar con aquello de que sin ellos volverán los períodos más oscuros y la barbarie. No hay salida por ninguna parte, parece ser. La cuchara en vertical produce un escaso remolino en el centro del plato, cuyo movimiento parece alimentar una espiral de divagación.

   Asustar para alcanzar el poder o para conservarlo. O la prensa, mudando la piel de lo positivo a lo negativo a su conveniencia, según los días, como una serpiente viscosa. Hay que ver lo que ha cambiado el tono de toda esta gente en los últimos treinta años, se sorprende pensando. La verdad es que pararse a pensar en ellos es un imán para las nubes negras. De todas formas, suspira, aunque sabemos lo mal que estamos, tanta negatividad le parece malsana, incluso un punto vanidosa. Y es que, todos aquellos que nos hablan de colapso económico, de ruina, de generaciones y generaciones ahogadas por las deudas, de retrocesos de derechos individuales hasta límites casi imposibles de recuperar, ¿no piensan al mismo tiempo en el colegio al que llevarán a sus hijos pequeños, o en su desarrollo personal? ¿Por qué, si ellos tienen en su vida ilusiones que les llevan a tener una actitud positiva en su quehacer diario, cargan nuestros hombros con tanta negrura, con tanta mentira? ¿No estamos sufriendo bastante ya? Sinceramente, siento que me aborrecen, y yo les aborrezco a ellos, confiesa, ¿por qué nos aborrecemos tanto, todos, desde siempre?

   Ante él aparece el pan que se termina, el negro futuro de su alquiler, el tiempo que juega en contra. ¿A quién pedir dinero?, ¿cuánto podría conseguir?, ¿en qué orden disponer de él? Poder trabajar en negro, dos o tres días a la semana, sería casi como un premio de la lotería. Un sueño. O, mejor, uno de esos milagritos de iglesia de provincias. Garantizar en lo posible el pan, la luz, el gas, el agua, el techo, el vestido. Demasiadas cosas que quizá no debería exigir sin una contraprestación, no de esfuerzo y responsabilidad, sino de docilidad y eterno agradecimiento. En la silla de enfrente, tapando el televisor, se materializa el liberal de mirada burlona que le recuerda que si la empresa privada dispusiera del dinero que le cuesta al Estado la ayuda que cobra, ya hubiese creado quince puestos de trabajo, número arriba, número abajo, y después se volatiliza.

   La cuchara da vueltas, va y viene de su boca, la sopa se acaba. Mejor no cortar más pan. Publicidad en la tele, risas. Los niños llegan con sus amigos a casa después de jugar y una guapa mamá les prepara la merienda. Qué bien han aprendido los publicistas a transmitir la idea del producto solo con mirar las imágenes un segundo. Eres libre para cambiar de canal, no lo olvides.

   Su amigo del sindicato se declara republicano en la cafetería ¿Cuándo vendrá la República? A lo mejor, ese día, con todo lo que se ahorre el Estado, se puede invertir más en empleo. Su amigo del sindicato le ha dicho muchas veces que se afilie, que no se despiste. Entonces se pone a imaginar la mañana en que se restaure la República, sería la tercera, III República Española, más o menos. Habrá fiesta en las calles, pero a él ya se le habrá acabado el subsidio. Se pondrá su chaqueta gris oscuro y la camisa blanca y llevará a su hijo de la mano, si es que el niño no le repudia a esas alturas. Saldrán a la calle, seguro que repartirán de todo gratis y habrá precios populares. Quedarán con su esposa en la esquina de la gran superficie, donde siempre.

   No hay que despistarse. Todas las situaciones nuevas se nos muestran soleadas, se desarrollan en un ambiente sonriente, fresco y puro. Además, hay oportunidades para los más sagaces. Mudamos de piel por un día y brillamos, nos sentimos protagonistas. El poder nos toca con su dedo índice y nos reímos y correteamos como niños a los que hiciesen cosquillas. De pronto, formamos parte de una gran aventura, y estamos orgullosos de pertenecer. Aparece en la pantalla un portaaviones gigante con la bandera de España, parece no acabarse nunca, ¿cuánto costará eso? Anda que si por casualidad descubriese un nuevo continente. Entonces, además de banderas, actuaciones y discursos, quizá hubiese trabajo.

   Apaga la televisión y aparece su cara reflejada en la pantalla. Ve miedo y trata de sonreír, y lo que queda es un rostro desconocido, lóbrego.


