El experimentado vendedor de promesas desapareció el día que
se creyó una de ellas.
31 octubre 2013
28 octubre 2013
CATORCE POR THE VELVET UNDERGROUND
11. LCD Soundsystem “DrunkGirls” (2010)
12. Moon Duo "Slow down low" (2015)
13. Ultimate Painting "Woken by noises" (2015)
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25 octubre 2013
EXCUSAS, ÚLTIMA PLANTA
Cuando entré a formar parte de un gabinete de
prensa tan concurrido, pensé que me pasaría los días tropezando con gente y
llevando cosas de un lado para el otro. Pero no fue así, me instruyeron concienzudamente
para aprovechar las jornadas de cabo a rabo leyendo periódicos, mirando la
televisión, escuchando la radio y preparando resúmenes en uno de aquellos
despachitos escondidos de la primera planta. Leía, subrayaba, resumía. Dedicaba
todas las mañanas a perseguir y recortar artículos críticos, informaciones,
rumores lanzados como noticias, o acontecimientos que rozaran nuestra nave por
algún flanco. Era una labor mayormente pesada y gris, casi funcionarial; algo
así como buscar el grano gordo entre la paja. Solo lo que estuviese muy claro,
no me estaba permitido interpretar. Otros más talentosos o de instancias superiores se dedicaban a filtrar,
descontextualizar, desviar, ocultar, atraer la atención y otras labores de
mayor complejidad. “Todos somos un equipo”, me dijo una mañana una mujer a la
que no volví a ver. Tomé un sorbo de mi café y asentí con la cabeza.
Nuestro barco avanzaba firme, y la política
de prensa cada vez cobraba más importancia. Una labor callada, constante, a la
que yo me entregaba con toda la precisión que podía, tratando denodadamente de
ascender dentro de mi oscuro departamento, en aquel edificio ceniciento de
hormiguitas hacendosas. La impopularidad que acarreaban la corrupción, los
problemas y las decisiones era repelida, las encuestas desfavorables doblegadas.
Gracias a nuestra actuación, nos deslizábamos sobre la situación general casi
sin rozarla, nada nos mellaba, navegábamos a velocidad de crucero. Poco después
me incorporé, en la segunda planta, al equipo de Pasado, como lo llamábamos en
nuestra jerga, una mejora por fin. Revisaba declaraciones, entrevistas,
noticias, cualquier acontecimiento del pasado susceptible de ser sacado
casualmente a la luz, tanto para ser lanzado como para utilizarlo como escudo.
Pero, bueno, siempre me dejaban claro que me dejase de sutilidades, que no era
lo mío, que solo buscase lo estridente. Otros departamentos se encargaban de
hilar, de sacarle punta a todo, de manipular, de dosificar los datos o de
“hacer la verdad más habitable”, como decía un jefe muy raro que tuvimos que no
parecía sentirse muy feliz entre nosotros.
Nuestro barco avanzaba firme y la política de
prensa era ya sin disimulos el mascarón de proa. Poco después internet se
convirtió en una herramienta de uso cotidiano, y las redes sociales se
extendieron hasta alterar sustancialmente nuestras costumbres. Todo parecía
estar al alcance, pero no, claro. Aún así, a mí me seguían cayendo a veces
absurdos trabajos de campo, como investigar el tipo de personas que compraba
según qué prensa en el quiosco, aunque a esas alturas ya todos sabíamos que el
meollo estaba en la red, y, claro, indagar allí correspondía a otro tipo de
personal. Me hubiese gustado también ser un infiltrado real o virtual, pero por
alguna razón no me vieron cualidades para ello. De todas formas en voluntad y
ganas de progresar no me ganaba nadie. Aportaba ideas aquí y allá, algunas tan
ladinas que mi superior comenzó a tenerme cierta consideración.
Algunos años después, nuestro barco más que
avanzar se mantenía, las cosas no estaban tan claras como en los buenos
tiempos, y la política de prensa en aquel momento era, lisa y llanamente, lo
único realmente importante. Ascendí en el departamento de Pasado, gracias a
algunos pasos en falso que advertí con agudeza y, sobre todo, a otros que no
eran tales pero que yo descubrí como fácilmente tergiversables. Esa palabra,
tergiversar, que me hace temblar, me estaba poniendo en mi sitio dentro de la
organización. Así iban las cosas, mejorando día a día, hasta que una mañana,
nada menos que el director general, me propuso dirigir mi propio departamento
en la última planta: Excusas. Acepté de inmediato y me rodeé de un equipo de
personajes tan imaginativos y mentirosos como yo. “Todos viajamos en el mismo
barco”, les advertí paternal junto a la máquina de café, palmeé y nos pusimos
manos a la obra. Nuestra misión no era lo simple que puede parecer a priori:
inventar excusas. Ya que había que hacerlo sobre acontecimientos, declaraciones
o decisiones que aún no se habían producido. Se trataba de una acción
preventiva. Tener un variopinto y elástico almacén de excusas capaz de sacarnos
de cualquier embrollo en un máximo de 24 horas.
Mi equipo trabajaba con denuedo, codo con
codo, cabeza con cabeza; hasta que nuestras imaginaciones se fundieron en un
mismo y alborotado río. Hemos colocado frases en miles de declaraciones de
prensa, y muchas de ellas han ayudado a alterar el curso de los
acontecimientos, y hasta de la historia. Vuelvo a temblar: “necesidad
perentoria”, “cuestión de estado”, “herencia recibida”, “altura de miras”,
“exigencia de un mayor consenso”, “ataque deliberado al sistema democrático”,
“juicio político”, “miren si no a los países de nuestro entorno”, “esto en
Europa sería inimaginable”, y un largo etcétera. En esa época se produjo mi
explosión y, amigos, tened claro que si no fuese por mi elevado sentido de la
lealtad, ya hace tiempo que me dedicaría al asesoramiento privado y habríais
visto mi foto en algún dominical, apoyado en la mesa de un despacho iluminado
como Dios manda, con los brazos cruzados y una elegante camisa blanca hecha a
medida. Y es que lo nuestro es algo secreto, pero será convenientemente
estudiado en el futuro. En cenicientos edificios de muchos países ya me lo han
dicho: “Nadie, nadie, se excusa como vosotros”.
Publicado en el nº 180 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a las excusas.
