29 agosto 2021

MENSAJE EN UNA BOTELLA (63)

SIX BY SEVEN “The things we make”(Mantra-Everlasting)



Como unos Spacemen 3 más terrenales o unos Codeine punzantes, el debut de este quinteto de Nottingham nos hace despegar mediante un muro sónico de guitarras que avanza uniforme, vibrando en primer plano y expandiéndose nocivamente a través del saxo y ese órgano tembloroso. Un viaje que deviene delirante y que tiene la facultad de detener el tiempo o, al menos, entretenerlo maravillosamente entre espesas capas de electricidad. En “A beautiful shape” aparecen gaseosos dibujos melódicos entre volutas de saxo y órgano; “European me” supone una elevación de electricidad contenida, cargada de lírica enfermiza y guitarras horadantes, tales como las de “Spy song”, que crecen en narcótico viaje sensorial, derivando en tormenta sónica. “Something wild” es un repente de accesibilidad frustrado por la tensión; “Brilliantly cute” apuesta por la rotundidad; la inmensidad de “Oh! Dear” deja escapar algo de luz, y en la desolada “88-92-96” llegan a recordarme a Come. La psicodelia de “Candlelight” suena algo manida para mejorar al hacerse incisiva; y queda sitio para el pop al gusto de los Mercury Rev más tangibles (“For you”). A la hora del aterrizaje, desconectan las guitarras en la evocadora “Comedown”.



Publicado en 1998 en la revista El Batracio Amarillo




26 agosto 2021

MENSAJE EN UNA BOTELLA (62)

NIÑOS MUTANTES “Mano, parque, paseo” (Astro, 1998)




Un paquete de canciones con inequívoca vocación pop, presentadas de forma tensa y ruidosa, sin apenas arreglos; recayendo toda la responsabilidad de su efecto en la inspiración melódica de los temas y en el tesón con que son interpretados. Una apuesta sonora certificada por la producción de Paco “Loco” Martínez, que va de la eficaz brevedad de “La fuerza” a la introspección de “Anillo”, desarrollando unos textos que son una auténtica exhibición de sentimientos a flor de piel. The Pixies se extienden por el efectivo vértigo de “Veneno-polen”, en la rotundidad de “Tormenta”, así como en “Caramelos” o “Katherine” (en las que, sobre todo en la segunda, reside la respuesta a lo que harían Los Brincos dentro del mare mágnum noise de los noventa). Esta influencia del pop español de los sesenta se hace también patente en otros cortes, como “Segesta” o “Isabelita”. ¡Ah!, y en “L.s.i.” se topan de bruces con los últimos Planetas.

 

 

Publicado en 1998 en la revista El Batracio Amarillo


23 agosto 2021

MENSAJE EN UNA BOTELLA (61)

Arancha Moreno “Conversaciones con José Ignacio Lapido” (Efe Eme, 2021)

 

Ella pregunta y siempre escucha hasta el final. Va paso a paso, estructurando la charla cronológicamente, pero sin constreñir nada; creando el clima de complicidad adecuado. Cede todo el protagonismo a su interlocutor, algo no tan frecuente en estas lides. La autora deja espacio para el encuentro del lector con José Ignacio Lapido. No se coloca entre ambos, afanándose por hacerse notar. Se trata de una serie de conversaciones que se enriquecen y avanzan distendidas a base de digresiones, golpes de humor, reflexiones espontáneas y giros inesperados. No hay prisa, se nos narran las vicisitudes de un recorrido artístico al que no han conseguido doblegar ni el tiempo ni las modas, con todo lo que eso tiene de epopeya. La historia de un descreído que, por fortuna, nunca perdió la curiosidad. Más tarde, la autora se encargará de reordenar el contenido de cada capítulo mediante precisas e impagables introducciones.


 

El entrevistado, durante todo este accidentado y valiente proceso (que va de las charlas telemáticas provocadas por el estado de alarma recién decretado a los encuentros cara a cara), exhala el humo de su cigarrillo y rememora las idas y venidas de toda una vida dedicada a la música. Explica. Contesta. Inquiere y se cuestiona. Se muestra bastante autocrítico y nada autocomplaciente. Habla con detalle de sus inicios, de 091, de su carrera en solitario. Reflexiona acerca de sus textos, del proceso creativo y de las dificultades que atraviesa el autor durante el mismo. Expone con naturalidad cavilaciones y opiniones de todo orden: el devenir de la industria musical (con sus navajeos) y del consumo cultural en general. El acceso a la música, su consideración por el oyente, la forma de escucharla…, y un suculento etcétera.


La autora, provista del bagaje de una documentación exhaustiva, indaga y ahonda, como debe ser, en facetas poco conocidas de la persona que tiene enfrente. Así hasta terminar de componer el puzle de todo lo que ha ido conformando a un artista cada vez más inabarcable, en el sentido que el propio José Ignacio da a la obra de Dylan durante una de las charlas. Es un libro que parte de la admiración, pero huye del panegírico; que escarba y trata de ir más allá.



El amplio itinerario de este viaje aborda profusamente lo general sin dejar de demorarse en el detalle, sirviendo tanto al iniciado como a quien se acerque por primera vez al universo lapidiano. Arancha Moreno, directora de la revista Efe Eme, y autora también de libros sobre Coque Malla e Iván Ferreiro, completa con este, que será revisitado con frecuencia en el futuro, el retrato de un compositor cuya pluma constituye un hecho literario de primer orden que ante todo es canción y es rocanrol.

25 abril 2021

MENSAJE EN UNA BOTELLA (60)


Juan Cano Pereira “Los niños de las caras” (Pigmalión, 2020)

 

Echar mano de la memoria como material literario es un trabajo arduo y complejo, sobre todo cuando, como es el caso, ese recorrido por el pasado está muy alejado de cualquier tentación de autocomplacencia. Junto al arrojo y la meticulosidad desarrollados en “Los niños de las caras”, es conveniente destacar que, generalmente, los aconteceres contados por las personas que los vivieron tienen un valor intrínseco insustituible; una mirada más sincera, limpia y directa; ajena a artificiosidades y componendas estéticas. Por tanto, nadie mejor para narrar la peripecia de todo lo que supuso para Bélmez de la Moraleda la aparición de las famosas caras, que uno de esos niños que vivieron todo el proceso en primera persona y crecieron bajo su influjo. Contar con un escritor de este calibre entre ese grupo de chiquillos que nos miran desde la portada del libro, ofrece un punto de vista único. Y es que difícilmente podrá encontrarse en el futuro una mirada tan completa, cercana, honesta y humana como la expuesta por el autor a la hora de abordar este asunto y sus derivaciones.




