Klaus Bishops
"An arc amidst the sadness", 1923
70x50 cm. Óleo sobre lienzo.
Pasear por el casco antiguo libera los pies y los hombros de presente, de practicidad, de motivo, de prioridades. El casco antiguo los empuja volviéndolos más ligeros que nunca, aun ascendiendo entre angostas calles, cuestas o escaleras. El blanco de las fachadas, que atrae y calma la inquietud de las almas, se extiende sobre otros blancos anteriores, capas de cal producidas por manos avezadas que se repiten sobre paredes serenas y llenas de memoria. El paseante solitario nunca está solo y el silencio nunca es completo. La explosión de las flores que cuelgan de las ventanas, el frescor verde que desborda de las macetas, suceden a otras explosiones y desbordamientos; los olores enlazan sin fin con otros olores, fruto de otras lluvias y otros rayos de un sol que baña siempre la misma esquina, dibujando el mismo ángulo de luz que restalla frente a miradas a menudo sorprendidas ante la adusta grandiosidad de lo cotidiano. Suenan en algún sitio los cascos de animales de antaño que suben pacientes su carga, avanzando con sus ancas temblorosas y peludas. Suena el papel de estraza que envolvía con perfecta sobriedad las pequeñas compras diarias, marcando el devenir de los días. Se escucha la fuerza incontenible de los latidos de los corazones de todos los niños que se apretaban el paquete al pecho mientras recorrían el trayecto de la tienda a su casa cumpliendo así su primer mandado en solitario, con las herrumbrosas y escasas monedas sobrantes bailando en el bolsillo de su pantalón corto mientras corrían. Un tiempo que pasa, cae y muere; hasta que despierta y sale al encuentro del paseante cuyos pies y hombros han sido liberados de su función y prestancia habituales para ascender libres y ligeros sobre el empedrado.
Texto aparecido en el libro colectivo "De la cal al plástico", editado por Colin Bertholet en 2022.
MERCURY REV “Deserter’s songs”(V2, 1998)
Mercury Rev son uno de los grandes enigmas por resolver para el rock de esta década. Funambulistas espaciales que avanzan entre cacofonías ruidistas, elevaciones vertiginosas, pérdidas de conciencia y una vocación pop bien guardada que aquí explota a todo placer. Tras tres años largos de mutismo, con cambio de compañía y sucesivas crisis internas, Mercury Rev aún nos debían esto, su concepto de la melodía y su expansión; así de impecable, así de desnudo. Desestimando la distorsión como principal arma o campo de exploración, nos ofrecen todo un mundo de sonoridades inasibles en su grandeza, en su juego, en su incesante dilatación; queriendo atisbar qué hay más allá del “Pet sounds” de The Beach Boys y de los Beatles más preciosistas. Sonidos bañados en misterio, ululantes, titilantes, ligeramente temblorosos, huidizos; que sobrevuelan los temas a ráfagas, lo justo para llevar la canción en volandas.
Una búsqueda alucinante de lo atemporal que en “Holes” y “Opus 40”, con su aire estándar y Beatle, se impregna de Neil Young tal y como lo hicieran The Flaming Lips, que también dejan su marciana impronta en “The funny bird”. Desbordan su caudal lírico y mágicamente melancólico en maravillas como “Tonite it shows” o “Endlessly”, con rememoración navideña añadida. “Hudson line” se convierte en el momento más tangible por los firmes trazos de guitarra, saxo o piano que exhibe. Hay folk luminoso en “Goddes on a hiway”. “Pick up if you’re there” podría ser la música incidental del descubrimiento de algo milagroso. En “Delta sun bottleneck stomp” hay pop que te reclama desde la pista de baile con reminiscencias de los Waterboys de “This is the sea”. Y, al final, se despiden con una llamada desde allí donde se encuentren.
