30 enero 2014

LA CLAVE

Probablemente, la clave para ser político resida en la capacidad para dar importancia a lo que no la tiene y restársela a lo que realmente la tiene.

28 enero 2014

LA PAZ

Cuando anunciaron la paz
todo se fundió
en un interminable
gris suave,
ondulante,
como un mar que nunca más fue mar,
como unos pies fríos que bailan sin bailar.




Revisión del poema publicado en el cuaderno de Creación nº13 de Palimpsesto.

13 diciembre 2013

CICLORAMA

Queridos lectores y visitantes, hoy sale a la venta “Ciclorama”. Se trata de un libro que se sitúa con una pequeña linterna frente al extraño edificio de la condición humana. 

Punto de venta:

-          Subterránea Cómics
C/ Horno de Abad, 12. 18002 Granada – 958280031


También pueden realizar sus pedidos a través de juanfranmj@gmail.com



“En este ciclorama la actualidad pasa deprisa, descontrolada, dejando un rastro de preguntas sin respuesta y desaliento. Se proyecta el humor que quiere superar la amargura y no puede; la ironía que trata de vencer la perplejidad, quedándose a medias. El lirismo da explicaciones sin abrir la boca, arropando la soledad. Y la crítica tropieza casi siempre con estampas costumbristas de decepción.”

ISBN: 978-84-616-7359-9
140 x 210 mm., 192 páginas
P.V.P. 10 euros

CAPITALISMO

El mayor mal del capitalismo reside en su capacidad de mutación y contagio.

12 diciembre 2013

MENSAJE EN UNA BOTELLA (23)



Doctor Divago llegan a su décimo álbum más rocosos que nunca (pero, afortunadamente, aún lejos de esa consistencia pétrea que da el oficio cuando ya se ha llegado al límite de cualquier creatividad), con un sonido cada vez más perfilado y estilizado. Sin nada que altere insustancialmente la solidez de una idea muy clara, un armazón ya legendario: la formación básica de dos guitarras, con los añadidos habituales de la armónica de Chumi y las percusiones de su productor acostumbrado, Dani Cardona. Saben engrandecer su propuesta con pequeños detalles; sonar restallantes, urgentes, siempre enérgicos. Dibujar melodías de terciopelo y sabor eterno; así como estribillos redondos que detonan, colándose por todas partes. Maceran su sonido, lo desarrollan; le sacan partido, posibilidades.

En una reseña de este disco, se dice que encabezarían una hipotética escena pub-rock española. Puede ser, aunque lo suyo encierra mucho más complejidad. Pero, aparte de guitarras, chaquetas y armónica, sí que es verdad que su sonido contiene la suficiente incandescencia, inmediatez, clasicismo y carisma para relacionarlos de alguna manera con aquella heterogénea escena de genuinas formaciones.

Manolo Bertrán, responsable de todo el repertorio y fiel continuador de las maneras más clásicas y vigorosas del pop, no se adecuó sin embargo, como la gran mayoría de autores, a la creación de unos textos acordes con la dinámica del sonido y las tendencias de cada momento. Apostó por generar un lenguaje y un punto de vista nuevos que ya le son propios e intransferibles, con sus turbulentos personajes, reales o no, sus homenajes (“Sonaba Julio Galcerá”), sus situaciones dramáticas, sus reflexiones y demonios, tan personales, tan a flor de piel; o los valientes saltos de su imaginación.


Por todo esto, escribir sobre Doctor Divago es remachar el clavo de una certeza. Estamos ante uno de los mejores cantantes del pop español de siempre y, echando la vista atrás desde este magnífico trabajo, ante uno de los cuatro o cinco grupos principales del pop y el rock en castellano. El tiempo lo dirá.

