24 junio 2020
11 junio 2020
DYLAN – ALL ALONG THE WATCHTOWER – HENDRIX
“TOCAR
LA CANCIÓN DE OTRO”
La versión de Jimi Hendrix apareció menos de un año después
que la original. Esta fue grabada el 6 de noviembre de 1967 e incluida en “John
Wesley Harding”, octavo disco de estudio de Bob Dylan. Un trabajo que marcará su regreso tras el curativo y
terapéutico retiro de Woodstock; provocado por su accidente de moto y la
acuciante necesidad de bajarse de ese tren a toda velocidad que era su carrera
en 1966. El disco, publicado el 27 de diciembre de 1967, año y medio después de
“Blonde on blonde”, se alejaba voluntariamente de cualquier tipo de
experimentación sonora en plena vorágine psicodélica. Se registró en tres
sesiones (nueve horas escasas de grabación) en los estudios del sello Columbia
en Nashville, volviendo a contar con la producción de Bob Johnston. A la guitarra y la armónica de Dylan les bastó con el
único apoyo de Charlie McCoy al
bajo; la batería de Kenny Buttrey y,
en un par de cortes, la steel guitar
de Peter Drake. “All along the
watchtower” se grabó de manera simple y directa; en formato trío de guitarra,
bajo y batería. Ni siquiera coros. Tras la estela del gran recibimiento dispensado a
la versión de Hendrix, fue lanzada como single
el 22 de noviembre de 1968.
La lectura hendrixiana forma parte del mítico doble
“Electric Ladyland”, tercer y último álbum oficial de The Jimi Hendrix
Experience. Se lanzó como single el
21 de septiembre de 1968, como adelanto del doble elepé, alcanzando el top 20
en la lista de la revista Billboard y el nº5 en el Reino Unido. Fue tal su
éxito en EEUU, que las estaciones de radio que el ejército tenía repartidas por
la selva durante la Guerra de Vietnam no paraban de programarla. La
incandescente versión catapultó el original de Dylan. Acaso lo dotó de
trascendencia y dramatismo al hacer circular por sus notas y versos toda la indómita
sangre del Hendrix más apasionado e inspirado. Lo llevó a otra dimensión, sin
duda, aunque no hasta el punto de reinventarlo. Jimi tuvo acceso al repertorio
incluido en “John Wesley Harding” con anterioridad a su lanzamiento, y “All
along de watchtower” captó de inmediato la atención del febril seguidor y
sesudo estudioso de Bob Dylan que era desde hacía años. Muy pronto, El 21 de
enero de 1968, se grabó una primera versión en los Olympic Studios de Londres
que no satisfizo al guitarrista, siendo modificada posteriormente por un perfeccionista
Jimi Hendrix en múltiples ocasiones durante el verano en los estudios Record
Plant de Nueva York, donde se dedicó con obcecación a reordenar ese
rompecabezas de intensidades. La grabación contó con un elenco de lujo. Brian Jones tocó partes de piano que se
terminaron desechando (parece ser que debido a su nivel de embriaguez), y los
tres golpes de percusión del inicio de tema con un vibraslap. Dave Mason de
Traffic se encargó de la base acústica con una guitarra de doce cuerdas. Por su parte,
Jimi Hendrix desarrolló plenamente sus recursos como guitarrista y puso en liza
todos los efectos sónicos que tuvo a su alcance. El solo de guitarra iba y venía, se
repartió en cuatro partes, recurriendo en algún momento de su ejecución al slide, utilizando un encendedor para ello, o tirando de pedal wah-wah (cuyo uso se popularizó
en buena parte gracias al de Seattle). Aparte, Hendrix volvió a grabar el bajo
porque consideraba que Noel Redding
(que se largó harto del nivel de exigencia en mitad de las sesiones de Londres)
no estaba a la altura que la canción requería.
Las grabaciones de Bob
Dylan siempre han sido la plasmación espontánea de la idea, del momento (con
desiguales resultados). La canción considerada como algo huidizo y palpitante
que hay que captar sobre la marcha, en caliente, antes de que se esfume. Durante
las sesiones, en el último momento, pueden aparecer versos nuevos, y otros ser
tachados. Da la impresión de que, si el tema pierde inmediatez, si se va
solidificando al someterlo a excesivos arreglos y correcciones instrumentales, perderá
su sentido, su punzada, debiendo ser sustituido por otro que mantenga la llama.
Un todo tambaleante impulsado generalmente por una instrumentación básica y
efectiva. Muy lejos de esas otras grabaciones muy trabajadas incluso antes de
llegar al estudio; medidas, ponderadas, estudiadas. La canción desmembrada
sobre la mesa de operaciones y vuelta a unir. Alquimia, magia, idea ampliamente
desarrollada o artificiosidad, según los casos. Sus composiciones son
generalmente un punto de partida, una esencia sobre la que trabajar. Melodía,
estructura, y todo un mundo de enigmas, imágenes y sugerencias correteando por
sus letras. Siempre a la espera de que alguien se devane los sesos añadiendo
cosas a ese magnífico y sólido esquema para realzarlo, para extraerle más jugo.
Eso han hecho centenares de artistas, con mayor o menor fortuna, con el
repertorio de Dylan durante casi sesenta años. Y eso aconteció cuando Hendrix
se obsesionó con “All along the watchtower”. Lo hizo suyo de inmediato desde la
admiración. Lo trasladó cuidadosamente a su terreno y lo incorporó a su ilimitado
y oceánico lenguaje expresivo; a ese tenso epicentro de psicodelia, blues y
electricidad. Lo mimó y revistió como si de su mejor composición se tratara,
manifestando que trabajar sobre esta canción le proporcionó más confianza en sí
mismo como compositor. El propio Bob Dylan la considera mejor que su original
(“esta versión realmente me abrumó”, llegó a declarar). Y, seguramente, la
lectura de Hendrix le influyó poderosamente a la hora de llevarla a los
escenarios, siendo una de las canciones que ha interpretado más veces en
directo. Sintiendo,
como dijo en alguna ocasión, que cada vez que la toca es más un tributo a Jimi
que otra cosa. Como si interpretara la canción de otro.
Charles
R. Cross, recoge en su biografía de Jimi Hendrix el relato que
hace su amigo Deering Howe del
primer y acaso único encuentro entre ambos artistas. Sucedió durante un paseo
en otoño por la calle 8 de Nueva York. Al parecer, Howe y Hendrix vieron a
Dylan al otro lado de la calle, y Jimi, excitado al ser la primera vez que lo
veía cara a cara, cruzó entre el tráfico llamándole desde lejos por su nombre. Dylan
pareció molesto y contrariado en un primer momento, hasta que reconoció a su
interlocutor y se tranquilizó. Cuando Hendrix comenzó a balbucir una modesta
presentación, Bob le interrumpió diciéndole que ya sabía quién era, que le
encantaban sus versiones de “All along the watchtower” y “Like a rolling stone”,
y que no conocía a nadie que interpretase mejor sus canciones. A pesar de que
la relación personal quedó ahí la admiración mutua se mantuvo para siempre.
08 junio 2020
EL PARAGUAS
Recuerdo el solar
polvoriento y calcinado por el sol. Las huellas de la excavadora todavía se
apreciaban en la despanzurrada acera. La cinta de seguridad que acotaba el gran
bocado que le habían dado a la calle yacía pisoteada y esparcida por el suelo.