Publicado en 1999 en la revista El Batracio Amarillo
BECK “Mutations” (Geffen, 1998)
Beck Hansen, el folkie destartalado, el rapero freak, el sampleador perspicaz, apañador noise y adicto al low-fi, vuelve con su tercer trabajo oficial, aparcando el factor sorpresa que siempre le acompaña y que lo ha situado como uno de los baluartes del rock underground de esta década. Aquí es el folk el principio y fin de sus planteamientos, con canciones tratadas con nitidez y frescura, versatilidad instrumental y frente despejada. Folk revestido de psicodelia (“Cold brains”, “Nobody’s fault but ny own” o “We live again”); o con remedos de Barret y The Kinks en “Lazy flies”. Ejercicios de country ortodoxo en “Canceled check” y “Sing it again”; y socorrida bossa en “Tropicalia”, siempre con resultado cautivador. El folk vuelve con toques clásicos a lo Nick Drake con “Dead melodies” y “O Maria”, y tenso en “Static”; también se incluyen incursiones blues como “Bottle of blues”. “Diamond bollocks” nos devuelve, casi al final, al Beck iconoclasta, con una impactante reconstrucción de los primeros setenta. Y, con “Runner dial zero”, termina consiguiendo plenos efectos cósmicos.
Publicado en 1999 en la revista El Batracio Amarillo
Consistía en romper
la presuntuosa carcasa
trucada de las palabras,
liberarlas del aborregado brillo
de los órdenes preestablecidos.
En mirar el tiempo arder
con una sonrisa y ojos cansados,
enrojecidos de curiosidad,
alimentados por la energía emanada
del dolor, el amor y la rabia.
En escarbar sin dediles en la urgencia
para cruzar el túnel de la armonía.
En nadar en el lago sereno
tras zambullirse en el oleaje más salvaje.
En usar el vértigo como cabalgadura.
En abordar la vida sin frenos,
transformando los derrapes en melodías,
y las melodías en bocados
a las almas desorientadas
de quienes osábamos asomarnos
tan solo durante tres minutos.
La inquietud abrocha los versos
y las guitarras desatan aquello
que no sabíamos que estaba atado.
Consistía en alejarse
hasta perder el centro
y después recuperarlo,
como en la soleá.
En asomarse a las ventanas
para volar o caer,
y entonces encender
el lirismo de todas las caídas.
En verter belleza desde el rincón humoso
de la última hora de insomnio.
En rumiar sobre la herrumbre que se amasa
y va dejando restos de sangre y oro
en la punta de los dedos.
La respiración y la ansiedad
van conformando la estrofa
hasta que se aviene a emerger.
Los colores se vuelven más vivos
que nunca en los amaneceres locos
de una ciudad perdida,
entre poemas, evocaciones y tachaduras.
La leyenda que se erige
entre vaivenes,
muta en un arcoíris
con olor a madrugada
que penetra de manera distinta
dentro de cada cual.
Luz pulida
suavemente
por el tiempo.
Vida retadora.
Libertad sin bostezos.
Precipicio resbaladizo
desde donde atisbar, de verdad,
el vuelo del águila.
Los Cheyenes “Tú no llegaste a mí” (“He perdido este juego”, single 1966)
Dalton, James and Sutton “One time around” (“Run baby”, single 1970)
Tom Petty and The Heartbreakers “American girl” (“Tom Petty and The Heartbreakers”, 1976)
Flamin’ Groovies “Take me back” (“Now”, 1978)
The Stems “Love will grow” (“Love will grow”, single 1985)
The Smithereens “I don’t wanna to lose you” (“Especially for you”, 1986)
Teenage Fanclub "About you" (“Grand Prix”, 1995)
The Resonars “If he’s so great” (“Bright and dark”, 1999)
Los Planetas “Un buen día” (“Unidad de desplazamiento”, 2000)
Jose Ignacio Lapido “La hora de los lamentos” (“De sombras y sueños”, 2010)
Ariel Pink’s Haunted Graffiti “Only in my dreams” (“Mature themes”, 2012)
El osombroso y sonriente folk de las Badlands “Varoufakis” (“Noes país para jóvenes”, 2021)
JOSÉ IGNACIO LAPIDO "Ladridos del perro mágico" (Pop Quark-Big Bang, 1999)
Canciones compuestas para permanecer, para ser encontradas por alguien que las conservará en el recuerdo el tiempo suficiente para poder comunicarlas a otro y que así nunca dejen de sonar. El debut del que fuera líder de 091 despliega, como siempre, una colección de canciones en las que se deja mucho; textos que devuelven interés y credibilidad a las baladas, nacidas en ese punto en que las carreras de Bob Dylan y The Rolling Stones se encontraron. Sonido contenido, formado por un entramado de guitarras vehementes, sensiblemente hirientes o lacerantes; que, en los tiempos rápidos, envuelven en contundencia y espinas ese ya clásico sentido pop del autor, esos estribillos inmarcesibles o los cuidados coros ("Sigo esperando"). O crean expresivos fraseos de blues bajo los auspicios de Bo Diddley ("Mi nombre es Sísifo").