   Se termina la sopa y lleva el plato y los cubiertos a la cocina. En la mesita descansa el álbum de la liga de fútbol que alguien repartió entre los niños a la puerta del colegio el primer día de curso. En un par de meses volverán todos sonriendo con un catálogo de juguetes en la mano. El pequeño almuerza con los abuelos temporalmente, él no; más que nada para parecer no necesitar, por dar la sensación de estar ocupado, metido en algo, en acción. Su esposa, desde hace una semana, duerme y pasa la mayor parte del día con una señora mayor, cuidándola. Gracias a Dios.



Texto incluido en el libro de relatos de Juanfran Molina "Ciclorama".

09 octubre 2013

MADUREZ RABIOSA (T.N.T.)

La existencia de T.N.T. supuso un paso adelante para el punk, aunque pocos se enterasen; ya que todos los que se han acercado a esta música, a esta actitud, con ideas propias y determinación la han engrandecido y extendido hasta nuestros días. Si no por sonido (y no por culpa suya desde luego: si la cosa hubiese sonado la mitad de como fue concebida nos hubiese volado la cabeza), los granadinos sí destacaron por intenciones y talento compositivo; por los terrenos que pisaban (antes que nadie) y el rastro palpitante que dejaba su galope cuando pasaba sobre ti, agotándote y activando tu mente. Me refiero a la capacidad de crear un espacio personal de reflexión y rabia.

Todos los proyectos de Jesús Arias son así, parten de esa esencia, pasen los años que pasen (corre a escuchar lo que pilles de su encarnación actual, Qüasar, si no me crees): tensos espacios erizados de inquietud, donde conviven en constante fricción desahogo y pensamiento. Jesús nunca se ha terminado de llevar bien con el nihilismo ni las formas musicales unívocas, por eso “Manifiesto Guernika” era un acto absolutamente político que no vociferaba desde la relajación mental del panfleto. En él convivían urgencia, ansiedad, denuncia, pero también desengaño, locura y frustración.

Los temas que conforman este disco cayeron en mis manos apretujados en la cara B de una cinta pintada completamente de negro, en la que alguien me pasó aquel único elepé de T.N.T. Muestran la construcción, la afinación de la puntería de ese grito propio; los aciertos y las dudas, los préstamos, los tics, las versiones de aprendizaje, o los primeros resultados de sus escuchas de “London Calling”, con aquellos temas escupidos por Joe Strummer, alguien tan importante en las vidas de Jesús o José Antonio García pocos años después. El proceso de crecimiento, en definitiva, de una propuesta que día a día ganaba en coherencia y solidez, y que se iría volviendo más compleja y oscura, sin perder un ápice de pegada (sí, ahí, en el bajo vientre). Contiene ya algunos de sus himnos incontestables, como “Cucarachas”, la abrasiva sucesión de imágenes de  “1.984 Euroshima”: el mañana petrificado, vigilancia y alienación, el caos y el dolor atajando entre pasado y futuro. O “Sin futuro”, con esa letra que atraviesa espejismos como un puñetazo para permanecer siempre presente; ese estribillo redondo, ese grito que enronquecía nuestras gargantas. En resumen, el curso de la plasmación de todo un precoz ejemplo de madurez rabiosa. 




Texto aparecido en la hoja interior del disco del grupo granadino  T.N.T. "Una naranja mecánica". Edición en vinilo de su mítica maqueta de 1.981, a cargo de Vomitopunkrock records.

04 octubre 2013

MIRADAS PARALELAS

Dani decidió dedicar sus veinte minutos libres de la mañana a pasear, necesitaba reflexionar, soltar lastre, desahogarse en la medida de lo posible. Estaba hasta las narices de los problemas que se sucedían en el estudio. Odiaba las sorpresas, lo sobrevenido. Llevaba ante su mesa toda la semana enfrascado en un diseño que no terminaba de salir, sobre todo por los contradictorios y vagos cambios solicitados a última hora. Para colmo el cliente, generalmente simpático y prudente, se había convertido de buenas a primeras en dibujante, y no paraba de enviarle correos electrónicos con bosquejos de ideas mientras inundaba la bandeja de entrada del de su jefe metiendo prisa. Para más inri, Laura, con quien habitualmente estaba de acuerdo, comenzaba a sacarle de quicio. Desde el lunes no hacía más que pincharle, exponiendo sin recato dudas acerca de la viabilidad de su proyecto. Por si fuera poco, había dejado sobre su mesa, junto al lapicero, un libro de autoayuda; la broma no le hacía ninguna gracia. Laura, la chica de las indirectas, qué aguda; como el día que le regaló delante de todos por su cumpleaños una corbata que sabía que jamás sería usada.