Hacía mucho calor esa infernal tarde de agosto; respirábamos tedio en la ciudad
desierta. Supongo que eso fue lo que nos animó a adentrarnos en el solar, a
pesar de que un solo vistazo desde la acera proporcionaba toda la información
necesaria sobre él. Lo que nos empujó a explorar con la punta del pie y las
manos en los bolsillos ese nuevo vacío surgido tras la demolición y la retirada
de los escombros. Al letargo veraniego le sumaríamos polvo y pasado. Paseamos la
mirada sin excesivo interés hasta detenerla en un rincón del fondo, a la altura
de lo que sería la primera planta, donde sobrevivía, milagrosamente libre de dentelladas,
un resto de la pared alicatada de un cuarto de baño, con una cestita color
verde claro colgando de la que sobresalían unos cepillos. Era un colgajo de
intimidad que el derribo dejó atrás, quedando allí expuesto impúdicamente. Podíamos
sentir latir con tenuidad ese último suspiro vital de lo que sin duda habría
sido una firme y constante articulación de vida durante años. Y podíamos notar
cómo lo acompañábamos con la mirada hasta el mismo instante de su expiración. Y
es que cada nueva mirada que se posara sobre él lo sentiría morir y
experimentaría esa sensación de acompañarlo en su postrero aliento. Pura
presencia. Puro olvido. También había, aquí y allá, restos de hojas de papel,
algún juguete olvidado y un paraguas rojo de publicidad medio oxidado, que a
duras penas conseguimos abrir. Estaba rajado por algún sitio, y aún conservaba
vestigios de olor a hogar, a ambientador usado con insistencia. Nada servía
para nada allí; ni siquiera la hora: unas paralizantes cuatro de la tarde. Todo
era silencio, calor y polvo. Nos fuimos calle arriba cargando con una especie
de soporífera espera sobre los hombros, pero con la esperanza siempre presente de
encontrar algo interesante que nos retuviera y atrasase nuestra vuelta a casa. Tú
arrastrabas el paraguas, y me regañaste enfadada cuando lo cogí para abrirlo y protegerme
del sol y el pelo se me llenó de tierra. Te daba mucha vergüenza que alguien me
viese, así que me lo arrebataste violentamente de entre las manos para tirarlo
a un contenedor. Como estabas tan irascible, no me atreví a decirte que al
quitármelo me habías hecho un corte en el dedo.
Vencidos y distanciados,
decidimos regresar a nuestras casas. Al volver la esquina dijiste tener frío, y
yo me reí irónico y vengativo. Miramos al cielo y notamos que se iba
oscureciendo como si un dibujante avezado lo colorease apresuradamente. La
tarde se fue deshaciendo. Cambió de estación, de época, de mes. Viajó
rápidamente muy lejos y volvió llena de sorpresas. Empezó a aparecer gente de
la nada que miraba al cielo con estupefacción. El sol desapareció y se levantó
un poco de viento. Nos miramos y volvimos corriendo a por el paraguas mientras
comenzaba a llover fuerte, muy fuerte. Fue una suerte tenerlo a mano, desde
luego. Lo abrimos y eso nos tranquilizó. Excitados ante la nueva situación,
anduvimos por las calles mojadas con incredulidad mientras el cielo tronaba.
Llovía cada vez más; prácticamente no se veía nada a cuatro metros de
distancia. Acurrucados y bien resguardados, recorrimos buena parte de la ciudad
bajo la lluvia, esquivando sin demasiado afán los charcos que ya habían
empapado nuestras sandalias. Sintiéndonos afortunados de estar ahí, en medio
del chaparrón con nuestro paraguas, mientras todos se mojaban. La oscuridad
repentina, los coches con las luces encendidas, el traqueteo de los
limpiaparabrisas, las prisas sobrevenidas; todo parecía traído desde otro
tiempo u otro lugar. Un sueño pasajero y estimulante. Respiramos hondo y
gritamos; nos reímos por cualquier cosa. Caminamos por plazas y jardines,
deteniéndonos a escuchar cómo el aguacero se colaba en las copas de los árboles
generando una sonoridad laberíntica. Así hasta que, agotados, nos sentamos un
buen rato en un banco con nuestro paraguas rojo. Disfrutando de la presencia
del otro, sintiendo el latido de nuestros corazones, acompasando las
respiraciones. Callados, aspirando el olor a tierra mojada, a fin de verano, a
nueva perspectiva, a futuro.
Una vez que la tormenta
cesó, te acompañé a casa y me fui a la mía llevándome nuestro paraguas. Cuando llegué
estaba absolutamente empapado.
02 junio 2020
EL CUENTO DEL NIÑO JESÚS
Tardé años en crecer,
estaba como obstruido. El tiempo pasaba sobre mí y no se traducía en estatura.
Notaba cómo mis compañeros aumentaban de tamaño, se estiraban, se iban; empezaban
a correr mucho más rápido en el recreo con sus largas y delgadas piernas. Yo los
sentía cada vez más lejos; viviendo cosas que solo se dilucidaban ahí arriba, diez
o quince centímetros por encima de mí. En ese lugar donde las miradas se
cruzaban siempre al mismo nivel. Pasó mucho tiempo, incluso, hasta que pude
superar en altura al imponente Niño Jesús del salón. Como pesaba muchísimo, no
podía ponerlo de pie ni abrazándolo; así que, para poder medirnos, solía
tumbarme a lo largo en el sofá, justo enfrente de él. Entonces volvía sus ojos
hacia mí y me miraba largamente desde arriba, con las impecables y duras
ondulaciones de su cabello marrón oscuro encuadrando la imperturbable redondez
de sus pupilas. Yo le devolvía la mirada, impertérrito, hasta que me quedaba
dormido y soñaba que el médico le decía a mi madre que no podría crecer porque
mi pelo era de piedra marrón ondulada y su peso me mantendría siempre con la
misma estatura. Así fue la cosa hasta que crecí lo suficiente como para
olvidarme de su presencia y comprender que el nivel de las miradas se medía de
otra manera.
01 junio 2020
EL FILETE
Estaba sentado en la
terraza del bar cuando vi aparecer el filete. Me pareció incluso alto,
sobresalía del amplísimo plato llano por lo menos cinco centímetros. Era
grande, extenso, se antojaba jugoso. Venía rodeado de una generosa guarnición
vegetal que ni por asomo hacía sombra a su tamaño. El comensal festejó la
llegada y teatralizó una reverencia ante el camarero, que se la devolvió
sonriente; se llevó un trozo pequeño de carne a la boca y dio su aprobación,
“parece mantequilla”, dijo. Después, tomó un sorbo del vino que le dio a probar
un segundo camarero y asintió en silencio. La persona que le acompañaba no
pidió nada de comer, tan solo bebía vino en una gran copa y picaba aceitunas. Hacía
buen día, estábamos a la sombra y los pájaros cantaban calmos, algo
ensimismados. Yo pedí otra cerveza y me dispuse a estudiar la carta
plastificada para elegir tapa. Ellos charlaban de política relajadamente, con
el ánimo placentero de los que están en todo de acuerdo y se celebran
mutuamente mientras aplauden la agudeza del otro. En un momento determinado, el
del filete dijo, después de limpiarse cuidadosamente la boca: “De todas formas,
esto no puede seguir así. Tenemos la obligación moral de repensar el mundo”.
27 mayo 2020
ALFÉIZAR
Inquieto, espera cada mañana junto al alféizar de la
ventana donde se posa, desde hace semanas, el mismo pájaro. La primera vez
vinieron dos, pero uno nunca más volvió. Por atraerlo, puso comida sobre la
superficie; mas era el pájaro escurridizo de siempre el que picoteaba el grano.
Ese que aterriza con estrépito y desaparece caprichoso en cualquier momento,
haciendo gala de su libertad de movimiento. Él no es persona de incertidumbres,
y ansía la paz de la presencia fiel del pájaro amigo. Así que ha comprado en
línea una jaula y ha madrugado para embadurnar de pegamento el alféizar.
25 mayo 2020
ESPEJISMOS
Arrastro el peso de los
espejismos
que el tiempo ha
condensado
y convertido en persistente
recuerdo,
en constante presencia
entresacada del vacío.
Espejismos que
deslumbraron
deshaciendo los límites,
que alteraron los caminos
y diluyeron la
perspectiva.
Que trastocaron las
percepciones,
las sensaciones,
el mensaje de los rayos
de sol,
la dimensión de los
amaneceres.
Espejismos que no se van
nunca,
que agarran por los pies
y aún tapan los ojos.
Que envejecen con uno
y se acumulan
polvorientos,
desencuadernados;
hasta hacer de su
presencia
freno, cadena y filtro.
Recuerdo lejanamente,
alguna vez,
con un punto de violenta
lucidez,
cuando aún no tenía
espejismos:
solo mi miedo y la
inmensidad.
20 mayo 2020
NUESTRA RESPIRACIÓN
Nuestra respiración,
cuando se acompasa,
es la fuerza callada,
el abrigo invisible,
el orden transparente.
La mano capaz de templar
el impulso de las mareas.
Ese fino hilo del que pende
toda la maquinaria del universo.