Publicado en 1999 en la revista El Batracio Amarillo
Ladridos del perro mágico ha sido reeditado por Pentatonia Records en 2024. Remasterizado y con dos temas extra, en formato doble vinilo, CD
LYNYRD SKYNYRD “Gimme Three steps” (“Pronounced’ Led-’Nerd ‘Skin-’Nerd”, 1973)
DAVID BOWIE “Rebel rebel” (“Diamond Dogs”, 1974)
DAVID BOWIE “Always crashing in the same car” (“Low”, 1977)
BURNING “Hey nena” (“Madrid”, 1978)
THE KINKS “Catch me now I’m falling” (“Low budget”, 1979)
THE CULT “Love removal machine” ("Electric", 1987)
SOLEDAD BROTHERS “Good Feeling” ("The hardest walk", 2005)
BUFFALO KILLERS “River Water” ("Buffalo killers", 2006)
HEAVY TRASH “Outside Chance” ("Going way out with Heavy Trash", 2007)
THE MEN “Candy” (“Open your heart”, 2012)
GREG PREVOST “Ain’t nothing here to change my mind” ("Mississippi murderer", 2012)
BRUNO GALINDO “Toma de tierra” (Libros del K.O., 2021)
A poco que te interese el devenir de la música popular durante los últimos cuarenta años, hay un porcentaje amplísimo de posibilidades de que, si te da por hojear este libro en cualquier librería, te sea imposible soltarlo hasta terminar el capítulo por el que lo hayas abierto; e incluso, que experimentes la imperiosa necesidad de continuar la lectura en casa hasta el final ese mismo día. Se trata de un relato autobiográfico a la fuerza trepidante y jugoso, dada la posición neurálgica del autor durante años dentro de la industria discográfica y su inquietud vital y creativa; que huye de toda linealidad repartiéndose en ochenta breves capítulos que pasan como una exhalación, a su vez divididos, como el propio autor explica, en tres tramos que abarcan el relato periodístico, el industrial y el artístico. Bruno Galindo ha estado en todas esas trincheras y, lejos de confeccionar unas memorias autocomplacientes que giren en torno a sí mismo, echa mano de sus recuerdos y archivo para exponer (enriquecida y bien argumentada) su visión del tiempo que le ha tocado vivir. Una visión tan apasionada como desencantada, aunque siempre lúcida; crítica, pero también autocrítica. Es más testigo privilegiado que protagonista, papel que, salvo en escogidas ocasiones, rehúye. La mirada del periodista, del observador, se impone.
Del magma de su vida, su experiencia y bagaje, Galindo destila un sutil análisis y una mirada global e incisiva del período que ha traído los cambios más radicales y definitivos en la forma de hacer y escuchar la música, de transmitirla y promocionarla. Años que fueron tan vertiginosos y luminosos como contradictorios y decepcionantes para nuestro país; y que el autor recorre sin encallarse, saltando sin titubeos del flash a la anécdota, del recuerdo conciso y mordiente a la evocación o la peripecia, de lo cotidiano a lo insólito, de la opinión cortante a la disquisición. Las vivencias y los puntos de vista de aquellos que han formado parte del engranaje de la música pop suelen generar fascinación entre los aficionados, que recibimos el influjo de esta completamente ajenos a las circunstancias reales que la rodean. Esta lectura donde, entre muchos otros, Mariah Carey, Prince, Stiv Bators, Luis Miguel, U2 o The Cramps comparten protagonismo, satisface en buena medida esa curiosidad y permite acercarse al fenómeno musical con otros ojos.
Ana observa desde un rincón del patio cómo el maestro acota con tiza, para un último ensayo, la zona donde se situará el escenario de la función de fin de curso. Sus compañeros de clase revolotean a su alrededor, cuchichean y se mofan. Acaban apiñados junto al docente y la miran, la señalan e intentan imitarla. Se ríen de sus soliloquios, de sus ejercicios respiratorios, de sus nervios antes de ensayar. Se burlan de los gestos de su cara, del vuelo de sus manos, de los tonos tan distintos que usa para interpretar. Ella, por su parte, se siente a solo un paso de sus próximos sesenta minutos de libertad.
