29 marzo 2015

JUEGO DE ESPEJOS. ELECCIONES EN ANDALUCÍA.

La Semana Santa me suele sumir en un estado letárgico color morado. Un duermevela que me procura reflexiones a trasmano, como sobre las últimas elecciones andaluzas, por ejemplo, aún calientes pero pronto olvidadas, más que nada por la certeza de que todo seguirá exactamente igual, políticamente hablando. Lo más triste de todo el proceso es que ha vuelto a vencer el voto de la resignación, que es el peor que se puede ejercer. No conozco gente ilusionada, realmente ilusionada, por la victoria del PSOE. El día después no ha sido más que un sobrevolar de indiferencia, gestos apocados y medias sonrisas. Salvo implicados y beneficiarios, creo que la inmensa mayoría de la población sabe que este no es ni mucho menos el camino, pero, por unas razones u otras, no ve otro posible. Y de esto último son muchos los responsables. Llevo demasiados años asistiendo a corrillos en los que la conversación gira alrededor de la corrupción del PSOE, de su demagogia previsible, de su inoperancia o de su apropiación de todo cuanto convenga a sus intereses; y el noventa por ciento de esas espontáneas muestras de desahogo terminan igual: cuando alguien pregunta ¿qué se puede hacer?, ¿a quién votar que tenga posibilidades de gobierno y no corra el riesgo de ser abducido por el PSOE?, aparecen dos gaviotas volando y se produce un silencio fúnebre.

Pienso que el encaje de la democracia en Andalucía está teniendo su guasa: además de la Ley D´hondt que beneficia siempre al más votado, y al que más influencia tiene en las poblaciones pequeñas (esa es la madre del cordero, amigos de Podemos), hay que contar con la evidencia de la imposibilidad de que gobierne el Partido Popular (en su condición de única fuerza opositora real) si no consigue la mayoría absoluta, lo que termina por retraer a muchos votantes y favorece la abstención y el unipartidismo real que padecemos a escala autonómica.

 Pero  no, no nos podemos quejar, el PSOE nos garantiza un espacio libre de PP, el cordón sanitario al que se refería Federico Luppi. Los años que lleva en el poder van construyendo una muralla que nos protege tanto de las dentelladas de la derecha anquilosada como del liberalismo insensible y poco solidario. Se trata de una muralla bien argamasada por arquitectos de sonrisa amplia y tacto paciente que han desarrollado un cemento que funde en uno ideología de partido, administración autonómica, símbolos e identidad; y que, además, deja puertecitas abiertas a diversos desahogos que hacen más llevadera la heroica tarea cotidiana socialista: ventanucos, gateras e intersticios de todo tipo (hasta hoy) para el chanchullo y la corrupción a mansalva (ojo, que no es como la de los otros, esta va dispensando calculadas miguitas de pan en su camino (publicidad, subvenciones, contratitos, ayuditas), por lo que no parece aconsejable oponerse frontalmente a lo establecido: te pueden salir enemigos del lugar más inesperado). 

Pero, atención,  no penséis que la derecha ha sido vencida, ni muchísimo menos, es un enemigo que se multiplica, que tiene muchas caras y solo los socialistas están en condiciones de hacerle frente. No, no penséis en Izquierda Unida o Podemos, eso solo traerá inestabilidad, encontronazos por nadie deseados. Los procesos de cambio tienen su propio reloj interno y solo un partido tan consolidado como el PSOE conoce su cadencia y funcionamiento. Al hilo de esto, hay que tener en cuenta que la derecha (y más ahora) es exitosa y fácilmente vendida como la única culpable de todos los males de Andalucía, lo que coloca al PSOE en una situación que pocos pueden entender Despeñaperros arriba: los socialistas andaluces siempre están en la oposición, luchando en desventaja contra la derecha mitológica y señoritil que lastra nuestro desarrollo y nos condena al paro y el analfabetismo, ya sea el PP, los empresarios, los mercados, los bancos, la Iglesia, los restos del franquismo (constantemente aireado, y curiosamente rentabilizado por ellos antes que por otras fuerzas políticas de izquierda con más peso en la lucha contra el dictador, como los comunistas) , o la Unión Europea, si se pone a tiro. Y, a la vez, evita la desazón que pudiese sufrir la población ante tan combativa actitud abrazando con salero los tópicos más rancios, alimentando con denuedo las tradiciones más folclóricas, dando más palmas que nadie en la feria, o mimando a las cofradías y al Rocío.

La derecha hubiera debido (si su encorsetada comunicación, su estúpida suficiencia y su incapacidad de empatía no la cegarán) aprender más de democracia en el cuadrilátero autonómico andaluz que en ninguna otra parte. La exigencia es máxima, el marcaje férreo, se recupera un poco, incluso gana las elecciones, pero paga caro sus actos. Se pasa la vida besando la lona. Si ese nivel de exigencia lo mantuviésemos para todos por igual otro gallo nos cantaría. Pero nuestra fuerza como pueblo que clama ante la injusticia y exige sus derechos llega hasta ahí, justo hasta ahí. Hasta la derecha de siempre, la de los recortes que te cortará los dedos y te abandonará a la pobreza y el desabrigo, que acabará con el PER o con la administración paralela etc. Esta, por cierto, es la mayor y única obra de ingeniería del PSOE en Andalucía, asesorado por UGT y CCOO: la restauración de esa tradición tan totalitaria de ofrecer calor a las faldas del poder a cambio de docilidad; la posibilidad de tener un empleo en la administración, sin tener que pasar por duras oposiciones, a cambio de lealtad (la gran palabra), dependiendo, eso sí, del mantenimiento de los mismos en el poder. Esto moviliza el voto y la actitud de los contratados, de sus familiares y amigos y de los aspirantes a contratados más sus familiares y amigos. Todos a una.


Pues eso, según muchos analistas de izquierda e infinidad de opiniones relevantes y glamurosas, Andalucía se ha levantado voz en grito contra Rajoy. “Le ha enseñado el camino al resto del país”, brindando cuatro años más de poder a una opción política que lleva ya treinta y tres gobernando. El tiempo y los acontecimientos pasan veloces, pero las manos pacientes de sonrisa imperturbable van construyendo una muralla que nos separa de la derecha, sí, pero que ata bien en corto a la izquierda y encierra el sentido crítico en un juego de espejos.

22 marzo 2015

15 marzo 2015

“(GET YOUR KICKS ON) ROUTE 66”. ALGUNAS VERSIONES.

Route 66 es, además de la denominación de la carretera legendaria por excelencia de Estados Unidos (“la calle principal de América”) y del nombre de una revista musical española, una de esas canciones míticas de la historia del rocanrol. A pesar de ser concebida como una composición de jazz, es poseedora de ese carisma melódico, esa genuina simplicidad, que la han hecho perfectamente amoldable a cualquier estilo y punto de vista. Compuesta en 1.946 por un Bobby Troup (aquel músico y actor con asombroso parecido físico con Liam Neeson), que la empujaba con su piano hacia los terrenos del swing, su letra hace un sencillo recorrido por muchas de las localidades por la que pasaba la mítica carretera, desde Chicago a Los Angeles. El primero en grabarla y llevarla al éxito fue el canónico y eficiente Nat King Cole en 1.946. En 1.957 Louis Jordan & His Timpany Five incidió en el swing e invitó al rocanrol a la fiesta, abriendo el camino a las vertiginosas lecturas de The Brian Setzer Orchestra, incluida en el álbum debut de 1.994 del proyecto del ex – Stray Cats; o a la endemoniada revisión de 1.999 del gran Herman Brood, acompañado para la ocasión por toda una Big Band. Por su parte, The Manhattan Transfer ahondaron en su cariz jazzístico, sostenido con un halo de nocturnidad, en su versión de 1.982, apoyada en un cuarteto (la primera de las dos que grabaron del tema) y aparecida en la banda sonora de la película “Sharky’s machine”, que les valió un premio Grammy ese año. Chuck Berry cambió el talante de la canción en 1.961 con su fraseo de guitarra y las teclas insistentes, abriendo así el camino a decenas de interpretaciones por parte de novedosas formaciones de R’n’b y garage durante la década de los sesenta. Entre ellas destacan, cómo no, The Rolling Stones, que incluyeron “Route 66” en su primer elepé, en 1.964 o Them que la incorporaron también en su debut, un año después.