19 octubre 2013
18 octubre 2013
CORTINAS DE HUMO
Hoy, en el segundo aniversario de su muerte,
aún recuerdo el día que mi abuelo llamó a la radio. Creo que fue la única vez
que lo hizo en su vida. Yo estaba parado ante un semáforo, sintonizándola
distraído en el coche. La mañana era fría y lluviosa. Los rostros de los ocupantes
de los otros vehículos mostraban un barniz taciturno. Parecían lingotes de
ilusión, antaño brillantes, ensombrecidos, gastados y mordidos por la derrota
callada, la cotidianidad y la rutina.
La gente caminaba presurosa, abrigada y
embozada, los paraguas querían volar. Desde el programa el locutor deslizaba
mensajes publicitarios que sus contertulios apoyaban mientras lanzaban bromas,
contaban anécdotas y reían a carcajadas. Esas risas sorteaban el frío y el
aguacero colándose por auriculares, detonando dentro de oídos a los que decían
desear sinceramente entretener y alegrar. Las risas también se dispersaron por
el habitáculo de mi viejo utilitario. No contagiaron nada.
Dieron paso a las llamadas de los oyentes y
surgió mi abuelo disculpándose por sus nervios. Quería opinar sobre algo que le
tenía alterado desde hacía un par de meses. Le preocupaba sobremanera el
Partido de la Verdad (PV), la nueva y revolucionaria opción, surgida del
desgaje de varios partidos políticos, que apoyábamos todos sin reservas y que
estaba alcanzando renombre incluso más allá de nuestras fronteras. Decía que le
horrorizaba su agresiva y exitosa campaña en pos de desenmascarar todos los
trucos del Estado, de las comunidades autónomas, de cualquier gobierno a
cualquier nivel. Su voz temblaba (ya estaba muy mayor), pero se hacía más
estentórea conforme cimentaba sus argumentos. Los invitados al programa no le
interrumpían, algo que yo deseaba con todas mis fuerzas. Me lo imaginaba de
pie, quijotesco, en amarillento pijama a rayas y pantuflas ante el vetusto
teléfono de pared, sosteniendo una hoja temblorosa arrancada de uno de sus
muchos cuadernos de notas, en los que solía apiñar, con letra pequeña y
apretada, ideas de un cariz bastante onírico que a nadie interesaban. Tenía tantos
que mi abuela, por tal de quitárselos de encima, durante una época me ha estado
animando a llevármelos a casa por si podía sacar algo en claro para volcarlo en
mis creaciones.
Yo, periodista free lance y escritor con obra por estructurar, como ya habrán
adivinado a través de mi prosa, decidí aparcar en un pequeño solar abandonado
para tratar de calmarme y asimilar tocas las cosas que decía mi abuelo con un
tono cada vez más seguro, y sin que nadie tuviese el detalle de mandarlo a
callar de una vez. Temblando, llegué a la conclusión de que querían hacer una
pira con él como sacrificio ante un nuevo dios. Por un momento, tuve ante mí un
primer plano de su rostro anguloso, casi transparente, en la televisión,
tachado con un aspa rojo fuerte.
Transcribo algunas partes de su ingenua y
delirante intervención, y resumo otras para así tratar de hacerles llegar la
zozobra que experimenté: venía a decir el intelectual de la familia hasta mi
aparición, que los acontecimientos le tenían sobresaltado, impidiéndole incluso
conciliar el sueño. No creía para nada en la libertad real de individuo, y
abominaba de ese dicho cristiano que sostiene aquello de que la verdad os hará
libres, lo que sí hará es complicarnos la vida, afirmó, permitiéndose cierta
jocosidad. Expuso su preocupación sobre ese repentino interés en descubrir toda
la verdad sobre toda acción gubernativa, lo calificó de insensato y señaló sin
ambages que los que mandan llevan el peso del mundo por nosotros. Explicó que
las cortinas de humo habían existido desde siempre, aunque reconoció que bien
es cierto que antes eran más lejanas; disimulaban lo que no debíamos conocer a
nivel mundial o nacional de tal manera que ni nos dábamos cuenta. La verdad es
que ahora las hay en cualquier sitio, y les da exactamente igual que las
identifiquemos como tales, concedió. Vas a cualquier pueblo y la plaza está
rodeada, casi siempre, por una cortina de humo agitada sin reservas por los
hechos que esconde; todos miran, pero ya nadie pregunta nada. Silenciosa y
tupida, de un gris lechoso que molesta un poco pero al que te acabas
acostumbrando, roza los pies, produce leves cosquilleos, envuelve juguetona y
las más de las veces termina entreteniendo que no veas.
Curiosa actitud, apunto yo, esa de acatar o
incluso abrazar la cortina, mirándola con resignación aprobatoria. Acceder a
mantener el estado de las cosas a fuerza de silencio y de hacer como que se
desconoce la función real de esos acontecimientos gratuitos e inconexos que
rodean y emborronan todo; y luego querer conocer hasta el último detalle de la
vida de la gente, si es el lado malo mejor. Querer indagar en su sufrimiento,
mirando la pantalla sin pestañear u observando al vecino enfermo o con
problemas caminar con su desgracia a cuestas, reprochándole calladamente su
discreción, deseando que se siente junto a nosotros y se abra hasta que su
sangre llegue al final de la calle.
Dijo cosas de viejo, de otro tiempo;
insoportablemente oscuras, desde luego: que si un día lo sabemos todo no lo
podremos soportar y nos estallará la cabeza, que si nos han preparado siglo
tras siglo, generación tras generación, para no querer ni saber mirar claramente
la realidad, para no ir más allá de cualquier dulce quimera que hiciesen bailar
ante nuestros ojos; tomándola equivocadamente como contraposición de lo
cotidiano, esos pequeños problemas, reales o inventados, que, arguyó, eran como
una sucesión de pequeñas cuerdas que van atando fuerte y en corto la vida y el
pensamiento. Y blablablá.
Teorías conspirativas, opiniones dignas de una
mente ya fatigada, tristemente limitada aunque voluntariosa y con evidentes
muestras de chochez y elocuentes indicios de la enfermedad de Alzheimer.
Finalmente, gracias al cielo, el locutor tuvo a bien detener ese mal rato para
su familia y amigos, aunque él insistía en que lo llevaba todo anotado y le
quedaba la mitad por decir. “Hasta aquí la opinión de Alfonso Ferrer”, anunció
el locutor con voz cantarina. “No queremos ni necesitamos saber la verdad” le
dio tiempo a gritar a mi abuelo antes de que la comunicación se cortase.