19 mayo 2020
Y FINAL (HISTORIAS DEL ESTADO DE ALARMA XI)
Alguna vez dejo caer al
patio interior algún objeto poco pesado del que me quiero desprender, de esos que
ya estorban o son portadores de malos recuerdos, para que el niño del primero
lo haga desaparecer limpiamente, no sin antes mostrarlo, vanagloriándose de
ello. Esta mañana he oído corretear al pequeño dueño de patio y me he asomado
(¿qué habrá cazado esta vez?). Me lo encuentro mostrando orgulloso, como si de
un trofeo se tratase, un cojín azul con borlas rojas y una gran estrella
amarilla bordada. Su dueña, una chica que vive en el segundo, trata de
convencerlo para que se lo devuelva contándole la historia de una estrella:
“Mira, cuando yo era como tú de pequeña, me regalaron un estuche que era una
estrella que se abría. Al dármelo, me advirtieron muy seriamente que, cuando
dejas que una estrella entre en tu casa, debes esconderla todas las noches en
un lugar al que no llegue ningún tipo de luz, porque basta con que algo la
ilumine un poco para que crezca y crezca hasta romper incluso las paredes de tu
casa y todo el edificio. Un día, antes de que yo escondiera, como cada noche,
mi estuche de estrella en el fondo más oscuro de mi armario, mi madre entró en
mi habitación y encendió la luz. Yo me di cuenta y corrí a guardarla, echándole
varias mantas encima, por si acaso. Pero, al poco de acostarme, escuché como un
ruidito dentro del armario. Me dio mucho miedo, pero, temiendo que fuera la
estrella, me armé de valor y me levanté a mirar. En efecto, algo se movía
debajo de las mantas que había puesto yo misma encima. Las aparté
cuidadosamente y vi que la estrella se había desprendido del estuche y hecho
más grande y brillante. Noté cómo crecía. No sabía qué hacer, cada vez era más
grande y no iba a tener tiempo de avisar a mis padres. La saqué del armario antes
de que lo rompiera y la dejé en el suelo. Cada vez pesaba más. El corazón me
latía rápidamente, y pensé que si no hacía algo pronto acabaría por destrozar
mi cuarto y todo lo demás. Menos mal que se me ocurrió: abrí la ventana de par
en par y levanté la persiana hasta arriba. ¡Hacía mucho frío! Cogí la estrella
y, como pude, porque pesaba mucho ya y empezaba a quemar, de caliente y
brillante que se estaba poniendo, la subí hasta asomarla por la ventana. La
notaba crecer entre mis dedos, y supe que, si no la lanzaba rápido, terminaría
por romper la ventana y la pared entera. Así que cerré los ojos y la empujé con
todas mis fuerzas, notando cómo hacía chirriar el marco, hasta que, por fin,
desapareció de entre mis dedos y flotó en el aire. Al contacto con él se fue empequeñeciendo
sin dejar de flotar y, cuando se quedó pequeña, pequeña, subió muy rápidamente
al cielo. No veas lo mal que lo pasé. Estuvimos a punto de quedarnos sin casa y
yo me quedé tumbada en el suelo, temblando de miedo, agotada y con los dedos
chamuscados. Creí que se me iba a salir en corazón por la boca”. A mitad de su
narración me había retirado un poco de la ventana. El niño me miraba de vez en
cuando, y no quería interrumpir a la chica. Una vez hubo acabado, oí los pasos
del niño abandonando a la carrera el patio. Todo quedó en silencio. A los pocos
segundos escuché a su madre en el patio dirigiéndose a la vecina: “Perdona,
este cojín es tuyo. El niño se lo ha encontrado en el patio y me suena haberlo
visto en tu tendedero”. A saber dónde tiene escondidas el chiquillo mi par de
camisetas y aquella pequeña acuarela de cartón tan indescriptiblemente
coloreada.
Colas, atajos y empujones
para salir de la madriguera: los niños preguntan saltando cuándo pasaremos de
Fase. La gente empieza a poner en su currículum como mérito profesional la
inmunidad ante la Covid-19 por haber pasado la enfermedad.
Empieza a llover, truena.
El padre corre tras su hija, que pasa veloz conduciendo un patinete. De pronto
se le cae la mascarilla y se para en seco, empapado, mirando a su alrededor
temeroso, para volver a colocársela convenientemente. Después, vuela manoteando
tras la niña. Hoy no he podido abrir las bolsitas para la fruta en el
Mercadona, imposible. He tenido que pedir ayuda. Una vez abierta la maldita bolsa
me han dado ganas de meter los nervios en ella y cerrarla para siempre. A las
ocho de la tarde vuelven los aplausos, alguien ha propuesto que hoy sea El Gran
Aplauso Final. A lo mejor no es mala idea, pero me pregunto por qué, cuando
surge un movimiento espontáneo, al instante aparece alguien, con más
espontaneidad todavía, acotándolo, reduciéndolo o sometiéndolo a reglas y
disciplinas acordes con sus intereses. El chico que suele poner la música en el
edificio de enfrente parece nervioso ante tal evento; mira sonriente e inquieto
en todas direcciones, como si acabase de despertar de un extraño sueño. Creo
que imagina cómo será agasajado por los vecinos que ahora mismo le aplauden, o
incluso piden canciones, cuando todo esto acabe. Cómo le pararán por la calle
para felicitarle y le preguntarán qué tal va su vida, su trabajo, si necesita
cualquier cosa.
El vecino del puzle
aparece en su balcón una vez que ha dejado de llover. El suelo está lleno de
piececitas húmedas que sus zapatillas de casa pisan sin cuidado. Tose y los
ojos le lagrimean, parece cansado, un poco encorvado. Se me acerca sonriente
tras la mascarilla y me habla bajito manteniendo la distancia, casi no le
entiendo. Me confirma la historia del rodal de su pueblo en el que no llovía.
Según parece, era zona de paso de aviones militares. Surcaban su cielo
constantemente, y eso provocaba una especie de espiral en el aire que provocaba
ese extraño fenómeno: la zona situada en mitad de la calle principal en la que
nunca llovía y hacía un frío glacial. Asiento y sonrío. Se despide y se vuelve
lentamente, pero antes de irse, me pide que me acerque y me susurra: “No hagas caso
de las cosas que te cuente mi mujer, está llevando fatal esto del
confinamiento. Estoy buscando alguien que pueda hablar con ella y ayudarle. Tú
ya me entiendes”.
El detective ha sido contratado como “cliente misterioso”. Siempre se ha
negado a hacer eso, a pesar de que en algún momento de apuro anterior ya se lo
habían propuesto. No la considera una función digna de su talento y experiencia;
y, por si fuera poco, supone sacrificar su sagrada individualidad y acatar
órdenes nada menos que de la competencia. Con esto de las medidas de
desescalada, muchos negocios quieren saber si su personal cumple y hace cumplir
las normas o si, por el contrario, los está exponiendo a una importante sanción
económica. Entonces ahí llega él pasando desapercibido y mimetizándose pacientemente
con el entorno para observar el comportamiento de los demás. Ahora se dedica a aparecer
como cliente en algunas tiendas y bares, a grabarlo todo con la cámara oculta que
lleva en sus gafas de sol (menos mal que le han dejado desarrollar una de sus
habilidades principales) y a emitir informes diarios de lo que va observando. Ha
decidido no pasar ni una. Ya ha callado bastante: todas aquellas entradas y
salidas furtivas de madrugada que espiaba desde su balcón. Al menos, desde que
firmó el contrato, cuando enfoca con sus prismáticos la ventana de la investigadora,
ha vuelto a ver las persianas cerradas a cal y canto y llenas de polvo de ese
piso hace tantos años abandonado a su suerte. Yo, por mi parte, cuando me lo
imagino recorriendo la ciudad con su mascarilla, su ansiedad y su sempiterno
mirar de reojo, no dejo de canturrear la versión de “Bad detective” de The New York Dolls.
Acabo de
enterarme de la muerte de Julio Anguita.
Julio pertenece a aquella época en que los mítines aún eran acontecimientos
sociales que solían culminar con algún concierto de rock. Cuando se dirigía al público congregado la fiesta se
interrumpía, porque él se tomaba muy en serio cada cosa que decía, cada idea,
cada propuesta que desarrollaba en público. Transmitía verdad, sentido común.