Marisa acababa de salir de la consulta del médico con su hija. La cabeza le iba a estallar, la niña se había pasado toda la mañana protestando y chillando. No hubo manera de pesarla ni medirla en condiciones; el doctor, que qué bien que cobra, apenas pudo reconocerla. Y todo eso después de perder la mitad del tiempo en la sala de espera, ojeando montañas de horrendas y desbaratadas revistas de tendencias y vigilando a su inquieta hija con un ojo que se iba a salir de su órbita.

Se sentó en un banco del pequeño parque, estaba agotada, entre unas cosas y otras no había pegado ojo. Mientras la niña trasteaba con delectación en su gran bolso, siempre repleto y desordenado, Marisa cerró los ojos. Necesitaba relajarse, y para ello nada mejor que pensar en su trabajo de ilustradora, su gran pasión. Regodearse en los nuevos proyectos que pululaban aquí y allá. Calcular dimensiones, mezclar colores, imaginar escenas. Repasar mentalmente tareas pendientes, llamadas que hacer, libros que revisar.

Abrió los ojos y vio a un chico que la observaba con ojos tristes; parecía treintañero, como ella. Estaba algo rechoncho y tenía el pelo desaliñado. La verdad es que no mostraba un aspecto demasiado aseado que digamos. Llevaba un gastado bolso de cuero en bandolera, presumiblemente superviviente de mejores tiempos. Los bajos de los anchos pantalones color beis rozaban el suelo, de ahí que estuvieran tan desgastados y deshilachados. La camisa de cuadros embutía su cuerpo, lo constreñía. Probablemente había engordado y no tenía ni tan siquiera el ánimo suficiente como para renovar su vestuario. Pobre.

Dani se sentó en un banco escondido del parque a meditar un poco más y hurgarse cuidadosamente la nariz. Sabía que su teléfono móvil comenzaría a crepitar en pocos minutos y quiso tranquilizarse un poco. Resopló y escondió la cara entre sus regordetas manos, respirando pausadamente. Al final cerró los ojos y casi se duerme.

Abrió los ojos y vio a una chica que le estaba mirando con disimulo, parecía desesperada, una de esas desesperaciones sordas que solo se manifiestan en una mirada penetrante y algo ida. Tendría treinta y tantos, como él. Ojerosa, daba la sensación de estar consumida por los nervios, y tenía el pelo recogido en una cola que se lo tensaba hasta la exasperación. Denotaba poco interés por conservar un atractivo físico que sin duda existió en momentos más felices. Parecía limpia, pero aburrida y triste, con ese vestido largo y desvaído y esas sandalias tan desgastadas. Las uñas pintadas de negro y el tatuaje que le pareció apreciar en un tobillo, se le antojaron un grito, el grito de la chica guapa y segura de sí misma que un día fue, pero que ya había desaparecido. Su amplia camisa blanca con flores, así como mejicana, tenía sin duda la misión de ocultar un cuerpo joven pero ajado por el sufrimiento y los golpes de la vida. No daba la impresión de tener ningún tipo de ilusión. En los minutos que llevaba enfrente de él ni siquiera se había dignado a mirar a su hija, pobre niña, que jugaba ausente con el bolso materno, acaso buscando un entretenimiento que ocupase el vacío al que su progenitora la condenaba.


Ambos volvieron a mirarse fugazmente y se levantaron casi a la vez. Sin el menor gesto de saludo ni de despedida abandonaron el parque, tomando caminos opuestos. Unos metros más allá, se aferraron excitados a sus móviles y se dispusieron a teclear al mismo tiempo sus sentimientos en dirección a las redes sociales: “Acabo de ver la viva imagen de la crisis, y es desoladora”.



Publicado en el nº 177 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a "More Crisis"..