LE MANS “Aquí vivía yo” (Elefant, 1998)
Algo vería Alejo Alberdi en aquellos cuatro
donostiarras de Aventuras de Kirlian cuando se decidió a llevarlos a
Madrid y producir su debut (“Aventuras de Kirlian”, (DRO, 1989)). La anomalía
que suponían su militancia naif y sus ímpetus nuevaoleros para la época, trajeron consigo la consabida
indiferencia de la discográfica; por lo que Peru Izeta (batería), Jone
Gabarain (voz), Teresa Iturrioz
(bajo) e Ibon Errazquin (guitarra),
decidieron a finales de 1990, ya como Le
Mans, y con Gorka Ochoa a la
batería, pasando Peru a la guitarra, grabar un nuevo disco a su ritmo y con sus
propios medios. Posteriormente, el sello Elefant se cruza en su camino
definitivamente y, para enero de 1994, “Le Mans” ya está en la calle. Es un
trabajo que continúa la tónica del anterior (no en vano la mayoría de las canciones
pertenecen a aquella época), inaugurándose la era de las canciones
indispensables con el elegante funk
de “Un rayo de sol”. De todas formas reniegan de él.
Ese mismo año, “Entresemana”
vino a mostrar las verdaderas intenciones del grupo. Asistimos a un cambio
sustancial que hace discurrir los temas en medio de una delicadeza cautivadora;
con un sonido eminentemente acústico, dotado de serenidad y poso por la recurrente
presencia de violín y chelo. Se incorporan las cadencias bossa que el grupo explorará en el futuro, las cuales refulgen en “Canción de si tú me quieres”. Un sosiego que armoniza con una voz convertida ya en
susurro tibio y plácido. Además, Teresa concreta esos textos en castellano de
desdramatizada celebración de la cotidianidad que tantas ganas me dan de tomar
café.
Tras su acercamiento a la
música de baile con “Zerbina” (1995), llega la hora de “Saudade” (1996), donde
la austeridad toma un cariz más circunspecto que nunca, con un sonido basado en
guitarra española y chelo. Se acaba para siempre la inmediatez, manda la
segunda escucha. Errazkin es ya un personaje imprescindible para el pop español
de los noventa.
La despedida se fragua
entre 1997 y 1998 a través de tres lanzamientos (dos maxis y un elepé), en cuyas portadas destacan cada una de las
letras de la palabra “fin”. La “F” es “Mi novela autobiográfica” (1997),
calidez y hastío, dulzura didáctica, inspiración y sequedad. La “I” pertenece a
“Ying-yang” (1998): brillantez pop, tenuidad, destellos de bossa juguetona y experimentación.
La “N” se corresponde con
“Aquí vivía yo” (1998), y supone el colofón a esta enigmática, algo perversa y,
finalmente, monumental despedida. De la austeridad se pasa al puzle sonoro, en
un trabajo de auténtica orfebrería de estudio que no les resta sutilidad ni
naturalidad. La guitarra española vuelve a tomar el mando, pero irrumpen
percusiones de todo tipo, metales de otro tiempo subrayando lo justo, vuelos de
órgano, piano, mandolina, programaciones y samples.
Una genial convivencia de matices y estados de ánimo con los que la
ambientación alcanza su plenitud (qué emocionante la belleza desprendida de la escueta
despedida de “Sic transit gloria mundi”, con la voz de Josetxo Anitua). Así pues, Le Mans han pasado a formar parte del
reducido olimpo de los grupos que prefieren desaparecer antes de repetirse.
Hasta siempre.