11 diciembre 2013

PESADILLA ANTES DE NAVIDAD

La cosa es que a Belén Esteban le propusieron que llamará a diez personas al azar para felicitarles las fiestas. Sería toda una sorpresa para ellas. El día señalado estaban ante el teléfono ella, su representante, vestido de blanco impoluto con el uniforme de la armada, y un presentador con gafas y chaqueta verde brillante. Ella hizo como que se negaba en el último momento, respiró profundamente y sus párpados bailaron. Después le pusieron una venda y fue escogiendo números al azar de entre las decenas de guías telefónicas que la rodeaban. Tú no eras consciente de esto, estabas en otra cosa. Sonó el teléfono y contestaste. Era Belén. Dijo: "Hola señor, soy Belén Esteban y le llamo desde Telecinco para desearle...". No le diste tiempo a terminar. Reconociste la voz y colgaste. Un sudor frío corrió por tu espalda, temblabas. Lamentaste seguir teniendo teléfono fijo, o no haber retirado tu número de la guía, aquel día que lo planeaste. Después te tranquilizaste y pensaste que todo era una pesadilla, una especie de sueño loco de duermevela. O mejor, una broma de mal gusto que alguien te había gastado, eligiéndote al azar. Te reíste por dentro de tu propia ingenuidad, pero encendiste la televisión para asegurarte. En Telecinco estaba ella, acompañada de su representante y del presentador. Tenía los ojos llorosos, se sentía muy triste; maltratada porque tú le habías colgado. Había escuchado tu voz, tu respiración. Ella había tratado de ser amable, cariñosa, pero tú habías colgado el teléfono. La habías puesto en evidencia ante la audiencia. Te tenía localizado y no lo iba a olvidar. Para colmo, al ver tu nombre en la guía supo quién eras inmediatamente. Eras el crítico aquel que se mofó de su libro en las páginas de un periódico de tirada nacional. Ella había entrevisto en tu artículo inquina personal, falta de objetividad, envidia por sus ventas y mucha maldad por tu parte. Tu teléfono se colapsó. Te llamaron de todos los programas de Telecinco. Te ofrecieron dinero y te exigieron defenderte. Te esperaron a la puerta de tu casa. Se pusieron en contacto con todos los medios con los que colaborabas. Unos expertos estudiaron tu manera de escribir, en un programa de máxima audiencia. Salió a la luz aquella novela tuya que pasó tan desapercibida, y la teoría de la frustración y la envidia que guiaban tus actos, ganó enteros rápidamente. Ella apareció llorando en un programa especial llamándote cobarde, y prometió que te acordarías toda tu vida de no haber aceptado su felicitación de Navidad.

08 diciembre 2013

CORRUPCIÓN, QUERIDA TÍA

A pesar de que la corrupción ocupa actualmente, según el barómetro del CIS, el segundo lugar entre las principales preocupaciones de los españoles, lo cierto es que se puede vivir tranquilamente con ella, ya que suele ser silenciosa y tarda en morder el bolsillo del pueblo (no olvidemos que casi nadie piensa en términos de bolsillo común). Tanto la corrupción como los malos usos tienen margen de sobra en nuestro acogedor sistema. Me imagino que son algo detestable para muchos políticos y personas honestas que trabajan en la cosa pública, pero terminan siendo perfectamente asumibles.

Cuando surge un brote de corrupción en el seno de cualquier organización o administración pública, jamás se paran las maquinarias, con sus miembros, dominados por el estupor y la vergüenza, resueltos a desenmarañar lo antes posible el asunto y hacer que prevalezca, sobre todas las cosas, la limpieza en su gestión. Aquí las alarmas saltan con silenciador, no vaya a parecer lo que no es. Nunca se pierde la calma. Sin cambiar el tono, se valoran los daños propios y se aborda la forma de minimizarlos. Se enturbia, se manipula, se culpa, se miente y, llegado el caso, se colocan como cortafuegos algunas cabezas de turco. Porque, en la política española, la justicia es fuego que hay que mantener alejado de los intereses generales.

Hace tiempo, en una debate televisivo, algunos periodistas se dedicaron a preguntarle a Alberto Garzón de IU cómo encajaba el mensaje de su agrupación (defensor absoluto de lo público, exigente y cargado de valores sociales e igualitarios), con el hecho de gobernar en coalición en Andalucía con un partido envuelto en un escándalo de corrupción de tan enormes proporciones y profundas ramificaciones que ni siquiera el silencio de demasiados ha conseguido minimizarlo. Su respuesta paseó por las ramas de siempre hasta que, ante la lógica insistencia de sus interlocutores, se sintió obligado a soltar un poquito de verdad: si dejaban de apoyar al PSOE podían dar lugar a unas elecciones que auparan al PP al poder, lo cual sería mucho peor, a la vista de la política de recortes y privatizaciones que aplica este partido actualmente allí donde gobierna. Indistintamente de que se pueda estar o no de acuerdo con este análisis, la idea que subyace es que la corrupción es asimilable. Se convive con ella, a lo mejor se pasa un mal rato, sí, pero se mira para otro lado con altura de miras y en paz, ya sabemos que el tiempo nunca deja de correr.

Desde la Junta de Andalucía se reprocha la obsesión de muchos con el caso de los ERE: ¿qué menos que obsesionarse ante algo tan sucio, a estas alturas, con esta situación de pobreza que nos asola? A estribor, algunas portadas de diarios conservadores han hecho hincapié en lo mal que nos viene para la salida de la crisis airear tanto el caso Bárcenas: ¿no debería ser al contrario?

El hecho de que sacar a la luz casos de corrupción amenace con ser contraproducente para los intereses de los ciudadanos y la estabilidad del sistema, es la mejor manera de reconocer países en vías de democratización o, mejor, eternamente en vías de democratización. El sindicalista, el miembro de un partido, no se dirigen a los jueces para agradecerles su labor al desentrañar y esclarecer vergonzosas prácticas, y así colaborar a la recuperación de esas organizaciones y, por ende, a la regeneración de nuestro marco de convivencia y de la confianza mínima que debe primar en las relaciones entre los ciudadanos y sus representantes, independientemente de su adscripción ideológica. Lo que hacen es ponerles trampas, tratar de ensuciar su imagen, increparles desde medios de comunicación afines o insultarles en la calle.