02 octubre 2013

EL GATO MÁS SILENCIOSO QUE CONOZCO

Mientras te hablo
persigue el olvido mi voz,
en carrera pactada
con el tiempo:
el gato más silencioso que conozco.
Ese calmoso silente que va esparciendo
la ceniza acuosa que adormece nuestros pasos.
Pero, antes de que mi voz sea enterrada 
entre la hojarasca de voces
que redundan,
vuelan y adornan,
quisiera poder escribirte
algo que nunca hayas escuchado;
quisiera servirte,
dejar de morder el aire.

Conformar, por fin, el poema percutor
que explota en mi pensamiento

El terror enturbia la blanca espuma,
loco de miedo y odio
hacia la libertad,
como un caballo iracundo
entre el oleaje de la vida.
Arranca cada vez algo
que no se podrá recuperar;
siega latidos e ilusiones:
esa luz que desboca al asesino.

Todo cambia, todo crece
todo brilla, todo florece
menos tú.
El mal nunca se desmenuza
entre los dedos del bien
simplemente se aleja un poco para volver
como un perro rabioso
a la primera llamada.
Todos opinan,
mientras persiste el círculo negro
ante el que nadie se detendrá jamás.

Quiero que salga fuego de mi voz
para envolverte
y sacarte de allí.
Apretar fuertemente tus manos,
romper distancias,
levantar murallas de dignidad.
Tener poder y no ser tan débil,
tan voluble como soy.

Los trenes de la justicia
van y vienen
ruidosos sobre nuestras cabezas
para nunca parar en el lugar adecuado

Leo para ti aquí de pie
con voz ajada y amarga
minutos antes del olvido de mis palabras
sintiéndome la tenue excusa del silencio.

Nuestra cobardía nos corrompe,
nuestra corrupción nos envilece,
nuestra lenta podredumbre nos absorbe.
Pero los espejos aún esconden nuestro deterioro.

Todo da vueltas sin asidero
dentro de la burbuja del tiempo,
ese presente fugaz
tan repentinamente pasado.
Allí te oigo reír,
te siento soñar, respirar,
entonces algo se detiene
y se me clava el frío de tu ausencia.
Miro hacia adentro.
Callo,
sin saber qué decir
y es terrible.
Y soy otro opinador entrecortado,
otro espectador distraído más
del dolor y el sufrimiento.

La tragedia nos mira fijamente
desde inmensas ojeras
labradas a base de preguntas sin respuesta,
endurecidas por mantener vivo el recuerdo
entre tormentas de impunidad.
Por soportar la insoportable normalidad del vacío,
la muda crueldad del prójimo.

Encubrimiento
dejadez
manipulación
mentira
ocultación
prejuicio…

Odiosas palabras,
escupitajos de  injusticia
en nuestra cara.
Sustantivos que se agolpan
acerbos en mi garganta.
Y siento asco y hastío
de masticarlos
para reproducirlos una vez más
desde un hilo de voz
que me avergüenza.





Poema compuesto para y leído en el “3º encuentro de escritores por Ciudad Juárez”, celebrado en el Centro Cívico del Zaidín en Granada (España), el 28 de septiembre de 2.013.

27 septiembre 2013

RETRATO TORCIDO DEL CAMALEÓN

Él recuerda, tratando de amasar un alarde de ingenio, que la cola del camaleón ya parecía colgar de un sueño, de un objetivo definido, cuando sonreía quedamente y levantaba su copa, cuando se le echaba el brazo por encima y daba la impresión de estar pensando en otra cosa; o cuando ofrecía su ayuda, generalmente sin la debida insistencia. Era como si flotara en el aire, añade. Ella le reprocha, irónica, que últimamente tiene salidas demasiado poéticas, pero señala, y es un dato científico, que sí que es verdad que el camaleón nunca aparecía en el centro de las fotos, siempre a un lado, un poco distante, y se apresura a subrayar que no se quiso disfrazar de enfermera cuando todos lo hicieron en aquel carnaval. Pero se hartó de hacer fotos, añade él malicioso, entrecerrando los ojos. Ella tuerce un poco el gesto, enterrando una sonrisa franca.

Los vasos tintinean y ambos fuman, sentados frente a frente, calibrando en silencio la madurez imparable que fermenta en el rostro del otro. El volumen de la televisión está demasiado alto, como siempre, parcheando el murmullo del tiempo, y el camarero que tendría que reponer sus bebidas parece encontrarse a muchos kilómetros de su mesa, remando trabajosamente sobre un mar de cabezas.