 

Juan Cano consigue que el lector le acompañe con vivo interés por este trepidante recorrido histórico y vital, por momentos tan confesional. Afortunadamente, no ha jugado la baza de intentar fabricar una ambientación específica entre los contornos borrosos de la memoria. Antes de forzar su propuesta, ha sabido extraer la magia intrínseca que late en esta historia que es la suya, tan distinta a todas las demás y a la vez tan parecida. Ha liberado sus diversas ramificaciones y dejado fluir la intensidad que guarda cada anécdota, cada acontecimiento, cada circunstancia. Dota del suficiente relieve a los personajes y recrea las situaciones con ritmo y buen pulso, sin estancamientos, haciendo gala de una prosa tan afilada y punzante como cautivadora. No es literatura de aguachirle, es valiente, dispuesta a incomodar, llegado el caso. Muy alejada del anecdotario superficial y la autoindulgencia localista. El lector (independientemente del nivel de conocimiento o incluso del interés que le suscite el fenómeno paranormal en sí mismo) cae en la fascinación sin sentirse ni pastoreado ni dirigido. Sin faltar al rigor, una profusa documentación y un amplio manejo de datos hacen convivir con amenidad y sin estridencias la novela iniciática y la aventura vital e íntima, con la agilidad de la crónica y el lúcido análisis socio-económico y político. Cano despliega para esta urdimbre, largamente meditada y sedimentada, una sabia manera de marcar los tiempos y de alternar los escenarios. Baraja con naturalidad lo onírico con lo descarnado, y su poder de evocación siempre desemboca en la reflexión. Todo está relacionado y bien cohesionado. Con un lenguaje utilizado con esmero, las descripciones son precisas y la ambientación te introduce hábilmente en el centro del relato. La ironía, y una ternura no condescendiente, conviven con la realidad más áspera en esta epopeya consistente en el reencuentro sin volver la mirada con todos lo que uno ha sido y con una parte crucial de la historia de su lugar de nacimiento.




 

Un relato, en definitiva, enjundioso, ilustrativo, generacional; que explora también, con apuntes interesantes, ese juego de espejismos que supuso el viaje de la nada al todo tecnológico que una generación de españoles experimentó en primera persona. Ese inopinado cambio de velocidades que tantos hemos vivido mientras nos quedábamos esperando en vano la aparición de la alfombra voladora que nos trasladaría al futuro deseado.

05 diciembre 2020

CATORCE POR THE KINKS

1. THE DOORS “Hello, I love you” (“Waiting for the sun”, 1968) vs. THE KINKS “All day and all of the night” (single “All day and all of the night”, 1964).

2. LOS CHEYENES "Eres como un sueño" ("Eres como un sueño" ep, 1966)

3. PINK FLOYD “Fat old sun” (“Atom heart mother”, 1970) vs. THE KINKS “Lazy old sun” (“Something else by The Kinks”, 1967).

4. DAVID BOWIE "Kooks" ("Hunky dory", 1971)

5. THE STRANGLERS “Bring on the nubiles” (“No more heroes”, 1977)

6. TALKING HEADS “Mind” (“Fear of music”, 1979)

7. THE CLASH “London calling” (“London calling”, 1979) vs. THE KINKS “Dead end street” (single “Dead end street”, 1966).

8. THE VAPORS “Turning japanese” (“New clear days”, . 1980).

9. TOM WAITS “Tango till they’re sore” (“Rain dogs”, 1985) vs THE KINKS “Alcohol” (“Muswell hillbillies”, 1971).

10. BLUR “Country house” (“The great escape”, 1995).

11. GREEN DAY "Warning" ("Warning", 2000) vs THE KINKS "Picture book" ("The Kinks are the village green reservation society", 1968)

12. JOSE IGNACIO LAPIDO “Música celestial” (“Música celestial”, 2002)

13. THE KOOKS “Shine on” (“Konk”, 2008)

14. LOS ENEMIGOS "Océano" ("Bestieza", 2020)



28 noviembre 2020

GRISURA (canción punk)

GRISURA

Grisura, vaporoso precipicio de piel lechosa,

se recoge los cabellos.

Desde su perfil ovalado y esquivo

se ofrece como amuleto

en una calle echada a suertes

que crepita bajo sus pies:

nadie mira de reojo como ella.

Grisura, cándida y amable.

Trampa, punto y aparte.

Vende aire envolvente, viento que enreda,

borde cortante.

Grisura llama a su pecho caliente

a todos los pájaros rotos,

que ya desaparecen para siempre;

e irradia calor de contradicción

y metal a sus amantes,

que terminan mordiéndose

los unos a los otros.

Es el sol de luz de lavabo en tu oscuridad,

la dulce curva infinita de la esquina,

nuestra virgen del pulso firme

siempre armada y vigilante.

Un día, en mi juventud, la sorprendí

pescando en las ruidosas aguas de mi alma:

nadie se da la vuelta como ella.

Grisura, nuestro referente de la certeza,

la mirada más buscada,

la fiel vendedora de sueños sin cortar.

Grisura provocará el deshielo en tus ojos,

te esperará todas las mañanas

sonrisa en mano, presta a disparar.

Te elevará  volando en una caricia

y se difuminará entre la multitud

para tu caída contemplar:

nadie lleva el dedo a tus labios como ella.

Grisura, luna ajada de aguardiente,

mis temblores calmarás.

Grisura, prodigio de humo y ceniza,

llave y candado,

lo borraste todo, ¿verdad?


Poema incluido en la antología dedicada a la poesía granadina por la revista Lumbre, "Versos al amor de la lumbre" (2020).






03 julio 2020

EXCITACIÓN

Al final, a la gente le resulta mucho más excitante imaginar los resultados producidos por lo que prohibiría que por lo que permitiría.