En 1.974 unos debutantes tan fulgurantes como Dr. Feelgood, la incluyeron en la cara B de su mítico single “Roxette”. Jason & The Scorchers la convirtieron en balazo de rock and roll en su tercer trabajo, “Still Standing” de 1.986 y, un año después, Depeche Mode deciden deshidratarla y nos la ofrecen reestructurada desde su cuarto de las sombras. Ubicada en la cara B de “Behind the wheel”, fue la primera versión que publicaron los de Essex. El apartado “chatarra” queda sobradamente cubierto con la versión con la que ’68 Comeback cerraron su “A bridge to fuckin’ far” de 1.998. En 2.006, Yo La Tengo recopilaron algunas de las versiones que solían hacer un día al año, interpretadas sobre la marcha y al gusto del oyente, dentro del maratón benéfico de la emisora radiofónica de New Jersey WMFU. En ese descacharrante experimento, “Route 66” encuentra un acomodo absolutamente indie: los de Hoboken siguen como pueden a una niña que recita la letra. Pero aun en esas circunstancias, una composición tan redonda brilla. Ese mismo año un lobo solitario como Legendary Tiger Man, despoja la revisión que The Cramps incluyeron en “Flame Job” de 1.994, y la reconstruye minimalista y ansiosa como unos Suicide con solo una guitarra.


Respecto de las adaptaciones al español destacan la eficacia de la realizada por el Pappo’s Blues del mítico guitarrista argentino Norberto Anibal “Pappo” en 1.995; la excelente en plan dúo acústico de Santi Campillo y Miguel Bañon o la de esa especie de The Manhattan Transfer latinos que son Los 3 de La Habana, aparecida en 2.012 en clave chachachá. Por otra parte, Los Rebeldes grabaron una memorable revisión del original en formación de trío (Sorolla, Morata, Segarra), a mitad de los años ochenta.

13 marzo 2015

MENSAJE EN UNA BOTELLA (27)

VÍCTOR COYOTE “De pueblo y de río” (Eureka, 2.014)




Contando con la producción tan libre de ataduras como precisa de Pablo Novoa y su sabio aporte instrumental, Víctor Coyote nos ofrece un viaje peninsular, mediterráneo y americano a través de portentosas recreaciones de temas populares casi olvidados; arreglados y adaptados unos, trasladados todos a su genuina personalidad como intérprete, tan curioso como respetuoso. De los marchamos de ambos artistas, con una instrumentación ajustada, sale algo así de sustancioso y personal, a pesar de tratarse de un disco de versiones. Guitarras variadas, brillantes y añosas, que ofrecen sonoridades tan descarnadas y aceradas como contenidas y fronterizas; henchidas de la historia de las canciones que interpretan y sobre todo vivas, muy vivas. Así, tenemos el pop de “Debaixo dos caracois dos seus cabelos” de Roberto Carlos, en una vibrante revisión con destellos rocker; “Havemos de ir a Viana”, cantada a dúo con la muy interesante Rita Braga, una especie de alma gemela lisboeta del de Tui, transmitiendo swing a este fado popularizado por Amália Rodrigues;  el folclore andino a lomos de Bo Diddley de “Verbenita”; evocación y  vals en “Me faltan el río y tú” adaptación  de “Miss the Mississippi and you” de Jimmie Rodgers, esta vez a dúo con Pía Tedesco; el calypso-funk “Love letters” del panameño Lord Cobra o la guajira “La tragedia del Valbanera”, con música esta vez de Víctor y la guitarra flamenca de Nono García. Solo por los dibujos y el diseño de la carpeta ya merece la pena tenerlo.


07 marzo 2015

MENSAJE EN UNA BOTELLA (26)

TORI SPARKS “El mar” (Glass Mountain Records, 2.014)



“El mar” es el quinto trabajo de esta estadounidense procedente de Nashville afincada en Barcelona. Tras una inspirada estancia en Granada, la compositora y cantante, situada bajo la generosa etiqueta del americana music, ha grabado este disco junto al trío instrumental de fusión flamenca Calamento. Un grupo que se antoja como el acompañamiento soñado para un proyecto así. La red ideal para adentrarse por cualquier vericueto sonoro que, estoy seguro, a su vez se enriquece con el bagaje sonoro y la expresividad que derrocha la norteamericana. Una guitarra flamenca omnipresente, briosa y estilizada; riqueza rítmica, contrastes, alma y recursos que superan ampliamente cualquier atisbo de artificio; arropando a una cantante serena, nada impostada, en un terreno resbaladizo por novedoso para ella y proclive a la tentación del exceso interpretativo.


El disco se abre con la podría ser perfectamente la mejor versión de “Everybody knows” de Leonard Cohen grabada hasta la fecha. Un comienzo adusto que paulatinamente se va impregnando de la tibieza creciente de los ingredientes y aromas que envuelven este disco en un calor infinito y cercano. “La llorona”, se convierte en una experiencia trepidante, llevada por una gran voz que saber ser pausada y doliente. Palmas y desgarro para “Cold war”, uno de los temas señeros de su repertorio, remozado, tal que otros de sus clásicos invitados a este intenso intercambio de miradas, que han de sentirse como despertados de pronto en una habitación extraña pero acogedora. “Crying” de Roy Orbison es “Llorando”, a la que sostiene su esencia un fondo de chelo. “Verde” de Manzanita y Lorca, ofrece bordes crepusculares; la revisión de “Quizás, quizás, quizás” que ya había publicado en su anterior trabajo, de 2.011, acentúa su magnetismo; y “La flor de Estambul” de Javier Ruibal, la personal versión que el portuense hizo de “Gnossiennes nº1” de Erik Satie, se vuelve impetuosa y rebelde.


23 enero 2015

ÉTICA Y ESTÉTICA

La democracia, como irresistible tentación estética, es para la inmensa mayoría de los partidos políticos como colocarse un sombrero que les queda de maravilla, pero que rápidamente puede ir a la espalda.

07 enero 2015

LLEGÓ LA HORA, REPETIDA TANTAS HORAS

Llegó la hora de esos silencios desoladores de boca podrida, fermentados en gargantas habitualmente inflamadas de mayúsculas y certezas. De los apresurados resúmenes geopolíticos a la hora del café. De las equiparaciones. De las puntualizaciones. De las coartadas. De medir las reacciones. De las condenas a media voz. De la frialdad de datos que se lanzan, se solapan y derrapan. De las contextualizaciones. De algunas comparaciones puntuales. De la retórica circular. De la preocupación por las consecuencias sin ser capaces de detenerse un minuto a pensar en el hecho en sí.


Llegó la hora, otra hora más, de señalar con el dedo. De apelar al sentido común. De cambiar de tema. De pedir calma, altura de miras. De cargar las tintas. De sacudir el árbol. De utilizar la mesura como silenciador. De generalizar. De afilar la venganza. De afilar las adversativas. De meter a todos en el mismo saco para salvarnos todos. De maquillar el resultado. De echar las redes. De sacar partido.


RUMBO

Rumbo perdido ganancia de demagogos.