Él entrelaza las palmas de las manos sobre su cabeza y retoma el tema animándose por momentos, rememorando las reuniones y las manifestaciones; sí, él no se lanzaba realmente, no vociferaba sin cuartel, ni daba puntada sin hilo; nunca llevaba las pancartas o banderas más estridentes, y durante mucho tiempo anduvo por la zona media, solo o acompañado de su pareja de aquella época, dejándose ver, dejándose ir. Se dedicaba a ser el consejero y a veces portavoz de los que estaban en primera línea. Sí, lo llevamos entre todos en volandas, se lamenta ella, no lo detuvieron como a ti, vuelve a reprochar cansada, con ajados ojos maternales, ni alcanzó merecida fama de excéntrico, apuntilla sardónica.

Él desaparece en el baño ayudándose de la mesa para levantarse y ella suspira, para un segundo después ponerse a pensar en el camaleón. Esos pensamientos en soledad eran un lujo, el secreto e inefable placer de relamerse en un rincón sombrío, reconstruyendo las derrotas, las ocasiones perdidas; aquel breve espacio de tiempo soleado inmediatamente anterior a la claridad desvaída. Siempre había visto al camaleón, a todos aquellos camaleones que pululaban alrededor de la vibrante actualidad, vigilándola, acechándola, como vehículos de futuro, como potenciales oportunidades de salir de allí en dirección a desconocidas posibilidades. A ella nunca la engañaron: solo ellos y su taimada mirada, los suaves cambios de color que ya ensayaban, parecían avistar un camino desbrozado, un horizonte luminoso sobre las cabezas de todos; aquellas cabecitas humeantes llenas de ilusiones y certezas trufadas de incertidumbre. Ella supo, se dijo mientras él regresaba parloteando a su asiento, que sus cerebros y emociones no quedarían chamuscados como los de tantos que se quedaron en la línea de salida tanteándose aterrorizados los bolsillos; los camaleones tocarían el cielo y, en caso de arder, arderían de una y definitiva vez.

Las palabras de él comenzaron a avanzar cuesta arriba para entrar en los oídos de ella, que ya había aterrizado sobre el panorama del resto de una caña de cerveza sin alcohol en vaso corto y un servilletero con dedos señalados. Él todavía se preguntaba cómo se las podía arreglar el camaleón para estar siempre en la retaguardia y golpear con su presencia en primera fila solo en momentos en los que nada había que perder, solo ganar. Le parecía un púgil habilísimo, un estilista sobre el cuadrilátero. Ella ríe por primera vez en todo el día, sorprendida del símil boxístico, y le pregunta si recuerda cuánto odiaban en sus tiempos ese maldito deporte, tan violento y propagandístico. Él entonces suelta a viva voz una retahíla de innecesarios datos sobre boxeadores míticos, y ella se oscurece levemente al descubrir otra mentira más, de esas que con los años van brotando por los rincones del hogar común como regalos temidos e inevitables.

Ella retoma su habitual suspiro y se dirige a la barra a pagar, está segura de que el camarero quedará para siempre atrapado en el lado opuesto del bar. Aún se mueve con la ligereza de una pluma, piensa él, enterrando el piropo mientras juega con las llaves y se recuesta en su pensamiento. Se abraza a aquel camaleón baqueteado por la vida pero aún firme. La clave de todo su andamiaje consiste en que nadie lo descubra, elucubra. Mantener el barco a flote y la velocidad de crucero, con la sonrisa ingenua y el gesto sorprendido de siempre ante las incongruencias y contradicciones que la vida va colocando a su paso. Continuar pareciendo aguerrido ante las injusticias sin demasiada hostilidad, siendo afable y cálido en el trato, chispeante y espontáneo en las respuestas. Conservar la emotividad en el gesto, tratándose de un ser cada vez más frío. Seguir estando rodeado de culpables y solo él reconocer y salvar a los inocentes.


Se levantó algo mareado y se acercó a la barra para ocupar un lugar junto a ella. Los dos miraron en dirección a la televisión para ver al camaleón recibir otra salva de aplausos.



Publicado en el nº 176 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a los camaleones.