11 junio 2020

DYLAN – ALL ALONG THE WATCHTOWER – HENDRIX


“TOCAR LA CANCIÓN DE OTRO”

La versión de Jimi Hendrix apareció menos de un año después que la original. Esta fue grabada el 6 de noviembre de 1967 e incluida en “John Wesley Harding”, octavo disco de estudio de Bob Dylan. Un trabajo que marcará su regreso tras el curativo y terapéutico retiro de Woodstock; provocado por su accidente de moto y la acuciante necesidad de bajarse de ese tren a toda velocidad que era su carrera en 1966. El disco, publicado el 27 de diciembre de 1967, año y medio después de “Blonde on blonde”, se alejaba voluntariamente de cualquier tipo de experimentación sonora en plena vorágine psicodélica. Se registró en tres sesiones (nueve horas escasas de grabación) en los estudios del sello Columbia en Nashville, volviendo a contar con la producción de Bob Johnston. A la guitarra y la armónica de Dylan les bastó con el único apoyo de Charlie McCoy al bajo; la batería de Kenny Buttrey y, en un par de cortes, la steel guitar de Peter Drake. “All along the watchtower” se grabó de manera simple y directa; en formato trío de guitarra, bajo y batería. Ni siquiera coros. Tras la estela del gran recibimiento dispensado a la versión de Hendrix, fue lanzada como single el 22 de noviembre de 1968.




La lectura hendrixiana forma parte del mítico doble “Electric Ladyland”, tercer y último álbum oficial de The Jimi Hendrix Experience. Se lanzó como single el 21 de septiembre de 1968, como adelanto del doble elepé, alcanzando el top 20 en la lista de la revista Billboard y el nº5 en el Reino Unido. Fue tal su éxito en EEUU, que las estaciones de radio que el ejército tenía repartidas por la selva durante la Guerra de Vietnam no paraban de programarla. La incandescente versión catapultó el original de Dylan. Acaso lo dotó de trascendencia y dramatismo al hacer circular por sus notas y versos toda la indómita sangre del Hendrix más apasionado e inspirado. Lo llevó a otra dimensión, sin duda, aunque no hasta el punto de reinventarlo. Jimi tuvo acceso al repertorio incluido en “John Wesley Harding” con anterioridad a su lanzamiento, y “All along de watchtower” captó de inmediato la atención del febril seguidor y sesudo estudioso de Bob Dylan que era desde hacía años. Muy pronto, El 21 de enero de 1968, se grabó una primera versión en los Olympic Studios de Londres que no satisfizo al guitarrista, siendo modificada posteriormente por un perfeccionista Jimi Hendrix en múltiples ocasiones durante el verano en los estudios Record Plant de Nueva York, donde se dedicó con obcecación a reordenar ese rompecabezas de intensidades. La grabación contó con un elenco de lujo. Brian Jones tocó partes de piano que se terminaron desechando (parece ser que debido a su nivel de embriaguez), y los tres golpes de percusión del inicio de tema con un vibraslap. Dave Mason de Traffic se encargó de la base acústica con una guitarra de doce cuerdas. Por su parte, Jimi Hendrix desarrolló plenamente sus recursos como guitarrista y puso en liza todos los efectos sónicos que tuvo a su alcance. El solo de guitarra iba y venía, se repartió en cuatro partes, recurriendo en algún momento de su ejecución al slide, utilizando un encendedor para ello, o tirando de pedal wah-wah (cuyo uso se popularizó en buena parte gracias al de Seattle). Aparte, Hendrix volvió a grabar el bajo porque consideraba que Noel Redding (que se largó harto del nivel de exigencia en mitad de las sesiones de Londres) no estaba a la altura que la canción requería.



Las grabaciones de Bob Dylan siempre han sido la plasmación espontánea de la idea, del momento (con desiguales resultados). La canción considerada como algo huidizo y palpitante que hay que captar sobre la marcha, en caliente, antes de que se esfume. Durante las sesiones, en el último momento, pueden aparecer versos nuevos, y otros ser tachados. Da la impresión de que, si el tema pierde inmediatez, si se va solidificando al someterlo a excesivos arreglos y correcciones instrumentales, perderá su sentido, su punzada, debiendo ser sustituido por otro que mantenga la llama. Un todo tambaleante impulsado generalmente por una instrumentación básica y efectiva. Muy lejos de esas otras grabaciones muy trabajadas incluso antes de llegar al estudio; medidas, ponderadas, estudiadas. La canción desmembrada sobre la mesa de operaciones y vuelta a unir. Alquimia, magia, idea ampliamente desarrollada o artificiosidad, según los casos. Sus composiciones son generalmente un punto de partida, una esencia sobre la que trabajar. Melodía, estructura, y todo un mundo de enigmas, imágenes y sugerencias correteando por sus letras. Siempre a la espera de que alguien se devane los sesos añadiendo cosas a ese magnífico y sólido esquema para realzarlo, para extraerle más jugo. Eso han hecho centenares de artistas, con mayor o menor fortuna, con el repertorio de Dylan durante casi sesenta años. Y eso aconteció cuando Hendrix se obsesionó con “All along the watchtower”. Lo hizo suyo de inmediato desde la admiración. Lo trasladó cuidadosamente a su terreno y lo incorporó a su ilimitado y oceánico lenguaje expresivo; a ese tenso epicentro de psicodelia, blues y electricidad. Lo mimó y revistió como si de su mejor composición se tratara, manifestando que trabajar sobre esta canción le proporcionó más confianza en sí mismo como compositor. El propio Bob Dylan la considera mejor que su original (“esta versión realmente me abrumó”, llegó a declarar). Y, seguramente, la lectura de Hendrix le influyó poderosamente a la hora de llevarla a los escenarios, siendo una de las canciones que ha interpretado más veces en directo. Sintiendo, como dijo en alguna ocasión, que cada vez que la toca es más un tributo a Jimi que otra cosa. Como si interpretara la canción de otro.



Charles R. Cross, recoge en su biografía de Jimi Hendrix el relato que hace su amigo Deering Howe del primer y acaso único encuentro entre ambos artistas. Sucedió durante un paseo en otoño por la calle 8 de Nueva York. Al parecer, Howe y Hendrix vieron a Dylan al otro lado de la calle, y Jimi, excitado al ser la primera vez que lo veía cara a cara, cruzó entre el tráfico llamándole desde lejos por su nombre. Dylan pareció molesto y contrariado en un primer momento, hasta que reconoció a su interlocutor y se tranquilizó. Cuando Hendrix comenzó a balbucir una modesta presentación, Bob le interrumpió diciéndole que ya sabía quién era, que le encantaban sus versiones de “All along the watchtower” y “Like a rolling stone”, y que no conocía a nadie que interpretase mejor sus canciones. A pesar de que la relación personal quedó ahí la admiración mutua se mantuvo para siempre. 