Publicado en 1998 en la
revista El Batracio Amarillo
JON SPENCER BLUES EXPLOSION “Acme”(Mute-Everlasting)
Este trabajo sirve para clarificar un poco más la marca indeleble de una forma de entender el rocanrol. El lacerante cóctel de primitivismo blues, funk fracturado y crudeza sónica de costumbre, aquí se muestra pulido e incluso brillante. Es como un receso en el camino para reconsiderar lo ya recorrido y matizarlo; ahondar y reflexionar sobre ello. Indagan en sus posibilidades sin perder un ápice de impacto y frescura, ya que estamos ante una nueva consagración al ritmo: seco, abrupto y cortante. Subrayado por mezclas sagaces, scratches severos y guitarras sincopadas. Sin ser “Orange” (Crypt, 1994), viaja frenético del r´n´b al funky y viceversa, repostando en The Rolling Stones como medio y fin de su sonido. En “Do you wanna get heavy”, Jon Spencer va mutando de polvoriento crooner a desquiciado James Brown envuelto en sentidos coros góspel. Suenan depurados y esenciales en “Calvin”, “Magical colors” o “Torture”. Funden a Lou Reed con los Stones más lúcidos y Van Morrison que pasaba por allí en la excelsa “High gear”. Suenan obstinadamente setenteros en “Give me a chance” y se recuperan a sí mismos en “Attack”. Además, propinan tóxicas y generosas dosis de funk turbulento, como “Talk about the blues”, el saturado guiño a The Beastie Boys que es “Lovin’ machine” o “Bernie”. Como viene siendo habitual en sus grabaciones, el trío estadounidense vuelve a contar con un envidiable plantel de colaboradores: Steve Albini, Jim Dickinson, Calvin Johnson…
Publicado en 1998 en la
revista El Batracio Amarillo
SIX BY SEVEN “The things we make”(Mantra-Everlasting)
Como unos Spacemen 3 más terrenales o unos Codeine punzantes, el debut de este
quinteto de Nottingham nos hace despegar mediante un muro sónico de guitarras que
avanza uniforme, vibrando en primer plano y expandiéndose nocivamente a través
del saxo y ese órgano tembloroso. Un viaje que deviene delirante y que tiene la
facultad de detener el tiempo o, al menos, entretenerlo maravillosamente entre
espesas capas de electricidad. En “A beautiful shape” aparecen gaseosos dibujos
melódicos entre volutas de saxo y órgano; “European me” supone una elevación de
electricidad contenida, cargada de lírica enfermiza y guitarras horadantes,
tales como las de “Spy song”, que crecen en narcótico viaje sensorial,
derivando en tormenta sónica. “Something wild” es un repente de accesibilidad
frustrado por la tensión; “Brilliantly cute” apuesta por la rotundidad; la
inmensidad de “Oh! Dear” deja escapar algo de luz, y en la desolada “88-92-96”
llegan a recordarme a Come. La
psicodelia de “Candlelight” suena algo manida para mejorar al hacerse incisiva;
y queda sitio para el pop al gusto de los Mercury
Rev más tangibles (“For you”). A la hora del aterrizaje, desconectan las
guitarras en la evocadora “Comedown”.
Publicado
en 1998 en la revista El Batracio Amarillo
NIÑOS MUTANTES “Mano, parque, paseo” (Astro, 1998)
Un paquete de canciones
con inequívoca vocación pop, presentadas de forma tensa y ruidosa, sin apenas
arreglos; recayendo toda la responsabilidad de su efecto en la inspiración
melódica de los temas y en el tesón con que son interpretados. Una apuesta
sonora certificada por la producción de Paco
“Loco” Martínez, que va de la eficaz brevedad de “La fuerza” a la
introspección de “Anillo”, desarrollando unos textos que son una auténtica
exhibición de sentimientos a flor de piel. The
Pixies se extienden por el efectivo vértigo de “Veneno-polen”, en la rotundidad
de “Tormenta”, así como en “Caramelos” o “Katherine” (en las que, sobre todo en
la segunda, reside la respuesta a lo que harían Los Brincos dentro del mare mágnum noise de los noventa). Esta influencia del pop español de los
sesenta se hace también patente en otros cortes, como “Segesta” o “Isabelita”.
¡Ah!, y en “L.s.i.” se topan de bruces con los últimos Planetas.
Publicado
en 1998 en la revista El Batracio Amarillo
Arancha
Moreno “Conversaciones con José Ignacio Lapido” (Efe Eme, 2021)
Ella pregunta y siempre escucha
hasta el final. Va paso a paso, estructurando la charla cronológicamente, pero
sin constreñir nada; creando el clima de complicidad adecuado. Cede todo el
protagonismo a su interlocutor, algo no tan frecuente en estas lides. La autora
deja espacio para el encuentro del lector con José Ignacio Lapido. No se coloca entre ambos, afanándose por
hacerse notar. Se trata de una serie de conversaciones que se enriquecen y
avanzan distendidas a base de digresiones, golpes de humor, reflexiones
espontáneas y giros inesperados. No hay prisa, se nos narran las vicisitudes de
un recorrido artístico al que no han conseguido doblegar ni el tiempo ni las
modas, con todo lo que eso tiene de epopeya. La historia de un descreído que,
por fortuna, nunca perdió la curiosidad. Más tarde, la autora se encargará de reordenar
el contenido de cada capítulo mediante precisas e impagables introducciones.