04 enero 2015

PREPONDERANCIA

Una vez alcanzada, ya no se trata de mantener la preponderancia intentando hacerlo todo mejor, sino imponiendo el criterio propio para que, se haga lo que se haga y cómo se haga, sea considerado mejor.

03 enero 2015

CUENTO DE NAVIDAD

Aterido, solo y abandonado en una oscura y solitaria calle de casitas bajas, imploró desde lo más profundo de su alma una manifestación del espíritu de la Navidad, por pequeña que fuese. En ese instante, una gran ventana se iluminó justo a su espalda, y de ella brotó como una estampida de color esta alegre canción.

30 diciembre 2014

LA METEORÓLOGA

La meteoróloga anunció que esa semana nevaría en mi corazón. Me dejó helado, pero segundos después cambió repentinamente el tono para vender algo de una agencia de viajes y me reconfortó.

06 diciembre 2014

VENGANZA

Después de un largo meditar, y tras años de haber estado dando su merecido a la industria cultural descargando discos, películas y series sin compasión, decidió vengarse de la cadena de supermercados: de su forma de contratar, de sus sueldos, del destino que daba a los productos que iban caducando, de su discutible calidad. Así pues, y aprovechando sus continuos viajes de trabajo, se puso metódicamente manos a la obra y recorrió las sucursales que poblaban las distintas poblaciones con el fin de comprar siempre las manzanas más caras, etiquetando la bolsa, tras pesarla, con el precio de las más baratas.

30 septiembre 2014

LOS VENCEDORES

Lo peor no son los vencedores. Lo peor son aquellos que, para que su éxito tenga sentido, necesitan ver su victoria reflejada en los ojos de los perdedores.

28 septiembre 2014

DIEGO A. MANRIQUE "TRASNOCHANDO EN LA TRASTIENDA".

PRESENTACIÓN DE DIEGO A. MANRIQUE EN LA CHARLA-CONFERENCIA CELEBRADA DURANTE LA XXII EDICIÓN DEL FESTIVAL “TENDENCIAS” DE SALOBREÑA, EL 6 DE AGOSTO DE 2.013.




Diego A. Manrique ha visto desde su profesión de crítico y periodista musical, iniciada hacia la mitad de los años setenta, pasar la historia de este país ante sus ojos en clave musical y social. Un auténtico testigo de excepción en años tan cruciales y llenos de altibajos, epifanías y miserias.

Estamos, como digo, ante un observador privilegiado de desencuentros y choques culturales,  de cambios vertiginosos, de sublimes momentos de creatividad y energía, de la forma en que la juventud abrazó la libertad, de la influencia y el poder galvanizador de la música sobre aquélla, y, cómo no, de ingenuidades, vacíos, resacas y frustraciones.

Si su pluma es referencia para tantos compañeros de profesión y lectores. El hecho de que haya trabajado tantos años en medios como radio y televisión le convierten en un gran divulgador y comunicador, siempre preocupado por que la idea que se empeña en transmitir llegue con claridad a su destino.

Diego Manrique ha madurado indagando en las interrelaciones del rock con el mundo real, con la economía y con la situación sociopolítica. Ese crisol humeante es interpretado por el autor que nos ocupa como caldo de cultivo y motivación de buena parte de la producción musical, desde la más auténtica a la más impostada. A través de su trabajo, de su cualidad de observador implacable, es fácil asomarse al mundo, a sus contradicciones, a su luminosidad y zonas oscuras.



Nada acomodaticio ni dado a dejarse llevar por la gran ola de la actualidad, a la que siempre puso diques y miró con desconfianza,  ha tomado la costumbre (y encontrado cierta delectación) de nadar contracorriente. Sensible, aunque poco amigo de los paños calientes y las adhesiones inmediatas, recela de las primeras versiones, de las escuchas apresuradas; le gusta rebuscar, no solo discos en las estanterías de tiendas de medio mundo, sino en los asuntos de los que escribe, tomándolos individualmente, trasnochando en la trastienda, más allá de las evidencias.

Desprejuiciado, libre, ecléctico por principio, saca jugo de los estilos en vez de denostarlos, articula su conocimiento abriendo puertas, estableciendo puentes y relaciones; aplaudiendo la contaminación entre distintas sonoridades, sin perder un ápice de exigencia.

Esa misma cualidad de curiosidad y exploración permanentes hacen que su trabajo, su opinión, tiendan a lo positivo. No pastorea un grupo cerrado de estéticas adecuadas con mirada limitada a lo comparativo; antes al contrario, su constante actitud incisiva y abierta no hace más que iluminar pliegues y rincones olvidados.

Disfruta por ello de una visión privilegiada, global, de una perspectiva envidiable que no cesa de nutrirse. Por eso quizá, la opinión de Manrique sobre cualquier artista o sonido siempre tiene un matiz distinto. Habiendo iniciado el interés por muchos estilos musicales en España, cuando los demás querían llegar, él ya había estado allí. En ocasiones resultaba incluso aguafiestas; porque uno se sentía contrariado, sobre todo en la primera juventud, ante sus aseveraciones, tajantes e ilustradas, tan lejos de concordar con aquellos lugares comunes con tanta autocomplacencia practicados.

Muy crítico con determinadas actitudes de su profesión, gusta de atemperar los entusiasmos incontrolados de cierta modernidad siempre cambiante y llevadiza, que va y viene mientras él permanece, tranquilo e indómito. Siempre preparado para relativizar y ajustar el valor y la importancia de las cosas; sopesar las modas hasta conocer su verdadero calibre.

19 septiembre 2014

JUAN (CUENTO INFANTIL)

“Juan es un niño imaginativo, muy observador, con tendencia a la fantasía. Aunque también sabe ser aplicado y despierto para sus quehaceres escolares, cuando se lo propone”. Eso, al menos, fue lo que la maestra explicó a sus progenitores en una de las reuniones de tutoría que mantenía regularmente con los padres de sus alumnos.

Sus padres hablaron del tema durante la cena. Se refirieron a su asombrosa imaginación, que tanto sorprendía y divertía a cuantos lo conocían; pero parecían preocupados por la falta de atención y la lentitud al realizar sus tareas que Doña Rosa, la maestra, había señalado como principal defecto a corregir.

Juan escuchaba los consejos y advertencias paternos mientras notaba su cabeza ocupada por unos amigos que casi siempre hablaban a la vez. Unos amigos cuyos nombres los mayores no paraban de repetir: ATENCIÓN, TRABAJO, OBSERVACIÓN e IMAGINACIÓN. Así pensó, al tiempo que se comía un yogur, la historia de los amigos que se interrumpían unos a otros cuando hablaban, como sus compañeros en el patio, o sus papás y sus tíos cuando había reunión familiar. Le pasaba casi siempre mientras coloreaba fichas o hacía un dibujo en el cole. Cuando Atención se concentraba o Trabajo se esmeraba, muchas veces aparecía de buenas a primeras Observación para hacer que se fijara en otra cosa y, para colmo, algunas mañanas venía acompañada de Imaginación, que rápidamente se dedicaba a inventar una historia de lo más interesante. “Uf, va a hacer falta que estos buenos amiguitos se pongan de acuerdo”, reflexionó.

Unos pocos días después fue con sus padres al Centro Comercial y, nada más entrar, pegó su nariz al escaparate de la tienda de animales. Además de insistir así en su deseo de tener una mascota (deseo que siempre le negaban en casa), le gustaba mirarlos en sus jaulas, verlos comer, rascarse o ir de un lado para otro. Imaginaba cómo se relacionaban entre ellos y, cuando alzaban la voz, pensaba que se dirigían a él y trataba de adivinar las cosas que le decían. Su madre le advirtió, como siempre que iban a algún sitio concurrido: “Juan, hijo, no te despistes, que te puedes perder”. Antes de separar su nariz del escaparate echó un último vistazo a la gran pecera, allí muchos peces de vivos colores nadaban en fila, pero siempre había uno, el más pequeño, que iba a la zaga; parecía que le costaba bastante seguir el ritmo que marcaban los demás.