La corrupción provoca más ruido que cualquier otro desmán político; pero se trata mayormente de fuegos de artificio, desahogo, y excitante alimento de discusiones. Está ya tan introducida en el sistema y las conciencias que realmente solo intranquiliza al que puede ser arrojado a los leones, que por cierto, se suelen conformar con el primer plato.  Es como venir al mundo con un gen que nos permite comprender en cierta medida al que roba, al que defrauda, al que ejerce el nepotismo o el amiguismo. El mensaje subliminal nos repite como un mantra que si un partido es capaz de modernizar el país, de hacer una política económica seria o beneficiosa para todos, o de procurar avances sociales que integren y faciliten la vida de las personas, merece, además del reconocimiento de los votantes en las urnas, una cierta benevolencia ante las tropelías que, sin duda, muchos de sus cuadros van a acabar perpetrando. Siempre hay un peaje a pagar frente a la diosa corrupción. Quizá sean esos los restos de la secular postración española.

Una vez relaté en una red social el caso de un profesor que hace pocos años se jactaba en mi presencia de disponer a su antojo del material más caro de su instituto, carcajeándose de la cara de estupor que un pardillo como yo le ponía; y que actualmente brama más que nadie contra los recortes en cualquier foro. Recibí algunas respuestas que se paseaban por las ramas y, entre ellas, una airada que se refería a la inoportunidad de mi comentario. Ese es el inmenso boquete que hemos abierto a base de jugar todos a estrategas políticos, desde la prensa a la gran mayoría de los ciudadanos; cargando las tintas u obviando miserias e injusticias en pos de un presunto interés más elevado. Actuando con una prudencia y un sigilo que en muchas ocasiones no constituyen más que gestos de complicidad con el corrupto.

No ataquéis a Rajoy, estamos viendo la luz al final del túnel y el caso Bárcenas puede dar al traste con nuestra recuperación. No vayáis contra la Junta de Andalucía por el caso de los ERE fraudulentos. No interrumpáis su pulso renovador, siempre refrescante, son la única esperanza contra el neoliberalismo pepero. No critiquéis a la UGT, ¿no veis que se trata de una jugada para amordazar a los trabajadores? No divulguéis, ni como mera anécdota, la actitud individual de un profesor, el enemigo es Wert. Centrémonos en lo importante y que nada enturbie en lo más mínimo nuestra lucha. Cuando resolvamos lo inmediato arreglaremos los otros problemas. Dejémosles con su corrupción, de todas formas el mal ya está hecho. En cuanto cambiemos el gobierno tomaremos medidas al respecto. Las cosas acabarán volviendo a su cauce. En todas partes cuecen habas. Hay gente buena y mala en todos lados. Estas cosas se superan.


En resumen: se puede convivir con la corrupción, esa tía retirada que siempre acaba llamando al timbre. Además, siempre hay cosas peores.

05 diciembre 2013

MENSAJE EN UNA BOTELLA (22)



Bombero Montag es el sugerente alias tras el que se esconde Emilio Pérez, responsable de proyectos anteriores como El Increíble Hombre Menguante.
Este trabajo se sostiene con fundamento y soltura en la guitarra acústica y la voz de Emilio, con añadidos de armónica (que aportan esa pátina evocadora que sabe ser emocionante llegado el momento) y leves acompañamientos de percusión por parte de Gabriel Abril (escobillas y pandereta) en los tempos más rápidos.

Bombero Montag saca todo el partido a la diversidad de perspectivas sonoras que ofrece el folk en sus variantes más clásicas y eternas, ejecutadas con buen gusto y devoción. El incesante tapiz de acordes de su guitarra sabe ser trepidante en cortes como el inicial “¿Quién vigila a los vigilantes?” (certero retrato que de la situación vivida en España estos últimos años), o la excelente “¿Algún médico en la sala?". El resto del repertorio es delicado y meditabundo, ligeramente brumoso (“Hija de mil padres”), y siempre más cálido que agreste, a pesar del escaso ropaje sonoro. Sobre todo, es un muestrario de canciones llenas de vida, capaces de irradiar una luz nunca monótona. Las letras, plenas de historias e intención, están bien estructuradas, conjugando sugestivos juegos de imágenes y metáforas; sabiendo mirar con naturalidad tanto afuera como adentro.

Un buen disco de folk, generalmente se acaba convirtiendo en un fiel compañero de viaje, presto a caminar a tu lado lo escuches cuando lo escuches. Es el caso de este trabajo de Bombero Montag, toda una invitación a la complicidad.