Como el maestro que nunca dejó de ser, practicaba una pedagogía constante;
enseñaba, argumentaba, retaba al oyente. Le daba igual si no era eso lo que
estabas esperando oír. Cualquiera de los gurús que rigen actualmente la comunicación de
nuestros políticos, hubiese chocando de bruces contra el muro de su honestidad
y transparencia. Cuidaba la palabra y jamás la utilizaba en vano. No prometía
paraísos ni pastoreaba a las masas, ya que no quería greyes manipulables.
Anhelaba una sociedad formada por personas comprometidas, sí; pero también
exigentes, libres, con espíritu crítico. Se dirigía siempre a cada persona
individualmente, aunque hubiese miles escuchándole a la espera de algún
estímulo ideológico de efecto inmediato o de algún eslogan que jalear. Te ponía
frente a un espejo. Criticaba lo que no le gustaba de sus adversarios
políticos, claro; acaso en alguna ocasión con desdén, pero nunca supurando el odio
actual. Siempre ejercía la más rigurosa autocrítica y te empujaba a mirar
dentro de ti, apelando a tu obligación como ciudadano. Muchas voces le
reprochan que debilitara al último PSOE de Felipe
González, con aquella oposición frontal que mostró tanto frente a sus
políticas como ante su corrupción e impunidad; reforzando, según sostienen, la
posición de José María Aznar como
alternativa creíble de gobierno. La famosa “pinza” que muchos socialistas y
aledaños no olvidan. Supongo que esperaban de él la oposición leal del buen
izquierdista español, que consiste en mirar para otro lado ante cualquier
desmán del PSOE para cerrar así el paso a la derecha que todo lo devora.
Ejercer de eterno hermano pequeño sin voz ni criterio propio, entregado a
mantener a salvo la casa común de la izquierda que siempre dirigen los
socialistas. Nadie pierde ni medio minuto en pensar que la mejor forma de parar
a la derecha es a través de políticas honestas, inteligentes y comprometidas.
Esto fue lo que oí
aquella noche que soñé que escuchaba con toda nitidez susurros que venían de
fuera, de alguna calle perdida muy lejos de mis cuatro paredes: “Todo depende
de nosotros, como no nos portemos bien nos lo van a hacer pagar caro”.
12 mayo 2020
EL FUTURO Y LA SÍNTESIS DEL PASADO
A caballo de los años setenta y ochenta, espoleada por Kraftwerk, con un poco de filosofía
punk y muchas ganas de explorar direcciones desconocidas, se desarrolló la
eclosión de los sonidos electrónicos y experimentales en Gran Bretaña; la cual
desembocó en un pop comercial y efectivo que arrasó en listas hasta morir de
éxito hacia la mitad de la década de los ochenta. Entre tanto sonido sintético
obsesionado por desprenderse de cualquier atisbo de pasado musical convencional,
no fueron pocos los grupos que, con una intención u otra, sacaron provecho
rescatando melodías y composiciones casi olvidadas, pero de probada resistencia
al paso del tiempo; reforzando así el atractivo o la profundidad de sus
propuestas. Aquí van algunos ejemplos.
![]() |
| Daniel Miller el visionario |
Daniel Miller, apasionado impulsor e ideólogo de
la música electrónica, y propietario del sello Mute, se preguntó un buen día
cómo sonaría con sintetizadores un álbum de Chuck Berry que tenía por casa. Una vez hecha la prueba, el
resultado le convenció y le animó a ampliar el experimento, hasta generar todo
un proyecto alrededor del mismo. Pero, en vez de hacerlo bajo su nombre
artístico (The Normal), con el que no
pegaba demasiado, decidió fabricar uno de sus sueños: la idea de un grupo de
adolescentes cuya primera elección a la hora de hacer música fuese hacerse con un
sintetizador, antes que con una guitarra; algo muy raro de ver en aquellos
momentos. Así nació la banda imaginaria Silicon
Teens, una especie de The Archies
electrónicos, frescos y divertidos que solo llegaron a grabar un elepé en su
efímera existencia, “Music for parties” (Mute, 1980). Este disco dedicó sus dos
caras a pasar por la batidora synth-pop, toda una gama de clásicos de los años
cincuenta y sesenta (“Memphis Tennessee”, “You really got me”, “Judy in disguise”, etc.). El productor fue el propio Miller, bajo el seudónimo de Larry Least. John Peel bendijo la idea cuando pinchó en 1979 el single que
contenía la canción principal en su programa. Dijo: “Tenemos tres versiones de
“Memphis Tennessee” esta noche, una es la original y las otras dos son
versiones; una es muy mala, la otra genial”. Y ésta última era la de Silicon
Teens.
| Los falsos integrantes de Silicon Teens |
The Flying Lizards,
la formación experimental y de vanguardia que giraba alrededor de David Cunningham, picoteó en esa
fórmula a lo largo de su carrera. Debutaron en 1978 con una versión de
“Summertime blues” de Eddie Cochran,
lo que ya era del todo sorprendente. En 1979 obtuvieron su mayor éxito con su
lectura del “Money (that’s what I want)” de Barrett Strong (o el irresistible contraste entre el carisma contagioso
del original y el esquematismo sonoro y la languidez hierática de la voz de Deborah Evans-Stickland); al año
siguiente se atrevieron con “Move on up” de Curtis Mayfield y, en 1985, su álbum “Top Ten”, recreó diez
clásicos del cariz de “Sex machine” o “Tutti frutti”.
![]() |
| The Flying Lizards |
Y el punto culminante de todo esto es, sin duda, el dúo de Leeds Soft Cell. Con mucha más enjundia,
hicieron enteramente suyo el “Tainted love” que grabara la cantante y
compositora de R&B Gloria Jones
(pareja sentimental de Marc Bolan
hasta su muerte en 1977) con su adaptación de 1981, que alcanzó el nº1 en Gran
Bretaña y un incontestable éxito a nivel mundial. Tanto que mucha gente aún
cree hoy en día que el tema era un original de los ingleses, en vez de un magnífico
exponente del nothern soul que pasó sin pena ni gloria en 1965. Dejando de lado
cualquier tentación paródica, Marc
Almond (ante todo un intérprete intenso) se sumergió en cuerpo y alma y
extrajo toda la turbulencia posible de la composición de Ed Cobb, llevándola a una nueva dimensión. La otra cara de ese
primer single (atractiva, pero mucho menos epatante) seguía la misma tónica:
era una correcta versión del “Where did our love go?” de The Supremes.
![]() |
| Soft Cell |
10 mayo 2020
EL CAMBIO DE SUEÑO (HISTORIAS DEL ESTADO DE ALARMA X)
Bueno, ya ha llegado la
hora de utilizar tu doble rasero, ¿pensabas que no ibas a estrenarlo nunca? La
causa, la ideología, la opción política que profesas ya tiene quienes la dirijan
y modelen, y no necesitan para nada el aporte de simpatizantes lúcidos y con
espíritu crítico. Necesitan proselitistas y fuerzas de choque. Pero no te
sientas frustrado, de verdad, es lo mejor para ti. A esos que tienden a ponerlo
todo en tela de juicio no los termina de querer nadie. Así que guarda en el
trastero tu lado ponderado, si alguna vez lo tuviste, aprende a amagar los
golpes, y cíñete a los hechos inmediatos, al corto plazo. El doble rasero es un
arma clave para navegar por la vida política española, si no quieres quedarte
en medio de ningún lado y que lo más bonito que te llamen “los tuyos” sea engreído,
aguafiestas o cenizo. Hay que hacer equipo, masa compacta, cerrar filas, a ser
posible sin pillarte los dedos ¡Relájate! El doble rasero está para eso, para
darte un respiro. No puedes pasarte la vida tratando de valorar cada situación
de una forma ecuánime, valorando pros y contras, sopesando, leyendo,
contrastando por tu cuenta. Es agotador y finalmente infructuoso. El doble
rasero descorcha el champán y despeja tu tiempo libre. Te ofrece salidas por
doquier. Así que no te sientas mal, entre el maremágnum eres un soldado más,
nadie te va a criticar ni se va a extrañar de tu actitud partidista. Estás en
el juego y luchas por una causa mayor. Así pues, si esta mañana, al lanzarte en
ropa interior a las redes sociales te has sorprendido opinando que la actitud
de uno de tus amados guías intelectuales y políticos es detestable, o al menos
dudosa, no te agobies demasiado. Si la cosa es muy, muy fuerte le das un leve
pescozón, pero con gracia, ya me entiendes, como dejándolo caer, recordando a
quien te lea que sí, que no estás muy de acuerdo, pero que tampoco es para
tanto (mira a los otros, mira lo que hicieron aquel día, lo que toleraron). Si
no es tan fuerte, ayuda a diluir la cuestión (pero que parezca un accidente); pasa
de puntillas y sácate de la chistera una recomendación cultural con calado
político, que sea refinada, pero siempre maniquea. O, directamente, comparte un
vídeo de humor y santas pascuas. Al enemigo ni agua. A los que tratas de
adoctrinar (que deben ser todos los que se pongan a tiro) ni un respiro, que la
gente se despista con más facilidad de la que parece. Hay que estar
cohesionados. Reconocer errores en tu fracción puede abrir un flanco de vulnerabilidad,
eso nunca, que el pueblo llano es veleidoso e inconstante y mañana pueden
llegar a pensar que lo que tu bandera enarbola no es tan incontestable. Pues lo
que te digo, una vez usado, lo guardas, lo limpias y lo abrillantas. El doble
rasero es arte, herramienta, salida airosa. Es política, amigo.