De esta forma, se puso a pensar la historia de un pez pequeñito llamado Pececito:

“Pececito era, como su nombre indica, un pez muy pequeñito de piel suave y mirada sonriente. De natural curioso, era muy observador y cualquier cosa llamaba su atención. Como aún era un bebé, siempre iba nadando bajo el agua situado entre su mamá y su papá. Ellos no paraban de repetirle: “Pececito, Pececito, nada junto a nosotros, no te despistes, que te puedes perder”. Pececito contestaba que sí, que no se preocuparan, pero su inmensa curiosidad acababa saliéndose con la suya, no podía evitarlo.

Un día, cuando volvía con sus papás de visitar a unos familiares que vivían en un mar bastante alejado del suyo, se distrajo mirando todas las maravillas que encontraba mientras recorría aquel camino tan novedoso para él. Observaba las estrellas de mar, los caballitos de mar, se dejaba acariciar por las algas, se sorprendía ante la belleza de los corales y…. se metió sin darse cuenta dentro de una cueva; a los pocos segundos sintió algo de frío, y se encontró en la más absoluta oscuridad.  Pececito comenzó a asustarse, y notó que le latía fuerte el corazón. Intentó salir por todos los medios, pero como no podía ver, no hacía otra cosa que tropezar contra las paredes de la cueva. Aún encontrándose ante tal dificultad y teniendo todo el miedo que tenía, no perdió el valor ni la calma y siguió nadando a ciegas, moviendo ágilmente tanto su cabecita al encontrar algún obstáculo, como sus pequeñas aletas, las cuales vibraban como un molinillo, gracias al gran esfuerzo que Pececito hacía. Cuando por fin consiguió salir observó a sus padres a lo lejos que lo llamaban, se puso muy contento y comenzó a nadar en dirección a ellos, aunque estaba muy, muy cansado. De pronto, una ola espumosa de esas que nunca se sabe de dónde salen, lo elevó y lo lanzó fuera del agua. Pececito quedó abatido y cansado en la orilla. Le costaba respirar, y los movimientos de sus pequeñas aletas tropezaban con la arena mojada. Sus padres aparecieron cerca de la orilla, lo llamaban y animaban, aunque sus caras mostraban cada vez más tristeza. Sin embargo, cuando pececito estaba más vencido y agotado, un niño llamado Juan, que jugaba cerca de la orilla con sus primitos, haciendo castillos de arena, se acercó y, cogiéndolo entre sus manos, lo empujó hacia el mar. Sus padres, locos de contento, lo ayudaron entre los dos y desaparecieron mar adentro. Así, desde aquel día, cada vez que Pececito y sus papás pasan por aquella playa, sacan la cabeza y bailan unos segundos sobre el agua para saludar a su amigo Juan”.

Así era Juan. Cuando el viento en la calle sacudía árboles y letreros y despeinaba a las personas, él corría a su habitación y ataba cuidadosamente sus numerosos barcos de juguete con hilos de diferentes colores a las patas de su pequeña mesa de estudio y a su sillita. Colocaba a los distintos capitanes en los respectivos timones y escuchaba muy serio la caracola gigante que tenía junto a su cama, para conocer el estado real de todos los vientos que azotaban en ese instante todos los mares.

Algunas veces, cuando sus juguetes y los demás objetos que le rodeaban le cansaban, cambiaban súbitamente de función. Así, la pistola de plástico de su disfraz de vaquero, perfectamente podía convertirse en un teléfono móvil a través del cual tener largas conversaciones con personajes de los dibujos animados o con sus familiares: su mamá, cuando estaba en otra habitación, o su abuelita, que vivía muy lejos. O telefonear a los papás de su amiga Sandra para comprobar si se había acostado ya para irse él también a la cama. Después de ver a un vecino volver a casa con la mano vendada tras un pequeño accidente doméstico, decidió estar vendado él también, así que, ni corto ni perezoso, se quitó los gruesos calcetines que su papá le ponía en casa para que no tuviese frío y se los colocó alrededor de las manos y la cabeza como si de vendas se tratase, caminando descalzo por la casa hasta que sus padres se dieron cuenta y, aprisa y corriendo, volvieron a ponerle los calcetines.

Cuando iban a visitar a su abuelita, solía pasarse las horas muertas asomado a una ventana, contando los pájaros que se posaban y los gatos que atravesaban los tejados de alrededor de la casa, o calculando cuánto tiempo llevarían allí los objetos abandonados que los adornaban: un balón de fútbol pinchado, pinzas de la ropa, una muñeca rota o una lata de refresco.

Y, cómo olvidarlo, el día aquel que nevó tanto y su mamá no le dejó salir a la calle, Juan asintió y se fue a jugar a su habitación. Todo estaba en silencio, lo que sorprendió a su mamá, acostumbrada a que Juan fuese más protestón cuando quería bajar al parque a jugar. Un poco extrañada, decidió acercarse caminando muy despacio, casi de puntillas, a la habitación de su hijo, para ver qué hacía sin que él se diese cuenta. Abrió despacio la puerta y se sobresaltó al no encontrarlo allí. Lo llamó por toda la casa y finalmente se tropezó con él cuando salía raudo y veloz del pequeño cuarto de baño al grito de “¡yupi!”, para volver menos de un minuto después llevando en sus manos una gran zanahoria, dos oscuros y grandes botones y el viejo sombrero que su papá se ponía todos los años para la fiesta de carnaval. Volvió a entrar en el aseo y, sin mediar palabra, cerró la puerta en las narices de su sorprendida mamá. Ésta, al abrir la puerta, un poco después, vio que Juan estaba sentado en el suelo, rodeado de los centenares de pequeños trozos del papel higiénico que se había dedicado pacientemente a romper con sus deditos, para así lanzarlos al aire y crear su propia nieve. A pesar de ello, Juan, con todo el pelo lleno de pedacitos de papel blanco, le dijo a su mamá que seguía estando triste, porque con la nieve que se había fabricado le era imposible hacer un buen muñeco de nieve.

Ilustración de Enrique Bonet

Su mejor amiga del colegio, Sandra, no podía dormir en las noches de tormenta. Hacía muchos días que llovía sin parar, y ella pasaba mucho miedo. Juan pensó que, efectivamente, el rugir de los árboles cuando parecían contestar al bramido de la tormenta debía de dar mucho miedo. Menos mal que, por la zona donde él vivía, a la altura de su piso, no escuchaba ese ruido tan monstruoso. Sandra continuaba triste y pensativa, estaba cansada, somnolienta, apenas probaba la merienda y casi se quedaba dormida sobre su plato a la hora del almuerzo. Juan y ella siempre se sentaban juntos en el comedor y él la notó en ese momento del día más cambiada que nunca. Echaba de menos a su amiga Sandra, habitualmente tan risueña, manoteando y parloteando, haciendo bromas y contándole cosas que siempre le parecían divertidas y la mar de interesantes. Entonces él también se puso triste, y la comida que tenía en su plato, macarrones a la boloñesa, la favorita de los dos, le pareció terriblemente pesada de tragar. Ambos quedaron pensativos mirando en dirección a la ventana. Juan suspiraba y a Sandra se le cerraban los ojitos tras sus graciosas gafitas de color verde claro. Así fueron transcurriendo los minutos hasta que Juan cayó en la cuenta, ¡claro!, golpeó la mesa y miró en dirección a su amiga, cuya cabecita yacía apoyada en su mano derecha, a punto de caer sobre los macarrones a la boloñesa.