El entrevistado, durante
todo este accidentado y valiente proceso (que va de las charlas telemáticas
provocadas por el estado de alarma recién decretado a los encuentros cara a
cara), exhala el humo de su cigarrillo y rememora las idas y venidas de toda
una vida dedicada a la música. Explica. Contesta. Inquiere y se cuestiona. Se
muestra bastante autocrítico y nada autocomplaciente. Habla con detalle de sus
inicios, de 091, de su carrera en solitario. Reflexiona acerca de sus textos, del
proceso creativo y de las dificultades que atraviesa el autor durante el mismo.
Expone con naturalidad cavilaciones y opiniones de todo orden: el devenir de la
industria musical (con sus navajeos) y del consumo cultural en general. El
acceso a la música, su consideración por el oyente, la forma de escucharla…, y
un suculento etcétera.
La autora, provista del
bagaje de una documentación exhaustiva, indaga y ahonda, como debe ser, en
facetas poco conocidas de la persona que tiene enfrente. Así hasta terminar de
componer el puzle de todo lo que ha ido conformando a un artista cada vez más
inabarcable, en el sentido que el propio José Ignacio da a la obra de Dylan durante una de las charlas. Es un
libro que parte de la admiración, pero huye del panegírico; que escarba y trata
de ir más allá.
El amplio itinerario de
este viaje aborda profusamente lo general sin dejar de demorarse en el detalle,
sirviendo tanto al iniciado como a quien se acerque por primera vez al universo
lapidiano. Arancha Moreno, directora de la revista Efe Eme, y autora también de
libros sobre Coque Malla e Iván Ferreiro, completa con este, que
será revisitado con frecuencia en el futuro, el retrato de un compositor cuya
pluma constituye un hecho literario de primer orden que ante todo es canción y
es rocanrol.
Juan Cano Pereira “Los niños de las caras” (Pigmalión, 2020)
Echar
mano de la memoria como material literario es un trabajo arduo y complejo,
sobre todo cuando, como es el caso, ese recorrido por el pasado está muy
alejado de cualquier tentación de autocomplacencia. Junto al arrojo y la
meticulosidad desarrollados en “Los niños de las caras”, es conveniente
destacar que, generalmente, los aconteceres contados por las personas que los
vivieron tienen un valor intrínseco insustituible; una mirada más sincera, limpia
y directa; ajena a artificiosidades y componendas estéticas. Por tanto, nadie
mejor para narrar la peripecia de todo lo que supuso para Bélmez de la Moraleda
la aparición de las famosas caras, que uno de esos niños que vivieron todo el
proceso en primera persona y crecieron bajo su influjo. Contar con un escritor
de este calibre entre ese grupo de chiquillos que nos miran desde la portada
del libro, ofrece un punto de vista único. Y es que difícilmente podrá
encontrarse en el futuro una mirada tan completa, cercana, honesta y humana como
la expuesta por el autor a la hora de abordar este asunto y sus derivaciones.
Juan Cano consigue que el lector le acompañe con vivo interés
por este trepidante recorrido histórico y vital, por momentos tan confesional. Afortunadamente,
no ha jugado la baza de intentar fabricar una ambientación específica entre los
contornos borrosos de la memoria. Antes de forzar su propuesta, ha sabido
extraer la magia intrínseca que late en esta historia que es la suya, tan
distinta a todas las demás y a la vez tan parecida. Ha liberado sus diversas
ramificaciones y dejado fluir la intensidad que guarda cada anécdota, cada
acontecimiento, cada circunstancia. Dota del suficiente relieve a los
personajes y recrea las situaciones con ritmo y buen pulso, sin estancamientos,
haciendo gala de una prosa tan afilada y punzante como cautivadora. No es
literatura de aguachirle, es valiente, dispuesta a incomodar, llegado el caso.
Muy alejada del anecdotario superficial y la autoindulgencia localista. El
lector (independientemente del nivel de conocimiento o incluso del interés que
le suscite el fenómeno paranormal en sí mismo) cae en la fascinación sin
sentirse ni pastoreado ni dirigido. Sin faltar al rigor, una profusa
documentación y un amplio manejo de datos hacen convivir con amenidad y sin
estridencias la novela iniciática y la aventura vital e íntima, con la agilidad
de la crónica y el lúcido análisis socio-económico y político. Cano despliega para
esta urdimbre, largamente meditada y sedimentada, una sabia manera de marcar
los tiempos y de alternar los escenarios. Baraja con naturalidad lo onírico con
lo descarnado, y su poder de evocación siempre desemboca en la reflexión. Todo
está relacionado y bien cohesionado. Con un lenguaje utilizado con esmero, las descripciones
son precisas y la ambientación te introduce hábilmente en el centro del relato.