Cacerolada contra la
actuación del Gobierno en un barrio obrero (leo por ahí). La gente se
escandaliza, se echa las manos a la cabeza y subraya la condición de “barrio
obrero”. Nadie entiende que puedan criticar la gestión de un gobierno de
izquierdas, que puedan atreverse mínimamente a erosionar y poner en peligro su
credibilidad. A la falta de recursos, a la precariedad, se unen la
imposibilidad de dudar, de valorar otros puntos de vista, de pedir
explicaciones a los propios. Si vives en el barrio obrero debes estar
encadenado a una esperanza futura. Votar y (mucho peor) asentir y comulgar de
por vida con las decisiones de gobiernos de izquierda para cerrar el paso a la
derecha, que siempre será peor. Básicamente te ordenan callar o hacer política de
partido durante toda tu existencia. No son tiempos de opinión, sino de
posición.
Esta mañana ha sido
verano durante una hora. Ya se ve alguna que otra chica tendiendo la ropa en
bikini (sin duda uno de los grandes símbolos anunciadores del verano en las
ciudades). Parece que regresa por fin la actividad económica: ya he vuelto a
recibir llamadas apremiantes e intempestivas de operadoras telefónicas. Algo desesperadas, un punto impacientes, nada empáticas, desplegando una
amabilidad llena de aristas, tratando de ocultar a duras penas su ansiedad, transmitiendo
fielmente un presión que viene de muy arriba. Empiezo
una serie policíaca de medio pelo, previsible y entretenida. De las que nunca
nadie llevará una camiseta. Por la noche sueño que cambio de pronto de sueño y
que tengo que descubrir un interruptor redondo blanco para volver al primero.
La zozobra me empuja a registrar disimuladamente una sala llena de muebles y
objetos desordenados. Un montón de desconocidos me miran en silencio. Parecen a
su vez extraños los unos para los otros. Despierto sin hallar el interruptor.
La esposa de mi vecino el
del puzle siempre parece medio aterrada. Suele asomarse al balcón con los ojos
muy abiertos y con una mascarilla celeste con bordes de encaje que es la más
grande que he visto hasta el momento. Se acerca y me habla de lo mucho que está
afectando la pandemia a la infancia. Me cuenta, tras su embozo, la historia de
un niño que tenía su habitación plagada de muñecos de Playmobil; casi una
pequeña ciudad con casas, un fuerte, una estación de bomberos y cosas así. Como
se vio obligado a retirarlo todo para que pudieran limpiar el cuarto, decidió
poner punto final de manera abrupta a la historia que al parecer llevaba días
desarrollando. Por lo visto dijo: “Antes, cuando me pasaba esto, un meteorito
lo arrasaba todo, pero esta vez va a ser una pandemia”. Entonces procedió a
retirar en camilla, uno a uno, los muñecos que iban falleciendo sucesivamente
y, por último, tras mostrar a su familia cómo había quedado de vacía su ciudad después
de la pandemia, guardó cuidadosamente los edificios y los objetos que había ido
apilando. Sus padres, abrumados por los efectos nocivos que la situación de
confinamiento pudiese estar ejerciendo sobre su hijo, lo pusieron en contacto
mediante videoconferencia con una prima psicóloga, la cual lleva tratándolo
tres semanas para que no sea tan negativo y vea las cosas de otro color. “Que
es muy pequeño todavía para pensar así”, apostilla mi vecina. Como despedida,
me deja caer que no haga mucho caso de las historias de su marido, que lo del
rodal de su pueblo donde nunca llovía se lo inventó después de que se decretase
el estado de alarma, y que le ha pedido a su conocida, la madre del niño, el
teléfono de su prima psicóloga para que hable con él.
Salgo a la calle y me
encuentro con la persona que montó el toldo de mi balcón. Han pasado sus buenos
ocho años, pero se detiene ante mí para saludarme, con su sempiterno mono de
trabajo azul y su mascarilla blanca, como si no hubiese pasado el tiempo, como
si no estuviésemos ya viviendo en otro mundo. Al principio no he caído en la
cuenta de quién me saludaba tímidamente en la acera, a unos metros de distancia;
hasta que me he fijado en la mirada triste y soñadora que siempre le acompaña. Hemos
Hablado de la angustia económica; de las ayudas que no llegan; de sus
dificultades como autónomo para sobrevivir en tiempos tan azarosos como estos.
Al despedirnos, me ha preguntado por el toldo con un cariño tal que casi lo
personifica. He estado a punto de contestar: “Está hecho un hombre ya”.
Me produce urticaria toda
esa gente que sale en la tele pidiendo encarecidamente que nos quedemos en casa
a la vez que alardea de lo bien que se encuentra confinada en su vivienda de
infinitos metros cuadrados. Con todo tipo de necesidades cubiertas.
Encontrándose a sí misma y reflexionando sobre la vida mientras pasea por el
jardín o ve la temporada que le faltaba de “Juego de tronos”.
Ha fallecido esta semana por
coronavirus Dave Greenfield, eterno teclista
del grupo inglés The Stranglers y
pieza clave para el desarrollo de su sonido. La primera vez que supe de ellos
fue a través de un programa de televisión (creo que “Metrópolis”) que repasaba
la historia del punk por capítulos algunos viernes por la noche de hace muchos
años. Recuerdo que me extrañó que un grupo con teclista (y tan presente en su
sonido) fuese considerado punk, pero me gustaron. Su carrera ahí está:
libérrima, exitosa; colmada de composiciones redondas y ricas en matices que fueron
sustituyendo energía por sofisticación sin perder el pulso creativo. Dave
publicó, junto a su compañero de banda Jean-Jacques
Burnel, en 1983 “Fire & water (écoutez vos murs)”, un interesantísimo
elepé de querencias sintéticas y cinematográficas que me recuerda a un Brian Eno más lírico y terrenal, con
una paleta de colores más variada.
04 mayo 2020
HE CRUZADO EN ROJO (HISTORIAS DEL ESTADO DE ALARMA IX)
Las ocho de la tarde
empiezan a convertirse en otra frontera divisoria del día. Todo cambia después
de los aplausos y las canciones (la jornada gira hacia una luz distinta o
simplemente se apaga). Tras el himno de España comienza a sonar el de
Andalucía. Acaba de pasar una ambulancia
saludando con las luces y recibiendo los aplausos y el homenaje de la balconada;
con ella ha coincidido, en sentido contrario, un autobús urbano que ha soltado
una sonora pitada: el conductor, acelerando en la inmensa recta sin tráfico,
también quiere esconder un héroe dentro de su uniforme azul celeste.
Junto a los buzones de
unos edificios que ya casi solo reciben multas y propaganda, se van acumulando
mensajes en las paredes, que acaso amarillearan, como esta historia. Los hay de
aplauso unánime, como aquellos de estudiantes que se ofrecen a hacer la compra
a las personas mayores que lo necesiten. Pero también están los escritos con impersonal
letra de imprenta para no dejar rastro, que invitan a la enfermera del 4º o al
trabajador del supermercado del 2º a pernoctar estos días (¿meses?) en otro
lugar para no contagiar a los vecinos. Estos anuncios se rozan con los
manuscritos con firme y redondeada letra que reconocen el esfuerzo de esas
mismas personas y les ofrecen la posibilidad de tenerles la cena preparada para
cuando regresen de su trabajo en primera línea. Siempre hay dos Españas, para
cualquier cosa. Dos Españas que pugnan la una con la otra, que se miran
desafiantes; que se cogen del brazo para avanzar en direcciones contrarias. Contra
las frías paredes de azulejo de esos portales golpean con fuerza las palmas de
las manos de ambas.