08 junio 2020

EL PARAGUAS


Recuerdo el solar polvoriento y calcinado por el sol. Las huellas de la excavadora todavía se apreciaban en la despanzurrada acera. La cinta de seguridad que acotaba el gran bocado que le habían dado a la calle yacía pisoteada y esparcida por el suelo. Hacía mucho calor esa infernal tarde de agosto; respirábamos tedio en la ciudad desierta. Supongo que eso fue lo que nos animó a adentrarnos en el solar, a pesar de que un solo vistazo desde la acera proporcionaba toda la información necesaria sobre él. Lo que nos empujó a explorar con la punta del pie y las manos en los bolsillos ese nuevo vacío surgido tras la demolición y la retirada de los escombros. Al letargo veraniego le sumaríamos polvo y pasado. Paseamos la mirada sin excesivo interés hasta detenerla en un rincón del fondo, a la altura de lo que sería la primera planta, donde sobrevivía, milagrosamente libre de dentelladas, un resto de la pared alicatada de un cuarto de baño, con una cestita color verde claro colgando de la que sobresalían unos cepillos. Era un colgajo de intimidad que el derribo dejó atrás, quedando allí expuesto impúdicamente. Podíamos sentir latir con tenuidad ese último suspiro vital de lo que sin duda habría sido una firme y constante articulación de vida durante años. Y podíamos notar cómo lo acompañábamos con la mirada hasta el mismo instante de su expiración. Y es que cada nueva mirada que se posara sobre él lo sentiría morir y experimentaría esa sensación de acompañarlo en su postrero aliento. Pura presencia. Puro olvido. También había, aquí y allá, restos de hojas de papel, algún juguete olvidado y un paraguas rojo de publicidad medio oxidado, que a duras penas conseguimos abrir. Estaba rajado por algún sitio, y aún conservaba vestigios de olor a hogar, a ambientador usado con insistencia. Nada servía para nada allí; ni siquiera la hora: unas paralizantes cuatro de la tarde. Todo era silencio, calor y polvo. Nos fuimos calle arriba cargando con una especie de soporífera espera sobre los hombros, pero con la esperanza siempre presente de encontrar algo interesante que nos retuviera y atrasase nuestra vuelta a casa. Tú arrastrabas el paraguas, y me regañaste enfadada cuando lo cogí para abrirlo y protegerme del sol y el pelo se me llenó de tierra. Te daba mucha vergüenza que alguien me viese, así que me lo arrebataste violentamente de entre las manos para tirarlo a un contenedor. Como estabas tan irascible, no me atreví a decirte que al quitármelo me habías hecho un corte en el dedo.

Vencidos y distanciados, decidimos regresar a nuestras casas. Al volver la esquina dijiste tener frío, y yo me reí irónico y vengativo. Miramos al cielo y notamos que se iba oscureciendo como si un dibujante avezado lo colorease apresuradamente. La tarde se fue deshaciendo. Cambió de estación, de época, de mes. Viajó rápidamente muy lejos y volvió llena de sorpresas. Empezó a aparecer gente de la nada que miraba al cielo con estupefacción. El sol desapareció y se levantó un poco de viento. Nos miramos y volvimos corriendo a por el paraguas mientras comenzaba a llover fuerte, muy fuerte. Fue una suerte tenerlo a mano, desde luego. Lo abrimos y eso nos tranquilizó. Excitados ante la nueva situación, anduvimos por las calles mojadas con incredulidad mientras el cielo tronaba. Llovía cada vez más; prácticamente no se veía nada a cuatro metros de distancia. Acurrucados y bien resguardados, recorrimos buena parte de la ciudad bajo la lluvia, esquivando sin demasiado afán los charcos que ya habían empapado nuestras sandalias. Sintiéndonos afortunados de estar ahí, en medio del chaparrón con nuestro paraguas, mientras todos se mojaban. La oscuridad repentina, los coches con las luces encendidas, el traqueteo de los limpiaparabrisas, las prisas sobrevenidas; todo parecía traído desde otro tiempo u otro lugar. Un sueño pasajero y estimulante. Respiramos hondo y gritamos; nos reímos por cualquier cosa. Caminamos por plazas y jardines, deteniéndonos a escuchar cómo el aguacero se colaba en las copas de los árboles generando una sonoridad laberíntica. Así hasta que, agotados, nos sentamos un buen rato en un banco con nuestro paraguas rojo. Disfrutando de la presencia del otro, sintiendo el latido de nuestros corazones, acompasando las respiraciones. Callados, aspirando el olor a tierra mojada, a fin de verano, a nueva perspectiva, a futuro.

Una vez que la tormenta cesó, te acompañé a casa y me fui a la mía llevándome nuestro paraguas. Cuando llegué estaba absolutamente empapado.  

02 junio 2020

EL CUENTO DEL NIÑO JESÚS


Tardé años en crecer, estaba como obstruido. El tiempo pasaba sobre mí y no se traducía en estatura. Notaba cómo mis compañeros aumentaban de tamaño, se estiraban, se iban; empezaban a correr mucho más rápido en el recreo con sus largas y delgadas piernas. Yo los sentía cada vez más lejos; viviendo cosas que solo se dilucidaban ahí arriba, diez o quince centímetros por encima de mí. En ese lugar donde las miradas se cruzaban siempre al mismo nivel. Pasó mucho tiempo, incluso, hasta que pude superar en altura al imponente Niño Jesús del salón. Como pesaba muchísimo, no podía ponerlo de pie ni abrazándolo; así que, para poder medirnos, solía tumbarme a lo largo en el sofá, justo enfrente de él. Entonces volvía sus ojos hacia mí y me miraba largamente desde arriba, con las impecables y duras ondulaciones de su cabello marrón oscuro encuadrando la imperturbable redondez de sus pupilas. Yo le devolvía la mirada, impertérrito, hasta que me quedaba dormido y soñaba que el médico le decía a mi madre que no podría crecer porque mi pelo era de piedra marrón ondulada y su peso me mantendría siempre con la misma estatura. Así fue la cosa hasta que crecí lo suficiente como para olvidarme de su presencia y comprender que el nivel de las miradas se medía de otra manera.