-          ¡Ya sé lo que pasa, Sandra!- casi le gritó, todo excitado.
-          ¿Qué? –preguntó ella despertándose, con los ojitos semicerrados todavía.
-          No debes asustarte por las noches, cuando al irte a dormir escuches esos fuertes ruidos entre los árboles y la tormenta.
-          ¿Por qué dices eso? –volvió a preguntar su amiga. Abriendo cada vez más los ojos, con creciente interés.
-          Lo que tienes que pensar es que tienes suerte.
-          ¿Suerte?
-          ¡Sí!, eres la niña con más suerte de la clase, Sandra. Cada noche de tormenta, antes de dormirte, puedes escuchar una de las conversaciones más antiguas del mundo.
-          ¿Conversaciones? –Sandra cada vez entendía menos.
-          ¡Claro!, escuchas la conversación que todas las noches tienen los árboles y la tormenta. Se cuentan sus cosas, lo que les ha pasado a cada uno durante el día. A lo mejor, un árbol le cuenta si un gato se le ha subido encima y ha tenido que venir un bombero o un policía a salvarlo. O si unos niños treparon por sus ramas para recuperar su pelota, que se había quedado atrapada entre ellas. También le puede contar cosas de las personas que ven pasar bajo sus ramas. O de lo que hablan los pájaros que se posan en él. O de las cosas que escriben algunas personas en su tronco, para que no se les olviden nunca.

Sandra estaba sorprendida, con los ojos como platos, realmente perpleja, pero el color había vuelto a sus mejillas y en su cara se dibujaba la gran sonrisa de siempre. “Es verdad –pensó-, tengo suerte, si en vez de asustarme al sentir el ruido de la tormenta, de la lluvia, del viento y de los árboles, trato de entender las cosas que se cuentan, los momentos antes de quedarme dormida serán divertidos y muy interesantes”.

Juan estaba muy contento al ver a su amiga por fin contenta y despierta, tras escuchar su gran descubrimiento. Pero se dio cuenta de que comenzaba a mirarlo con esos ojillos entrecerrados que ponía cuando le asaltaba alguna duda importante. Juan entonces esperó, como siempre hacía en esas ocasiones, las palabras de Sandra.

-          Humm… ¿Y de qué hablan las tormentas? –preguntó Sandra sin quitarle la vista de encima.
-          ¡Eso es lo más interesante! –gritó Juan-. Debes saber que las tormentas nunca paran en ningún sitio, van y vienen, siempre recorriendo el mundo de pe a pa. Por eso, se saben todas las historias de todos los lugares y, por ejemplo, seguro que les cuentan a los árboles de tu barrio, cómo son los árboles de los otros países, qué clase de animales se suben a ellos, y qué hablan los pájaros de todos los continentes.

Sandra aún dudaba:

-          Entonces, ¿los árboles y las tormentas conocen el idioma de los pájaros?
-          ¡Claro! – contestó Juan, con gesto de estar absolutamente seguro.

Una mañana soleada de primavera, Juan escuchó el insistente canto de un pájaro. Fue el único de su clase que se dio cuenta, porque nadie salvo él se acercó a la ventana. Miró y se topó con un cielo más azul que nunca y un sol reluciente, pero ni rastro de ningún pájaro, ni de ninguna jaula. Cuando estaba a punto de desistir y volver a su sitio en la mesa de las tareas, lo vio. Era un pequeño pajarillo que caminaba dando pequeños saltitos, a los lejos; parecía pasear alrededor de un árbol, como si buscase algo mientras silbaba. A lo mejor había perdido algo importante.

De esta forma, se puso a pensar la historia de un pájaro pequeñito llamado Pajarito:

“Cuando Mamá Pájaro volvió de uno de sus incontables vuelos para conseguir comida para sus crías, se quedó patidifusa al ver que todos sus pajarillos abrían el pico esperando su alimento en el nido menos uno, que no hacía más que temblar; parecía tener mucha fiebre. Cuando observó un poco más atentamente, cayó en la cuenta de que a su pequeño se le había caído una pluma, razón por la que pasaba tanto frío. Mamá Pájaro pensaba que mientras ella estuviese con él podría calentarlo, pero temía que muriese de frío en cualquiera de sus muchas salidas en busca de alimento, que la obligaban a abandonar el nido. Así pues, decidió no perder un segundo y salir a buscar la pluma que su hijito había perdido. Voló alrededor del árbol en donde estaba el nido, caminó cerca del tronco mirando atentamente; siguió la dirección del leve viento que quizá hubiese arrastrado consigo la pluma, pero no encontró nada. Volando, mirando o posándose aquí y allá, acabó en la ventana a la que un niño llamado Juan estaba casi siempre asomado. Al verla tan triste, el pequeño le preguntó qué le pasaba, y entonces Mamá Pájaro, desesperada y llorosa, le contó su problema. En cuanto Mamá Pájaro terminó su historia, Juan, ni corto ni perezoso, bajó al parque tirando de la mano de su padre y les relató lo sucedido a sus amiguitos, estos se lo contaron a los suyos, estos otros a los suyos, y así sucesivamente. De esta manera, todos se pusieron rápidamente en acción y buscaron plumas que pudieran ser la que Pajarito había perdido, la única que le quitaría el frío de verdad, ya que encajaría en su cuerpecillo a la perfección. Todos los niños guardaron las plumas que habían encontrado, y casi al anochecer, cuando Mamá Pájaro sobrevolaba cabizbaja la ciudad, observó sorprendida, cómo todas las ventanas de los edificios tenían las luces encendidas y en cada una un niño la esperaba sosteniendo en la mano la pluma más parecida que había encontrado para que ella pudiese revisarla y dar con la que Pajarito había perdido”.

Como sus padres habían notado que Juan continuaba en sus trece, tan imaginativo como siempre y con tendencia a dejarse llevar por el vuelo de una mosca, un día le preguntaron qué quería ser de mayor. Él contestó, como siempre, que capitán de barco y, cuando ya se estaba imaginando con el traje y la gorra de capitán llevando el timón de un inmenso barco de pasajeros, sus papás interrumpieron sus pensamientos y le explicaron el mejor camino para cumplir ese sueño. Ese camino no era otro que aprovechar su capacidad de imaginación y observación para colorear y dibujar cada vez mejor, hacer caso a la maestra y atender sus explicaciones, volviendo a casa cada día habiendo aprendido al menos una cosa nueva en el colegio. Comportándose así, año tras año, no debía caberle ninguna duda de que conseguiría todos sus propósitos en el futuro. Juan, entonces, miró a sus padres y comprendió el mensaje que estos le lanzaban “Sí, claro, la cosa es que mis buenos amiguitos (ATENCIÓN, TRABAJO, OBSERVACIÓN e IMAGINACIÓN), se pongan de acuerdo”, se dijo, rascándose con un dedo la cabeza.


De esta forma, Juan empezó a aprovechar todas sus cualidades para aprender y divertirse a la vez. Y es que su imaginación le estaba siendo muy útil, ya que un día de verano fue el primero en ver a un pez que se retorcía en la orilla y correr a lanzarlo al mar para salvarlo; y otro día, ya en otoño, al encontrarse un pajarillo recién nacido en el suelo, con una sola mirada, supo dónde estaba su nido y tuvo tiempo de devolverlo con su mamá para que ella pudiese seguir alimentándolo.