En fin, dos cosas abuelo: en primer lugar,
estate tranquilo, todo sigue igual. Y en segundo, los cuadernos siguen en mi
maletero.
Publicado en el nº 179 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a las cortinas de humo.
16 octubre 2013
NO SE ALARME
Y
entonces la radio dijo que el tinte de las servilletas era tóxico
y nos
aconsejó ponernos a cubierto
al día
siguiente de que volase el techo.
Y la
publicidad miente subiendo el volumen.
Y la
vida hormiguea sin hormiguero
con
ojos vendados
y oídos
saturados.
Y cada
tele ha construido un pequeño policía dentro.
Atento
mientras
pisas el papel de regalo,
tú,
evolucionado ser de complejos matices:
un día
una mano enguantada llamará a tu puerta
y te
dará a elegir entre el blanco y el negro.
Y en el
supermercado,
alguien
te toma del brazo para advertirte
que hemos
llegado al final de algo
que ni
siquiera habíamos empezado,
pero no
pronuncia palabra
sólo
tiembla y te transmite
el
poder de su miedo.
No
dobles más tu único billete
al
abrirlo seguirá siendo de otro.
Levántate
y anda, dice el ministro.
Los que
pueden cambiar algo
se
lamentan de tu mala suerte.
Ya no
me queda lirismo,
sólo
urgencia;
del
centro del poema sale otro poema
y las
manos de hierro y sangre
achican
versos a zarpazos de seguridad nacional.
Hay que
avanzar,
dicen
subiendo el volumen
después
de convertir la verdad en polvo
al
dividirla en mil con el carné del partido
¡Síganos
señor, no sea un perdedor!
si se para
muere (o le matan)
(o le
matamos nosotros)
por un
error de comunicación
entre
departamentos.
No se
alarme, el porcentaje es de un uno por ciento.
11 octubre 2013
PAN Y CIRCO
Sentado a la mesa del comedor mira la televisión con el volumen
quitado, como casi siempre. Da vueltas con la cuchara a una sopa de sobre con
ese característico olor tan potenciado que la delata a distancia. El cubierto
entra y sale del líquido color hueso, creando una ilusión de plácido oleaje.
Emerge siguiendo un ritmo pausado, distraído, trayendo siempre cosas desde el
fondo floreado del plato: fideos, trozos como de zanahoria, o restos de la yema
del huevo duro que ha decidido añadir.
Sobre la mesa está la comida
que pone el Estado. El profesional ahora en paro consume lentamente el subsidio
que le queda a la familia, la última ayuda, a la que le resta un mes. Remueve
la sopa caliente y continúa mirando la catarata de imágenes y titulares del
telediario. Silencioso, atisba la amenaza de la depresión y el desquiciamiento,
de la erosión de las relaciones personales, de la ansiedad. Reflexiona sobre el
sindicato, con su brazo permanentemente encima de su hombro y sus palabras
amables y resignadas, señalando al culpable. El sindicato, a veces tan amigo
del poder que se refiere al ministro de trabajo por su nombre de pila, y otras
tan encarnizadamente enemigo. En la pantalla sale gente trajeada con gesto
serio que viene y va; reunida, o contestando a una nube de micrófonos en la
calle. Aparecen imágenes de la vuelta al cole, de otro espectacular accidente
milagrosamente sin víctimas en un deporte de riesgo, de pueblos con curiosas
costumbres, de guerras, de nuevas normas de tráfico; del Rey, que sonríe y se
salta el protocolo.
El móvil que descansa cerca
de él parece más bien un hierático teléfono fijo. Piensa en las enormes
diferencias políticas entre la derecha y la izquierda, cada vez mayores, a
estas alturas, sin acertar a entender el porqué. La información deportiva es
presentada a bombo y platillo, incluso en silencio restalla golosa ante el
telespectador. Debería haber más cultura, se dice vagamente; aunque a veces
siente que la cultura es un batiburrillo que gesticula dirigiéndose a él,
moviendo la boca sin que pueda escucharse nada. Acaso manoteando para
sobrevivir, aventura.
Los políticos, joder; no
existe, que él recuerde, un solo mensaje positivo por mínimo que sea en el que
todos estén de acuerdo. Bueno, solo uno: el repetido hasta la saciedad para
conducir al ciudadano a la firme creencia en la democracia tal y como ellos la
ofrecen y gestionan, ese sistema promisorio que tanto nos ha costado conseguir,
machacan, sin dejar de amenazar con aquello de que sin ellos volverán los
períodos más oscuros y la barbarie. No hay salida por ninguna parte, parece
ser. La cuchara en vertical produce un escaso remolino en el centro del plato,
cuyo movimiento parece alimentar una espiral de divagación.
Asustar para alcanzar el
poder o para conservarlo. O la prensa, mudando la piel de lo positivo a lo
negativo a su conveniencia, según los días, como una serpiente viscosa. Hay que
ver lo que ha cambiado el tono de toda esta gente en los últimos treinta años,
se sorprende pensando. La verdad es que pararse a pensar en ellos es un imán
para las nubes negras. De todas formas, suspira, aunque sabemos lo mal que
estamos, tanta negatividad le parece malsana, incluso un punto vanidosa. Y es
que, todos aquellos que nos hablan de colapso económico, de ruina, de
generaciones y generaciones ahogadas por las deudas, de retrocesos de derechos
individuales hasta límites casi imposibles de recuperar, ¿no piensan al mismo
tiempo en el colegio al que llevarán a sus hijos pequeños, o en su desarrollo
personal? ¿Por qué, si ellos tienen en su vida ilusiones que les llevan a tener
una actitud positiva en su quehacer diario, cargan nuestros hombros con tanta
negrura, con tanta mentira? ¿No estamos sufriendo bastante ya? Sinceramente,
siento que me aborrecen, y yo les aborrezco a ellos, confiesa, ¿por qué nos
aborrecemos tanto, todos, desde siempre?
Ante él aparece el pan que se
termina, el negro futuro de su alquiler, el tiempo que juega en contra. ¿A
quién pedir dinero?, ¿cuánto podría conseguir?, ¿en qué orden disponer de él?
Poder trabajar en negro, dos o tres días a la semana, sería casi como un premio
de la lotería. Un sueño. O, mejor, uno de esos milagritos de iglesia de
provincias. Garantizar en lo posible el pan, la luz, el gas, el agua, el techo,
el vestido. Demasiadas cosas que quizá no debería exigir sin una
contraprestación, no de esfuerzo y responsabilidad, sino de docilidad y eterno
agradecimiento. En la silla de enfrente, tapando el televisor, se materializa
el liberal de mirada burlona que le recuerda que si la empresa privada
dispusiera del dinero que le cuesta al Estado la ayuda que cobra, ya hubiese
creado quince puestos de trabajo, número arriba, número abajo, y después se
volatiliza.