01 junio 2020

EL FILETE


Estaba sentado en la terraza del bar cuando vi aparecer el filete. Me pareció incluso alto, sobresalía del amplísimo plato llano por lo menos cinco centímetros. Era grande, extenso, se antojaba jugoso. Venía rodeado de una generosa guarnición vegetal que ni por asomo hacía sombra a su tamaño. El comensal festejó la llegada y teatralizó una reverencia ante el camarero, que se la devolvió sonriente; se llevó un trozo pequeño de carne a la boca y dio su aprobación, “parece mantequilla”, dijo. Después, tomó un sorbo del vino que le dio a probar un segundo camarero y asintió en silencio. La persona que le acompañaba no pidió nada de comer, tan solo bebía vino en una gran copa y picaba aceitunas. Hacía buen día, estábamos a la sombra y los pájaros cantaban calmos, algo ensimismados. Yo pedí otra cerveza y me dispuse a estudiar la carta plastificada para elegir tapa. Ellos charlaban de política relajadamente, con el ánimo placentero de los que están en todo de acuerdo y se celebran mutuamente mientras aplauden la agudeza del otro. En un momento determinado, el del filete dijo, después de limpiarse cuidadosamente la boca: “De todas formas, esto no puede seguir así. Tenemos la obligación moral de repensar el mundo”.

27 mayo 2020

ALFÉIZAR


Inquieto, espera cada mañana junto al alféizar de la ventana donde se posa, desde hace semanas, el mismo pájaro. La primera vez vinieron dos, pero uno nunca más volvió. Por atraerlo, puso comida sobre la superficie; mas era el pájaro escurridizo de siempre el que picoteaba el grano. Ese que aterriza con estrépito y desaparece caprichoso en cualquier momento, haciendo gala de su libertad de movimiento. Él no es persona de incertidumbres, y ansía la paz de la presencia fiel del pájaro amigo. Así que ha comprado en línea una jaula y ha madrugado para embadurnar de pegamento el alféizar.

25 mayo 2020

ESPEJISMOS


Arrastro el peso de los espejismos
que el tiempo ha condensado
y convertido en persistente recuerdo,
en constante presencia entresacada del vacío.
Espejismos que deslumbraron
deshaciendo los límites,
que alteraron los caminos
y diluyeron la perspectiva.
Que trastocaron las percepciones,
las sensaciones,
el mensaje de los rayos de sol,
la dimensión de los amaneceres.
Espejismos que no se van nunca,
que agarran por los pies
y aún tapan los ojos.
Que envejecen con uno
y se acumulan polvorientos,
desencuadernados;
hasta hacer de su presencia
freno, cadena y filtro.
Recuerdo lejanamente,
alguna vez,
con un punto de violenta lucidez,
cuando aún no tenía espejismos:
solo mi miedo y la inmensidad.

20 mayo 2020

NUESTRA RESPIRACIÓN


Nuestra respiración,
cuando se acompasa,
es la fuerza callada,
el abrigo invisible,
el orden transparente.
La mano capaz de templar
el impulso de las mareas.
Ese fino hilo del que pende
toda la maquinaria del universo.

19 mayo 2020

Y FINAL (HISTORIAS DEL ESTADO DE ALARMA XI)


Alguna vez dejo caer al patio interior algún objeto poco pesado del que me quiero desprender, de esos que ya estorban o son portadores de malos recuerdos, para que el niño del primero lo haga desaparecer limpiamente, no sin antes mostrarlo, vanagloriándose de ello. Esta mañana he oído corretear al pequeño dueño de patio y me he asomado (¿qué habrá cazado esta vez?). Me lo encuentro mostrando orgulloso, como si de un trofeo se tratase, un cojín azul con borlas rojas y una gran estrella amarilla bordada. Su dueña, una chica que vive en el segundo, trata de convencerlo para que se lo devuelva contándole la historia de una estrella: “Mira, cuando yo era como tú de pequeña, me regalaron un estuche que era una estrella que se abría. Al dármelo, me advirtieron muy seriamente que, cuando dejas que una estrella entre en tu casa, debes esconderla todas las noches en un lugar al que no llegue ningún tipo de luz, porque basta con que algo la ilumine un poco para que crezca y crezca hasta romper incluso las paredes de tu casa y todo el edificio. Un día, antes de que yo escondiera, como cada noche, mi estuche de estrella en el fondo más oscuro de mi armario, mi madre entró en mi habitación y encendió la luz. Yo me di cuenta y corrí a guardarla, echándole varias mantas encima, por si acaso. Pero, al poco de acostarme, escuché como un ruidito dentro del armario. Me dio mucho miedo, pero, temiendo que fuera la estrella, me armé de valor y me levanté a mirar. En efecto, algo se movía debajo de las mantas que había puesto yo misma encima. Las aparté cuidadosamente y vi que la estrella se había desprendido del estuche y hecho más grande y brillante. Noté cómo crecía. No sabía qué hacer, cada vez era más grande y no iba a tener tiempo de avisar a mis padres. La saqué del armario antes de que lo rompiera y la dejé en el suelo. Cada vez pesaba más. El corazón me latía rápidamente, y pensé que si no hacía algo pronto acabaría por destrozar mi cuarto y todo lo demás. Menos mal que se me ocurrió: abrí la ventana de par en par y levanté la persiana hasta arriba. ¡Hacía mucho frío! Cogí la estrella y, como pude, porque pesaba mucho ya y empezaba a quemar, de caliente y brillante que se estaba poniendo, la subí hasta asomarla por la ventana. La notaba crecer entre mis dedos, y supe que, si no la lanzaba rápido, terminaría por romper la ventana y la pared entera. Así que cerré los ojos y la empujé con todas mis fuerzas, notando cómo hacía chirriar el marco, hasta que, por fin, desapareció de entre mis dedos y flotó en el aire. Al contacto con él se fue empequeñeciendo sin dejar de flotar y, cuando se quedó pequeña, pequeña, subió muy rápidamente al cielo. No veas lo mal que lo pasé. Estuvimos a punto de quedarnos sin casa y yo me quedé tumbada en el suelo, temblando de miedo, agotada y con los dedos chamuscados. Creí que se me iba a salir en corazón por la boca”. A mitad de su narración me había retirado un poco de la ventana. El niño me miraba de vez en cuando, y no quería interrumpir a la chica. Una vez hubo acabado, oí los pasos del niño abandonando a la carrera el patio. Todo quedó en silencio. A los pocos segundos escuché a su madre en el patio dirigiéndose a la vecina: “Perdona, este cojín es tuyo. El niño se lo ha encontrado en el patio y me suena haberlo visto en tu tendedero”. A saber dónde tiene escondidas el chiquillo mi par de camisetas y aquella pequeña acuarela de cartón tan indescriptiblemente coloreada.