22 noviembre 2013

DESPUÉS DEL ESTRUENDO

El niño se bajó de su sillita y anduvo por la parte trasera del vehículo familiar. Estaba hambriento, aburrido y cansado. Con las manitas tanteaba los asientos, acariciaba la piel, manoteaba sobre ella. Apoyaba su cabecita, resoplaba. Se agachó y gateó un poco sobre las alfombrillas, tropezando con algún juguete perdido y un envase de refresco olvidado. Escaló de nuevo al asiento con dificultad y se acomodó en la sillita. Varios minutos después volvió a realizar la misma operación, aunque esta vez terminó por encaramarse a los asientos, poniéndose de pie y recorriéndolos de un lado a otro hasta cansarse. Se sentó en el lado opuesto a su sitio y acercó la cara a la luna trasera. Estaba fría. Pegó la frente al cristal que su respiración empañaba y tuvo que pasarle la mano, como cuando jugaba con su mamá, para poder observar el movimiento. No entendía nada, pero le parecía divertido, le hacía sonreír la turbamulta. Se retiró de la ventanilla y se quedó pensando, mirando al frente. Cuando pensaba se quedaba así, como paralizado, muy concentrado, mirando fijamente en alguna dirección.


Siempre jugaba a tirar de la manija de la puerta del coche, a sabiendas de que siempre estaba cerrada para él. Sin embargo, hoy, al accionarla, la puerta se abrió. Que él recordase, era la primera vez que abría la portezuela por sus propios medios. Le habían dicho “no te muevas de aquí, ahora mismo vengo”, y él había asentido con la cabeza, recibiendo un fuerte beso en la mejilla. A pesar de la prohibición decidió empujarla, y bajó despacio del coche, casi dejándose caer. El aparcamiento estaba lleno de gente, coches y ruido de sirenas. Empezó a caminar lentamente, llamando a su papá, con la seguridad de que aparecería justo donde él estaba en pocos segundos, como de costumbre. Como nadie respondía, dio una vuelta alrededor del coche andando despacio, algo inseguro, apoyándose levemente en la carrocería llena de polvo. Mostraba esos ojos tan abiertos y expectantes de siempre, ansiosos por recibir la vida, las cosas, los colores, los gestos, todo lo que le decían los demás, todas las cosas nuevas de cada día, que casi siempre le hacían reír, aunque alguna vez le asustasen. Sonreía levemente. Ofrecía esa carita confiada que se le ponía cuando veía a sus padres acercarse. Algunos años después supo que su padre murió ese día a causa de su religión. 



Publicado en el nº 184 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a la religión..

21 noviembre 2013

MENSAJE EN UNA BOTELLA (21)



Andanadas rockistas (que dirían los del “eres lo que escuchas” de Radio 3) en el primer álbum de Los Radiadores, tras la publicación de un par de ep’s. Electricidad siempre a flor de piel, entretejida con tesón y tensión, aun en los momentos más reflexivos; con el sabor de su propia combustión y reflejos psicodélicos (“Ha llegado el caos”). Latidos punk con tributo al oscuro psychobilly en “Manual de supervivencia”. Vocación esencial, enérgica, inmediata; solo alterada en la estimulante coda de “La hora de las confesiones”. Canciones con carácter, bien resueltas, confiadas al riff y al juego de las guitarras. Trepadoras que ascienden en busca de estribillos y estrofas luminosas.

Además, Raúl Tamarit, compositor de todo el repertorio de los valencianos, es un letrista que ata cabos y no da puntada sin hilo, esmerándose en contar historias, ofrecer puntos de vista y depositar miradas con calado; sabiendo tirar de metáforas de esas que enseñan los dientes.

20 noviembre 2013

EL OTRO


Mira al otro
despojado de ti
siendo él.
Míralo tanteando
un país desconocido
en su propio laberinto.
Desconfiado.
Tan vulnerable y aislado.
Esperanzado.
Arrastrando una ilusión milenaria
que un día le asaltará,
y una pesada pregunta
a punto de despertar.
Observa el temor
reflejado en su rostro que no actúa,
la mirada hervir en una duda,
su docilidad ante el destino,
el silencio resignado escarbando un camino.
Mira al otro
lejos de ti.
Míralo vivir,
Sentir.
Sé él,

antes de buscarte en él.

15 noviembre 2013

LA REINSERCIÓN DEL MONSTRUO

Fíjate en el día que hace. La mañana es espléndida, tornasolada, incontenible. Parece imposible que pueda resultar tan maravillosa. Todo es como una gran fotografía de colores muy vivos, ¿verdad? Es fabuloso madrugar en verano. Respira hondo, así, fuerte, ¿notas que se aspira una especie de rocío perfumado, pleno de frescura? Sopla un viento ligero que remueve un aire limpio que acaricia, lleno de posibilidades. Mira la luz, el verde tan intenso de los árboles. Posa tu mano sobre la tierra húmeda, esponjosa, fértil; piensa en toda la vida que contiene. Siente la tibieza del sol, tan presente; parece que pudiésemos acurrucarnos en ella. Seguro que el mar hoy estará tranquilo, sosegado, dominando la fuerza inverosímil de su nervio azul. Las flores del parque van a estallar en cualquier momento, en los macizos destaca un color rojo que duele, y su olor embriaga, aturde, invita a cerrar los ojos sin más y dejarse ir ¿No percibes en días así, que la felicidad es como si te tocase?, ¿no tienes la sensación de que puedes empujar al miedo para apartarlo de ti?, ¿no te sientes como si acabase de pasar a tu lado la mujer más hermosa del mundo? Espera impaciente un espléndido atardecer. Acaricia con tu mirada la suave curva de las colinas sobre las que pronto comenzará a arder el crepúsculo, ese continuo deshojar de fuego y miel. Mira, mira el cielo azul intenso, los hilachos de nubes, que parecen a punto de caer sobre ti como una caricia de lana. Observa aquel avión, cómo suena, es increíble la claridad con la que se le ve surcar el cielo; su precisión pasa como una película ante nuestros ojos ¿A que sí?