22 septiembre 2013

ADIÓS, BARBIE FORZADA

Después de leer el estomagante artículo “¡Mi bolso!”, publicado por Edurne Uriarte en la revista “Mujerhoy.com”, lo primero que me viene a la cabeza es que se trata de un inmenso error estratégico por su parte, dado el marcaje que sufre. A mí, Edurne, antigua miembro de la ejecutiva del PSE y profesora universitaria amenazada por ETA; la cual creo que llegó a sufrir incluso un intento de atentado, no me caía mal. Ahora me cae peor, no por haber puesto tierra de por medio con un PSOE turbio y ambiguo tanto en cuestiones de relación con el entorno etarra como en su idea de España; ni siquiera por acercar sus posturas a las del PP, sino por ejercer en su faceta de articulista y tertuliana un seguidismo vergonzante y a veces casi forzado de la línea trazada por el gobierno actual. La politóloga estoica de antigua sensibilidad progresista, que parece conducir su criterio con el único fin de no coincidir nunca con la izquierda, denota en la actualidad un pensamiento desactivado, acrítico y atrofiado. Tan previsible como el de la mayoría de sus compañeros de oficio tertuliano, los cuales demuestran cada día más no tener opinión, sino oficio.

El artículo en cuestión me parece un tanto artificioso en su inabarcable frivolidad, ya que no creo que ésta sea la verdadera Edurne, por mucho que le gusten los bolsos y los complementos. Simplemente saca el estridente tono pijo y falsamente desenfadado que conviene a esta colaboración, la cual imagino pasará a engrosar mensualmente su abultada soldada.

De cualquier forma, es realmente vomitivo (y sobre todo revelador) que alguien cuyo trabajo consiste en observar día tras día una realidad compleja y durísima para reflexionar sobre ella, cambie tan fácilmente de registro y se dedique, con una brutal falta de sensibilidad y empatía por los demás, a hacer alarde (en un momento como éste), de su poderío económico y el de sus amigos, y de una posición de superioridad capaz de permitirle perdonar la vida a un camarero que ha cometido una torpeza al servirla.


Pocas veces estoy de acuerdo con ella, pero a partir de ahora eso carecerá de importancia, ya que simplemente no volveré a creerla. Adiós, Barbie Forzada.




Artículo de Edurne Uriarte

20 septiembre 2013

GIBRALTAR

Desde muy pequeña le había parecido una palabra misteriosa. “Gibraltar”, susurraba cuando la escuchaba en la televisión o en boca de los mayores. Era como uno de esos regalos inesperados que aparecen de tarde en tarde: cuando estaba a punto de olvidarla alguien la pronunciaba y así volvía a sus labios por una temporada.

Un día le preguntó a su abuela cómo era aquel sitio, y ésta le respondió, tras dudar un poco, que dependía, que a veces parecía muy grande y otras muy pequeño. La verdad es que en el mapa sí que resultaba minúsculo. Acaso un lugar mágico, al igual que otros de significado enigmático para ella que por todos eran mencionados. Como La República, país con una bandera muy bonita que ella nunca acertaba a encontrar en su atlas; hasta que acertó a comprender que, según le explicaron, era el nombre que muchos querían ponerle a España.

Generalmente la imaginaba como una montaña puntiaguda, con una puerta chiquitita; otras, puede que por asociación de ideas, como un perfecto triángulo, o quizá un diamante tallado que no dejaba nunca de brillar.


Su abuela tenía razón, durante largos períodos nadie hablaba de ella, se convertía en una cabeza de alfiler, una mota de polvo casi perdida en el mapa, y en otros momentos crecía y crecía hasta ocupar media España. Entonces se mostraba ante sus ojos infestada de monos y de coches que avanzaban muy lentamente; plagada de empresas; inundada de lanchas, de cartones de tabaco, de cosas caras y difíciles de encontrar puestas al alcance de la mano, de banderas al viento, de verjas, de policías. En esas ocasiones se transformaba en algo pesado y metálico en sus labios, con un cierto regusto ferruginoso; la agobiaba, y unas veces la escupía y otras optaba por tragársela. Se volvía tensa y agresiva, encendía los rostros en la tele y provocaba manoteos y gestos chulescos; sonrisas como aquellas con las que los gamberros del cole fanfarroneaban en el recreo. Pronunciarla entonces era como subir unos escalones muy altos: GI-BRAL-TAR. Le resultaba tan fatigosa que, estando un día en casa con su atlas, mientras recorría el contorno de la península ibérica, notó un impulso al sentirla cerca y decidió taparla con un trazo firme.



Publicado en el nº 175 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a Gibraltar.