La cuchara da vueltas, va y
viene de su boca, la sopa se acaba. Mejor no cortar más pan. Publicidad en la
tele, risas. Los niños llegan con sus amigos a casa después de jugar y una
guapa mamá les prepara la merienda. Qué bien han aprendido los publicistas a
transmitir la idea del producto solo con mirar las imágenes un segundo. Eres
libre para cambiar de canal, no lo olvides.
Su amigo del sindicato se
declara republicano en la cafetería ¿Cuándo vendrá la República? A lo mejor,
ese día, con todo lo que se ahorre el Estado, se puede invertir más en empleo.
Su amigo del sindicato le ha dicho muchas veces que se afilie, que no se
despiste. Entonces se pone a imaginar la mañana en que se restaure la
República, sería la tercera, III República Española, más o menos. Habrá fiesta
en las calles, pero a él ya se le habrá acabado el subsidio. Se pondrá su
chaqueta gris oscuro y la camisa blanca y llevará a su hijo de la mano, si es
que el niño no le repudia a esas alturas. Saldrán a la calle, seguro que
repartirán de todo gratis y habrá precios populares. Quedarán con su esposa en
la esquina de la gran superficie, donde siempre.
No hay que despistarse. Todas
las situaciones nuevas se nos muestran soleadas, se desarrollan en un ambiente
sonriente, fresco y puro. Además, hay oportunidades para los más sagaces.
Mudamos de piel por un día y brillamos, nos sentimos protagonistas. El poder
nos toca con su dedo índice y nos reímos y correteamos como niños a los que
hiciesen cosquillas. De pronto, formamos parte de una gran aventura, y estamos
orgullosos de pertenecer. Aparece en la pantalla un portaaviones gigante con la
bandera de España, parece no acabarse nunca, ¿cuánto costará eso? Anda que si
por casualidad descubriese un nuevo continente. Entonces, además de banderas,
actuaciones y discursos, quizá hubiese trabajo.
Apaga la televisión y aparece
su cara reflejada en la pantalla. Ve miedo y trata de sonreír, y lo que queda
es un rostro desconocido, lóbrego.
Se termina la sopa y lleva el
plato y los cubiertos a la cocina. En la mesita descansa el álbum de la liga de
fútbol que alguien repartió entre los niños a la puerta del colegio el primer
día de curso. En un par de meses volverán todos sonriendo con un catálogo de
juguetes en la mano. El pequeño almuerza con los abuelos temporalmente, él no;
más que nada para parecer no necesitar, por dar la sensación de estar ocupado,
metido en algo, en acción. Su esposa, desde hace una semana, duerme y pasa la
mayor parte del día con una señora mayor, cuidándola. Gracias a Dios.
Texto incluido en el libro de relatos de Juanfran Molina "Ciclorama".
09 octubre 2013
MADUREZ RABIOSA (T.N.T.)
La existencia de T.N.T. supuso un paso adelante para el punk, aunque pocos se enterasen; ya que
todos los que se han acercado a esta música, a esta actitud, con ideas propias
y determinación la han engrandecido y extendido hasta nuestros días. Si no por
sonido (y no por culpa suya desde luego: si la cosa hubiese sonado la mitad de
como fue concebida nos hubiese volado la cabeza), los granadinos sí destacaron por
intenciones y talento compositivo; por los terrenos que pisaban (antes que nadie)
y el rastro palpitante que dejaba su galope cuando pasaba sobre ti, agotándote
y activando tu mente. Me refiero a la capacidad de crear un espacio personal de
reflexión y rabia.
Todos los proyectos de Jesús Arias son así, parten de esa
esencia, pasen los años que pasen (corre a escuchar lo que pilles de su
encarnación actual, Qüasar, si no me crees): tensos espacios erizados de inquietud,
donde conviven en constante fricción desahogo y pensamiento. Jesús nunca se ha
terminado de llevar bien con el nihilismo ni las formas musicales unívocas, por
eso “Manifiesto Guernika” era un acto absolutamente político que no vociferaba
desde la relajación mental del panfleto. En él convivían urgencia, ansiedad, denuncia,
pero también desengaño, locura y frustración.
Los temas que conforman este disco cayeron en mis
manos apretujados en la cara B de una cinta pintada completamente de negro, en
la que alguien me pasó aquel único elepé de T.N.T. Muestran la construcción, la
afinación de la puntería de ese grito propio; los aciertos y las dudas, los
préstamos, los tics, las versiones de aprendizaje, o los primeros resultados de
sus escuchas de “London Calling”, con aquellos temas escupidos por Joe
Strummer, alguien tan importante en las vidas de Jesús o José Antonio García pocos
años después. El proceso de crecimiento, en definitiva, de una propuesta que día
a día ganaba en coherencia y solidez, y que se iría volviendo más compleja y
oscura, sin perder un ápice de pegada (sí, ahí, en el bajo vientre). Contiene ya
algunos de sus himnos incontestables, como “Cucarachas”, la abrasiva sucesión de imágenes de “1.984
Euroshima”: el mañana petrificado, vigilancia y alienación, el caos y el
dolor atajando entre pasado y futuro. O “Sin
futuro”, con esa letra que atraviesa espejismos como un puñetazo para
permanecer siempre presente; ese estribillo redondo, ese grito que enronquecía
nuestras gargantas. En resumen, el curso de la plasmación de todo un precoz
ejemplo de madurez rabiosa.
Texto aparecido en la hoja interior del disco del grupo granadino T.N.T. "Una naranja mecánica". Edición en vinilo de su mítica maqueta de 1.981, a cargo de Vomitopunkrock records.
04 octubre 2013
MIRADAS PARALELAS
Dani decidió dedicar sus veinte minutos libres
de la mañana a pasear, necesitaba reflexionar, soltar lastre, desahogarse en la
medida de lo posible. Estaba hasta las narices de los problemas que se sucedían
en el estudio. Odiaba las sorpresas, lo sobrevenido. Llevaba ante su mesa toda
la semana enfrascado en un diseño que no terminaba de salir, sobre todo por los
contradictorios y vagos cambios solicitados a última hora. Para colmo el
cliente, generalmente simpático y prudente, se había convertido de buenas a
primeras en dibujante, y no paraba de enviarle correos electrónicos con
bosquejos de ideas mientras inundaba la bandeja de entrada del de su jefe
metiendo prisa. Para más inri, Laura, con quien habitualmente estaba de
acuerdo, comenzaba a sacarle de quicio. Desde el lunes no hacía más que
pincharle, exponiendo sin recato dudas acerca de la viabilidad de su proyecto.