El niño del primero ya
tiene casi tres años (calculo) y se mueve con desenvoltura por el patio
interior, al que su familia tiene acceso. En la Vida Antigua, su madre se
pasaba el día poniendo notas en el portal avisando de cosas que habían caído de
los tendederos. Pero ahora no, el niño ha crecido y ha vislumbrado su poder. Y,
como piensa que nadie va a bajar nunca a reclamar sus objetos perdidos, si se
te cae algo, te lo muestra, sonríe y huye con su botín al interior de la casa.
He conseguido una
mascarilla con la que no se me empañan las gafas. Es cojonuda. La he estrenado
saliendo a comprar en manga larga casi al mediodía, había olvidado la
primavera. El calor recuece el asfalto mientras cruzo en rojo la avenida
desierta a esas horas. No me tenía que haber pelado al cero, el sol me quema el
blanquecino cuero cabelludo. Siempre el mismo sol, el mismo canto de los
pájaros. Pero gente distinta y distante, renuente al intercambio excesivo de
palabras cara a cara. Hecha a un mensajeo de móvil cada vez más suelto y a la
videoconferencia, con sus acoples, imágenes congeladas e interferencias, como formas
de comunicación. Estacas silenciosas ante las colas con mil distopías
circulando por la mente en una mañana soleada aparentemente igual a todas. Se
acumulan el polvo, los excrementos y las hojas secas en el techo de los coches
aparcados en el callejón. Nadie escribe ya sobre el polvo de los coches. Yo escribo
desde la cola de la panadería.
Todo el día mirando
gráficos en la prensa. Los gráficos permanecen muy vivos, y el número de
muertos diario forma parte de la Nueva Normalidad. Una cifra incómoda que se
consulta. Una fría y obcecada estadística que deseamos ver descender. Pero nos
hemos acostumbrado a ella, los no afectados, claro. Las víctimas necesitan
consuelo y reparación, no ser utilizadas o relativizadas o comparadas o escondidas.
“Los guantes no son tan
importantes, dicen ahora”; le cuento a la señora mayor que veo, cada vez que
voy al supermercado, junto a la estantería vacía donde solían estar. Siempre
anda por allí. Me confiesa que cada día, después de hacer su compra, espera un
buen rato antes de pasar por caja por si alguien aparece con rutilantes
paquetes que huelen a nuevo y los repone. Pregunta y le explican que están
agotados, que no saben cuándo volverán a traer. Pero no se fía y prefiere
aguardar a que cambie su suerte. A que otros clientes con más peso específico
que ella agilicen la gestión cuando, al pasar junto a ella, les dice: “Perdone,
¿sabe usted por qué hace dos semanas que no venden guantes en este barrio? En
el súper que hay cerca de donde vive mi hermana cada dos días los reponen”.
Vemos desde la ventana
los primeros niños que pasean acompañados de uno de sus padres. Algunos se
paran a hablar, en la distancia. Nosotros los miramos absortos, en silencio. Se
despiden levantando las manos y continúan su camino, su paseo probablemente
planificado. El detective se pregunta si esos encuentros fugaces en la acera
obedecen a la causalidad. Alguien ha compartido una aplicación para calcular
exactamente los límites del kilómetro que puedes recorrer paseando con tu hijo,
en esa hora de que dispones cada día. Seis millones de menores de catorce años
paseando acompañados de un adulto a dos metros como mínimo de otros viandantes,
llevando quizá un juguete en la mano que no podrán compartir, acaso mostrar de
lejos. Adultos que conviven, paseando juntos a partir de las ocho de la tarde
con sus mascarillas. Al menos desde mi ventana, veo cierto orden y sentido de
la responsabilidad. Percibo la armonía del sometimiento a las limitaciones, a
lo desconocido, al problema que se alarga, que se hace fangoso; que emborrona y
llena de constantes bifurcaciones el camino que anteayer parecía más seguro y
cierto.
Salgo a la calle a última
hora, sobre las 22:30. Noto durante el paseo que algo ha quedado congelado. Me
cruzo con paseantes silenciosos de última hora que miran el reloj y ensayan la
respuesta que van a dar si acaso vieran acercarse a una pareja de policías. No
son tiempos de perderse por Granada paseando sin rumbo, mal que me pese.
Los acontecimientos se
suceden. Parece que empiezan a pasar cosas. El presidente del Gobierno explica
en rueda de prensa las cuatro fases de un “desescalamiento” en pos de la Nueva
Normalidad que tiene más pinta de impredecible escalada. El detective observa a
través de sus prismáticos cómo la investigadora toma notas ante una gran
pantalla de televisión que ha permanecido todo este tiempo apagada, pero que
ahora muestra la cara de Pedro Sánchez.
La mira escribir velozmente, muy concentrada. Una vez que termina, se levanta y
le muestra una cartulina en la que se puede leer: “Dame tu móvil”. Él rastrea
su desordenado escritorio hasta dar con un folio donde garabatea nervioso su
número. Cuando vuelve a la ventana ella ya espera con sus prismáticos. El
detective le enseña el folio y ella toma nota. Un minuto después recibe un
mensaje, es una foto. En ella aparece perfectamente esquematizada toda la
perorata del presidente sobre las fases y debajo una advertencia entre
corchetes: “Estamos jodidos”.
02 mayo 2020
PENSAMIENTO
En España, más que de pensamiento, deberíamos hablar de alineamiento o, mejor, de aferramiento político.
28 abril 2020
24 abril 2020
UN LUGAR MEJOR (HISTORIAS DEL ESTADO DE ALARMA VIII)
Unas noches después, el
detective se presenta desnudo de cintura para arriba tras la cortina, a la que
se acerca mirando ya directamente a través de los prismáticos. Ha decidido
cambiar radicalmente el decorado. No tiene por qué ser él mismo. Eso enlentece
siempre el proceso a la hora de venderse, de ofrecerse. Ha invertido toda la
tarde en pintarse enigmáticos tatuajes que ha copiado de internet a lo largo de
los brazos y en el abdomen. Toda una tarde del confinamiento recorriendo su
piel con rotuladores negros de distinto calibre, sin pensar en otra cosa, sin
salir a comprar al supermercado, sin escuchar la radio, ajeno a los aplausos y
a las sirenas que devuelven saludos. No contento con eso, coloca en el campo de
visión que quiere ofrecer a la investigadora una estantería blanca polvorienta
que arrastra desde su dormitorio. La llena de libros calculadamente
desordenados y coloca con estudiado desorden las botellas que aguardaban en una
bolsa, en el recibidor, su próximo destino en el contenedor de vidrio. A última
hora las rescata y les concede unas horas, quizás unos días más. Les ofrece la
actuación más importante de sus vidas. Ser piezas relevantes de un entramado
falso y esperanzador. Se ha inspirado en los tertulianos que aparecen ahora en
la tele desde sus casas, a través de las ya habituales conexiones en línea.
Está seguro de que calibran cuidadosamente lo que se ve a su espalda. Estudia a
fondo cada detalle de sus decorados. Quiere estar a la altura de la imagen
bohemia que se ha fabricado de la investigadora. La sabe capaz de todo. Capaz
de ser libre, de saltar las barreras. Esta madrugada ella no ha encendido la
luz. No aprecia ningún destello desde su apartamento. Y ya la imagina muy
lejos, cargando su gran maleta rosa en un coche, presta a recorrer un país con
poco tráfico. Segura de que nadie osará detenerla.
Leo acerca del mercadeo
de mascarillas y geles desinfectantes. La limitación de precios implicará que
nadie las importe al no resultar rentables, y tendremos que terminar acudiendo
al mercado negro para conseguirlas. Informaciones de este jaez, cogidas con alfileres,
agoreras y apocalípticas, que se mezclan con análisis críticos mucho más
sensatos (a los que restan impacto, al hacerlos caer en el mismo saco), tratando
de socavar al Gobierno, abundan. Siempre han abundado, de hecho. Pero me creo
capaz de distinguirlas, o al menos de tomarlas con la debida precaución. No
necesito que nadie me diga cuándo callar y cuándo quejarme. Leo y escucho
palabras; demasiadas, incluso para alguien como yo, que las adora. Entran en
mí, me recorren y desaparecen. Cada vez son menos las que se quedan.