Piensa en los niños que salen corriendo del colegio, tan confiados; en sus risas y gritos, en su entusiasmo sin freno, en su excitación casi irracional. Explotan en carcajadas cuando tropiezan y caen, se levantan, sacuden sus manitas y continúan corriendo, persiguiéndose; algunos con los brazos hacia atrás como si fuesen aviones o superhéroes. Mira los parques, las redondeadas formas de los columpios, la vegetación que los rodea, la paz de los bancos que poco a poco se van poblando de abuelitos.


Abraza la naturaleza y, sí, la vida también, y olvídate de lo que hemos hecho.



Publicado en el nº 182 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a la felicidad.

13 noviembre 2013

TODO POR UN LIBRO

La editorial Nuevo Inicio (con ese nombrecito, que suena a secta formada por inquietantes miembros que usan guantes blancos), dependiente del Arzobispado de Granada, acaba de publicar el libro “Cásate y sé sumisa”, de la muy católica periodista italiana Constanza Miriano. El título, a no ser que esté absolutamente cargado de ironía -lo cual resulta improbable en este caso-, lo dice todo. No creo, por ello, que haya que perder el tiempo leyéndolo. Dicen que se han decidido a publicarlo porque se trata de un éxito de ventas en Italia, qué bien. A partir de ahora, el arzobispo de Granada va a publicar todos los éxitos de ventas en Italia; a lo mejor nos trae algo bueno, quién sabe. La verdad del caso es que, basándose en su popularidad, han aprovechado la oportunidad para publicar un libro que defiende sin ambages sus tesis machistas y retrógradas. Ese conservadurismo oscuro de habitación mal ventilada que, por norma general, les conviene no reconocer abiertamente. Y lo peor: si alguien con estas opiniones asciende dentro de la jerarquía eclesiástica hasta llegar a arzobispo, parece quedar claro que la postura sobre el asunto de la institución no le anda a la zaga. Y esto es algo alarmante.

Vivimos en un país sensible y comprometido, huelga decirlo. Según las encuestas, permanentemente enfrentado a las injusticias de nuestro tiempo; entre ellas y muy especialmente, el capitalismo salvaje o la influencia de la religión en la vida pública. Pero todo esto es toreo de salón, que es el más tranquilo y completo estéticamente. Pocos son los ciudadanos capaces de vencer la tentación de poner contra las cuerdas a la hora de comprar un bien al vendedor, en caso de conocer que este pasa por dificultades económicas. Y muy pocos los que no levantan la voz si al lado de su vivienda se va a instalar o construir algo susceptible de disminuir su valor de mercado, aunque sea ventajoso para la comunidad. Respecto de la religión católica sucede lo mismo: es un porcentaje relativamente pequeño el que, diciendo vivir ajeno a ella, o incluso postulándose en su contra, da el paso de apartarla definitivamente de su vida, de evitar su presencia en la educación de sus hijos, de restarle peso social. La mayoría todavía cumple rito tras rito por temor a sentirse apartados dentro de la sociedad que les ha tocado vivir, esa que abraza la tradición católica y alimenta el mantenimiento de sus privilegios, en la mayoría de los casos por miedo a ir contra una corriente que sería fácilmente superable con solo un poco de coherencia.


El tema del best-seller publicado por el Arzobispado granadino debería hacer reflexionar muy seriamente a los católicos y, sobre todo, a los que no se declaran como tales o se muestran indiferentes pero siguen el tiralíneas social que marca el catolicismo, dejando a sus hijos al albur de determinadas influencias educativas que pueden lastrar su desarrollo como personas libres, independientes y responsables. Porque, esa es la sociedad que queremos todos para el futuro, ¿no?

07 noviembre 2013

LOU REED HA MUERTO

La primera vez que supe de Lou Reed no tenía ni idea de su infinita influencia, ni de su pasado, ni de su presente. Sostenía en mis manos la portada de “Transformer” mientras escuchaba las canciones más señeras del disco, las cuales pasaron a formar parte de una cinta variada que me estaban preparando. Al escuchar esos temas y ver la guitarra de la portada, lo primero que me vino a la cabeza fue que se trataba de un cantautor eléctrico. Treinta años después de aquella tarde, Lou Reed ha muerto; y en muchas informaciones al respecto ofrecidas por los medios de comunicación, vuelvo a leer titulares que remiten a su condición de poeta y cantautor eléctrico, y señalan como temas señeros algunos de los que me grabaron en aquella casete.