Por si fuera poco, había dejado sobre su mesa, junto al lapicero, un libro de
autoayuda; la broma no le hacía ninguna gracia. Laura, la chica de las
indirectas, qué aguda; como el día que le regaló delante de todos por su
cumpleaños una corbata que sabía que jamás sería usada.
Marisa acababa de salir de la consulta del
médico con su hija. La cabeza le iba a estallar, la niña se había pasado toda
la mañana protestando y chillando. No hubo manera de pesarla ni medirla en
condiciones; el doctor, que qué bien que cobra, apenas pudo reconocerla. Y todo
eso después de perder la mitad del tiempo en la sala de espera, ojeando montañas
de horrendas y desbaratadas revistas de tendencias y vigilando a su inquieta
hija con un ojo que se iba a salir de su órbita.
Se sentó en un banco del pequeño parque,
estaba agotada, entre unas cosas y otras no había pegado ojo. Mientras la niña
trasteaba con delectación en su gran bolso, siempre repleto y desordenado, Marisa
cerró los ojos. Necesitaba relajarse, y para ello nada mejor que pensar en su
trabajo de ilustradora, su gran pasión. Regodearse en los nuevos proyectos que
pululaban aquí y allá. Calcular dimensiones, mezclar colores, imaginar escenas.
Repasar mentalmente tareas pendientes, llamadas que hacer, libros que revisar.
Abrió los ojos y vio a un chico que la
observaba con ojos tristes; parecía treintañero, como ella. Estaba algo rechoncho
y tenía el pelo desaliñado. La verdad es que no mostraba un aspecto demasiado
aseado que digamos. Llevaba un gastado bolso de cuero en bandolera,
presumiblemente superviviente de mejores tiempos. Los bajos de los anchos
pantalones color beis rozaban el suelo, de ahí que estuvieran tan desgastados y
deshilachados. La camisa de cuadros embutía su cuerpo, lo constreñía.
Probablemente había engordado y no tenía ni tan siquiera el ánimo suficiente
como para renovar su vestuario. Pobre.
Dani se sentó en un banco escondido del
parque a meditar un poco más y hurgarse cuidadosamente la nariz. Sabía que su
teléfono móvil comenzaría a crepitar en pocos minutos y quiso tranquilizarse un
poco. Resopló y escondió la cara entre sus regordetas manos, respirando
pausadamente. Al final cerró los ojos y casi se duerme.
Abrió los ojos y vio a una chica que le
estaba mirando con disimulo, parecía desesperada, una de esas desesperaciones
sordas que solo se manifiestan en una mirada penetrante y algo ida. Tendría
treinta y tantos, como él. Ojerosa, daba la sensación de estar consumida por
los nervios, y tenía el pelo recogido en una cola que se lo tensaba hasta la
exasperación. Denotaba poco interés por conservar un atractivo físico que sin
duda existió en momentos más felices. Parecía limpia, pero aburrida y triste,
con ese vestido largo y desvaído y esas sandalias tan desgastadas. Las uñas
pintadas de negro y el tatuaje que le pareció apreciar en un tobillo, se le
antojaron un grito, el grito de la chica guapa y segura de sí misma que un día
fue, pero que ya había desaparecido. Su amplia camisa blanca con flores, así como
mejicana, tenía sin duda la misión de ocultar un cuerpo joven pero ajado por el
sufrimiento y los golpes de la vida. No daba la impresión de tener ningún tipo
de ilusión. En los minutos que llevaba enfrente de él ni siquiera se había
dignado a mirar a su hija, pobre niña, que jugaba ausente con el bolso materno,
acaso buscando un entretenimiento que ocupase el vacío al que su progenitora la
condenaba.
Ambos volvieron a mirarse fugazmente y se
levantaron casi a la vez. Sin el menor gesto de saludo ni de despedida abandonaron
el parque, tomando caminos opuestos. Unos metros más allá, se aferraron excitados
a sus móviles y se dispusieron a teclear al mismo tiempo sus sentimientos en dirección
a las redes sociales: “Acabo de ver la viva imagen de la crisis, y es
desoladora”.
Publicado en el nº 177 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a "More Crisis"..
02 octubre 2013
EL GATO MÁS SILENCIOSO QUE CONOZCO
Mientras te hablo
persigue el olvido mi voz,
en carrera pactada
con el tiempo:
el gato más silencioso que conozco.
Ese calmoso silente que va esparciendo
la ceniza acuosa que adormece nuestros pasos.
Pero, antes de que mi voz sea enterrada
entre la hojarasca de voces
que redundan,
vuelan y adornan,
quisiera poder escribirte
algo que nunca hayas escuchado;
quisiera servirte,
dejar de morder el aire.
Conformar, por fin, el poema percutor
que explota en mi pensamiento
El terror enturbia la blanca espuma,
loco de miedo y odio
hacia la libertad,
como un caballo iracundo
entre el oleaje de la vida.
Arranca cada vez algo
que no se podrá recuperar;
siega latidos e ilusiones:
esa luz que desboca al asesino.
Todo cambia, todo crece
todo brilla, todo florece
menos tú.
El mal nunca se desmenuza
entre los dedos del bien
simplemente se aleja un poco para volver
como un perro rabioso
a la primera llamada.
Todos opinan,
mientras persiste el círculo negro
ante el que nadie se detendrá jamás.
Quiero que salga fuego de mi voz
para envolverte
y sacarte de allí.
Apretar fuertemente tus manos,
romper distancias,
levantar murallas de dignidad.
Tener poder y no ser tan débil,
tan voluble como soy.
Los trenes de la justicia
van y vienen
ruidosos sobre nuestras cabezas
para nunca parar en el lugar adecuado
Leo para ti aquí de pie
con voz ajada y amarga
minutos antes del olvido de mis palabras
sintiéndome la tenue excusa del silencio.
Nuestra cobardía nos corrompe,
nuestra corrupción nos envilece,
nuestra lenta podredumbre nos absorbe.