El sol inunda las calles.
El gato de enfrente tiembla mientras se sacude el tedio y bosteza. Una rama de
un árbol roza su ventana, le ofrece una salida de emergencia para darse un
garbeo, pero no acepta. Ninguno queremos riesgos. Parece que el buen tiempo se
asienta, a pesar de que “abril sigue en modo montaña rusa”, según dice una
periodista por la radio. En el patio interior, algunas máquinas de aire
acondicionado vibran, los pájaros se posan en ellas, acostumbrados ya a sentir
su traqueteo y echar a volar. Una gran toalla tendida vuela espléndida
saludando a la primavera. Leo en ella “paradores” en grandes letras. Hay una
acumulación de quietudes que ahogan y me traen a la memoria el poema “Cuadrados
y ángulos” de Alfonsina Storni:
Casas enfiladas, casas enfiladas,
casas enfiladas.
Cuadrados, cuadrados, cuadrados.
Casas enfiladas.
Las gentes ya tienen el alma cuadrada,
ideas en fila
y ángulo en la espalda.
Yo misma he vertido ayer una lágrima,
Dios mío, cuadrada.
casas enfiladas.
Cuadrados, cuadrados, cuadrados.
Casas enfiladas.
Las gentes ya tienen el alma cuadrada,
ideas en fila
y ángulo en la espalda.
Yo misma he vertido ayer una lágrima,
Dios mío, cuadrada.
Por la noche escucho a Robert Johnson a través del móvil. En
la más absoluta oscuridad, solo destaca la pantalla rectangular. En el silencio
más absoluto, la música se va desgranando por los auriculares. Robert, amigo, al
final todo termina condensado ahí. La leyenda del cruce de caminos, la amenaza
constante del precipicio, tu determinación por huir de tu destino y dedicarte
por entero a la música, el polvo en los zapatos recorriendo con tu guitarra los
garitos y las esquinas de Friar’s Point, Clarksdale o Helena, la magia de tu slide. Las veintinueve canciones
grabadas en los estudios de grabación de San Antonio y Dallas. Las diferentes
tomas, los descansos entre ellas, los cigarrillos, las ilusiones. Las historias
que volcabas en tus letras. Las noches, el vagabundeo. Las pintas de güisqui,
las peleas, la soledad, la idea que empieza a brillar y acaba por tomar forma
entre tus dedos encallecidos. Tu impetuoso individualismo, al que yo ni me
acerco. Más bien lo contrario. Últimamente flaqueo y me imagino comulgando en
sociedad, relajando todos los músculos. Eliminando cualquier crispación de mi
interior.
No sé, Robert, he estado
pensando estos días y creo que podría hacerlo. Podría reírme con los humoristas
y leer a los columnistas correctos. Aceptar la ortodoxia como heterodoxia
(últimamente observo a gente que me puede ayudar a obedecer, y no es tan
complicado; puedes pasar incluso por desobediente, si te lo sabes montar). No
opinar ni pensar contra el Gobierno. Ser uno con él en pos del bien común. Acatar.
Dar por sentada su buena voluntad; confiar en su buen hacer. Callarme si no voy
a aportar soluciones definitivas. Ser muy prudente y delegar para siempre las decisiones
y reflexiones de calado en manos expertas; en gente más preparada que yo, y que
sabe lo que me conviene. No buscarle tres pies al gato ni hacer caso jamás de
habladurías no confirmadas por los canales oficiales. Disfrutar de mi pequeño
espacio de libertad personal, pero sin dejar de deberme al pueblo. No dudar por
mí mismo. Sentirme protegido. Dejarme cuidar y rearmar éticamente; y no morder
nunca la mano que me ampara y me aleja del precipicio de la sinrazón y el odio.
Desear que ningún elemento desestabilizador desequilibre el estado de las cosas
ni altere el curso de los acontecimientos. Hacer oídos sordos a las mentiras.
Desear fervientemente que la Ley acalle los embustes. Rechazar el nubarrón de
cualquier pensamiento extraño. Así podría avanzar como persona, claro. Adensar
mi conocimiento, mi imaginación incluso, transitando un camino limpio, sin
dobleces y poco o nada sospechoso. Podría, por qué no, poner mi creatividad al
servicio de un bien superior. Y, sobre todo, llegar a asumir algún día que con
esta actitud puedo colaborar a hacer del mundo un lugar mejor.
21 abril 2020
DE CAINITAS
Los españoles no tenemos ningún problema en reconocer la
existencia del cainismo patrio en el lado opuesto.
18 abril 2020
PUZLES (HISTORIAS DEL ESTADO DE ALARMA VII)
Anoche soñé que escuchaba
con toda nitidez cosas que pasaban fuera. Muy lejos de estas cuatro paredes. A
lo mejor un día las cuento.
Todos nos deseamos suerte
al despedirnos, después de hablar por teléfono, programando encuentros para un
futuro incierto. En las fachadas los toldos son ahora las banderas que mueve
levemente el viento. Vemos pasar lentamente el engranaje de las estaciones y la
meteorología por delante de nuestros ojos. Las primeras y vertiginosas
opiniones sobre el proyectado “ingreso mínimo vital” del Gobierno (esa ayuda
que al parecer complementará las ya existentes para familias que se hayan
quedado sin recursos, en buena medida por culpa de esta situación), que la
denominan “la paguita”, son las típicas reacciones superficiales de la boca
llena. Y, por supuesto, el exabrupto de un liberalismo cerril, no tan visceral
como parece, profundamente egoísta y aviesamente interesado en tomar la parte
por el todo.
Son las ocho en punto de
la tarde. La Policía local pasa muy despacio, con todas las luces encendidas.
Manos enguantadas de azul saludan desde el vehículo. Se respira, durante ese
minuto, un ambiente de verbena popular imaginaria. Casi veo las guirnaldas
cruzando la calle de un edificio a otro. De un abigarrado balcón a otro. Salen
personas alegres que aplauden, y otras que arrastran sus ojeras al balcón,
voluntariosamente disfrazadas para la ocasión de personas alegres. Llega un
momento en que se confunde la privacidad. Veo por una ventana a unas chicas
trajinando con una sábana gigante. Una recorta tijera en mano entre risas y
cuchicheos, y la otra aplica pintura. Cuando terminan, ambas se prueban las
sábanas y se miran en el espejo. Una ha tropezando y casi se cae. Creo que se han
disfrazado de fantasmas con unas sábanas amarillentas que llevaban décadas
dobladas en el fondo de algún armario. Desaparecen a trompicones de la
habitación y aparecen en mitad de la verbena en su balcón gritando “¡somos la
muerte!”, agitando los brazos dentro de sus sábanas cuarteadas y manchas de
pintura roja, y ululando; como si nadie las hubiese visto durante largo rato
preparar su siniestra sorpresa.
Mi exprimidor es muy
antiguo. Tiene prácticamente veinte años. El FBI podría usarlo como detector de
mentiras. Cuando estoy tranquilo, sosegado, el zumo de naranja sale a la
perfección, todo va como la seda. Sin embargo, si estoy intranquilo, nervioso o
disperso, se conoce que aprieto sin darme cuenta y comienza a berrear y a
emitir extraños ruidos. Un día de estos va a empezar a echar humo.
La investigadora de la
gran maleta rosa entra dos bloques más allá, casi enfrente del edificio del detective.
Él tiembla ostensiblemente al averiguar cuál es su piso. Con la boca seca,
pasea pacientemente sus prismáticos al anochecer. No puede ni quiere dormir. Mientras
piensa si cobrará la ayuda por “cese de la actividad” para los autónomos, la
ventana de la investigadora se ilumina. El corazón le da un vuelco. La mira
encender un cigarro y pasear en camiseta de tirantes. Luce un tatuaje a lo
largo del brazo izquierdo; mientras lo mira parece crecer. ¿Qué será? Como no
lo ve bien, puede ser lo que él quiera: un dragón, un mapa de Portugal, una
metralleta, alguien de espaldas con las manos en los bolsillos. El tatuaje
puede ser otra puerta digna de abrirse si todas las demás se cierran. Ella
desaparece unos segundos de su campo de visión; cuando consigue volver a
enfocarla descubre que ella también le observa a través de unos prismáticos.