12 septiembre 2014

LOS ENEMIGOS, QUEMANDO ETAPAS

A finales de 1.994 entrevisté vía fax a Josele Santiago de Los Enemigos. Ese año el grupo sacó su primer disco con la multinacional RCA (“Tras el último no va nadie”), hecho que coincidió con la publicación por parte de su sello anterior, Grabaciones Accidentales (GASA), de “Sursum corda”. Fue precisamente el interés por la historia de este lanzamiento lo que me empujó a ponerme en contacto con Josele. El fax de vuelta con las respuestas tardó meses en llegar, cuando ya casi ni se le esperaba, por lo que la entrevista acabó publicada en un fanzine de efímera existencia, llamado Deshidrato, que puse en circulación durante 1.995 con mi amigo Francisco Vallejo. Pero mereció la pena, la información sobre las vicisitudes de “Sursum corda” y el análisis musical de su contenido no tienen desperdicio, pienso que son un auténtico privilegio. Aquí tenéis la oportunidad de introduciros en los secretos de un buen disco de rocanrol.




¿Te sorprendió la aparición de “Sursum corda” en estas fechas?

Sí, mucho. Nos dijeron que lo había comprado “Salvat” para sacarlo en fascículos.

En algunos temas del elepé se observa la vuelta al sonido de los primeros tiempos: “¡Cómo es!”, “A la hera”, “Rumble mumble”, “Odio a los Nº1”… ¿Era este el interés del grupo en 1.993? ¿Por qué cambia tanto la concepción de las canciones con respecto a “Tras el último no va nadie”?.

De hecho, hay temas antiguos que no se grabaron en su día por tal o cual movida. De todos modos, sí, en aquellos días sonábamos así, vete a saber por qué. Así nos salían las cosas, un poco más como al principio. Nostalgia o algo.

“Odio a los Nº1” ya la presentasteis por aquí en el Espárrago Rock de 1.990 ¿Cuántos temas antiguos más hay en el disco? ¿Se puede considerar una especie de álbum de rarezas?

Claro, al conocer el hecho de que se trataba de nuestro último elepé con GASA decidimos grabar estos temas antiguos que de otro modo no hubieran visto la luz. Más o menos el disco se compone de un 30% de esto y de un 70% de cosecha del 93.

¿La aparición de “Sursum…” ha introducido algún cambio en vuestro repertorio de directo?

Sí ¿Por qué no? Lo mismo les jode a los de RCA, pero no creo.



¿Qué nos puedes decir sobre la aceptación de “Tras el último…” en el mercado?

Creo que ha vendido más o menos lo mismo que “La cuenta atrás”, lo cual no está mal, pero tampoco es para ponerse a bailar jotas. En cuanto a las críticas, pues de puta madre. Y en cuanto a nosotros pues mira, estamos cantidad de satisfechos y orgullosos de él. Hemos trabajado duro y hemos conseguido lo que queríamos. Lo que suena es casi, casi lo que pretendíamos, que no es poco decir.

Haz un pequeño comentario sobre los temas de “Sursum corda”, uno a uno.

“Sursum corda” viene a cerrar, tras una rocambolesca historia que no viene al caso, nuestra etapa con GASA. Por eso, además de las nuevas canciones, contiene algunas rescatadas, de esas que se quedan fuera de los discos por falta de tiempo, porque no estaba acabada la letra o por otros motivos más o menos prosaicos. Quiero decir que no se trata de retales.
No están aquí, ni con mucho, todas las que quedaron en el tintero, sino, única y exclusivamente las que, a nuestro entender, merecía la pena rescatar. Otra particularidad del disco está en las letras: tras leerlas todas de seguido y una vez terminado el trabajo, caí en la cuenta de que, si se seguía un orden determinado, cobraban un nuevo sentido, como un todo: contaban una historia. La historia en sí no vale una mierda (si la hubiera valido me hubiese tirado el moco y diría que la había escrito así adrede), pero el hecho de que se trate de la consabida parabolilla de cuarta sobre la frugalidad del éxito y lo podrido del negocio no deja de tener su miga, si tenemos en cuenta lo puteados que andábamos entonces por nuestra discográfica. Tal que parece una travesura del subconsciente.
A continuación paso a detallar el susodicho orden, la susodicha historia y, de paso, algún que otro comentario sobre las canciones en cuestión.

I.- “¡Cómo es!” (cara A-corte 2)

Una canción pop al estilo Dave Edmunds-Rockpile. Yo quería una muralla de acústicas a lo Phil Spector, pero se quedó en una escuálida verja. Habla de fans agilipollaos.

II.- “Por qué no me vuelvo al pueblo” (cara A-corte 4)

Suena un poco, siempre salvando las distancias, a esas baladas con aires country-blues que quedaban tan chulas en manos de Gram Parsons o los Stones de cuando Mick Taylor. Me la imagino a veces cantada por Emmylou Harris o alguien así y flipo. La letra es un bucólico canto a la naturaleza pero visto del revés, por alguien que se aburre allá en los prados. Nuestro chaval es ese alguien y, naturalmente, se abre de su pueblo para emprender su viaje a la fama.

III.- “De pastel” (cara B-corte 6)

A mí me suena a Kinks (etapa “Lola”) y la letra va de llegar a la gran ciudad y alucinar bastante, que es ni más ni menos lo que le pasa al colegui de nuestra historia fantasma.

IV.- “A la hera” (cara A-corte 4)

La hice nada más terminar “Ferpectamente”, y luego no encajaba demasiado, ni cabía, en “Un tío cabal”. Wilko Johnson-Mick Green para una letra estúpida pero quedona. Chaval de pueblo se divierte en la city.



V.- “Rumble numble” (cara B-corte 5)

Instrumental de la primera cosecha propia “enemiga”. No recuerdo por qué no entró en “Ferpectamente”, se nos olvidaría o algo. Link Wray con los primeros Flamin’ , que son los que molan.
En cuanto a la historia… bueno, el chaval ensayando con su primera banda. Por ejemplo.

VI.- “Wonderland records” (cara B-corte 2)

Quisimos ser los Attractions por un día y, aunque no es lo nuestro, bueno, tampoco nos quedó mal del todo. Yo hubiera querido un órgano más “trotón”. Llega el ansiado contrato para nuestro amiguete.

VII.- “Zumo de kiwi” (cara A-corte 5)
  
Suave cancioncilla pop. Me recuerda a Orange Juice por un lado y por otro a John Cale o a Nico, o a Kevin Ayers. Hay un momento en que el bajo y la rítmica hacen justo lo mismo pero al revés… ¡Y funciona! Nuestro chaval empieza a mosquearse cuando empieza a oler la mierda que se le viene encima en este… negocio.

VIII.- “Amigos del gnomo” (cara A-corte 3)

Desvarío psicodélico a lo Barret, con guitarras Danelectro y todo (gracias Fernando). La intro de acústica me costó un huevo y el crescendo de la mitad quedó dabuten. La letra: saludos desde el frenopático. Desilusionado, el chaval se junta con quien no debe y acaba mal. Desencanto, drogas y todo eso.

IX.- “Amor de madre” (cara B-corte 3)

Ésta llevaba a medio hacer desde que entró Chema, o sea, justo al terminar de grabar “Un tío cabal”. Un riff muy British 70’s: Mott, Bad Company, Humble Pie, Faces, etc… La letra va de familias descerebradas: incesto, parricidio… El chico se desmorona y le internan en el cotolengo. Carta a la mamá, con la que mantenía una curiosa relación. Las consecuencias del estrellato, chaval.



X.- “Odio a los Nº1” (cara B-corte 1)

Un tema que no llegó a entrar en “La cuenta atrás”, pero que tocamos en directo hace ya tiempo. Asimilación de nuevas tendencias (renovarse o morir): Hüsker Dü, Sonic Youth… Hace buena pareja con “Hienas” o “No importa”, aunque creo que nos quedamos bastante cortos con las guitarras. La letra es bastante explícita y habla básicamente de resentimiento.
El epílogo: nuestro amigo tiene nueva escala de valores, así que rompe vínculos y se pierde entre la multitud, supongo.