Colas, atajos y empujones para salir de la madriguera: los niños preguntan saltando cuándo pasaremos de Fase. La gente empieza a poner en su currículum como mérito profesional la inmunidad ante la Covid-19 por haber pasado la enfermedad.

Empieza a llover, truena. El padre corre tras su hija, que pasa veloz conduciendo un patinete. De pronto se le cae la mascarilla y se para en seco, empapado, mirando a su alrededor temeroso, para volver a colocársela convenientemente. Después, vuela manoteando tras la niña. Hoy no he podido abrir las bolsitas para la fruta en el Mercadona, imposible. He tenido que pedir ayuda. Una vez abierta la maldita bolsa me han dado ganas de meter los nervios en ella y cerrarla para siempre. A las ocho de la tarde vuelven los aplausos, alguien ha propuesto que hoy sea El Gran Aplauso Final. A lo mejor no es mala idea, pero me pregunto por qué, cuando surge un movimiento espontáneo, al instante aparece alguien, con más espontaneidad todavía, acotándolo, reduciéndolo o sometiéndolo a reglas y disciplinas acordes con sus intereses. El chico que suele poner la música en el edificio de enfrente parece nervioso ante tal evento; mira sonriente e inquieto en todas direcciones, como si acabase de despertar de un extraño sueño. Creo que imagina cómo será agasajado por los vecinos que ahora mismo le aplauden, o incluso piden canciones, cuando todo esto acabe. Cómo le pararán por la calle para felicitarle y le preguntarán qué tal va su vida, su trabajo, si necesita cualquier cosa.

El vecino del puzle aparece en su balcón una vez que ha dejado de llover. El suelo está lleno de piececitas húmedas que sus zapatillas de casa pisan sin cuidado. Tose y los ojos le lagrimean, parece cansado, un poco encorvado. Se me acerca sonriente tras la mascarilla y me habla bajito manteniendo la distancia, casi no le entiendo. Me confirma la historia del rodal de su pueblo en el que no llovía. Según parece, era zona de paso de aviones militares. Surcaban su cielo constantemente, y eso provocaba una especie de espiral en el aire que provocaba ese extraño fenómeno: la zona situada en mitad de la calle principal en la que nunca llovía y hacía un frío glacial. Asiento y sonrío. Se despide y se vuelve lentamente, pero antes de irse, me pide que me acerque y me susurra: “No hagas caso de las cosas que te cuente mi mujer, está llevando fatal esto del confinamiento. Estoy buscando alguien que pueda hablar con ella y ayudarle. Tú ya me entiendes”.

El detective ha sido contratado como “cliente misterioso”. Siempre se ha negado a hacer eso, a pesar de que en algún momento de apuro anterior ya se lo habían propuesto. No la considera una función digna de su talento y experiencia; y, por si fuera poco, supone sacrificar su sagrada individualidad y acatar órdenes nada menos que de la competencia. Con esto de las medidas de desescalada, muchos negocios quieren saber si su personal cumple y hace cumplir las normas o si, por el contrario, los está exponiendo a una importante sanción económica. Entonces ahí llega él pasando desapercibido y mimetizándose pacientemente con el entorno para observar el comportamiento de los demás. Ahora se dedica a aparecer como cliente en algunas tiendas y bares, a grabarlo todo con la cámara oculta que lleva en sus gafas de sol (menos mal que le han dejado desarrollar una de sus habilidades principales) y a emitir informes diarios de lo que va observando. Ha decidido no pasar ni una. Ya ha callado bastante: todas aquellas entradas y salidas furtivas de madrugada que espiaba desde su balcón. Al menos, desde que firmó el contrato, cuando enfoca con sus prismáticos la ventana de la investigadora, ha vuelto a ver las persianas cerradas a cal y canto y llenas de polvo de ese piso hace tantos años abandonado a su suerte. Yo, por mi parte, cuando me lo imagino recorriendo la ciudad con su mascarilla, su ansiedad y su sempiterno mirar de reojo, no dejo de canturrear la versión de “Bad detective” de The New York Dolls.

Acabo de enterarme de la muerte de Julio Anguita. Julio pertenece a aquella época en que los mítines aún eran acontecimientos sociales que solían culminar con algún concierto de rock. Cuando se dirigía al público congregado la fiesta se interrumpía, porque él se tomaba muy en serio cada cosa que decía, cada idea, cada propuesta que desarrollaba en público. Transmitía verdad, sentido común. Como el maestro que nunca dejó de ser, practicaba una pedagogía constante; enseñaba, argumentaba, retaba al oyente. Le daba igual si no era eso lo que estabas esperando oír. Cualquiera de los gurús que rigen actualmente la comunicación de nuestros políticos, hubiese chocando de bruces contra el muro de su honestidad y transparencia. Cuidaba la palabra y jamás la utilizaba en vano. No prometía paraísos ni pastoreaba a las masas, ya que no quería greyes manipulables. Anhelaba una sociedad formada por personas comprometidas, sí; pero también exigentes, libres, con espíritu crítico. Se dirigía siempre a cada persona individualmente, aunque hubiese miles escuchándole a la espera de algún estímulo ideológico de efecto inmediato o de algún eslogan que jalear. Te ponía frente a un espejo. Criticaba lo que no le gustaba de sus adversarios políticos, claro; acaso en alguna ocasión con desdén, pero nunca supurando el odio actual. Siempre ejercía la más rigurosa autocrítica y te empujaba a mirar dentro de ti, apelando a tu obligación como ciudadano. Muchas voces le reprochan que debilitara al último PSOE de Felipe González, con aquella oposición frontal que mostró tanto frente a sus políticas como ante su corrupción e impunidad; reforzando, según sostienen, la posición de José María Aznar como alternativa creíble de gobierno. La famosa “pinza” que muchos socialistas y aledaños no olvidan. Supongo que esperaban de él la oposición leal del buen izquierdista español, que consiste en mirar para otro lado ante cualquier desmán del PSOE para cerrar así el paso a la derecha que todo lo devora. Ejercer de eterno hermano pequeño sin voz ni criterio propio, entregado a mantener a salvo la casa común de la izquierda que siempre dirigen los socialistas. Nadie pierde ni medio minuto en pensar que la mejor forma de parar a la derecha es a través de políticas honestas, inteligentes y comprometidas.

Esto fue lo que oí aquella noche que soñé que escuchaba con toda nitidez susurros que venían de fuera, de alguna calle perdida muy lejos de mis cuatro paredes: “Todo depende de nosotros, como no nos portemos bien nos lo van a hacer pagar caro”.