Pero los espejos aún esconden nuestro deterioro.
Todo da vueltas sin asidero
dentro de la burbuja del tiempo,
ese presente fugaz
tan repentinamente pasado.
Allí te oigo reír,
te siento soñar, respirar,
entonces algo se detiene
y se me clava el frío de tu ausencia.
Miro hacia adentro.
Callo,
sin saber qué decir
y es terrible.
Y soy otro opinador entrecortado,
otro espectador distraído más
del dolor y el sufrimiento.
La tragedia nos mira fijamente
desde inmensas ojeras
labradas a base de preguntas sin respuesta,
endurecidas por mantener vivo el recuerdo
entre tormentas de impunidad.
Por soportar la insoportable normalidad del vacío,
la muda crueldad del prójimo.
Encubrimiento
dejadez
manipulación
mentira
ocultación
prejuicio…
Odiosas palabras,
escupitajos de injusticia
en nuestra cara.
Sustantivos que se agolpan
acerbos en mi garganta.
Y siento asco y hastío
de masticarlos
para reproducirlos una vez más
desde un hilo de voz
que me avergüenza.
Poema compuesto para y leído en el “3º encuentro de escritores por Ciudad
Juárez”, celebrado en el Centro Cívico del Zaidín en Granada (España), el 28 de
septiembre de 2.013.
27 septiembre 2013
RETRATO TORCIDO DEL CAMALEÓN
Él recuerda, tratando de amasar un alarde de
ingenio, que la cola del camaleón ya parecía colgar de un sueño, de un objetivo
definido, cuando sonreía quedamente y levantaba su copa, cuando se le echaba el
brazo por encima y daba la impresión de estar pensando en otra cosa; o cuando ofrecía
su ayuda, generalmente sin la debida insistencia. Era como si flotara en el
aire, añade. Ella le reprocha, irónica, que últimamente tiene salidas demasiado
poéticas, pero señala, y es un dato científico, que sí que es verdad que el
camaleón nunca aparecía en el centro de las fotos, siempre a un lado, un poco
distante, y se apresura a subrayar que no se quiso disfrazar de enfermera
cuando todos lo hicieron en aquel carnaval. Pero se hartó de hacer fotos, añade
él malicioso, entrecerrando los ojos. Ella tuerce un poco el gesto, enterrando
una sonrisa franca.
Los vasos tintinean y ambos fuman, sentados
frente a frente, calibrando en silencio la madurez imparable que fermenta en el
rostro del otro. El volumen de la televisión está demasiado alto, como siempre,
parcheando el murmullo del tiempo, y el camarero que tendría que reponer sus
bebidas parece encontrarse a muchos kilómetros de su mesa, remando trabajosamente
sobre un mar de cabezas.
Él entrelaza las palmas de las manos sobre su
cabeza y retoma el tema animándose por momentos, rememorando las reuniones y
las manifestaciones; sí, él no se lanzaba realmente, no vociferaba sin cuartel,
ni daba puntada sin hilo; nunca llevaba las pancartas o banderas más
estridentes, y durante mucho tiempo anduvo por la zona media, solo o acompañado
de su pareja de aquella época, dejándose ver, dejándose ir. Se dedicaba a ser
el consejero y a veces portavoz de los que estaban en primera línea. Sí, lo
llevamos entre todos en volandas, se lamenta ella, no lo detuvieron como a ti,
vuelve a reprochar cansada, con ajados ojos maternales, ni alcanzó merecida
fama de excéntrico, apuntilla sardónica.
Él desaparece en el baño ayudándose de la mesa
para levantarse y ella suspira, para un segundo después ponerse a pensar en el
camaleón. Esos pensamientos en soledad eran un lujo, el secreto e inefable
placer de relamerse en un rincón sombrío, reconstruyendo las derrotas, las
ocasiones perdidas; aquel breve espacio de tiempo soleado inmediatamente
anterior a la claridad desvaída. Siempre había visto al camaleón, a todos
aquellos camaleones que pululaban alrededor de la vibrante actualidad,
vigilándola, acechándola, como vehículos de futuro, como potenciales
oportunidades de salir de allí en dirección a desconocidas posibilidades. A
ella nunca la engañaron: solo ellos y su taimada mirada, los suaves cambios de
color que ya ensayaban, parecían avistar un camino desbrozado, un horizonte
luminoso sobre las cabezas de todos; aquellas cabecitas humeantes llenas de
ilusiones y certezas trufadas de incertidumbre. Ella supo, se dijo mientras él
regresaba parloteando a su asiento, que sus cerebros y emociones no quedarían
chamuscados como los de tantos que se quedaron en la línea de salida
tanteándose aterrorizados los bolsillos; los camaleones tocarían el cielo y, en
caso de arder, arderían de una y definitiva vez.
Las palabras de él comenzaron a avanzar
cuesta arriba para entrar en los oídos de ella, que ya había aterrizado sobre
el panorama del resto de una caña de cerveza sin alcohol en vaso corto y un
servilletero con dedos señalados. Él todavía se preguntaba cómo se las podía
arreglar el camaleón para estar siempre en la retaguardia y golpear con su
presencia en primera fila solo en momentos en los que nada había que perder,
solo ganar. Le parecía un púgil habilísimo, un estilista sobre el cuadrilátero.
Ella ríe por primera vez en todo el día, sorprendida del símil boxístico, y le
pregunta si recuerda cuánto odiaban en sus tiempos ese maldito deporte, tan
violento y propagandístico. Él entonces suelta a viva voz una retahíla de
innecesarios datos sobre boxeadores míticos, y ella se oscurece levemente al
descubrir otra mentira más, de esas que con los años van brotando por los
rincones del hogar común como regalos temidos e inevitables.
Ella retoma su habitual suspiro y se dirige a
la barra a pagar, está segura de que el camarero quedará para siempre atrapado
en el lado opuesto del bar. Aún se mueve con la ligereza de una pluma, piensa
él, enterrando el piropo mientras juega con las llaves y se recuesta en su
pensamiento. Se abraza a aquel camaleón baqueteado por la vida pero aún firme.
La clave de todo su andamiaje consiste en que nadie lo descubra, elucubra.
Mantener el barco a flote y la velocidad de crucero, con la sonrisa ingenua y
el gesto sorprendido de siempre ante las incongruencias y contradicciones que
la vida va colocando a su paso. Continuar pareciendo aguerrido ante las
injusticias sin demasiada hostilidad, siendo afable y cálido en el trato,
chispeante y espontáneo en las respuestas. Conservar la emotividad en el gesto,
tratándose de un ser cada vez más frío. Seguir estando rodeado de culpables y solo
él reconocer y salvar a los inocentes.