El instrumental que se puede oír al principio (“Intro”) y al final del disco (no consta), es una variación de un tema que hice a medias con Esteban Hirschfield (él hizo la letra) estando en The Nativos, que tituló “Nightmare” y que luego versionearon los Pleasure Fuckers muy a su aire. Por último, decir que GASA, fiel a sus manías, ha extraído un tema (“Cuestión de pelotas”) del disco y lo ha metido en la nevera, suponemos que con vistas a un futuro recopilatorio de curiosidades inéditas o algo así. (Bingo, apareció un año después en el recopilatorio “Alguna copla de Los Enemigos” (N. del A.)).

Despídete.

Gracias. Adiós. Socorro.


JUANFRAN MOLINA

10 septiembre 2014

A PUNTO DE TAJO

El solitario camarero, que estira su vida laboral y esta noche su turno, en espera de su tardón compañero de profesión y precariedades, suspira inexpresivo mientras la gente aparece en la coqueta colina reconvertida en terraza-restaurante como si fuesen invitados a un convite, o público de un programa de televisión, o un grupo de senadores de provincias que comienzan a acariciar las ubres aún frías del poder mientras vigilan de reojo el atuendo del vecino. Todos permanecen durante algunos segundos de pie carraspeando, eligiendo mesa y hurtando sillas con sigilo, para finalmente sentarse y encajar carritos cuyas ruedas arrastran briznas de hierba.

Mientras los niños se arremolinan aún tímidos junto a la fuente para jugar, una madre le señala a otra que lo importante de un colegio es la “población”, el tipo de niños que componen el alumnado. Lo demás son zarandajas. Su insistencia mezclada con humo de tabaco salpica a las mesas vecinas que rodean la iluminada fuente en la noche de un verano que muere entre la brisa. La publicidad de la terraza del restaurante promete unas vistas nocturnas espectaculares del puerto pesquero. Y parece sorprendentemente cierto: las luces de los navíos y las grúas rocían la oscuridad, ofreciendo una sensación de fragor silencioso perfectamente estructurado. De estrellas parpadeantes de colores que bajan a jugar con el mar y se mueven rítmicamente. Ese dinámico ir y venir de puntos de luz, según teoría del veterano camarero, estimula el ritmo de los comensales, su maravillosa circunspección de boca llena; el armónico entrechocar de platos y cubiertos que le otorga unos amarillentos minutos de paz y cigarro.

Las mesas, cubiertas con manteles de tela de un blanco impoluto que se mecen levemente con el viento, están reservadas solo para almuerzos y cenas, por lo que el camarero se acerca de vez en cuando discretamente a la que ocupan las dos madres parlanchinas libretita en mano, a lo que ellas responden implorantes uniendo las palmas de las manos y pidiendo unos minutos por favor, disculpe. Ofreciendo sonrisas cargadas de humo y algo de metralla. Un par de matrimonios colocados cerca del pretil de la pequeña colina se quejan airadamente y con basta mordacidad de unas ramas de pino que dificultan su disfrute panorámico. El camarero se acerca presto, enseñando la punta de una lengua que reafirma carácter y promete determinación y las aparta no sin esfuerzo. Sudoroso, se encorva empujando y recogiendo las ramas y una pequeña cruz dorada que cuelga de su cuello se mece entre las luces del puerto. Casi sin aliento, se incorpora como si de pronto estuviese en el centro de un escenario, disculpándose y apuntando con resignación que el árbol en cuestión está protegido y no se pueden cortar las ramas. Uno de los hombres de la reunión, atravesando el aire con su mano derecha, dice que lo mejor es un tajo bien dado y a otra cosa. Se habla entonces de multas, de gente que lo pasa mal, de asesinos puestos en libertad y de dinero público robado que jamás se devuelve. Llénanos anda. El camarero se retira con rapidez incubando un nuevo rencor, esta vez hacia la naturaleza.

La iluminación casi no permite leer, así que hay que intuir una carta por fortuna previsible. Mientras lo grillos ensayan, el aún excesivo silencio presiona y cava un vacío hasta que comienza a sonar por unos altavoces camuflados otra despersonalizada versión de un tema de Antonio Vega. Algunas cabezas se mueven.

Cada velador, cuando se llena de fatigosa humanidad, está al borde de algo y hace flotar una historia distinta. Imaginaciones que se disparan volando mucho más allá de la feria portuaria. Esperanzas frescas como lechugas. Amor que salta bajo la mesa. Sentimientos de culpa en espiral. Soledades a dos que hielan mientras se panea la cena. Rutina en la base del estómago aliviada con comida que cae. Envidias que han corroído el cerebro y ahora corren en pos del corazón. Deseos adormecidos de olor ferruginoso.

Los niños se dejan arrastrar gozosos por una imaginación milagrosamente compartible. Juegan, corretean riendo sin aparente sentido, se persiguen, se atrapan, se sueltan y vuelta a empezar. Callan, se apoyan en la fuente, ríen y otra vez a correr. Lanzan piedrecitas al lago de dos dedos de agua. Cuando se pasa junto a la fuente el olor a campo es sustituido por el del yeso, por el de obra inacabada.

La madre obsesionada con “la población”, que se presenta como maestra, conmina a los pequeños a cantar juntos una canción mientras tocan las palmas. El experimento es un éxito y todos los padres se unen con desigual entusiasmo a la simpática algarabía de niños que pronto se dormirán entre dos sillas si no tienen la suerte de disponer de carro. Todos se congratulan de las buenas migas que han hecho sus hijos, se presentan, conversan y casi brindan. La maestra protagonista toca las palmas con fuerza y pide al camarero un vaso de agua para cada niño, que se lo han ganado.


Este aparece en escena mientras mira de reojo a la pareja de madres animadoras que se han librado de pedir la cena. Lleva sobre los dedos temblorosos una añosa bandeja repleta de bebidas y vasos de agua. Al proceder al reparto es asaeteado con preguntas, peticiones e instrucciones para calentar biberones y potitos. Antes de abandonar ese decorado de felicidad y sincera avenencia campestre de ropa clara y piel bronceada, reparte con sonrisa de doble fondo caramelos entre la mitad exacta de los niños y desaparece. 

15 agosto 2014

MENSAJE EN UNA BOTELLA (25)

NEIL YOUNG “MEMORIAS DE NEIL YOUNG. EL SUEÑO DE UN HIPPIE” (“WAGING HEAVY PEACE”. TRAD. ABEL DEBRITTO, 2.014)




Después de leer estas memorias de Neil Young he llegado a la conclusión de que es tal y como lo había imaginado. Siempre lo percibí como una rara avis sin poses ni estridencias; un tipo cabezón y peculiar que atravesaba las décadas desde una posición personal  insobornable; inquieto y curioso por naturaleza. Sobreviviendo y superando las continuas trampas del encasillamiento, en constante huida del anquilosamiento que acecha a la leyenda. Capaz de manejar el silencio, de desarrollar el concepto melódico más puro y trascendente, la tormenta eléctrica más incisiva, la atmósfera opresiva, de abrazarse a la experimentación sin red.

La estructura del libro en pequeños capítulos sin orden temporal anima el viaje y disminuye el riesgo de pesadez, del apelmazamiento y la acumulación anodina de datos de la narración cronológica. Pero Neil, un tipo activo y comunicativo, escribe lo que le da la gana, probablemente incluso alterando la planificación inicial de estas memorias. Por ello es capaz de extenderse en prolijas descripciones técnicas de sus variopintos proyectos y aficiones (trenes, Puretone/Pono (esa entregada obsesión por solucionar la falta de calidad del sonido que se nos ofrece desde la urgencia de las nuevas tecnologías) o Lincvolt (el cochazo que respeta el medio ambiente)); llegando a compartir partes de artículos publicados por él al respecto o definiciones extraídas directamente de Wikipedia. Aparte de estas caprichosas inserciones, libre de corsé, el texto salta de recuerdo en recuerdo, liberando al autor y dotando de agilidad y fuerzas renovadas a la narración mediante cambios radicales de tercio. Esta relajación discursiva favorece la aparición de amplias vetas de ironía y da pie a golosas digresiones y conexiones libres, dando lugar también, en ocasiones, a la reiteración de algunos datos o informaciones.