Una vez que se sabe descubierto, decide aguantar la mirada hasta el final.
Tiene la boca seca y las ganas de volver a fumar lo invaden por completo. Ella
sonríe y hace como que se dispara en la sien con el dedo índice. Su boca dice
“pam”, y él lo escucha con más nitidez que ninguna otra cosa que haya escuchado
en su vida.
El vecino del balcón de
al lado no habla mucho, pero siempre levanta los brazos animando cuando el dj de enfrente saca los platos para
pinchar. Ayer, cuando terminó de llover y salió un sol impetuoso, él ya estaba
en su balcón con su silla plegable y la mesa alargada en la que lleva semanas
haciendo un puzle. De vez en cuando echo un vistazo, veo cierta progresión,
muchas piezas colocadas, pero no adivino qué puede ser. Como siempre mira
sonriente al frente mientras está con él, a lo mejor trata de completar un puzle
eterno de lo que ven sus ojos, acaso construye plácidamente un mundo nuevo.
A lo que iba. Con la
calle aún húmeda, se acercó y me relató que, cuando era niño, hace como sesenta
años, en su pueblo había una zona donde nunca llovía. “Un rodal con dueño”,
señaló, y después calló durante unos segundos esperando la reacción de mi
rostro cansado. Se trataba de un espacio a cielo abierto que jamás se mojaba y
en el que nadie osaba ponerse a cubierto de la lluvia, pues hacía un frío
glacial que no había manera de combatir. Lo llamaron por el móvil en ese
momento y corrió hacia su salón no sin antes prometerme que en otro momento me
contaría toda la historia.
El Gobierno pregunta en
la última encuesta del CIS si en estos momentos habría que prohibir la difusión
de informaciones “poco fundamentadas”, remitiendo toda la información sobre la
pandemia a fuentes oficiales. Un 66,7% de las personas encuestadas apoyan esa
idea, frente a un 30,8% que se inclina por no restringir ni prohibir ningún
tipo de información. Resulta extremadamente inquietante que en una democracia
se plantee la posibilidad de sustituir el criterio del ciudadano (que estos
desarrollen un criterio propio desde la infancia es clave para una convivencia sana,
libre y respetuosa), prohibiendo o limitando la información y su acceso a ella
más allá de lo ya recogido en las leyes. Y más usando un lenguaje tan ambiguo.
Pensar que sea el Poder quien decida la información que debe llegar a la
población en según qué circunstancias es peligroso y, también, altamente
sospechoso. Aunque no tan desolador como que tan alto porcentaje esté de
acuerdo con esa aviesa (segunda vez que uso hoy la palabra) tentación de sustraer
derechos y libertades. Los verificadores de bulos ya sobrevuelan las redes a
sus anchas. Facebook ha contratado a un par de empresas españolas de verificación
propiedad de periodistas en activo que trabajan o han trabajado hasta hace poco
para medios concretos. Estos gringos no tienen ni idea de cómo se cuecen aquí
las habas, desde luego. Una de ellas ya
ha tenido que rectificar (solo por la polvareda levantada) y permitir la
publicación de una noticia censurada inicialmente. Yo los imagino dentro de un
robot gigante que conducen desde el cerebro, como Mazinger Z; valorando con herramientas en ocasiones poco contrastables
qué información pasa su filtro y a cuál hay que aplicarle el implacable puño silenciador
de su poderoso robot-mordaza.
Herta
Müller mira hacia la derecha en la portada del libro. Me
gustaría hacer un puzle gigante de su rostro, tan grande e ilusionante como el
de mi vecino.
14 abril 2020
ESPACIOS EN BLANCO (HISTORIAS DEL ESTADO DE ALARMA VI)
El gato del balcón que
tengo justo enfrente es de color marrón claro, enorme. Es un gato hastiado,
bostezante; asomado casi siempre a la misma ventana, con la mirada de un
personaje de Juanjo Guarnido. A
veces recorre a su dueña de hombro a hombro cuando está sentada, lentamente.
Una y otra vez. El cuerpo de ella cede ante su peso. Creo que así nos sentimos
todos en algún momento durante cada día de este confinamiento, aunque no
tengamos mascota. Ya lo dijo el poema: “El tiempo es el gato más silencioso que
conozco”.
Se fue la luz y borró
todo lo que había escrito. Saltó el diferencial. “I found that essence rare” de
Gang of Four se cortó bruscamente.
La oscuridad, unida al silencio total y al encierro, transmite un miedo nuevo,
paralizante. Un precipicio de negritud sin referencias ni asidero alguno. Una
sensación absoluta de desconexión.
Tranquilos, la economía
puede volver a crecer tan torcida como siempre. Que se lo pregunten a esa madre
que recorre farmacias para comprar a precios desorbitados las mascarillas y
guantes que le niegan a su hija en su puesto de trabajo; al que no ha faltado
en ningún momento por ser catalogado como esencial.
El merodeador va por la
acera escudriñando cautelosamente el interior de los coches con la esperanza
desvaída de encontrar algún olvido suculento de última hora. Su mascarilla
blanca le tapa casi toda la cara, lo emboza. Parece de calidad, buena merca
adquirida a través de contactos inaccesibles para mí que envidio en la
distancia. Pienso, por un momento, que deberían haberlo incorporado a la
delegación del Gobierno que compró el material a China, quizá nos hubiese ido
mejor. Está, inquieto e impaciente, ante un festín insípido de vehículos
polvorientos que parecen petrificados, que no ofrecen nada relevante. Se
detiene ante uno ya desvalijado, con la ventanilla rota del conductor cubierta
cuidadosamente de plástico negro, imagino que por su resignado dueño. Valora el
trabajo y, de pronto, hace trizas su actitud cautelosa lanzando una de las
piedras que lleva apretadas en la mano contra la ventanilla de una furgoneta
que ni se entera. Pedradas rabiosas contra la mala suerte, aunque una fuerza
magnética negativa parece haber succionado su determinación. Ante el ruido, la
gente aparece a la vez en los balcones con toda su explosión de furor y color.
Comienza a llover, la
calle está más lejos ahora. El detective ha perdido momentáneamente de vista al
merodeador con los prismáticos. Él también está impresionado por la calidad de
su mascarilla, algo ennegrecida, todo sea dicho. Piensa que es una FFP2 con válvula
de exhalación, una pasada. Recuerda, con cierta nostalgia, las conversaciones
sobre mascarillas que solía mantener a finales de febrero con su cuñado. Sin
embargo, su imaginación no hace más que mostrarle la imagen de una persona que
yace en algún callejón golpeada por alguien que le ha robado cartera, reloj y
mascarilla.
La lluvia arrecia y las
gotas empiezan a colarse por el cristal roto del coche violentado. El
merodeador contempla la lluvia refugiado en un portal. Ve líneas blancas
precipitándose enfurecidas, rectas o diagonales, sobre una calle igual de vacía
que antes. “Es la lluvia más limpia que ha caído en años”, se dice.
Los prismáticos del
detective encuentran a alguien que camina a los lejos, bajo la lluvia. Arrastra
una gran maleta rosa de ruedas. Parece una chica. Deduce que es una
investigadora que vuelve de participar en un congreso en un país extranjero y
que, a pesar de las noticias, no se imagina llegar y encontrarse Granada
completamente desierta. Su calle vacía, salvo por la presencia de un
delincuente oculto en un portal que la saluda al verla pasar. Ella ni siquiera
lleva mascarilla, y envidia secretamente la de ese hombre que parece
sonreírle. Al detective le tiembla la
voz de emoción en momentos así, incluso cuando habla consigo mismo.
Anochece entre manos
diligentes que ordenan y limpian; niños de colorean; voces que cotorrean,
susurran, cantan o discuten; risas ahogadas. Trasiego de platos y de dedos
sobre mandos a distancia y teclados. Móviles encendidos en aquella penumbra
nocturna que antaño solo iluminaba la televisión. El orden de la cocina marca
el de las cabezas. Recetas impresas pegadas en la pared de azulejos. Peleas y
reproches por el agua caliente de la ducha tras la sesión de pilates en línea. Hay
algo frenético dentro de la aparente quietud. Todos rellenando espacios en
blanco.
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