Se levantó algo mareado y se acercó a la
barra para ocupar un lugar junto a ella. Los dos miraron en dirección a la
televisión para ver al camaleón recibir otra salva de aplausos.
Publicado en el nº 176 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a los camaleones.
22 septiembre 2013
ADIÓS, BARBIE FORZADA
Después de leer el estomagante artículo “¡Mi
bolso!”, publicado por Edurne Uriarte
en la revista “Mujerhoy.com”, lo primero que me viene a la cabeza es que se
trata de un inmenso error estratégico por su parte, dado el marcaje que sufre.
A mí, Edurne, antigua miembro de la ejecutiva del PSE y profesora universitaria
amenazada por ETA; la cual creo que llegó a sufrir incluso un intento de
atentado, no me caía mal. Ahora me cae peor, no por haber puesto tierra de por
medio con un PSOE turbio y ambiguo tanto en cuestiones de relación con el
entorno etarra como en su idea de España; ni siquiera por acercar sus posturas
a las del PP, sino por ejercer en su faceta de articulista y tertuliana un
seguidismo vergonzante y a veces casi forzado de la línea trazada por el
gobierno actual. La politóloga estoica de antigua sensibilidad progresista, que
parece conducir su criterio con el único fin de no coincidir nunca con la
izquierda, denota en la actualidad un pensamiento desactivado, acrítico y atrofiado.
Tan previsible como el de la mayoría de sus compañeros de oficio tertuliano,
los cuales demuestran cada día más no tener opinión, sino oficio.
El artículo en cuestión me parece un tanto
artificioso en su inabarcable frivolidad, ya que no creo que ésta sea la
verdadera Edurne, por mucho que le gusten los bolsos y los complementos.
Simplemente saca el estridente tono pijo y falsamente desenfadado que conviene
a esta colaboración, la cual imagino pasará a engrosar mensualmente su abultada
soldada.
De cualquier forma, es realmente vomitivo (y
sobre todo revelador) que alguien cuyo trabajo consiste en observar día tras
día una realidad compleja y durísima para reflexionar sobre ella, cambie tan
fácilmente de registro y se dedique, con una brutal falta de sensibilidad y
empatía por los demás, a hacer alarde (en un momento como éste), de su poderío
económico y el de sus amigos, y de una posición de superioridad capaz de
permitirle perdonar la vida a un camarero que ha cometido una torpeza al
servirla.
Pocas veces estoy de acuerdo con ella, pero a
partir de ahora eso carecerá de importancia, ya que simplemente no volveré a
creerla. Adiós, Barbie Forzada.
Artículo de Edurne Uriarte
Artículo de Edurne Uriarte
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mujerhoy.com
20 septiembre 2013
GIBRALTAR
Desde muy pequeña le había parecido una
palabra misteriosa. “Gibraltar”, susurraba cuando la escuchaba en la televisión
o en boca de los mayores. Era como uno de esos regalos inesperados que aparecen
de tarde en tarde: cuando estaba a punto de olvidarla alguien la pronunciaba y
así volvía a sus labios por una temporada.
Un día le preguntó a su abuela cómo era aquel
sitio, y ésta le respondió, tras dudar un poco, que dependía, que a veces
parecía muy grande y otras muy pequeño. La verdad es que en el mapa sí que
resultaba minúsculo. Acaso un lugar mágico, al igual que otros de significado
enigmático para ella que por todos eran mencionados. Como La República, país
con una bandera muy bonita que ella nunca acertaba a encontrar en su atlas;
hasta que acertó a comprender que, según le explicaron, era el nombre que
muchos querían ponerle a España.
Generalmente la imaginaba como una montaña
puntiaguda, con una puerta chiquitita; otras, puede que por asociación de
ideas, como un perfecto triángulo, o quizá un diamante tallado que no dejaba nunca
de brillar.
Su abuela tenía razón, durante largos
períodos nadie hablaba de ella, se convertía en una cabeza de alfiler, una mota
de polvo casi perdida en el mapa, y en otros momentos crecía y crecía hasta ocupar
media España. Entonces se mostraba ante sus ojos infestada de monos y de coches
que avanzaban muy lentamente; plagada de empresas; inundada de lanchas, de
cartones de tabaco, de cosas caras y difíciles de encontrar puestas al alcance
de la mano, de banderas al viento, de verjas, de policías. En esas ocasiones se
transformaba en algo pesado y metálico en sus labios, con un cierto regusto
ferruginoso; la agobiaba, y unas veces la escupía y otras optaba por tragársela.
Se volvía tensa y agresiva, encendía los rostros en la tele y provocaba manoteos
y gestos chulescos; sonrisas como aquellas con las que los gamberros del cole
fanfarroneaban en el recreo. Pronunciarla entonces era como subir unos
escalones muy altos: GI-BRAL-TAR. Le resultaba tan fatigosa que, estando un día
en casa con su atlas, mientras recorría el contorno de la península ibérica,
notó un impulso al sentirla cerca y decidió taparla con un trazo firme.
Publicado en el nº 175 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a Gibraltar.
18 septiembre 2013
MICRORRELATO (10): CARETAS
“Creo
que ha llegado el momento de quitarse la careta”, se dijo mientras sostenía la
siguiente en la otra mano.
Texto incluido en el libro de relatos de Juanfran Molina "Ciclorama".
Texto incluido en el libro de relatos de Juanfran Molina "Ciclorama".
13 septiembre 2013
LA PUERTA
Era un antes y un después, un todo o nada
clavado en la garganta, otro momento cumbre, o al menos ésa era mi impresión.
Yo venía de algún mundo, de otra situación, tan precaria y amarga como todas
las anteriores, supongo, y tras ella me esperaba algo distinto, nuevo. Una
posibilidad, un secreto deseo por cumplirse: otra pompa de jabón gigante.
Imagino que algo mejor, de cualquier forma.
Recuerdo que la estrellada noche veraniega
enmarcaba la puerta que me disponía a franquear. Era alta, parecía una sola e
inabarcable pieza de madera, rodeada de grandes piedras irregularmente
colocadas, que daban la sensación de formar parte de algo sólido e
imperturbable, de nacer de una pared tan firmemente anclada a la tierra que era
una caprichosa elevación de la misma. Un mundo compacto cargado de años, de
esperas, de azares y trasiego. De la envejecida madera emanaba un tenue e
indefinible olor que temblaba ligeramente en el aire; parecía contener el
sonido de todos los grillos, y atraer el único rayo de luna. Tenía grabados
extraños dibujos, palabras, símbolos.