Ante cosas así, me queda una sensación como si algo no se hubiese movido un ápice. Como si esa tarde de mi adolescencia me hubiese zambullido en algo, y no hubiera salido a la superficie hasta esos fatídicos días en que Lou apareció en algunas portadas y telediarios que trasladaban a su público las mismas impresiones apresuradas e ingenuas que yo tuve en su momento. Algo parecido a nadar y nadar para aparecer en el mismo punto.


Cuando me enteré de su fallecimiento lo sentí (la inmensa mayoría de las veces lamento las muertes), y al mismo tiempo pensé que el personaje ya me pillaba un poco lejos. No seguía su carrera, no estaba tan presente como antes. Me equivocaba. Después de leer algunos obituarios y decantarme por evitar una escucha pormenorizada de sus discos (cosa que hubiera hecho durante horas en mis buenos tiempos), me dio por repasar sus elepés, tocarlos, mirar las portadas, recibir su aroma, que inmediatamente me caló por entero. Entonces supe que Lou Reed es inmortal, y que yo proyecto mi parte de esa inmortalidad, al igual que todos los que han escuchado, escuchan, o escucharán con pasión su música. Quiera o no, estará permanentemente vivo en algún rincón, despierto y en forma, presto a manifestarse en cualquier momento, siempre con algo que decir. Con sus contradicciones a cuestas y su cinismo. Con toda la crudeza disonante, el afilado esquema de ansiedad que trasmitía, la urgencia, el vértigo, el peligro que supuraba The Velvet Underground; con esa distancia y ajenidad con el público que marcó toda una manera de ser y actuar de miles de grupos. Con su lucha en solitario durante décadas frente a gigantes que parecían vivir dentro de él. Con su saco de momentos geniales, sus errores, su actitud nada acomodaticia, sus travesías del desierto, caminando siempre hacia delante, borrando incluso su rastro en ocasiones; arriesgando, buscando algo acaso inasible; queriendo retorcer conceptos, desnudarlos. Con la mirada en carne viva buceando entre los resortes más oscuros del amor. 

01 noviembre 2013

BENEFICIOS

Cuando Y se enteró del proyecto de X no daba crédito. Asomado a su balcón, con las manos fuertemente agarradas a la baranda, se dispuso a confirmar incrédulo lo que su mujer le había cotilleado por teléfono mientras trabajaba. La casita vieja de enfrente, la que tenía el patio interior grande con árboles, la que llevaba tantos años abandonada, la de la señora aquella cuyo hijo menor trabajaba en un puesto similar al suyo, estaba siendo demolida. La máquina entraba y salía entre una densa nube de polvo marrón; golpeando, rompiendo, recogiendo, cargando el escombro en camiones. Los operarios colocaban balizas, acordonaban el perímetro. Y estaba tenso,  presa de una indignación salvaje y secreta, de esas que no dejan de implosionar. Imprimía tal fuerza a la barandilla que sus manos palidecían antes de agarrotarse, doloridas. Entró en el saloncito y se sentó suspirando, su esposa pasó veloz a su lado y le recordó que se cortara las uñas.

Y se sintió a partir de entonces como si se hubiera tragado un yunque. El estómago le pesaba, le ardía. Todas las mañanas, al colgar su rebeca azul en la percha de su lugar de trabajo se notaba abatido, como cargando con una extraña sensación de pena que lentificaba sus movimientos. Había desaparecido la ilusión de salir pronto de la oficina, de llegar a buena hora a almorzar, de evitar el atasco. Y llevaba ya tiempo volviendo a casa caminando pensativo. Al introducir la llave en la puerta de su portal advertía la presencia babilónica del emergente edificio blanco, brillante, lechoso, inmaculado, moderno, arquitectónicamente austero, esencial, “heredero del funcionalismo”, como le había dicho el bocazas de su promotor, a quien desde aquel día evitó a toda costa.

Una vez en su casa, se repetía el mismo proceso de todos los días. Entraba silencioso, saludando sin excesivo entusiasmo; comido por la ansiedad, tratando de mostrar una indiferencia absoluta para con el edificio que le miraba tan fijamente. Se sentaba a la mesa dándole la espalda, en el lugar opuesto al que había ocupado los nueve años anteriores. Pero aún así sentía la mirada clavada en su nuca. Poco a poco se iba inflando. Lo veía venir y respiraba, tomando aire de otras conversaciones sin duda más importantes y provechosas, pero no lo conseguía. Una vez hinchado, a punto de reventar, necesitaba desahogarse, por lo que soltaba, con esforzado disimulo, la perorata de siempre. Que si las ventanas del bloque de X eran muy estrechas, que si habría que ver los permisos, que si la cosa tenía toda la pinta de ser el típico caso de corrupción de guante blanco, que si se trataba de una casa de muñecas, que si un pívot de baloncesto se compra un apartamento tendría que hacer lo propio con el de al lado para que le cupiera la otra pierna, etc. La familia asentía y reía sus ocurrencias, y él descansaba por fin.