12 mayo 2020

EL FUTURO Y LA SÍNTESIS DEL PASADO


A caballo de los años setenta y ochenta, espoleada por Kraftwerk, con un poco de filosofía punk y muchas ganas de explorar direcciones desconocidas, se desarrolló la eclosión de los sonidos electrónicos y experimentales en Gran Bretaña; la cual desembocó en un pop comercial y efectivo que arrasó en listas hasta morir de éxito hacia la mitad de la década de los ochenta. Entre tanto sonido sintético obsesionado por desprenderse de cualquier atisbo de pasado musical convencional, no fueron pocos los grupos que, con una intención u otra, sacaron provecho rescatando melodías y composiciones casi olvidadas, pero de probada resistencia al paso del tiempo; reforzando así el atractivo o la profundidad de sus propuestas. Aquí van algunos ejemplos.

Daniel Miller el visionario

Daniel Miller, apasionado impulsor e ideólogo de la música electrónica, y propietario del sello Mute, se preguntó un buen día cómo sonaría con sintetizadores un álbum de Chuck Berry que tenía por casa. Una vez hecha la prueba, el resultado le convenció y le animó a ampliar el experimento, hasta generar todo un proyecto alrededor del mismo. Pero, en vez de hacerlo bajo su nombre artístico (The Normal), con el que no pegaba demasiado, decidió fabricar uno de sus sueños: la idea de un grupo de adolescentes cuya primera elección a la hora de hacer música fuese hacerse con un sintetizador, antes que con una guitarra; algo muy raro de ver en aquellos momentos. Así nació la banda imaginaria Silicon Teens, una especie de The Archies electrónicos, frescos y divertidos que solo llegaron a grabar un elepé en su efímera existencia, “Music for parties” (Mute, 1980). Este disco dedicó sus dos caras a pasar por la batidora synth-pop, toda una gama de clásicos de los años cincuenta y sesenta (“Memphis Tennessee”, “You really got me”, “Judy in disguise”, etc.). El productor fue el propio Miller, bajo el seudónimo de Larry Least. John Peel bendijo la idea cuando pinchó en 1979 el single que contenía la canción principal en su programa. Dijo: “Tenemos tres versiones de “Memphis Tennessee” esta noche, una es la original y las otras dos son versiones; una es muy mala, la otra genial”. Y ésta última era la de Silicon Teens.

Los falsos integrantes de Silicon Teens


The Flying Lizards, la formación experimental y de vanguardia que giraba alrededor de David Cunningham, picoteó en esa fórmula a lo largo de su carrera. Debutaron en 1978 con una versión de “Summertime blues” de Eddie Cochran, lo que ya era del todo sorprendente. En 1979 obtuvieron su mayor éxito con su lectura del “Money (that’s what I want)” de Barrett Strong (o el irresistible contraste entre el carisma contagioso del original y el esquematismo sonoro y la languidez hierática de la voz de Deborah Evans-Stickland); al año siguiente se atrevieron con “Move on up” de Curtis Mayfield y, en 1985, su álbum “Top Ten”, recreó diez clásicos del cariz de “Sex machine” o “Tutti frutti”.

The Flying Lizards


Y el punto culminante de todo esto es, sin duda, el dúo de Leeds Soft Cell. Con mucha más enjundia, hicieron enteramente suyo el “Tainted love” que grabara la cantante y compositora de R&B Gloria Jones (pareja sentimental de Marc Bolan hasta su muerte en 1977) con su adaptación de 1981, que alcanzó el nº1 en Gran Bretaña y un incontestable éxito a nivel mundial. Tanto que mucha gente aún cree hoy en día que el tema era un original de los ingleses, en vez de un magnífico exponente del nothern soul que pasó sin pena ni gloria en 1965. Dejando de lado cualquier tentación paródica, Marc Almond (ante todo un intérprete intenso) se sumergió en cuerpo y alma y extrajo toda la turbulencia posible de la composición de Ed Cobb, llevándola a una nueva dimensión. La otra cara de ese primer single (atractiva, pero mucho menos epatante) seguía la misma tónica: era una correcta versión del “Where did our love go?” de The Supremes.

Soft Cell


10 mayo 2020

EL CAMBIO DE SUEÑO (HISTORIAS DEL ESTADO DE ALARMA X)


Bueno, ya ha llegado la hora de utilizar tu doble rasero, ¿pensabas que no ibas a estrenarlo nunca? La causa, la ideología, la opción política que profesas ya tiene quienes la dirijan y modelen, y no necesitan para nada el aporte de simpatizantes lúcidos y con espíritu crítico. Necesitan proselitistas y fuerzas de choque. Pero no te sientas frustrado, de verdad, es lo mejor para ti. A esos que tienden a ponerlo todo en tela de juicio no los termina de querer nadie. Así que guarda en el trastero tu lado ponderado, si alguna vez lo tuviste, aprende a amagar los golpes, y cíñete a los hechos inmediatos, al corto plazo. El doble rasero es un arma clave para navegar por la vida política española, si no quieres quedarte en medio de ningún lado y que lo más bonito que te llamen “los tuyos” sea engreído, aguafiestas o cenizo. Hay que hacer equipo, masa compacta, cerrar filas, a ser posible sin pillarte los dedos ¡Relájate! El doble rasero está para eso, para darte un respiro. No puedes pasarte la vida tratando de valorar cada situación de una forma ecuánime, valorando pros y contras, sopesando, leyendo, contrastando por tu cuenta. Es agotador y finalmente infructuoso. El doble rasero descorcha el champán y despeja tu tiempo libre. Te ofrece salidas por doquier. Así que no te sientas mal, entre el maremágnum eres un soldado más, nadie te va a criticar ni se va a extrañar de tu actitud partidista. Estás en el juego y luchas por una causa mayor. Así pues, si esta mañana, al lanzarte en ropa interior a las redes sociales te has sorprendido opinando que la actitud de uno de tus amados guías intelectuales y políticos es detestable, o al menos dudosa, no te agobies demasiado. Si la cosa es muy, muy fuerte le das un leve pescozón, pero con gracia, ya me entiendes, como dejándolo caer, recordando a quien te lea que sí, que no estás muy de acuerdo, pero que tampoco es para tanto (mira a los otros, mira lo que hicieron aquel día, lo que toleraron). Si no es tan fuerte, ayuda a diluir la cuestión (pero que parezca un accidente); pasa de puntillas y sácate de la chistera una recomendación cultural con calado político, que sea refinada, pero siempre maniquea. O, directamente, comparte un vídeo de humor y santas pascuas. Al enemigo ni agua. A los que tratas de adoctrinar (que deben ser todos los que se pongan a tiro) ni un respiro, que la gente se despista con más facilidad de la que parece. Hay que estar cohesionados. Reconocer errores en tu fracción puede abrir un flanco de vulnerabilidad, eso nunca, que el pueblo llano es veleidoso e inconstante y mañana pueden llegar a pensar que lo que tu bandera enarbola no es tan incontestable. Pues lo que te digo, una vez usado, lo guardas, lo limpias y lo abrillantas. El doble rasero es arte, herramienta, salida airosa. Es política, amigo.