Después hice lo de siempre: vivir deprisa con
los ojos cerrados para olvidar, ir colmándolo todo de nuevos recuerdos que rebosaban el agujero para amortiguar su ruido, sus imágenes; hasta hacer
desaparecer su efecto astringente y burbujeante. Por eso, cuando ante cualquier tesitura con frecuencia me
asalta aquella noche, solo aparece ante mis ojos la puerta: cerrada, dejando
escapar un hilo de luz, elevándose, alejándose, disponiendo sus símbolos con un
significado posible o emborronándolos. Tratando de decirme algo que no logro
comprender.
Publicado en el nº 174 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado al olvido..
11 septiembre 2013
SPAIN RAIGAMBRE SULFÚRICA
José Luis Moreno-Ruiz "Sevillana" (1.994)
Claustrofobia "La sombra sabe" (1.987)
Gabinete Caligari "Me tengo que concentrar" (1.983)
Dogo y los Mercenarios "El Polígono Sur" (1.988)
091 "La vida qué mala es" (1.991)
La Búsqueda "Tambores de Boabdil" (2.004)
Los Coyotes "Pepe" (1.984)
713avo Amor "Limosna para morir" (1.993)
Vainica Doble "Eso no lo manda nadie" (1.976)
Pony Bravo "El rayo" (2.008)
Albert Plá "Joaquín el necio" (1.992)
Aterciopelados "Te juro que no" (1.996)
Joaquín Sabina "Cerrado por derribo" (1.999)
The Doors "Spanish caravan" (1.968)
Los Coronas "Los rumbaleros" (2.012)
Los Portazos "Muebles Molina" (2.013)
Earl Hooker "Guitar Rhumba" (1.957)
Matt Elliot "The pain that's yet to come" (2.012)
Sr. Chinarro "Gitana" (2.006)
Los Planetas "La que vive en la carrera" (2.007)
La Bien Querida "Aurora" (2.012)
Fuel Fandango "Talking" (2.011)
Marc and the Mambas "Black heart" (1.983)
Union Carbide Productions "Coda" (1.991)
Grace Slick "El diablo" (1.980)
Robert Fripp and theLeague of Crafty Guitarist “Asturias” (1.991)
Claustrofobia "La sombra sabe" (1.987)
Gabinete Caligari "Me tengo que concentrar" (1.983)
Dogo y los Mercenarios "El Polígono Sur" (1.988)
091 "La vida qué mala es" (1.991)
La Búsqueda "Tambores de Boabdil" (2.004)
Los Coyotes "Pepe" (1.984)
713avo Amor "Limosna para morir" (1.993)
Vainica Doble "Eso no lo manda nadie" (1.976)
Pony Bravo "El rayo" (2.008)
Albert Plá "Joaquín el necio" (1.992)
Aterciopelados "Te juro que no" (1.996)
Joaquín Sabina "Cerrado por derribo" (1.999)
The Doors "Spanish caravan" (1.968)
Los Coronas "Los rumbaleros" (2.012)
Los Portazos "Muebles Molina" (2.013)
Earl Hooker "Guitar Rhumba" (1.957)
Matt Elliot "The pain that's yet to come" (2.012)
Sr. Chinarro "Gitana" (2.006)
Los Planetas "La que vive en la carrera" (2.007)
La Bien Querida "Aurora" (2.012)
Fuel Fandango "Talking" (2.011)
Marc and the Mambas "Black heart" (1.983)
Union Carbide Productions "Coda" (1.991)
Grace Slick "El diablo" (1.980)
Robert Fripp and theLeague of Crafty Guitarist “Asturias” (1.991)
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05 septiembre 2013
CACHORROS
De vez en cuando, a la gente le da por exigir
que los políticos cuenten con una carrera profesional previa o paralela a su
dedicación a la política. Hay quien piensa que el desempeño de una actividad
distinta les daría una perspectiva más amplia y rica de la sociedad a la que quieren
dedicar sus esfuerzos. Los hay peores, que rozan lo cursi, relacionando el
hecho de haber desarrollado un trabajo, una vocación con anterioridad, con la
madurez, la ilusión y la capacidad de esfuerzo e incluso de sacrificio
exigibles para trabajar por sus conciudadanos desde la política.
Todo esto son bobadas, desde luego. ¿Para qué
necesita un político, incrustado en esta partitocracia tan estable, estar
preparado intelectualmente?, ¿Van a ser él mismo alguna vez? ¿Para qué la
formación, sino para adornar el currículo y tratar de arañar algún voto,
poniéndose estupendo en las entrevistas?
Una persona sólidamente preparada, con
criterios propios, tarde o temprano debe sentirse incómoda dentro de una
política envasada al vacío donde la dedicación, el desarrollo de ideas y la
rigurosidad solo tienen sitio en intersticios recónditos, alejados de los
centros de poder, y en momentos muy concretos. Para el pensamiento y la
creatividad teóricamente están los asesores y expertos, opiniones a sueldo
siempre secundarias ante la mezquindad de turno.
En un país donde los partidos confunden con
total naturalidad los intereses que les son propios con los generales,
convirtiéndose en monstruosos vasos comunicantes con la administración pública
sobre la que en cada momento ponen sus zarpas, lo necesario son los llamados
cachorros del partido. Gente crecida a su sombra, formada desde su juventud en el circunloquio y
el lenguaje huero de la política más previsible, criada en su bazar de tópicos
y demagogias. Conspiradores diarios. Pilotos automáticos acostumbrados a vivir
dentro de una cadena de lealtades. Manipuladores de una realidad que hace mucho
desapareció de su horizonte. Rostros impenetrables. Personas que atacan al
contrario con una sonrisa; que mienten sin pestañear; que se dirigen al pueblo
con el tono paternalista de quien se sabe miembro de una estructura de poder
infranqueable; que hacen cada cierto
tiempo eso tan horrible de defenderse de sus tropelías culpando al de enfrente
de haber hecho lo mismo con anterioridad, reconociendo implícitamente la
impunidad real de su actuación política, obviando cualquier atisbo de
rectificación o enmienda.
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03 septiembre 2013
30 agosto 2013
20 agosto 2013
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