La construcción del pequeño edificio que X se arriesgó a erigir en la antigua casa de sus padres se encontraba en su tramo final en los albores de la crisis. Como fuera que desde los medios gubernamentales la existencia de esta era negada por activa y por pasiva, y los del banco lo tranquilizaban todas las mañanas, decidió continuar. Una vez terminado la cosa no fue mal del todo, los pisitos se fueron vendiendo, también los trasteros de la planta baja, incluso el coqueto bajo comercial que se ofrecía. X se mudó a uno de los pequeños apartamentos, y al final solo le quedaba uno por vender que, ya con las crisis desenvolviéndose en todo su esplendor, quedó encallado con el cartel de “Se vende, único apartamento disponible”.

X alcanzó a pagar todos los gastos relativos a la construcción, permisos, e impuestos diversos. Según sus cuentas, más o menos, la venta del apartamento restante supondría su beneficio en la operación, descontando el que ya habitaba. La agente inmobiliaria aparecía de tarde en tarde con algún interesado, pero la cosa no marchaba. Todo había caído en un silencio pesado, en un murmullo lóbrego, en un desaliento paralizante. Algunas personas le preguntaban directamente por el precio, pero en las breves conversaciones siempre emergía rutilante la palabra crisis.

Y había cambiado físicamente durante ese año de dolor. Para soltar lastre le había dado por salir a correr por las noches, actividad que le había llevado a perder mucho peso, quedando reducido su habitual rostro blanquecino de eterno bebé mofletudo a algo entre anguloso y enjuto. Su calvicie galopaba, por lo que, con el consentimiento de su señora, decidió afeitarse la cabeza. Refugiado en la esquina de su balcón, con las manos soldadas a la baranda, ahora miraba con delectación todas las tardes el edificio de enfrente. Ya no le aguantaba la mirada, ni se atrevía a clavarle los ojos cuando comía o veía la televisión. Su sombra ya no era esa alargada silueta que se agitaba fantasmagórica en el techo de su habitación mientras trataba de dormir. Ahora era otro triste edificio blanco que amarilleaba con un patético cartel de “se vende” colgando de alguna parte. Una “colmenita funcional” -como él lo llamaba, buscando y encontrando las risas de aprobación de familiares y compañeros de trabajo-, que no había conseguido cumplir las ambiciosas expectativas de su dueño, alguien a todas luces temerario, inexperto en ese tipo de negocios, qué duda cabe.

X había bajado en dos ocasiones el precio del apartamento libre. La agencia inmobiliaria le había sugerido, y algunos posibles compradores exigido, ese gesto como la opción más sensata, teniendo en cuenta que la crisis ahondaba, el paro se incrementaba de manera espectacular y el consumo no levantaba cabeza. Sin embargo, tras esos dos ajustes, los interesados seguían sacando en sus encuentros con él a pasear la palabra crisis, ya convertida en religión, y pasaban a enumerar la cantidad de pisos más grandes que el suyo que se podían encontrar por la ciudad a un precio más económico, dónde va a parar, tenlo en cuenta.


Y había investigado. Había preguntado, calculado, olisqueado en internet hasta que una mañana sus piernas temblaron de emoción ante su descubrimiento. Parecía que se iba a producir una erupción debajo de su silla giratoria. Salió del trabajo con la rebequita azul a medio colocar y volvió a casa notando cómo el corazón golpeaba fuerte contra su pecho. Los latidos le ahogaban. Se sentía rejuvenecer. Tenía ganas de gritar. Aparcó y subió de dos en dos los escalones. Irrumpió en el saloncito y lo soltó sin tiempo para disimular: “He calculado que el precio que X consiga por el apartamento será más o menos su beneficio”. Desde entonces, paciente y satisfecho, cada pocos meses cruza la calle y se acerca, sonriendo y frotándose las manos, a preguntarle a X por el precio; ofreciéndole en cada ocasión una cantidad que lentamente va decreciendo, y acompañando con tragicómica mueca la palabra crisis.



Publicado en el nº 181 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a los beneficios.

25 octubre 2013

EXCUSAS, ÚLTIMA PLANTA

Cuando entré a formar parte de un gabinete de prensa tan concurrido, pensé que me pasaría los días tropezando con gente y llevando cosas de un lado para el otro. Pero no fue así, me instruyeron concienzudamente para aprovechar las jornadas de cabo a rabo leyendo periódicos, mirando la televisión, escuchando la radio y preparando resúmenes en uno de aquellos despachitos escondidos de la primera planta. Leía, subrayaba, resumía. Dedicaba todas las mañanas a perseguir y recortar artículos críticos, informaciones, rumores lanzados como noticias, o acontecimientos que rozaran nuestra nave por algún flanco. Era una labor mayormente pesada y gris, casi funcionarial; algo así como buscar el grano gordo entre la paja. Solo lo que estuviese muy claro, no me estaba permitido interpretar. Otros más talentosos o de  instancias superiores se dedicaban a filtrar, descontextualizar, desviar, ocultar, atraer la atención y otras labores de mayor complejidad. “Todos somos un equipo”, me dijo una mañana una mujer a la que no volví a ver. Tomé un sorbo de mi café y asentí con la cabeza.