Un muy sereno Neil Young se muestra agradecido, conciliador, a la vez íntimo y distante. Rinde tributo a sus colaboradores y homenajea desde el calor de la amistad y la gratitud a los que ya no están. Juguetón, maneja un lenguaje directo, coloquial y sencillo. Busca la complicidad con el lector desgranando con eficacia y delectación un rico anecdotario; le interpela, bromea con él, le reta. Transmite sinceridad, cierto despojamiento, y en determinados pasajes se deja ir entre el misticismo y lo lírico. Reconoce errores, hace frente a momentos dolorosos, apunta frustraciones pero no carga las tintas contra nadie ni se dedica a lanzarnos carnaza con una catapulta. A veces parece ejercer un relajado exorcismo, enjuagando oscuridades y sombras en el agua fresca y clara de la humildad, de la cercanía.

En definitiva, nos invita a rememorar con él sentados en la silla de al lado mientras teclea y habla de otra cosa a la vez. Nos contagia su ilusión, su apasionamiento, haciéndonos partícipes de una cotidianidad intensa, de las decenas de pequeña cosas que lo renuevan día a día y lo mantienen alerta. Se cuelan recuerdos cargados de ingenuidad y sabor, manías, costumbres, curiosidades esclarecedoras (como las circunstancias de la grabación de “Helpless” (págs. 199 y 200)), o instantes perdidos que Neil fija para siempre en este libro. Valoro especialmente conocer las sensaciones más íntimas que experimentaba en momentos que han acabado siendo fundamentales para nuestra percepción del rock, la cultura o incluso la política. No veo rastro de esa tentación, en que se cae con tanta frecuencia en este tipo de libros, de continuar perpetuando la leyenda, o de contarte lo que estás acostumbrado a oír.




09 agosto 2014

“BLOWIN’ IN THE WIND”. ALGUNAS VERSIONES.

Una canción-mecha aparecida en el momento más oportuno, capaz de plantear las cuestiones correctas para envolver a toda una generación y con las dosis justas de vulnerabilidad, rebeldía, reivindicación y existencialismo. Forjadora como pocas de identidades, de complicidad generacional y sensación de pertenencia. Inspiración de poetas, progres y catequistas. Éxito de ventas en voces distintas, centenares de versiones de artistas de toda índole y momento han mantenido el fuego de su presencia. Aquí recordamos unas pocas.

Se dice que Bob Dylan compuso “Blowin’ in the wind” en cuestión de minutos, sentado en un café. Aunque sí deudora del espiritual “No more auction block”, no parece sostenerse el rumor acerca de la apropiación de Dylan de un tema del músico Lorre Wyatt, titulado “Freedom is blowing in the wind”. Los cantautores tenían sus dudas: a Pete Seeger la composición no le pareció gran cosa, Tom Paxton odiaba la teórica inconexión de sus versos  y Dave Van Ronk la calificó de sosa, aunque algo le dio en la nariz cuando comenzaron a proliferar en la escena multitud de versiones espontáneas, incluso algunas paródicas, a cargo de infinidad de músicos de folk. De cualquier manera, ninguno de ellos fue capaz de imaginar en aquel momento el peso que esa canción tendría en la historia del rock en general ni su capital importancia tanto en el devenir de la carrera de Dylan como en el desarrollo y capacidad de penetración del folk en su conjunto. Era el tema que abría “The freewheelin’ Bob Dylan” de 1.963, sin duda el primer disco clave de su carrera.




Peter, Paul & Mary, intérpretes de folk tan comprometidos como populares y asequibles por su sonido, hicieron una agradable y armoniosa versión de este tema de un aún emergente Bob Dylan ese mismo año, vendiendo trescientos mil ejemplares del single durante primera semana y llegando al número dos de Billboard el 13 de julio de 1.963, superando el millón de ejemplares. Que se confundieran un poco con la letra no fue problema. Aunque Joan Baez cantaba en cada actuación “Blowin' in the wind” durante su gira veraniega de 1.963, en la que Bob Dylan ejercía de artista invitado que aparecía en el escenario tras la interpretación de dicha canción, no apareció en ningún disco suyo hasta “Live in Japan”, de 1.967.

Parece ser que un cantante brillante y experimentado como Sam Cooke tuvo algo parecido a una revelación artística cuando la escuchó el año de su publicación, reflexionando a partir de entonces sobre el contenido que debía dar a su expresión artística. Sam, además, decidió inyectarle ritmo y estilo, versionándola en su álbum “Live at Copa”, lanzado en octubre de 1.964.

Cuando el músico country Glen Campbell incluyó su versión instrumental en “The Astounding 12-String Guitar” de 1.964 se encontró de frente con la ira de sus seguidores más conservadores. No creo que a Duke Ellington le tosiese nadie cuando la interpretó con su orquesta en 1.965.

Por su parte, un Stevie Wonder de tan solo dieciséis años, elevó su versión hasta el número uno de las listas de r’n’b en agosto de 1.966.

A pesar de que Elvis Presley detestaba a Dylan tanto por su voz como por el calado político y la ambigüedad de sus textos, llegó a grabarla en 1.966 (sin intención de publicarla). Quizá estaba más influido por la versión incluida en el excelente elepé de 1.965 “Odetta sings Dylan”, de la cantante folk de Alabama Odetta Holmes. Uno de sus favoritos de aquella época.

Neil Young & Crazy Horse la incluyeron en el incandescente directo “Weld”, publicado en 1.991. Coincidiendo con la 1ª Guerra del Golfo, la incorporaron a su repertorio en la incendiaria gira que compartieron con Social Distortion y Sonic Youth.


El pianista y organista Ben Sidran, reputado músico de jazz y rock, acometió la misión de reinventar el repertorio del de Minnesota con “Dylan Different”, un interesantísimo lanzamiento de 2.009. Allí, cómo no, tiene su sitio la canción que nos ocupa, en una recreación tan excelsa como sencilla.

26 julio 2014

EL RACISTA PASIVO

El racista pasivo, siempre condescendiente, amable y moderado, se sorprende al tratar con una dependienta sudamericana algo seca de carácter. No termina de entender cómo esa gente no se muestra alegre y chispeante en su presencia. Ante él, que se digna a hablarles con toda naturalidad y los acepta. Es tanta la sorpresa, que se ve en el derecho de manifestar en público su estupefacción sin estar violando ninguno de los artículos del código de lo políticamente correcto. Ese entramado de actitudes prefijadas, silencios y frases medidas que ocultan el alquitrán de su alma y lo sostienen como ciudadano ejemplar y moderno. Una vez finalizado su comentario sobre la inesperada falta de simpatía de la trabajadora del almacén, declara con exceso gestual que él, si por algo se ha caracterizado desde siempre, es por aceptar y tolerar a todo el mundo, sean del color que sean y vengan de donde vengan. En ningún momento se ha parado a pensar que la tolerancia no es una potestad de los privilegiados, que para tener sentido debe ser recíproca, que él también es susceptible de ser aceptado o no. No puede pensarlo. Es completamente imposible. Considera que él y los que son como él constituyen el centro mismo del universo, el lugar noble, limpio y ordenado del que emanan verticales, de arriba abajo, la tolerancia, la comprensión y la bondad, y que de abajo arriba, en dirección a ellos solo puede llegar agradecimiento y admiración; o acaso odio, motivado por la estulticia, la insana envidia y la pobreza.