La ironía, y una ternura no condescendiente, conviven con la realidad más
áspera en esta epopeya consistente en el reencuentro sin volver la mirada con
todos lo que uno ha sido y con una parte crucial de la historia de su lugar de
nacimiento.
Un
relato, en definitiva, enjundioso, ilustrativo, generacional; que explora también,
con apuntes interesantes, ese juego de espejismos que supuso el viaje de la
nada al todo tecnológico que una generación de españoles experimentó en primera
persona. Ese inopinado cambio de velocidades que tantos hemos vivido mientras nos
quedábamos esperando en vano la aparición de la alfombra voladora que nos
trasladaría al futuro deseado.
1. Pesadilla Electrónica “Lira-Lere” (1998)
2. Doctor
Divago “Se me ha olvidado algo” (2000)
4. Cooper
“Rascacielos” (2000)
5. Niños
Mutantes “Todo puede ir mejor” (2000)
6. Los
Planetas “Canción del fin del mundo” (2004)
8. Dos mil
Locos “Un otoño más” (2008)
1. THE DOORS “Hello, I love you” (“Waiting for the sun”, 1968) vs. THE KINKS “All day and all of the night” (single “All day and all of the night”, 1964).
2. LOS CHEYENES "Eres como un sueño" ("Eres como un sueño" ep, 1966)
3. PINK FLOYD
“Fat old sun” (“Atom heart mother”, 1970) vs. THE KINKS “Lazy old sun”
(“Something else by The Kinks”, 1967).
4. DAVID BOWIE "Kooks" ("Hunky dory", 1971)
5. THE STRANGLERS “Bring on the nubiles” (“No more heroes”, 1977)
6. TALKING HEADS “Mind” (“Fear of music”, 1979)
7. THE CLASH
“London calling” (“London calling”, 1979) vs. THE KINKS “Dead end street” (single
“Dead end street”, 1966).
8. THE VAPORS “Turning japanese” (“New clear days”, . 1980).
9. TOM WAITS
“Tango till they’re sore” (“Rain dogs”, 1985) vs THE KINKS “Alcohol” (“Muswell
hillbillies”, 1971).
10. BLUR “Country house” (“The great escape”, 1995).
11. GREEN DAY "Warning" ("Warning", 2000) vs THE KINKS "Picture book" ("The Kinks are the village green reservation society", 1968)
12. JOSE
IGNACIO LAPIDO “Música celestial” (“Música celestial”, 2002)
13. THE KOOKS “Shine on” (“Konk”, 2008)
14. LOS ENEMIGOS "Océano" ("Bestieza", 2020)
Grisura, vaporoso precipicio de piel lechosa,
se recoge los cabellos.
Desde su perfil ovalado y esquivo
se ofrece como amuleto
en una calle echada a suertes
que crepita bajo sus pies:
nadie mira de reojo como ella.
Grisura, cándida y amable.
Trampa, punto y aparte.
Vende aire envolvente, viento que enreda,
borde cortante.
Grisura llama a su pecho caliente
a todos los pájaros rotos,
que ya desaparecen para siempre;
e irradia calor de contradicción
y metal a sus amantes,
que terminan mordiéndose
los unos a los otros.
Es el sol de luz de lavabo en tu oscuridad,
la dulce curva infinita de la esquina,
nuestra virgen del pulso firme
siempre armada y vigilante.
Un día, en mi juventud, la sorprendí
pescando en las ruidosas aguas de mi alma:
nadie se da la vuelta como ella.
Grisura, nuestro referente de la certeza,
la mirada más buscada,
la fiel vendedora de sueños sin cortar.
Grisura provocará el deshielo en tus ojos,
te esperará todas las mañanas
sonrisa en mano, presta a disparar.
Te elevará volando
en una caricia
y se difuminará entre la multitud
para tu caída contemplar:
nadie lleva el dedo a tus labios como ella.
Grisura, luna ajada de aguardiente,
mis temblores calmarás.
Grisura, prodigio de humo y ceniza,
llave y candado,
lo borraste todo, ¿verdad?
Poema incluido en la antología dedicada a la poesía granadina por la revista Lumbre, "Versos al amor de la lumbre" (2020).