18 septiembre 2013

MICRORRELATO (10): CARETAS

“Creo que ha llegado el momento de quitarse la careta”, se dijo mientras sostenía la siguiente en la otra mano.




Texto incluido en el libro de relatos de Juanfran Molina "Ciclorama".

13 septiembre 2013

LA PUERTA

Era un antes y un después, un todo o nada clavado en la garganta, otro momento cumbre, o al menos ésa era mi impresión. Yo venía de algún mundo, de otra situación, tan precaria y amarga como todas las anteriores, supongo, y tras ella me esperaba algo distinto, nuevo. Una posibilidad, un secreto deseo por cumplirse: otra pompa de jabón gigante. Imagino que algo mejor, de cualquier forma.

Recuerdo que la estrellada noche veraniega enmarcaba la puerta que me disponía a franquear. Era alta, parecía una sola e inabarcable pieza de madera, rodeada de grandes piedras irregularmente colocadas, que daban la sensación de formar parte de algo sólido e imperturbable, de nacer de una pared tan firmemente anclada a la tierra que era una caprichosa elevación de la misma. Un mundo compacto cargado de años, de esperas, de azares y trasiego. De la envejecida madera emanaba un tenue e indefinible olor que temblaba ligeramente en el aire; parecía contener el sonido de todos los grillos, y atraer el único rayo de luna. Tenía grabados extraños dibujos, palabras, símbolos.


Después hice lo de siempre: vivir deprisa con los ojos cerrados para olvidar, ir colmándolo todo de nuevos recuerdos que rebosaban el agujero para amortiguar su ruido, sus imágenes; hasta hacer desaparecer su efecto astringente y burbujeante. Por eso, cuando ante cualquier tesitura con frecuencia me asalta aquella noche, solo aparece ante mis ojos la puerta: cerrada, dejando escapar un hilo de luz, elevándose, alejándose, disponiendo sus símbolos con un significado posible o emborronándolos. Tratando de decirme algo que no logro comprender.



Publicado en el nº 174 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado al olvido..


05 septiembre 2013

CACHORROS

De vez en cuando, a la gente le da por exigir que los políticos cuenten con una carrera profesional previa o paralela a su dedicación a la política. Hay quien piensa que el desempeño de una actividad distinta les daría una perspectiva más amplia y rica de la sociedad a la que quieren dedicar sus esfuerzos. Los hay peores, que rozan lo cursi, relacionando el hecho de haber desarrollado un trabajo, una vocación con anterioridad, con la madurez, la ilusión y la capacidad de esfuerzo e incluso de sacrificio exigibles para trabajar por sus conciudadanos desde la política.

Todo esto son bobadas, desde luego. ¿Para qué necesita un político, incrustado en esta partitocracia tan estable, estar preparado intelectualmente?, ¿Van a ser él mismo alguna vez? ¿Para qué la formación, sino para adornar el currículo y tratar de arañar algún voto, poniéndose estupendo en las entrevistas?

Una persona sólidamente preparada, con criterios propios, tarde o temprano debe sentirse incómoda dentro de una política envasada al vacío donde la dedicación, el desarrollo de ideas y la rigurosidad solo tienen sitio en intersticios recónditos, alejados de los centros de poder, y en momentos muy concretos. Para el pensamiento y la creatividad teóricamente están los asesores y expertos, opiniones a sueldo siempre secundarias ante la mezquindad de turno.


En un país donde los partidos confunden con total naturalidad los intereses que les son propios con los generales, convirtiéndose en monstruosos vasos comunicantes con la administración pública sobre la que en cada momento ponen sus zarpas, lo necesario son los llamados cachorros del partido. Gente crecida a su sombra,  formada desde su juventud en el circunloquio y el lenguaje huero de la política más previsible, criada en su bazar de tópicos y demagogias. Conspiradores diarios. Pilotos automáticos acostumbrados a vivir dentro de una cadena de lealtades. Manipuladores de una realidad que hace mucho desapareció de su horizonte. Rostros impenetrables. Personas que atacan al contrario con una sonrisa; que mienten sin pestañear; que se dirigen al pueblo con el tono paternalista de quien se sabe miembro de una estructura de poder infranqueable;  que hacen cada cierto tiempo eso tan horrible de defenderse de sus tropelías culpando al de enfrente de haber hecho lo mismo con anterioridad, reconociendo implícitamente la impunidad real de su actuación política, obviando cualquier atisbo de rectificación o enmienda.