Nuestro barco avanzaba firme, y la política de prensa cada vez cobraba más importancia. Una labor callada, constante, a la que yo me entregaba con toda la precisión que podía, tratando denodadamente de ascender dentro de mi oscuro departamento, en aquel edificio ceniciento de hormiguitas hacendosas. La impopularidad que acarreaban la corrupción, los problemas y las decisiones era repelida, las encuestas desfavorables doblegadas. Gracias a nuestra actuación, nos deslizábamos sobre la situación general casi sin rozarla, nada nos mellaba, navegábamos a velocidad de crucero. Poco después me incorporé, en la segunda planta, al equipo de Pasado, como lo llamábamos en nuestra jerga, una mejora por fin. Revisaba declaraciones, entrevistas, noticias, cualquier acontecimiento del pasado susceptible de ser sacado casualmente a la luz, tanto para ser lanzado como para utilizarlo como escudo. Pero, bueno, siempre me dejaban claro que me dejase de sutilidades, que no era lo mío, que solo buscase lo estridente. Otros departamentos se encargaban de hilar, de sacarle punta a todo, de manipular, de dosificar los datos o de “hacer la verdad más habitable”, como decía un jefe muy raro que tuvimos que no parecía sentirse muy feliz entre nosotros.

Nuestro barco avanzaba firme y la política de prensa era ya sin disimulos el mascarón de proa. Poco después internet se convirtió en una herramienta de uso cotidiano, y las redes sociales se extendieron hasta alterar sustancialmente nuestras costumbres. Todo parecía estar al alcance, pero no, claro. Aún así, a mí me seguían cayendo a veces absurdos trabajos de campo, como investigar el tipo de personas que compraba según qué prensa en el quiosco, aunque a esas alturas ya todos sabíamos que el meollo estaba en la red, y, claro, indagar allí correspondía a otro tipo de personal. Me hubiese gustado también ser un infiltrado real o virtual, pero por alguna razón no me vieron cualidades para ello. De todas formas en voluntad y ganas de progresar no me ganaba nadie. Aportaba ideas aquí y allá, algunas tan ladinas que mi superior comenzó a tenerme cierta consideración.

Algunos años después, nuestro barco más que avanzar se mantenía, las cosas no estaban tan claras como en los buenos tiempos, y la política de prensa en aquel momento era, lisa y llanamente, lo único realmente importante. Ascendí en el departamento de Pasado, gracias a algunos pasos en falso que advertí con agudeza y, sobre todo, a otros que no eran tales pero que yo descubrí como fácilmente tergiversables. Esa palabra, tergiversar, que me hace temblar, me estaba poniendo en mi sitio dentro de la organización. Así iban las cosas, mejorando día a día, hasta que una mañana, nada menos que el director general, me propuso dirigir mi propio departamento en la última planta: Excusas. Acepté de inmediato y me rodeé de un equipo de personajes tan imaginativos y mentirosos como yo. “Todos viajamos en el mismo barco”, les advertí paternal junto a la máquina de café, palmeé y nos pusimos manos a la obra. Nuestra misión no era lo simple que puede parecer a priori: inventar excusas. Ya que había que hacerlo sobre acontecimientos, declaraciones o decisiones que aún no se habían producido. Se trataba de una acción preventiva. Tener un variopinto y elástico almacén de excusas capaz de sacarnos de cualquier embrollo en un máximo de 24 horas.


Mi equipo trabajaba con denuedo, codo con codo, cabeza con cabeza; hasta que nuestras imaginaciones se fundieron en un mismo y alborotado río. Hemos colocado frases en miles de declaraciones de prensa, y muchas de ellas han ayudado a alterar el curso de los acontecimientos, y hasta de la historia. Vuelvo a temblar: “necesidad perentoria”, “cuestión de estado”, “herencia recibida”, “altura de miras”, “exigencia de un mayor consenso”, “ataque deliberado al sistema democrático”, “juicio político”, “miren si no a los países de nuestro entorno”, “esto en Europa sería inimaginable”, y un largo etcétera. En esa época se produjo mi explosión y, amigos, tened claro que si no fuese por mi elevado sentido de la lealtad, ya hace tiempo que me dedicaría al asesoramiento privado y habríais visto mi foto en algún dominical, apoyado en la mesa de un despacho iluminado como Dios manda, con los brazos cruzados y una elegante camisa blanca hecha a medida. Y es que lo nuestro es algo secreto, pero será convenientemente estudiado en el futuro. En cenicientos edificios de muchos países ya me lo han dicho: “Nadie, nadie, se excusa como vosotros”.



Publicado en el nº 180 de la revista de humor on line "El Estafador", dedicado a las excusas.

19 octubre 2013

GEOGRAFÍA

En cada metro cuadrado de terreno hay un norte y un sur.








Texto incluido en el libro de relatos de Juanfran Molina "Ciclorama".