Cacerolada contra la actuación del Gobierno en un barrio obrero (leo por ahí). La gente se escandaliza, se echa las manos a la cabeza y subraya la condición de “barrio obrero”. Nadie entiende que puedan criticar la gestión de un gobierno de izquierdas, que puedan atreverse mínimamente a erosionar y poner en peligro su credibilidad. A la falta de recursos, a la precariedad, se unen la imposibilidad de dudar, de valorar otros puntos de vista, de pedir explicaciones a los propios. Si vives en el barrio obrero debes estar encadenado a una esperanza futura. Votar y (mucho peor) asentir y comulgar de por vida con las decisiones de gobiernos de izquierda para cerrar el paso a la derecha, que siempre será peor. Básicamente te ordenan callar o hacer política de partido durante toda tu existencia. No son tiempos de opinión, sino de posición.

Esta mañana ha sido verano durante una hora. Ya se ve alguna que otra chica tendiendo la ropa en bikini (sin duda uno de los grandes símbolos anunciadores del verano en las ciudades). Parece que regresa por fin la actividad económica: ya he vuelto a recibir llamadas apremiantes e intempestivas de operadoras telefónicas. Algo desesperadas, un punto impacientes, nada empáticas, desplegando una amabilidad llena de aristas, tratando de ocultar a duras penas su ansiedad, transmitiendo fielmente un presión que viene de muy arriba. Empiezo una serie policíaca de medio pelo, previsible y entretenida. De las que nunca nadie llevará una camiseta. Por la noche sueño que cambio de pronto de sueño y que tengo que descubrir un interruptor redondo blanco para volver al primero. La zozobra me empuja a registrar disimuladamente una sala llena de muebles y objetos desordenados. Un montón de desconocidos me miran en silencio. Parecen a su vez extraños los unos para los otros. Despierto sin hallar el interruptor.

La esposa de mi vecino el del puzle siempre parece medio aterrada. Suele asomarse al balcón con los ojos muy abiertos y con una mascarilla celeste con bordes de encaje que es la más grande que he visto hasta el momento. Se acerca y me habla de lo mucho que está afectando la pandemia a la infancia. Me cuenta, tras su embozo, la historia de un niño que tenía su habitación plagada de muñecos de Playmobil; casi una pequeña ciudad con casas, un fuerte, una estación de bomberos y cosas así. Como se vio obligado a retirarlo todo para que pudieran limpiar el cuarto, decidió poner punto final de manera abrupta a la historia que al parecer llevaba días desarrollando. Por lo visto dijo: “Antes, cuando me pasaba esto, un meteorito lo arrasaba todo, pero esta vez va a ser una pandemia”. Entonces procedió a retirar en camilla, uno a uno, los muñecos que iban falleciendo sucesivamente y, por último, tras mostrar a su familia cómo había quedado de vacía su ciudad después de la pandemia, guardó cuidadosamente los edificios y los objetos que había ido apilando. Sus padres, abrumados por los efectos nocivos que la situación de confinamiento pudiese estar ejerciendo sobre su hijo, lo pusieron en contacto mediante videoconferencia con una prima psicóloga, la cual lleva tratándolo tres semanas para que no sea tan negativo y vea las cosas de otro color. “Que es muy pequeño todavía para pensar así”, apostilla mi vecina. Como despedida, me deja caer que no haga mucho caso de las historias de su marido, que lo del rodal de su pueblo donde nunca llovía se lo inventó después de que se decretase el estado de alarma, y que le ha pedido a su conocida, la madre del niño, el teléfono de su prima psicóloga para que hable con él.

Salgo a la calle y me encuentro con la persona que montó el toldo de mi balcón. Han pasado sus buenos ocho años, pero se detiene ante mí para saludarme, con su sempiterno mono de trabajo azul y su mascarilla blanca, como si no hubiese pasado el tiempo, como si no estuviésemos ya viviendo en otro mundo. Al principio no he caído en la cuenta de quién me saludaba tímidamente en la acera, a unos metros de distancia; hasta que me he fijado en la mirada triste y soñadora que siempre le acompaña. Hemos Hablado de la angustia económica; de las ayudas que no llegan; de sus dificultades como autónomo para sobrevivir en tiempos tan azarosos como estos. Al despedirnos, me ha preguntado por el toldo con un cariño tal que casi lo personifica. He estado a punto de contestar: “Está hecho un hombre ya”.  
Me produce urticaria toda esa gente que sale en la tele pidiendo encarecidamente que nos quedemos en casa a la vez que alardea de lo bien que se encuentra confinada en su vivienda de infinitos metros cuadrados. Con todo tipo de necesidades cubiertas. Encontrándose a sí misma y reflexionando sobre la vida mientras pasea por el jardín o ve la temporada que le faltaba de “Juego de tronos”.

Ha fallecido esta semana por coronavirus Dave Greenfield, eterno teclista del grupo inglés The Stranglers y pieza clave para el desarrollo de su sonido. La primera vez que supe de ellos fue a través de un programa de televisión (creo que “Metrópolis”) que repasaba la historia del punk por capítulos algunos viernes por la noche de hace muchos años. Recuerdo que me extrañó que un grupo con teclista (y tan presente en su sonido) fuese considerado punk, pero me gustaron. Su carrera ahí está: libérrima, exitosa; colmada de composiciones redondas y ricas en matices que fueron sustituyendo energía por sofisticación sin perder el pulso creativo. Dave publicó, junto a su compañero de banda Jean-Jacques Burnel, en 1983 “Fire & water (écoutez vos murs)”, un interesantísimo elepé de querencias sintéticas y cinematográficas que me recuerda a un Brian Eno más lírico y terrenal, con una paleta de colores más variada.